Partida Rol por web

Nueva Orleans Nocturna

Precuela en el museo de arte

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01/12/2017, 23:35
-Narrador-

El Museo de Arte de Nueva Orleans (NOMA) es la institución de Bellas Artes más antigua de Nueva Orleans; se encuentra dentro de City Park, a poca distancia de la intersección de Carrolltown avenue y Explanade avenue. NOMA abrió el 16 de diciembre de 1911 con sólo nueve obras de arte; hoy en día, el museo alberga una impresionante colección permanente de casi 40.000 objetos.

La colección es conocida por sus extraordinarias fortalezas en el arte francés y americano: la fotografía, el vidrio y las antiguas obras africanas y japonesas continúa creciendo, convirtiendo a NOMA en uno de los mejores museos de arte en el sur de estados unidos.

Se hace especial hincapié en el impresionista francés Edgar Degas, quien pasó varios meses pintando y visitando a sus familiares en Nueva Orleans en el año 1870.

Recorre los tortuosos senderos a través del parque Sydney and Walda Besthoff Sculpture Garden. Este parque ajardinado de dos hectáreas, que está rodeado de pinos y robles centenarios, alberga más de 60 esculturas de todo el mundo. Coge una estera y únete a los lugareños en una de las clases de taichi o pilates que se imparten en el jardín. También se imparten clases de taichi en las galerías del museo. 

El museo se encuentra situado en el extremo meridional de City Park, el parque del centro de Nueva Orleans. El museo abre todos los días, excepto los lunes. También hay múltiples eventos y exposiciones nocturnas. La entrada a Sculpture Garden es gratuita y abre todos los días de la semana. Hay plazas de aparcamiento gratuitas y podrás llegar fácilmente en coche, taxi, bicicleta, autobús o el tranvía de la línea Canal Street Line.

Notas de juego

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02/12/2017, 04:47
Sebastian Crawford

El mundo se ve muy diferente bajo la luz de las farolas. Siempre me dio esa impresión, pero ahora que sé que nunca volveré a verlo bañado por la luz del sol, esa sensación cobra aún más fuerza. Hace unos años, mi vida cambió de un modo que nunca habría esperado. Unos años que se me antojan toda una eternidad. Cierro los ojos un instante, dejándome inundar por Nueva Orleans, expandiendo mis sentidos no humanos del modo que mi Sire me enseñó a hacerlo.

Un rumor confuso y caótico llega a mis oídos, el ir y venir del tráfico en Carrollton Avenue y Wisner Boulevard, y las voces de las almas que aún no han vuelto a la seguridad de sus hogares. Aquí y allí puedo capturar retazos de conversaciones perdidas, la sangre que impulsa el corazón de una ciudad viva. La canción de los insectos nocturnos, no obstante, es más fuerte, y golpea mis tímpanos con vehemencia. Asentando mis relucientes zapatos en el sucio asfalto, noto como la urbe me envía su latido a través de mis piernas.

Muy despacio, abro los ojos. Las luces de la ciudad, las de las ventanas que aún siguen encendidas y los faros de los vehículos lejanos, e incluso el cigarrillo de algún fumador ocasional, se presentan ante mí como bengalas ardientes en mitad de la noche. Mi visión perfora el manto de oscuridad que me arropa. Podría contar las hojas del césped que rodea el estanque escultórico que hay a unos diez metros de mí, y soy capaz de leer cómodamente la matrícula de un coche que está detenido junto a la acera a una gran distancia. Inspiro lentamente por la nariz, y un olor caliente y empalagoso, mezcla de muchos aromas y hedores, llena mi cabeza, aturdiéndome momentáneamente. Una brisa nocturna sopla en el parque, y siento el aire que corta mi cara como si fueran cuchillos.

Me doy la vuelta, y mis zapatos rechinan y resuenan con estridencia. Ante mí se impone uno de los mayores centros culturales de la ciudad: el Museo de Arte de Nueva Orleans, que alumbra la noche como una deslumbrante antorcha roja, magenta y dorada. Unos acordes musicales llegan a mí, antes incluso de empezar a subir los escalones para volver a entrar en el lugar después de mi momentáneo respiro. La suave música del saxofón, los clarinetes y los instrumentos de percusión fluctúa por el aire nocturno como una brisa embriagadora, atrapando mis oídos y entrando directamente en mi alma, como si una mano invisible tocara mi corazón y lo apretara en un intento de insuflarle vida. Las notas resuenan por todo mi ser, llenándome de un embeleso que envía oleadas eléctricas a mi sistema nervioso muerto.

Con un último sorbo del aire de la noche, cruzo el umbral del edificio. Cierro los ojos y dejo que la cadencia de la música me lleve, añorando mis días mortales. Junto a la escalinata del vestíbulo, que conduce al nivel superior del museo, una pequeña banda de jazz ameniza la velada. El retumbar de la batería hace vibrar mis huesos al son de la música, en la que paladeo una cualidad casi narcótica que adormece los sentidos, apagándolos en una nube de consumismo conformista. Los míos, no obstante, están más despiertos que nunca. Abro los ojos y examino el movimiento de la gente que continúa en el museo a estas tardías horas, moviéndose en espiral como las abejas de una colmena, arremolinándose en una veta de color disperso en un vaso de agua. Huelo la sangre en ellos. Una dolorosa sequedad inunda mi estómago y llega a mi boca, que se abre involuntariamente, como la de un pez que se ahogase fuera del agua. Estos cuerpos calientes a mi alrededor, ajenos al depredador que los ronda, no hacen sino acrecentar ese doloroso vacío, ese vitriolo que se derrama por mi garganta. Sus corazones, atronadores, laten al unísono junto a la música, golpeando mis tímpanos, creando una polifonía que da una textura extática a la noche. Blanco, dorado, negro… Cierro de nuevo los ojos, dejándome inundar de su olor: sudor, sexo… y sangre. El olor de la noche.

Casi sin darme cuenta, empiezo a moverme entre la gente. Me desplazo con precisión, haciendo ondular ligeramente mi cuerpo al vibrante ritmo de la cada vez mayor concentración de gente que se arracima alrededor de la banda musical, fundiéndome con ellos en un baile sutil y sinuoso, a pesar de que lo único que estoy haciendo es caminar. Incluso yo me sorprendo ante la facilidad con la que me escurro entre la aglomeración de personas, llegando al otro lado de la estancia. La anticipación me hace sonreír. Hoy tomaré un bocado exquisito, pero todavía no. La noche es joven, y aún tengo muchas obras que ver antes de que el NOMA cierre sus puertas. De modo que subo por las escaleras a las galerías superiores, con una extraña sensación casi eléctrica acariciando la base de mi cuello.

¿Acaso esta noche me depara algo especial?

Notas de juego

¡Hecho! He tardado, pero aquí está lo prometido. Señorita Blake, su turno ;).

P.D.: Evidentemente, he activado Auspex 1: Sentidos Agudizados XD.

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03/12/2017, 03:40
Angélica Blake

Había pasado más de dos horas vagando por la ciudad. Un paseo sereno por Garden District amparada por la niebla densa y las sombras sinuosas de los viejos árboles había derivado en un peregrinaje que me había llevado por el cementerio de Lafayette, el Barrio Francés y que había terminado en el Museo de Arte. Ahora mis pasos resonaban por el amplio pasillo disfrutando del repiquetear de mis tacos en el piso lustrado, si alguien con el ojo entrenado hubiera querido mirar mi reflejo en el suelo no hubiera encontrado ninguno. Sin embargo, los mortales, tan aficionados al arte de ignorar lo extraño, ni siquiera lo notaban.

Había cierta morbosa satisfacción en enrostrarles mi degenerada y oscura naturaleza y salir impune. Sonreí mientras me internaba en una galería con el piso de madera para ver los cuadros expuestos en esa ala del museo. Una pareja pasó junto a mí y captó mi atención: pensé para mis adentros qué fácil sería para mí separarlos y convertilos en mis esclavos; los vástagos tenemos especial talento para provocar tragedias. Y, sin embargo, la sola idea de lidiar con llantos y súplicas me resultaba tediosa.

La belleza que me rodeaba me interpelaba. La belleza viva, la belleza dinámica, la belleza inmóvil. La belleza que es una cruel amante, el corazón del poeta, ocaso y medianoche. Aquella era una noche especial para mí, tanto tiempo había pasado... Qué irónico era que yo fuera la única que la recordara. Esta noche, pero años atrás, había sido la noche en la que él había venido por mí, la noche en la que toda mi vida había cambiado para siempre, la noche en que había conocido la pasión más arrebatadora y el horror más profundo.

Quizás por eso me encontraba atrapada en mis pensamientos en otros momentos, en otros lugares. Desde la planta inferior subía una música del demonio que me hacía creer escuchar voces de tanto en tanto y me sacaba de mis ensoñaciones, mientras tanto el murmullo de la gran ciudad zumbaba en mis oídos como si me encontrara en una colmena gigante e impoluta, un ruido de fondo perenne como el paso perezoso del Mississippi.

Me encontraba a mitad del pasillo vacío cuando vi que un hombre terminaba de subir las escaleras y me detuve en mi lugar porque lo reconocí al instante; un momento de duda atravesó mi ser mientras me obligaba a continuar caminando sin cambiar el rumbo: hubiera sido muy obvio si lo hacía y nada cortés, mis pasos demarcaban el ritmo de mi pensamiento y estrategia. A medida que me acercaba fui esbozando una sonrisa sutil en mis labios carmesí y cuando ya la distancia fue casi inexistente musité -Buenas noches. Diría "qué casualidad" pero la casualidad no existe.

Notas de juego

Quería hacer un post más elaborado pero este fin de semana estoy con miles de cosas y no quise retrasar más la respuesta, espero estar a la altura, o por lo menos cerca xD
 

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04/12/2017, 04:44
Sebastian Crawford

El sonido rítmico e insistente de unos tacones de aguja llega a mí desde la galería de la planta superior, que es precisamente a donde me dirijo. Trato de imaginar cómo será la mujer que camina ociosamente sobre ellos, como entreteniéndose en cada paso antes de dar el siguiente, pero no tardo en descubrirlo: en cuanto alcanzo la cima de las escaleras, mi mirada se encuentra con la de una dama exquisitamente vestida cuya piel, de la tonalidad del marfil, parece atrapar la luz y reflejarla con la blancura suave de una piedra de talco. Su cabello, de un rico y profundo negro, enmarca su atractivo rostro y le cae en ondas hasta los hombros, dándole el esplendor congelado en el tiempo de una diva de los años cuarenta. Las comisuras de sus labios están casi imperceptiblemente curvadas en una sonrisa que podría haber sido amigable; pero, sin saber por qué, al verla no puedo evitar pensar en todos los ojos que jamás debería haber mirado, en todas las puertas que nunca debería haber cruzado. Quizá sea eso lo que más me atrae de ella, arrastrándome como la llama a la polilla. Su acento inglés cuando me saluda con una frase cordial, aunque cargada de cierta ironía disimulada, tintinea como música en mis oídos. La reconozco al instante.

Es Angélica Blake, otra de los Vástagos.

Aunque hemos coincidido más de una vez en el Elíseo de la ciudad, nunca había tenido el placer de hablar con ella, y debo admitir que desde la escasa distancia que nos separa ahora, su imagen resulta si cabe más notable. Mi Sire, Alan, me ha hablado de ella en alguna ocasión, pero pocas cosas he sacado en claro aparte de su nombre y algún que otro chismorreo que más me suena a leyenda que a otra cosa. Lo que está claro es que el misterio parece rodear a la señorita Blake, negándose a ser desvelado. Y mira por dónde, esta noche me ha regalado la oportunidad de empezar a descifrar el enigma. Una sonrisa encantadora se dibuja en mi rostro.

Señorita Blake, qué agradable sorpresa —respondo al saludo de la mujer con un cumplido de voz templada y suave, casi sedante—. Entonces usted también cree en el Destino, ¿me equivoco? Qué idea tan romántica. Algunos dirían que nuestra presencia aquí se debe sin duda a la maniobra de alguno de los poderes ocultos que mueven los hilos, pero de ser así, le ruego que esta velada finjamos ser libres. —río con complicidad. Ladeando el cuerpo, hago un sutil gesto con el brazo para indicarle que le cedo el paso, mirándola con mis intensamente azules ojos—. Me llamo Sebastian Crawford. Es un placer conocerla al fin. Por favor, ¿me permitiría acompañarla? He oído que en el jardín puede verse una de las arañas de Louise Bourgeois.

Notas de juego

¿Cómo que «estar a la altura»? ¡Pero si escribes de fábula! Madre mía, estoy intimidado O_O.

Una cosa: como no quiero dar por sentada ninguna de tus decisiones, he preferido no poner todavía que salimos al jardín ni nada de eso, por si te negases o tuvieses otra sugerencia. En cualquier caso, en tu próximo post puedes asumir que acepto cualquier ofrecimiento razonable, ya vayamos a ver la obra de Louise Bourgeois o cualquier otra cosa que propongas ;).

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07/12/2017, 16:13
Angélica Blake

El silencio inmutable del museo da paso a las palabras de mi inesperada compañía que, como una fuente, brotan a un ritmo y tonalidad agradable y fluida. Amplío mi sonrisa, las secuencias de información me hacen parpadear ligeramente mientras absorbo y analizo cada inflexión y gesto. Descubro que su acento británico me trae una imperdonable añoranza de un hogar que ya no lo es y perdida en la conclusión de que mi humanidad es más fuerte de lo que pensaba, a pesar de los años, me quedo muda unos instantes hasta que respondo alzando las cejas -Veo que mi fama me precede, un placer señor Crawford - devuelvo el saludo, luego me tomo unos segundos antes de proseguir: -Poderes ocultos... A veces los sires juegan a ser las moiras, ¿verdad? -inquiero retóricamente y entrecierro los ojos al tiempo que enfatizo mis palabras -Puede llamarme romántica si lo desea, personalmente prefiero esa concepción a creer que he sido arrastrada a esta no-vida sin razón -me explico con cortesía -Es bueno saber que usted la comparte, aunque no esperaba otra cosa siendo usted un hijo de la rosa* -musité.

Miro su mano que me cede el paso, luego sus ojos de azul cobalto y puedo sentir cómo en el horizonte invisible que nos separa se juntan su mar y mi cielo encapotado. Asiento lentamente, con mi cabeza y con mi voz -Puede acompañarme, percibo en nuestro futuro una conversación interesante, muéstreme esa araña -aseguro y me dejo guiar, en verdad ya las había visto pero él no tenía por qué saberlo y quería obtener una impresión de su pensamiento y parecer. -Aunque deberíamos tener cuidado, son muy inteligentes y dicen que una vez que sea cae en su telaraña... es difícil salir -sonrío con una pizca de maldad.

Su manera de caminar posee el encanto de la danza, que obviamente, aún gravita en sus extremidades. Pareciera que su cuerpo hiciera gala de su memoria musical y avanza con pasos llevados por un ritmo que es inaudible al resto de los que lo contemplamos pero que nos subyuga en su cadencia y que podemos adivinar por el giro de sus manos, la rectitud de sus hombros y la elegancia de su postura. Inmediatamente suena una alarma en mi interior y me doy cuenta de que este vástago es peligroso para mí, aunque su amenaza no es predadora y violenta, no es aquella de la que nos alerta el instinto, si no que está ligada a sensaciones y recuerdos anclados en las recámaras más profundas de mi ser.

Notas de juego

*Doy por asumido que en las veces que te he visto en el elíseo he visto también a tu sire y por lo tanto, sé cuál es tu clan. Si no estás de acuerdo lo cambio.

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08/12/2017, 04:21
Sebastian Crawford

Complacido, compruebo que la elocuencia de la señorita Blake está a la altura de su buen gusto estético. Su discurso está sazonado nuevamente por un comedido sarcasmo, cosa que aprecio en todo conversador.

Ah, pero tiene que haber un motivo para todo, ¿verdad? —pregunto pausadamente, mis cejas enarcadas reflejando las de ella—. Y usted puede llamarme ingenuo a mí, pero las mentes inquietas necesitamos creer que todo pasa por algo. Si algunas de las cosas tan terribles que suceden lo hicieran solamente por capricho del azar, se me partiría el alma. Pero entonces, ¿existe un plan divino? —Vuelvo a sonreír, y mis ojos se convierten en dos ranuras del color del zafiro. Meneo suavemente la cabeza a un lado y a otro—. Creo que aún no me siento preparado para que abordemos esas cuestiones. A fin de cuentas, solo sé su nombre.

Adoro la emoción de los galanteos iniciales, y más cuando mi voz interior me susurra que conocer a alguien puede ser peligroso. Nunca he podido evitarlo. Algunos dirían que soy adicto al riesgo, otros me acusarían de poseer una personalidad autodestructiva. Pero lo cierto es que disfruto de la momentánea sensación de ingravidez que precede a la caída, y encuentro algo profundamente bello en la irracionalidad de entregarme a aquello que podría llevarme a la perdición. Es como renunciar a uno mismo, dejando atrás todos los miedos. Eso es lo que pasa por mi mente mientras Angélica parece estarme estudiando, midiendo. Finalmente, acepta mi invitación de acompañarla al jardín. Mi sonrisa se ensancha cuando oigo su último comentario acerca de lo peligroso que puede ser caer en telarañas.

Un momento. ¿Estamos hablando de arañas? —río gentilmente, con una picardía maliciosa—. Tendré en cuenta su consejo.

Bajamos por las escaleras y cruzamos el vestíbulo principal como dos estrellas de cine fingiendo no querer ser reconocidas. Camino con elegante altivez, con el mentón ligeramente levantado, apuntando hacia el frente. Puedo sentir claramente los ojos que se vuelven para mirarnos, las mentes que se preguntan quiénes somos y cómo es posible que no nos hayan visto hasta ahora. Me invade un torrente de sensaciones de euforia y embeleso, que no permito que se filtren a mi rostro, convenientemente inexpresivo. Mi mirada se encuentra momentáneamente con otra, procedente de alguna cara a la que ni siquiera me molesto en prestar atención. Cuando aparto mis ojos, casi puedo oír el sonido de su corazón al romperse en mil pedazos a cámara lenta. Que sueñen.

El Jardín Escultórico Sydney and Walda Besthoff, que se encuentra adyacente a la estructura principal del museo, está prácticamente desierto a estas horas. Pocas son las personas que recorren sus sinuosos senderos bajo el manto de la oscuridad, sin saber que hay otras cosas con las que comparten la noche. Afortunadamente para ellos, hoy esas cosas parecen más interesadas en admirar las obras de arte que decoran el amplio y fosco espacio ajardinado que en darse un festín con su sangre. De todas ellas, la que sin duda más curiosidad me despertaba era la famosa Araña de Louise Bourgeois, y desde luego no defrauda mis expectativas. Las ocho extremidades de la enorme aunque estilizada escultura negra, similares a afiladas hojas de espadas que hubiesen sido parcialmente fundidas y modeladas por las manos de un loco, tienen tal movimiento que parece como si la cosa fuese a cobrar vida en cualquier momento. Hay una cualidad marcadamente violenta en la postura agazapada del arácnido, pero no veo agresión, sino defensa. Veo un miedo primordial y abyecto en la escultura, quizá proyectado de forma consciente por la autora.

Examino la criatura desde todos sus ángulos, sin prisa, rodeándola con pasos lentos y cadenciosos, e incluso paso entre sus patas para contemplar la parte inferior del vientre. Sonrío al regresar nuevamente junto a la señorita Blake.

Mamá —digo de repente, haciendo un nuevo gesto con mis cejas—. Tiene gracia que Louise llamase así a una de sus arañas más grandes y aterradoras en honor a su propia madre… No es esta, cierto, pero al mirarla no puedo evitar ver también a una madre protegiendo a sus crías. Las crías son elípticas, claro. Uno tiene que imaginárselas. —Me vuelvo para recorrer otra vez la escultura con mi vista, apreciando nuevos matices en el metal, sensual y deformado como si fuese arcilla—. Debía de tener una relación peculiar con su madre. Aunque, en fin, ¿quiénes somos nosotros para juzgar? Las relaciones paternofiliales de los Vástagos tampoco están exentas de sus particularidades.

Mis ojos vuelven a pertenecer a Angélica. Estoy deseoso de saber más cosas de ella, de que me cuente alguno de sus secretos.

Notas de juego

No, no, es perfecto. Alan Thompson, mi Sire, es un Toreador reconocido, y se siente orgulloso del Clan al que pertenece. Por lo tanto, es perfectamente posible (y más que probable) que conozcas mi linaje :).

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11/12/2017, 15:48
Angélica Blake

—Pero entonces, ¿existe un plan divino? —Vuelvo a sonreír, y mis ojos se convierten en dos ranuras del color del zafiro. Meneo suavemente la cabeza a un lado y a otro—. Creo que aún no me siento preparado para que abordemos esas cuestiones. A fin de cuentas, solo sé su nombre.

-En efecto, tenemos tiempo de sobra para volver a plantearnos esa pregunta -alegué con ironía y sonreí veladamente mientras cruzábamos el vestíbulo con las miradas encima nuestro, me puse unos anteojos de sol de vidrios violetas y montura dorada y eché mi cabello hacia un costado indolente solo para seguir el juego de las estrellas que desean pasar desapercibidas que estábamos jugando. Me estaba divirtiendo a lo grande, una de las maravillas de los chiquillos es que no pierden tan inmediatamente la frescura, salvo los ventrues; esos nacen muertos por dentro.

El aire de la noche era gentil y susurraba entre las ramas de los añosos y nudosos árboles del paseo a nuestro paso, traía un poco de río y un poco de verano en su estela junto con resabios de la música que parecía resonar en todas partes como un eco del suspiro cansado de la ciudad. Al llegar a la araña me asombró que no estuviera más iluminada, pero en definitiva, mejor para nosotros, los amantes de la noche.

Mis ojos lo contemplaron mientras examinaba concienzudamente la obra desde varias perspectivas, merodeándola como si fuera un presa, engulliéndola con su mirada inquisitiva. Cuando regresó a mí me dio un ataque de risa cuando dijo "mamá", y es que por más que me explicara luego que la autora puso ese nombre a una de sus obras el hecho de que él pensara en ello me hizo mucha gracia, me moría por preguntarle por su madre mortal, de seguro que su recuerdo estaba bien fresco en su mente.

Soy una vástago que no teme reírse de un buen chiste, al contrario de otros viejos y mi risa llenó el silencio nocturno que parecía rodearnos como una burbuja. Suspiré largamente y miré en derredor con disimulo constatando que no había humanos cerca; de todos modos la oscuridad nos amparaba.

-¿Y por qué imaginarlas? -inquirí con un destello de malevolencia, me acerqué a la escultura y la toqué, sintiendo el frío voluptuoso del metal en mis dedos, más fríos aún. De entre las sombras de los árboles a nuestro alrededor comenzaron a surgir arañas pequeñas, del tamaño de un puño, que colgaban de sus telarañas sobre nuestras cabezas y bajaban al suelo en dirección a mí, o mejor dicho, a su madre.

Colmaban el piso de césped y subían por las patas de la escultura, una mano mía permanecía contra el metal y la otra formaba un nido, como cuando se tiene a un niño en brazos, y hacia allí iban a dar todas las pequeñas arañitas hasta que tuve el regazo lleno. Luego, las sombras mutaron a la forma de un gato negro que acaricié relajadamente mientras me acercaba a mi acompañante caminando lentamente, sonreí ante sus últimas palabras aunque no sin cierta tristeza -Me pregunto qué diría Freud de lo que acaba de decir... -bromeo sobre todo para sobreponerme de la punzada en el pecho que sentía cada vez que el recuerdo de mi sire volvía invocado por alguien que no era yo. Cerré los ojos lentamente para volverlos a abrir y mirarlo directamente -Puedo asegurarle que mi relación con mi sire no fue paterno-filial, si no más bien de maestro-aprendiz. Jamás la catalogaría de paternal. ¿Y la suya?

Notas de juego

- 1 PS

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13/12/2017, 04:16
Sebastian Crawford

La risa de mi acompañante me sorprende por su espontaneidad. Si lo que he oído es cierto, la señorita Blake cuenta muchas décadas a sus espaldas, tal vez un siglo, tal vez incluso más. Siempre había pensado que el peso de los años acababa convirtiendo a los nuestros en viejos carcamales amargados, impostados y pagados de sí mismos. Me alegra comprobar que no siempre tiene por qué ser así, y me da cierta esperanza, por si algún día yo mismo llegase a alcanzar tan venerable edad… Cosa que francamente me cuesta imaginar.

Mis ojos se encogen ligeramente cuando lo que en un principio tomo por arañas de buen tamaño empiezan a descender por decenas desde las copas de los árboles, en un silencio denso y pegajoso como la brea. Las innumerables criaturas se arraciman en el suelo, correteando ingrávidas, sin emitir ni un solo sonido. Es entonces cuando me doy cuenta de que no son arañas reales, sino sombras con la forma de estos animales. Estupefacto, con la sonrisa congelada en su sitio, contemplo cómo los seres espectrales se encaraman sobre la señorita Blake, danzando hasta acomodarse entre sus brazos, momento en que se funden para convertirse en el espejismo de un gato negro. En ese instante, mi fascinación por la mujer no podría ser mayor. Después de unos segundos de desconcierto, prorrumpo en un genuino aplauso, como quien acaba de ver un fabuloso espectáculo de sombras chinescas. De modo que era cierto: Angélica Blake es una de los Lasombra. Imagino que, como mi Sire me aconsejó, debería temerla.

Bravo —la felicito con una sonrisa complacida—. Ha conseguido usted sorprenderme. Nunca había visto nada parecido. Vaya, me temo que ahora estoy en desventaja; tendré que pensar en alguna manera de asombrarla a usted.

Blake toma el cabo de mi inocuo comentario acerca de las a menudo complejas relaciones entre Sire y Chiquillo, lanzando al aire un pequeño apunte acerca de su propia experiencia para, seguidamente, preguntar por la mía. Sonrío nuevamente, aunque esta vez, la curva de mis labios no deja adivinar qué está pasando por mi mente.

Complicada —respondo en un suspiro—. Alan es muchas cosas para mí. Supongo que no termina de corresponderse con ninguna relación afectiva o de parentesco que las palabras convencionales puedan definir. Padre, maestro, amante, dueño…«Verdugo». Mis ojos cerúleos están firmemente clavados en los abismos insondables de Angélica, sin reflejar ninguna emoción—. Ninguna de esas cosas exactamente, y al mismo tiempo, mucho más. Como le digo, no se puede explicar con palabras; solo la Sangre puede hacerlo. Alan sonríe y después golpea. Su generosidad acaricia, su desprecio flagela. Y sin embargo, le estaré eternamente agradecido por haberme convertido en alguien. —Lo veo ante mí, y siento vértigo, como si fuese a caer dentro de su vacío infinito. De pronto, mi expresión se suaviza, y la oscuridad desaparece de mi mirada. Por tercera vez, sonrío—. Ah, pero, ¿acaso no es así siempre, para todos nosotros?

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28/12/2017, 03:31
Angélica Blake

Su aplauso me arranca una sonrisa salvaje y me inclino haciendo una reverencia como hacen los artistas en el escenario. Debo reconocer que su respuesta a mi demostración me ha encantado, si hubiera sentido el miedo que todos solían demostrar hubiera estado muy decepcionada; pienso en hacerle un comentario sobre cómo podría sorprenderme pero me lo reservo para otra ocasión.

Mi atención se centra ahora en su respuesta y mis ojos observan atentamente sus gestos y su dicción, la forma en la que sus cejas se mueven y su barba acompaña la piel debajo. Qué extrañas criaturas somos. -Por supuesto que es complicada -le doy la razón -Amamos y odiamos a aquel ser que nos ha dado la muerte y la vida -sentencio. Escucho sus últimas palabras sin poder esconder mi asombro -Oh, pero usted ya era alguien, señor Crawford -afirmo -No entiendo en qué sentido está diciendo estas palabras -confieso. Y suspiro largamente antes de decir -Debo confesar que lo conocía de antes, había visto su video por Internet, ese en el que bailaba tan espectacularmente... -lo miro de reojo, pícara -Casi que odio a su Sire por convertirlo en uno de nosotros -susurro sensualmente como quien dice una herejía y hace una propuesta indecente al mismo tiempo -Pero de otra manera... No estaríamos aquí.

Dejo que saboree mis palabras y continúo caminando lentamente esperando que se una a mí -¿Sabe cómo los lasombra eligen a sus chiquillos? Algunos aseguran que ven un haz de oscuridad primigenia en los ojos de sus elegidos, pero esa es la versión romántica. Lo cierto es que en el mejor de los casos arrebatan de su futuro chiquillo todo aquello que este pudiera amar, en el peor... Lo obligan a destruir lo que ama con sus propias manos.

Notas de juego

Perdón por la tardanza!

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28/12/2017, 22:05
Sebastian Crawford

Escucho a la señorita Blake con una sonrisa plácida, relajada. Lo cierto es me encanta compartir este rato con una persona a la que tanto la vida como la no-vida han dotado de tanta sabiduría; no de la que se obtiene leyendo libros, sino de la que se consigue bebiendo a sorbos las experiencias y las sensaciones que el mundo va ofreciéndole a uno. Me sorprende y al mismo tiempo me produce cierto pudor cuando Angélica reconoce haber visto aquel vídeo que grabé hace ya varios años. Niego con la cabeza, sonriente.

Lo siento —me disculpo—. Cuando he dicho que mi Sire me convirtió en alguien, realmente debería haber dicho que me hizo quien siempre había deseado ser. Me ayudó a encontrarme a mí mismo, a ser todo lo que podía ser. Ese es el motivo por el cual le estoy agradecido.

La revelación que me hace a continuación se me hace un tanto siniestra. Lo cierto es que no deseo pensar en mucha profundidad en las implicaciones que podría tener su confesión.

Ay, pero eso es una equivocación —afirmo, con una leve arruga de consternación en la frente—. Por mucho que desaparezca todo aquello que creemos amar, sea quien sea el artífice de tal desaparición, la vida siempre nos traerá nuevas cosas y personas a las que amar. —Mis ojos la miran con intención, tratando de hacerle comprender—. No importa lo vacía que creamos nuestra existencia, pues en el momento más oscuro, siempre puede aparecer una nueva luz. —Sonrío, como burlándome de mis propias palabras—. Ya le he dicho que soy un romántico.

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08/01/2018, 18:53
Angélica Blake

Aspiro fuertemente por la nariz sintiendo cómo el aire entra agrandando mis fosas nasales hacia mis pulmones y los llena, mi espalda está erguida y algo tensa, parpadeo un par de veces y finalmente me relajo con una sonrisa que es como la que uno le dedica a los niños, el pensamiento de mi maestro me había llenado por unos instantes y muy en lo profundo lo eché de menos, aunque me aborreciera por ello, el torbellino de su recuerdo me había envuelto y la presencia de Sebastian me había servido de ancla a este mundo -Vaya manera de encontrarse a sí mismo -musito tanto para él y también mucho más íntimamente para mí.

-Por supuesto que siempre aparecen nuevos objetos y sujetos para amar -me encojo de hombros -El ser humano no puede evitarlo y nosotros tenemos, algunos más que otros -lo miro cómplice -Nuestra estela humana -lo miro y me doy cuenta de que no ha comprendido todos los matices de lo que he dicho. Por supuesto que se puede amar a alguien nuevo, pero no será esa misma persona que has matado, nada va a traerme a los que han sido atrapados por la muerte de vuelta, ni los vivos ni los no-vivos.

Miro mis manos y por unos instantes las veo cubiertas de sangre como aquella noche, luego instintivamente toco el guardapelo que llevo al cuello que dentro tiene las fotografías de mis hijos. Levanto la vista y lo miro de lado -Habla usted como un chiquillo -suelto sin pensar, amplío mi sonrisa y siento la necesidad de explicarme -No es para ofenderlo, me encanta esa ingenuidad que tiene con respecto a su nueva no-vida - y a su maestro, el amor... -Quiero decir, es palpable que ha comenzado hace poco esta senda. Si dentro de 200 años piensa igual déjeme darle un beso de felicitaciones -camino hacia la sombra de unos árboles buscando la protección de su abrazo y su manto hasta que solo mis ojos se ven en la oscuridad -¿Y qué piensa de nosotros? -pregunto curiosa -Me refiero a la estirpe.

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09/01/2018, 01:26
Sebastian Crawford

Mi sensibilidad me permite apreciar todas las sutilezas del lenguaje no verbal de Angélica. La inquietud provocada por los recuerdos, la turbación que nubla sus ojos, el modo en que mira instintivamente sus manos. No me equivocaba. Mis impresiones al escuchar su revelación a medias han sido certeras. La no-vida de Angélica dio comienzo con un episodio verdaderamente oscuro, turbio; uno que, aun cien o doscientos años después, todavía la persigue en su sueño diurno. No la envidio. Enarco una ceja cuando elogia mi ingenuidad.

En mi vida me han llamado muchas cosas, pero desde luego, jamás ingenuo. Le doy las gracias por la amable visión que tiene de mí, aunque yo creo que la palabra «inconformista» me describiría mejor. —Introduzco una de mis manos en un bolsillo mientras miro a la señora Baker con los ojos entornados, como si fuese un enigma que intentase descifrar—. Créame, soy dolorosamente consciente de cómo son las cosas. Pero no pienso que haga ningún daño querer que sean diferentes, o siquiera fingir que existe la posibilidad de que lo sean. Aunque solo sea en la mente de uno. ¿Recuerda lo que le he pedido antes, cuando nos hemos encontrado en las escaleras? «Por favor, finjamos ser libres».

Sonriendo, aparto la mirada mientras ladeo la cabeza de un modo arrebatador, como si me produjesen pudor las palabras que acabo de decir. Luego, mis ojos la siguen cuando se refugia bajo las sombras de los árboles. Ciertamente, Angélica es una criatura de oscuridad, de una oscuridad peligrosa, pero por más que siento que debería, no consigo albergar ningún temor hacia ella. La miro, sonriendo, imaginándome yendo tras ella en su felino paseo bajo los árboles, aunque permanezco inmóvil. Me pregunta mi opinión acerca de los Vástagos.

Bueno, no puedo decir que me guste generalizar, porque es obvio que existen muchas diferencias entre individuos… —Frunzo los labios, inclinando la cabeza a un lado y a otro mientras mis ojos miran al cielo—. Si me hubiese hecho esa pregunta hace unos años, cuando acababa de ser Abrazado, le habría respondido que somos monstruos abominables y aterradores, hasta el último de nosotros. Pero de todo se aprende. Lo que pienso ahora es que somos unos mentirosos, unos poseurs sin remedio. —Le clavo la mirada repentinamente a Angélica—. Nos encanta ser temidos, rodearnos de un aire de magnificencia, de miedo reverencial. Pero la verdad es que todos llevamos una máscara, da igual de qué color sea. Y no me malentienda; hay monstruos de verdad entre nosotros. Pero también los hay entre los humanos. En cierto modo, creo que los vampiros somos almas de niños encerradas en cuerpos inmortales que no dejan de volverse más hermosos y más poderosos con cada noche que pasa. Vanidosos, caprichosos, crueles… Y es eso lo que nos vuelve más peligrosos que un mono con una pistola. —Río en una serie de carcajadas claras—. Pero no somos tan terribles como nos gusta creer. Muéstreme al peor de nosotros, y yo le enseñaré a un mortal igual o peor. La mayoría de nosotros simplemente estamos demasiado solos y amargados. —Sonrío maliciosamente—. Oh, bien pensado, eso que nos hace verdaderamente inufribles.

Camino lenta y sinuosamente hacia Angélica, sin apartar la mirada de sus ojos en ningún momento y sin que la sonrisa se borre de mis labios, con absoluta despreocupación, como si la desafiara a clavarme un puñal en cualquier momento. Sé que podría. Me da igual. Solo me detengo cuando apenas nos separan un par de palmos.

¿Sabe? Es muy halagador que le importe mi opinión, señora Baker. Ahora me gustaría conocer la suya.

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12/01/2018, 04:04
Angélica Blake

Veo al bailarín del averno moverse como un arlequín entre medio de mis sombras, que son una proyección de mí misma. La negrura lo abraza de a ratos y lo envuelve luego para teñir partes aleatorias de su cuerpo y de sus ropas bajo los árboles mientras se acerca a mí. Sus movimientos me hipnotizan aunque son de lo más comunes, es el je ne sais quoi de sus ademanes y presencia lo que me hechiza.

Asiento cuando dice que somos unos monstruos y mucho más enfáticamente cuando lo afirma sobre los humanos también, aunque no estoy segura de que me vea hacerlo amparada en mi nido de velos oscuros. Me formo rápidamente la idea de que es un perseguidor de quimeras que prefiere apartar su rostro de lo obvio para buscar aquello que haga vibrar su ser. -Siempre digo, ¿Por qué ser temido u amado cuando se puede ser ambos? -contesto en un susurro y mis manos se extienden hasta tocar la áspera corteza del árbol a mis espaldas.

-Todos portamos máscaras -reconozco con un tono de confesión -Pero son necesarias, a veces ni siquiera uno mismo puede soportar el peso de lo que ve en el espejo -hago una breve pausa -Si es que lo ve -sonrío jocosa pensando en sacarle peso a la conversación, que está tomando dimensiones densas para mí. Una vez más me pregunto por qué mi Sire optó por traerme a esta existencia que aún después de todos estos años no logro comprender del todo. -Las máscaras no son solo para ocultar, a veces sirven para proteger.

Pienso mi respuesta unos segundos antes de darla -Pienso que somos seres humanos en otro estadio distinto de existencia y que de alguna manera nuestra no-vida encierra un propósito más preclaro que el de los humanos; la aniquilación por medio de la belleza -sonrío nuevamente pero con una sonrisa que sale desde lo más profundo de mis entrañas, repleta de claroscuros y de una fina y elegante maldad que he sabido cultivar a través de los años. Es una sonrisa que también es una advertencia: se está llegando al borde del precipicio y hay grandes probabilidades de que al llegar se desee saltar.

Decidí retrucar con una pregunta yo también -¿Y qué haría ahora si fuera completamente libre? -entrecierro los ojos dejando ver solo la luz velada que sale de mis iris plomizos -Digo, suponiendo que lo fuéramos, como bien ha establecido.

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12/01/2018, 20:44
Sebastian Crawford

Mientras hablo, los ojos de Angélica permanecen tan fijos sobre mí como los míos lo están en ella. Contesta a todas mis afirmaciones con respuestas muy del estilo «sí, pero», un recurso elegantísimo y de buen gusto a la hora de discrepar sin que se note. Personalmente, no estoy seguro de que quisiera ser temido en ningún caso, a menos, quizá, que la alternativa fuese ser ignorado. En cuanto al amor, ¿podemos ser amados realmente los Vástagos, habida cuenta de que nadie sabe quiénes somos en realidad? El simple deseo, me digo a mí mismo, parecería una reacción mucho más fácil de conseguir. Y muchas veces deseamos aquello que tememos, sin ser capaces de diferenciar dónde termina un sentimiento y comienza el siguiente. Esto nos llevaría de vuelta a la primera cuestión: si nadie puede amarnos, ¿son el deseo y el temor la única posibilidad?

Angélica continúa hablando, aludiendo a la cualidad protectora de las máscaras. ¿Y acaso no se oculta lo que se desea proteger? ¿Acaso no es ese el motivo último por el que todos nos disfrazamos y jugamos al juego de la noche, a ser pequeños reyezuelos sin corazón ni dueño? ¿No es por miedo a revelar la personita miserable y solitaria que en el fondo sabemos que somos? Angélica lo sabe, y sabe que yo lo sé. Pero es algo que nunca se dice. No tiene ningún sentido tumbar las máscaras, o el juego eterno perdería su pátina de interés y se tornaría aburrido demasiado pronto. Y entonces… Oh, ¿cómo íbamos a soportarlo entonces?

Aniquilación por medio de la belleza —repito, con una entonación ambigua que lo mismo podría ser tomada como una afirmación que como una pregunta, con el deje juguetón de quien no acaba de tomar en serio las implicaciones de las palabras dichas—. ¿Se refiere a intoxicar a los mortales con nuestra pasión hasta acabar con sus vidas? Qué decadencia tan exquisita, de ser ese nuestro propósito. Muy poético. Con su permiso, se lo robaré para usarlo como título para mi próximo libro… Si es que alguna vez escribo uno.

Angélica y yo danzamos sobre la línea roja, y hace tiempo que ambos nos hemos dado cuenta. Hay un momento en el que hay que decidir si se quiere dar un paso adelante o retirarse por completo, pues permanecer sobre la línea es cada vez más difícil y peligroso. Río con suavidad, sin abrir la boca, al escuchar la última pregunta de Angélica. No puedo evitar notar la proposición en sus palabras, algo a medio camino entre el desafío y la advertencia.

¿Quiere una respuesta totalmente franca, señorita* Blake? ¿Quiere un pedacito pequeño de mi máscara? ¿O es una fantasía lo que desea? ¿No tiene miedo de que el juego termine, y que detrás haya algo terrible, o peor aún, que no haya nada en absoluto?  —Le doy a Angélica unos instantes para reflexionar, instantes en los que me doy cuenta de que mis preguntas no han hecho sino dar voz a mis propios pensamientos—. Ser libre implica no tener miedo. Si yo fuese verdaderamente libre de todo miedo, es muy probable que usted nunca hubiese llegado a conocerme. —Mi sonrisa titubea durante un único momento; no tengo la menor intención de esclarecer qué es lo que he querido decir con esta frase. Me encojo de hombros—. Pero hay cosas que asustan, puntos de no retorno para los que no hay segundas oportunidades. Y por eso hoy estoy aquí, demorándome. —Doy un paso al frente, suficiente para cubrir la escasa distancia que nos separa. Mi chaqueta y su vestido se rozan, y mi blanca faz queda a apenas unos diez centímetros de la de ella. Me ahogo en sus ojos, así que miro a través de ellos. Continúo hablando en un tono de voz pausado y grave, casi un susurro, tomándome mi tiempo—. No la conozco de nada, señorita Blake, pero tanto da… ¿No es así? Si yo fuese totalmente libre, ahora, en este momento… tal vez abriría mis brazos y daría el último paso que queda. Sin preguntas, sin pensamiento ni remordimientos. Solo habría abandono. —Mis ojos vuelven a mirarla, brillantes, febriles. Tras un instante, doy un pequeño paso atrás, alejándome de ella. Hay resignación en mi expresión; soy plenamente consciente de la grieta que he dejado ver, abierta durante más tiempo del que me habría gustado—. Pero no somos libres, ¿me equivoco?

«Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».

Notas de juego

*He puesto «señorita» porque, en este momento de la narración, aún no sé que todavía eres señora (más o menos XD).

Edit: Te había llamado una vez señorita Baker en vez de Blake. Lo he corregido XD.

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29/01/2018, 02:42
Angélica Blake

— ¿Se refiere a intoxicar a los mortales con nuestra pasión hasta acabar con sus vidas? Qué decadencia tan exquisita, de ser ese nuestro propósito. Muy poético. Con su permiso, se lo robaré para usarlo como título para mi próximo libro… Si es que alguna vez escribo uno.

-Puede tomar la definición en cualquiera de sus escabrosas y bellas acepciones -manifiesto elegantemente alzando hacia la luz mi mano blanca en la que brillan mis uñas pintadas de rojo furioso -Y ponerlas en el título de su obra... -me río ante la idea -Róbela -lo aliento y sonrío expandiendo mis labios lentamente. -De hecho, dice la leyenda que existe un famoso no-muerto de esta ciudad que escribe intimidades de nuestra hermosa comunidad y las publica por medio de un mortal que usa de fachada.

-Quiero un pedacito de su máscara, sí -susurro abiertamente seductora -Me encantan los rompecabezas -reconozco entusiasmada -No cometa el error de dármelo todo esta noche, va tan bien -comento como si todo esto fuera un juego y no nos fuéramos desnudando de a poco, liberándonos capa tras capa de nuestros trajes de humanos. -¿Qué importa si debajo hay algo terrible o nada? -inquiero agitada -Quizás sea eso lo que estoy esperando -suelto en un rapto de audacia. -Quizás solo haya oscuridad, ¿No sería eso bello? -lanzo una carcajada que acaba rápido como cortada por un cuchillo.

Oh, ¿está sugiriendo que hubiera acabado con su vida de ser más valiente? Eso sería decepcionante. Estos toreadores son tan dramáticos y tan poco prácticos. Desvío mi mirada rompiendo el contacto un segundo sopesando sus palabras, dándole tiempo a que me contemple si lo desea, y luego vuelvo a alzarla -Demorándose, qué poético también de su parte -susurro.

Contemplo su ir y venir, casi me rompe el corazón la ternura con la que considera a su Sire, tan presente entre nosotros que casi es palpable. Antes que ofuscarme me río y retrocedo, esto nos da otras oportunidades para jugar -A los mortales no les importa no conocerse de nada, ¿Qué diferencia, hm? -alego y me echo el cabello hacia atrás desde mi hombro derecho -Quizás otra noche dé el paso y caiga en el abismo, descubrirá que no hay libertad más grande que abandonarse a lo desconocido. Ciertamente usted no es libre ahora -reconozco -Cuando desee serlo, lo será. Mis brazos están abiertos.

Retrocedí mientras las sombras me cubrían como un velo hasta que envueltas en ellas comencé a alejarme y me desvanecí de su vista.

Notas de juego

Si te parece podemos ir cerrando el encuentro, si no puedes alcanzarme sin problemas.

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29/01/2018, 17:16
Sebastian Crawford

Observo a Angélica mientras se aleja de mí con una sonrisa en los labios, a la vez tentadora e inquietante. Sonrío a mi vez, viendo cómo las sombras envuelven su cuerpo como una mortaja silenciosa. Por un momento tengo la tentación de olvidarlo todo y correr hacia ella, arrojándome de cabeza a mi perdición, pero me refreno en el último momento.

Estoy convencido de que volveremos a vernos, señorita Blake.

De lo que no estoy tan seguro, sin embargo, es de que me haya entendido. Mi reluctancia no se debe, ni muchísimo menos, a que me intimide la perspectiva de tener relaciones íntimas en una «primera cita», sino a que estas puedan volverse mucho más íntimas de lo planeado, de lo juicioso. Nosotros, los Vástagos, somos los únicos capaces de ver a nuestros pares por lo que son realmente; verme a mí mismo reflejado en los ojos de Angélica es una posibilidad muy real, una que me aterroriza. De algún modo, tengo la corazonada de que entregarme a ella no sería únicamente un gesto casual, sino la firma de un contrato de renuncia para dejar atrás al hombre que siempre quise ser. Un salto hacia lo desconocido, hacia el descubrimiento de recovecos inexplorados de mi alma Condenada.

Angélica ya no está. Tal vez sea lo mejor. En la quietud de la noche, cobro consciencia de lo cerca que ha estado de atraparme y de lo poco que me habría importado. Los pensamientos pasan livianos por mi mente, rozándome apenas, como líneas tangentes, para no quedarse. No se lo permito. Negando con la cabeza, me doy media vuelta y me encamino nuevamente al museo, dibujando por hábito una nueva sonrisa. Si hay algo cierto es que mi encuentro con Blake ha despertado algo muy intenso en mí…

Estoy hambriento.

Notas de juego

Pues me parece perfecto. Lo dejamos aquí hasta nuestro reencuentro en el Delta Night ;).