Allí estaba una vez más, para desesperación de Arena. Aquella exasperante facilidad para aceptar y asimilar cualquier opción sin criterio ni reflexión alguna, como si no tuvieran dudas, como si supieran lo que debían hacer a cada momento.
-¿Y por qué habríamos de hacerlo? Me refiero a seguir su rastro. Yo no... no... no lo entiendo, sinceramente -negaba con la cabeza-. ¿Acaso a nadie más le resulta todo esto extraordinario? Porque no oigo preguntas. Solo líneas de acción o la posibilidad de las mismas. O silencio. Tarek, ¿por qué crees que deberíamos seguir al gusano? Para ser fieles a la verdad, yo no le veo razón de ser alguna. E imaginando que haya alguien que no quiera hacerlo, ¿se le abandonará aquí, en medio del desierto? Ser cautos y no precipitarse siempre ha sido una buena opción. También ahora. O al menos, eso creo yo.
Devolvió su atención a los dos fremen. Esperaba su respuesta. Sin conocimiento no había decisión inteligente posible.
Sentía cómo la humedad del aliento exhalado al haber emitido sonidos era absorbida por la máscara y, así, volvía al interior de los bolsillos de recuperación tras pasar sofisticados filtros: una tecnología compleja, muy compleja.
Había intentado predicar con el ejemplo, pero ya sabía que era bastante difícil. En estos extranjeros percibía esquemas igualmente sofisticados, complejos; sin duda eran moldes traídos de muy diversos ambientes: importantes de seguir en aquellos lugares. Esquemas de supervivencia.
Aquí solamente expresaban incapacidad de adaptación. ¿Cómo explicar el color del aire? El impacto, en su adolescencia, cuando comenzó a tratar con esa gente, había sido brutal. Pero Kahina se había adaptado: había intentado comprender.
Así, pudo terminar viéndose a si misma en los ojos de un extraño. Fue un momento importantísimo en su vida, cuando algo dentro de si encajó con un sonido audible (igual que al traspasar el umbral) y le brindó la oportunidad de examinar cómo todos en Dune (Dune... ) sentían lo que en otros planetas veían como una verdadera obsesión por la humedad. Recordó su divertida constatación de cómo ella, dentro de la gente de ciudad de Dune (su gente, los no-fremen), era considerada como especialmente estricta en esos temas: inútilmente rígida en la disciplina de la humedad. Claro que se ganaba la vida con eso.
Son importantes especulaciones. Su voz sonaba hueca, inhumana, tras la máscara. Comprendo que necesitáis hablar. Pero dejó a Arena sin su respuesta o, mejor: el silencio y la actitud fue su respuesta. Se irguió y, siguiendo el consejo de quien, por sus conocimientos, debía ostentar la autoridad (el viejo Tarek, ah, viejo Tarek) en ese concreto segmento de su tiempo, invitó a Arena a subir, y subió ella misma, al tóptero.
¿Dejar a alguien atrás? ¿No comprendían que la humedad no podía ser desperdiciada? ¡Nadie se quedaba atrás! Pero eso eran viejas historias del desierto.
En el ínterin, con la paciencia de una piedra, explicó: es mejor que conservéis vuestra humedad. Y, además, añadió: si expreso mis pensamientos, podré freno a los tuyos.
Escuchó la propuesta del piloto para bebe un sorbo de agua, pero su atención estaba puesta en el horizonte. Su mirada iba de aquel punto en la lejanía a Habkûn que se había alejado del ornitóptero unos metros y a la mujer que tocaba la arena un poco más allá de ella y que no tardó en levantarse y anunciar que era un gusano lo que se movía en la arena.
Nerissa asintió lentamente a aquella afirmación, afinando la mirada y distinguiendo la forma entre la arena, sintiendo el susurro que provocaba al desplazarse, la vibración queda de su paso. Ahora la sentía más clara, más nítida.
No sabía cómo Kahina podía afirmar que no se acercaría a ellos por ahora, pero la creyó. No se sentía en peligro, aunque podía ser una falsa sensación. Pero los pasos de Habkûn volviendo junto a ellas no denotaban prisa, lo que reforzaba su idea.
—Aeswadu. ¿Otra leyenda de tu pueblo?—le preguntó cuándo se acuclilló junto a ellas y Safiya, que se había acercado igualmente—Nos viene acompañando desde hace un rato. Lo sentí al salir antes al exterior. Tú también, ¿verdad?—miró al hombre un instante y de nuevo al horizonte. Kahina confirmó el nombre de la criatura o su naturaleza. Nerissa se apoyó en la estructura de metal mirando al gusano moverse lentamente, intentando calcular su tamaño, aunque era imposible a aquella distancia. Colosal sería un buen adjetivo.
La voz de Arena rompió el silencio que se había instaurado entre ellos, un silencio expectante. Nerissa se volvió a mirarla y un brillo divertido bailó en sus ojos al escucharla.
—Hemos aterrizado para comprobar que la nave está perfecta y que podemos seguir, pero también para intentar orientarnos, para que, los que saben, busquen señales de adonde dirigirnos. Y los que saben han hablado—sentenció con una sonrisa suave—Salvo a ese gusano... ¿ves algo más que arena? Es lo único que rompe la monotonía del mar de arena desde aquí, no se ha acercado a atacarnos, a mí me sirve—se cruzó de brazos ante la idea de la mujer y miró como Kahina volvía al interior del aparato con paso silencioso—No dejaremos a nadie atrás. Pero, ¿alguien preferirá quedarse aquí a subir de nuevo al aparato y buscar entre todos un destino seguro?—negó y chasqueó la lengua—No lo veo. A mí, por lo menos, no se me ocurriría quedarme aquí sola durante el día.
Miró a Habkûn y asintió con determinación—Estoy con vosotros, me gusta la idea. A no ser que Rosita tenga ya todos sus sistemas de orientación funcionando, es lo único que tenemos. ¿Hablas con el piloto y le planteas la idea de seguir al gusano? Tarek tiene razón. Si tardamos mucho en seguirlo lo mismo lo perdemos de vista. Quizás no nos lleve a ningún lado, pero no perdemos nada por intentarlo, ¿no?
Cuando apareció en camiseta, una mujer, claramente fremen, le empezó a hacer gestos para que se volviera a vestir. Se sonrió. Los fremens y su cuidado con el agua, su obsesión con no desperdiciar ni una gota. Ella podía estar equipada para aguantar dentro de su destiltraje, pero él necesitaba tener menos ropa para reducir la sudoración. Se sonrió, la próxima compra que haría sería la de un destiltraje fremen de emergencia, para cubrir aquel posible problema en el futuro. Pero en aquel momento, no podía hacer nada más. Miró a la fremen y se encogió de hombros con una sonrisa como única disculpa.
Agua, todo se reducía a eso en aquella bola de polvo que era Arrakis, agua y especia. Suspiró, pronto estaría en un estanque lleno de percas, pronto. Se dirigió a su suministro de agua de emergencia y ofreció su contenido a la carga. Una atractiva mujer dijo que había que mantener la cabeza clara y Derek sonrió divertido
- ¿La cabeza clara? - Negó - Soy el piloto loco. Hay gente que está hecha para volar, y otros para pensar. Yo soy de los primeros.
Y es que si hubiera pensado, si hubiera metido a su amiguito dentro de los pantalones todavía estaría en casa, en un planeta donde había más agua que tierra firme. Sonrió y notó la mirada de otra mujer que se sentaba cerca de su cabina, pero tuvo que dejar de prestar atención para empezar con el reparto del agua, advirtiéndoles de las consecuencias de tratar de acapararla.
Uno de los hombres le agradeció, reverencia mediante, el agua y se ofreció a hacer lo que le pedía. Le dio un ataque de risa y le puso una mano encima del hombro
- Tío, el señor Nutt era mi padre, y tampoco es que fuera muy señor ¿Y una reverencia? ¿Te parezco un noble o es que te estás quedando conmigo? - Sonrió y le dijo - Ya que te ofreces encárgate del reparto del agua, yo tengo que ocuparme de poner a Rosita en marcha. - Se volvió a reír - Señor, yo, esto sí que es bueno...
Tarek le informó que se iba a ir fuera a revisar los sensores y le señaló una manpara lateral donde tenía herramientas de emergencia.
- La parte frontal, debajo del morro. Tú te encargas del hardware mientras yo reinicio el ordenador
Reinició el ordenador y suspiró. Rodó los hombros y el cuello mientras la pantalla parpadeaba. Un minuto después la pantalla de Rosita reapareció, aunque no como siempre. Seguían habiendo interferencias, lo que fuera parecía venir de fuera, y eso le daba que pensar que realmente Rosita no tenía ningún problema. ¿Qué podía ser tan intenso para causar esas interferencias? ¿Qué podía causar algo así en medio de una bola de arena como aquella? ¿Algún tipo de mineral? ¿Especia enterrada? ¿Los gusanos?
Suspiró e hizo las comprobaciones de seguridad. Altímetros a 0 mantenido, Ok. Estabilizador de aspa 1, OK, estabilizador de aspa 2, OK, estabilizador de aspa 3, OK, estabilizador de aspa 4, OK. Velocidad del viento 4 m/s.
- Por fin un poco de suerte - sonrió - Podré volar en automático.
Los sistemas de navegación parecían verse afectados todavía, pero nadie era perfecto, ni siquiera Rosita. Comprobó el combustible y vio que todavía podría volar 5 o 6 horas a velocidad máxima, más si economizaba y planeaba a ratos. Volvió la vista atrás. Había mucha de esa gente que estaba fuera, y no sabía si todos volverían con él. Encendió los motores y puso las aspas en posición horizontal para calentar los servomotores sin despegar, potencia al 10%. Todo parecía estar listo, Rosita seguía renqueante, pero ya estaba mejor.
- Esta es mi chica. - Acarició el panel de mandos mientras daba algo de tiempo a los que estuvieran fuera para entrar, o a alejarse, para que dejaran de ser su responsabilidad.
La primera en hablar fue Kahina, nuevamente utilizando las palabras justas y necesarias, confirmando lo que Habkûn intuía, la mujer también había sido consciente del gran gusano incluso antes de que aterrizaran, al igual que había afirmado Nerissa.
—¿Quiénes más habían sido conscientes de su presencia? —pensó haciendo un gesto de afirmación ante las preguntas de la joven— Soldado —anotando el adjetivo al observar su alfanje.
Mientras otros, como Arena, se unieron a la conversación, ésta se mostraba más cauta de lo que había parecido anteriormente, su rostro oculto no dejaba traslucir sus pensamientos, pero los fremen, acostumbrados a ir cubiertos solían observar otros gestos como la distribución del peso del cuerpo, movimientos sutiles de las manos o la posición de la cabeza, y si bien las primeras palabras eran una muestra sincera de desconocimiento y cauta curiosidad, la tensión ligera de su cuerpo al preguntar y su reacción ante la respuesta de Tarek, quien también había llegado hasta la rampa, mostraron una especie de rebeldía lógica de quien se negaba a actuar sin razones o datos.
Kahina con sus respuestas, indumentaria y movimientos podría pasar perfectamente por fremen para los no-fremen, los detalles que la diferenciaba eran mínimos y había que estar muy atento. Parca en palabras, dejando más interrogantes que respuestas invitó a Arena a entrar en la bodega e insistió en el punto más importante para poder sobrevivir, el agua. Sin embargo, Nerissa carecía de aquella contención y aunque estaba de acuerdo con lo que decía, también era importante como se decía.
—Entiendo las dudas y comparto algunas. —Habkûn permaneció en cuclillas hablando a través de su máscara— El sol no parece desplazarse, no hay rastro de las lunas en la línea del horizonte, podríamos estar más allá del meridiano 70 y sorprendernos una tormenta Coriolis tras otra —enumeró unos hechos y se calló por un momento, sin duda evitando decir algo más—. Encontramos un camino estando perdidos, sería cauto seguirlo.
Se levantó y asintió tanto a Kahina como a Nerissa nuevamente, antes de dirigirse al mecánico.
— Tarek, conocéis al piloto y su... —hubo una ligera duda pues le había costado entender que se referían al ornitóptero como Rosita— aeronave —y él aun no parecía cómodo con ello—. Os ayudaré a hablar con él si es necesario.
Todo aquello resultaba excepcional, los que allí se encontraban habían decidido continuar y cruzar el Umbral, y para Habkûn en aquel lugar y momento debía seguir siendo así, cada uno sopesaría y tomaría sus decisiones libremente. Si el piloto accedía a seguir al Verdugo de la Tormenta, quien no quisiera tendría que pensar las consecuencias y decidir, él trataría de evitar que desperdiciaran su agua y con ello sus vidas. Si Derek no accedía, asumiría los riesgos en solitario y dependería de lo que Dune le quisiera exigir.
-No necesito hablar. Necesito respuestas -replicó sencillamente, mirando a Kahina. Tras el velo, su ceño se frunció levemente. La forma de actuar de la mujer, su forma de expresarse y todo lo que no decía comenzaban a dibujar un bosquejo de quién podía ser realmente-. Aún no -dijo permaneciendo en su sitio, viéndola subir a la nave-. Y sí, Nerissa, veo algo más que ese gusano. Os veo a vosotros -hubiera dado saltos de alegría de haber visto cruzar a saltos una rata canguro en otra dirección. ¿Habrían decidido seguir su estela? Pero entonces, habló Habkûn y solo pudo sentir desconcierto. Miró el cielo y, en efecto, no vio las lunas. Sin embargo, Krellen y Arbon eran fundamentalmente visibles en la noche y no siempre eran apreciables de día. Pero la afirmación de que Canopus no se movía… -. Es imposible que no se mueva, Habkûn. No quiero poner en duda tu palabra, pues no creo que mentirías en algo así. Pero si eso fuera cierto, estaríamos viviendo una especie de metarrealidad, un… sueño de especia.
Encogida y envuelta en su capa de tela oscura Safiya había permanecido unos pasos detrás, sin interrumpir, mitad respeto mitad necesidad de ahorrar su agua, dejando que la voz de Habkûn encontrara su lugar entre el rumor del viento y la inquietud creciente de Arena. Sus ojos, protegidos por el velo translúcido, no se apartaban del horizonte donde la arena parecía respirar con voluntad propia, pero cada vez de modo más tenue.
Avanzó finalmente, despacio, hasta situarse lo bastante cerca como para que su presencia fuera sentida sin imponerse. No buscó convencer con palabras densas ni con solemnidad prestada; el desierto ya estaba hablando demasiado alto, demasiado solemne por sí mismo.
-Si es un camino… -dijo con suavidad, mirando la traza ya lejana del gusano- entonces no debemos perderlo. Y más cuando las señales son tan ambiguas. O tan precisas.
Su mirada se deslizó después hacia el ornitóptero, aún expuesto a la vastedad abrasadora. Había en su expresión una mezcla de comprensión y urgencia contenida, aceptando el riesgo porque quedarse sería peor. Después ladeó la cabeza pensativa ante las palabras de la mujer, y se encogió de hombros.
-Un sueño de especia... no sería el primero. No tengo respuestas, no creo que las tenga ninguno de nosotros ahora mismo. Pero aquí somos vulnerables, tanto o más que siguiéndolo. -añadió, casi en un susurro-. Desde el aire podremos seguirlo sin perturbar su paso… y sin atraer a otros.
No insistió. Se limitó a sostener un instante la mirada de Habkûn -él entendía aquella necesidad- antes de volver a alzar los ojos hacia el movimiento profundo de las dunas. Tras lo cual siguió a los que ya habían regresado al interior del tóptero.
Se detuvo al escuchar las últimas palabras de Arena y posó su vista en ella escrutando su rostro velado por la tela.
—Podría tener razón, que aquello fuera una presciencia, ¿pero conjunta y con personas que probablemente nunca habían experimentado nada similar? —los destalles no cuadraban, había algo más que no lograba ver. La respuesta que buscaban, el sentido a lo que estaba ocurriendo no lo encontrarían allí quietos o volando sin dirección, es lo único que tenía claro.
Fue Safiya quien puso voz a los pensamientos de Habkûn, no había respuestas, solo leves intuiciones difíciles de explicar y que a su vez generaban nuevas preguntas sin respuesta. Quizá aquel Sueño de especia fuera un punto de partida al que aferrarse para evitar entrar en un bucle de incertidumbres que les paralizara.
— Un sueño de especia —repitió aquellas palabras asintiendo antes de cruzar su mirada con Safiya y seguir a Tarek hacia la cabina del piloto.
Fue como si un crysknife atravesara su cerebro, un ardiente filo de hielo segando conexiones y generando otras nuevas. Había habido una respuesta aunque se desdibujara a propósito y había habido un susurro audible. Blanco y negro, grito y silencio, sueño y vigilia. Arena cogió aire como lo hubiera hecho un neonato, naciendo a una nueva realidad, a otra dimensión y sintió ganas de llorar, de alivio, de expectación, por apertura al misterio. Solo el tiempo vivido en Arrakis y su culto al agua impidió que derramara unas lágrimas más que justificadas. Y pudo ver cómo todo se reestructuraba, se organizaba, adquiría un sentido, un propósito. Desaparecieron las viejas preguntas, sustituidas por otras nuevas. Desapareció la angustia, sustituida por la curiosidad. Y sonrió.
Miró en derredor. Safiya, Habkûn, Kahina se habían reunido con Tarek y Derek. Sabía que Nerissa los seguiría pronto, no por la razón adecuada, pero no importaba. Vio a Jonathan. Recordó su brazo, envolviéndola protector. Se lo debía. Fue hasta él y le tomó de la mano.
-Vamos - le dijo, tirando levemente de él y encaminándose al interior del tóptero.
Sí. Arena seguía necesitando respuestas, pero sus ojos habían cambiado.
Al mecánico no le fueron indiferentes las palabras de Arena y meditó sobre ellas mientras escuchaba como otros intervenían en la conversación intentando dar un poco de sentido y razón a todo aquello. Tarek no era un médico o curandero que pudiera sanar los cuerpos de la gente, tampoco un gurú, un chamán o un líder que tuviera poder sobre los espíritus de las personas, su único don eran las máquinas, las comprendía y sabía arreglarlas aunque eso no significaba que las pusiera por encima de la gente si no que las consideraba herramientas útiles para mejorar la vida de los humanos, ese era su deseo.
-Desde que cruzamos ese portal yo tampoco entiendo muchas cosas Arena. -Dijo admitiendo lo que sentía.- ¿Por qué seguir al gusano? En realidad deberíamos irnos lo más lejos posible de el ¿Verdad? Pero yo no se de gusanos, ni del desierto y los que tienen experiencia han sugerido seguirlo. Yo se de máquinas y cuando hemos reiniciado los sensores de Rosita ella de alguna forma parece responder a su proximidad lo que nos permitirá seguir su rastro, vaya donde vaya, que no lo se. Pero, estamos en medio del desierto. ¿No es raro? No deberíamos habernos alejado tanto de Arrakeen, sin embargo es como si al cruzar el portal nos hubiéramos trasladado a otro sitio diferente, eso es lo que siento, quizás sea un sueño de especia u otra cosa, quizás la tormenta nos arrojó más lejos de lo que pensamos, no lo se. En cuanto a dejar a alguien atrás, creo que debemos permanecer juntos, yo al menos no podría sobrevivir en el desierto. -Tarek sonrió amable.- Creo que entre todos saldremos de esta situación.
Miró a Kahina y se encogió de hombros, hablar podía ser un desperdicio de agua pero a veces debía hacerse. Escuchó a Nerissa que también era del mismo parecer y asintió mientras contestaba sus palabras y las de Habkûn.
-Hablemos con Derek sí, él es el piloto y el que decidirá en última instancia hacia donde volamos, pero es importante que escuche todas las opiniones, también el resto de compañeros, así que decidle lo que habéis visto y sentido también.
Entró en el vehículo y saludó son un gesto de la mano y una sonrisa a los que seguían en el interior mientras se acercaba a la cabina para hablar con Derek, aunque su tono fue deliberadamente fuerte para que el resto pudiera escucharlo.
-Por tu sonrisa veo que has comprobado que Rosita no nos va a dejar tirados. El módulo no tenía ningún daño serio, limpié la arena que se había incrustado en las juntas de protección para asegurarme que nada interfería con las lecturas así que por ese lado estamos seguros. -Tarek atrajo la atención de Derek hacia los lectores de datos y comenzó a señalarle con el dedo ciertas pautas que se iban repitiendo.- ¿Ves esa vibración que se va repitiendo? La produce un gusano de arena, uno enorme, no sabría catalogar su tamaño. Nuestros amigos han ratificado su presencia y está pasando de largo sin venir a por nosotros, como si marcara un camino. Creemos que quizás quiera que lo sigamos, que nos esté guiando hacia algún lugar. Parece una locura, pero Rosita parece concentrar sus lecturas en esa criatura también como si quisiera que siguiéramos su rastro, gracias a ella podríamos seguirlo desde el aire sin problema con tu experiencia de vuelo. Hay otro tipo de explicaciones más lógicas, claro, como que el gusano sea tan grande que sus movimientos lleguen a interferir en las lecturas, de ser así solo tendríamos que alejarnos y esperar que los datos se normalicen. -Eso parecía lógico también, pero desde que habían cruzado el portal nada lo parecía. Tarek se volvió, no solo para seguir hablando con Derek si no para dirigirse al resto de sus compañeros.- En cualquier caso debemos tomar una decisión: seguir al gusano o alejarnos e intentar encontrar otro rumbo adecuado en cuanto los sensores respondan con normalidad.
Se dio cuenta de que aquella mujer, Arena, había puesto a trabajar sus pensamientos (la expresión de su rostro lo confirmó).
Se reafirmó ella a su vez: eso era lo que necesitaban. Mentes pensantes. Bendijo a su padre, pues de él había aprendido que era necesario pensar, entenderse, no parlotear sin sentido, no apoyarse en cosas que no comprendías y si en aquello (por muy poco que fuera) que tenías bien sentado. Y dejar en la duda la duda, hasta que las piezas encajaran.
Sin embargo, aquello había pivotado sobre una suerte de parloteos insensatos. Comprendió también que sin aquel contrapeso todo habría sido mucho menos estimulante. Comprendió también que, tras pasar el umbral, eran algo parecido a hermanos y hermanas. Creyó necesario hacer lo que jamás hizo: abrir su corazón. Kahina, que había sido una pura máquina de sobrevivir durante tanto tiempo. Se sintió libre. Oh: poseía mucha riqueza. Seguramente más que muchos de los presentes. Pero ahora estaba ahí, solamente con su destiltraje y unos compañeros, y seis horas de combustible. Y se sentía más libre que nunca. Así que, con la cadencia de una narradora de su desaparecida tribu, entonó en dirección a esa mujer:
Cuentan las leyendas que el mayor peligro cuando caminas por el desierto es hacer círculos. Ese gusano nos señala una dirección. Una línea recta. Quizá no importe la dirección que tomemos, mientras la mantengamos recta, sin hacer círculos, pues entonces llegaremos por fuerza a algún lugar donde podamos salvarnos. Quizá, por otro lado, estemos viviendo un sueño y el lenguaje del mundo sea simbólico y no mecánico. Quizá... Si yo hubiera expresado todo lo que sentía, te habría privado del placer de descubrir por ti misma lo que prefieres de entre todas esas alternativas que, por otra parte, pudiste desentrañar por ti misma sin mi ayuda.
Respiró hondo.
Pidiendo de mi has hecho como el polluelo en su nido, que pía al cielo hasta que consigue que regurgite las respuestas. Para el caso, podrías haber diseñado una máquina pensante.
¿Cómo se tomaría eso? ¡Hay quien podría considerarlo un insulto mortal!
Además, has desperdiciado tu humedad.
Seguía con su protección cubriendo el rostro, aunque no tomaba agua de sus tubos de recuperación. Había penetrado en el tóptero. Se comenzó a atar en un asiento.
Sigo sin saber cual de las posibilidades que pueda pensar sea cierta, pero todas las alternativas convergen en una posible acción: seguir al gusano. Aun así, como me sigo sintiendo llena de dudas, fío mi decisión al fremen, pues se reconocer la autoridad de quien se mueve en su terreno.
Como la máscara ocultaba su rostro, creyó necesario apartarla y mostrar a la mujer que estaba sonriendo, amable.
Tan pronto como había salido al calor del desierto, Awat se había puesto su destiltraje, cubriéndose la boca y la nariz con una máscara. Puede que no fuera un destiltraje fremen, pero seguía siendo mejor que andar por el desierto sin uno. Perdería agua, pero mantendría la suficiente como para no debilitarse si la estancia en ese extraño desierto continuaba mucho tiempo.
Sin esperar al resto, comenzó a examinar el exterior del ornitóptero. Los pasajeros de Rosita se desperdigaron por el exterior, hablando y desperdiciando agua. Él no era más que medio fremen, pero sabía que debía ahorrar tanto como pudiera. Y también sabía que su única posibilidad de salir con vida de allí era con el ornitóptero, así que se concentró en examinar cada una de las junturas y mecanismos del aparato.
Pronto Tarek se unió a la tarea, y juntos, intercambiando las mínimas palabras, revisaron todo el exterior. El aparato volador había soportado la embestida de la tormenta de un modo magnífico. Tuvo ganas de decirle al veterano mecánico que solo iba a tener que pagarle chapa y pintura, pero un oscuro presentimiento le hizo mantener la boca cerrada. Con la máscara puesta, no habría perdido apenas humedad al hablar, pero no quería perder ni siquiera esa mínima cantidad.
Casi se echó a reír al ver a Derek salir en camiseta al desierto. Ofrecía una garrafa de agua mientras perdía humedad a raudales. Negó ligeramente con la cabeza, pero no dijo nada. Era un loco, demasiado confiado en que su ornitóptero le salvaría incluso de Arrakis. Era cierto que era su único medio de salir con vida, pero el apego y la confianza del joven a su máquina era su punto débil.
El examen del aparato le había convencido de que no había sufrido desperfectos graves. Tarek y Derek estaban examinando los sensores cuando una conversación llamó la atención del contrabandista. Había un gusano cerca, uno muy grande. Y al darse cuenta de la magnitud colosal del espécimen, Awat se quedó anonadado. No había pensado que pudiera ver un ser tan monstruosamente grande, pero allí estaba. Y, al contrario de lo que hacían habitualmente, no se dirigía hacia ellos.
Las conversaciones a su alrededor se sucedían. Algunos opinaban que se encontraban en un sueño de especia, y aunque le costaba creer algo así, las pruebas se acumulaban: la falta de referencias claras, la ausencia de las lunas o la inmovilidad del sol. De pie, con su máscara puesta y las manos ocultas en los bolsillos, Awat parecía haberse convertido en una estatua de sal.
Todos seguían discutiendo, algunos más nerviosos que otros. Otros, con más dudas. Escuchó a Arena, la cortesana, claramente nerviosa por no tener respuestas. Escuchó a Habkûn, sabio en los caminos del desierto. Y escuchó también a una de las mujeres, una fremen, que insistía (de manera infructuosa) en que mantuvieran la disciplina del agua.
Al fin, echó a andar hacia el interior del ornitóptero. Derek había arrancado ya los motores. Solo se detuvo al llegar al asiento del copiloto y sentarse, y solo allí se quitó la máscara de su destiltraje. Observaba desde la cabina el avance del gusano de arena, desplazándose en línea recta a través del desierto.
Tarek estaba allí y resumió la situación de modo sucinto y exacto. El contrabandista permaneció callado un tiempo, mientras sopesaba las palabras del mecánico.
—Está sucediendo algo extraño —dijo, sin separar la vista del gusano—. No hay nada que nos sirva de orientación. No hay montañas, no hay lunas, solo hay desierto.
Señaló con la mano hacia el abuelo del desierto.
—Eso es lo único que rompe la monotonía de la arena interminable.
Bajó la mano y se dispuso a ayudar en las maniobras de pilotaje. No dijo nada más. No pensó que fuera necesario decir nada más.
Nerissa dejó que la idea de seguir al gusano fuera comentada por todos los del grupo que se había formado a su lado, que entraran dentro del ornitóptero informando a los demás y al piloto. Su mirada, seguía puesta en la arena, allí donde parecía que era una ola de mar, allí donde se movía gracias al enorme monstruo que se movía bajo ella.
¿Tenían razón? ¿Tenían que seguirlo?
Miró al cielo, buscando. Era cierto que no veía nada, era cierto que algo parecía haber cambiado. Pero podía ser simplemente que se habían desviado demasiado de la zona en la creían estar... ¿verdad?
Cuando todos hubieron entrado y se estaban poniendo ya el cinturón preparándose para el despegue, ella entró con paso silencioso y ocupó su lugar, pensativa. Su mano acarició su alfanje de forma despreocupada, ausente, un gesto aprendido hace tiempo para validar que seguía en su cinto.
Muchas preguntas se formulaban en su mente, pero pocas respuestas aún.
La principal, ¿había conseguido el fremen convencer al piloto de seguir al gusano?. Miró hacia adelante, a la cabina donde el piloto y Awat conversaban. Suyos eran los mandos, la decisión.
El joven mayordomo no pareció ofenderse ante la risa del piloto, y más bien pudo verse en su rostro, de forma casi imperceptible para quien no prestara atención, que el tener algo que hacer le había producido cierto alivio. Una orden, que era sencilla y práctica. Aferrado a aquella normalidad, tomó la garrafa de manos de Derek y empezó a repartir, un sorbo por persona, a aquellos que veía que lo necesitaban. Se detuvo ante Iria, dándole de beber, hizo lo mismo con Tuthok, con el noble que parecía tan fuera de lugar como él mismo, y así fue pasando entre aquella comitiva de desconocidos que hablaban sobre la absurda propuesta de seguir el camino que trazaba un gusano inmesurable sobre las dunas del desierto. Silencioso, Jonathan servía, y escuchaba. Escuchaba, y aprendía. La Arena, que como su homónima había parecido asentarse en una silenciosa calma al momento en que se sacudió todo para un aterrizaje a ciegas, parecía haber despertado de pronto como sacudida por el viento, haciendo preguntas y exigiendo respuestas a quienes podían tener respuestas... Y que sin embargo, Brennen sentía dentro de sí que no las tenían. Aún cuando en su forma de hablar sonaran a sabiduría de viejas culturas, de vidas experimentadas, todos parecían concluir en que lo que estaban viviendo era nuevo e inesperado para cada uno de ellos.
Y mientras la decisión de seguir una estela primigenia hacia un destino incierto parecía ya tomada, la arena volvía a asentarse y a invitarlo a volver junto a ella. Aún con garrafa en mano, y los oídos abiertos, Jonathan se dejó llevar.
Siguió a Tarek hacia la cabina y dejó que hablara y explicara la situación, el había revisado los sensores de la aeronave y por parte de Habkûn era el más capacitado para entender lo que ocurría con los mismos. Sintió que alguien se acercaba a sus espaldas y dejó pasar a Awat que también había permanecido fuera chequeando diversas partes del ornitóptero.
El mecánico comenzó a explayarse sobre posibilidades lógicas, lógicas desde el punto de vista de alguien criado mayormente en la ciudad donde quizá esperar en la sombra de un edificio pudiera ser una solución aceptable, sin embargo no era tan claro que en mitad de aquella inmensidad fuera a serlo, aun así dejó que terminara de explicar a Derek lo que había visto
Awat por su lado fue mucho más escueto y directo, había apreciado la misma ausencia de puntos habituales de referencia, tanto desde el aire como una vez posados, confiaba en la experiencia del contrabandista, en ese momento su punto de vista era importante y una vez hubo terminado Habkûn saco su paracompás, no solía necesitarlo más que en lugares realmente alejados donde las tormentas podían durar semanas y cambiar el paisaje radicalmente.
—Su funcionamiento no es el esperado, ya estuviéramos más lejos o más cerca del Verdugo de la Tormenta —el instrumento parecía comportarse de una manera similar a lo que había comentado Tarek sobre los sensores de la nave—. Lo he calibrado suponiendo que el gran Sai-Hulud puda interferir, pero sigue sin ser coherente —miró hacia la bodega donde la mayoría se estaban sentando y asegurando, antes de volver la vista sobre el piloto—. No hay más tiempo, es tu Rosita, tú decides sobre ella. —y volvió a girar el rostro ligeramente hacia atrás— Debo seguirlo de una manera u otra.
Estaba claro que el fremen había tomado su decisión y que no la impondría al resto, pero tampoco se demoraría a esperar más discusiones o dudas.
Colton sonrió a Jonathan al ver como abrazaba su tarea. Era mejor tener una tarea para que la gente no se pusiera nerviosa y empezara a hacer tonterías. Por eso prefería llevar carga que personas, la carga no daba problemas, no pensaba, no tenía ideas, pero también sabía como hacer que las personas colaboraran.
Mientras Tarek estaba fuera mirando los sensores Derek estuvo reiniciando los sistemas del ornitóptero. El reinicio no fue todo lo bien que podía desear. Había mejorado la situación, pero la orientación seguía siendo imposible. Estaban perdidos en medio del desierto y no había visos de poder encontrar algún lugar que pudiera servirle de orientación. Sin mapa, sin ordenador, sin referencias y con una cantidad de combustible limitada. No era una situación muy halagüeña, pero si no hacía algo, si no levantaba el vuelo el calor y el desierto acabaría con todos los que no fueran fremen.
Un grupo de pasajeros acudieron a su cabina, seguramente para decirle lo que tenía que hacer. Sonrió al ver aparecer a Tarek y le dijo
- No puedo prometer nada, aunque el sistema está mejor, hay más instrumental activo, pero seguimos sin navegación, seguimos perdidos.
Escuchó la explicación sobre el gusano de arena y aquello le dio que pensar. Que el gusano de arena los estuviera guiando le pareció ridículo, una superchería propia de fremens.
- Por lo que parece los instrumentos reaccionan a él, pero más que reaccionar creo que el gusano está generando las interferencias. Puede ser que se haya tragado algún tipo de arma harkonnen, algo que pueda generar campos magnéticos intensos, y que solo con su cercanía esté generando todo eso. Seguirlo puede ser peligroso, y no creo que el gusano nos esté guiando hacia nada.
Awat reforzó el mensaje de Tarek dejando claro que en su opinión lo único que rompía la monotonía era el gusano y el fremen dijo que lo seguiría, con ellos, o sin él. Se quedó mirándolo y tuvo que contar hasta 10 para no golpearle.
- Jodidos y obstinados fremen...
Miró el indicador de combustible, 6 horas, con suerte más, si economizaba, miró al fremen y finalmente le dijo
- Probaremos vuestra teoría durante una hora, una hora y media como máximo, y después, si no hemos encontrado nada te dejaré en tierra y ya te las arreglarás con el gusano si es lo que quieres. Estoy seguro que esa cosa es lo que provoca las interferencias, y en cuanto nos alejemos de él todo volverá a la normalidad.
Miró hacia atrás y preguntó
- ¿Estamos todos? Si es así tomad asiento, volvemos a despegar. Vamos detrás de un gusano grande.
Tras esperar que todo aquel que quisiera pudiera subir cerró la bahía de carga, tomó altura y siguió al gusano sintiendo que estaba perdiendo el tiempo. Sabía que era la única manera de llevárselos a todos, y que de no cumplir su reputación se vería mancillada, así que cumpliría, siempre que ese atajo de cabezotas y supersticiosos fremen le dejaran hacer su puto trabajo.
Por fin, una vez todos a bordo de nuevo, la rampa de carga ya cerrada, despegaron.
Las alas del ornitóptero se desplegaron con ese temblor de ser vivo que siempre precedía al vuelo en Arrakis, una vibración casi orgánica que parecía pedir permiso al desierto antes de separarse de él. La arena golpeó el fuselaje en una ráfaga breve cuando la nave ganó altura, y durante unos instantes el mundo se redujo a luz ocre, polvo suspendido y el zumbido profundo de los motores buscando estabilidad en un aire abrasado. Estabilidad que Derek controló con soltura.
Después, el horizonte volvió.
Desde arriba, la traza del gran gusano se reveló con una claridad inquietante. Cada metro recorrido reorganizaba el paisaje, dejando tras de sí una marca clara, una cicatriz temporal en la superficie de Arrakis. Una herida abierta en la piel del planeta, una línea sinuosa que avanzaba con constancia implacable, levantando tras de sí pequeñas avalanchas que se deshacían lentamente, como si el desierto tardara en decidir si debía cerrarse o permanecer marcado.
Seguirlo no exigía maniobras complejas. Iba marcando una dirección concreta, sin rodeos.
El tránsito continuó durante lo que parecía una eternidad… y que quizá apenas fueran unos instantes. Durante un tiempo imposible de medir con precisión, el ornitóptero avanzó manteniendo aquella cicatriz viva dentro de su campo de visión. El sol ardía sin piedad. El calor se filtró incluso a través de los sistemas de refrigeración. El mundo entero pareció haberse quedado reducido a una extensión plana de luz y arena.
En ocasiones, la traza parecía desvanecerse. Duna tras duna, cordillera tras cordillera de arena móvil, el rastro se fragmentaba, reaparecía más adelante, se bifurcaba en ilusiones que obligaban a corregir el rumbo. Hubo momentos en los que el desierto pareció querer tragarse la señal por completo, borrarla. Y sin embargo, siempre volvía a aparecer.
Más profunda. Más recta. Más decidida.
La sensación de estar siendo guiados se hizo tan intensa como la de poder perderlo todo en un solo descuido.
Súbitamente, una vibración distinta se transmitió a través del casco de la nave. No era la ahora ya familiar del gusano. Era más amplia. Más lenta. Como si enormes masas de arena estuvieran reajustando su lugar en el planeta muy por debajo de la superficie. Las corrientes térmicas se volvieron impredecibles. El vuelo dejó de ser cómodo y pasó a ser trabajoso para el piloto.
El horizonte cambió de forma sin que nadie pudiera señalar el momento exacto.
Las dunas, hasta entonces altas y arrogantes, empezaron a suavizarse. Las crestas se redondearon. Sus sombras se alargaron ligeramente, no por la posición del sol, sino por una sutil variación en el relieve. La línea del avance del gusano, tan clara hasta entonces, comenzó a diluirse.
Hasta que, de pronto, desapareció. Simplemente dejó de estar allí.
Ante la nave se extendía ahora un mar de arena aparentemente intacto, ondulado pero sin cicatrices recientes, sin signos visibles de tránsito colosal. El desierto volvía a ser desierto. Inmenso. Indiferente. Mudo.
Durante unos minutos que se hicieron muy largos, el ornitóptero continuó avanzando sobre la última dirección conocida, como si la inercia de la decisión pudiera sustituir a la señal perdida. El cielo vibraba con un calor casi líquido. La distancia se volvía engañosa. Nada ofrecía referencia.
Y una vez más desde que habían iniciado el seguimiento, la duda se instaló con un peso real y físico en el interior de la cabina. ¿Habían llegado tarde? ¿Habían sido conducidos hasta un punto vacío? ¿O Arrakis había decidido ocultar aquello que hasta entonces había mostrado sin reservas?
La nave siguió volando como si lo hiciera de motu propio. Con tenacidad, con una testarudez no exenta de perplejidad. Porque ya no había rastro que seguir.
Hasta que, de pronto, lo vieron.
No al Gran Gusano. Ni su rastro.
Vieron lo que al principio parecía un ojo que hubiera abierto el mismo desierto.
Un ojo por el que el propio Arrakis les estuviera mirando.