Kurt asintió. Lo que encontremos en la taquilla quedará entre usted y nosotros. Sabía que la revisión podía aportar alguna prueba, pero no tenía muchas esperanzas. Como mucho, podría servir para verificar la hipótesis sobre el robo de los calmantes y la señora Bauman, aunque ese detalle no permitiría avanzar realmente en la investigación. Personalmente, no tenia intención de causar más problemas a la señora Bauman. Entonces agrego para dejarlo del todo claro. Todo aquello que no sea de nuestra incumbencia no lo tocaremos Dijo para tranquilizar al jefe, consciente de que, si encontraban los calmantes, podría desencadenarse una investigación policial.
Esperó pacientemente a que el resto de sus compañeros terminara con las preguntas para dirigirse a la taquilla.
Mack deja pasar un segundo de más antes de moverse.
Lo suficiente para ver cómo Williams termina de tomar su decisión. Lo suficiente para confirmar que no hay resistencia real… solo necesidad de control.
Se incorpora despacio de la silla. El costado protesta, pero esta vez lo ignora mejor. Está acostumbrado a ese tipo de dolor: el que no te detiene, pero tampoco te deja olvidar que está ahí.
Recoge la libreta sin prisa y la cierra con un gesto limpio.
—Perfecto —dice, con tono práctico, sin presión—. Hagámoslo ahora.
Mira directamente a Williams, sin desafío, pero sin ceder terreno.
—Así dejamos esto resuelto cuanto antes y no le quitamos más tiempo del necesario.
Da un paso hacia la puerta, marcando el ritmo sin imponerse del todo.
Invita, no empuja.
El trayecto hasta la zona de vestuarios se hace en silencio. Josh Williams camina delante, marcando el paso con seguridad, mientras los investigadores le siguen por un pasillo más estrecho, menos cuidado que el vestíbulo. Aquí el hospital deja de ser fachada y se vuelve funcional: paredes con roces, puertas metálicas, el eco de pasos y conversaciones lejanas del personal.
Un cartel indica: “Personal autorizado”. Josh se detiene frente a una puerta gris y saca una tarjeta magnética. El lector emite un pitido seco y la puerta se abre.
—Por aquí —dice.
El interior huele a detergente barato y desodorante en spray. Filas de taquillas metálicas se alinean a ambos lados, todas iguales, numeradas, impersonales. Josh avanza hasta una en concreto.
—Esta es la de Mary.
Introduce una llave pequeña y gira el bombín. El clic resuena más de lo esperado.
Durante un segundo, nadie se mueve. Luego abre la puerta... para descubrir... vida cotidiana.
Un uniforme doblado con cuidado. Otra bata colgada. Un par de zapatos cómodos. Un neceser pequeño con lo básico: crema de manos, un peine, analgésicos comunes. Un paquete de cigarrillos a medio usar. Un mechero barato.
Katie revisa con método, sin invadir más de lo necesario. Tess observa sin tocar, registrando cada detalle. Kurt mantiene la mirada fija, como esperando que algo cambie si lo observa el tiempo suficiente. Mack se apoya ligeramente en la fila de taquillas, estudiando la escena.
Nada.
Ni rastro de calmantes sustraídos.
Ni objetos extraños.
Ni notas ocultas.
Ni doble fondo.
Solo la taquilla de una mujer que trabaja turnos largos y fuma demasiado. Josh rompe el silencio.
—Ya lo ven.
Katie cierra la taquilla con cuidado. El clic suena definitivo. Mack exhala lentamente.
Mack mantiene la mirada fija en el interior de la taquilla unos segundos más, como si esperara que algo apareciera si le daba el tiempo suficiente. Pero no. Solo rutina.Solo desgaste. Solo una vida apretada entre turnos largos y descansos cortos. Exhala despacio y se incorpora del todo, separándose de la fila metálica.
—Bien… —murmura, más para sí que para los demás—. Pues ya está.
Se gira hacia Josh Williams, recuperando ese tono profesional, limpio, sin aristas.
—Gracias por permitirnos el acceso —dice—. Entendemos que no es algo que se haga todos los días.
Asiente levemente, reconociendo la concesión.
—Por nuestra parte, no vamos a retenerle más. Aquí no hay nada que nos ayude a avanzar.
Hace una breve pausa, midiendo las palabras.
—Si recordara cualquier cosa fuera de lo habitual… cualquier detalle, por pequeño que parezca… le agradeceríamos que nos lo hiciera saber.
No insiste más. No presiona. Ya ha sacado lo que podía de ese lugar. Da medio paso hacia la salida, marcando de nuevo el movimiento del grupo.
—Nosotros vamos a seguir por otra línea —añade con naturalidad—. El entorno de Wendy. Instituto, amistades… esa parte.
Mira un instante a Williams, evaluando una última vez su reacción. Luego asiente con educación.
—Gracias de nuevo, señor Williams.
Sin más, se dirige hacia la puerta de los vestuarios.
El olor a detergente barato queda atrás cuando cruzan al pasillo. Y con él, la sensación de estar buscando en el sitio equivocado. Ahora la pista apunta en otra dirección...
¿Os parece si nos vamos a la escuela de la hija a ver si sacamos algo por ahí?
Kurt respiró aliviado al ver que la taquilla no contenía nada. Se unió a Mack en su agradecimiento al señor Williams. Era un alivio comprobar que no había nada que inculpara a la buena de la señora Bauman, pero también resultaba frustrante cerrar otro camino sin ninguna pista más.
Me parece correcto ir a la escuela. Podemos hablar con el director y con la amiga.
Otro camino que conducía a ninguna parte... había que probar en la escuela, y encontrar a la amiga... o al novio.
De acuerdo en hacia la escuela.
El grupo abandona la zona de vestuarios acompañado por Josh Williams, retomando el camino hacia el vestíbulo. El ambiente vuelve a ser el de antes: limpio, contenido, profesional. Pero ahora, después de lo visto —y de lo no visto—, todo parece ligeramente… artificial.
El sonido de unas voces alteradas rompe esa calma. Al girar el pasillo, la escena aparece de golpe.
Un anciano, de unos setenta años, vestido con bata de hospital abierta y unas pantuflas desgastadas, forcejea con dos celadores. Su cuerpo es delgado, pero la tensión en sus músculos lo hace parecer más fuerte de lo que debería.
—¡MIS PASTILLAS! —grita, con la voz rota—. ¡DADME MIS PASTILLAS!
Uno de los celadores intenta sujetarlo por los brazos, el otro le habla con tono calmado, casi automático.
—Tranquilo, Don Ernesto, ya se las traemos, pero tiene que calmarse…
El hombre no escucha. Sus movimientos son erráticos, violentos, casi desesperados.
Mack reduce la velocidad instintivamente. Kurt observa la escena con ojo clínico. Katie frunce el ceño. Tess… Tess se fija en los detalles.
Y entonces, al pasar junto a él, el anciano se detiene. Como si algo invisible le hubiese atravesado. Sus manos dejan de luchar. Su respiración se corta. Y gira la cabeza. Sus ojos —desencajados, vidriosos, demasiado abiertos— se clavan en el grupo.
La saliva le cuelga por la comisura de los labios. Su rostro tiembla. Pero cuando habla… su voz cambia. Se vuelve más grave. Más clara. Más consciente.
—Da igual lo que hagáis… —dice, mirándolos uno a uno—. No lo vais a conseguir.
Los celadores se miran entre sí, desconcertados.
—No vais a conseguir que vuelva… —continúa el anciano, ahora casi susurrando—. Podéis intentarlo una y otra… y otra… y otra vez…
Katie siente un escalofrío subirle por la espalda. Kurt aprieta ligeramente la mandíbula.
—…ya lo veréis —añade el hombre, inclinando un poco la cabeza—. Estaremos en sus manos… por toda la eternidad…
El silencio que sigue dura apenas un segundo. Y entonces, el anciano ríe. Una carcajada rota, hueca...
Los celadores reaccionan, volviendo a sujetarlo con firmeza.
—Vale, ya está, ya está… —murmura uno de ellos, claramente incómodo—. Vamos a llevarlo a la habitación.
Tess mira hacia la mesa junto a la que estaba el anciano.
Pequeñas bolitas hechas de migas de pan, amontonadas con cuidado… o lo que queda de ello. Ahora están parcialmente desordenadas por el forcejeo, pero el patrón... Tess juraría que... podría ser una espiral, una espiral de migas de pan...
El grupo continúa su camino hacia la salida... camino de...
Trató de no darle importancia a lo que había pasado. Era un anciano, seguramente con signos de abstinencia. No sabía lo que decía… o sí.
—Muchas gracias por su ayuda —dijo, tendiéndole la mano al director—. Creo que deberíamos ir al instituto.
Mack no dice nada mientras estrecha la mano de Williams.
Un gesto limpio. Profesional. Automático. Pero su cabeza ya no está en el despacho.
Ni en la taquilla. Ni siquiera en la residencia. Está en la espiral.
Sale al exterior con el resto, dejando atrás el olor a desinfectante. El aire de la calle le golpea la cara y, por primera vez en un rato, respira de verdad.
Pero no le tranquiliza.
Camina unos pasos por delante del grupo, en silencio. Saca el paquete de cigarrillos, duda un segundo… y vuelve a guardarlo.
Mala señal.
—Nos vamos al instituto —dice al fin, sin girarse—. Directo.
Su tono no admite debate. No es brusco. Es… enfocado.
Se detiene un momento junto al coche, apoyando una mano en el techo.
—Rosita. Compañeros. Profesores. —enumera—. Alguien tuvo que ver cuándo empezó a torcerse todo.
Abre la puerta, pero antes de entrar, añade, más bajo:
—Y quiero saber si alguien más dibujaba espirales.
Ahí sí mira al resto. No explica más. No hace falta.
El mensaje del anciano sigue resonando en su cabeza.
“No lo vais a conseguir…”
“No va a volver…”
“Estaremos en sus manos…”
Mack entra en el coche. Arranca.
El motor ruge suave mientras se incorporan a la carretera.
La residencia queda atrás, limpia, ordenada… falsa.
Y delante, en algún punto entre aulas, pasillos y recuerdos adolescentes, les espera otra pieza.
Una más cerca de Wendy.
Y, probablemente, más cerca de lo que sea que está dejando espirales por el camino.