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Dhaeva 3: El feudo de Slobozia.

Dhaeva 3: Relatos.

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24/02/2026, 07:38
Alcalde Dagu.

"Disonancia"

Las nuevas se extienden por Slobozia, como avispas que clavan sus aguijones en los corazones de nobles y plebeyos por igual. Dos hombres partieron, ninguno ha vuelto. Dado lo arriesgado de su empresa, primero se asume un retraso; luego, una desaparición; por último, la perspectiva comienza a ser menos optimista. Los días van borrando cualquier rastro de esperanza, y solo queda el miedo, la tristeza y un extraño vacío difícil de nombrar.

La presencia del villorio de Oiera sigue percibiéndose en el horizonte, como un ave de mal agüero que observara a su pueblo perchada en alguna rama distante. Dagu lleva días escuchando las preocupaciones de sus vecinos: muchos se preguntan, con motivo, si aquellos hombres condenados no decidirán acelerar su venganza y atacar cuando el frío haya paralizado su pueblo. Sin su capitán, la aldea se encuentra vulnerable, y lo ocurrido en los años anteriores, y especialmente esa misma Primavera, les confirma que hay fuerzas más allá de su comprensión, capaces de jugar con ellos como si de simples muñecos se trataran. Los rumores afirman que los mismos habitantes de Oiera adoran a esas mismas fuerzas oscuras, y que planean realizar actos indecibles con las buenas gentes de Slobozia, temerosas de Dios. El clima de tristeza, miedo y fatalidad es innegable.

El alcalde intenta calmarles. Hace un esfuerzo con empatizar con cada uno de ellos, les asegura que sus dudas tienen fundamento. Luego asiente con una confianza que no siente, no realmente. Afirma que, al igual que la Providencia les ha rescatado en el pasado, lo hará de nuevo en los meses venideros. Repite fragmentos de los sermones del Pater, que él mismo no es tan creativo ni culto como para idear por su cuenta, y hace referencia a antiguas historias que recuerda. Omite el hecho de que él mismo, tal y como hacen los villanos e Oiera, deposita su fe en fuerzas ocultas y antiguas, arraigadas en la tierra que pisan. Hay otros, como él, que todavía mantienen viva la llama de esa antigua fe; un brillo de reconocimiento surge entre ellos, sin que nadie llegue a decir nada. Pero ni Dios ni aquellos a los que ha reemplazado ofrecen certeza, y certeza es lo que necesita ahora mismo esa gente.

Al final de los días, llega cansado a casa, en donde su madre le ofrece el mismo apoyo que él intenta representar para sus vecinos. Sin ella, Dagu no podría levantarse al día siguiente, con una determinación que no existía en años anteriores. Sin ella, la amargura y el rencor habrían ganado sobre el pragmatismo y la ambición. Le consuela intentando reafirmar su hombría, pero en la casa ella es la que ejerce el título de alcalde. Un arreglo que Dagu solo percibe de manera inconsciente, y que acepta con gratitud. Nadie se mantiene cuerdo tras pasarse el día escuchando predicciones apocalípticas y quejas desgarradoras. Solo hay tres posibles reacciones ante algo así: una ira burbujeante, una gélida depresión o un firme estoicismo. Teniendo en cuenta el temperamento de Dagu, solo le es posible adoptar el tercero cuando delega toda responsabilidad al cruzar el umbral, y se abandona al abrazo de un entorno seguro.

"¿Y cuál es el entorno seguro de mi madre?", se pregunta, de vez en cuando. Como no sabe la respuesta, decide no pensar en ello.

Y así, cada noche se acuesta, consciente del peligro que acecha a la aldea, y del luto que todos portan por la muerte no anunciada de tales referentes como fueron el caballero-capitán Ferenk y el propio Carcelero. Una tristeza compartida, que nadie pone en duda. El miedo ayuda a sobrellevar el pesar, ya sea como reemplazo, o al menos como una manera de adormecerlo. En ese sentido, la aldea es una: homogénea, leal a su propia desgracia. Es un pensamiento gris, pero que de alguna manera resulta reconfortante.

Y, sin embargo, en esas mismas noches, cuando Dagu mira hacia el techo, recuerda una sonrisa puntiaguda, un mazo silbando y el estallido de dolor. Indescriptible, insoportable. En ese recuerdo, el mundo se oscurece en apenas segundos, y lo único que queda, con las brumas que los años aplican a la memoria, es la última imagen que percibió antes de que el dolor le protegiera con el dulce abrazo de la inconsciencia. Una figura inmensa, imponente, que tapaba la pálida luz como una antigua efigie maldita. Un ser casi mitológico, desde luego no humano. El mismo que le torturaba días atrás en aquella celda oscura y húmeda. El miedo personificado. Un recordatorio de su desgracia cuya imagen ya no se ve obligado a contemplar.

Cuando se duerme, sonríe.

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15/03/2026, 12:46
Koldun Vladislav Boru.

"El Pellejo del Campo"
Guárdese, señor mío; nosotros nos mantendremos dignos.

No es suelo manso la tierra de labor. Bajo el arado y la raíz guarda presión. El barro recuerda todo aquello que ha bebido: hueso y estiércol, sangre de parto y sangre del degüello. Al amanecer, el campo parece quieto; escarcha sobre los surcos, humo blanco en los techos de paja. Quieto arriba. Abajo permanece otra cuenta.

Algunos inviernos insinúan señales; atisbos, clarividencias. Ninguna cierta, ninguno falso. El ganado rehúsa un prado alocuente de un verde alegre, las aves de corral rodean un círculo que no pueden cruzar, los insectos buscan salir, como si no quisieran entrar. El agua de un pozo, aun en helada, turbia; de otro no mana, durante la noche se desborda. Un pozo bien hondo, el agua violentada, se refleja en la oscuridad del firmamento, más allá de las nubes y las estrellas. Negra en la base, en ciertos bancales, la avena brota retorcida; se pelea con ella. En el linde, sin descanso, los perros escarban y luego aúllan en discordancia; el hocico lleno de tierra, la tierra húmeda y reseca. El pueblo no sale de cuentas; al frío atribuye las causas, a los gusanos, a un mal año.

Cuando el suelo enferma, el sacerdote no se equivoca; con agua maldita rocía las almas. Los caballeros y las damas pronuncian malsanas palabras; no entran en la arcilla, aunque sean bendecidas. El señor exige más siembra, más diezmo, más consuelo y festejo. Ramas secas en la puerta, las mujeres y los hombres cuelgan, no con ligereza. Premoniciones insensatas, los viejos farfullan; historias de fantasmas aprendidas de sus tatarabuelas. Entierran azufre junto al granero, sal estropeada para el pescado. Al mal creen haber tratado con sabiduría popular, cuando solo se han acostado en el pellejo del campo.

Encadenados al deber, esclavos de la vigilancia, no llevan honra los hombres encargados. Escuchan aquello que otros atribuyen al silencio del invierno. En primavera clausuran un campo; en verano ordenan abrir una fosa; en otoño regresan al sendero. Malcriados los aldeanos, apartan sus miradas cuando el guardián atraviesa el camino. Ni reverencia ni consuelo. Quieren sembrar año tras año; nadie quiere cavar. Desconocen el terror del subsuelo, escuchan su aliento, lo confunden con la suave brisa y el buen tiempo.

Lo que yace debajo avanza como las brasas, bestia que camina consumida por el fuego. Se filtra, se adhiere a lo que vive, a la tierra y a la voluntad; tuerce la savia, agria la leche, vuelve áspero el sueño, tierna la traición. Pasa de raíz en raíz, de vientre a vientre, del agua a la sangre. Donde encuentra descuido, hunde su lengua, abre una grieta. Donde haya miedo, guarda paciencia, pervierte el ánimo y la desesperación. Donde florece la fraternidad, entona su canción, siembra perdición.

De las bocas del suelo, os diré que no hay oración que las acalle, hierba colgada en la puerta o la ventana que las aullente, hierro templado que las contenga. Mano firme requieren; disciplina, conocimiento y un pago verdadero. Lo que en el fondo se deposita, a la mesa no vuelve. Al alba, bajo ese terreno, la tierra guarda silencio, el campo la boca llena.

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16/03/2026, 20:07
Koldun Vladislav Boru.

"Antes de que nacierais"
Mi señor, perdónales, al igual que nosotros te perdonamos a ti.

Transilvania estaba aquí antes de vuestra sangre, antes del primer poste hincado en el lindero, antes del surco y del diezmo, antes del hueso puesto bajo cruz o montón de piedras. No es monte aparte del barro, ni bosque aparte de la fosa, ni sembrado aparte de lo que recibe debajo de la reja del arado. Todo entra en la misma cuenta; raíz, turba, estiércol, lluvia, diente, carne y ceniza. Los hombres llegan, levantan cerca, llaman suyo a un trecho y engendran hijos para atarlo con herencia; la tierra los oye, los toma. Quien nació en ella aprende cuando es tarde que pisa un cuerpo en deuda vieja, que cada mojón guarda menos un límite que una orden.

Hubo casas puestas para velar. No eran las más limpias ni las más queridas. Tenían piedra baja, umbral gastado, graneros y manos negras, de cera, de herrumbre y de sangre seca. Juraron sobre hierro, sal y pan duro, y el juramento no subía al cielo; quedaba en el suelo, trabado al barro por los muertos que lo recibían. Vinieron los hijos torpes, los yernos ávidos, los clérigos y los libros, los hombres de guerra con espuelas nuevas. Heredaron sello y fosa en vez de ganado. Tocaron lo que debía quedar quieto. Bastó mover una piedra, abrir una zanja fuera de estación, partir un campo por donde no tocaba. La leche agria, el centeno hueco; los recién nacidos callados demasiado tiempo. Jamás se escucharon los primeros llantos.

Desde entonces, no anda derecha la memoria. Lo que se debía guardar se contradice con aquello que nos fue dejado pegado a la mano. A veces el sueño; la misma zanja que vi en mi niñez. Y al poner el pie en ella, hallo la marca del arado de mi padre y el palo con el que atizaba al criado muerto el invierno pasado. No hay diferencia entre la carga y el oficio. Cuando se ha velado muchos inviernos, junto al mismo terrón helado, el honor se pudre igual que el estiércol; pasa de padre a hijo sin entendimiento. La herencia se vuelve cicatriz. Costra que no sana. Y entonces la tierra suda, aguas negras entre las raíces, el ganado rehúsa el abrevadero y el perro escarba dentro, dentro de mi cabeza. No ladra, me adora. Quien conoce estas cosas no las adora, entrega a tiempo lo que exige sello y calla el resto.

Vosotros pasearéis por la Madre Tierra igual que pasearon otros. Casa hundida, apellido carcomido por la lluvia, hierro rojo, vuelto escama en el establo. Transilvania ya era tierra antes de que la llamarais vuestra tierra patria, antes de que fuerais hombres y mujeres, antes de que engendrarais inútiles bastardos. Barro pegado a la rueda, roca torcida en el borde del campo, raíz que levanta una losa, sangre que absorbe la piedra sin cerrar cuenta. Mientras haya arado, fosa y cosecha, alguien tendrá que bajar la mano, notar si el suelo cede o es el alma la que perece. Teme la noche que no quede linaje, teme que no recuerde el hombre la carga. Tendida bajo el sembrado, esperando la lengua.

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18/03/2026, 23:04
Koldun Vladislav Boru.

"Escucha con atención"
Boru Vladislav, con atención escucha.

Escucha con atención, joven retoño, pues me pides con insistencia que te hable de aquello que late bajo las raíces mismas de nuestra existencia. Hoy te hablaré como alguien que ha visto imperios desmoronarse; no insistas más. Mi voz no es solo memoria, es tierra y sangre, ha sentido el pulso de las montañas durante siglos.

Para alguien de tu edad, es un demonio en el sentido vulgar que entendería un teólogo de Roma o un tembloroso monje de Bizancio. Para alguien de mi edad, es la herida abierta en el mundo, el susurro que sube por la savia de los árboles, el grito silencioso que emana de los abismos transilvanos. He visto cómo los hombres intentan purificar estas tierras con hogueras y cruces. Es fútil. Te habla tu hermano en confianza; padre, tu hijo; aquello es anterior a la llegada de los nuestros y seguirá aquí cuando el último de nosotros sea ceniza. Es la esencia de la noche eslava: salvaje, hambrienta y territorial en profundidad.

Muchos creen que somos los dueños de estas tierras. La verdad, tras décadas de observar el ciclo de la luna sobre los picos de los Cárpatos, solo somos sus jardineros... Así es, chiquillo, las flores que cultivamos son de un rojo oscuro conmovedor.

Ah... Entiendo; estamos en una era donde el mundo aún es joven, donde los hombres todavía tiemblan ante el susurro del bosque. Te entiendo, viejo; corre la era cristiana, el Rus de Kiev empieza a consolidarse, los tambores de guerra de Sviatoslav resuenan en las estepas.

Te diré la verdad, poco nos importa. Nosotros no miramos hacia los tronos, sino hacia abajo, hacia el abismo que bosteza bajo los Cárpatos. Con tantos inviernos a la espalda, habiendo visto el surgimiento y la caída de los hunos y el lento asentarse de los búlgaros, tu tarea es la más sagrada y peligrosa: yo soy el carcelero de lo que no puede ser encadenado.

Escucha bien, no ha de ser un mito para ti, es una presencia térmica. Mientras el resto de nuestro clan se pierde en juegos de carne y Vicissitude, transformando siervos en monstruos, yo me quedo aquí, en las cumbres, escuchando el magma espiritual que bulle bajo la roca, extrayendo el veneno de sus sueños para incendiar a sus aliados.

No te confundas. Tú no le sirves, ni él me sirve a mí. Somos depredadores atrapados en la misma celda.

Presta atención, joven Valdislav, lo de abajo está inquieto. La llegada de esta nueva fe desde el sur, de un Dios Único inclemente, le disgusta. No temas, las oraciones cristianas y cruces de hierro son como mosquitos zumbando en su oído. Poco le importan. Su raíz es mucho más profunda.

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22/03/2026, 00:11
Koldun Vladislav Boru.

"Esos desvalidos"
Graba esto en la médula, allí donde mi voz aún escuece.

Vladislav, presta oído. Año de nuestro dominio, quinientos inviernos de hierro. Los desviados son guarda caída que aún se tiene en pie. Recibieron muro y tapa, cerrojo y linde; dieron paso donde no debía haberlo. Púsose en ellos carga sobre la juntura, mano dura sobre el canto, oído en la tierra cuando muda su resuello; ahora sirven al tránsito.

En ellos la quiebra ya tomó oficio.

El hombre puesto a guarda deja cada cosa en su lugar. Sabe el precio de tal apartamiento en la espalda, en la vela; en la lengua seca cabe el horno muerto. Mas el desviado busca trato y roce. Mete la mano desnuda en barro tibio, arrima la cara a la hendidura que rezuma, guarda hierro mojado junto al cuero, duerme con paños tomados de humo agrio y, al alba, lleva tal rastro al cubo, al saco y al postigo.

No guarda el sello; gástalo con uso.

Después da su carne a aquello que debía yacer so costra y piedra. No por gran gesto ni por calentura vistosa, mas por faena chica; carne dejada en hoyada, sangre en tabla mal raída, hueso no llevado al hoyo hondo, tendón colgado do el vaho del establo lo tenga blando. De tal obra nace un desorden que pide más carne, más atadura, más lugar sobre faz de tierra.

Hállaseles en parajes que un guardador mira y cubre sin tardanza. Tornan a la fuente que exhala mal resuello, apartan la mata de sobre una boca de lodo, oyen la piedra mojada cuando duerme el resto de la casa, raspan con la uña el limo del borde.

En lugar de cerrar, quedan. En lugar de tapar, oyen.

Cada ida quítales una capa de seso y déjales una paciencia torcida. Aún tienen figura de hombres. El daño entra en ellos como señal de uso. La piel guarda calor bajo, no de trabajo. El aliento trae pozo cerrado. En los dientes se les posa color muerto, y so las uñas queda negrura que agua limpia no alza. Tañen herramienta y déjanla como rendida; tocan puerta y el encaje tarda en sentar.

Si uno solo mora dentro, la casa empieza a perder su firmeza en cosas menudas. La leche cobra mal aire antes de mediodía. La sal suda en el saco. Júntanse moscas fuera de sazón so viga sana. Los perros velan cabe el cercado y el ganado resuella hacia rincón vacío. La carga de la guarda dóblase y luego crece otra vez y cada cierre demanda mano nueva.

Míralos por hermanos del mismo barro, si has menester nombre para tu desprecio. La sangre común no muda la carga del daño. También en tu mano puede nacer tal flojedad. Dejar el hierro sin raer, oír la grieta una noche de más, tardar junto al cubo cuando ya el agua huele mudada.

Yo cuento esas faltas antes que tú. Yo las cuento en tu carne, Vladislav.

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23/03/2026, 23:14
Koldun Vladislav Boru.

"Herencia envenenada"
Coged cuanto queráis, ya nada os pertenece, señor.

Te dieron llaves antes de darte seso. Te las pusieron en la mano junto con el título, la mesa, la cerca y el derecho de sentarte más alto que otros y dar orden. Miraste el hierro y pensaste en castillo. Los viejos sabían mejor lo que pasaba de palma en palma. No te entregaban cerradura y techo; con la llave venía pozo, fosa y cuenta. El mozo entra en la heredad con la cabeza alta y aún ignora qué le dejaron dentro de casa, bajo la losa, junto al mojón, tras la tranca que resopla cuando muda el tiempo; lo que se le ha puesto encima ya piensa en guarda.

No tarda en prenderle. Primero muda el uso. El pan pierde, la sal no sabe, el caldo raspa al sorbo. La mano se vuelve al pestillo sin haberlo mandado nadie. El oído se aviva a golpes menudos; el gozne que ahora no responde o responde como no debe, la albada que asienta mal. En la garganta del torno, en lo hondo del corazón, agua detenida un instante de más. Después toma asiento más adentro. El sueño se quiebra. El ánimo se empozaña. Gente riendo en el patio, ya no parece de la misma especie. Queda dentro un cuidado malsano, un recelo sin objeto, una vigilancia sin tregua. También eso pasa de mano en mano.

Más daño causa un heredero limpio que la pobreza. Llega con el apellido ileso, el escudo bruñido, la barriga segura y los ojos vacíos. Toma inventario, reparte asiento, endereza lo que no entiende y en nada de eso advierte qué sostuvo al que le precedió, qué se ha quedado a esperarlo. De los viejos recibe hábito muerto, ceremonia, orgullo de sangre, las manos ya lavadas; alguien pagó antes. Así se pudre un linaje, casa con nombre y sin seso, cuando sigue en pie sin comprender por qué seguía.

Nada de esto se entrega sin menoscabo. En cada mano queda presa una falta. La herencia se cobra su porción. Uno pierde el dormir. Otro gasta el juicio hasta no distinguir. Uno en silencio, la noche entera, por costumbre o por miedo. Otro a un hijo entierra donde no debía haber más que greda y lodo. Uno entrega su pasado y queda unido, a su ruina, a una casa ya vencida, por el resto de sus días. Así no cede la cadena. Por exclusión de nobleza y gloria; por merma. Por lo que va quitándose para que el siguiente reciba, todavía, una puerta con llave, un campo que parezca prado.

Llega el heredero, liviano de juicio; esbelto, risueño, hueco de entendimiento. Y ve trigo, y ve ganado. Y ve vigas secas y una mesa puesta. Y ve criados y criadas, y sal y hierro y pan recién cocinado. Y cree haber sido tocado, alzado, bendecido con la fortuna. Tarda en atisbar qué cosa le ha sido en verdad dejada. No está escrito en las llaves, ni oculto en el apellido, ni entonado en la silla alta. Se lo dice la mudanza de su propio seso, el volverse del cuerpo hacia ciertos rincones, la cuenta secreta que empieza a llevar sin quererlo. Lo barrunta tarde. La casa y las criadas no eran premio; el nombre no honra, la tierra no era suya. Todo venía atado a una guarda vieja, retorcida y endeudada. Ningún heredero la escogería. Ninguno la soltará sin pagar consigo por ello.

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29/03/2026, 15:21
Koldun Vladislav Boru.

"La lengua de la tierra"
No busquéis en mi rostro, señor, lo que dejasteis en el espejo.

Creen los hombres que el mando se ejerce con la voz. Gritan al siervo, al buey, al hijo; esperan que el mundo se mueva porque lo han llamado a moverse. Necedad de seres de pocos inviernos. El verdadero mandato nace en el silencio que resta cuando la garganta queda seca.

Para que el agua te obedezca, primero has de dejar que el frío oxide la sangre. Para que la tierra se abra o se cierre a tu paso, has de convertir tus huesos en cal, tus nervios en raíces. El precio de la Koldunia es el sacrificio de la propia distinción.

Yo ya no sé dónde acabo yo y dónde empieza la filtración del suelo que vigilo. Mis ojos no ven luz; mis oídos no escuchan palabras; el crujido de las placas de tu casa es la única lengua que reconozco.

Te asusta mi crueldad; te parece un exceso de mi ánimo. No entiendes nada. Hablo la lengua de la exactitud. La tierra no perdona el error, ni de un centímetro en el cimiento. Y yo no perdono el error, ni de un pestañeo en la vigilancia. Si soy duro, es porque el hierro que sostengo es duro. Si soy amargo, es porque la savia que extraigo de las profundidades es hiel pura. No puedes pedirle al carcelero que tenga la piel blanda; no se le puede pedir a los grilletes que se desgarren con el roce.

Ese es el último secreto que uno nunca alcanza a ver; que el trono de los Cárpatos no tiene asiento, que es un poste de castigo, que estamos clavados a esta tierra para que ella no se levante.

Soy el clavo que mantiene la losa en su sitio; y tú, aprendiendo a martillear estás.

No esperes que te ame; un muro no ama a las piedras que lo constituyen, las sostiene para que no cedan cuando anhelan derrumbarse.

Si buscas calor, vete con los que beben y ríen antes de que la noche los olvide. Si buscas poder, quédate aquí, en el invierno; deja que el seso se te vuelva sordo y la voluntad piedra. Solo así, cuando lo de abajo empuje con su lengua traidora, cuando el hambre preceda al fuego, tu mano no temblará.

Aprende a callar; el suelo está escuchando, le agrada el sabor de las quejas. Yo ya he olvidado cómo se siente la brisa, el canto en la piel; solo siento la deuda, solo siento el hambre que nos rodea. En esta tierra, o eres el que clava, o eres lo que queda clavado.

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04/04/2026, 16:01
Koldun Vladislav Boru.

"De cómo el mancebo conoció su ignorancia"
No sana la soberbia del hierro la herida que causa el hedor.

Hacía ya luengos años que las ruinas padecían la lluvia por el quebrado techumbre. La hiedra se había enseñoreado de la nave y la cal se desprendía en costras del tamaño de una palma. Ascendí al tiempo que el día declinaba, trayendo ya en la boca el rastro de mi búsqueda; valle abajo habían nacido corderos con la quijada torcida, en un pozo hallaron una suerte de grasa parda asida al brocal, un mozo del molino dormía con los ojos de par en par mascullando palabras que su madre no reconocía. Alcancé las ruinas, la primera iglesia que mis ancestros con sudor y sangre y el esfuerzo del pagano levantaron, al anochecer.

Al posar la mano sobre la piedra de un alfeizar, sentí un calor vivo bajo la costra del muro. Hallé lo mismo en el altar. Habían removido una losa, dejando ver un hueco cuadrado de donde exhalaba un aire espeso, con hedor de resina quemada, letrina y sangre joven.

Bajé portando una lámpara de sebo y un puñal corto afilado con más soberbia de la que en aquel entonces sabía medir.

La escalera giraba angosta, rezumando humedad en los bordes. Vi huellas desnudas en el yeso y una palma teñida de negro sobre la pared. Más abajo se abrían las catacumbas: nichos yermos, agua estancada y salitre en la piedra. La llama de la vela flaqueó. Seguí mi paso. Ansiaba el reconocimiento de mi perspicacia.

Al final del corredor descubrí un sepulcro abierto y, junto a él, tendones, guedejas de cabello, una mandíbula de infante y dedos cosidos con hilo carmesí. El hombre estaba de espaldas, de hinojos, con la cabeza humillada. Al sentirme, volvió el rostro. Tenía media cara tersa y la otra abierta en grietas finas que manaban un humor oscuro. Sonrió, echando mano de una cadena armada con garfios.

Alcanzóme primero en la mejilla; después en las manos. Quise acometerle antes de que la cadena cobrara vuelo y logré arrojarlo contra un nicho; la piedra se deshizo en polvo y él me hundió el pulgar en la herida del rostro con la fuerza de una bestia febril. Caímos ambos al agua del corredor. Perdí el cuchillo. Sentí su rodilla en mi pecho y su aliento sobre mi boca.

Escupióme una baba negra y espesa, con grumos, que en parte penetró en mi nariz ardiéndome hasta lo hondo de los ojos. A tientas di con un fragmento de losa y se lo descargué en la sien una, dos y tres veces. Se apartó lo justo. Le mordí la mano hasta arrancarle dos dedos. Tragué sangre corrompida, vomité sobre el agua y recobré el acero. Le abrí el vientre bajo las costillas. El hedor que de allí brotó me dejó sin sentido.

El Baali, con todo, permaneció en pie.

No hubo ya arte en la contienda. Piedra, agua ensuciada, hierro, dientes, fuego fatuo y tinieblas. La lámpara se extinguió. Fui retrocediendo por el corredor, el hombro pegado al muro, buscando el pie firme entre despojos.

Él venía tras de mí, arrastrando entrañas y mi condena en las cadenas, seguro de su oscuridad.

En la escalera me clavó un garfio en lo alto, junto al hombro. Subí a pesar de todo, asido con una mano a los peldaños, sintiendo el hierro frío quemando la carne. Al ganar la nave principal, no volví la vista. Crucé el ábside roto y me lancé pendiente abajo entre matorrales.

Desde lo alto le oí respirar bajo el arco. No salió. Quedó en la boca de las ruinas, sosteniendo su vientre abierto, mirándome como a res que ha de desangrarse por su propio pie.

Viví tres días bajo un carro volcado. Comí ratas y bebí de los charcos. Me arranqué el hierro con un madero entre los dientes. La espalda soldó torcida y el brazo izquierdo quedó baldado por largo tiempo. Al caer la cuarta noche conocí a quien sería mi Sire, todavía entonces un casual viajero, desconocido y arisco.

De aquel Baali no obtuve trofeo, honra, ni provecho alguno. Me llevé el olor y la fiebre y el saber de mi mocedad; que bajo tierra el mal tiene paciencia y que al joven le basta una sola vez para conocer cuán grande es su ignorancia.

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05/04/2026, 01:08
Koldun Vladislav Boru.

"Cuanto quedó"
En el arrimo de la sombra, en el ayuno del tiempo.

I

Tráigame la memoria el tono bajo de su voz al nombrar las cosas menudas; tardaba en el pliegue del manto con una calma extraña incluso para mi naturaleza. Al andar, asentaba la planta con tal firmeza que el pedregal parecía aguardarla. La última luz demorábase en su cuello. Miraba la colina con los ojos vencidos por la calina; preso quedé de aquel gesto antes de saber qué se me había hecho.

II

Había en ella temple callado. Orgullo también. Sin pedirlo, la frente obligaba a alzar. Traía una aspereza de piedra, lino y sazón; a su lado mi propio solar se me volvía extraño. El invierno le enfriaba la mirada; agosto le encendía la piel. Hallé más amparo en su silencio que en los libros. Estaba en el mundo con una fijeza que yo nunca tuve.

III

Los años empezaron a obrar sobre ella a la vista de todos. El sueño se le volvió pesado; la respiración fue buscando arrimo en el cansancio. Las manos tomaron surcos de ladera. La vi caminar paso a paso hacia abajo mientras yo seguía del mismo lado, inmóvil en mi propia duración. Entre ambos se abrió una distancia que midiese con leguas. Velaba un cuerpo que empezaba a inclinarse hacia otra mano.

IV

Mas no fue el tiempo quien reclamó su parte. Bajo el sillar aguardaba Kupala. En ella reconoció la fijeza de los montes. Subió como humedad, lenta por los tobillos, a cobrarla. Sentí la tierra ser consumida; hambre que mi arte no pudo aplacar.

V

Vino un invierno que no traía trastoque. Se le metió en los huesos y la fue vaciando. La volvió huraña, agrietada, remota. Quise velar sus noches; quise apartar de su boca aquel aliento acerbo. Mis manos sabían de paramiento, de aldaba y de acecho. No sabían de remedio. Ella se me iba hacia dentro, hasta donde mi voz ya no hallaba entrada.

VI

Las arrugas la tomaron; rostro y manos. La sangre perdió brío. La piel se hizo seca, tirante y vencida. Cuanto amé, quedó; nada cedió. No pude soltarme; la tengo delante.

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05/04/2026, 17:44
Koldun Vladislav Boru.

"Diástole en silencio"
Parte Primera

Mi señor, en la pausa infinita entre los latidos de una piedra, nuestros corazones se expanden.
Somos el golpe, la acción, el ruido del mundo; vos el vacío que traga la realidad para procesarla.

Enero.

Crucé los términos de Transilvania por la vertiente exterior de los Cárpatos hasta dar con su refugio. No medié anuncio; reconoció mi presencia al punto. Krassimir emergió del letargo cual si los dos siglos de ausencia hubiesen cabido en un abrir y cerrar de ojos.

Dile cuenta de lindes mudadas, de pactos, de lides, caídas y encumbramientos; del nuevo reparto de los mortales bajo el yugo de sus señores. Krassimir escuchaba con semblante inexpresivo, reteniendo cuanto juzgaba digno de permanencia para volcarlo luego en su gran crónica.

Mientras su pluma discurría, yo me apostaba junto al umbral; contemplaba las tierras transilvanas, la traza inmóvil del horizonte.

Discurrimos sobre la naturaleza del alma. Krassimir alegaba que esta nace del resto que lega la conciencia cuando queda a solas, apartada del tumulto, del oficio y el trato. Para él, no era sino un poso de humanidad; la traza que sigue obrando en el pensamiento cuando el mundo nada tiene que entregar.

No hallé misterio en ello. Tampoco revelación.

Transcurridas diez anualidades, Krassimir juzgó llegada la hora de retornar al sueño eterno. Ayudéle a disponerse en su lecho de piedra. Antes de hundirse por completo en el letargo, me legó estas palabras: «Aquello que anhelas se halla allí donde reposa el testimonio de lo que nunca se ausenta de tu morada».

Maldito sea el viejo.

Sellé la entrada para vedar toda visita. Durante años roí el enigma. Pasado un cuarto de siglo, comencé a perseguir el curso de la luz sobre la estepa, los riscos, las selvas y los afluentes, en pos del punto preciso. El libro por el que vine descansa allí donde el resplandor mora, sin errar, en la linde misma del horizonte.

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05/04/2026, 21:39
Koldun Vladislav Boru.

"Diástole en silencio"
Parte Segunda

No hay pulso físico que la empuje; la conciencia se expande para contener vuestra historia.
Permitidnos perecer en vuestro nombre; nombre verdadero con el que será reconocida Transilvania. 

Abatí la espera. La frase de Krassimir, rumiada en el silencio del refugio, me obligó a releer su crónica desde la traza y no desde el asunto. Advertí que ciertas omisiones de nombres y la repetición de algunos giros formaban una arquitectura oculta. El texto cifraba una voluntad.

Confronté pasajes distantes y conté fechas, linajes y guarismos. De ese cotejo surgió una malla de correspondencias ajena a la cronología de los hombres. Krassimir había fijado en el papel una ordenación de indicios.

Entendí que la crónica guardaba un sistema de activación.

Trasladé esa malla al continente. Seguí los enclaves que los vacíos del texto señalaban. Recorrí pasos de montaña, riberas olvidadas y restos de antiguos muros. Hallé muescas en el granito, sombras que solo cerraban al ocaso y alineaciones de piedra sujetas a cálculo.

Cada punto entregaba un resto, nunca un cuerpo entero.

Pronto vi que aquellas señales no podían leerse por sí solas. Eran trazas dispersas, hostiles al entendimiento común. La incompatibilidad nacía del observador.

Dejé de buscar un lugar y empecé a buscar el aparejo capaz de filtrar aquel estrépito.

Volví a los folios y hallé, en la cadencia de una genealogía estéril, la indicación de un receptáculo. Fui hasta una oquedad bajo la raíz de un tejo viejo. Allí rescaté una pieza de bronce y cristal ahumado, labrada con la misma geometría que gobernaba los vacíos de la crónica.

No aguardaba allí el libro, sino el órgano previo.

No entendí el ingenio en las primeras vigilias. Lo sometí a tanteo y error, cotejándolo con las señales del terreno y los silencios del pergamino. Acabé por entender su ley. Era un instrumento de descarte. Su virtud consistía en cernir la imagen. Oscurecía la evidencia del mundo y dejaba emerger las recurrencias.

Provisto del artefacto, reemprendí el tránsito.

Lo que antes parecía fragmento huérfano cobró la cadencia de una serie. El ingenio ligaba los puntos en una trama de recurrencias tendida sobre Europa.

Comprendí que el testimonio de Krassimir estaba repartido y exigía lectura compuesta.

La búsqueda se volvió itinerante. Recogí trazas dispersas y las hilvané con cálculo. Entonces surgieron las disonancias. Muescas que debían estar íntegras aparecían gastadas por mano reciente. Alineaciones dadas por ciertas habían sido desplazadas.

Corregí mis lecturas hasta aceptar la evidencia; alguien había alterado las señales antes de mi llegada.

Examiné mis pasos y medí los tiempos del tránsito. Descarté el azar. O alguien había llegado antes a ciertos enclaves o reconstruía la misma secuencia desde otra clave.

La duda cambió el signo de mi marcha; ignoraba si dejaba rastro a un perseguidor o si seguía el rastro de un predecesor.

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05/04/2026, 22:13
Koldun Vladislav Boru.

"Diástole en silencio"
Parte Tercera

¿Qué sería de vos, mi señor, de nosotros, en la tregua?
¿Qué sería de este mundo infecto que suplica un cura de hierro?

Mudé la prioridad. El descifrado cedió ante la captura. Aquella presencia ponía en riesgo el método y los nodos aún intactos. La lectura quedó sometida a la interceptación. El libro pasó a ser objeto de disputa. La búsqueda tomó forma de persecución.

Dispuse observación, dilaté mis tránsitos y sembré desvíos y cebos. Modifiqué rutas y ritmos para forzar una respuesta. Quería saber si aquel rastro seguía mis quiebros o si ambos convergíamos sobre la misma red de señales.

La respuesta llegó pronto; una inteligencia exacta que anticipaba mis pasos, que se movía con soltura, con conocimiento previo de la arquitectura anterior al territorio.

La premura del acecho enturbió mis lecturas. Perdí tiempo en maniobras de distracción, cometí yerros y forcé interpretaciones por urgencia. La malla de señales comenzó a contraerse y me llevó hacia enclaves cada vez más extremos y despojados.

El mapa se agotaba en su periferia.

Creí haber quebrado el contacto. Retomé el descifrado con sobriedad. Una nueva correlación entre los folios y el ingenio de bronce reveló un cambio de magnitud. La clave remitía a puntos de excepción donde la lógica ordinaria se suspende.

El sistema quedaba orientado hacia la anomalía.

Aquel rastro me condujo a una cavidad sellada por el hielo. La presión de la roca parecía detener el pensamiento. El enclave imponía aislamiento, corte, exclusión.

El mundo exterior se abandonaba.

Al alcanzar el nodo final, el perseguidor emergió y me interceptó. Actuó de frente, sin rastro interpuesto. Habíamos convergido en el mismo punto de colapso. La trayectoria no admitía dos observadores.

Fui derrotado. Perdí el artefacto y la capacidad de imponer mi lectura sobre el sistema. La derrota quebró mi método, me dejó sin mando.

Desde esa nulidad revisé el sentido de la clave final.

Entonces entendí la inversión. Lo buscado quedaba fuera de la luz del horizonte, de aquello que el resplandor señalaba. El testimonio descansaba donde la luz no tiene acceso.

La clave de Krassimir operaba por exclusión.

El patrón cambió de signo. La ceguera pasó a ser requisito. Comprendí también la función del enclave. Aquel lugar extremo abría la vía de acceso.

Vaciar referencia, suspender juicio, llevar la conciencia a las puertas de la quietud formaban parte del mismo dispositivo. Para hallar lo que nunca se ausenta de la morada, primero debía retirarse cuanto el mundo entrega.

La figura del perseguidor adquirió otro sentido. Su anticipación, su falta de huella, su rigor ya no encajaban en una rivalidad ordinaria.

Uní los indicios y comprendí que aquella fuerza me conducía. La persecución agotaba mi voluntad, empujaba el método exterior hasta su ruina.

Mi relación con Krassimir se reordenó en el silencio de la cavidad. La hostilidad del rastro formaba parte del dispositivo. La derrota y la pérdida del ingenio hacían posible la inversión final.

El viejo había dispuesto una demolición del pensamiento, negado a mis manos toda forma, todo mapa.

El dolor del rastro me había guiado al centro de la nada.

Acepté el letargo como operación necesaria. Entré en el sueño porque el acceso al verdadero lugar exigía suspensión de los sentidos, salida del régimen de vigilia. El letargo era el último aparejo.

El resto de la conciencia quedaba a solas.

En el tránsito abierto obtuve la entrada, el lugar verdadero. El libro permaneció fuera de mi alcance. El descenso apenas comenzaba.

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06/04/2026, 02:45
Koldun Vladislav Boru.

"Diástole en silencio"
Parte Cuarta

Guardaos vuestras súplicas; no es por carencia de compasión que el hierro os hundiré.
No os reconozco, mi señor, tan solo es eso.

Así el letargo asentó.

Uno por uno los asideros del mundo fui apartando. El frío de la roca. La carga del cuerpo. La gota pausada del tiempo. Empero, un hilo conservé, un vacío en la conciencia para dar cuenta de aquella separación.

Entonces, en estratos, el lugar verdadero compareció.

Capas densas, hundidas en profundidad, hallé. Un vestigio reconocí; Krassimir había dejado allí un depósito de memoria intacto. Un paraje.

Tenté y forcé relación entre una capa y la siguiente con los hábitos de mis antiguas vigilias. Al insistir, una sacudida de rechazo me atravesó; una porción de mi propio centro cedió sin provecho. La faz permaneció cerrada. Solo cedía mediante pago.

Bastó ese daño. Entendí su ley; la sustitución entera.

Para que una capa del testimonio se dejase leer, una parte de mí debía ocupar su lugar. El libro pedía vivir; leer exigía conciencia.

Entregué el recuerdo de un maestro de mi mocedad, su semblante y su quehacer.

Apenas lo solté, dejó de ser mío.

Se abrió un tramo del testimonio. Recibí el paso vívido; lo que el viejo había hecho. Su misma verdad, ahora era mía.

Repetí la operación; cada entrega ensanchaba el alcance del testimonio; menguaba mi entereza.

Empecé a notar vacíos en el hilo de mi propia cuenta. Nombres que me habían acompañado durante décadas se despidieron. El saber se asentaba sobre la ruina de lo que había sido.

Comprendí la condición del artificio. El libro de Krassimir vivía en el acto de la lectura. Su asiento dependía del lector, del trueque que aceptase. Cada entrada alteraba lo guardado. Leer pedía volverse parte del libro.

Alcancé el punto decisivo.

Un paso más bastaba para deshacer la trabazón mínima por la que aún podía reconocerme. Más allá de aquel límite quedaban mezcla y derrame en la hechura del viejo.

La detención me devolvía a la cavidad con una crónica cercenada; seguir reclamaba todo mi ser.

Tomé partido. Medí el alcance de la lectura según el resto que aún podía guardar. Determiné qué porción podía entregar para asegurar los nudos mayores del testimonio. Con ello fijé mi mudanza y la cuantía de verdad que habría de llevar a la vigilia.

La vuelta fue recia. El cuerpo y las señales del mundo tornaron por fuerza.

Cuando recobré los sentidos, el quebranto se mostró. Padecía lagunas y roturas en la continuidad. Los recuerdos de un siglo ajeno lucían con más firmeza que las horas de la noche pasada.

Había vuelto, alterada la raíz.

Desde aquel entonces, algunas trazas del mundo se me ofrecían ya sin mediación. La piedra daba señales donde antes requería artificio. Determinados parajes dejaban ver una intención enterrada.

Lo ganado en la cavidad empujó el enigma hacia un fondo mayor. El descenso abierto quedó, el libro de Krassimir incompleto. Mi rastro, mezclado con el suyo, se ha perdido en un tránsito sin retorno. Obtuve mi libro; sélo. 

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24/04/2026, 01:25
Caballero-Capitán Ferenk Zarak.

"Ajeno"

Procuró no mirar excepto al frente. No observar, más allá de la espalda del jinete delante suya. Pero no más arriba. Lo suficiente para discernir a dónde movía su oscura montura al paso y él hacer lo propio con la suya. Pero eventualmente, su mirada nerviosa, no podía evitar alzar un poco más la vista y terminar por ver los hombros del caballero y... nada más después. Aquella visión le invitaba a volver a bajar la mirada y posarla sobre sus manos enguantadas que aferraban con fuerza las riendas. Estaban sucias con restos secos de sangre ajena.

En un primer momento la visión de su acompañante le había espantado. Más tarde lo inquietó. Ahora solo le incomodaba pero esa espalda, esos hombros y nada a continuación resultaban ser el punto menos desagradable donde dirigir la mirada teniendo en cuenta todo lo demás que tenía por ver. Y mientras tanto se preguntaba con creciente ansiedad si estando allí ya era parte irremisible de todo aquello. Que una vez dentro era uno más. Sin esperanza ni futuro. Aunque, cierto es, junto a su guía era el único sobre una montura, el único vestido y él único que no arrastraba los pies.

Repentinamente su caballo bufó inquieto y él, volviendo en sí y apartando la mirada de aquel que abría el camino, osó mirar hacia un lado para ver el temor de Mulo, tirando de sus rienda para que frenase en seco. Una mujer desnuda, de aspecto regio, piel cetrina y mirada perdida se les cruzó por delante, evitando así aplastarla. Entonces se preguntó si acaso eso era siquiera posible. No iba a comprobarlo, así que jinete y montura contuvieron el aliento mientras la dejaban pasar. La figura caminó sin aparente rumbo e ignorándolos como si no existieran o no los viera. Quizás no podía. Fue en ese momento cuando alzó la vista y volvió a ver por segunda vez todo aquello, controlando esta vez su temor.

Aquel lugar era... inconmensurable. De aspecto subterráneo y oscuro, húmedo, frío y desolado. Tan alejado de la superficie como podría la tierra estarlo del cielo, con abundantes brumas en parte planeando sobre ellos y que ocultaban el inmenso techo de la inabarcable caverna que pese a su tamaño resultaba tan opresiva como una pequeña e ineludible celda. Y las neblinas en parte también cubrían el suelo y con ello traicioneras y peligrosas simas insondables que podían aparecer en cualquier momento bajo los pies. No debía perder el rastro de quien iba delante abriendo la marcha y parecía conocer el camino. El camino a... no sabía dónde.

Una luz mortecina y antinatural, que nada tenía que ver con el sol, parecía iluminar débilmente el lugar sumido en una constante atmósfera de luto, allá donde la oscuridad más profunda, que nada tenía que ver con la noche, y las nieblas se lo permitía. Así pudo discernir a lo lejos, iban dejándolo atrás, el reflejo de unas aguas. Un enorme lago y quizás una oscura nave acercándose a un embarcadero para descender su carga: más siluetas pálidas y desnudas. Como las miles que en caótica procesión, todas, marchaban en la misma dirección entonando una letanía de suspiros y sufrimiento. Algunas alejadas, otras junto a ellos, teniendo que hacer cuidadoso esfuerzo de no entrar en contacto con ninguna. Sin embargo él juraría que, finalmente, mucho más adelante y poco a poco, parecían adquirir cierto orden al dividirse, como en una encrucijada, en tres grandes y diferentes trayectorias, formando en cada una fila interminable. Una ascendía, otra descendía y la tercera mantenía el nivel. Y todas las figuras, pese a caer muchas en diversos momentos en un andar errático, terminaban por tomar ordenadamente una u otra dirección, encajando cada una en su procesión, como si cada una supiera qué senda debía seguir en aquellos caminos sin retorno.

Espoleó de nuevo su montura para seguir al jinete guía que lentamente avanzaba en paralelo a una de las grandes filas y pese a que su respiración estaba agitada y su corazón latía con fuerza, era dueño de su entereza, osando observar con mayor detenimiento aquel lugar y aquella entidades donde nadie más prestaba atención a su entorno. Tan solo discurrían como lo que eran: almas en pena.

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25/04/2026, 14:49
Caballero-Capitán Ferenk Zarak.

"Familiar"

Giró su rostro, sobresaltado, cuando escuchó el lejano estruendo metálico, en los confines de las penumbras cavernosas de donde procedía. Fue el inconfundible sonido de una cadenas, enormes.

Así pudo intuir, en el oscuro horizonte, la silueta de un deforme e inmenso pilar sosteniendo parte de todo aquello. De nuevo captó el lejano sonido metálico y juró por un momento que el pilar se había movido, como cambiando de postura, incómodo,pero sin dejar de sostener el todo, asustando al hombre que no quiso preguntarse qué debía ser aquello, desviando su mirada a algo más cercano. Esta se posó en la fila de figuras que discurría en paralelo junto a ambos jinetes y aunque su sensatez le dijo que apartara su vista de inmediato, la curiosidad o tal vez algo perturbadoramente familiar pudo más y captó su atención.

El desfile de cuerpos desnudos, grisáceos, bien formados y deformes. Claramente perfilados o borrosos y difuminados. Hombres y mujeres. Jóvenes y ancianos. Adultos y niños. Altivos algunos y humildes cabizbajos la mayoría. De todo tiempo y lugar. Llegados a ese punto, todos eran iguales. Los que vivieron por sus manos y los ricos. Al unísono seguían la penitente procesión, arrastrando los pies y emitiendo eventualmente gemidos, su cántico de aflicción.

No pudo evitar emitir él mismo un respingo de sorpresa al contemplar una de las figuras imprecisas tomar forma y reconocer en ella a alguien conocido: Iacobus. Caminaba como el resto pero se mantenía erguido, arrogante. Incluso en el más allá. Y en vez de gimiente mostraba una sorprendente cruel sonrisa. Zarak pensó que ese era el último acto de soberbia de aquel individuo pues sus poses en vida de poco le valdrían en la muerte. Lo siguió con la mirada unos momentos hasta que llegó a la cercana encrucijada. Allí tomó el camino descendente. El más oscuro. El que más se adentraba en las entrañas de aquellas desoladas tierras. El que más hizo encoger el corazón al caballero.

¿Será ese mi destino? Tal vez lo merezca.

Y por ello apartó la mirada de las almas y se centró en seguir al jinete frente a él, preguntándose a dónde lo llevaría. Pero este, hierático, había detenido su marcha, confundiendo al magyar. La senda que habían tomado, junto a la interminable fila de penitentes, continuaba claramente pero el guía y su negra montura permanecían quietos. Como si no desearan que Ferenk se moviera de allí por el momento.

Un llanto, un gemido familiar, forzaron al hombre a volver a mirar a la fila. Y de nuevo la sorpresa lo embargó.

- Enrietta... - murmuró. Aquella mujer desesperada a la cual había salvado de las llamas el día de San Juan pero no había sabido preservar o vigilar más allá, abandonándola a un destino y una condenación terribles, ante la indiferencia del resto. La buscó posteriormente, pero fue demasiado tarde. Sintió culpabilidad y lástima por el aciago final de la doncella, observándola cómo se alejaba y en la gran encrucijada tomaba el camino del centro, posiblemente el más transitado, que se sumía en penumbras que parecían envolver a quienes se adentraban en un ominoso olvido.

El caballero, cabizbajo, se preguntó si el guía por fin reanudaría la marcha. Entonces, de soslayo, captó un movimiento en la fila que capturó su atención. Una figura pequeña. El Capitán alzó el rostro y la miró. Sus ojos se abrieron de par en par y su rostro se descompuso al reconocerla. La niña caminaba como una más, con la mirada perdida y sus facciones relajadas. Ya no parecía sufrir la agonía que Ferenk nunca pudo ni podría olvidar. Quizás eso era lo único bueno. Percibió entonces la marca malva en torno al fino cuello de la joven. El único estigma que había visto entre los miles que habían desfilado. Un recordatorio exclusivo para él. En ese momento sintió que le costaba respirar, su corazón se encogía hasta el dolor y todo pareció tornarse borroso: eran sus ojos humedecidos.

El caballero extendió su brazo hacia ella, como gesto para que se detuviera, para que esperara. Tenía tanto que decirle pero la voz moría en su garganta acongojada, como la de un niño, el niño que fue, que tras el llanto más intenso es incapaz de obtener el aire para emitir palabra alguna por mucho que lo intente.

- L-lo siento. Perdón... - logró articular tras un enorme esfuerzo con una mirada casi desesperada en busca de la absolución. Y la niña se detuvo y giró el rostro hacia donde él se encontraba. Y tras unos largos y agónicos momentos inexpresivos, como si escrutara algo que no puede ver, la joven volvió a mirar al frente y continuó su caminar. Ferenk apretó los dientes con fuerza y se llevó la mano al rostro, embargado en la culpa, la tristeza y el dolor.

Cuando liberó su visión osó alzar la mirada. La niña llegaba a la encrucijada y tomaba el tercer camino, el ascendente, el más despejado e iluminado. No supo por qué, pero de alguna manera Zarak sintió un pequeño consuelo.

Repentinamente el jinete guía comenzó a moverse y el magyar tuvo la certeza de que este quiso que viera todo aquello. No le reprochó nada. Le había mostrado posibles destinos para los diversos penitentes.

Ahora descenderemos, pensó el caballero como el camino más lógico.

Pero al llegar a la encrucijada el jinete oscuro tomó una senda distinta, no transitada por nadie. El cuarto camino. De alguna manera parecía seguir en paralelo el camino central, el de las penumbras, pero poco a poco se fue alejando de este. Si bien este también poseía brumas estas resultaron ser más densas. Una niebla que no dejaba ver a donde iban ni por donde caminaban. Por un instante temió que pudieran salirse del camino y caer en alguna de las simas, pero parecía como si Mulo fuera capaz de seguir al guía pese aquel muro tenebroso.

Sintió una ráfaga de viento helado que golpeó su rostro y después motas frías cayendo sobre él que al contacto con la piel se tornaban en humedad. La niebla se disipó y notó la nieve caer en la noche. Reconoció los campos nevados y las luces a través de las ventanas del familiar y pequeño pueblo a menos de una milla: estaba en casa. Escuchó tras él el galopar alejándose de su silencioso acompañante. Tampoco es que pudiera hablar dada su condición.

- Gracias. No lo olvidaré - murmuró mientras espoleaba su caballo y avanzaba hacia su hogar. Pese a tener su cuerpo, corazón y su mente sumidos en el agotamiento, el trauma, el dolor y la pérdida, a cada paso que Mulo lo acercaba a Slobozia, crecía en él el júbilo de comprender que seguía vivo pese a todo lo acontecido. Que volvía con los suyos. Ahora sus pensamientos se centraban en su familia. Quería, no, necesitaba abrazar y sentir a sus pequeñas. Nada lo haría sentir más vivo.