Necesito saber, Padre. Necesito saber aunque me duela.
Nick se percató de que la puerta por la que habían salido al Hall de los Dioses estaba perfectamente integrada en la estructura metálica del amplio espacio, en los muros, en la Madre Máquina. De no saber que se encontraba ahí, no hubiera sido capaz de verla. Al ganar conciencia de ese hecho se quedó contemplando los muros de la estancia. Todos ellos eran susceptibles de esconder puertas, pasajes y ventanas. Pero era incapaz de verlos. Igual que otros muchos de sus secretos.
Era mucho lo que desconocían de aquella tecnología. El concepto de puerta, válvula o muro podía tener tantos significados como tenebrosas ramificaciones.
No obstante Nick reconoció aquella que habían atravesado en su primera incursión. Cuando le sugirió a Kassandra la posibilidad de regresar a por el doctor, ella hizo un gesto con la mano, como si apartase de sí aquella idea peregrina y mal tirada.
—Aquellos que son incapaces de encontrar la voluntad dentro de ellos mismos nada pueden ofrecer a los demás —empezó, ni siquiera le estaba mirando —. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que visitamos este lugar. Ahora solo encontraríais sus huesos y los pocos gusanos que aún estén alimentándose de sus restos.
La curiosidad de Nick le llevó a inspeccionar el altar. Era una máquina cuyo funcionamiento se le escapaba. Había otras máquinas que, sin ser humanas, si poseían ciertos conceptos universales que podía entender, desgranar y adaptar. Aquel oscuro bloque de cinco bocas era una cerradura como nunca antes había visto ninguna. Forzarla requería, entendió, algún tipo de energía. No podía hacerlo físicamente. Necesitaban las gemas, esos sellos de colores imposibles que poseían en su interior el poder de los soles y del vacío del universo.
—La venganza es una emoción poderosa. Envenena todas las demás, las corrompe. No podemos esperar piedad o entendimiento para nosotros. Igual que el Pecado Original, sobre nuestros hombros recae el manto de la vergüenza de otros que llegaron, mintieron y traicionaron. Y así nos tratarán. No somos bienvenidos.
Kassandra contemplaba la puerta del Equilibrio. En sus ojos había una intensidad capaz de hacer hervir el agua. Su corazón, impregnado de aquella viscosa fuerza, le daba un cariz diferente, pasional, muy diferente a la mujer que habían conocido.
—No sois clones —le rebatió a Morgan —. Vuestra alma está intacta. Os he regenerado a partir de vuestra esencia original. Vuestra conciencia, vuestros recuerdos, todo lo que sois, lo he podido salvar. Hubiera sido más fácil clonaros…pero entonces me hubiera encontrado rodeada de extraños.
Se giró hacia Impasse. El traje ajustado, perfecto sobre su piel. Una complicada labor. Ella había aceptado la imagen que los demás tenían de ella, como forma. Cuerpo, mente. Bullía, cambiaba. El traje la contenía, le daba consistencia a su yo. Físico, músculos. Sin voz. Kassandra alargó la mano hacia ella. No la esperó, acudió a su encuentro. La tomó de la barbilla, alzando su vista hacia sus ojos. Radiantes, hermosos. No eran suyos. Dos soles radiantes con borde de sierra en un tazón de cereales. Nada de aquello era sólido, consistencia. La realidad era agua sostenida en un colador. Corría por el sumidero. Al fondo, esa mirada, desvaía, triste, que ahora burbujeaba. ¿Esperanza? No, algo más intenso.
—Aún debes encontrar tu nombre. Tu lugar, de momento, está con nosotros —susurró.
Con Little John no fue tan agradable. Él se justificó. Ella le lanzó una mirada capaz de partir el metal en dos.
—Te perdiste mucho antes de lo que crees —aseguró —. ¿Qué has decidido esta vez? ¿Vivir…morir? No todos los que vuelven de entre los muertos lo hacen tal y como se marcharon. ¿Qué más te puedes permitir perder?
Le atravesó con la mirada. Dos electrodos conectados de sus pezones a una batería de gran amperaje no hubieran conseguido el mismo impacto.
—¿Qué es lo te importa?
No esperó una respuesta. Las palabras tenían el mismo valor que un beso desapasionado de un amante al despedirse, en la mañana. El valor estaba en permanecer, acostado, entre sábanas sudadas, lágrimas y unas gotas de sangre. Carla lo miraba, prendida de las siguientes palabras del fornido.
Luna se dirigió al Ojo del Mundo. Necesitaba saber. Desesperación, duda.
—Nada de lo que verás ahí te dará conocimiento. Nada de lo que verás ahí te dará paz o ayudará a nuestro objetivo. Sin embargo, a ti y a los demás, puede turbaros hasta tornar vuestra cordura en locura.
Una advertencia, simplemente. No trató de impedir su avance.
Os pongo un minuturno. Sé que queda Axel, que LJ quería decir algo más. Hay tiempo para que hablen y participen. Quien quiera charlar, ahora es el momento. De momento hay más votos por la puerta del Mundo. Dejo abierto si alguien quiere impedir a Luna su acción, o debatirlo. O no hacer nada.
Voy barajando las cartas.
La puerta ofrecía una defensa formidable. El metal, como había descubierto durante su aventura, era duro. Poseía un blindaje especial, una resistencia fuera de lo común. Algo propio de las paredes de una estación submarina o el casco de una nave especial. Las dimensiones, además, lo otorgaban una fortaleza adicional que sus cálculos no podían alcanzar. Eran números demasiado bastos, imposibles. Calcular su factor de resistencia, la fuerza de oposición, siguiendo las fórmulas de las que disponía le llevaban a resultados que, en apariencia, eran absurdos, dada su enorme magnitud.
No sabía lo que había dentro. Intuía que era la misma criatura que lo había devorado, escupido, transformado. Podía entender que aquel mundo tenía sus fuerzas Primordiales. Los Padres, y todo lo que manaba de ellos, era una. La entidad fugada del Muro de Espadas poseía esa cualidad casi celestial. Sus deducciones le llevaban a creer que estaban seguros allí, que el basto metal y los cierres mecánicos aguantarían cualquier presión ejercida desde el otro lado.
Pero los Padres, y todo lo que manaba de ellos, tendían a romper los preceptos de la ciencia que él entendía.
No aguantaría, pero le fue imposible discernir cuanto tiempo tenían. Puede que horas, puede que años.
Se alejó de la puerta que estaba observando y regreso con el resto. Sus ojos estaban enrojecidos y una tensión extra se adivinaba bajo sus rasgos cansados. Mientras lo hacía notó el intento de acercamiento de Impasse hacia Kassandra y su posterior aceptación. Suspiro, como si echara de menos algo que no sabía que podía extrañar.
Para cuándo llegó a ellos la guía y la extraña iban de la mano.
—¿Qué eres? —murmuró a la chica gato... Insecto... Myriam... Impasse sij tratar de ofender. Solo había curiosidad, claro que solo duró un segundo porque las acciones de Luna atrajeron las acciones y pensamientos de todos.
Nick iba a decir algo, pero Kassandra se adelantó. Él no podría alcanzarla, claro, y algo le hacía pensar que ninguno podría detenerla por la fuerza si quisiera. Pod lo que en vez de eso se limitó a decir.
—No podemos perder más el tiempo. Esa puerta va a ceder y esa cosa va a pasar —dijo señalando a la puerta de la vida, combada por la presión y bordeada de aquella masa palpitante—, puede que no voy, ni mañana. Pero definitivamente cederá.
Luego se giró había Kassandra para hacerle otra pregunta que herida su pecho.
—¿Están todos muertos del otro lado? ¿Leviathan también?
Leviatán, la criatura atrapada tras la paredes de los pasillos hacia la fortaleza, el ser que —en agradecimiento— le había dado sus gafas, gafas que ya no poseía, el ser que le había regalado la flor que hacía en las manos de Kyra cuando la muerte vino por ella. Ya les había hablado de él antes siquiera de llegar a la fortaleza, aunque en ese entonces no sabía su nombre y había vuelto a hablar de él cuando Kyra —camino a ese lugar—le había preguntado que había pasado mientras ellos estaban sentados de aquel lugar.
Le había contado lo que había pasado después de que ella hubiera muerto, tanto a ella como a cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar. Le contó como, a pesar de que no había forma de que pudiera escapar de aquella cosa, había decidido ignorar la fría lógica y correr. Le habló de la desesperación y de como, no había logrado llegar a la plataforma antes de que tuvieran que activarla.
No parecía haber ningún tipo de rencor en su voz. Para una mente fría como la de Nick había sido la decisión más acertada y la apoyaba completamente.
Entonces contó como la tierra se había abierto bajo sus pies y se había visto arrebatado a las entrañas del mundo máquina —así lo llamó—. Había perdido sus gafas, sus compañeros, estaba al borde de la muerte, pero seguía vivo. Contó que arrastrándose primero, rengueando después, había logrado salir de dónde había caído para llegar bajo la gran fortaleza.
Por un momento pareció sugerir que el agujero a sus pies lo había abierto Leviatán, pero no parecía tener ninguna prueba que lo confirmara salvo la inmensidad del abismo que lo había consumido.
El resto de la historia no difería mucho de la que ellos mismos habían vivido, con la diferencia que él la había vivido desde detrás de las paredes, como una rata. Fue aquí que mencionó que había tratado de mantenerse en contacto por medio de Ax3l, con un éxito moderado debido a su propio miedo de que alguien más pudiera estarlo escuchando.
Les habló del caballero de blanca armadura y ojos iridiscentes y de como lo había detectado y como vigilaba cada paso que daba, les habló de su encuentro con el hombre León y de como Leviathan había dejado otro regalo para él al fondo de las entrañas del mundo máquina. Había señalado en ese momento al bastón que llevaba entonces en la mano y que ahora no era más que un anillo en torno a su anular.
Podía notarse fácilmente que Nick veía a un igual en la criatura por la forma en la que se refería a él, quizás eso explicaba lis comentarios de Kassandra o la preocupación que parecía reflejar ahora, en la sala del altar, por aquel ser alienado.
Lo último que le había contado a Kyra era como había tratado de electrocutar a la masa que vivía en las cañerías para que Ax3l, Gn y los demás pudieran huir y de como esto había provocado que el caballero que todo lo veía fuera definitivamente por él.
En ese momento no había recordado que había pasado después de eso. Pero ahora, ahora que había visto aquella masa alrededor de la puerta algunos retazos de memoria habían vuelto. Aquella cosa lo había consumido, masticado y decorado.
Quizás por eso su prisa por avanzar.
¿Qué eres?
¿Qué soy?
¿No me escuchaste? ¿Por qué te duermes? ¿Por qué no haces nada para mantenerlas separadas?
Nick era EQUIRA, las siglas. E.Q.U.I.R.A. ¡Eso! Ahora estás dormida. No tienes sueño ni pesadillas. Has estado durmiendo mucho tiempo y ahora has tenido una epifanía. Estás despierta hasta muy tarde porque has empezado a soñar ese sueño. Ese sueño puede despertarte de noche si no quieres dormir. Puedes hacer algo para cambiar el mundo, pero no puedes hacerlo. Tienes que mover tus pensamientos al mismo ritmo que cuando estabas soñando. Hay dos formas posibles de hablar: primero, como tú dices, que ya sabes cómo funciona tu cerebro —se pone otra vez más nerviosa, casi siempre intenta pensar en él—. Y luego también hay otras maneras posibles de decir: "Está bien" o "estoy aquí" o "soy un sueño" o "alguien me ha soñado" o "alguien me está soñando" o "Soy".
Volvió la vista hacia Kyra. Hacia el silencio. Hacia su arrogancia. Hacia su perfección. Hacia su aislamiento. Hacia su falta de conexión. Hacia su voluntad, su necesidad, de conectar.
PATRIEJO. Nick era P.A.T.R.I.E.J.O.
¡La vida! La vida se convierte de repente en un sueño cuando la contemplo, como si todo fuera real. Al principio no recuerdas, no te acuerdas del tiempo ni el lugar; luego ya casi nunca puedes recordar cuándo fue la última vez. Pero ahora estás ahí. Te acuerdas del viento. El aire es tan frío… No recuerdo haber oído nada antes. A veces me imagino al río, por la noche, bajo las estrellas. No es mi recuerdo ni es el sueño. Me acuerdo del día siguiente, cuando estábamos juntas sobre el puente de acero. Y entonces vi algo hermoso: estaba allí para mí. Era el reflejo de mi cara. Entonces comprendí quién era yo: me parecía que había sido siempre yo quien había estado aquí conmigo. Cuando él volvió, yo seguía estando muy lejos. Ahora está ella. Ella es quien está lejos. Yo soy yo.
Pústulas de tristeza.
ORTE. Nick será ORTE.
No sé si te acuerdas del nombre, pero yo no he tenido ni idea sobre eso. Cuando me acuerdo de ti —se ríe—... Me parece que tu voz suena diferente, pero me siento más cerca. Yo soy distinta; mi vida está llena de cosas nuevas, como el sol al mediodía. Es muy bonito cuando estás triste, o cuando tienes ganas de hacer algo por mí, por ti misma, o cuando estoy triste porque me das miedo. Nunca ha habido nada especial, salvo un recuerdo vago de tus padres que han muerto durante tu enfermedad y están aquí desde hace mucho tiempo. A veces me olvidas del todo, de todo, excepto de ti misma. Cuando estás enferma o deprimida, cuando has estado ausente, siempre estabas triste. En otras ocasiones no era así.
Volvió la mirada a Komburgo. Observó la mano —su mano y la de ella— y la empujó hacia Kyra. "Íbamos a morir todos", quiso decirle. "Cuando Luna miró por el rascacielos, íbamos a morir". Se había olvidado la boca y las palabras. Estaba todo escrito en la piel de Morgan, pero primero tenía que cambiarles el nombre. De no hacerlo, seguirían siendo los mismos, aunque fuéramos a morir.
Entonces LJ, y se olvidó de lo que estaba diciendo. Y se sintió femenina. Y la espalda le crujió y las cienpatas le apretaron la carne y dejó de sentirse atractiva. Y volvió a ser una probeta.
Aún no me queda ninguna. Me paso horas enteras estudiando cosas nuevas. Ninguna me sirve de nada. Ni a mi ni a ninguna de nosotras ni a él.
SHAWNINGUIS el SOMBRERERO
Se trata de una historia del arte. La voz se interrumpe al pronunciar la palabra "deseo" en su idioma natal. Es impronunciable. La historia del arte es siempre más antigua que cualquier otra cosa anterior. El autor ha perdido algo de fuerza cuando dice que "la muerte tiene como fin...". De hecho, todavía hay muchos otros aspectos del mismo arte en el mundo antiguo que desconocemos. Los maestros han sido muy listos para hacer eso: escribir con obras de arte sobre temas nuevos, o crear obras modernas sobre temas anteriores a la humanidad; incluso han llegado a escribir obras mejores que todavía no han sido creadas.
El tiempo es relativo, tanto como un nombre apropiado.
—Shabbat —le respondió a Nick, aunque no estuviera allí, aunque la palabra hubiera salido desde las fosas nasales o las orejas o de los ojos o de los dedos de los pies. Se había dejado la boca y las palabras.
Si no te importa, lo dejo en oculto. Si encuentro tiempo, lo corrijo. Mañana por la mañana me voy. Luego postear desde el móvil es una faena. Así por lo menos ya lo tengo aquí.
Parecía que estaban hablando, dialogando, llegando a un acuerdo... Eso hizo que apretara un poco la mano que tenía entre las suyas. Había esperanza.
Kassandra hablaba pero a ella ya la escuchaba como ruido de fondo. Ya no era la persona a la que debía proteger como cuando la conoció. Ahora era peligrosa. Una serpiente venenosa que sabía como hacer daño con el escupitajo de sus palabras. Se movió para recorrer un poco el lugar. No porque hubiera nada que encontrar o averiguar, si no por distanciarse un poco de todo. Lo necesitaba.
Pero Axel no la siguió. Lo soltó y escuchó un crujido. Algo se había roto y no sabía que era. Miró hacia atrás pero él seguía allí, mirándola con una traviesa sonrisa. Su ceño se frunció un segundo indecisa, confusa, pero finalmente le devolvió la sonrisa. Un poco tensa. Un poco avergonzada. Pero la cabeza alta como buena soldado.
Y justo entonces Luna se movió. Los pasos de Gen se ralentizaron mientras vigilaba la dirección de la peliblanca. Iba hacía.... Iba hacia la maldita ventana. Corrió para colocarse delante de ella - Luna, NO - Era una súplica disfrazada de órden. - Acuérdate de lo que pasó con tu ojo - No queria tocarla porque sabía cuanto lo odiaba, pero si la obligaba la sujetaría - Sé que eres fuerte pero ya has oido a... a ella - hizo un gesto con el mentón señalando a Kassandra - Te necesitamos cuerda. Entera. No lo hagas -
Leviatán. Un nombre que hizo que Kassandra enarcase una ceja.
—¿Sabes acaso qué o quién es aquello que mientas? ¿Sabes acaso cual es el poder de la falsa deidad a la que has decidido adorar? Es evidente que no —su tono era pausado, cerrado, por dentro de la caja de sus emociones se escuchaban golpes mudos —. ¿O te conformas con recibir regalos para entregar a un desconocido tu fe ciega? No es la primera vez que te ayudo, Nick. O que te hago un regalo. De mí, reniegas. Al otro, lo aceptas. ¿Es por qué puedes verme? ¿Es la tibieza de mi carne lo que te desagrada?
Estiró sus brazos hacia las sombras, mostrándose tal y como era, con un vestido que casi se transparentaba, una piel albina y unas emociones de cristal.
—No te entiendo, Nick. Te he aceptado, te he perdonado, te he ayudado. Pero sigues ofendiéndome. ¿Es que siempre vas a ver el mundo tras los muros?
Gen trató de frenar a Luna. La advertencia de Kassandra podría tornarse en un presagio oscuro. Las pesadas palabras de Gen fueron desoídas. Cuando insistió, Carla se cruzó en su lugar. No podría tocar a Luna sin echar abajo el Escudo. Carla era siempre cortés y complaciente, pero en su férreo rostro se encontraba una determinación tan cruda como pura; no permitiría que detuviesen a Luna. Solo Luna podía detenerla.
Luna había llegado al Ojo del Mundo. La ventana era tan grande como cualquiera de las puertas, cerrada por una interminable serie de lamas oscuras que se superponían como las piezas de una armadura. Sin pensar mucho, introdujo su mano en una membrana que estaba caliente al tacto. Y viscosa. Tiró del activador que allí encontró. Durante unos instantes no sucedió nada. Luego, las lamas empezaron a ascender, introduciéndose en las entrañas de la Madre Máquina, engullidas por una parsimonia mecánica.
La ventana quedó despejada en una eternidad, revelando un secreto largamente callado. Una vez abierta, pudieron contemplar el lienzo de pesadilla que Luna había abierto para todos ellos.
El universo conocido. Parte de él, al menos. No podían ponerle nombre. Les resultaba vagamente familiar, igual que el rostro de una persona que jurarían que conocían, pero a la que no podían ponerle nombre. Le saludarían igualmente, estrecharían su mano y preguntarían por su familia, estirando la incómoda situación hasta verse envuelta en ella. Así era como se sentían, incómodos, extraños, arrastrados a una situación que no entendían al comienzo, menos aún cuando esta les atrapaba. Eran niños que se habían colado en el dormitorio de sus padres para encontrarlos desnudos, copulando, con toda una retahíla de juguetes sexuales esparcidos por las sábanas sudadas.
Las estrellas eran pálidas y desvaídas. La oscuridad, el ceño del universo, era basto, devorador, absoluto. Llenaba los vacíos con su hueco, perfilaba las incógnitas con su ausencia. Tomaba sus pensamientos, tensionándolos, contaminándolos con su oscurantismo, con sus malas plagias, sus yagas abiertas, sus dudas sangrantes y hechos costrosos. Y en medio, la pieza central de aquel bodegón.
Una esfera de Dyson formada por multitud de placas cóncavas fabricadas en un metal oscuro que ya les era familiar. Las placas habían rodeado en su totalidad una estrella salvo por uno de sus costados, donde se veían llamaradas fogosas, un infierno estelar glauco y bermellón, veteado en escarlata. Solo un diez por ciento de la estrella no estaba recubierta. De ahí brotaba calor, luz, energía, alma, sufrimiento. El resto se encontraba aprisionada y su energía, como ellos, retenida tras los muros.
El Ojo del Mundo pronto estará ciego.
Recordaron, como si un fantasma los susurrase un cotilleo al oído.
Aquella visión tenía algo de ominoso, de dantesco. Como acudir a un bar de striptease y descubrir que el espectáculo principal era el de una joven siendo troceada por una motosierra, como terminar un copioso festín de gusanos y carne humana, como arrancarse la piel a jirones para descubrir escamas bajo ella y ojos y colmillos de diferentes tonalidades.
Sus almas se sobrecogieron, se encogieron, se hicieron pequeñas. Reptaron y volvieron a las sombras de sus pesares. Contuvieron el aliento, la vida, toda emoción, como si fuera pecado sentir. Los pensamientos se chocaron, atropellados unos con otros en la autopista mental que no dejaba de girar. Un disparo les habría supuesto menos impacto.
Axel se llevó las manos a la cabeza.
—No se callan. No se callan. ¡Están por todas partes! ¡Por todas! Muertos, todos muertos. ¡Los muertos hablan!
En sus ojos se instaló la locura, enroscándose alrededor de su fuego vital. Tiró de él. Se rascó el cráneo como si quisiera llegar al hueso. Tironeó de su piel como si desease arrancarse la máscara de mentiras que llevaba puesta. Balbuceó en varios idiomas, no todos humanos. Salió corriendo.
Ziz zag, luego una línea recta. Se chocó con un muro, incapaz de verlo. Luego empezó a palparlo. Arriba, abajo. Desesperado en su búsqueda.
—Los muertos... Los muertos no callan. Demasiadas voces, demasidas, demasidas...
Uno de los paneles cedió, se abrió un pasaje secreto. Axel se coló dentro. Cerró, aislado. Su propia tumba, su propia sala acolchada.
Trataron de seguirle, pulsar la combinación que abría esa puerta. No lo lograron. Al principio escucharon sus inconexas palabras y risas histéricas al otro lado. Luego nada. Se alejaba, se perdía.
—Ese tipo de conocimiento solo os traerá amargura y dolor y no todos podéis soportarlo.
La vieja Kassandra se habría quedado ahí. La nueva, atrajo la atención de Luna con su mirada de miel.
—Te lo advertí. Ahora somos uno menos. Más débiles. ¿Es justo el precio pagado por la recompensa obtenida? Habrá otros que sufran en silencio. Esa puerta es una herida abierta hacia sus miedos. Somos más débiles ahora.
Carla empezó a golpear el muro con ímpetu, como si rescatando a Axel pudiera traer una parte se si misma que le habían robado. La inocencia, la ignorancia. Había sido pervertida, como todos, ensuciada por una verdad glotona y obscena. Dejó de golpear, agotada, cuando el borde del escudo empezó a mellarse.
Ahora sabían la verdad. Pero el precio había sido uno de ellos.
Avanzo la historia. Primero, para mantener el ritmo. Segundo, porque me viene bien para dar salida de una forma más o menos gloriosa a Axel sin tener que cargármelo.
Tocado en una fibra sensible, ignorado en su pregunta si alguien a quien consideraba un compañero, o incluso un amigo, había muerto hizo que Nick no pudiera contener esta vez sus palabras.
—¿Lo sabes tu? Claro que no sé qué es, ¿Pero importa? Tampoco sé qué eres tú, incluso nosotros mismos... ¿Qué somos? Está claro que no somos nosotros, al menos no completamente o los mismos que eramos en un principio —estaba tenso, sus manos empuñadas a cada lado, temblando. No era difícil ver qué no era alguien acostumbrado a dejar traslucir sus sentimientos—. Yo morí, Kassandra. ¡Morí! Es una de las pocas cosas que recuerdo. ¡Toda mi tripulación murió para detener a esa Ča... Bruja! ¡La hicimos volar por los aires y volamos con ella!
Respiró hondo, reiteradamente. Ajeno a la danza entre Gen, Luna y Carla.
—Y sí puede que haya renegado de ti en un principio, pero deber reconocer que no eras muy útil que digamos. Pero nos has ayudado y creo que ya puedo confiar en ti. Pero eso no significa que te rinda adoración. No se trata de eso..., se trata de....
Calló. Años de instinto y condicionamiento tirando de los hilos de su psiquis hacía las planchas que poco a poco comenzaban a retirarse una tras otra. Aunque hubiera querido ignorarla no habría podido, menos tras atisbar lo que había detrás de aquella ventana.
—Una esfera de Dyson... —masculló. Su ansiedad y su rabia (e incluso su preocupación por Leviathan) habían desaparecido de golpe. Caminó como un zombie hacia aquella claraboya para observar el cosmos del otro lado. Se volteó para mirar a Kassandra un segundo —, ¿Qué estrella es... ¿Cómo se llama?... ¿Cómo yo la habría llamado?
No sabía si podría apartar la vista de tal portento de la ingeniería. Un recolector de energía, creado para aprovechar al cien por ciento la energía de una estrella.
—No está completo... ¿Por qué? —preguntó está vez sin voltear. Buscó en el vacío algo en movimiento aunque era conciente que, por las distancias, bien podría ser imposible.
—Es preciosa... Nosotros no podríamos haberla construido. Apenas podíamos llegar a la nube de Oort...
Fue el grito de Ax3l el que lo sacó de su ensimismamiento. No solo afuera, sino dentro de su propia cabeza, como aquella vez que me había escuchado en la celda/habitación de la fortaleza. Nick se llevó ambas manos a la sien tratando de contener el dolor. Para cuándo pudo, Ax3l ya no estaba con ellos.
Nick corrió, desde la ventana hacia el lugar donde Ax3l había desaparecido. Dónde Carla golpeaba con el escudo y Gen con las manos. Se tropezó un par de veces y cuando llegó, intentó empujar a Carla a un lado solo para rebotar en su cuerpo y caer al suelo una vez más.
—Dame espacio, dame espacio, !Kurwa! ¡Dame espacio!
Si siquiera levantarse, palpó el metal buscando alguna hendidura, algún resquicio por dónde violar la maquina. Golpeó el metal con la vara que salió de su mano mientras tenía la oreja pegada a la superficie con desesperación.
Se levantó, la vara se convirtió en una barreta de gran tamaño que se esforzó en enterrar en algún resquicio. No encontró ninguno.
Se convirtió en una lanza que apenas horado la superficie..
Un martillo que apenas melló el metal.
Poco a poco, cambio a cambio, la desesperación fue dando paso a la aceptación. Al final fueron sus puños desnudos los que golpearon el metal inmutable. Mientas Gen se levantaba e iba a increpar a Kassandra, Nick se quedó de rodillas junto al suelo, la cabeza pegada al metal con los ojos cerrados.
Tirada oculta
Motivo: ¿Por qué la esfera no está completa? Parece abandonada? Destruida? En proceso? Veo alguna estructura distinta, alguna nave, algun sector que me haga pensar "allá es adónde debemos ir"?
Dificultad: 0
Habilidad: 13
Tirada: 1 3 4
Total: 3 +13 = 16 Éxito
Carla no le dejó pasar y ella no quiso empezar una pelea. Sus hombros cayeron abatidos conteniendo los segundos de su impaciencia porque si algo malo fuera a pasar, que fuera ya. A pesar de haberla ignorado se quedó cerca de Luna por si la necesitaba, por si entraba en aquella locura que decía Kassandra de la que caerían presos.
Intentó no mirar de frente a la ventana pero era imposible no captar lo que había al otro lado. Se removió inquieta, como si le estorbara la ropa, la piel que vestía, los principios que portaba y que egoístamente creía que eran los válidos. Los buenos.
Los gritos de Axel llegaron a ella, pero llegaron tarde. Él ya corría y aunque fue detrás no alcanzó la puerta a tiempo. Tal y cómo había pasado con Nick, alargó el brazo, estiró los dedos, pero solo se topó con el fin. Ahora era ella la que se había quedado al otro lado aporreando con los puños una pared que no volvería a abrirse. Ahora sabía lo que se había roto. Y su bebé también lo sentía por que se removía furioso en sus entrañas en forma de nauseas y arcadas violentas.
Pronto se le agotaron las fuerzas, pero le quedaron suficientes para mirar a Luna con rabia. Una rabia que no podía desfogar porque sabía que un escudo se interpondría entre ambas, siendo un combate injusto, cuanto menos. Así que se la tragó entera y dejó que anidara en su pecho de momento para liberarla cuando fuera necesario.
Con pasos más fuertes de los necesarios se acercó a la puerta que iban a cruzar. Desde allí miró a la elfa. - ¿Nos podemos preparar de alguna forma antes de cruzar? ¿Hay algo que nos de ventaja? Porque si no, cuanto antes crucemos, mejor - sus labios vocalizaban enfado, tristeza, frustración. No quería esos sentimientos para su hijo pero aquel lugar era lo que conseguía.
Desesperación
¿Qué eres?
¿Qué soy?
¿No me escuchaste? ¿Por qué duermes?
:[¿Por qué no haces nada para mantenerlas separadas?]:
Volvían las preguntas, una detrás de otra, agolpadas, en barrena, en cascada, en cuentagotas.
Ahora estás dormida. No tienes sueño ni pesadillas. Has estado durmiendo mucho tiempo y ahora has tenido una epifanía.
Se refería a lo que le llegaba del otro lado de la ventana. Una de ellas ya lo había predicho, pero no la entendieron, o no le hicieron caso, o el comentario pasó inadvertido. Tanto daba. Ahora tenía que reescribir cada una de las palabras. Ella consideraba que era necesario que abrieran la ventana. Supongo que por eso no se lo impidió a Luna. Es verdad que no contaba con Carla, pero, de haber querido, la habría sorteado.
"Ahora te vas a enterar" —recordó que una de sus compañeras de antes de ser vomitada por primera vez se lo susurró cuando después la asesinó. Nada tenía que ver con la ventana que abrió Luna, pero la primera impresión fue casi la misma.
Estás despierta porque has empezado a soñar este sueño.
Este sueño puede despertarte si no quieres dormir.
R·4040/S podía hacer algo para cambiar el mundo, pero no podía hacerlo. Debía mover sus pensamientos al mismo ritmo que se movían cuando soñaba, y ahora, con la ventana abierta, era imposible procesar los pensamientos. Dominaban las emociones. Sus neuronas se estaban derritiendo. Aunque no la entendieron, Impasse lo predijo.
Hay dos formas posibles de soñar: primero, como tú haces. Ya sabes cómo funciona tu cerebro —Impasse se pone otra vez más nerviosa—. Y luego, también hay otras maneras posibles de dormir despierta —R se agita—. Por ejemplo, si dices "está bien" o "estoy aquí" o "soy un sueño" o "alguien me ha soñado" o "alguien me está soñando" o "me estoy soñando", puedes estar en un sueño y soñar —la columna vertebral, a lo que llamamos ciempiés, se retorció—. Tuvo que ser muy doloroso.
Volvió la vista hacia Kassandra, hacia el silencio, hacia su arrogancia, hacia su perfección, hacia su necesidad.
¡La vida!
De repente, la vida se convierte en un sueño cuando la contempla, como si todo fuera real. Al principio no recuerda, no se acuerda del tiempo ni del lugar; luego ya casi nunca puede recordar cuándo fue la última vez.
Ahora estás ahí. Te acuerdas del viento.
El aire es tan frío… No recuerdo haber oído nada antes.
:[A veces me imagino al lago, durante la noche, bajo las estrellas negras]:
No es mi recuerdo ni es el sueño.
:[Me acuerdo del siguiente ciclo, cuando estábamos juntas sobre el firmamento de acero]:
Y entonces vi algo hermoso. Estaba allí para mí.
:[Era el reflejo de mi cara]:
Entonces comprendí quién era yo. Me parecía que había sido siempre quien había estado aquí conmigo.
Cuando él volvió, yo seguía estando muy lejos.
Ahora está ella.
:[Ella es quien está lejos]:
Yo soy yo.
PÚSTULAS DE TRISTEZA
:[No sé si te acuerdas de nuestro nombre]:
No he tenido ni idea sobre eso.
:[Cuando me acuerdo de ti —él, la columna, se ríe—... Me parece que tu voz suena diferente, pero me siento más cerca]:
Yo soy distinta; mi vida está llena de cosas nuevas, como la génesis al fallecer.
La visión de aquel fragmento del universo las estaba consumiendo. Era algo bueno, necesario. Ella estaba esperando a que se fusionaran, se fundieran y desaparecieran.
Es muy bonito cuando estás triste, o cuando tienes ganas de hacer algo por mí, por ti misma, o cuando estoy triste porque me das miedo.
:[Nunca ha habido nada especial, salvo un recuerdo vago de tus padres que han muerto durante tu enfermedad y están aquí desde hace mucho tiempo]:
A veces me olvidas del todo, de todo, excepto de ti misma.
:[Cuando estás enferma o deprimida, cuando has estado ausente, siempre estabas triste]:
En otras ocasiones no era así.
Ella volvió la mirada a Komburgo. Observó la mano —su mano y la de Kassandra— y la empujó. "Íbamos a morir todos", quiso decirle. "Cuando Luna miró por el rascacielos, íbamos a morir". Se había olvidado la boca y las palabras. Estaba todo escrito, pero primero tenía que cambiarles el nombre a todos y todas. De no hacerlo, seguirían siendo los mismos, y entonces, aunque fuéramos a morir, nunca moriremos.
Kassandra se desplegó, se abrió, y ella —no R ni Impasse— se sintió femenina. Y la espalda le crujió y las cienpatas le apretaron la carne y dejó de sentirse atractiva. Pero no volvió a sentirse como una probeta.
Aún no me queda ninguna.
:[Me paso horas enteras estudiando cosas nuevas. Ninguna me sirve de nada. Ni a mí ni a ninguna de nosotras ni a él.]:
SHAWNINGUS el SOMBRERERO
Se trata de una historia del arte. La voz se interrumpe al pronunciar la palabra "deseo" en su idioma natal. Para los otros es impronunciable. La historia del arte es siempre más antigua que cualquier otra cosa anterior. De hecho, todavía hay muchos otros aspectos del mismo arte en el mundo antiguo que desconocemos. Los maestros han sido muy listos para hacer eso: escribir con obras de arte sobre temas nuevos, o crear obras modernas sobre temas anteriores a la humanidad; incluso han llegado a escribir obras mejores que todavía no han sido creadas.
El tiempo es relativo, tanto como un nombre apropiado.
—Shibbat —le respondió a Nick, aunque no estuviera allí, aunque fuera Lilith la única que la fuera a escuchar, aunque la palabra hubiera salido desde las fosas nasales o las orejas o de los ojos o de los dedos de los pies.
La ventana estaba abierta y todos ellos muertos.
Ignorar la conversación entre Nick y Kassandra habría resultado imposible. Desde luego, Kyra se perdía en nombres y eventos que le eran totalmente desconocidos, pero había una verdad allí que resultaba difícil de ignorar. La muerte. Sí, ella misma había muerto, varias veces, en aquel condenado laberinto en el que se encontraban. Tan difícil de aceptar como era, lo sabía. Lo que resultaba un poco más sorpresivo era que Nick afirmaba haber muerto incluso antes de llegar allí. ¿Había sido así con todos ellos? Con apenas unos pocos recuerdos, era imposible de saber. Sí, quizás todos lo habían sospechado antes, porque nada tenía sentido. Se habían topado con gente que provenía claramente de épocas distintas. Se habían encontrado con tecnología que excedía cualquier conocimiento que ellos tuviesen. Criaturas extrañas, corredores imposiblemente largos, ausencia de hambre o sed, un frío que no era del todo físico. Las leyes de la naturaleza se habían retorcido tanto, que bien podían estar en un universo completamente distinto. Entonces, ¿Qué eran ellos? Kassandra afirmaba que no eran clones, incluso añadía que clonarlos habría sido más fácil. ¿Reconstrucciones? ¿Con qué fin? Si hacía falta alguien para abrir la última puerta, para recolectar todas las llaves ¿Por qué usarles a ellos?
Se sentía cada vez más perdida en ese pozo de pensamientos sin fin. Sin embargo, de alguna manera, estaba comenzando a encontrar algo de la convicción que le había faltado últimamente, si es que la palabra últimamente podía tener algún sentido dadas las circunstancias. Un pensamiento, suyo o de la Kyra original, si es que la Kyra original no era ella misma, comenzaba a imponerse sobre los demás. Tan solo importaba que, en aquel momento, en aquel instante, estaban vivos. Quería vivir. Quería que los demás viviesen. No importaba cuantas oportunidades les hubiesen concedido ya, volvía a sentir el impulso de seguir adelante, lo cual creaba un nuevo conflicto, porque seguía sin saber qué ocurriría cuando reuniesen todas las llaves.
Tan solo captó a Luna caminando al verla por el rabillo del ojo. Comprendió lo que quería hacer y comprendió los motivos por los que Gen le pedía que se detuviese, pero lo cierto es que estaba de acuerdo con la selenita. La verdad podía ser dolorosa, o podía quedarles demasiado grande, convirtiéndose en otro de esos galimatías cuya comprensión siempre se les iba a escapar. Aún así, sentía la necesidad de saber, de mirar más allá, de darle algo de sentido a todo cuanto estaba aconteciendo. Entonces lo vieron. La estrella, aprisionada, esclavizada. Un paso que muchos verían razonable en el empeño por expandirse, por controlar el universo, pero que al verlo dejaba la impresión de estar pervirtiendo lo más sagrado de la propia existencia. Kyra no era una mujer de ciencias. Tenía muy claras sus limitaciones, su falta de conocimiento, su dificultad para intentar entender las consecuencias de algo tan titánico en su escala correspondiente. Creía que todo ecosistema necesitaba cierto equilibrio que, de ser perturbado, tan solo podía traer muerte. Si toda la energía, luz y calor de la estrella era capturada, retenida y reutilizada, los planetas del sistema no podían alimentarse de ella, lo cual significaba el fin de la vida.
– Es… ¿Es el Sol? – Lo que estaban contemplando bien podía ser el final de toda la humanidad, sin importar el planeta donde se encontrasen asentadas las distintas sociedades. Una pequeña parte de ella, tan oscura como el vacío del espacio exterior, se alegraría si Venus se apagase sin dejar rastro. El resto de su ser se sentía horrorizado ante el pensamiento de estar contemplando lo que podía ser el fin de una infinidad de vidas, con sus sueños, sus miedos, sus ideas y sus proyectos. Mundos que de pronto se habían quedado sin futuro. E incluso si no era el Sol, la esfera podía estar causando esos mismos efectos en otras civilizaciones, o en otras formas de vida que ni siquiera tuviesen la comprensión para entender que estaban llegando a su fin. De un modo u otro, era horrible.
Todo ese conglomerado de ideas desapareció cuando escuchó los gritos de Axel. Tan solo pudieron contemplarlo mientras corría sin rumbo hasta encontrar fortuitamente una puerta que lo aisló del resto. Así, en un solo instante, lo habían perdido. Observó mientras sus compañeros golpeaban la pared, mientras Nick intentaba volver a abrir la puerta. Nada iba a funcionar. Se había ido. No era justo. No tenía que haber ocurrido así. ¿Por qué tenían que recibir semejante golpe? ¿Tan solo por osar mirar al universo? ¿Tan insignificantes eran que no merecían ni siquiera abrir los ojos?
Se acercó a Gen, quien ya estaba hablando de seguir adelante, y le posó la mano en el hombro. No tenía sentido ocultar que Gen acababa de perder más que los demás. Desde luego era dura y desde luego Kyra no tenía ni idea de qué decirle en esas circunstancias, pero pensó que quizás necesitase algo de calor humano, a fin de cuentas, lo único que podía ofrecerle. Una forma de decirle que estaba allí si necesitaba a alguien, porque sabía demasiado bien lo devastador que podía resultar el intentar enterrar los sentimientos solo para verse consumida por ellos.
– Gen tiene razón. Sigamos adelante, por favor. – No quería permanecer más tiempo en aquella tumba.
Gen dió un respingo al sentir el calor sobre su hombro. Un contacto insignificante para algunos, para otros un mundo de rechazo y para ella... Para ella el único paso que necesitaba para buscar el consuelo de su pérdida, para volverse y abrazarse con cierta desesperación a la pelirroja.
Había abrazado a muchos de allí, pero siempre para reconfortar, para animar, para consolar o simplemente para dar la bienvenida. Pero aquel abrazo fue diferente porque era ella quien anhelaba todo aquello para su corazón herido. Ahora era ella la niña perdida
Un mini post porque me ha encantado el de Kyra.
El de Shibbat también pero no me permite interaccionar con ella, xD
Morgan se miró las manos. Los brazos. Cerró y abrió los dedos, como para asegurarse de que todavía estaba en control. De algo.
Todo lo demás era un absoluto caos. Se encontraban en el medio de la nada. Del espacio. En un vesel alienígena y confuso, con reglas que no entendía, con escenarios que cambiaban. Hasta el tiempo se movía diferente. Los recuerdos escaseaban. Se miró el resto de sus tatuajes. Debían contar una historia. El Morgan que era antes había dibujado en su propia piel con algún significado, por más simple y vanal que fuese. Tal vez esos puntos simples que representaban lo poco que le quedaba fuera parte de lo que ahora era. Una creación de algún Frankenstein que lo había dejado inconcluso porque había encontrado otro pasatiempo o proyecto más interesante.
Axel se había ido hacía unos momentos. Superado por la locura, amplificada por sus implantes. Los demás parecían tan confusos como él.
- Ven -dijo acercandose a Shibbat, que antes fuera Impasse, o R, o quien fuese. Era por fuera lo que todos eran por dentro.
- Vamos a la siguiente puerta -dijo para ella y para todos. A ver que nos depara.
Hizo silencio, sopesando las opciones que tenían, los recursos. Ninguno.
- Si salimos vivos de esto me afeito la barba -dijo con y sin humor.
Una Esfera de Dyson..
No siento
la clase de admiración
que una ciudadana
criada en la feroz
tecnocracia lunar
debería sentir por las obras
de ingeniería extrema
Solo pavor informe.
Una nueva clase de horror
cósmico, en la que
la humanidad son accidentes
fortuitos, imperfecciones
microscópicas en los
planes energéticos de una
civilización clase III.
Incluso si hubiese diferentes
sensibilidades entre
los llamados "Padres".
Bandos que otorgan diferente
importancia a los
demás seres vivos,
la humanidad en su conjunto,
la escala del conocimiento humano,
el potencial de su futuro...
Una simple hebra de pensamiento
de seres que encapsulan estrellas
de forma rutinaria.
Las apagan, las consumen.
Oscurecen el cielo, desafiando
los eones, equiparándose a la vida
de los astros.
Para ellos, la humanidad no vale más que
una mancha de musgo sobre una
superficies hidropónica húmeda.
Enmudezco.
No soy incapaz de pensar en tales escalas,
pero eso mismo hace que una
oscura sensación de opresión
haga que me falte el aliento.
Nick trató de rescatar a Axel del sepulcro del metal en el que se había enterrado en vida. Todo su ingenio se mostró en la portentosa herramienta que cambiaba de forma y utilidad con solo el pensamiento. Ninguno de sus esfuerzos, a cada cual más desesperado, consiguió acercarse lo más mínimo a Axel. Estaba perdido.
Fue Carla quien colocó su mano sobre el hombro del ingeniero.
—Se ha ido. Este lugar es peligroso. Un pestañeo y todo cambia. Te engulle.
Lanzó una mirada cargada de significado, no a Nick, sino a Little John. Regresó junto con Luna sin atreverse a mirar por el ventanal, al universo, donde la verdad permanecía atorada en un lienzo de seda negra y diamantes.
Gen se quedó al otro lado. Abatida, con la rabia creciendo junto a la vida que llevaba dentro. Amor, bilis, ternura y necesidad, odio y fuerza. Secó sus lágrimas en el horno del dolor. Su fuego podía quemar, abrasar, desatar un incendio. Kassandra contemplaba la escena. Ella entendía, ella comprendía. El valor de una vida. De una conexión, de un nexo con la realidad, con otra alma sintiente, con la vida. Un puente cortado abruptamente.
—No podemos saber lo que esconden las puertas. El mundo está en constante cambio. La única certeza somos nosotros. Nuestra unión es nuestra fuerza. También nuestra identidad.
Sus ojos, si, esos ojos, los de ella, los de su hermana, miraron a Shibbat. Shabbat. Impasse. R.
—Quien puede definirse a sí mismo una y otra vez posee una ventaja en un mundo de certezas, pero también corre el riesgo de dejarse llevar por el caos si no encuentra un ancla.
Ellos eran el ancla.
Morgan se sintió abrumado. No lo demostró. Cobijó bajo a su ala a Shibbat. Luna molía pensamientos de insignificancia, aún sin comprender el juego de escalas en el que habían caído.
Se movieron. Esperar carecía de sentido. Le dieron la espalda a la verdad. Cargaron con ella. Sus hombros eran frágiles, de cristal, el peso los astilló nada más posarse allí. No se quitarían esa mancha de encima. No debían hacerlo. Kassandra la había considerado innecesaria. Ahora debían cargar con esa losa. Información, peligro, poder.
Con pasos desnudos y el rozar de la seda sobre su piel de satén, Kassandra les dirigió hasta la siguiente puerta.
No estaba acabada; le faltaba trabajo. No estaba abandonada. Parte de la esfera debía estar funcionando ya que carecía de generadores auxiliares o fuente de energía propias. La esfera era una ladrona. Si había mundos conectados a esa estrella, todos ellos sucumbirían cuando estuviera terminada. De hecho, por la ventana que quedaba, muchos de ellos debían haber notado ya aquel cambio. Despertar un día, alzar la vista al cielo y observar como tu estrella, esa constante en tu existencia, ahora tenía un panel que empezaba a rodearla.
El trabajo era fino, avanzado. Desde la distancia no podía apreciar aquella obra de arte. Monstruosa, horrible. Una bomba atómica a nivel solar. Un arma. ¿Y toda la energía? ¿Qué clase de maquinaria podría nutrirse del poder de una estrella, capaz de alimentar cientos de mundos? Su mente no podía trabajar a tales escalas sin patinar y caer en la locura. Abandonó esa línea de pensamiento, por precaución, por si encontraba una respuesta que encajase en todas sus cábalas. Quizás eso era lo que le había sucedido a Axel.
No había nada allí que pudiera ser su destino. La esfera no había sido concebida para ser habitada. Era una mina, un cepo para osos dejado atrás esperando atrapar una presa jugosa. No sentía una llamada, solo asco, una aberración. La ciencia, su ciencia, había sido manipulada, desviada para crear aquella esfera incompleta. Un muro entre la fuerza del universo, su origen primordial, el Big Bang, la Singularidad, y ellos mismos. Era una medida de control. Una forma de ampliar la Mazmorra.