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Dune: Encrucijada

Capítulo Primero: El Silencio en el Umbral.

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24/02/2026, 10:09
"Arrakis"

Safiya asintió en respuesta a Habkûn, y apenas murmuró:

-Será pronto. Partiré con vosotros...

Pero no hubo tiempo de más. Justo después de que algunos empezaran a subir, todo cambió.

Arreció el sonido. Creció como un murmullo que al principio se esconde, pero luego, no. No. Luego se convirtió en un gemido grave, continuo, como si algo inmenso estuviera respirando bajo la superficie del desierto. No provenía de un punto concreto. Surgía del horizonte entero. El gemido se convirtió en rugido, la respiración en jadeo. El jadeo en asfixia.

La luz empezó a mutar. El dorado se volvió opaco. El azul del cielo perdió profundidad. Las sombras dejaron de proyectarse con nitidez y comenzaron a difuminarse, como si el mundo estuviera siendo visto a través de un cristal cubierto de polvo. Un cristal esmerilado, sucio, oscuro.

La arena ya no se elevaba en simples espirales juguetonas. Ahora corría, se precipitaba en líneas rectas, flechas. Todas en la misma dirección. Havel lo notó primero en la garganta. Trató de hablar y el aire le raspó al entrar. Se frotó los ojos, se los limpió con unas manos que ya no estaban en absoluto firmes. Miró con los párpados entrecerrados y llenos de arena a Safiya, que se había acercado. Balbuceó, la voz en un hilo entrecortado:

-Esto… esto es... 

Safiya no respondió. No le estaba mirando, ni a él ni a los que aún seguían allí. Ahora sí, miraba al horizonte. Su mandíbula se tensó.

-Al ornitóptero. AhoraHay que irse.

No gritó. Pero quien la escuchó no dudó de que era una orden. Havel no tardó en obedecerla, y corrió hacia la rampa abierta del esbelto aparato que ya batía sus alas bajo el control concentrado y atento de Derek. El piloto no podía valerse de los instrumentos de Rosita, pero sí de sí mismo. Ya estaba evaluando trayectorias, distancias, tiempos. El cálculo le devolvió una conclusión sencilla: si esperaban un segundo más, no habría margen. Con Awat a su lado, Tarek y Kahina sentados ya, y Habkûn en la compuerta, se dispuso a hacer volar a su niña.

Allí delante, el Guía Fremen no se movió apenas. Sólo inclinó el cuerpo hacia la tormenta que estaba echándoseles encima.

-No es para ellos. Sino por ellos -murmuró, casi con respeto-. Se está levantando por ellosDebo decírselo al Custodio.

Entonces el horizonte dejó de vibrar. De rugir. Dejó de lanzar flechas de arena: Se alzó.

No fue un muro inmediato. Fue una elevación progresiva, como si la propia línea que separaba cielo y tierra estuviera hinchándose. Una cordillera espesa formada por arena suspendida que crecía segundo a segundo. La montaña apareció cuando la distancia dejó de ser un consuelo. Oscura en su base. Blanca en la cresta. Inmensa. 

A diferencia de antes, no corría. No se precipitaba. Simplemente avanzaba. Y lo hacía con una lentitud tan segura, tan aplastante, que resultaba peor que cualquier embestida. La arena que llegaba comenzó a azotar las telas, la piel expuesta, las juntas de los trajes. Primero como advertencia. Luego como castigo.

Safiya, por primera vez, dejó traslucir el miedo. Lo tradujo su mirada, pero lo dijo el apremio con el que volvió a hablar. A gritar. A quien quedara aún en la superficie borrosa del Umbral.

-¡Arriba! ¡YA!

El aire se volvió casi sólido. Respirar exigía voluntad. La montaña de arena estaba demasiado cerca ahora. Se podían distinguir las capas, las corrientes internas, los remolinos que giraban dentro de ella como órganos vivos. 

No era una tormenta que pasara, sin más. Era una que reclamaba algo, un tributo, una reacción. Y el Umbral, bajo sus pies, vibró una última vez. No les estaba advirtiendo, ya no. Era una confirmación.

Havel había subido con los primeros. Luego los siguieron los demás, uno tras otro, empujados por Safiya y por una urgencia que ya no admitía dudas. La rampa comenzó a elevarse con un quejido metálico que apenas logró imponerse al rugido del viento, pero Safiya se detuvo. Se volvió en el último instante, y en ese segundo suspendido sostuvo la mirada azur profundo del Guía, que negó con la cabeza. No hubo palabras. No podrían oírse aunque las hubiera. Sólo un entendimiento seco, inevitable: Él no vendría. 

La arena ya azotaba la espalda de la mujer cuando saltó a bordo, casi cayendo al tomar la mano que Habkûn le tendía. El mecanismo de la compuerta encajó y selló el interior del ornitóptero en una penumbra vibrante. Derek no esperó. Las alas batieron con una violencia calculada, arrancando al aparato del suelo en un ascenso oblicuo, forzado, mientras la primera oleada sólida de arena chocaba contra el fuselaje con un sonido sordo, orgánico, como si algo inmenso hubiese decidido probar su consistencia.

A través del visor frontal, durante apenas una fracción de segundo, alcanzaron a ver la figura del Guía. No se cubría. No retrocedía. Se había vuelto hacia la tormenta, dándole la espalda al pájaro que pugnaba por huir, mientras su silueta permanecía erguida, mínima y firme ante la cordillera creciente de arena que ya lo envolvía. No hizo gesto alguno. Simplemente permaneció.

Luego la montaña se cerró.

El horizonte desapareció bajo una masa blanca y dorada que borró contornos, memoria y distancia. El Umbral dejó de existir a la vista. Sólo quedó el temblor del aire y el batir obstinado de las alas abriéndose paso en dirección incierta.

Y atrás, donde la tierra había hablado, ya no hubo nada más que arena.