La magia y religión en Camlo, con todas sus variantes.
2.- La magia en Camlo:
Nadie sabe de donde surge realmente, aunque algunos mitos de la creación apuntan que son los residuos de energía que Dios dejó al crear el mundo. Otros creen que toda la desaparición y creación de lo que vemos está movido y alimentado por la magia, siendo ella la materia eterna del universo.
De cualquier manera la magia es un elemento patente de importancia capital en Camlo, y tiene diferentes formas de manifestarse.
2.1 Los usuarios de la magia:
No todos pueden ser usuarios de magia, sólo aquellos que pueden contactar con ella pueden aprender a usarla. Su uso es complejo, y sus formas de manifestarse variadas, cómo el uso de extrañas escrituras para activarlas, su manejo intuitivo, o su comprensión mística.
De cualquier manera, la magia es un camino complejo e ignoto, que muchas veces guía a una muerte segura a su usuario.
2.1.1 Los Eruditos y Belldale
Los eruditos son las primeras personas en las que piensa un habitante de Camlo cuando se habla de magia. Son personas con un don especial para contactar con la magia, llevándola a unos niveles superiores. Muchos de ellos son maestros de la magia de los elementos, algunos, pudiéndose transformar en elementales. Otros, son capaces de manipular la existencia lógica del mundo, canalizándola para invocar criaturas de la nada, transportarse a distancias asombrosas, congelar el tiempo, o matar a una sola persona con un conjuro.
Claro está que estas asombrosas manifestaciones mágicas sólo pueden ser llevadas a cabo por auténticos maestros.
Los eruditos, o simplemente magos, están regidos por un estricto sistema de estudio y vida que no les permite abandonar el único lugar donde pueden habitar eruditos: La gran torre de Belldayle, situada a orillas del lago Lomond, colindante con la cuenca del río Gelmany.
Todos los magos nacen con una marca mágica, que, una vez que se activa en la torre, les impide la salida de la misma.
Pocos son los magos que abandonan la torre sin el permiso del Guardián, el único capaz de deshacer el hechizo bloqueador. Pero aún así, los magos deben volver a la torre en el tiempo que el guardián les indique, de lo contrario perderían todos sus poderes y pasarían a convertirse en Desertores de la Magia.
La torre de Belldayle les ofrece conocimiento, sabiduría, poder y un techo. Sus retos son duros, y la vida en el interior puede ser una lucha por la supervivencia, pero ningún guerrero ha pisado aún el interior de ella, siendo, probablemente, el lugar más seguro de Camlo.
2.1.2- Los monjes y sus órdenes
La magia sigue siendo mejorada y perfeccionada en los interiores de Belldayle, pero son los monjes quienes la ponen al servicio de la gente.
Estos magos menores atienden las enfermedades de la gente, ayudan en la construcción, en la agricultura, a superar los inviernos fríos, a atender a los hambrientos y a guardar la sabiduría de sus bibliotecas.
Las habilidades mágicas de estos “eruditos del pueblo” se limitan a la comprensión y uso de los elementos de una forma más básica que la de un estudiante de la Torre, aunque sus conocimientos sobre la vida real les permiten tener un carácter más afable.
Muchos de estos monjes son también probados guerreros, usados como última defensa, y sólo cuando se ataca al inocente.
Hay diferentes casas de monacatos, totalmente diferentes, pero todas guardan en común los siguientes preceptos, establecidos por El hermano John Geinstenburg, el primer monje, conocido por convencer al guardián del bien de su misión:
Las principales órdenes monásticas en Camlo son las siguientes:
La orden de la hoja
Monjes copistas encargados de llevar las enormes bibliotecas, tanto dentro de Belldayle como en las ciudades y monasterios. Su vida está recluida a la sabiduría y a la copia de manuscritos. Esta orden es de gran importancia, pero rehuída por el resto de los monjes, por su carácter cerrado y aburrido. También se encargan de la mensajería aérea en los castillos y en las ciudades.
Su lema es: Letra por letra
La orden de la posta
Son los monjes más conocidos, y muchos de ellos son más famosos que los brillantes paladines y jefes de reinos.
Caballeros sin señor ni misión se dedican a vagar por el mundo protegiendo la justicia, el honor y la represión del fuerte sobre el débil.
Con un entrenamiento militar estricto desde el nacimiento, los monjes de la posta lucen brillantes armaduras y grandes caballos, que luchan por la paz, allá por donde viajan.
Su fanático adoctrinamiento sobre la paz, la justicia y el perdón muchas veces les llevan a ser timados, vapuleados, y objeto de mofa por su exceso de fe y confianza, aunque los más ancianos, acostumbrados al mundo exterior evitan estos entuertos (aunque muchas veces su capacidad de juicio se ve nublada). Antiguamente se encargaban del correo, de ahí su nombre, pero la mensajería aérea ha terminado por sustituirles. Las rutas de Lomondhall, el señor que construyó en hace siglos los caminos que llevan hasta belldayle, siguen manteniendo viejas fortalezas de posta, donde estos monjes intercambian anécdotas y entrenan a los nuevos. Durante la invasión de los Extraños, los caballeros de posta se juntaron para hacerles frente en la batalla del paso Angosto, donde se perdió a gran parte de la orden. Hoy en día son muy pocos los que quedan, la mayoría ancianos y leyendas.
Son maestros de la magia blanca, y sólo alguien con dotes mágicas y con las aptitudes necesarias puede entrar en la orden de la posta.
Su lema es: Siempre rectos. Siempre a tiempo.
La orden del perdón
Bandidos, ladrones, mentirosos, timadores y asesinos son el grueso de la orden del perdón.
Arrepentidos de sus pecados, estos monjes intentan dejar su pasado para poner sus habilidades como artesanos al servicio del pueblo. Los que entran desde joven en la orden del perdón se les enseña el uso de la magia elemental, para ser usada adecuadamente. La orden acepta a casi cualquiera, y les enseña una serie de preceptos básicos y algunos conocimientos mágicos, pero son muchos los que desertan.
Pertenecen a la orden criminales menores perdonados por los señores, hombres y mujeres que no tienen nada que llevarse la boca y beatos que rápidamente descubren otro tipo de inocencia.
Son muy conocidos, ya que suelen estar desde las aldeas más humildes hasta en la mayor urbe y son muy importantes en aspectos como la construcción, el abastecimiento, la buena marcha de las cosechas,...
Su lema es: El sol siempre amanece.
La orden del roble
Los monjes del roble o monjes montaraces son, quizás, los que más se alejan de los preceptos del hermano Geinstenburg, ya que consideran que el débil es débil porque escogió serlo, y que sólo cuando él intente cambiar recibirá la ayuda de un monje.
Estos habilidosos arqueros y cazadores se alejan del mundo para dedicarse a la caza, a la oración y a la preservación de la naturaleza, siendo capaces de transmitir sus conocimientos de magia a los proyectiles que lanzan. Son cerrados, de pocas palabras, bruscos y leales. Pocos son los que quieren entrar en la orden del roble, y menos lo que lo consiguen, pues cinco de ellos son capaces de guardar un bosque de buen tamaño.
Es la única orden que no tiene lema.
La orden de la lira
No hay mejor noticia en un pueblo de Camlo que la llegada al pueblo de un monje de la lira. Estos bardos son los más apreciados por el pueblo, con una organización interna muy flexible y con una peculiar manera de entender los preceptos de Geinstenburg.
Para ellos la forma de alcanzar la justicia, la paz y el perdón es a través de la felicidad. Sus gloriosas actuaciones van acompañadas de sendas ilusiones que maravillan al público, y le hacen olvidar la dura realidad de su existencia. Tienen una eterna enemistad con los bufones de la corte, considerándolos una pandilla de aprovechados que dan más de lo que necesitan a la gente adinerada. El voto de castidad sigue vigente en ellos, y a alguno se le hace un poco cuesta arriba (de hecho más de uno se tira colina abajo) pero son muy importantes en las grandes ciudades como principales activistas y denunciantes.
Su lema es: Canta por el mudo.
La orden de las sombras
Fanáticos seguidores de la muerte, que mediante oscuros ritos levantan abominaciones y manipulan las sombras a placer. Fundando por uno de los primeros discípulos de Geinstenburg, esta orden plantea que Dios, les ha encargado la misión de purgar el mundo, corrupto por reyes ineptos y aceptados por sus obedientes rebaños.
El fin justifica los medios, y para ello harán lo que sea necesario para no dejar un rastro de vida en Camlo.
Parece aterrador el objetivo de esta siniestra organización, pero son pocos los que acceden a estos conocimientos, y son menos los que están dispuestos a aceptarlos. Son reducidos en número, y su existencia se remite a poco más que cuentos para asustar a los niños.
Anexo: Los goliardos
Algunos monjes encuentran el amor fuera de los muros, o quieren escapar de ellos. Por una razón u otra se desvinculan a la orden monástica perdiendo todos sus (pocos) privilegios como monje, pasándose a convertir en un goliardo. Se permite la deserción de la orden, en cualquier momento, pero el estigma social deja marcada a esa persona entre sus conocidos.
Aunque no lo prediquen a los cuatro vientos, los goliardos son comunes en la sociedad de Camlo, y no es raro ver goliardos de la posta como comandantes de un contingente, goliardos del perdón como tahures canosos o goliardos de la lira como nobles avariciosos que se dejaron seducir por el poder.
3.- La religión en Camlo
Igual que en la inglaterra del siglo XIII se adora a Dios, al dios cristiano, pero con ese toque mágico que lo rodea. En lo alto de las órdenes monásticas se encuentra La iglesia, con el profeta a la cabeza. Los doce cardenales se reunen para escoger al próximo profeta, cuya primera adivinación debe ser cumplida a rajatabla por todas las casas. Ninguna casa se ha atrevido a rebatir las Palabras Primeras de un profeta (que, hecho el vaticinio se retira a una vida de recogimiento religioso), mas sus palabras nunca son explicitas ni directas.
De todas formas siempre ha sido condicionada la elección de un profeta por las casas. Hay un cardenal por cada casa, uno por cada orden monástica y uno perteneciente a las tierras libres, y cada uno vota por un profeta. En caso de haber empate el cardenal de las tierras libres rompe el desempate. Después de ungir al profeta y tomar sus votos sagrados se le lleva a la cámara de las adivinaciones, donde pasará 7 días y 7 noches encerrado, sin comida ni bebida, y a la merced de los secretos del lugar. Una vez transcurrido el tiempo tendrá su vaticinio.
Esta técnica es la favorita para acabar con casas menores, quitar tierras, matar reyes o iniciar guerras, porque a los ojos de Dios, del pueblo y de las otras casas se está haciendo la obra Divina.