El hiereg1 bullía de actividad, el olor a semillas tostadas mezcladas con la especia llegaba desde diferentes lugares, se podía notar que era una noche especial, de celebración para los que allí se encontraban, uno de esos momentos que los fremen atesoraban y disfrutaban sin limitaciones pues solo los Sai Hulud sabían cuando volverían a tener oportunidad. La luna embarazada se elevaba sobre todos nosotros brillando en el embudo gigantesco del centro de la tormenta, mediría kilómetros. Caminaba junto a Kahina disfrutando del momento cuando nuestra hija Inam se nos unió y agarrándose de mi brazo nos miró sonriente.
—Padre contadme la historia, habladme del primer grano —su voz era suave y su parecido con su madre y las gentes del Taddart Azeg2 era indudable incluso aunque su tono de piel no fuera tan rojizo—. No me hagáis rogaros.
Su rostro se contrajo para hacer pucheros como cuando era pequeña, pero no pudo evitar terminar riéndose, cuanto echaba de menos esa risa, pero como se henchía mi pecho al ver su felicidad, y quise hacerme de rogar pero el codo de mi compañera me urgió a satisfacer a mi niña.
—Ya perdí la cuenta de las veces que os conté la historia, pero si me lo pide una Sayadinna qué puedo hacer yo más que concederos vuestro deseo —y levantando el brazo libre señalé hacia las estrellas antes de comenzar—. En el comienzo, en un tiempo ya olvidado, antes incluso que los errantes Zensunni llegaran a Dune, en las brumas del tiempo donde solo habita el olvido existió una pareja.
—Bahinaam y Eshilahj, hija y padre —Inam interrumpió adelantándose— protectora y guía, deriva y ancla, ¿quiénes serán hoy padre?
La historia había ido cambiando ligeramente cada vez que la contaba y esa plasticidad era parte de la misma historia.
—¿Amigos, quizá amantes? —dijo Kahina con una sonrisa pícara asomando a sus labios.
—Esta noche serán pareja, cada uno de nosotros encontrará su verdad y a todos se nos escapará entre los dedos pues ni siquiera ellos la conocían —tras estas palabras me incliné y besé la frente de mi hija—. Lo que sí atisbaron a ver fue un destino mayor que ellos pero menor que la suma de ambos. Él portaba una bolsa de tela blanca que contenía la arena de los desiertos que le habían visto nacer, ella un arma, una hoja bien templada que la igualaba en belleza.
Liberando mi brazo dejé mi mochila en el suelo y de la misma saqué un bulto envuelto cuidadosamente, mi mujer deslizó las cintas que lo ataban descubriendo su contenido, una bolsa de tela rojiza y un puñal bellamente decorado. Los ojos de Inam se humedecieron sin malgastar el agua con lágrimas.
—Nuestra pareja recorrió desiertos ahora anegados uniendo su sino y cuando su mundo murió, su esencia recorrió el vasto espacio por rutas imposibles buscando un lugar, puede que una idea, un instante o quizá siguiendo un rumor —los tres nos habíamos detenido en mitad de las tiendas y fuegos, sutiles y silenciosos nuestros hermanos nos bordeaban, algunos curiosos se sentaban en los límites de nuestra vista, respetando aquel ritual familiar—. Y allí, en un mar de posibilidades, Bahinaam, el brillante regalo, sacó el cuchillo y vertió su agua sobre la bolsa de tela blanca empapando la arena que contenía. Eshilahj atisbó un instante de verdad, abrió aquella bolsa ahora teñida de rojo y con sumo cuidado depositó su contenido sobre las palmas de las manos, el vientre y la base del cuello de la mujer —mi voz sonaba tranquila, pausada, queriendo alargar el momento mientras, siguiendo la historia, mis dedos índice y corazón tocaban los mismo lugares en el cuerpo de Inam—. Roto por la pena cayó arrodillado mientras el último grano, de un brillante naranja rojizo, se desprendía de la tela y caía sobre el desierto donde su aroma a canela, arrastrado por la tormenta, despertó al primer Sai Hulud.
Kahina aguardó unos segundos, cuando mi voz se apagó por completo y quedó solo el rumor de otras conversaciones abrió la bolsa rojiza y la llenó con varios puñados de arena.
— Cada grano es una posibilidad, un pensamiento, un recuerdo, una esperanza o un nuevo hogar —dicho esto tendió la bolsa a Inam y cogió el puñal que yo sostenía—. Defenderás el hogar que eres, el refugio al que tu compañero pueda volver pero que siempre te pertenecerá —y entregó el arma a su hija con orgullo.
1.- Hiereg: Chaksoba; Campamento en el desierto.
2.- Taddart Azeg: de Taddart Azeggaɣ (Pueblo rojo), Tamazight; Pueblo escarlata.
Mi mujer Uxia y las mujeres más jóvenes del Taddart Azeg se situaron a la derecha de mi hija, quien había adoptado el nuevo nombre de Winyualen para el sietch. A su izquierda se encontraba su compañero Inago, ambos sonrientes, alegres y tensos. Finalmente a la derecha se encontraban los ancianos que se iban adelantando para hablar sobre él, contar sus méritos, defectos y en ocasiones recuerdos divertidos aunque ligeramente embarazosos.
Inam llevaba sobre su destiltraje una capa Jubba de amarillo ámbar ricamente ornamentada con dibujos y letanías chakobsa que seguían patrones espirales. Cubría su pelo color arena con la misma capa y sobre su frente tintineaban los anillos del agua que aportaría. Él portaba, al igual que ella, una alegra capa Jubba de múltiples colores, como un atardecer que también ocultaba su pelo.
Cuando los ancianos hubieron terminado, el naib Sekijawa se adelantó para continuar. Tomó del novio sus anillos del agua unidos por un cordel y con cuidado ató cada extremo a los que la novia portaba formando una segunda línea sobre su frente.
— Ahora el agua os pertenece a los dos y a su vez pertenece al sietch pues ambos formáis parte él.
En ese momento las jóvenes rodearon a la pareja y comenzaron a danzar y cantar como derviches, ahora más rápido ahora más pausado, mientras con sus pies levantaban la arena más fina que quedaba suspendida en el aire siguiendo los movimiento de sus capas. Seguían una coreografía que surgía de los corazones y de los ritmos que la tormenta que los rodeaba marcaba.
A un gesto de la reverenda madre un hueco se abrió entre las jóvenes, los cantos cesaron y el baile se volvió más rítmico y menos caótico, ya no eran tormenta sino agradable brisa. La anciana se puso frente a la pareja y tomó sus manos esperando que desgranaran sus votos.
— Sé manantial que calme y yo seré tormenta que proteja —dijo Winyualen.
— Sé sombra en la que descansar y yo seré estrella que guíe —contestó Inago.
— Satisfaceme como a tu deseo, y yo te satisfaré como a tu necesidad —respondieron ambos al unísono.
La reverenda madre cogió las palmas de las manos de los novios, las junto y las elevó, para que todo el sietch lo viese.
— Ahora estáis unidos por el agua —y tras pronunciar estás palabras un coro de vítores y ululatos llenaron el lugar.
Inago y Winyualen parecían aliviados, sonreían a quienes les rodeaban, muchos acercaban a felicitar a la pareja y mientras se empezaba a preparar sobre esteras los alimentos y el café especiado, Kahina a mi lado tomó la bebida y nos dirigimos hacia ellos.
— Su unión es nuestra unión —dijo la madre de Inago antes de ofrecerme unos dátiles.
— Y en la unión nuestro pueblo se fortalece —respondió mi mujer ofreciendo café a los hermanos del joven.
La celebración continuó mientras la tormenta rugía a nuestro alrededor, en un momento parecía acercarse por el este para instantes después alejarse por el norte, el muro de viento y arena se iluminaba con las descargas producidas por la electricidad estática, y el embudo que formaba en el centro variaba en forma y tamaño pero no se desplazaba, podía permanecer así durante días incluso algunas semanas.
Las gentes del Taddart Azeg sabían escuchar las tormentas, sentir los vientos, leer el cielo para identificar las tormentas coriolis y convivir con ellas de una manera que pocos eran capaces incluso entre los fremen, pero no solo esto les diferenciaba de otros sietch, también eran puramente nómadas, sin ningún refugio en piedra estable, además en su mayoría su piel era de un tono rojizo. Los que se preocupaban por las diferencias asociaban estos rasgos a una posible herencia de los primeros pobladores de Dune.
Ahora nuestra hija se unía a ellos, igual que yo me había unido a Kahina, y podría aprender las coreografías del viento como años atrás me las enseñaron a mí.
Hacía unas horas que nos habíamos despedido de nuestra hija y la habíamos visto partir en el Shai-Hulud para unirse a su nueva familia. El cielo ya clareaba con el alba y se podían apreciar en el paisaje los cambios que la tormenta había dejado a su paso, pues lo que para muchos era fuerza destructora para nosotros era transformadora. Rocas erosionadas que terminaban por desaparecer o dunas que se apartaban para mostrar nuevas formaciones ocultas. Pero mis ojos no percibían aquellos detalles pues los paisajes de mi pensamiento estaban siendo transformados por otros vientos.
Kahina había terminado de desplegar la destiltienda para descansar pues aun nos quedaba una noche para llegar al sietch, la sentí a mi espalda antes de notar su mano posarse sobre mi hombro.
— Aseel, ¿qué te pesa? —dijo mientras se sentaba a mi lado y observaba mi rostro—. Cuéntame que te ronda, sé que no es por Inam.
Desde el primer día que nos conociéramos, ella siempre podía leer en mi, por eso me era natural dejar que mis pensamientos se transformaran en palabras para ella.
— Pienso en las palabras del naib Sekijawa sobre los que marcharon y los que han de venir, para él todos son lo mismo con diferente voz y estoy de acuerdo, pero el alba me ha traído una música que no había escuchado antes —fijé mi mirada en los ojos de Kahina y la mostré nuestra bolsa de tela llena de arena antes de continuar—. Somos los granos de arena contenidos en esta tela empapada con el agua de nuestros hermanos, qué ocurriría, si cuando la bolsa cambie de manos, escapara un puñado de arena —abrí ligeramente la bolsa y dejé escapar un poco de fina arena sobre mi mano abierta y tomando apenas un pellizco entre mis dedos lo deposité sobre su mano—, aunque fuera un solo grano.
Permanecimos en silencio hasta que el primer rayo del amanecer apareció sobre las dunas, nuestras manos se habían encontrado mientras nuestros pensamientos recorrían el nuevo horizonte. Ella fue la primera en levantarse y tiró de mí hacia la tienda.
— Hoy volveremos a ser jóvenes e imprudentes halcones que desafíen la tormenta —su sonrisa pícara y su mirada eran una invitación, su mano aferrada a la mía una demanda—. Seamos necesidad y deseo antes de que un grano de arena nos separe de nuevo.
Nos habíamos alejado del falso muro sur hacia el este adentrándonos en el desierto profundo ayudados de un Sai Hulud para transportar la especia que debíamos entregar a los hombres de Tuek. El atardecer se aproximaba y ya habíamos recogido el campamento para dirigirnos al punto de encuentro.
— Habkûn, estás seguro que la tormenta no nos pasará por encima... —la que hablaba era Arisha, una guerrera de sietch Gara Kulom—. Sabes que los hombres de la ciudad se asustarán y no vendrán si se acerca —la mujer sonrió acuclillándose a mi lado.
Debía tener pocos años más que mi hija y aunque parecía un tanto impulsiva, era una de las mejores rastreadoras del grupo elegido por Liet.
— Ya hay una tormenta sobre nosotros pero ish yara al-ahdab hadbat-u3 —mi ánimo se había ensombrecido por la discusión de la noche anterior con el jinete de gusano, de sietch Tabr.
No era la primera vez que nos enzarzábamos en aquellas discusiones, pero en vez de contenerme, había expresado mi enfrentamiento a la visión de un Dune verde de manera directa, Daryur había respondido de forma behemente, solo repitiendo palabras que habían pasado por muchas bocas y pocas cabezas.
— Puede que Daryur tenga algo de chepa —dirigió su mirada hacia la nube de polvo que yo estaba observando—. Sabes que la mayoría compartimos la visión de Liet-Kynes, pero unas pocas aun gustamos de escuchar a los mayores —sus gestos y palabras me invitaban a hablar.
— La visión de Dune verde pertenece a Pardot Kynes, yo la escuche en su propia voz, imaginé aquellas tierras verdes y quise sentir la humedad condensándose sobre mi rostro, como muchos otros cuya agua ya volvió a la comunidad —callé un instante, no por el recuerdo de amigos y familiares perdidos, era de nuevo aquella sensación, apenas una fracción de segundo que volvía a escurrirse entre mis pensamientos, inasible.
Noté la mirada expectante de Arisha, conocía la pregunta antes de que la pronunciara y antes de escuchar su voz levante pausadamente una mano dejando caer arena rojiza oscura, arena antigua, oxidada por el tiempo y que conocíamos como alazor.
— Sí, compartí la visión, la visión de alguien que aun estaba aprendiendo a escuchar y ver esta tierra. Quién sabe si con más tiempo su visión se hubiera transmutado como lo hizo la mía —aunque hablaba de pérdida, no había tristeza en mi voz, solo sosiego—. La visión no es de Liet-Kynes, él es su heredero, y si pensé que él la haría suya, nuestra por ser hermano, me equivoqué. Liet no tiene una visión, tiene una misión, una misión que nos liberará del yugo, pero también de las arenas —miré directamente a los ojos de la joven antes de continuar—. ¿Quién serás cuando el halcón ya no sobrevuele las dunas, quién será Daryur cuando el último Sai-Hulud se entierre tan profundo que no escuche su llamada, quién seré cuando el atardecer no arda en el horizonte y se apagué en la maraña verde de los bosques?
3.- Ish yara al-ahdab hadbat-u: Chaksoba; El jorobado no ve su propia joroba.