Comenzó a desarrollarse una discusión sobre misticismo y ciencia que en aquellos momentos le pareció irrelevante a Habkûn. Kahina simplificó a propósito los hechos para que encajaran en una explicación lógica, pero tenía razón al querer buscar información que les ayudase a tomar nuevas decisiones. Awat había dado en el clavo, no encontrarían el camino a la ciudad, en ese sentido nada había cambiado, seguían sin referencias por las que guiarse.
Tarek también habló, tenía miedo de aterrizar en aquel lugar, podía compartir parte de su miedo, ser precavido, pero permanecer en el aire no les aseguraba tampoco seguir vivos, sin embargo lo que realmente llamó la atención de Habkûn fueron las que pronunció absorto observando el exterior.
—Quizás estamos aquí porque hay otra alternativa, una en la que ambos puedan convivir... —había dicho el mecánico—, acaso eso era posible, existiría otra alternativa, podrían ser libres sin perder lo que eran —reflexionó Habkûn antes de fijar su mirada en Tarek y escuchar extrañado la historia de su nombre, y por un instante deseo estar en una de esas noches tranquilas donde poder disfrutar de las historias de aquellas personas sin urgencia.
— Quizá encontremos una noche en que podáis hablarme más sobre vuestro nombre y el primer navegante del desierto. Es el tercer nombre que escucho al que se atribuye esa leyenda. —la mascara distorsionaba la voz y tono, pero en los ojos del fremen se podía apreciar una curiosidad sincera.
Sin embargo aun seguían allí, en aquel instante, como si se encontraran una burbuja de agua, importante en si misma pero carente de relevancia mientras siguiera aislada del resto. Su instinto se impuso y calló, ya estaba todo dicho, dependían del piloto, éste había pedido razones y se le habían dado, lo que Habkûn pudiera aportar en el mejor de los casos no influiría y presionar a Derek haciendo hincapié en lo ya comentado seguramente surtiera el efecto contrario.
El silencio de Jonathan ya no era sólo debido a su obediencia de ser espectador y aprendiz de cuánto pudiera ver y escuchar. De pronto la inmensidad de aquel desierto, roto primero por la presencia de un lago de tal magnitud en un paraje tan adverso, y luego por el surgimiento de aquella gargantuesca criatura capaz de devorar el ornitóptero como lo haría un can con una mosca, había enmudecido al mayordomo, que sentía el corazón latiendo en su cuello.
Su mirada estaba fija en ese espacio, mientras las voces de quienes se encontraban en el interior de aquella nave daban teorías sobre qué era lo que estaban viendo allá abajo. Hablaban de que no era real, sino algún sueño que compartían todos. ¿Era entonces una metáfora? ¿Una visión en conjunto de un futuro? ¿O una premonición, que les guiaba a un sitio real? Las palabras del noble Corin parecía indicar lo último, que cuando despertaran iría prontamente a crear un equipo que saliera en búsqueda de ese lago, su ambición se percibía en lo que decía. El mayordomo de la Casa Atreides sentía que era lo contrario, todo era demasiado extraño como para que fuera algo real. Ah, pero, ¿cuál era el significado? Algunos parecían tenerlo claro, pero Brennen podía admitir con total sinceridad que no lo estaba comprendiendo.
-Jamás me había sentido tan minúsculo...- Murmuró casi sin darse cuenta. ¿Qué eran ellos, allí, para aquel ojo, para aquel gusano? Quizás tan irrelevantes como un grano de arena en un desierto sin fin...
Tras las palabras de Tarek, Arena negó con la cabeza.
-Me temo que la experiencia me ha demostrado que un sombrero no tapa dos cabezas. Ojalá fuera posible lo que dices, Tarek, y aunque no seré tan atrevida como para negarlo de forma rotunda, permite que lo ponga en duda -Arena miraba el desierto, cuyas arenas se decía estaban siempre hambrientas-. Hay quien ya defiende una convivencia pacífica. Liet-Kynes -dijo. No miró a nadie pero sabía que muchos, si no todos, conocían el nombre-. Pero, ¿creéis que el imperio lo consentirá? La especia es demasiado valiosa y cualquier medida que restrinja su producción, contará con una oposición absoluta por parte de la casa Corrino -suspiró levemente-. Si la melange deja de fluir como lo hace ahora, veremos cómo los Sardaukar del emperador Shaddam llegan a Arrakis para restablecer el orden, su orden, con todo lo que ello implica de crueldad y muerte. Se avecinan tiempos difíciles -dijo más para sí que para los demás-. La marcha de los Harkonnen, la llegada de los Atreides... de algún modo están representados también por el gusano y el agua. No es algo casual y responde a un objetivo. Y de igual forma, pienso que nada de todo esto es casual.
Se separó de la ventana.
-Debemos bajar, Derek, porque necesitamos saber. Es así de sencillo.
Para Derek era un riesgo innecesario. No negaba la belleza cautivadora de esa masa de agua, no negaba la potencia incomparable del gran gusano de la arena. Eran fueras de la naturaleza contra las que nada podían los hombres, por grandes que fueran y por alto que volaran. No, no las negaba, pero su sentido pragmático le decía que aquello no era una buena idea. Aquel paraíso se había visto preservado por años, tal vez siglos, y tal vez no estuviera preparada para que nadie hollara su paz. Suspiró y negó
- ¿Estudiar, investigar? - Cabeceó - ¿Acaso soy un científico? ¿Acaso alguien tiene equipo para estudiarlo? Tú misma lo dices, podría no ser agua, o podría estar contaminada, y bajar supondría desperdiciar combustible y humedad - acentuó en términos que ella pudiera respetar - No todos tenemos destiltraje, y no tengo más agua que la que hay en esa garrafa. Si ese agua no se puede beber, y no sabemos si se puede beber o no, bajar es solo hacer turismo, saciar la curiosidad en el mejor de los casos. - Sonrió como disculpa - No creáis que soy insensible, que la belleza del lugar no me subyuga, pero mi responsabilidad está con todo el pasaje, con que todo el mundo pueda volver a casa, y no solo con la gente que lleva su destiltraje. En cuanto a las balizas - Se le escapó una sonrisa irónica - Esta nave no tiene balizas, por cuestiones prácticas.
Derek se ocupaba ocasionalmente de hacer tareas de contrabando, y el hecho de llevar una baliza era una aberración. Sonrió y entonces Nerissa le dijo algo que le hizo reír
- Creo que si os pongo a todos a salvo podré vivir sin saber que es ese ojo en el desierto, en cuanto a nuestra capacidad de orientación, no va a mejorar por bajar allí, incluso podría ir a peor. Tengo la sospecha de que ese gusano grande es el culpable de las interferencias y cuanto más nos alejemos nos irá mejor....
Afortunadamente Tarek, pareció entender los pocos beneficios y los muchos riesgos que implicaba el descenso. No creía que, de ser necesario, ese gusano gigante no pudiera destrozar la roca y engullirlos. Sonrió agradecido al mecánico. El resto del pasaje no lo entendía, pensarían que estaba siendo un caprichoso, pero solo intentaba mantenerle a todos vivos, aunque parecía que ellos se empeñaban en lanzarse al peligro sin reflexionar. Suspiró aun más cuando una de las mujeres admitió pensar que estaba en un trance, que estaba flipando, o drogada....Derek soltó un bufido y espetó
- Yo no tengo tanta imaginación para un sueño, y si la tuviera estaría en un sitio menos abrasador y con más percas....
Awat frunció el ceño y le dijo que no encontraría el camino con medios normales, Derek se encogió de hombros
- ¿Y lo vamos a encontrar en un charco de agua?
Más y más palabreo, tratando de convencerle de bajar para que pudieran examinar lo que hubiera allí abajo. ¿Religión, curiosidad, interés científico o económico? No tenía ni idea. Estaba harto.
- ¡BASTA YA, COJONES! ¡ME ESTÁIS DANDO DOLOR DE CABEZA! ¡NO VOLVERÉ A TRANSPORTAR PERSONAS!
Suspiró. ¿Querían agua? Se iban a hartar. Estaba harto.
- Aterrizaré, y quien quiera bajar, bajará. Desde ese momento dejaré de ser responsable de su vida.... No me han contratado para ser la niñera de nadie. ¿Queréis jugar a chapotear? ¿Hacer castillos de arena? ¿Investigar un fenómeno para el que no tenemos explicación? Me parece fantástico. Aterrizaré y yo despegaré para alejarme del gusano y tratar de arreglar el sistema de orientación. Intentaré volver, pero no puedo prometer nada, puede que no os vuelva a encontrar, puede que el combustible no me permita volver para dejar al resto de pasajeros a salvo. Es vuestra vida y vuestro riesgo, que cada uno lo asuma según decida.
Derek dirigió rosita hacia una llanura de roca desde la que el resto podría bajar. Fue un aterrizaje limpio, suave, como si Derek no quisiera ensuciar con su presencia la belleza del lugar. Accionó con un gesto la palanca que abría la bahía de carga y dejó que el aire del desierto, seco pero que arrastraba la promesa de humedad llenara la zona de carga. Miró hacia atrás. Quien quisiera irse podía hacerlo, él intentaría encontrar una forma de ponerlos a salvo. No los iba a abandonar si podía evitarlo, pero hay momentos en que un piloto no puede hacer más, y aquel era uno de esos momentos. Si querían desperdiciar las vidas que él había salvado en ir a explorar, eran libres de hacerlo. Bajo su responsabilidad. Tenían derecho a arriesgar sus vidas, no la de los demás. Aunque, por un momento, temió que podía quedarse solo en el aparato.
El camino volvía a bifurcarse y tomar un decisión volvía a ser necesario.
Cada vez le parecía más nítido que cada uno de ellos estaba destinado a algo que, por supuesto, ignoraban. Y Derek, como uno más, con sus bruscas formas y claridad meridiana en cuanto a sus propias necesidades y objetivos, les colocaba en una nueva tesitura. Arena le entendía y, de algún modo, envidiaba su seguridad acerca de cómo proceder, su pragmatismo y su escasa, cuando no nula, permeabilidad a cuanto estaba sucediendo.
No replicó ni respondió a su contundente discurso. No tenía sentido. Así que cuando se posó en la placa de roca y bajó la rampa de la bahía de carga, tampoco dudó. Un paso siguió a otro y pronto se encontró en el exterior del tóptero. Miró en derredor, dejándose cautivar por la belleza salvaje del lugar. Finalmente, centró su atención en la superficie de agua y en la senda que pudiera llevarla hasta ella.
Caminó firme y decidida, sin mirar atrás.
Aquel descenso pareció mucho más firme que el anterior, como si la misma nave quisiera posarse en el suelo aún en contra de su piloto. La compuerta se abrió, y de inmediato ya uno de los pasajeros abandonaba la seguridad precaria para adentrarse a lo desconocido. Jonathan la siguió con la mirada, y avanzó tras ella, pero se detuvo en el borde de aquel... aquel nuevo umbral. Parpadeó varias veces ante esa realización. Esa nueva diatriba que a la vez era la misma de cuando inició todo. Internarse en aquel espacio que no debería existir, o quedarse allí, mero observador. Había escuchado, había aprendido, mucho más de lo que él mismo había creído que llegaría a conocer. Su deber, su obediencia, su rectitud le decían que había cumplido, y era momento de volver. ¿Cómo, sino, podría llevar lo que ahora sabía de vuelta a su señor?
Su sangre decía otra cosa. Le empujaba hacia el misterio, hacia el desierto, a tocar con sus propios dedos el agua, descubrir si era cálida o fresca al tacto. Era un llamado demasiado poderoso, uno que jamás había sentido con tanta fuerza. Aquel lago como un gran ojo azul. Cómo los ojos de los freemen. Y el gusano gigantesco, de incontables colmillos, una boca inmensa llena de ellos. -El rostro de Arrakis...- Pronunció con un breve jadeo, como si se sorprendiera de su propia voz, como si las palabras que acababa de decir no fueran suyas.
Y aún así... Aún así no dió el primer paso. No dejaba mirar a la Arena llevada por el viento, alejándose. No dejaba de escuchar las respiraciones de los que se quedaban, de los que tampoco iniciaban su peregrinaje hacia lo incierto. ¿Qué sería, al final? ¿Un hombre al servicio de los Atreides, una nueva oveja negra en la línea de sangre de los Brennen? La línea que dividía uno y otro estaba allí. Y él seguía en medio, dividido, sin poder sentir hacia que lado cedería la balanza... O si la vida, como siempre hace con lo que se niega a moverse, decidiría por él.
Escuchó las palabras de Arena, acaso conocía a Liet, por sus palabras Habkûn entendió que no lo suficiente, su discurso apenas rascaba la superficie del verdadero problema, acaso el imperio gastaría sus reservas de especia para atacar un planeta sin valor como sería Arrakis de lograrse lo que Liet-Kynes deseaba. No existían vías pacíficas para Dune, al menos él no era capaz de encontrar esas sendas, de un modo u otro la violencia se filtraba y convertía en solución y problema siempre.
En cuanto la muchacha se dirigió a Derek para pedirle bajar, desde la cabina llegó la voz irritada del mismo y finalmente las voces, estaba claro que si por él hubiera sido no se habrían acercado Aeswadu, simplemente hubieran seguido volando en una dirección esperando que la suerte les sonriera. A fin de cuentas el aire era su medio natural, al contrario que el de Habkûn que era la arena.
Hacerle notar que habían estado a bastante distancia del "gusano grande" y que los sensores tenían los mismo problemas sería respondido, seguramente de manera airada, con que necesitaban alejarse más, pero cuánto más y en qué dirección. Al menos había sido claro, cada uno debía decidir y asumir sus consecuencias, como si hasta el momento no hubiera sido así, como la decisión de traspasar el Umbral hubiera sido fortuito, como si no hubiera voluntad en las decisiones tomadas.
—Agradezco vuestra ayuda y preocupación —Habkûn había bajado su máscara y su voz sonó sincera—. Por mi parte no tenéis responsabilidad ninguna sobre mis decisiones ni lo que me suceda, pero siento curiosidad por quién puso sobre vuestros hombros semejante carga —dijo haciendo un gesto con su mano abarcando al resto de grupo mientras volvía a colocar su máscara.
No preguntó directamente, tampoco parecía esperar respuesta. El fremen se levantó dirigiendo sus pasos al exterior donde la luz del sol arrancaba destellos de aquella superficie imposible de agua. —¿Quiénes más tomarían aquella decisión?, ¿quiénes asumirían las posibles consecuencias de quedar varados en aquel desierto? —pensó mientras veía a Arena dirigirse al lago y al joven Jonathan permanecer dubitativo en la rampa.
—Son pocos a los que Dune muestra su rostro sin velos, guarda este momento para ti pues para otros no tendrá sentido —dijo al pasar a su lado, antes de acuclillarse sobre la piedra y recitar, en voz apenas audible, lo que parecía una plegaria— Ibn Qirtaiba8, Aeswadu ad yawi amdan yeffuden tamussni yer tit tameqqrant n unezruf.9
8Ibn Qirtaiba: Chakobsa; Así dicen las palabra sagradas.
9Aeswadu ad yawi amdan yeffuden tamussni yer tit tameqqrant n unezruf: Tamazigh; El Verdugo de la Tormenta llevará a la persona sedienta de saber al gran ojo del desierto.
Reflexiva, tranquila, pero con profundas emociones, ajustó su máscara, su capa jubba, su fremochila, su equipamiento para el desierto. ¿Portaría la muerte esta decisión? ¿Importaba tanto? Hacía mucho que había abarcado y superado aquel impulso de hacer, ciega, que la vida durara solo un suspiro más siquiera para, ¿para qué? ¿Sin finalidad? Siempre por una finalidad. Siguiendo el cebo. Era una manera como cualquier otra de dialogar con el universo.
—Gracias por llevarnos.
Se levantó y salió tras los otros.
Maelis no estaba segura de que todo lo que habían vivido en el viaje fuera real. Como algunos habían mencionado, parecía un sueño. Pero ¿podía un sueño de especia ser experimentado de manera colectiva? ¿Que todos soñaran lo mismo? No había escuchado algo así, pero tampoco lo descartaba.
Y sin embargo, sus silencios, sus miradas, su manera simple de observar el entorno y a los demás sin intervenir, solo evaluando y anotando en su mente. Todo ello no le había llevado a ninguna reflexión lógica. A nada que la preparara para algo así. La súbita aparición de la masa de agua la descolocó por completo. ¿Qué hacía eso allí? ¿Cómo era posible su existencia?
Aunque las preguntas quedaron relegadas a un segundo plano con la aparición del gusano, y entonces un único sentimiento se apoderó de ella. Sobrevivir. Tenía que sobrevivir. Pero ¿cómo podía alguien sobrevivir a algo tan enorme? ¿Algo tan... por encima de sus posibilidades? Y tal como vino, se fue. Y se quedaron a solas con la masa de agua y las palabras de unos y otros.
Quizá Maelis no era quien para juzgar, pero le pareció de risa las relaciones que Arena hizo entre lo ocurrido, los Harkonnen y los Atreides. Otorgaban demasiado misticismo a algunos eventos que perfectamente podían tener una explicación más mundana. Aunque aun no se la pudieran dar.
Mientras el piloto descendía y detenía la nave, Maelis se mantuvo de pie, con una mano apoyada en una de las planchas laterales. Simplemente sintiendo. Y cuando algunos decidieron bajar ella tuvo muy claro su camino. No podía permanecer en el ornitóptero. Maelis se irguió y con pasos decididos descendió también.
No era la primera en bajar de la nave, pero estaba segura de que tampoco sería la última. Ahí abajo tenían que encontrar respuestas, aunque no supieran todavía las preguntas. Estaba totalmente segura de ello.
-Si salimos de todo esté lío me encantará contarla con más detalle. -Respondió a Habkûn.- ¿Es el tercer nombre dices? ¿Será que varía dependiendo de quien la cuente? -Quizás su madre le había cambiado el nombre por algún motivo, aunque no era de las que hacía eso, le gustaba ser fiel a las tradiciones que le habían transmitido.- En todo caso contaré lo que en su día me narró mi madre.
Volvía a plantearse otra discusión sobre qué hacer y Tarek se quedó pensativo. Tenía curiosidad, sí, pero por otra parte ni siquiera sabía qué hacían allí o si era prudente bajar, también pensaba que la teoría de Derek de que los sistemas podían volver a funcionar si se alejaban del gusano podía estar acertada.
-Yo me quedaré aquí, no tengo destillitraje ni se me da bien el desierto, creo que seré de más utilidad si ayudo a Derek con Rosita, cuanto antes funcione antes podremos volver todos a casa. No creo que os hagan falta mis consejos ahí fuera pero tened cuidado, este lugar es extraño.
¿Cuántos iban a bajarse? Algunos parecían decididos a hacerlo, otros no tanto pero Tarek se quedó a la entrada de Rosita para ayudarlos a bajar si hacía falta y despedirse mientras intentaban probar los sistemas de nuevo.
-No se lo que querrá el imperio y puede que tengas razón, hay muchos intereses puestos en nuestro planeta. La verdadera pregunta es ¿Qué es lo mejor para Arrakis? Y si podemos hacer algo porque se haga realidad, a pesar de las posibles consecuencias. Nadie quiere una guerra o violencia, pero tampoco creo que sea necesario llegar a eso. -Respondió a Arena mientras la veía alejarse hacia el lago de agua.
También sonrió a Kahina, no le extrañaba que se bajara a mirar el agua, también a Maelis y esperaba que todos regresaran bien.
-¡Derek! ¿Quieres que salga a echar un vistazo rápido a los sensores nuevamente?
Había pedido que le contaran una historia y, como si fuera una orden, el gran gusano había emergido de la arena. Su pregunta se había quedado suspendida en el aire, sin importancia en aquel momento, ante aquella visión.
Su mente se detuvo, impactada por el espectáculo, y solo sus ojos trabajaron recorriendo cada segundo de la visión. Lo que estaba sucediendo ante ellos era historia pura, era Arrakis en su máximo esplendor. Y también eran muchas preguntas que ella sabía que más tarde se desbordarían de su mente y de la de todos los presentes. Muchas sin respuesta, demasiadas, incluidas las que ella se había hecho días antes.
Y, tal y cómo había aparecido, el gusano desapareció engullido por la arena y, entonces, todo se desbordó como había imaginado. Todos los que allí estaban habían sido removidos por el gigante de Arrakis.
Arena había elegido el término testigos. Podía estar en lo cierto... Dos futuros, decía, una elección.
Habkûn estuvo de acuerdo con ella y sumó la palabra sacrificio. Era un buen fremen.
Tarek habló entonces de convivencia, de posibilidad, y le contestó a su pregunta. Ella asintió, agradecida y sorprendida a la vez de la coincidencia en nombres en aquella historia. ¿Casualidad también?
Y, Kahina, ¡oh! Kahina. Tan parca en palabras, ahora olvidaba su premisa.
Todos comenzaron a opinar y decidir que bajar sería lo mejor, de una forma u otra, todos transmitían ese pensamiento. Por palabras directamente, por la forma de moverse, por frases no terminadas, pequeños gestos corporales... Derek era el único que no lo veía claro, pero tenía una razón importante y objetiva. Parecía ser el único discordante del grupo, aunque posiblemente fuera solamente otra pieza del puzle sin saberlo. Protestó, pataleó, pero concedió que Rosita bajase a la arena y que cada cual tomase su decisión. Hizo descender a su aparato hasta la roca y abrió su panza para que saliera quien quisiera.
Cuando el aire cálido del exterior le removió el pelo volvió a mirar por la ventana. Había llegado a la conclusión de que no entendía nada de lo que estaba pasando, pero sabía donde encontrar las respuestas. O, por lo menos, por donde empezar a buscarlas.
Se levantó de su asiento cuando otros bajaban ya del ornitóptero y se alejaban de él.
No tenía ni idea de lo que estaba pasando, solo tenía clara una cosa. Si algo atacaba o sucedía ahí fuera, la única con un arma, por lo menos visible, era ella. Si estaban en terreno fremen y se les consideraba unos intrusos, iban a tener un problema. No tenía ganas de ver como ningún cuchillo cris atravesaba a nadie por sorpresa.
Salió andando al exterior y entrecerró los ojos cuando la claridad la deslumbró. Dejó que sus ojos se acostumbraran a ella unos segundos antes de buscar a los que habían salido al exterior y tenerlos controlados con su mirada. La más adelantada, Arena, se dirigía de cabeza a la zona con agua con paso firme. Si había algún peligro en aquella zona, iba de cabeza a él. Con un movimiento despreocupado, automático, controló la presencia de su alfanje en su cinto y caminó tras la mujer prestando atención a su entorno, atenta a cualquier detalle que le revelara algún tipo de peligro cerca de ellos.
Al fin, Derek optó por aterrizar y dejar que aquellos que lo quisieran bajaran del ornitóptero. Pero también dejó claro que volvería a elevarse para no poner al aparato al alcance del gran gusano. Awat no protestó. Su ornitóptero, sus reglas.
Una vez posados, el contrabandista se quedó sentado en el asiento del copiloto mientras los primeros pasajeros comenzaban a bajar y a adentrarse en la arena. Cuando Habkûn le preguntó por quién había pagado el viaje, Awat asintió, de forma casi imperceptible.
—Yo también me preguntó quién te ha pagado por transportarnos, Derek —dijo, con tono reflexivo.
Tarek pidió permiso al piloto para bajar y examinar de nuevo los sensores.
—Espera al menos a que el mecánico revise el aparato antes de echar de nuevo a volar, muchacho. No creo que encuentre nada raro, pero ¿quién sabe?
Se puso de pie. Estaba claro que no se iba a quedar en el ornitóptero.
—Haz lo que creas conveniente. Pero creo que si te vas de aquí, con o sin nosotros, te quedarás sin combustible en mitad del desierto. Yo, en tu lugar, no me alejaría demasiado.
Le dio una última palmada de apoyo en el hombro y después se dirigió a la parte trasera, en busca de la salida.
Para cuando pisó la arena del desierto, ya llevaba puesta la máscara de su destiltraje. Fuera o no de muy buena calidad, era preferible llevarlo puesto que no, en el calor del desierto. No parecía haber nadie ajeno a los propios pasajeros en el lugar, pero sabía por propia experiencia que si había fremen en el lugar y no querían ser vistos, solo detectarían su presencia cuando los tuvieran por completo encima. Y no alberga dudas sobre el resultado de dicho encuentro.
Acarició el cuchillo oculto en los pliegues de su traje, asegurándose de que lo pudiera sacar con rapidez si fuera necesario. El nombre de Liet-Kynes y su propia relación con el líder de los fremen sería una defensa más adecuada que un cuchillo, pero todo contaba al final.
Arena se dirigía hacia el agua. El contrabandista hizo lo propio. Después de todo, no todos los días se podía admirar de cerca un lago al aire libre en Arrakis.
Ya estaban en tierra y una parte de él se odiaba por haber aterrizado. Su obligación era llevarlos a casa, sanos y salvos, pero la presión del grupo finalmente le había afectado. No pasaron muchos segundos antes de que la mujer atractiva que lo había intentado convencer saliera, sin mirar atrás, sin una palabra. Le siguió el fremen, que al menos sí que le agradeció la ayuda, como también lo hizo la comerciante de agua. Sonrió
- Volveré a buscaros, mientras Rosita vuele no dejaré a nadie atrás. Volveré....solo manteneos a salvo hasta que vuelva.
No sabía cuando lo podría hacer. Los que se quedaran con él serían su prioridad, pero en cuanto hubiera repostado volvería a por ellos. No pensaba dejar a nadie atrás, aunque fueran la carga más insoportable del mundo. Si su corazonada era cierta, si los instrumentos volvían en cuanto se alejara un poco podría localizarse y si se localizaba estaban todos a salvo. También ayudaría volar sin menos peso, podría economizar el combustible, hacerlo durar para poder llevarlos a la ciudad. Cuando Habkûn le preguntó por quien le había puesto la responsabilidad de llevarlos se encogió de hombros con una sonrisa
- Hablar de eso es malo para los negocios....Aunque me alegro de haberos sacado de la tormenta.
Tarek se quedaba, no tenía ni interés ni destiltraje, y su apoyo técnico sería más que bien recibido. Cuando le ofreció mirar los sensores se encogió de hombros.
- Está bien, pero solo céntrate en los de geolocalización. En las condiciones que está Rosita la puedo volar sin que tenga que maniobrar demasiado. Si no recuerdo mal los sensores están debajo de la panza. Te abriré el compartimento desde aquí.
En cuanto Tarek se marchó y Awat le preguntó por quien les había transportado Derek se relajó y se sonrió.
- Podría venirte con toda la mierda esa de que es confidencial, pero realmente no lo sé. Una transferencia anónima y unas coordenadas. El doble de lo que normalmente suelo cobrar. No me contrataron para llevar a nadie, sino para estar allí. Puede ser que me hayan pagado para llevar solo al imperial, o a la morena que parece salida de un sueño húmedo, no lo sé, y ante la falta de información he preferido llevaros a todos. - Se encogió de hombros - Meter las narices en estas cosas no es bueno para los negocios. Ya sabes, valgo tanto como mi palabra y por lo que sepa cerrar la boca...Esperaré a Tarek, aunque creo lo mismo que tú. Ese gusano debe tener algo que ver.
Negó con una sonrisa
- Mi idea no es irme sin nadie, la idea es alejarme para comprobar si los sistemas vuelven. Planearé lo máximo posible para gastar lo menos posible. - Sonrió - Alguien tiene que trabajar mientras vosotros os vais de pesca. - Miró en dirección al lago - Tened cuidado, sería una lástima que quien va a pagar todas las reparaciones de Rosita muriera aquí.
Awat se marchó y vio en la bahía al encargado del agua, sin saber si bajar o no bajar. Sonrió y le espetó
- ¿Qué amigo? ¿Bajas o te quedas? Estás justo en medio, y ahí donde estás no puedo cerrar las puertas de la bahía de carga. A un lado u a otro. Tú decides.
Iria había permanecido en silencio durante mucho tiempo. Demasiado tiempo, podría pensarse, o tal vez nada más que el tiempo suficiente. Había algo que la Ecaz estaba aprendiendo desde que había aterrizado en Arrakis: la sutileza de la escucha. Sin embargo, a pesar del silencio en el que había asistido al vuelo y a la discusión sobre si debían bajar o no, había un bullicio incesante en su mente. Patrones, cálculos, vibraciones, cada latido le daba una brizna de información, y para el momento en que el gusano se alzó como un pilar imposible hacia el cielo, los ojos de la mentat se movían con un temblor casi imperceptible, reaccionando a todo cuanto se mostraba ante ellos.
Se pasó la lengua por los labios, que sentía ligeramente inflamados por la sequedad del aire. Después de aquella visión, su silencio dejó de ser deliberado. No estaba callando para escuchar mejor; callaba porque se había quedado sin palabras. Y, durante unos instantes, casi se olvidó de respirar.
El ruido en su cabeza se entremezclaba con el ruido que había fuera de ella, una mezcolanza sonora que tiraba de Iria y la empujaba para que su voz interviniese. Pero, en su garganta, latía un silencio profundo y aterciopelado que ataba las palabras y las intenciones.
La sensatez de seguir el vuelo, de regresar a la ciudad, de mantenerse a salvo… ¿acaso era posible, llegado ese punto? Una parte de su mente deseaba atender al piloto, obedecer sus órdenes y mantenerse en el ornitóptero, la mayor parte de su mente le indicaba ese camino. Pero Iria sentía también esa encrucijada dentro de sí misma, pues la necesidad de saber, la curiosidad, acicateaban su mente y aleteaban en su pecho. Bajar no parecía la decisión más sensata, ni era eso lo que señalaban sus cálculos. Y, sin embargo, bajar era lo que ella deseaba. No solía tener ese tipo de impulsos irracionales, movidos por una pasión que no sentía que le perteneciese. Tal vez por esa rareza, por la incoherencia que sentía en su interior, era que lo deseaba aún con más fuerza.
Inspiró despacio y movió sus ojos de uno a otro antes de decidirse a seguir a los que estaban dispuestos a descender. Apenas los había conocido un rato aquel mismo día, salvo a uno de ellos, pero estaba preparada para caminar junto a ellos en busca de lo que Arrakis, quizás por la boca de aquel Custodio del que hablaban, quisiera mostrarles.
Arena encabezó aquella hilera, alejándose de Rosita, hollando la superficie plana de roca en dirección al Ojo. La siguieron varios de ellos. Habkûn justo detrás, luego Kahina, Maelis, Nerissa, Awat, Iria... Jonathan se quedó en el lindar de la compuerta, indeciso. Tarek bajó pero no para explorar, sino para comprobar rápidamente los sensores de geolocalización. Tras lo cual Derek subiría, y planearía, intentando hacerse con los sistemas de nuevo.
Pero no llegaron. Ni la hilera hasta el agua, ni Derek a despegar. Más o menos cerca de la explanada rocosa, algo les sorprendió de nuevo. El terreno traicionó toda expectativa.
Bajo sus pies, bajo los patines posados de Rosita, la arena compactada sobre la roca comenzó a fracturarse en patrones radiales perfectos, como si respondiera a una geometría invisible. Se detuvieron, porque cada paso se volvió incierto.
Además, el cambio se hizo patente con el silencio. Un silencio que no pertenecía al oído, sino al pulso. Como si durante un instante insoportable el propio Arrakis hubiera detenido su latido. Después volvió la vibración. Esa resonancia grave, sostenida, imposible de medir. Los instrumentos en el ornitóptero detenido fluctuaron. Las estructuras metálicas crujieron con una tensión creciente. El aire pareció espesarse. El agua del oasis comenzó a temblar desde una profundidad que no parecía existir.
Y entonces la arena empezó a moverse de nuevo. Desde una proximidad alarmante. Al principio lentamente. Anunciándole. Luego con una decisión colosal. Círculos.
Cada respiración empezó a saber a especia cruda, penetrante, intoxicante. El Verdugo se acercaba a ellos en toda su magnitud. Demasiado cerca. Demasiado real.
Sus anillos gigantescos se dibujaron en torno al oasis, como si una voluntad antigua estuviera delimitando un espacio ritual en el corazón del mundo. Las dunas se abatían y se levantaban en espirales perfectas. La presión aumentaba con cada vuelta. La luz misma de Canopus parecía deformarse, saturada por partículas de especia que comenzaban a ascender desde las grietas abiertas en el terreno.
El silencio del desierto se había quebrado. Ya no les rodeaba la calma tensa y aséptica que había precedido al encuentro, sino un zumbido eléctrico, un armónico puro que nacía de las entrañas de Arrakis y que hacía vibrar el fuselaje de Rosita.
El Verdugo de la Tormenta, Aeswadu, la forma antigua de Shai-Hulud, emergió a la superficie de arena con una decisión incuestionable y una velocidad antinatural. Un espasmo de furia y agonía. Surgió como una montaña viva que hubiera decidido levantarse por última vez. Su boca, un abismo anillado de carne ancestral, se abrió hacia el cielo rojizo. Durante un instante que desafió toda medida humana, el Gran Gusano permaneció inmóvil, dominando el horizonte como una encarnación del propio desierto. La resonancia aumentó. Ya no era una vibración: era una nota sostenida en los huesos, en la sangre, en la memoria.
Dolía. Dolía como si el planeta estuviera siendo tensado hasta el límite de su existencia.
Entonces comenzó la agonía. El Verdugo trazó un último círculo, más lento que los anteriores, y se lanzó hacia el corazón del oasis. Las fauces masivas de Shai-Hulud, ese anillo de fuego de dientes cristalinos, se abrieron con un rugido que no fue un sonido, sino una deflagración de presión. La criatura no les atacó; simplemente se lanzó a una velocidad de vértigo, una montaña de carne y ardor que colapsaba sobre sí misma con un objetivo claro: el Agua.
La corona de agua se elevó como un muro vivo. Durante un instante pudieron ver el interior de la boca colosal, los anillos húmedos contrayéndose con un movimiento doloroso… y deliberado. Una entrega, un sacrificio.
La masa colosal de su cuerpo quebró el equilibrio imposible del lugar. El oasis se abrió en una explosión blanca. El impacto levantó una muralla líquida que pareció detener el tiempo durante un segundo irreal. Aquello fue la muerte del orden físico. Gusano y Agua, polos opuestos, la aniquilación mutua.

Luego todo ocurrió a la vez. El agua reaccionó. La especia reaccionó. La presión acumulada durante siglos reaccionó.
Desde el punto de inmersión brotó una luminosidad ocre y azulada, viscosa, antinatural. Columnas de vapor especiado ascendieron como árboles de otro mundo. La superficie del oasis se transformó en una sustancia hirviente, brillante, viva. El aire se saturó de partículas resplandecientes que alteraban la percepción, el equilibrio, el pensamiento.
El terreno colapsó. Las dunas se desmoronaron hacia el centro en una avalancha perfecta, arrastradas por una fuerza que no admitía resistencia. El agua desaparecía mientras nacía otra cosa en su lugar: un crisol de luz, gas y memoria química imposible. Un intenso hedor les asaltó, a Melange húmeda, sobresaturada, en una oleada abrumadora.
La resonancia alcanzó su punto máximo. Y entonces el mundo estalló.
Cuando las fauces del Verdugo entraron en contacto con el agua, ésta, pura y libre, actuó como un veneno fulminante, invirtiendo la química del Gusano. Se produjo con ello una erupción física instantánea: la Explosión de Pre-especia más violenta que Arrakis hubiera visto en milenios.
La superficie del Ojo del Desierto, antes un espejo, se transformó en un geyser. Una columna de agua, arena y un líquido denso y ambarino salió disparada hacia el cielo, evaporándose al contacto con el aire abrasador y transmutándose en Especia pura en cuestión de segundos. El Verdugo, en el centro de esta explosión, implosionó desde dentro, liberando toda la esencia de su ser: miles, millones de truchas, que se dispersaron en el desierto al instante; y una emanación masiva de Agua de Vida, el veneno psíquico más potente del universo.
La sobredosis fue instantánea para ellos, los únicos testigos. El aire que respiraron no fue aire; fue aerosol de Melange pura, saturando incluso los filtros del mejor destiltraje y penetró sus cuerpos por cada poro. Sus mentes fueron asaltadas por una avalancha de presciencia que no pudieron computar. Vieron los futuros que Arrakis quería mostrarles, la real encrucijada, comprendieron entonces la profecía de la muerte y el agua, antes de que el cerebro, incapacitado para soportar tal carga de datos, se apagara.
El último sonido que escucharon fue una deflagración, eco de la explosión pre-especia, que sacudió la propia estructura de la nave. La luz estalló en un azur tan intenso que se hizo insoportable antes de que el mundo se disolviera en un vacío negro y sin tiempo. Arrakis había hablado, no con palabras, sino con la física brutal de su propia existencia.