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Dune: Encrucijada

Prólogo: Lo que aún no puede verse.

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28/01/2026, 11:51
Arrakis

 

 

Dune. Arrakis. Yo.

El sol aún no se ha alzado cuando mis vientos comienzan a moverse, susurrando entre las torres y murallas de Arrakeen. Las piedras me reconocen. Las rutas comerciales aún laten con la inercia del Imperio. La ciudad está viva, aunque dormida, aunque ya no me pertenece del todo.

Y siento que algo no encaja.

La bruma de la incertidumbre flota sobre calles y plazas. La arena se filtra por las juntas de piedra, recorriendo grietas antiguas, depositando memoria en cada esquina, en cada rincón olvidado, en cada sombra alargada. No destruyo. Recuerdo.

El aroma de la especia me habla. No es poder lo que promete. Es decisión. Consecuencias que aún no han sido asumidas. Ecos de futuros posibles, cada uno latente, invisible, temblando en la luz que aún no toca la arena.

Arrakeen despierta, contenida. Yo la observo. Cada paso, cada murmullo, cada rincón sombrío es mío y no lo es. Evalúo quién duda, quién comprende que cada instante cuenta.

Los Harkonnen se retiran, dejando estructuras intactas, pero vacío de sentido. Los Atreides van llegando con todo su peso simbólico. El Imperio cree que todo sigue su curso. Pero yo la percibo. Percibo la Encrucijada: no como un hecho, sino como un riesgo. La posibilidad de que alguien, pronto, pueda ver demasiado lejos… y aceptar pagar el precio de que el futuro se vuelva legible para siempre.

Yo no pienso como los hombres. No trazo planes, no elijo nombres. Recuerdo sendas. Decisiones. Futuros tan bien orquestados que dejaron de ser futuros. La especia tiembla bajo la superficie, no como recurso, sino como síntoma: demasiada visión, demasiada certidumbre, demasiada continuidad.

Bajo la ciudad, mis gusanos mantienen su ciclo ancestral. No saben de imperios ni de mesías. Aun así, desvían sus rutas. Lo justo para retrasar cosechas, para provocar encuentros imposibles, para que ciertas decisiones no puedan tomarse en soledad. No empujo. Me ajusto.

Escucho. Escucho la arena, en la arena. Escucho el viento, escucho los ecos de los hombres. Cada gesto, cada palabra no pronunciada, cada sombra que atraviesa, etérea: todo es memoria y advertencia.

Este instante está suspendido entre manos humanas, entre nombres humanos. Entre pasado y futuro, entre seguridad y abandono. No temo al cambio. Tampoco lo deseo.

Sé, como saben los desiertos antiguos, que hay futuros que preservan la vida y futuros que la constriñen. Caminos donde el sacrificio libera, otros donde garantiza la eternidad a costa de todo. El Camino Dorado aún no existe, pero su sombra ya proyecta su pesada forma sobre la arena.

La ciudad contiene la respiración. Las sombras se alargan entre edificios. Miradas ocultas miden, calculan, escuchan. Nadie tiene la imagen completa. Y eso es esencial. Porque si alguien la tuviera, la decisión ya no sería real.

Yo observo. Susurro en el viento. Palpito en la especia. Vibro en cada piedra, en cada gusano, en cada instante suspendido.

No elijo héroes. No impongo destinos.

Observo para asegurarme de que, cuando llegue el momento, la decisión sea humana.

Vuestra…

Y yo, paciente, sólo recuerdo.