Partida Rol por web

El ganado de los Corony

Intro de Maggie

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14/10/2025, 16:19
Margaret “Maggie” O’Connell

Desmonté de mi caballo junto a un abrevadero, atando las correas para que no fuese a ninguna parte y, tras darle un par de palmadas, comencé a caminar hacia la casa. Al acercarme, varios hombres levantaron la vista de las faenas y me observaron, lo que, por sus gestos, me hizo pensar que me habían reconocido. Les devolví la mirada sin alargarla, sin preocuparme. Ya no era esa chica tímida que apartaba la vista cuando la observaban. Me limité a bajar la cabeza, cubriéndome los ojos con el ala del sombrero y continué con lo mío.

Henry salió a mi encuentro con paso tranquilo, y lo miré sin sonreír, aceptando su saludo con un simple asentimiento.

Sí, aunque solo estoy de paso —respondí, viendo cómo su mirada iba a mi rifle—. Está bien, puedo comenzar y luego...

Betty apareció y yo me quedé callada, desviando la mirada hacia la mujer. La escuché con atención, dejándola hablar, inclinando apenas la cabeza. Cuando mencionó lo “más lucrativo”, no lo rechacé ni lo acepté. Necesitaba el dinero, pero no que supieran que estaba desesperada por conseguirlo. Así que, tras unos segundos, me limité a asentir despacio.

Lo pensaré —contesté—. Esta noche hablamos. El trabajo fácil no suele pagarse bien. Si hay algo mejor, me interesa saber qué es. No tengo nada en contra de arrear animales, pero... estoy dispuesta a correr riesgos.

Si aquella mujer me había hecho esa oferta, era porque definitivamente sabía quién era. No tenía intención de que mi nombre o mi fama me siguieran hasta aquí, pero, al parecer, cuando se trata de dinero, la información corre más que los caballos.

Me acomodé el rifle al hombro y le eché una última mirada a la mujer antes de dirigirme de nuevo al que debía ser Henry.

Cuando quiera, estoy lista para empezar.

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14/10/2025, 23:22
Narradora

El sol todavía estaba raso cuando te pusiste manos a la obra. La mañana olía a heno húmedo y a herrumbre, y el rancho ya bullía de movimiento: hombres con camisas remangadas, perros que rondaban entre las patas de los caballos y el sonido distante de un potro que protestaba en un cercado.

No hubo tiempo para contemplaciones; Henry te señaló con la barbilla un montón de tareas y no hizo falta que hablara más. En Tommy Ville, el día se medía en listas de cosas que impedirían que algo se estropeara antes del siguiente amanecer.

Primero, reparar el tramo de valla donde las lluvias habían aflojado los postes. Tiraste de soga, clavaste estacas, tensaste alambres; la madera chirrió, la tierra se te pegó a las manos y el sudor te llenó la nuca. Un golpe de martillo tras otro hasta que la línea quedó firme; una valla bien tendida es la diferencia entre una tarde tranquila y un rodeo perdido.

El trabajo era tosco y honesto: físico, sin contemplaciones, y con la pequeña satisfacción inmediata de ver el efecto de tus manos.

Luego, arrear media docena de vacas al cercado norte. No es cine: hay que leer el paso del animal, afeitarle el oído con la fusta justa, acercar la voz y el cuerpo para que el ganado coopere.

Tu Winchester colgaba en el costado, más por costumbre que por necesidad, y manejaste la grupa con la calma que da haber pasado noches enteras junto a un potro nervioso.

Un ternero se enganchó en una zarza y tuviste que echar pie a tierra, tirarle una cuerda y rematar la maniobra con una técnica de la vieja escuela. Los tipos que te miraban dieron un leve asentimiento: eso vale más que cualquier anuncio.

Hubo tareas menores y humillantes que nadie quería, porque el rancho es también sudor escondido: arreglar correas, limpiar bebedero, revisar las cinchas de los caballos —esas pequeñas cosas que evitan accidentes—.

Te pidieron que sujetaras a un caballo mientras le cambiaban una herradura; el animal resopló y te tiró hacia atrás un instante, pero el pulso de tu brazo y la firmeza en la voz lo calmaron.

Cuando acabaron, Bill (el herrador) te lanzó una mirada aprobatoria por encima de su delantal: “Buen pulso”, dijo apenas. Palabras así, dichas por un hombre que sabe del oficio, pesan.

A mediodía comiste en la mesa larga: pan duro, un guiso espeso con algo de carne y el vino aguado que llaman “café”. Se come junto a los demás y se conversa en voz baja: pequeños comentarios, medias risas, sospechas sueltas.

De esos murmullos pillaste nombres: “los Corony patrullan el sur”, “vieron jinetes por las sombras anoche”, “dicen que una diligencia que no era de por aquí”. Nada concluyente, pero suficiente para dibujar un mapa en tu cabeza: rutas, guardias, horarios probables. Ese tipo de datos no aparecen en las cartas; se consiguen con las manos, la lengua y la escucha.

La tarde te llevó a reparar una rueda de carreta y a arrastrar fardos que olían a polvo y a sudor viejo.

Te partiste la espalda más de una vez, te restregaste los antebrazos con tierra hasta que parecían cuero y, a cada tarea completada, una pequeña ola de cansancio se mezclaba con orgullo.

Al poniente, cuando la luz se hacía plana y dorada, el trabajo rendido dejaba esa sensación rara: dolor en músculos y la certeza de que las cosas estaban mejor por tu intervención. En el Oeste eso se llama ganar el día.

El pago no fue una fortuna, pero fue concreto: unos chelines contados en la palma, un plato caliente y, sobre todo, la llave de tu lugar en la mesa.

Henry te miró a los ojos cuando devolviste el trabajo: "Suficiente, has aguantado. Si quieres, te quedas", te dijo. No era caridad; era contrato. La verdadera riqueza del rancho no estaba en lo que te dieron, sino en lo que te ofrecían: techo, información fiable y un sitio entre gente que entiende el oficio.

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14/10/2025, 23:28
Narradora

Esa noche, el rancho olía a leña húmeda y grasa de caballo. La jornada había dejado a todos medio doblados, pero aún así se juntaron junto al fuego. Las brasas lanzaban chispas que subían hasta perderse en la oscuridad, y las voces bajaban al tono grave de quien habla solo lo justo.

Betty apareció al cabo de un rato, se sacó los guantes y se acercó al fuego sin apartar la mirada de ti.

—Si te interesa algo más que el jornal —dijo despacio, mientras lanzaba un trozo de leña al fuego—, hablamos al final de la cena.

No sonó a trampa, ni a promesa vacía. Más bien a oportunidad. De esas que solo se mencionan una vez.

Los hombres siguieron con su conversación. Uno, un tipo flaco con la piel curtida y los nudillos agrietados, escupió al suelo y masculló:

—¿Habéis oído lo de la chiquilla del saloon? Clara Boone.

—Sí —respondió otro, sin levantar la vista del plato—. Dicen que uno de los Corony le ha echado el ojo. El menor, el de la mala bebida.

El primero soltó un resoplido.

—Maldito bastardo. Esos Corony se creen dueños de todo lo que respira en este valle. Si el viejo Joshua no tuviera palabra, hace tiempo que alguien habría puesto remedio.

Nadie dijo más. Solo el crepitar del fuego rompió el silencio, y el sonido del viento entre las cercas.

Te quedaste mirando las llamas, con el nombre de Clara flotando en la cabeza y esa punzada en el pecho que no venía del cansancio.

Betty se levantó después, con la calma de quien da por terminada la jornada.

—Cuando acabes —dijo, sin mirarte directamente—. Ven a la vieja cabaña del molino. Allí podremos hablar con menos oídos alrededor.

El fuego chisporroteó mientras el resto recogía los platos. Era un día que terminaba, pero algo en el aire olía a principio de problemas.

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16/10/2025, 20:07
Margaret “Maggie” O’Connell

La cena me supo a gloria después de aquel largo día de trabajo. Estaba hecha polvo, con el único pensamiento de querer llenar la barriga, tomarme algún licor y meterme en la cama para perder el sentido. El tiempo había hecho que borrara de mi mente lo cansado que era el trabajo honrado, y lo rápido que me había acostumbrado a vivir como una forajida, porque eso es lo que era ¿no?. Era fácil en cierta medida robar a un recaudador y se pagaba mejor que partirse la espalda durante todo el día, siempre que no te pillaran.

Cuando Betty habló, asentí sin levantar demasiado la vista y seguí comiendo. No tenía los ánimos para hablar mucho, aun así quería escucharla para saber qué tenía que ofrecerme. Pues aunque aquello estuviera bien para algunos... no era la vida que yo quería tener. Entonces oí el nombre que me heló, Clara Boone, la niña que había conocido en el saloon. Al instante presté atención y la voz se me quedó en la garganta.

Se me revolvió el estómago al escuchar lo que decían y aquel guiso que comía me empezó a saber a nada. ¿Sería ese hijo de puta el que la había tocado y le dejó ese gesto de dolor? Por un segundo me imaginé tomando mi rifle y yendo a buscar a ese bastardo. Bastaría una bala. Pero los Corony no eran solo unos idiotas en mitad del valle, una bala trae otras balas. No arreglaría nada si me metía a tiros ahora, ni siquiera era una pistolera de verdad.

Apreté la mandíbula y dejé el plato sin acabar. No tenía estómago para más después de lo que había escuchado. Cuando Betty dijo lo de la cabaña del molino, asentí y me levanté. Me puse el rifle al hombro de nuevo, mi cara volvía a estar sucia por el sudor, el pelo lleno de polvo, pero no me importó.

Salí hacia la cabaña con el cuerpo roto pero las ideas claras. Hablaría con Betty, vería qué quería de mí, ganaría algo de dinero y después... después pensaría en qué hacer con Clara. Sabía que no la conocía de nada y que aquel camino no me traería nada bueno, pero no podía evitar sentir lástima por ella y ganas de ayudarla.

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17/10/2025, 12:07
Narradora

El interior de la cabaña del molino olía a harina rancia y a aceite de máquina. Betty cerró la puerta con un golpe seco y se quedó un momento frente a ti, con la mirada encendida como la brasa de un rescoldo.

Mira, Maggy —empezó, sin rodeos—. No te voy a endulzar la cosa: los Corony no son hombres de campo honrados. Son cinco tipos que volvieron de la guerra y se pusieron a amasar lo que no les pertenece. Compran pastos por aquí y allá, intimidan a quien se interpone y creen que la ley está de su parte por tener dinero y pistolas. —Hizo una pausa para mirarte a la cara—. Nos quitan agua, nos dejan sin rutas de pasto y, si alguien se queja, aparecen sus pistoleros para “arreglarlo”. No es rumor: cualquiera que lleve aquí más de un año te dirá lo mismo.

Sacudió las manos como para quitarse polvo imaginario y siguió, más baja, más certera:

Henry lleva tiempo apretándose el cinturón. El rancho está en números rojos y cuando llegue el invierno nos tendrá para darnos jornal. Para la mayoría de nosotros, eso significa pasar hambre. ¿Qué haces cuando se te acaba la nómina y no hay banco que te tienda la mano? O te dejas pisar... o haces algo para sobrevivir. —Betty clavó los ojos en ti—. No te lo digo como quien incita al delito: te lo digo como quien está hasta las narices de ver cómo se aprovechan de la gente honrada.

Luego bajó la voz todavía más, como quien no quiere que las vigas tengan oídos:

Y hay otro motivo, que no se dice mucho en voz alta. El menor de los Corony... va de conquistador, toca las canciones, las risas y las copas, pero las chicas acaban pagando el precio. No sé qué le hizo exactamente a la pequeña del saloon. Quizás tu sepas algo más que yo —Betty escupió en el suelo con desprecio—, pero sé leer entre líneas. Él es el tipo al que hay que mirar. Si eso te preocupa, no eres la única; a mí también me revienta. Pero una bala por la noche no arregla el pueblo si después vienen peores represalias.

Respiró, y sin perder el pulso entregó lo práctico:

Esto es lo que propongo —dijo Betty, trazando el plan con la palma. —Los Corony van a salir hacia Kansas para llevar ganado; es cuando el rancho queda menos vigilado. Podemos sacar unas cuantas reses, 10, 20... quizá más, de su cercado cuando caiga la noche. Las llevamos al cercado del viejo Bill Ford para que nos las remarque, y luego las entregamos a un tratante del este en la posta Graham: nos paga bien por muestras de ganado de aquí. Eso nos da unos dólares para tirar todo el invierno. —La voz la tenía plana, como quien repite una lección que ha pensado mil veces.

Betty hizo un gesto hacia la ventana, como contando riesgos:

No es un paseo. El rancho Corony tiene trabajadores y varios pistoleros a sueldo vigilando —añadió con crudeza—. Si nos pillan, puede acabarse rápido y mal. Además hay que mover el ganado rápido: si no encontramos a Bill o a alguien que marque, la cosa se complica. Y si quieres mi opinión, Adam (mi hermano) puede cubrir algunas cosas en el pueblo, pero no esperes un salvoconducto oficial: él no puede andar tocando muchas teclas. —Dejó caer la última frase con ojos duros.

Finalmente, plantó su barbilla y te miró como si midiera qué tanto estabas dispuesta:

Si entras, te pido cabeza fría. No vengas porque quieres sangre: ven por lo que necesitamos. Si te interesa, podemos contarte los detalles: rutas de salida, cuántos hombres habrá, quién se queda en los caballos. Y si vas por lo de Clara, ya te digo que si quiere hacerse justicia antes, no seré yo quien se oponga. Pero primero tenemos que hacer que el negocio salga.

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21/10/2025, 14:31
Margaret “Maggie” O’Connell

Asentí despacio, pensando al mismo tiempo que escuchaba todo lo que Betty tenía que decir. Aquellos malnacidos parecían estar haciendo estragos en el pueblo entero, tanto que por fin habían pensado en actuar contra ellos. No sabía si robarles algunas reses sería suficiente, quizá solo les provocara que fuesen más crueles, pero yo no era quien para decidir qué hacer con todo aquello. Betty y los suyos sabrían mucho mejor cómo actuar.

Está bien —dije por fin, con la voz grave pero sin dejar de darle vueltas—. No vengo a buscar sangre por gusto, nunca he matado a nadie y no quiero que esto se convierta en una carnicería. Pero detesto los abusos, sobre todo a aquellos que se lucran aprovechándose de los demás. No me voy a quedar de brazos cruzados.

Me tomé un segundo para pensar en voz alta, más para mí que para ella.

Quizá no sea la mejor vaquera, pero soy buena con el rifle si las cosas se ponen feas, y si hay que derramar sangre por proteger a alguien... lo haré.

Aún así, no podía quitarme a la chica del saloon de la cabeza. Apenas había intercambiado unas palabras con ella, pero era suficiente para saber el infierno en el que vivía. ¿Y si ese Corony se aburría de pegarle y hacía algo peor? ¿O estaba tan borracho que, de un mal golpe, terminaría con su vida? No parecía que a nadie le importara, o no lo suficiente para enfrentarse a ellos. Al menos ahora, si quería hacer algo, no estaba sola.

Cuéntame esos detalles —pronuncié, asintiendo con firmeza, cada vez más segura—. ¿Quién más vendrá? Si hay que pelear, puedo quedarme en la retaguardia. A mí no me reconocerán aunque me vean, no soy de aquí. Pero necesitaremos que alguien pueda seguir moviendo las reses mientras los entretengo.

Había que ponerse en lo peor. Quizá no pasara nada, pero si nos veían no tardaría en convertirse en un tiroteo. Eso sí, jugábamos con la ventaja de la noche y la oscuridad. Seguramente unos disparos bastarían para mantenerlos alejados y que no nos siguieran, aunque para eso ya tendríamos que tener el ganado con nosotros.

Y... una última cosa. Ese menor de los Corony, ¿cómo es? ¿Tiene alguna marca o seña que me ayude a distinguirlo? —pregunté, con un ligero temblor en la voz, delatando que era una pregunta más personal que profesional—. Entiendo que no hayáis podido hacer nada contra ellos, pero no dejaré que ese malnacido vuelva a ponerle a Clara las manos encima. No después de que hayamos sacado las cabezas de ganado de allí.

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22/10/2025, 14:51
Narradora

Betty clavó la mirada en Maggie con la calma de quien ya había previsto una respuesta como aquella. No tardó en hablar; sus palabras fueron medidas, sin florituras.

- Seremos seis o siete en total: yo al frente, dos chicos de confianza para abrir paso y arrear, otro que se encargará de mantener los caballos alejados, y dos más para vigilar salidas y cubrir la retirada. Bill sabe lo que hay; si todo va bien, nos hará el favor de remarcar al amanecer por la paga que le demos. Adam mirara para otro lado esa noche; no es que lo diga en voz alta, pero así funciona aquí.

Betty fue desgranando la idea general: no una carga de caballería, sino una operación medida y rápida, aprovechar la noche, sacar un número de reses manejable y llevarlas a un sitio donde nadie pregunte demasiado antes del primer rayo. Todo eso con el menor alboroto posible.

Cuando Maggie pidió señales para identificar al menor de los Corony, Betty bajó la voz. No dijo nada que pudiera leerse como acusación directa; dejó que los huecos hablaran.

- El chico es el menor de ellos: cabellera oscura, siempre con esa media sonrisa de quien no cree en la ley; suele llevar un pañuelo claro al cuello y monta un caballo más nervioso que los otros de la familia.

- Es el tipo de hombre que se ríe con las chicas y luego se aburre, y cuando se aburre... -Betty apretó los labios y miró a Maggie con dureza-. Se nota en cómo se mueve la gente, en sus ojos. Si eso te sirve, fíjate en quién siempre está cerca del Red River cuando cae la noche y quién tiene la cara dura de quien nunca pide perdón.

Antes de concluir, Betty detalló el calendario y la logística sin entrar en operativa técnica.

Nos juntamos al caer la noche en el viejo molino; no antes, para que no nos vean mano a mano. Salimos con el tenue de la luna y, si todo sale como debe, al alba... Bill ya tendrá trabajo hecho y nosotros el dinero suficiente para aguantar el invierno. No prometo gloria; prometo oportunidad. Si aceptas, te haremos saber lo que necesitarás llevar y quién hace qué.

- Quizás puedas ayudarme a reunir al resto. Alguien con tu ojo y tu reputación podrá poner firmes si alguno intenta rajarse.

Se quedó observando a Maggie unos instantes, buscando en su rostro esa mezcla de frío y fuego que sabía necesaria.

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25/10/2025, 01:03
Margaret “Maggie” O’Connell

Asentí despacio, dejando que cada palabra de Betty se dibujara en mi cabeza creando un plano mental de lo que tenía preparado. Parecía que ya lo tenía todo claro, un pequeño trabajo, preciso y rápido. No era lo que más me gustaba, siempre había sido de actuar sola, dar el golpe y marcharme, pero si sirve para que el pueblo pase el invierno y para cortar las alas a esos hijos de puta, podían contar conmigo.

Estaré en el molino al caer la noche —afirmé con seguridad—. Y sí, puedo ayudar a reunir al resto. Al parecer mi fama llegó a este lugar antes de que yo misma lo hiciera, seguro que me ayuda a mantenerlos en vereda. 

La descripción del menor de los Corony la apunto mentalmente: pañuelo claro, cara de quien no pide perdón y siempre cerca del Red River. Me fijaré en quién suele rondar el saloon cuando cae la noche y en cuál de ellos monta el espectáculo. Si lo veo, me vengaré de él por todo el daño que le ha hecho a Clara, y seguramente a otras chicas antes que ella. Solo tengo que asegurarme de dejar todo el asunto cerrado, que no puedan culparla cuando me vaya a otro lugar.

Aunque por hoy... creo que necesito descansar —comenté, agotada después del largo y duro día de trabajo en el rancho. Todavía seguía con el trabajo en la cabeza, pero sabía que en cuanto me tumbara no tardaría en caer rendida a los brazos de Morfeo —. Mañana será un día largo. Me encargaré de hablar con los demás y que estén centrados. Si lo hacemos bien, los Corony no se darán cuenta de lo que ha pasado hasta que ya no puedan hacer nada.

Aquello también me causaba alguna duda, seguramente Betty ya lo tenía todo pensado. Yo apenas era una recién llegada y lo único que había conocido era aquel rancho y el saloon, pero no necesitaba mucho más para ver que estaban jodidos. Clara me habló de esos malnacidos un par de veces y... eso que ni siquiera me conocía.

¿No se vengarán por esto? —pregunté, apoyando la espalda contra la pared, notándome ya los párpados algo pesados —. O sea... ¿no podrán relacionar el robo con vuestro rancho? Imagino que habrá muchos más por la zona, pero no creo que lo dejen pasar. Se lo tomarán más allá del dinero, como algo personal, un ataque a su ego.

Y si eran tantos como decían... una venganza podría convertirse en una masacre.

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26/10/2025, 20:01
Narradora

Betty escuchó la pregunta sin apartar la mirada. Se notaba que llevaba ese peso años encima; hablaba como quien ya ha contado la historia mil veces y aún así la rabia no se le apaga.

Mira, Maggie —dijo, con voz áspera—. Esto no es venganza por orgullo. Es poner remedio a algo que viene de largo. Los Corony nos han exprimido: han cerrado fuentes de agua, se han apropiado de pastos que antes eran de todos y han convertido a la gente honrada en jornaleros malpagados. Han arruinado a familias. Cuando un rancho como el de Henry se hunde, se hunden también quienes viven de él.

Suspiró profundamente antes de continuar: -Lo que proponemos no es una venganza teatral; es dar un bofetón a su negocio. Si les quitas un puñado de reses ahora, les quitas el dinero con que pagarán a sus pistoleros, con que sobornan, con que compran más terreno. Es atacar la máquina, no a las personas por el mero placer de hacerlo.

Betty clavó los ojos en ella y añadió algo que no sonaba a consigna.

¿Venganza? Sí, puede pasar si actuamos como bestias. Pero ahí está la diferencia entre nosotros y ellos: nosotros lo hacemos por necesidad y con cabeza. No buscamos sangre por puro gusto. Buscamos debilitarles lo justo para recuperar algo de justicia en la zona. Si lo hacemos con la noche de nuestro lado y con gente que sabe lo que hace, podemos minimizar los enfrentamientos. Hay que parar a esos malnacidos.