"Disonancia"
Las nuevas se extienden por Slobozia, como avispas que clavan sus aguijones en los corazones de nobles y plebeyos por igual. Dos hombres partieron, ninguno ha vuelto. Dado lo arriesgado de su empresa, primero se asume un retraso; luego, una desaparición; por último, la perspectiva comienza a ser menos optimista. Los días van borrando cualquier rastro de esperanza, y solo queda el miedo, la tristeza y un extraño vacío difícil de nombrar.
La presencia del villorio de Oiera sigue percibiéndose en el horizonte, como un ave de mal agüero que observara a su pueblo perchada en alguna rama distante. Dagu lleva días escuchando las preocupaciones de sus vecinos: muchos se preguntan, con motivo, si aquellos hombres condenados no decidirán acelerar su venganza y atacar cuando el frío haya paralizado su pueblo. Sin su capitán, la aldea se encuentra vulnerable, y lo ocurrido en los años anteriores, y especialmente esa misma Primavera, les confirma que hay fuerzas más allá de su comprensión, capaces de jugar con ellos como si de simples muñecos se trataran. Los rumores afirman que los mismos habitantes de Oiera adoran a esas mismas fuerzas oscuras, y que planean realizar actos indecibles con las buenas gentes de Slobozia, temerosas de Dios. El clima de tristeza, miedo y fatalidad es innegable.
El alcalde intenta calmarles. Hace un esfuerzo con empatizar con cada uno de ellos, les asegura que sus dudas tienen fundamento. Luego asiente con una confianza que no siente, no realmente. Afirma que, al igual que la Providencia les ha rescatado en el pasado, lo hará de nuevo en los meses venideros. Repite fragmentos de los sermones del Pater, que él mismo no es tan creativo ni culto como para idear por su cuenta, y hace referencia a antiguas historias que recuerda. Omite el hecho de que él mismo, tal y como hacen los villanos e Oiera, deposita su fe en fuerzas ocultas y antiguas, arraigadas en la tierra que pisan. Hay otros, como él, que todavía mantienen viva la llama de esa antigua fe; un brillo de reconocimiento surge entre ellos, sin que nadie llegue a decir nada. Pero ni Dios ni aquellos a los que ha reemplazado ofrecen certeza, y certeza es lo que necesita ahora mismo esa gente.
Al final de los días, llega cansado a casa, en donde su madre le ofrece el mismo apoyo que él intenta representar para sus vecinos. Sin ella, Dagu no podría levantarse al día siguiente, con una determinación que no existía en años anteriores. Sin ella, la amargura y el rencor habrían ganado sobre el pragmatismo y la ambición. Le consuela intentando reafirmar su hombría, pero en la casa ella es la que ejerce el título de alcalde. Un arreglo que Dagu solo percibe de manera inconsciente, y que acepta con gratitud. Nadie se mantiene cuerdo tras pasarse el día escuchando predicciones apocalípticas y quejas desgarradoras. Solo hay tres posibles reacciones ante algo así: una ira burbujeante, una gélida depresión o un firme estoicismo. Teniendo en cuenta el temperamento de Dagu, solo le es posible adoptar el tercero cuando delega toda responsabilidad al cruzar el umbral, y se abandona al abrazo de un entorno seguro.
"¿Y cuál es el entorno seguro de mi madre?", se pregunta, de vez en cuando. Como no sabe la respuesta, decide no pensar en ello.
Y así, cada noche se acuesta, consciente del peligro que acecha a la aldea, y del luto que todos portan por la muerte no anunciada de tales referentes como fueron el caballero-capitán Ferenk y el propio Carcelero. Una tristeza compartida, que nadie pone en duda. El miedo ayuda a sobrellevar el pesar, ya sea como reemplazo, o al menos como una manera de adormecerlo. En ese sentido, la aldea es una: homogénea, leal a su propia desgracia. Es un pensamiento gris, pero que de alguna manera resulta reconfortante.
Y, sin embargo, en esas mismas noches, cuando Dagu mira hacia el techo, recuerda una sonrisa puntiaguda, un mazo silbando y el estallido de dolor. Indescriptible, insoportable. En ese recuerdo, el mundo se oscurece en apenas segundos, y lo único que queda, con las brumas que los años aplican a la memoria, es la última imagen que percibió antes de que el dolor le protegiera con el dulce abrazo de la inconsciencia. Una figura inmensa, imponente, que tapaba la pálida luz como una antigua efigie maldita. Un ser casi mitológico, desde luego no humano. El mismo que le torturaba días atrás en aquella celda oscura y húmeda. El miedo personificado. Un recordatorio de su desgracia cuya imagen ya no se ve obligado a contemplar.
Cuando se duerme, sonríe.
"El Pellejo del Campo"
Guárdese, señor mío; nosotros nos mantendremos dignos.
No es suelo manso la tierra de labor. Bajo el arado y la raíz guarda presión. El barro recuerda todo aquello que ha bebido: hueso y estiércol, sangre de parto y sangre del degüello. Al amanecer, el campo parece quieto; escarcha sobre los surcos, humo blanco en los techos de paja. Quieto arriba. Abajo permanece otra cuenta.
Algunos inviernos insinúan señales; atisbos, clarividencias. Ninguna cierta, ninguno falso. El ganado rehúsa un prado alocuente de un verde alegre, las aves de corral rodean un círculo que no pueden cruzar, los insectos buscan salir, como si no quisieran entrar. El agua de un pozo, aun en helada, turbia; de otro no mana, durante la noche se desborda. Un pozo bien hondo, el agua violentada, se refleja en la oscuridad del firmamento, más allá de las nubes y las estrellas. Negra en la base, en ciertos bancales, la avena brota retorcida; se pelea con ella. En el linde, sin descanso, los perros escarban y luego aúllan en discordancia; el hocico lleno de tierra, la tierra húmeda y reseca. El pueblo no sale de cuentas; al frío atribuye las causas, a los gusanos, a un mal año.
Cuando el suelo enferma, el sacerdote no se equivoca; con agua maldita rocía las almas. Los caballeros y las damas pronuncian malsanas palabras; no entran en la arcilla, aunque sean bendecidas. El señor exige más siembra, más diezmo, más consuelo y festejo. Ramas secas en la puerta, las mujeres y los hombres cuelgan, no con ligereza. Premoniciones insensatas, los viejos farfullan; historias de fantasmas aprendidas de sus tatarabuelas. Entierran azufre junto al granero, sal estropeada para el pescado. Al mal creen haber tratado con sabiduría popular, cuando solo se han acostado en el pellejo del campo.
Encadenados al deber, esclavos de la vigilancia, no llevan honra los hombres encargados. Escuchan aquello que otros atribuyen al silencio del invierno. En primavera clausuran un campo; en verano ordenan abrir una fosa; en otoño regresan al sendero. Malcriados los aldeanos, apartan sus miradas cuando el guardián atraviesa el camino. Ni reverencia ni consuelo. Quieren sembrar año tras año; nadie quiere cavar. Desconocen el terror del subsuelo, escuchan su aliento, lo confunden con la suave brisa y el buen tiempo.
Lo que yace debajo avanza como las brasas, bestia que camina consumida por el fuego. Se filtra, se adhiere a lo que vive, a la tierra y a la voluntad; tuerce la savia, agria la leche, vuelve áspero el sueño, tierna la traición. Pasa de raíz en raíz, de vientre a vientre, del agua a la sangre. Donde encuentra descuido, hunde su lengua, abre una grieta. Donde haya miedo, guarda paciencia, pervierte el ánimo y la desesperación. Donde florece la fraternidad, entona su canción, siembra perdición.
De las bocas del suelo, os diré que no hay oración que las acalle, hierba colgada en la puerta o la ventana que las aullente, hierro templado que las contenga. Mano firme requieren; disciplina, conocimiento y un pago verdadero. Lo que en el fondo se deposita, a la mesa no vuelve. Al alba, bajo ese terreno, la tierra guarda silencio, el campo la boca llena.
"Antes de que nacierais"
Mi señor, perdónales, al igual que nosotros te perdonamos a ti.
Transilvania estaba aquí antes de vuestra sangre, antes del primer poste hincado en el lindero, antes del surco y del diezmo, antes del hueso puesto bajo cruz o montón de piedras. No es monte aparte del barro, ni bosque aparte de la fosa, ni sembrado aparte de lo que recibe debajo de la reja del arado. Todo entra en la misma cuenta; raíz, turba, estiércol, lluvia, diente, carne y ceniza. Los hombres llegan, levantan cerca, llaman suyo a un trecho y engendran hijos para atarlo con herencia; la tierra los oye, los toma. Quien nació en ella aprende cuando es tarde que pisa un cuerpo en deuda vieja, que cada mojón guarda menos un límite que una orden.
Hubo casas puestas para velar. No eran las más limpias ni las más queridas. Tenían piedra baja, umbral gastado, graneros y manos negras, de cera, de herrumbre y de sangre seca. Juraron sobre hierro, sal y pan duro, y el juramento no subía al cielo; quedaba en el suelo, trabado al barro por los muertos que lo recibían. Vinieron los hijos torpes, los yernos ávidos, los clérigos y los libros, los hombres de guerra con espuelas nuevas. Heredaron sello y fosa en vez de ganado. Tocaron lo que debía quedar quieto. Bastó mover una piedra, abrir una zanja fuera de estación, partir un campo por donde no tocaba. La leche agria, el centeno hueco; los recién nacidos callados demasiado tiempo. Jamás se escucharon los primeros llantos.
Desde entonces, no anda derecha la memoria. Lo que se debía guardar se contradice con aquello que nos fue dejado pegado a la mano. A veces el sueño; la misma zanja que vi en mi niñez. Y al poner el pie en ella, hallo la marca del arado de mi padre y el palo con el que atizaba al criado muerto el invierno pasado. No hay diferencia entre la carga y el oficio. Cuando se ha velado muchos inviernos, junto al mismo terrón helado, el honor se pudre igual que el estiércol; pasa de padre a hijo sin entendimiento. La herencia se vuelve cicatriz. Costra que no sana. Y entonces la tierra suda, aguas negras entre las raíces, el ganado rehúsa el abrevadero y el perro escarba dentro, dentro de mi cabeza. No ladra, me adora. Quien conoce estas cosas no las adora, entrega a tiempo lo que exige sello y calla el resto.
Vosotros pasearéis por la Madre Tierra igual que pasearon otros. Casa hundida, apellido carcomido por la lluvia, hierro rojo, vuelto escama en el establo. Transilvania ya era tierra antes de que la llamarais vuestra tierra patria, antes de que fuerais hombres y mujeres, antes de que engendrarais inútiles bastardos. Barro pegado a la rueda, roca torcida en el borde del campo, raíz que levanta una losa, sangre que absorbe la piedra sin cerrar cuenta. Mientras haya arado, fosa y cosecha, alguien tendrá que bajar la mano, notar si el suelo cede o es el alma la que perece. Teme la noche que no quede linaje, teme que no recuerde el hombre la carga. Tendida bajo el sembrado, esperando la lengua.
"Escucha con atención"
Boru Vladislav, con atención escucha.
Escucha con atención, joven retoño, pues me pides con insistencia que te hable de aquello que late bajo las raíces mismas de nuestra existencia. Hoy te hablaré como alguien que ha visto imperios desmoronarse; no insistas más. Mi voz no es solo memoria, es tierra y sangre, ha sentido el pulso de las montañas durante siglos.
Para alguien de tu edad, es un demonio en el sentido vulgar que entendería un teólogo de Roma o un tembloroso monje de Bizancio. Para alguien de mi edad, es la herida abierta en el mundo, el susurro que sube por la savia de los árboles, el grito silencioso que emana de los abismos transilvanos. He visto cómo los hombres intentan purificar estas tierras con hogueras y cruces. Es fútil. Te habla tu hermano en confianza; padre, tu hijo; aquello es anterior a la llegada de los nuestros y seguirá aquí cuando el último de nosotros sea ceniza. Es la esencia de la noche eslava: salvaje, hambrienta y territorial en profundidad.
Muchos creen que somos los dueños de estas tierras. La verdad, tras décadas de observar el ciclo de la luna sobre los picos de los Cárpatos, solo somos sus jardineros... Así es, chiquillo, las flores que cultivamos son de un rojo oscuro conmovedor.
Ah... Entiendo; estamos en una era donde el mundo aún es joven, donde los hombres todavía tiemblan ante el susurro del bosque. Te entiendo, viejo; corre la era cristiana, el Rus de Kiev empieza a consolidarse, los tambores de guerra de Sviatoslav resuenan en las estepas.
Te diré la verdad, poco nos importa. Nosotros no miramos hacia los tronos, sino hacia abajo, hacia el abismo que bosteza bajo los Cárpatos. Con tantos inviernos a la espalda, habiendo visto el surgimiento y la caída de los hunos y el lento asentarse de los búlgaros, tu tarea es la más sagrada y peligrosa: yo soy el carcelero de lo que no puede ser encadenado.
Escucha bien, no ha de ser un mito para ti, es una presencia térmica. Mientras el resto de nuestro clan se pierde en juegos de carne y Vicissitude, transformando siervos en monstruos, yo me quedo aquí, en las cumbres, escuchando el magma espiritual que bulle bajo la roca, extrayendo el veneno de sus sueños para incendiar a sus aliados.
No te confundas. Tú no le sirves, ni él me sirve a mí. Somos depredadores atrapados en la misma celda.
Presta atención, joven Valdislav, lo de abajo está inquieto. La llegada de esta nueva fe desde el sur, de un Dios Único inclemente, le disgusta. No temas, las oraciones cristianas y cruces de hierro son como mosquitos zumbando en su oído. Poco le importan. Su raíz es mucho más profunda.