En episodios anteriores:
Un grupo variopinto de héroes, cada uno de su madre y de su padre —salvo que alguno tuviera el rasgo “huérfano” de personalidad en la ficha— accedió a subirse, por diferentes motivos, al carro destartalado de un viejo buhonero mediano llamado Trébano Ojodemanteca. Entenderemos que cada cual tenía buenas razones, o no tan buenas, para embarcarse en semejante aventura.
El mediano es un varón de edad avanzada —aunque no respetable—, que tampoco tuvo padres. Embaucador y filibustero como él solo, ciego de anís y de pupilas, pero muy espabilado para los negocios. Os contrató para que lo ayudarais con la campaña de primavera, que se había alargado ese año y apenas había empezado, sutilmente, a notarse. La idea era viajar desde las tierras fértiles del Valle Gris, por el paso de los Riscos, hacia las Tierras Altas en la accidentada Sierra de Bocadragón, con un carro abarrotado de mercachiflerías.
Cruzasteis bosques y pasos montañosos, avanzando penosamente por el barro y el hielo; a medida que progresabais, se os fueron congelando los huesos, y no fueron pocos los contratiempos que, en más de una ocasión, hicieron peligrar la continuidad del viejo carro sembiano y del mediano ciego que lo conducía:
El alerce milenario caído, que no aguantó el invierno; la situación con la víbora del camino, que asustó a los ponis y que pudisteis resolver antes de que derivara en algún daño irreparable. Aun así, el mediano, usurero hasta la médula, quería negociar con las vendas incluso después de que le salvarais el cráneo de un traumatismo severo. Pero lograsteis hacerle entrar en razón y, finalmente, ganaros su confianza. Tampoco fue tan mal como podía haber ido el encuentro con los perros asilvestrados, enfermos y hambrientos, que casi termina en tragedia para la druida de las tribus salvajes. Y, en último lugar, la misteriosa muerte de aquel humano que os encontrasteis, seco de vida en el suelo del camino todavía helado, vestido tan pobremente que ni para asaltar tumbas parecía preparado. Por las pertenencias que le hallasteis, eso podía ser exactamente lo que hacía. Pero, ¿qué lo había matado? Lo de las estirges podía ser una explicación lógica, a juzgar por las pequeñas heridas punzantes que le recorrían el cuerpo. Pero había algo horroroso en su rictus facial petrificado. Algo que sugería que esto iba un poco más allá.
—Ah —rompió aquel espectral hielo la voz del viejo Trébano, aguda y rasgada, con la mirada ligeramente escorada hacia ninguna parte—. Esa moneda, muchacha… ¿Puedo olerla? No parece nada que ninguno de los tuyos considerara valioso… Pero me vendría bien para mi colección, una de estas antiguallas.
El mediano se bajó del carro y se dirigió hacia Elduneg, con movimientos más ágiles de lo que solía aparentar. Elduneg sujetaba la moneda sin saber muy bien qué pensar. Era cierto que aquella pieza no tenía nada que ver con su pueblo. Ni siquiera con los grisvoodianos de hoy.
Un poco más apartados, en el bosque, el bárbaro y el semielfo se encontraron en un claro, donde el rastro del humano se perdía hacia el interior. A juzgar por los indicios, la carrera por el bosque había sido errática, atravesando zarzas y matojos sin rumbo claro.
Bárbaro y semielfo, ambos conocedores del terreno, sabían que en esa dirección, a unas pocas horas a pie, se llegaba a las parameras. Un lugar de alta montaña, donde se elevaban antiguas ondulaciones del terreno: colinas ásperas y desarboladas, gastadas por siglos de viento. Las tribus ancestrales solían enterrar allí a sus muertos. Era una zona sagrada, a la que ningún forastero —ni siquiera el elfo— tenía derecho de paso.
He presentado la escena tal y como recordaba que la dejamos.
Podría equivocarme pero asumiremos que es así, para darle un poco de soltura a esto. Tom creo que iba sentado junto a Trébano, y Ulrika creo que tampoco se había separado del carro, pero podéis ubicaros dentro de la escena un poco donde consideréis.
¡EH! -Sonó la voz inconfundible de Ulrika, llamando a los exploradores que ya se estaban alejando y retrasando demasiado. Era el momento de seguir avanzado, dejar el carro en mitad del camino de montaña para ir a investigar muertes trágicas no era una opción. Solo ruido que les desviaba del camino y el objetivo.
-No debemos perder más tiempo. El viajecito ya está siendo bastante accidentado.
Theren, el Alto Elfo, habia seguido las pistas. Estas le condujeron a un claro y allí se encontró con Ralfcon el Bárbaro.
Debemos volver. Poco se puede hacer por este desdichado y ésta senda nos ha de llevar a terreno sagrado que ningún vivo ha de pisar.
Ulrika nos llama. Llevemos ese carro a salvo y veremos que podemos hacer luego.
Ralfcon regresó para unirse a todos sus compañeros y les observo indeciso, no tenía claro que hacer, por un lado aquella manada temporal tenía un destino claro, pero por otro lado si algo involucraba a sus territorios sagrados ancestrales, estaba seguro de que su compañera Elduneg querría investigar, y sin ninguna duda si eso pasaba el la acompañarla y la protegeria.
-Elduneg ¿que quieres hacer? Parece que el muerto venía de las Parameras.
— Bueno, ¿me dejas ver la moneda o qué? —
Los ojos de Trébano, como dos huevos blancos, no podían fijarse en ninguna parte y, sin embargo, parecía capaz de seguir con la precisión de un depredador cada uno de sus movimientos en la palma de la druida.
— Espera... ¿No estaréis pensando en abandonarme aquí, no? Teníamos un trato. —
El viejo recalcó la última palabra con un tono agudo. Algo en aquella extraña muerte no acababa de encajarle, y conocía lo suficiente de la lengua de las tribus salvajes como para comprender lo que Ralfcon estaba insinuando.
— Desde aquí a las Parameras hay la misma distancia que desde Fuerte Umbría. Seguís con nosotros hasta allí, me dais la moneda y daré vuestra palabra por satisfecha... si tanto deseáis abandonarnos. —
El viejo sonrió, con las arrugas apretándole la frente. Los años le habían enseñado a hacer virtud de la necesidad. La palabra de un salvaje significaba para ellos mucho más de lo que significaba para él, y con el nuevo trato, les estaba ofreciendo a ellos una salida digna. Él solamente haría otro pequeño negocio.
— Llegamos allí al anochecer y levantamos campamento a las puertas del fuerte. No habrá problema, conozco bien a los guardias. Nos invitarán a beber un poco de aguardiente y a jugar unas manos de cartas. Nosotros pasamos allí la noche. Vosotros me dais la moneda... y cada uno por su lado, ¿mh? ¿Qué os parece? —
El sol había alcanzado su cenit hacía ya unas horas, y aunque las noches comenzaban a acortarse, en esta época del año todavía seguían siendo demasiado largas. Una ráfaga de viento helado del norte bajó aullando entre los hayedos pelados.
— Bueno, ¿qué? ¿Cerramos el trato? —
La mano agrietada del viejo se extendió hacia la druida.
EldUneg parecía estar haciendo caso omiso del mediano, pero no era esa la realidad.Tal y como solía pasar pasar en la naturaleza que la druida tanto ama ahora mismo la razón y el corazón luchaban en dos direcciones opuestas.
Su corazón le pedía internarse en los bosques y llegar a aquel lugar sagrado en busca de lo que estaba pasando, alguien estaba comerciando con los ultimos vestigios de su pueblo, era su sagrado deber proteger todo aquello que les diferenciaba del resto de pueblos, lo cual no era mucho. Pero su orgullo le impedía tomar la decisión, habían hecho un trato con el comerciante y no era correcto que faltase a su palabra. Para ellla, una de las principales cosas que le hacía sentir orgullo de ser quien era era que sabía que podía confiar en la palabra de su gente.No podía empezar a comportarse como ellos siendo egoista y poco confiable.Cumplir su palabra también era proteger las tradiciones de su gente...
Cerró los ojos respirando profundamente mientras el dedo pulgar acariciaba los bordes de la moneda. Se levantó despacio y se giró hacia el carro;-Os acompañamos, de momento.
Antes de continuar el viaje quiero dejar un mensaje escrito en druídico muy básico indicando la dirección de las Parameras y que están siendo saqueadas.
—¡Entonces tenemos un trato! —
Sin perder una pulgada de su sonrisa desdentada, Trébano cerró la mano en el aire al percatarse de que Elduneg no tenía ninguna intención de estrechársela… ni de dejarle la moneda, por el momento.
Chascó la lengua y observó con alegría antes de volver al carro y subirse a él de un ágil salto:
—Honráis vuestra fama de buenos comerciantes, fieles a su palabra… —trató de congraciarse con los salvajes, aunque estos tampoco le hicieran mucho caso. EldUneg parecía tener otras preocupaciones más importantes en la cabeza y, en cuanto a Ralfcon, ¿quién sabe lo que pudiera pasársele a él por la cabeza?
EldUneg comenzó a rascar con las uñas el musgo de un árbol cercano. Un mensaje temporal, hecho de arañazos irregulares sobre la corteza de un roble, quedó grabado para sus hermanos del Círculo druídico:
“PROFANACIÓN EN LAS PARAMERAS.”
—¡En marcha! —exclamó el mediano, sacudiendo con un golpe seco las riendas de las bestias, tan contento por cerrar un nuevo y provechoso trato como por salir de allí cuanto antes. No hacía falta haber visto el cadáver del desgraciado para darse cuenta de que había algo flotando en el ambiente que no olía precisamente a buen presagio.
El viejo Tom Trapper, que no había podido aguantar el ritmo del orujo en su posición de copiloto, dormía dulcemente la moña, tumbado en la banqueta…