Fue durante la larga guerra que ocupó toda su infancia y juventud, antes de que viajar por aquel mar eterno le llevara a conocer a Hellen, cuando Kwanda construyó aquella flauta de cáñamo. Debía tener ocho años y aquel instrumento iba a convertirse en su medicina. En su aldea a veces los adultos le dejaban tocar los yembés y los platos, incluso alguna vez alguna guitarra, pero era tan poco el tiempo que tenía, siempre bajo a supervisión del maestro Krie, que no lograba calmar su enfermedad. Porque Kwanda oía música por todas partes y nadie sabía si aquello era una bendición de los dioses o un mal augurio para todo el pueblo. Oía música en los camiones de blancos que venían a traer comida, oía música en la lluvia golpeando las grandes hojas y en los disparos que se oían en las montañas. Oía música cuando trataba de leer y los pasitos del maestro resonaban en la cabaña de madera creando una sinfonía que solo el niño de grandes ojos despiertos era capaz de escuchar.
Ni aquella médico blanca ni la anciana del pueblo de al lado lograron ver qué ocurría, aunque la primera pensó que era un talento y la segunda le untó de excremento de murciélago durante dos días.
Al final, sus hermanos cedieron y dejaron que hiciera música. Aquella flauta de cáñamo le ayudó a escuchar música sólo cuando él quería, cuando soplaba por ella durante todas las noches en la llanura, y también cuando acabó en un campo de refugiados. Allí fue donde le embarcaron para América: Kwanda tenía doce años.
Escondió su flauta como si fuera un tesoro en la mochila y vivió unos meses en una ciudad de prodigios.
En Estados Unidos no necesitaba tocar la flauta. Su madre americana era una asesora del ballet y era tanto el entusiasmo del muchacho que Hellen Steinham que jamás se había planteado la maternidad y que la convenció su amiga de Médicos Sin Frontera de acoger aquel pequeño músico africano en su hogar, derramó grandes lágrimas cuando el programa acabó.
Cuando regresó al campo de refugiados volvió a sacar su flauta. No importaba que ya no supiera nada de sus hermanos, ni de su aldea, ni de su país. Allí tendría su instrumento. Pero la flauta ya no sonaba.
- Es el cáñamo- le dijo un soldado- se seca. No pensarías que esto te iba a durar años ¿verdad? Y la quebró con un sólo golpe. Apenas ya era una corteza reseca.
Lo siguiente que se secó fue él. Empezó como una pequeña rozadura en el vientre, pero poco a poco se fue extendiendo y resecando. Si no lograba mantenerlo húmedo se agrietaba y se le abrían heridas. En el campo de refugiados era difícil poder darse más de una ducha a la semana y aquellas escamas se fueron apoderando de su cuerpo. Pero lo peor fue cuando pudo regresar a su tierra. Allí el río estaba cerca, pero también las burlas de los demás, y los miedos, y los malos augurios. Algunos pensaban que fue por aquello que le hizo la bruja del veneno de escorpiones, pero como Kwanda era inteligente y apuesto y despertaba envidias, los recelos se transformaron en odio. Una noche le sacaron de su cama para prenderle fuego como a los lagartos. Solo la aparición de uno de sus hermanos pequeños, convertido ahora en un señor de la guerra, logró parar su ejecución. Pero su vida peligraba. Escapó a Freetown donde en un hospital le diagnosticaron por error una extraña variante de la lepra pero, por suerte, lograron contactar con Hellen, que decidió que no podría dejar a Kwanda allí fuera cual fuera el coste.
Desde los diecisiete años vivió con ella. No fue fácil. Ella tenía un carácter errático que le llevó a cambiar de trabajo y pareja varias veces. Él tampoco, pese a ser siempre cálido y cercano, las costumbres de Kwanda eran extrañas hasta para un africano criado por la guerra. A veces deseaba dormir en la calle, otras quería hacer el amor a su vecina casada y también había experimentado con las drogas y las religiones.
Finalmente tras acabar el instituto a los veinte consiguió una beca de música y allí centró su mente y su talento. Kwanda quería dirigir una orquesta. Era todo su sueño. Ser capaz de producir música antes de que su enfermedad le acabara convirtiendo en un proscrito. Tal vez así pudiera seguir comunicándose con el mundo aunque él ya estuviera seco. Tal vez así podría alcanzar lo que nunca hizo su pequeña flauta de cáñamo.