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Tercera Génesis

El truco de la conciencia: Luther Von Falkenhorst

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06/03/2013, 01:13
Director

"Eso es la conciencia- le dijo aquel día su madre- Haber matado al pajarito de tu hermana la despierta y te hará hacer sentir mal hasta asegurarse que no lo vuelvas a hacer, Luther" - le dijo firme su madre cuando a los ocho años aquella rabieta le hizo atacar lo que su hermana más quería. De nada sirvió que se justificara por las noches pensando que ella le había roto su coche nuevo o que él sólo quería agarrarlo fuerte con sus manos para hacerla rabiar. La conciencia le hicieron tener que dormir dos noches abrazado a su hermanito pequeño e incluso una vez con el ama de la casa. 

Cuando tenía doce y empezaba a destacar en la escuela religiosa de élite que sólo formaba triunfadores, Luther le preguntó al maestro si la conciencia era Dios. Y si era así, si rezando con él podría aplacar esa voz que le hacía arrepentirse cuando envidiaba a su hermana o cuando trataba con soberbia a sus compañeros. Aquel instructor le dijo que la conciencia era Dios pero que con ella no se podía negociar y que si no quería que la atormentara debería atenerse a la rectitud y a la fe. Porque Luther era un chico guapo que encandilaba a todo el mundo, no tan brillante como su hermana pero tenaz y con una perspectiva de desarrollarse en un adonis como constataban tus entrenadores y sus profesores. Pero Luther parecía siempre atormentado entre las normas y su instinto, entre su necesidad de agradar y su complicada personalidad. Siempre parecía en duelo. 

Ese duelo acabó a los dieciocho años cuando decidió huir de su conciencia. Si corría mucho, con su nuevo bólido, a veces no la alcanzaba. Si la dormía con alcohol le molestaba menos por las noches. Si la escondía entre las fiestas de la residencia donde decidió vivir para alejarse de su familia y sus problemas, tardaba en encontrarle. Luther era un líder nato de la burguesía juvenil alocada de Centroeuropa. Su hermano pequeño, que ya tenía 11 años parecía querer emular sus pasos desde casa y ahora que su madre parecía estar algo delicada de salud, su padre no tenía demasiado tiempo para meterle en vereda, salvo para pagar sus multas y sus caprichos. Pero la conciencia venía en forma de resaca, de cama vacía cuando todo su encanto, todo su cuerpo esculpido en la perfección, todo su dominio de las leyes, de la economía, no valía para conseguirle alguien que le consolara por las noches, cuando se daba cuenta que todos le respetaban o temían, pero que nadie verdaderamente era capaz de acercarse a él a corazón abierto. 

"La conciencia hay que sopesarla"- le dijeron por primera vez en inglés cuando estudiaba su master en Estados Unidos- "Para ser un gran empresario hay que tomar decisiones difíciles y vivir con ellas. Absorber una empresa te llevará grandes dividendos pero tendrás que aceptar que eso mandará al paro a cientos de trabajadores. Es el precio que hay que pagar por el éxito. Por eso los millonarios no parecemos nunca satisfechos del todo" La clase entera rió. Luther también lo hizo con sus compañeros a los que podía llamar amigos, en aquel centro que podía ser su hogar, en aquel país donde podría triunfar ahora que ya había agotado todos los caminos de la perversión de su adolescencia y volvía a luchar por ser ese heredero que su padre esperaba de él. Pero por más que se esforzaba. Por más que intentaba sopesar si había merecido la pena estar allí mientras su madre fallecía y su hermana se convertía en una gran benefactora, no lograba dejar de sufrir. Sufrir envidia, inseguridad, sentir que todo era una falacia y que él sólo era una fachada recién pulida y pintada. 

Su conciencia le destrozó el día que visitó a su hermana en el psiquiátrico. Tras meses de manipulaciones, de engaños, había logrado quebrarla del todo ¿Para qué? ¿Su padre por ello iba a dejar de ser ese hijo de nazis que usó su fortuna conquistada para construir un imperio y que sólo deseaba que su estirpe se perpetuara de alguna manera? ¿Le cogería por ello el teléfono su hermano que llevaba seis meses jodido en China? ¿Haría revivir esto a su madre, a aquel amigo que se enganchó a las drogas, al pajarito de su hermana? No pudo dormir durante dos noches. Pensó que iba a enloquecer. Que la conciencia le perseguiría siempre, aunque volviera a Nueva York, aunque siguiera entrenando duro y montando un negocio, que la conciencia un día en forma de Dios o de su hermana enloquecida le castigaría para siempre... 

Y entonces ocurrió. Luther por fin entendió a la conciencia. Porque nada pasó. A la tercera noche el sueño pudo con él y durmió. Al día siguiente decidió dejarse una barba de tres días y comprarse un apartamento en Manhattan. Y nada pasaba. No apariciones, no dolor, no dudas, no sufrimiento... Caminó aquel último mes del verano por la ciudad. Nadie le juzgaba. Nadie le desenmascararía. Nadie sabría jamás nada y nadie podría juzgarle. Él tampoco. Porque la conciencia tiene un truco. Un truco que nadie sabe o todos los hombres serían tan invencibles como él se sentía.

La conciencia solo existe sí tú quieres que exista. 

 

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06/03/2013, 02:11
Director

Luther recibió una llamada extraña que le despertó a las seis de la mañana.  Fue a su número personal, no al que usaba para sus contactos empresariales ni tampoco el que tenía su familia para comunicarse con él. Era el que daba a sus nuevos y contados amigos americanos, tratando de disfrutar de su vida ahora que su mascarada se había fundido con su verdadera esencia. Al no reconocer el número Luther contestó en su alemán original (si acaso era su padre, que había dado con él a través de algún asesor, no le agradaría que no respondiera en su orgulloso idioma) 

- Mr. Von Falkenhorst. Tengo que hablarle de un asunto

- Disculpe ¿puedo llamarle más adelante? Prefiero hacer negocios tras un buen desayuno

- Escuche. Es importante. Esto es un soplo.  El mejor de los negocios está a punto de cerrarse en el al 324 de Lexington Road. La firma será a las 9:30. Esté allí media hora antes y escuche la oferta que tenemos que hacer. 

¿Sería aquella la empresa de automóviles que iba a cambiar de dueño y estaban buscando nuevos socios a toda prisa?

- Perdone de nuevo señor ¿Esto tiene que ver con... digamos... un cambio de conductor? 

- No falte. Mr. Von Falkenhorst. Se arrepentirá siempre de una oportunidad así. 

 

Notas de juego

Este es el turno introductorio. Quedan 3 horas para la cita que es a las afueras de Nueva York. Tardarás una hora en conducir para allá. Dos si te pilla el tráfico. Debes salir ya si quieres llegar a tiempo aunque esta llamada resulta todo menos formal. 

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06/03/2013, 13:47

Maldiciendo mientras dejo el móvil en la mesa de noche, me dejo caer en la cama, mirando al techo. Esta noche he vuelto a soñar con mi madre y su charla incesante sobre las virtudes humanas "Pobre mujer, nunca llegó a saber cuan errada estaba".

 

Suspirando me pongo de pie y comienzo a vestirme. Terno italiano de impecable color azabache, camisa de botones de seda roja, cortaba blanca. Zapatos por el valor del sueldo de un honrado padre de familia. Camino hacia el espejo y me admiro "Perfecto, para no variar". Coloco mis gemelos de oro en las mangas de la chaqueta y mi sello familiar en el dedo corazón de la mano derecha.

 

-Vamos allá- Bajo al garaje usando las escaleras y subo a mi deportivo, poniéndome en marcha y parando unos minutos a comprar un café en mi lugar habitual "Sin duda los mejores de la ciudad". Observo a la gente corriente ir y venir por las masificadas aceras y pasos peatonales, preguntándome si acaso sabrán que podría comprar sus vidas por un precio irrisorio.

 

Conecto el equipo de música y me preparo para otro gran negocio, que extienda mi nombre en el corazón de América un poco más.