Partida Rol por web

El ganado de los Corony

Intro de Tragocorto

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26/09/2025, 22:19
Narradora

El Red River Saloon se levantaba en medio de Rose Spring como una úlcera alegre: fachada marrón desvaída, ventanas que apenas dejaban escapar la música del piano y una nube de humo atrapada bajo el techo, empeñada en quedarse allí para siempre. El ruido de vasos, risotadas y discusiones de cartas se mezclaba en un murmullo espeso.

Las puertas vaivén se abrieron con un chirrido cansado. Tragocorto entró como un espectro de polvo y hueso, el cuerpo encorvado de quien ha dormido en demasiados suelos y el rostro marcado por un ojo que nunca volvió a ser el mismo tras un botellazo. Mal afeitado, maloliente, con esa sonrisa floja que no convence a nadie, parecía más enfermo que vivo… y aun así, seguía en pie.

Dejó caer unas monedas sobre la barra, las últimas de su tesoro personal, y pidió un whisky sin adornos. Mientras el cantinero se lo servía, ladeó apenas la cabeza hacia las mesas de juego. Su ojo vivo recorrió los naipes, las manos nerviosas, los gestos de los tahúres locales. Sus dedos largos tamborileaban sobre la madera, como si ya estuviera barajando una baraja invisible.

A Tragocorto no había que preguntarle qué buscaba. Estaba escrito en su gesto febril y en su olor a whisky barato: un trago gratis, una carta marcada, o la suerte ajena malgastada en su bolsillo.

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27/09/2025, 02:36
Jack "Tragocorto"

Se levantó el ala del sombrero para mirar el cartel que colgaba del establecimiento. Red River Saloon. Nada mejor que un rio para saciar la sed que traía. Entró tambaleándose, como un esqueleto recién salido de la tumba. Sonrió, todo dientes, hasta llegar a la barra. Arrojó un puñado de dólares, el precio de un hombre. Whisky. ¿Qué otra cosa si no? Se quitó el sombrero, cargado de malas ideas y polvo del camino. Los sacudió contra la pernera y lo dejó sobre la barra. Cuando lo volviese a coger se llevaría una de las monedas que había lanzado segundos antes. Necesitaba, al menos, un dólar.

Bebió de un tragó. Le quemaba la garganta, pero mataba recuerdos y ahogaba lágrimas. No había mejor reconstituyente que aquel que te hacía olvidar. El perdón ya no se molestaba ni en buscarlo. Recogió el sombrero. Barrer, la otra mano cogiendo la moneda que caía. Al bolsillo. Un andar más seguro. ¿Cómo decirlo? Encendido. El alcohol le quemaba por dentro.

Miraba las mesas. Cuatro amigos jugando póker descubierto; apuestas bajas, todos se conocían. Mala elección. Tipos rudos, vaqueros seguramente. Habían bebido demasiado y las armas estaban a la vista. Mala mesa para sus triquiñuelas. La tercera mesa…¿Y esa par de piernas? Casi se dislocó el cuello al seguir a la señorita. Si no lo echaba todo a perder, podría verlo más tarde.

Tercera mesa. Un tipo al borde de la ruina, se tiraba un farol. Otro ganaba todas. Buen jugador. ¿De casino? Los estaba desplumando de forma honesta. Confiado, seguro. Ese sería su objetivo. Había otros dos. Mansos, solo un revólver a la vista. Esperó. El primer jugador arrojó las cartas sobre la mesa. Airado, se levantó. No le quedaba más dinero que apostar. Ahora tendría que rendir cuentas a su mujer.

Ocupó su silla como una serpiente que se colase en la bota. Mostró los dientes. Era su sonrisa. Sucia, torcida. Desafiante. Sacó el dólar de doble uso de su bolsillo y lo lanzó enfrente de todos.

—Tengo más de donde ha salido esa —mintió.

Soltó una carcajada, era tan descarado que le resultaba cómico que fueran a creerle. Pero los jugadores siempre gustaban de tentar a la suerte, ganar más dinero y burlarse de las presas fáciles. Él lo parecía. Se pasó las manos por las mejillas, apoyó los codos en la mesa.

—¿Una última mano…señores?

A uno le controlaba con su ojo sano, al otro le traspasaba con su mirada muerta. Acababa de lanzar el anzuelo.

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27/09/2025, 07:58
Narradora

El silencio duró lo justo para que un vaso chocara contra el suelo en otra mesa. Después, el tipo confiado —el de chaqueta clara, corbata suelta y un bigote recortado que parecía dibujado a regla— soltó una risita nasal.

Un dólar —dijo con desdén, barajando las cartas con manos tan rápidas como seguras—. Supongo que hasta los muertos tienen derecho a jugar.

Los dos jugadores mansos miraron de reojo. Uno se rascó la nuca, el otro dejó que el cigarro se consumiera entero entre sus dedos. Olían la trampa, pero el juego siempre tiene ese magnetismo: nunca sabes si el pardillo lo es de verdad, o si mañana serás tú el que se vaya a casa sin botas.

El primero, un vaquero ancho de hombros y rostro quemado por el sol, mascaba tabaco y escupía en una lata sin apartar la vista de las cartas. Tenía esa calma de los hombres que han visto demasiados amaneceres desde la silla de montar.
El segundo, más joven, con el bigote apenas brotado y la camisa arremangada, tamborileaba los dedos contra la mesa. La impaciencia le brillaba en los ojos: necesitaba ganar, o al menos aparentarlo.
El tercero, el de la chaqueta clara, parecía sacado de un salón más elegante que aquel. Corbata floja, bigote recortado, las manos moviéndose sobre la baraja como si fueran un instrumento musical. Sonrió apenas, un gesto de suficiencia, como si el nuevo jugador fuese un entretenimiento menor.

El crupier improvisado —uno de los propios jugadores, el de la chaqueta— repartió las cartas con dedos ligeros. El joven fue el primero en abrir la mano: lanzó dos monedas al centro, demasiado rápido. El vaquero mascador de tabaco lo siguió con calma, arrastrando unas fichas con parsimonia.

Jack "Tragocorto" no pestañeó. Se llevó el vaso de whisky a la boca, bebió, y dejó el dólar en la pila como quien entrega su condena con gusto.

El de la chaqueta clara cerró la ronda con desgana, tirando sus monedas como quien paga una deuda sin importancia.

Las cartas volaron de sus dedos. El aire se tensó. Cada cual miró su mano como si en ella estuviera escrita su fortuna.

El joven fue el primero en lanzarse: “Subo dos más”, dijo, con voz que no llegaba a esconder el temblor. El vaquero lo igualó sin pestañear, arrastrando las fichas con parsimonia. Tragocorto se limitó a poner un dólar más, la sonrisa torcida plantada en la cara, dejando que pareciera pura insolencia.

El de la chaqueta acompañó con un gesto de aburrimiento.

El desenlace llegó rápido. El joven soltó un bufido: nada en sus cartas. El vaquero enseñó un trío y se echó hacia atrás, seguro de que la mesa ya era suya. Pero entonces Tragocorto enseñó la suya: una escalera limpia, tan perfecta que hasta el humo del saloon pareció apartarse.

Un murmullo recorrió la mesa. El joven golpeó la madera con frustración. El vaquero escupió otra vez en su lata, malhumorado. El de la chaqueta clara no perdió la sonrisa, pero en sus ojos brilló un destello frío.

Las monedas y billetes se deslizaron hacia Tragocorto. Los recogió con calma, como si aquello fuese lo más natural del mundo, y volvió a alzar el vaso de whisky. Ahora tenía catorce dólares más tintineando en el bolsillo, y la mesa, entera, se había fijado en él.

Para Jack era más que evidente lo que estaba pasando. Le habían dejado ganar a drede. El "crupier" le había colocado una mano tan limpia, tan perfecta que resultaba extraña y chocante hasta a los pardillos a los que estaba desplumando.

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28/09/2025, 20:13
Jack "Tragocorto"

Los muertos. Si, en cierta forma eso era. Un muerto que caminaba, jugaba, bebía y se arrastraba por la vida sin más motivación que sobrevivir un día más. Las cartas volaron. La mesa de juego, su vida. Cara de póker. O su suerte había cambiado mucho o había algo podrido ahí. Pensaba memorizar las cartas, marcar algunas y probar suerte en la segunda ronda. Un trabajo bien hecho requería tiempo. No lo necesitaba. Había tenido suerte genuina. Solo que la suerte no existía. Existían los trucos, las trampas y las mentiras. El resto era solo humo de tabaco.

Sacó la escalera, algo contrariado. Había ganado. Catorce dólares. Miró al hombre del chaleco. ¿A qué juegas amigo? No le gustaba. Nadie regalaba dinero sino había algo más importante detrás. Miró al vaquero, luego al joven. Cogió el dinero con ansia.

Sonrió, dientes desdibujados e intenciones difusas. Podía haber aceptado el desafío, él también sabía colocar cartas, incluso hacer trucos de magia. Pero ese desafío no era para él.

—La suerte del novato, dicen.

Metió los dólares en sus bolsillos mientras se ponía en pie. No era ningún bobo. Podía oler los problemas en esa mesa. No eran para él.

—Catorce dólares son más tragos de los que puedo beber en un solo día —dijo, como justificándose, con voz gangosa y ansiosa.

Bebería, pero no allí. Podría comprarse una botella de whisky barata en la tienda cercana y beberla en la calle. Aunque ese mejunje le revolvía las tripas y le daba ardor, pero era mejor que quedarse allí y que alguno de esos tipos pensase que estaba haciendo trampa. Esa había sido su intención, claro, pero no de una forma tan descarada. Ahora el juego había terminado.

Con una sonrisa nerviosa, sin mantener el contacto visual, abandonó la mesa.

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28/09/2025, 22:59
Narradora

El Red River Saloon recuperó su murmullo como si nada hubiera pasado. El piano arrastraba su melodía coja, vasos chocaban contra la barra, risas sucias estallaban al fondo. Pero alrededor de la mesa, el aire aún estaba espeso, como después de un disparo que nadie se atrevió a oír.

Tragocorto recogió sus dólares con manos ansiosas, los dedos largos arañando el tapete manchado de whisky como un mendigo hambriento. Los guardó con torpeza en el bolsillo y se incorporó con su sonrisa nerviosa, esa mueca que parecía pedir perdón y escupir desafío al mismo tiempo.

—Catorce dólares son más tragos de los que puedo beber en un día… —dijo, casi justificándose.

El vaquero mascador de tabaco lo miró con ojos duros y escupió en la lata.

—Disfrútalos, flacucho. No te durarán mucho.

El joven golpeó la mesa, con el rostro encendido por la rabia.

—¡Maldita sea, ese dinero debió ser mío!

Pero una mano se alzó, tranquila, imponiendo orden. El de la chaqueta clara seguía sentado, erguido como si nada lo hubiera tocado. Ni un gesto de fastidio, ni un temblor en su sonrisa.

—Déjalo marchar. La fortuna no es eterna, y un hombre como ese… siempre acaba pagando su cuenta.

Su voz era baja, casi melosa, pero calaba como plomo frío. Los mansos callaron, tragándose el mal sabor de la derrota. Tragocorto, sin mirar atrás, se deslizó fuera de la mesa y hacia la barra, luego a las puertas vaivén, como si huyera de un juicio que ya sabía perdido.

El de la chaqueta clara no se movió de su asiento. Encendió un cigarro con calma, aspiró hondo y soltó una nube de humo que pareció cubrir la mesa entera. Mientras tanto, un par de hombres apartados —tipos de sombrero bajo, que jugaban a los dados cerca de la barra— cruzaron miradas rápidas con él. No hubo órdenes explícitas, no hizo falta. En cuanto Tragocorto desapareció por la puerta, los dos se levantaron en silencio y lo siguieron al exterior, perdiéndose en la polvareda del anochecer.

El de la chaqueta clara sonrió apenas, acomodándose la corbata floja. Se sirvió otra copa, dueño de la calma.

—Algunos peces hay que soltarlos antes de cobrarlos —susurró, lo justo para que lo oyera el vaquero mascador, que apartó la mirada con un gruñido.

El Red River Saloon siguió su vida, pero las piezas ya estaban en movimiento. Tragocorto caminaba con catorce dólares en el bolsillo, y había hombres tras sus pasos.

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01/10/2025, 22:24
Jack "Tragocorto"

Algo olía a podrido allí y por una vez no era él. O al menos no era solo él. Se había guardado las monedas con rapidez. Uno de los dólares había saltado de su mano y durante nos momentos había brincado de un lado a otro mientras trataba de agarrarlo en el aire. El dinero siempre era escurridizo. Pronto venía, pronto se marchaba. Atrapó el dólar, lo mordió para corroborar que era de los buenos y lo guardó a buen recaudo.

—Claro, claro, amigo, lo que tú digas —contestó al jugador, sin mirarle ni prestarle más atención.

Tenía un sexto sentido para descubrir cuando se había metido en líos. Y, aunque no entendía muy bien el cómo, algo le decía que estaba en uno. Saludó con el sombrero al dispensador de whisky, lo más parecido a un amigo que tenía en esa ciudad, y salió del saloon sin mirar atrás. Las puertas batientes casi echaron humo cuando las atravesó como alma que llevaba el diablo. No estaba nervioso, se decía a si mismo. No había hecho nada malo. ¡No le habían dejado!

Recorrió las calles de la ciudad, amenazadoramente vacías. Alguien le seguía. ¿El vaquero? ¿El jugador? Por un botín de catorce dólares. No merecía la pena morir por tan poco aunque, si lo pensaba bien, era un pago más que generoso por una vida como la suya. Tragó saliva, sus pensamientos navegaron a través del trago etílico que se había metido en la taberna. No iba a detenerse. No iba a mirar atrás. No quería problemas.

Pateó el suelo, ¿Y ahora qué? No había mucha gente en la ciudad que estuviera dispuesto a recibir un disparo con él. Aunque seguro que estoy exagerando las cosas. Esa actitud le había mantenido con vida y entero hasta ahora. No, no había nadie a quien pudiera recurrir. Salvo un hombre al que le pagaban por proteger a los demás. Conocía al sheriff de la ciudad. Era uno de sus habituales en las celdas. Así que se dejaría caer por la oficina del sheriff, a paso ligero, solo para tener a alguien que le cubriera las espaldas.

Y si eso no asustaba a los que lo estaban siguiendo, siempre podía vomitar sobre las botas del sheriff y dormir en la cárcel. Era el único lugar seguro que conocía en aquella endiablada ciudad.

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01/10/2025, 22:39
Narradora

Las calles de Rose Spring estaban demasiado quietas para esa hora. El sol, todavía alto, bañaba los tejados polvorientos en un resplandor apagado, pero apenas se oía nada más que el chirrido de una veleta oxidada.

Tragocorto caminaba ligero, los catorce dólares quemándole en el bolsillo como si fueran pólvora húmeda.

El sexto sentido no le fallaba. Había pasos detrás. Dos sombras que se alargaban sobre el polvo, reflejo de dos hombres que no se molestaban en ocultar su persecución. No eran los de la mesa, no al menos directamente. Sombreros ladeados, botas firmes. Matones.

Tragocorto apretó el paso, dobló una esquina hacia la oficina del sheriff y ya podía imaginar el alivio de vomitarle encima y dormir una noche a salvo entre barrotes. Pero no llegó. Una figura salió del callejón y le cerró el paso con un gesto sencillo: mano apoyada en el revólver, aunque sin desenfundar.

—Tómatelo con calma, flaco —dijo una voz ronca, como grava arrastrada por el viento.

Detrás, el segundo matón apareció, bloqueándole la retirada. Más joven, pero con ojos fríos, los de alguien acostumbrado a recoger lo que otros dejan tirado.

El primero se rascó la barbilla, observando a Tragocorto como se examina una mula vieja antes de comprarla.

—Bonita mano la de hace un rato. Demasiado bonita ¿Verdad? El Jefe piensa que sabes mover las cartas… o la lengua. Y no le gusta que un pez chico nade solo por este río.

El joven dio un paso más cerca, sonriendo sin humor.

—No queremos tu dinero, amigo. O no todo. Solo queremos hablar. Hay negocios por hacer en este pueblo, y parece que tú tienes justo la mezcla de cara boba y dedos rápidos que se necesita.

El silencio se hizo un segundo. Tragocorto podía sentir el aire pesado, el polvo pegándose al sudor de la nuca. Los catorce dólares en el bolsillo parecían sonar como campanas de oro que todos podían escuchar.

El mayor alzó la mano, conciliador, pero con la firmeza de quien no acepta un “no” por respuesta.

—Camina con nosotros. Una charla, nada más. Nuestro Jefe quiere hacerte una oferta que no podrás rechazar.

Los pasos de ambos empezaron a marcar el ritmo. No había amenaza explícita, pero el acero en sus cinturas y las miradas duras decían lo mismo que un revólver desenfundado. Rose Spring parecía vacía, como si la ciudad misma contuviera la respiración.

Tragocorto estaba atrapado entre el sheriff y los matones, entre la seguridad del barrotes y la incertidumbre del negocio. Solo que, por primera vez en mucho tiempo, alguien parecía quererlo para algo más que echarlo a patadas de un saloon.

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03/10/2025, 00:42
Jack "Tragocorto"

¿Y dónde estaba todo el mundo? La gente lo rehuía, eso siempre había sido así. Pero esto es exagerado. El chirrido de la veleta se acompasó a su andar errático dando la impresión de que era él quien al caminar sonaba oxidado, torcido.

Conocía a los tipos que le seguían. Los había visto miles de veces. En los prostíbulos, en los callejones, en calles polvorientas y vacías como aquella, calentándose los nudillos con desgraciados como él o tirando del gatillo. Hombres de pocas palabras, de hechos. Hechos que dolían. Matones. Fuertes, arrogantes, crueles. No quería mezclarse con ellos.

Pensó que lo conseguiría. Pero las apuestas estaban en su contra. Giró la esquina, un hombre le frenó. No el hombre en sí; fue su mano sobre el revólver. Su voz era ronca y áspera como la lija que usaba para afilar su cuchillo. Su mano sobre el hierro le confería poder, dominancia. Tragó saliva. Miró al cielo, vacío. Ya estaba retrocediendo cuando el segundo le cerró el paso. Imposible mirar a los dos a la vez. La tenían.

Se quedó plantado, dando unos cortos pasos aquí y allá, como si estuviera agotando todas las salidas de aquel laberinto. No tiraría del hierro, eso lo tenía claro. Toca darle a la sin hueso.

—Tu jefe tiene razón. Podía haberle desplumado a él y a los otros dos pollos si hubiera querido…pero preferí que me entregase su dinero voluntariamente —sonrisa, miraba bizco por el sol le estaba dando de lleno —. He ganado el dinero de forma honrada.

El primero en meses. Le pesaba en el bolsillo. Una gota de sudor, como el badajo de la campana de la iglesia, caía por el costado de su cara marcando un ritmo fúnebre. El suyo. Se pasó la lengua por los labios secos. No dejaba de sonreír. Para demostrar que no tenía miedo, aunque lo tenía. Para hacerles ver que no era un peón en su juego, sino que ellos estaban siguiendo su juego. Era un farol.

De los malos.

—Claro, chicos, podemos hablar. Hablaremos lo que queráis. Incluso os dejaré invitarme a un trago largo. ¿Qué decís? No son muchos los que quieren hablar conmigo. No en esta maldita ciudad. Soy Jack Temple, así me puso mi madre y así me presentó ante Dios. Charlaremos, claro. Pero, si vamos a charlar, eso no os hará falta…—dijo, señalando las armas, le bastaba con que apartasen la mano de la empuñadora —. No pienso ir a ningún lado, chicos. Os lo prometo.

No tenía a donde ir, de todas formas. Y sentía algo de intriga. Quería descubrir que querían de él. Su alma de jugador le estaba gritando que aquella mano no era para él, que iba a apostar todo lo que tenía para perderlo al final. Cartas marcadas, dados marcados. Jack no era de los hombres que sabían cuando parar. Más bien era de los que se detenían solo cuando se estrellaban.

—Espero que vuestro jefe tenga más dinero que esta propina que he logrado sacarle. Mis honorarios no son baratos precisamente.

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03/10/2025, 07:18
Narradora

Notas de juego

Tira 1d20 + Comunicación y tienes un +2 por roleo. Dificultad 15.

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03/10/2025, 14:34
Jack "Tragocorto"
- Tiradas (1)

Motivo: Comunicación

Tirada: 1d20

Dificultad: 15+

Resultado: 8(+4)=12 (Fracaso) [8]

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03/10/2025, 23:18
Narradora

El calor del mediodía apretaba en Rose Spring. Ni un alma en las calles, salvo las sombras de los matones que se alargaban contra el polvo. Las ventanas estaban cerradas, las persianas bajadas: la gente de bien se refugiaba del sol inclemente, dejando que la ciudad pareciera un escenario vacío donde solo los buitres tenían derecho a caminar.

Tragocorto hablaba, sonreía torcido, jugaba su papel como podía. Las palabras se escurrían de su boca como dados que caen rodando… y perdían antes de llegar al suelo. El mayor de los dos lo observaba en silencio, con la mandíbula apretada. Cuando nuestro protagonista señaló las armas, como si hubiera conseguido negociar su salvación, el tipo abrió su guardapolvo despacio.

Durante un segundo, pareció que iba a sacar una petaca de whisky del bolsillo interior. Un gesto casual, casi amistoso. Tragocorto llegó a relamerse los labios resecos. Pero lo que salió fue un puño cerrado, seco y contundente, directo a su estómago. El aire le abandonó en un gemido ahogado; las rodillas se le doblaron como si fueran de barro.

Antes de que pudiera recuperarse, una mano dura se cerró en su pañuelo alrededor del cuello y lo retorció con brutalidad. Se quedó medio colgado, los pies arañando el polvo, los ojos bizcos por el sol y la falta de oxígeno.

El matón le acercó la mano izquierda a la cara. Suficientemente lejos para que no pudiera morderla. Estaba tosca, curtida por el trabajo y la violencia… y le faltaba un dedo, cercenado de raíz.
—¿Ves esto, "Tragocorto"? —escupió su nombre con desprecio—. Se lo debo a mi compañero Machete. Es un artista. Marca a los hombres que decepcionan al Jefe. Empieza por los dedos. A veces, si el aviso no basta, sigue con la mano, el codo... O con las piernas.

El más joven sonrió con una mueca torcida, mostrando un cuchillo de varios palmos de largo que brillaba en el sol abrasador.
—Le llaman Machete por algo.

El mayor apretó más el pañuelo, inclinándose hasta que Tragocorto pudo olerle el aliento a tabaco y whisky barato.
—Así que escucha bien, y grábalo en tu mollera seca: nada de truquitos, nada de patrañas, ni gilipolleces de ningún tipo. Juegas limpio con nosotros o terminas más ligero de piezas. ¿Entendido? No lo voy a volver a repetir.

Lo soltó de golpe. Tragocorto se derrumbó sobre sus botas, con los pulmones buscando aire a bocanadas, la garganta ardiendo y la camisa pegajosa de sudor. El sol lo castigaba desde arriba, inclemente, y el pueblo entero parecía mirar desde detrás de las persianas cerradas, sin atreverse a intervenir.

El matón mayor se pasó el dorso de la mano por la frente, limpiándose el sudor, y chasqueó la lengua.
—El Jefe cree que puedes servir para algo. Si es así, hoy habrás tenido suerte de verdad. Si no… —se miró la mano mutilada y sonrió sin alegría—, Machete hará su trabajo.

El joven dio un paso atrás, envainó el cuchillo con un golpe seco y señaló hacia el callejón que conducía de nuevo al Red River Saloon.

—Anda, caminemos. El Jefe tiene ganas de charlar. Y aquí fuera hace demasiado calor para conversaciones largas.

- Tiradas (1)

Motivo: Tirada de Puñetazo

Tirada: 1d20

Resultado: 17(+5)=22 [17]

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04/10/2025, 19:29
Jack "Tragocorto"

Esta ciudad siempre ha sido un estercolero, pensó al contemplar las calles, polvorientas y vacías, los postigos cerrados, como si nadie quisiera ver como ese pobre diablo caminaba a su cadalso personal bajo un sol abrasador, como si no mereciera una mirada. No sé porque vine aquí. No sé porque me quedé. No sé a donde habría ido. Tenía que haberse apretado otro trago. De haber sabido que habría tenido aquella compañía se habría fundido los catorce dólares en una botella entera y habría terminando cantando y bailando, con los pantalones por las rodillas. Bueno para olvidar, bueno para no pensar.

Sus palabras solían aflojar los puños a la mayoría de matones. En este caso, los aflojaron. Sobre él. Le hundieron de un solo golpe para alzarlo luego como si fuese un ternerillo. Escuchaba, de alguna manera, aunque su cerebro estaba más pendiente de tratar de conseguir aire. Algo sobre un machete, pagar apuestas perdidas con partes del cuerpo y jefe que daba segundas oportunidades a precios muy altos. Los ojos estaban a punto de estallarle dentro del cráneo así que no escuchó muy bien lo siguiente. Pero sabía lo que querían decirle. Ellos mandaban. Estate quieto. Obedece. No nos la juegues. Siempre era así.

Siempre fallaba en todas.

Le dejaron mordiendo el polvo. Encontrarse en el suelo era casi su estado natural. Al menos esta vez no se había orinado encima y el mundo no estaba dando vueltas como un maldito molinillo de aire.

Sabía que era lo que querían. Que se levantase, que les mostrase miedo, sumisión. Tenía miedo. Por su pellejo, por los catorce dólares sin gastar. Idiotas, no se puede amenazar a un hombre que no tiene nada. Debía mantener la boca cerrada, la cabeza gacha. Vivir. Lo siento, Clara.

—Tu amigo…—dijo, revolviéndose sobre el suelo, escupiendo babas, tenía la boca llena de tierra —. Tu amigo debería haberte cortado las pelotas, el meñique seguro te sería más útil.

Y empezó a reír mientras seguía quejándose y retorciéndose. Se llevaría una buena paliza, de seguro. Él no podía golpear con puños, por eso tenía toda la pólvora cargada la lengua. Alzaría las manos en señal de sumisión y miedo, lo que querían, en cuanto viera que se acercaban a él.

—¡Vale!¡Vale!¡Vale! ¡Quieres a Tragocorto! Aquí tienes a Tragocorto. Pero Tragocorto no puede hacer lo que queréis que Tragocorto haga si le dais una paliza. Lo sé, lo sé. Tu jefe me hará picadillo. Bueno, tu amigo. Cuchillo, machete, palillo. Y entonces tendréis que buscar a otro tipo para lo que sea que me queréis a mí…y de seguro tu jefe te mirará a ti —le dijo al del meñique ausente —… y te preguntará porque no fuiste más amable conmigo mientras decide que pedacito le ordena a tu amigo que te corte esta vez.

Sonrió, torcido, lleno de babas, polvo y arena. Le tendió una mano.

—Ayúdame a levantarme, joder. Seamos amigos. Invítame un trago, podrías haberme dicho lo mismo y te habría hecho más caso. Ahora tengo todas las tripas revueltas y me sabe la boca a suela de zapato. Vaya diablos, pegas como una mula.

Esperaría, por si veía algo de cordialidad. Eran matones, no diablos. Se le daba bien mezclarse con ese tipo de gentuza. Si decidían no ahogar su último aliento en el abrevadero más cercano quizás habría ganado algo. Aunque fuera un enemigo.

Pero también había aprendido algo. Esa su maquinaria de supervivencia. Pensaba en segundo plano, más allá del alcohol o el dolor. Era parte de su antiguo yo. Información valiosa le trajo esta vez; ese tipo tenía malas pulgas y el otro le había cortado el pulgar. No eran amigos.

—Vayamos a ver a vuestro jefe. Te aseguro que soy lo que estáis buscando.

Por la cuenta que le tenía. ¿En que lío me acabo de meter esta vez? Mierda, espero que de verdad me inviten a un trago.

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04/10/2025, 23:13
Narradora

Tragocorto escupió polvo y bilis al suelo, medio doblado, con las piernas temblándole todavía. La risa se le había quedado clavada entre las costillas, convertida en un quejido sordo.

Las cigarras cantaban como si celebrasen una ejecución. Tragocorto.

El matón del meñique amputado se agachó a su altura. —¿Listo para andar, pajarillo? —dijo atento a cualquier movimiento extraño—. ¿O tengo que darte otro empujoncito?

Machete soltó una risotada ronca y escupió al suelo. 

—Dame una excusa, vamos. Sigue hablando — Tragocorto sintió que aquellos dos iban en serio. Estaban poniéndole a prueba, evaluándole. Si los cabreaba era muy posible que cumplieran sus amenazas. Tenia que andarse con ojo y tratar de llegar a hablar con el Jefe de una pieza.

Tragocorto levantó una mano en gesto de rendición. Su respiración era un jadeo roto.

—Está bien, está bien, muchachos… no hace falta que os pongáis sentimentales —dijo, con voz entrecortada—. Andaré donde digáis, pero soltad el cuello, coño, que me va a salir la lengua por el ojo malo.

Los dos tipos intercambiaron una mirada; no había prisa, y el espectáculo les divertía. Lo empujaron adelante, entre risas. Las suelas levantaban nubes de polvo que se pegaban a la piel como una segunda capa de mugre.

El calor era tan brutal que el aire temblaba. Las pocas figuras que había en la calle —una mujer con un cubo, un chiquillo descalzo, un perro viejo buscando sombra— se apresuraron a apartarse, fingiendo no mirar.

La comitiva avanzó hacia el Red River Saloon.

La puerta vaivén chirrió un último suspiro y se cerró tras ellos con esa solemne indiferencia que tienen las cosas cuando ya no quieren ser testigos. La sala principal del Red River volvió a su murmullo.

Le guiaron por el lateral, atravesando el pasillo que conducía a las habitaciones del fondo. Un olor a madera vieja y cerveza agria impregnaba las paredes. En la última puerta, el matón del meñique amputado se detuvo. Se limpió el sudor con la manga, miró a Tragocorto con esa calma cruel de quien ya ha visto demasiadas veces lo que viene después.

—Endereza la espalda, campeón —dijo en tono casi amable—. No querrás que piense que te trajimos a rastras. No te conviene.

Empujó la puerta.

El interior era un cuarto pequeño, apenas iluminado por una lámpara de aceite que proyectaba sombras inquietas sobre las paredes. En el centro, una mesa con una botella y dos vasos. Detrás de la mesa, de pie, impecable pese al calor, el del chaleco claro abotonado, un cigarro apagado en los labios. Su mirada era fría, pero no violenta; tenía la serenidad de los hombres que no necesitan demostrarla.

Los matones empujaron a Tragocorto hasta una silla.

—Aquí lo tienes, Jefe —dijo el del meñique ausente, alisándose la chaqueta—. Tal y como pediste. En una pieza. Más o menos.

El Jefe no respondió al saludo. Ni siquiera los miró. Tenía la vista fija en Tragocorto, evaluándolo.

El silencio fue largo, tan largo que se oía el crujido del suelo al dilatarse con el calor.

Por fin habló, con voz suave y meditada, como si dictara las cartas de una nueva partida:

—Siéntate. Tenemos que hablar.

La puerta se cerró tras ellos con un golpe seco, aislando el murmullo del salón. El reloj del mostrador marcaba las dos en punto. Afuera, el calor seguía cayendo sobre el pueblo; dentro, el aire olía a peligro y promesas.

El Jefe alargó la mano hacia la copa que tenía sobre la mesa, la giró sin beber, y miró a Tragocorto como quien examina una ficha de póker dudosa. Sonrió. Era una sonrisa sin alegría.

—Bien —El tipo dejó la copa sobre la mesa como quien cuelga una orden—. Mira, que no haya malentendidos: nos entretenemos con tus juegos porque son lucrativos. Pero en este pueblo, la diversión tiene un precio. Y los señores que pagan esperan que se les devuelva algo más que risas.

Se reclinó, apoyando un codo en la madera. Sus dedos, largos y cuidados, jugueteaban con un naipe doblado. Hablaba como quien concierta una venta, no una condena.

—Hay un cargamento... —continuó—. Un negocio gordo: ganado que va a cambiar de manos. Mi clientlo quiere y yo le facilito la transacción. Betty Whalmer y sus… aliados, mueven la mercancía. Pero faltan manos que la sostengan sin mancharla. Falta quien haga lo sucio sin llamar la atención. Falta quien hable con la gente que debe callar y mueva piezas pequeñas. Esa persona puede ser tú.

Tragocorto sintió el pulso pegado al cuello. La palabra “ganado” le sonó a dinero, y también a riesgo. Los ojos del Jefe se clavaron en él, sin pestañear.

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06/10/2025, 23:11
Jack "Tragocorto"

Una botella. Había una botella en la mesa. La odisea a través de las calles había merecido la pena. Los golpes, las amenazas hirientes, el miedo punzante, la pasividad de la gente. A nadie le importaba un carajo. Lo sabía, pero seguía doliendo. Si había una botella, se dijo, no podía ser tan mal lugar.

Dio un paso al frente tras su presentación.

—Estoy tan entero como cuando dejé este lugar hace unos minutos, pero algo más seco. ¿Puedo?

Estaba con el agua al cuello, con las botas en llamas, pero quería un trago. Necesitaba un trago. Podía lanzarle esa mirada de hielo, evaluarle, juzgarle. Le daba igual. No iba a ver todas sus cartas. La gente siempre pensaba que lo tenía calado, pero Tragocorto tenía más de un as oculto en la manga. Se sentó.

No esperó permiso, aunque se detendría si aquel tipo se negaba. Cogió la botella, sirvió par de tragos. Todo un caballero. Se bebió el contenido del primer vaso. Ambrosía, deliciosa. Podía notar el fuego otra vez dentro de él. Y la indiferencia. Ya todo importaba un poco menos. Meñique, Machete, ese tipo. El trabajo, su vida, el dinero. Se sirvió otro trago. Escuchó. Se obligó a ello.

—La gente siempre quiere algo más que risas de Tragocorto. A todos les pasa igual.

Un jugador, la peor clase de gente con la que ver mezclado. Porque podía engañar a políticos, agentes de la ley, matones, forajidos, buscadores de oro, prostitutas y reverendos. Pero un jugador era un igual. No le gustaban las partidas tan reñidas.

Un trabajo. Aquellos tipos tenían un problema serio. Le gustaba el poder y demostrar quien mandaba. Por eso la violencia, las amenazas, el juego del miedo. Querían meterle el miedo dentro de su esqueletillo y hacerle bailar. Bueno, pues eso era todo. Riesgo y oportunidad. Una moneda lanzada al aire. Doble o nada. Su vida en un verso.

Se acomodó en la silla.

—Tengo dos normas —esta vez eran dos, sonó áspero —. No mato a nadie, no disparo. Si quisiera un pistolero, veo que tiene buenos chicos. Entiendo que no es el caso, pero que quede claro, yo no mato por nadie. Dos; siempre cobro una parte por adelantado —para bebida, claro —. Si está de acuerdo, déjese de ambages. Soy lo que está buscando. Mantendré a la señorita Whalmer tan pura e inmaculada como a la virgen de una iglesia metiéndome en la mierda donde los demás no quieren meterse, se lo prometo. Pero cuéntemelo todo, trabajo mejor cuánta más información tenga. ¿Por qué no empieza diciéndome cuanto voy a ganar?

Se sirvió un segundo trago, sus ojos fijos en él. Bueno, al menos uno de ellos.

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08/10/2025, 23:49
Narradora

Silas le observó beber con la serenidad de un hombre que no teme perder una botella ni una vida. La luz del mediodía se filtraba por la rendija de la ventana, dibujando una línea dorada sobre la mesa.
Junto a la botella, descansaba una pequeña bolsa de cuero abierta. En su interior, los bordes rectos de varios billetes nuevos asomaban tentadores. Veinte dólares. Suficiente para atraer la atención de cualquier hombre con el estómago vacío y la garganta reseca.

Bien —dijo Silas, con voz baja y pulida—. Aprecio que tengas reglas. No matar. Cobrar por adelantado. Regla uno: aceptada. Regla dos: razonable. Aquí no somos santos, pero tampoco amateurs.

Se incorporó, apoyó ambas manos sobre la mesa y acercó la cara a la de Jack, hasta que el olor a whisky y sudor los hizo casi uno. El gesto no era agresivo; era una medición, el tanteo de un comprador que aún comprueba la mercancía con los dedos.

Mira, Jack. No estás en posición de pedir garantías grandes —continuó—. Ya tienes veinte en la mesa. Te doy algo más: otros diez ahora para que no vengas a pedir limosna por la esquina. Son treinta en mano. ¿Suficiente para la sed? El resto —si haces lo que te pido y lo haces bien—: cincuenta dólares más al cerrar el trato. Total promesa: ochenta si traes resultados. Tienes cuarenta y ocho horas.

Dejó que las cifras rebotaran en la cabeza de Tragocorto. Era dinero con sedal: no libre todavía, pero tentador.

Lo que quiero que hagas es simple en concepto y delicado en la práctica —dijo Silas, la voz hundiéndose en un susurro que llenó el cuarto—. Encuentra a Bill Ford. No me lo traigas roto ni atado; tráemelo entero y dispuesto a marcar. Si no puedes traerlo, tráeme pruebas convincentes de que ha accedido: una carta firmada, un testigo fiable o su propio hierro caliente con la marca. Si Bill se niega, me lo dices y buscamos otra forma, pero no te pongas a cantar. Nada de sheriff, nada de sermones ni de curiosos.

Silas se reclinó otra vez y dejó que los dos tipos en la puerta marcaran el ritmo con la mirada: el mensaje era claro, lo demás un decorado.

Por cierto —añadió—, Bill no es un lobo solitario. Suele moverse por la ciudad cuando la fragua está cerrada: a veces en la barbería del tal Holand, a veces en la carnicería de los McCallister, y otras veces… en tabernas cuando alguien le compra trago. Pregunta por Bill en esos sitios, pero pregunta con cuidado. Si alguien pregunta demasiado por él, te mirarán mal y te pondrán la ciudad encima.

Silas dejó caer otra advertencia, fría y sin dramatismos:

Machete es literal. No quiero que vuelvas con menos dedos que ideas. Si fallas, si juegas a héroe o te crees más listo que tu sombra, no te lamentarás por el dinero. Te lamentarás por lo que te falte para poder agarrarlo.

Los matones en la puerta se acercaron un paso, el mayor clavó la mirada en Tragocorto y el otro, el más joven, asintió como quien cierra un trato con el lenguaje de los puños. Silas sonrió apenas, como quien pone la pieza final en un tablero.

Una cosa más —dijo, inclinándose—. La venta se va a cerrar con gente de fuera. Un tal Remi Gautier está implicado; es probable que se mueva hacia la posta de Graham en breve. Los Corony vuelven de Kansas en estos días; si salen a reclamar ganado o intuyen que alguien husmea, todo se jode. Tiempo hay poco. Trabaja rápido, con cabeza.

Le puso la mirada a Tragocorto, fría y práctica:

Treinta ahora. Cincuenta cuando Bill marque. Cuarenta y ocho horas. No llames al sheriff. No tires de los hilos de más. Y, por la cuenta que nos trae aquí, no te acerques a la gente de la familia Corony. Haz lo que te pago por hacer: encuentra a Bill, convéncelo o tráelo. Yo me encargo del resto. ¿He quedado claro?

Tragocorto tragó, miró los billetes y el peso de la decisión. Silas hizo señas a uno de sus hombres.

Acompáñalo hasta la puerta. No lo ahogues en el camino, solo vigílalo. Si nos trae a Bill —terminó—, lo trataremos como a un hombre que cumple.

Machete se puso a un lado de la puerta; el otro cerró tras ellos con un gesto que no admitía discusión. Silas añadió, casi a modo de última cortesía:

Y Jack… si haces bien esto, puede que te enseñe a jugar en mesas donde se reparten cosas más gordas que un dólar. No prometo nada más que la oportunidad.

Tragocorto salió con treinta dólares más en el bolsillo y la intención atada al cuello.

Afuera, el sol lo devolvió al pueblo que lo ignoraba. Por la cuadra, una sombra se pegó a su paso —no era la de los dos matones que lo habían llevado, sino un par de piernas nuevas que se arrastraban con discreción. La protección que Silas decía ofrecer tenía, además, su propia forma de recordarle que nadie se va de este mundo sin pagar algo más que lo que vale.

 

Notas de juego

Pasamos a la escena de Intro común

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12/10/2025, 18:28
Jack "Tragocorto"

Él siempre pedía; a veces le daban, a veces no. No regateó el adelanto. Cualquier dólar de más le serviría para remojar el gaznate. Ya era una situación mejor que hace unos minutos, cuando estaba tirado sobra la arena caliente y las tripas echas un revoltijo de enchilada. La parte más sensata de él, esa que estaba medio adormecida por el último trago, trataba de gritarle que no aceptase ese trato, que saliese corriendo. La parte más realista le decía que, aceptase o no, tendría problemas igual. Y mejor tener problemas luego y con el bolsillo lleno, que ahora, con los bolsillos vacíos.

Escuchó cual era su misión. Había esperado algo más sucio que convencer a un vaquero para marcar ganada. Se recostó en la silla, algo inquieto. No lo entendía, no del todo. ¿Es que acaso pensaban marcar el ganado que no era suyo? ¿De eso se trataba? Un robo. Si lo marcas como tuyo, se queda para ti. Se rascó la barba de varios días arrancándose algún resto de piel reseca.

—¿Pagarás a Bill de forma generosa por su trabajo?

Para convencer a alguien tenía que poder ofrecerle algo y él no tenía nada. Tras la respuesta, fuera buena o mala, cogió el dinero, se puso en pie y saludó tocándose el ala del sombrero.

—Cuarenta y ocho horas.

Y por algún motivo se sintió como si ese fuese el tiempo que le quedaba de vida.

Notas de juego

Le lanzo una pregunta, por si me quiere responder Silas.

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13/10/2025, 13:46
Narradora

Silas Dorn no se movió. Ni siquiera cuando Tragocorto se levantó. Siguió allí, apoyado en la mesa, con el cigarro apagado girando entre los dedos, como si le estuviera dando vueltas a una carta que aún no había decidido jugar.

¿Pagar? —repitió, con una sonrisa tan leve que apenas alteró el dibujo de su boca—. Siempre pago, Jack. A cada hombre lo suyo. Oro... o plomo. Bill tendrá lo que le corresponde, si cumple. Y tú, si haces que lo haga. No te preocupes por su recompensa… preocúpate por la tuya.

El sonido del mechero al encenderse llenó el silencio. La llama encendió el cigarro con un chasquido suave. El humo se elevó en espiral, denso, como si llenara el cuarto de una neblina deliberada.

No necesitas entender todos los detalles —continuó—. Solo cumplir tu parte. Asegúrate de que Bill Ford tenga el hierro en la mano y el fuego encendido. Todo lo demás se resolverá solo.

El tono de su voz no era una amenaza, ni una promesa. Era la voz de un hombre que sabía que lo obedecerían.

Silas lo observó un momento más, la mirada fija, la calma imperturbable.

—Tienes cuarenta y ocho horas. Si haces bien tu trabajo, no tendrás que volver a este despacho. Si fallas, no tendrás que preocuparte por el calor de Rose Spring, ni por tener el gaznate seco nunca más.

Notas de juego

¿Es que acaso pensaban marcar el ganado que no era suyo? ¿De eso se trataba? Un robo. Si lo marcas como tuyo, se queda para ti.

Parecía que por ahí iban los tiros, o al menos eso se dejaba entrever de aquella funesta conversación.