Hace poco más de un par de semanas, todos recibisteis la misma propuesta. Venía del mismo hombre.
Un semielfo de edad indeterminada que respondía al nombre de Orso. Su rostro, que debió de ser atractivo en otro tiempo, estaba surcado por una cicatriz brutal que le cruzaba desde la frente hasta el labio, abriendo paso a la cuenca vacía donde antaño había habido un ojo derecho. No intentaba ocultarlo. Al contrario: su presencia imponía silencio antes incluso de que hablara.
Se presentó como agente de la Alianza de los Lores, una de las facciones más poderosas de la Costa de la Espada, capaz de unir los recursos de sus grandes ciudades para hacer frente a amenazas tanto externas como internas. Dijo que la Alianza había puesto los ojos en vosotros y en otros aventureros, y que él estaba reuniendo un grupo para una misión esencial.
Una fortaleza. Una que, según sus palabras, pronto sería asediada por una gran horda procedente de Thay.
Entre jarras de cerveza y miradas medidas, Orso cerró el trato con una promesa difícil de ignorar: mil monedas de oro. Doscientas al llegar a destino. El resto al finalizar la vigía. Con esa cifra resonando en la cabeza, emprendisteis camino hacia Espinaferro.
No llegasteis juntos. No erais aún un grupo, solo individuos empujados por la misma oferta. Partisteis desde lugares distintos y alcanzasteis la fortaleza en momentos diferentes, siempre a primeras horas de la tarde. Bastó con decir vuestro nombre a los soldados que custodiaban la puerta para que os franquearan el paso sin preguntas.
Espinaferro mostraba las cicatrices del tiempo, pero también señales claras de renovación. Los esfuerzos recientes de la Alianza de los Lores habían devuelto cierta vitalidad al lugar. Los tres edificios del patio interior estaban gastados, sí, pero los muros… los muros daban la impresión de poder resistir un asedio.
Uno pequeño, al menos.
El olor a caballo fue lo primero en recibiros, acompañado del relincho de algún equino inquieto: el edificio de madera no dejaba lugar a dudas, era un establo. Desde el otro extremo del patio llegaba el eco rítmico de un martillo contra metal, señal inequívoca de una herrería en funcionamiento. Sin embargo, los soldados no se detuvieron en ninguno de ellos.
Os condujeron directamente al edificio central: una construcción de piedra de tres plantas.
En su interior os llevaron a una sala preparada para la reunión. Siete sillas rodeaban una gran mesa redonda cubierta de mapas que mostraban Espinaferro y sus alrededores. Sobre una cómoda aguardaban un plato con fruta fresca, otro con embutidos y pan, y varias copas dispuestas junto a dos grandes jarras: una de vino, otra de agua.
Antes de marcharse, los soldados fueron claros.
Debíais esperar allí. Cuando todos hubierais llegado, la comandante en persona acudiría para informaros de la situación.
Y así, en silencio, entre mapas y promesas de oro, comenzó vuestra vigía.
A los pocos minutos , la puerta se abrió para dejar paso a una mujer esbelta y rubia, vestida con una armadura azul adornada con el símbolo de un dragón tanto en el pecho como en los laterales. Llevaba una espada larga al cinto y un escudo con un dragón púrpura sujeto a la espalda.

—Llegáis en buen momento. Las cosas se han puesto considerablemente más feas —dijo mientras se descolgaba el escudo y lo dejaba con cuidado apoyado en un mueble, liberando así sus movimientos—. Mi nombre es Mara Coronacero. Soy la representante de la Alianza de los Lores y comandante de las tropas de Espinaferro
Apoyó los puños sobre la mesa redonda y os dirigió una mirada a cada uno, evaluándoos en silencio. Se quedó callada esperando para ver quién era la primera persona en presentarse de este variopinto grupo.
—Llevamos desde que nos enteramos de la llegada de la horda reparando esta antigua fortaleza, pero parece que se nos ha agotado el tiempo. Esta mañana, un emisario del rey nigromante Szass Tam ha aparecido. Avisó que todos los que estaban en la fortaleza huyeran o pasarían a engrosar sus filas de no-muertos.
Mara apretó el puño con fuerza sobre la superficie de la mesa, como si deseara pegarle un golpe para reafirmar sus siguientes palabras.
—Pero no nos vamos a dejar intimidar, y no vamos a abandonar una fortaleza que los Magos Rojos podrían utilizar como puerta de entrada a la Costa de la Espada. No han terminado de llegar todas las tropas de la Alianza de los Lores; de hecho, no puedo ni permitirme contar con algunos escuderos que sigan mis órdenes… Pero sí que han llegado los refuerzos de varias ciudades. Puerta de Baldur, Aguas Profundas, Nuncainvierno, Mithrill Hall y Argluna son las que nos han traído tropas, recursos y equipamiento. Hemos nombrado las cinco secciones de la muralla que rodea Espinaferro en honor a ellas y necesitaré que os ocupéis de defender una. Elegid cuál.
- Os toca Waterdeep

Tras aquello sois llevados a la zona de la muralla, guiados por un mozo y destaca el novedoso y potente cañón que ahí allí junto con la munición. Más allá de la muralla la tierra de nadie y en el horizonte unas nubes negras y una oscuridad sobrenatural que lentamente se acerca a la fortaleza.
El enemigo estaba mucho más cerca de lo que hubiera imaginado y en un unas cuantas horas los tendrían encima.
Hubo tiempo para todo.
Para recorrer los edificios interiores, comer sin hambre y pasear por la muralla fingiendo normalidad. Para presenciar sonrisas tensas, bromas de humor negro que no engañaban a nadie… y a los más jóvenes, doblados sobre las almenas, devolviendo lo poco que habían logrado tragar.
También hubo tiempo para observar cómo se había dispuesto la defensa. Algunas secciones de la muralla estaban custodiadas por tropas regulares; otras, por aventureros y mercenarios curtidos en horrores distintos. Los más llamativos ocupaban la zona norte.
—Baldur’s Gate —.
Allí se alzaba un dracónido con armadura pesada, inmóvil como una estatua de guerra. A su lado, una mujer pelirroja sostenía la mirada con un diminuto dragón posado en el hombro, sus ojos brillando con inteligencia antinatural. Una humana de cabello azul ajustaba una máquina extravagante, una construcción imposible que imitaba la silueta de un mono gigante. Y, cerrando el grupo, una semielfa de cabello plateado y aspecto sombrío, su sonrisa delataba que no era trigo limpio.
Horas después, el sonido de un cuerno quebró la noche. -Tres tañidos.
—Ya han llegado. —susurró alguien.
El repique de tambores le respondió, lento y grave, anunciando que todo el mundo debía ocupar su puesto. La tensión se derramó por la fortaleza como un veneno espeso, cargando el aire de una atmósfera opresiva. Era noche cerrada, pero los braseros y antorchas permitían un movimiento fluido sobre la muralla, sombras alargadas bailando sobre la piedra.
En lo alto de la muralla, más allá de los cien metros no había nada.
Nada que pudiera verse, al menos. Una cortina de oscuridad absoluta, densa, antinatural. Mágica.
—¡Por Espinaferro! —gritó una voz anónima con un nudo en la garganta, intentando avivar la moral. La respuesta fue un silencio aplastante.
Un poco después, cuando casi parecía un tema olvidado, en otro punto de la muralla, el grito se repitió:
—¡Por Espinaferro!
Y entonces, sin director ni orden, con un crescendo tímido, las voces comenzaron a unirse. Primero unas pocas. Luego decenas. Finalmente, toda la fortaleza clamaba el lema, desafiando a la muerte misma que aguardaba más allá del velo de oscuridad.
Y sin aviso previo, sin orden alguna, el trabuquete de la sección de Baldur’s Gate rugió.
La piedra surcó el aire y se internó en la niebla. No pudisteis ver dónde impactó. Fue como si la oscuridad hubiera devorado el proyectil sin dejar rastro. Pero se escuchó el impacto.
La respuesta no se hizo esperar.
Una oleada de diez esqueletos avanzó hacia la muralla. Algunos cargaban con escalas; otros cinco más, armados con arcos cortos, disparaban sin miedo ni vacilación. Eran pocos para un ataque definitivo. Demasiado pocos.
No buscaban vencer. Buscaban medir, desgastar, sangrar.
La oleada fue repelida, pero el precio no tardó en cobrarse. Dos flechas disparadas por los arqueros esqueléticos atravesaron a un hombre de mediana edad armado con una lanza. Su cuerpo cayó al vacío, impactando de lleno en el patio interior, donde rompió unas cajas con un golpe seco y final.
No hubo tiempo para respirar.
Ni para celebrar.
Tres engendros gigantes emergieron de la oscuridad. Abominaciones formadas por partes de distintos cuerpos, cosidas entre sí con una blasfemia de carne y muerte. Se lanzaron contra la muralla y luego con torpeza las escalaron. Allí provocaron un combate desesperado. Hombres fueron aplastados bajo su peso o arrojados fuera de la fortaleza entre gritos que se perdieron en la noche.
Al final, los defensores volvieron a imponerse.
Pero la victoria tenia precio, se contaba en viudas, o madres que no verían a su hijo hacerse mayor.
Habían ganado terreno y habían perdido vidas.
La Muerte, paciente, había tomado nota.