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Dhaeva 3: El feudo de Slobozia.

Dhaeva 3: Relatos.

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27/05/2026, 12:49
Dama Radovina Zarak.

Praescientia

 

En el suelo, la tierra, ¿la solidez? No, nada más lejos.

En su regazo, Irina. La melodía, extraña, triste, en su cabeza. Y en sus labios, en su garganta, sin sílabas, sólo sonido, continuo, sinuoso. Melancólico. Una nana... ¿un responso? Ni lo uno ni lo otro. Una constatación.

Con lentitud pasmosa, a ritmo de su propio cuerpo al mecerse, al mecer a la pequeña, adelante... atrás; adelante... atrás. Un hundirse. Abajo, abajo. A la negrura, al polvo, al barro. Atravesar capas, fuego, lava, infiernos. El Olvido aparece, oscuro, tenebroso... vacío y repleto. 

Almas, quizá, quizá ya no. Almas perdidas jamás reencontradas, cuerpos sin almas, y viceversa.

Miedo.

Muerte.

La senda infinita, circular, esa cinta helicoidal que se revuelve sobre sí misma por la que transitan las sombras de los que fueron, y ya no. Eternamente.

De pronto, el relámpago. El latigazo mental que hiere la psique, que con el blanco deslumbrante no consigue tragarse esa sombra, esa tenebrosa realidad que aparece como frente a un tapiz deshilachado pero entero, coherente. La muerte, sí. Oh, pero no la suya, no la de él. Gracias, gracias hados, destino, gracias. 

No, Ferenk sigue luchando por Irina, por Radovina, por Slobozia, por el Duque. Escapa de la senda con ayuda, quizá, pero escapa. Su aliento sigue sintiéndose, su latido, su sudor cae en su sangre, su sangre en las llamas, los demonios.

Kupala. Oiera, la muerte, la tierra corrupta, el abismo abierto en fauces diabólicas, en garras, en carne abierta también como la tierra, como el abismo. Sangre corrompida. Miedo.

Durius. Él sí. Su no muerte apagándose, su cerebro deshaciéndose, su cráneo destrozado, desmoronándose, con absoluta, trágica, cierta, negra, esta vez definitiva: Muerte.

¿Qué es de él, qué de su sino, qué de su pasado, qué de su historia? ¿Su Trono? 

La tierra no lo recibe, lo intenta, pero lo regurgita. ¿Cómo? ¡Ah, la tierra, triunfante corrupción de lo malvado! Poderosa tumba ancestral de tantos y tantos, lecho de demonios, generadora de monstruos. Regeneradora de sí misma, en su poder, en su Vitae Negra, oscura. ¿Agua...? 

Radovina se sabe parte de ella, de su estirpe, de su linaje. Como su pequeña Irina, como tantos y tantos otros monstruos, allí, ahora. Su sangre, sus ojos, su mente. Su visión. Breve, breve. Cierta. Peregrina.

La pequeña Irina, en su regazo, se estremece. Ella regresa de esa oscuridad, y se descubre aún tarareando la monstruosidad, el Olvido, la Senda. La Muerte. El Demonio en la Tierra. En ellos. En ella...

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30/05/2026, 13:56
Pater Siegbert Botond.

ALREDEDOR DEL AÑO 960, CERCA DE TRANSILVANIA.

Al tercer día, antes de que el carro saliera del patio de la casa donde habían dormido, Botond pasó la mano por la cuerda que sujetaba la arqueta. Estaba húmeda, cedía cerca del nudo.

Una vez el carro quedó estacionado frente al granero, esperó a que el carretero terminara de cargar un saco de avena y volvió a pasar la mano por la cuerda, metió los dedos por debajo, la levantó un poco y la giró una vez más alrededor del listón. 

El carretero lo vio de reojo.

—Así basta.

Botond retiró la mano.

—Sí.

Se limpió la palma sin apresurarse, hasta quitarse la fibra pegada a la piel. Al arrancar, la arqueta golpeó una vez contra el saco y luego siguió quieta.

Dos vueltas. No tres.

La ruta bajó entre campos delimitados por cercas. En los surcos del camino quedaba agua de la noche. Las ruedas entraban y salían con un sonido espeso. Detrás del carro caminaban dos hermanos del convento; uno mayor, con paso seguro, otro joven, atento a cuanto cambiaba en el camino. Delante iba un mozo con una vara. A las riendas, el carretero; apenas se le entendía cuando hablaba. Botond iba junto a la rueda trasera, a la distancia de un brazo.

A media mañana cruzaron una aldea; las casas más separadas unas de otras que en las tierras del oeste.

En una puerta, una mujer sacudía una manta. Junto a ella, un niño gritó algo hacia los bueyes y luego lo repitió mirando a Botond. La palabra no era alemana; tampoco era la lengua de los criados de la casa paterna. Tenía una sílaba que Botond entendió por el modo en que el niño señaló la bolsa.

El hermano joven le preguntó a Botond qué decía.

—Pregunta si llevamos hierro.

El hermano buscó la arqueta con la mirada.

—¿Y llevamos?

—Clavos.

Cuando el carro se alejaba, oyó otra palabra, esta vez desde un establo. Esa sí le llegó sin esfuerzo. La lengua hizo un movimiento pequeño dentro de la boca y se detuvo antes de tocar los dientes.

Lo habría dicho bien.

Al mediodía se detuvieron bajo unos árboles. El pan iba en la bolsa de Botond. El hermano mayor se lo había entregado por la mañana; "Guárdalo", le dijo sin más.

Botond abrió la bolsa, extendió un paño sobre una roca plana y cortó el pan con el cuchillo común. Al separar las raciones, la porción del mozo quedó más estrecha. Sin apartar el cuchillo, cortó un trozo de la suya y lo puso junto a la del mozo antes de que nadie dijera algo.

—Toma lo mismo que nosotros —dijo el hermano mayor.

—Así alcanza.

El mozo tomó su parte y el trozo añadido y se apartó hacia los bueyes. Botond comió de pie. Las migas se le pegaron a la yema del pulgar. Las juntó con el índice y las llevó a la boca. Luego sacudió el paño lejos del camino.

Por la tarde, al salir de la aldea, el camino empezó a subir. Bastaba con cambiar el peso de un pie al otro y mantener la vista en la nuca del buey para no patinar en el barro mojado. Cuando a Botond se le pegó la túnica a la rodilla, la levantó un poco con dos dedos y la soltó al cruzar la parte seca. El hermano joven recogió la suya hasta medio muslo. El mozo escondió una sonrisa. Botond mantuvo la vista en el buey.

Al caer el sol, piedra. Primero aparecieron trozos sueltos entre la tierra; después, placas largas que hacían resbalar a los animales. Las ruedas saltaban. La arqueta volvió a moverse.

Al estrecharse el camino, Botond puso la mano entre la madera y el saco de clavos. El primer golpe le apretó los dedos. Mantuvo la mano entre la madera y el saco. En el segundo golpe forzó el ángulo de la muñeca. El tercero dolió. No retiró la mano.

—Camina delante —ordenó el hermano mayor.

Botond pasó entre el mozo y el buey izquierdo, dejando un palmo entre la manga y el costado del animal, hasta colocarse delante del carro. De tanto en tanto escuchaba la arqueta. Si golpeaba, sabía que la cuerda seguía trabajando.

Llegó más frío desde una abertura del desfiladero. Los árboles crecían torcidos, más juntos. Entre sus copas se veía, por momentos, una línea irregular, blanquecina; podía confundirse con una nube. Después dejó de moverse.

Los Cárpatos estuvieron allí durante una hora, bajos todavía, sin tomar el sendero. Al cruzar una curva, ocuparon todo el hueco entre los árboles.

Desde ese giro, solo se escucharon las ruedas contra la roca.

A última hora del día llegaron a una venta de techo bajo, con humo en una abertura lateral y olor a cocido. Entraron los hermanos; el mozo llevó los bueyes al cobertizo. Botond se quedó junto al carro hasta que el carretero le dijo que descargara la arqueta. La tomó por un asa y esperó a que el mozo regresara para que este la levantara por el otro lado. Cuando el mozo regresó, dijo algo en una lengua mezclada con una palabra magyar. Botond respondió en alemán.

—A la puerta.

El mozo sostuvo la mirada impasible. Las manos quietas. Botond señaló la puerta con la barbilla y levantó su lado de la arqueta. El mozo levantó el suyo. Entre los dos la dejaron bajo el alero. La lluvia empezó entonces; fina, indecisa.

Dentro de la venta, el hermano mayor preguntó por Botond. Botond oyó su nombre desde fuera, deformado por la boca del ventero. Lo llamaron una segunda vez. Botond revisó la correa de su bolsa y la llevó más cerca del cuerpo. Antes de entrar, se quitó con la uña un trozo de barro seco del borde de la manga.

—Pater Siegbert —dijo el ventero al verlo.

Botond inclinó la cabeza.

—Botond —dijo.

El hermano mayor levantó la vista. El ventero repitió el nombre mal. Botond no le corrigió; se sentó en el extremo del banco, donde la madera estaba húmeda. Su bolsa quedó entre los pies.

Mientras los demás comían, puso la mano sobre la correa.

Ya lo dije una vez.

Noche corta, lluvia intensa.

El techo goteó con insistencia cerca del hombro de Botond. Botond dobló la capa por la mitad y la colocó sobre la bolsa. Cada vez que el agua caía en la lana, el sonido cambiaba; así supo, sin abrir los ojos, cuándo la gotera se desplazó hacia el suelo.

Al amanecer tenía el cuello agarrotado, la espalda rígida, las rodillas contraídas. Antes de levantarse, movió los dedos dentro de las botas. El pie izquierdo respondió con esfuerzo. Se sentó, desató la bota, sacó la media y encontró una arruga endurecida bajo el talón. La alisó con el pulgar. Luego la volvió a alisar. La piel estaba roja, limpia, levantada.

Sacó de la bolsa una tira de lino y la puso dentro de la media, plana, sin doblez. Al calzarse, esperó a que el dolor encontrara sitio. 

Tardó.

Fuera, los Cárpatos estaban más cerca; la lluvia había limpiado el aire. Se veían cortes grises entre los árboles y, por encima, manchas claras donde todavía quedaba nieve. El mozo y Botond cargaron la arqueta y asieron los bueyes. Al poco, los cinco retomaron el viaje.

El camino entraba hacia ellos sin subir de golpe. La garganta iba estrechándose piedra a piedra, charco a charco.

Botond tomó la parte trasera del carro sin que se lo ordenaran. Cuando la rueda izquierda tocaba una piedra grande, empujaba. Cuando los bueyes frenaban, soltaba. Cuando el camino cedía, se apartaba. Lo hizo varias veces antes de que el carretero reparara en él.

—Ahí no —dijo.

Botond retiró la mano y caminó un paso más atrás. En la siguiente piedra no empujó. El carro se inclinó, la arqueta golpeó, el hermano joven soltó un ruido breve. El carretero miró hacia atrás.

—Ahora sí.

Botond puso la mano donde la había tenido antes.

Ahora sí.

Hacia el mediodía dejaron atrás las últimas casas con techos de madera oscura y perros atados a postes bajos. A un lado del sendero apareció una última casa. Una anciana salió con un cuenco de leche agria. El hermano mayor lo rechazó con cortesía. Botond se fijó en la mano de la mujer, gruesa, enrojecida por el frío. La palabra para agradecerle le llegó en la lengua equivocada. Al momento llegó otra en otra lengua.

Dejó la primera sin decir.

—Dios pague.

La mujer sonrió. Pocos dientes en la mueca.

La garganta empezó a cubrirlos; bastaba levantar la vista para ver árboles encima. Más adelante, la roca subió y el cielo quedó reducido a una franja. Botond caminaba delante del carro, atento al sonido de la arqueta. El traqueteo de las ruedas se volvió más duro. La media volvió a rozarle el talón; el dolor se acentuó. Las voces se apagaron. Incluso el mozo dejó de hablarles a los bueyes. 

A un lado del sendero, Botond vio una herradura caída. Se agachó a recogerla; estaba partida en un extremo, oxidada en el arco. Al incorporarse, el salvoconducto le rozó el pecho por dentro de la túnica. Lo llevaba envuelto en lino, junto al libro pequeño. Dejó la herradura sobre una piedra, fuera del paso de las ruedas.

Siegbert. Espacio. Botond.

Delante, la ruta doblaba hacia una parte más oscura. Una corriente bajaba helada, con olor a resina, agua estancada y estiércol. Había por debajo otro olor, sangre y hierro.

Botond volvió junto a la rueda trasera y ajustó los dedos al listón del carro. Sintió una astilla cerca. Cambió la mano de lugar. Arriba, entre dos cortes de roca, los Cárpatos no terminaban. Los miró menos de lo que habría querido; el buey izquierdo resbaló, el carro se detuvo. Todos se acercaron sin decir nada. Botond puso el hombro bajo el listón y empujó cuando la vara bajó.

Los bueyes estaban exhaustos.

El hermano mayor mandó soltar el yugo. El mozo fue al buey derecho; Botond, al izquierdo. Ambos sujetaron la soga. Cuando la madera salió, el buey derecho dio dos pasos en falso y se encaminó hacia la corriente. Botond lo siguió.

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31/05/2026, 13:58
Alcalde Dagu.

El alcalde de hierro, parte I: Un hombre roto

Ha pasado ya la hora bruja cuando despierta, al sentir una profunda sensación de vértigo que le hace caer hacia ningún lado en particular.

Le ha sorprendido un ruido lejano, quizás una rama quebrándose por fin al no poder soportar más el peso de la nieve y el viento. En su mente, aquel sonido le recuerda a otro que escuchó, unas semanas atrás, mientras agarraba con fuerza la mano de ella. Otra cosa quebrándose, incapaz de soportar la presión a la que era sometida.

Algo roto.

Como tantas otras noches antes que esa, no ha conseguido dormir demasiado. Apenas una tenue duermevela, que se funde con breves instantes de sueños inquietos, a los que le aterra regresar, y largas horas de vigilia, mirando el techo de madera o deambulando por aquellas estancias frías y vacías. Un mundo lúgubre, cerrado, claustrofóbico, que se ha convertido en su refugio y prisión. Una barrera física, fácil de atravesar pero que, por algún motivo, todos sus vecinos parecen respetar, como si no advirtieran la estrategia de aislamiento total a la que se está sometiendo voluntariamente.

Afuera, la crudeza del Invierno restalla contra esas mismas paredes de madera. Su influencia no se detiene ahí: dentro, el hogar está apagado, por lo que poco o nada puede hacer aquella construcción para resistir los elementos de la naturaleza. Cuando ella estaba viva, el hogar siempre ofrecía algo de calor, si acaso gracias a las ascuas del día, que siempre esperaba al último momento para apaciguar. Durante el tiempo que habían vivido juntos allí, ya tras el regreso desde Alba Iulia, nunca faltó la leña en la casa. Ahora, sin embargo, el calor de las llamas se había tornado una verdadera rareza. Casi un lujo.

Algún vecino preocupado le había llevado algo de leña, como un gesto de generosidad. Como si realmente pensaran que aquella extraña ausencia de calor se debía a una falta de previsión por parte de él, o quizás a su indolencia y negativa a recoger más durante el Invierno. La había ido amontonando en una esquina, lejos de los ojos indiscretos.

Se incorpora, desesperado al sentir que el sueño le rehúye. Ha perdido la cuenta de las veces que se ha levantado ya esa noche, al igual que todas las noches, para deambular y conseguir aclarar su mente. Ahuyentar la soledad gracias a la conversación que le otorgan sus propios pensamientos; si es que eso no es otro tipo de soledad, claro. Quitar un clavo con un clavo.

Llega a un viejo baúl, donde están guardados los útiles y enseres de la casa. Sin saber por qué, lo abre en silencio, palpando en la oscuridad. No sabe bien qué busca, hasta que lo encuentra: una túnica vieja, que ella estuvo remendando pacientemente hace menos de un mes, la víspera de la Nochebuena. Sostiene la tela en silencio, notando que sus manos comienzan a temblar.

Cierra el baúl, pero se lleva la prenda consigo. No tiene claro por qué, pero tampoco necesita saberlo: ya se le ocurrirá alguna razón.

Sus ojos apenas se fijan en los contornos de la habitación. Todo es de color gris ceniza, casi negro; pero en su cabeza solo recuerda el blanco y el rojo, una y otra vez. La pureza prístina de la nieve, salpicada por las humeantes manchas sanguinolentas. Su cabeza vuelve una y otra vez a las mismas imágenes, atrapada en un bucle eterno del que no hay salida ni moraleja; solo desesperación. Una negrura profunda, un peso muerto que todavía siente sobre su mano izquierda. El brusco contraste entre la resistencia al tirar de ella, y la repentina ligereza al desaparecer esta fuerza opuesta, al caer sobre la nieve con algo agarrado. El recuerdo de la diestra, reposando inútil en el suelo.

Luego, el ruido de los mordiscos, una mirada maligna, un preludio de la locura. El aullido del viento parece la llamada de aquellos monstruos. El crujido de las vigas le recuerda al de los huesos.

Y vuelta a empezar.

Se da cuenta de que ha regresado a la cama, como si su cuerpo mismo le suplicara echarse a descansar, intentar recuperar algunas horas de sueño, aunque sea, antes de que la majestad del sol inunde al mundo de nuevo y detenga el purgatorio otra vez, durante unas misericordiosas horas de luz. De alguna manera, siente que prefiere la desesperanza de la noche, pues en esos momentos es como si el mundo no existiera; como si no solo ella hubiera muerto, sino que toda Slobozia se hubiera esfumado. Hay algo casi balsámico en ese pensamiento; incluso en mitad del vacío, esa pequeña gota de calma le ofrece algo a lo que aferrarse, aun siendo solo una ilusión perversa.

Deja la túnica sobre el lecho, y se arrodilla frente a ella como si fuera a rezar. No tiene muy claro a qué o a quién.

Al hacerlo, fija sus ojos en el extremo de su brazo derecho, allí donde está anclada esa cosa retorcida y grotesca. La parodia de una mano, la cruz que debe portar por haber intentado ser quien no era. La razón de su inutilidad, la misma que ve reflejada en los ojos de aquellos que le miran. Para ella nunca fue una carga, nunca fue el Lisiado, sino su hijo, el hombre de la casa, el alcalde de Slobozia, su motivo de orgullo y su felicidad. Quizás por eso había sido devorada, por negarse a ver lo evidente.

Debería haber sido él, y no ella. Debería haber sido al revés.

Aquella carne retorcida es un recordatorio físico de su fracaso, de su imperdonable indecisión. Los dolores que de vez en cuando le aquejan debido a sus huesos retorcidos y desencajados ahora le otorgan un consuelo casi trascendental. Los cristianos dicen que el dolor eleva el espíritu, pavimentando el camino hacia la verdadera comprensión. Imitar al Salvador en su agonía permite a las personas despojarse de sus apegos terrenales, dicen, y conectar con el Dios que todo lo observa. Ese tipo de discursos nunca caló del todo en él, pero en su situación actual, cree que puede comprender, si acaso parcialmente, a lo que se refieren con ello: el dolor puede ser una penitencia. Y un castigo que uno sabe que merece puede ser, hasta cierto punto, liberador.

Pero es no es un mártir. Nunca se percibió a sí mismo como tal. Si el dolor puede ser útil, ¿por qué no utilizarlo? El dolor físico le ayuda a mantenerse despierto, a no convertirse en una cáscara vacía. Otros tipos de dolor pueden tener más valor incluso. Pueden convertirse en un escudo, protegiéndolo de sus propias emociones. Y de las de los demás. Pueden hacer que un hombre resurja de sus cenizas; sino como algo nuevo y poderoso, al menos sí como algo diferente. Algo que pueda encajar la nueva realidad a la que debe enfrentarse. 

Sea o no un delirio, pues él no podría saberlo, una cosa sí es clara: al menos es mejor que no sentir nada.

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08/06/2026, 20:29
Guardia Boru.

INVIERNO. 4.1.961. SLOBOZIA.

El frío de la noche se le colaba por las grietas de la armadura. Boru no se quejó, le ayudaba a aliviar el cansancio de los huesos. Atrás habían quedado la casa de Dagu y el calor de su hogar.

Recorrió los callejones con una cojera sorda, hundiendo las botas en la nieve que crujía bajo su peso como cristales rotos. La herida que Woyzecj había remendado aún ardia a ratos y dolía siempre, pero ya no tanto como antes. Estaría bien, la experiencia le aseguraba que así sería.

Dio una vuelta entre un par de casas y se apoyo un momento en uno de sus muros antes de seguir su rumbo. Se dirigía hacia la casa señorial, pero sus pies, casi por inercia, se desviaron apenas el contorno de la construcción emergió de entre la bruma.

Rodeó el edificio ignorando las voces que aún se oían dentro: aldeanos asustados que, seguramente, aún temían volver a la soledad de sus casas y se consolaban en la multitud. A un costado, bajo el amparo de un alero, reposaban un par de bultos; formas informes bajo mantas bastas, endurecidas por el frío y manchadas de una escarcha negruzca. Al ver el bulto de Nisiya, Boru tensó los labios, dejó escapar un resoplido dibujando una nube de vaho frente a él y caminó hacia aquel lugar. La forma del cuerpo de Niziya apenas recordaba a un ser humano; la muerte había sido cruel con ella.

Se quedó un momento observando la mortaja: la mujer no merecía un final así. La recordaba preocupada por sus hijos, por su cuñada, por la aldea. Boru soltó un suspiro... ¿y de qué había servido toda esa preocupación?

El guardia observó alrededor y, tras ver que nadie andaba cerca, se despojó de su capa pesada, sintiendo cómo el gélido aire de la madrugada le golpeaba el pecho a través del gambesón. Colgó la prenda en un saliente de madera, ganando libertad de movimiento, y con manos firmes y curtidas, deshizo los nudos de la mortaja uno a uno, con cuidado. Cuando terminó, la macabra colección de piezas descansaba en el suelo sin orden ni concierto. 

Podías haber dado muerte a miles de guerreros o haber luchado codo a codo con la muerte, pero uno nunca se acostumbraba a perder a alguien cercano, pensó mientras su mente imaginaba que podía recordar cuando la muerte se había llevado a su propia familia años atrás. 

Cuánto tenía ¿Cinco años? ¿Seis? El guardia ya no podía asegurar que lo recordaba era lo que realmente había pasado o si era solo el producto de las historias de viejas que luego había escuchado. 

Algo en su interior se removió mientras observaba los restos. Se le oprimió la garganta, pero su rostro no perdió la severidad. No había lugar para las lágrimas en aquel invierno. Boru se movió por los alrededores con la eficacia de quien ha tenido que improvisar campamentos en los lugares más inhóspitos. Recogió unos palos astillados y un par de tablas que halló entre los escombros de una estructura cercana. Regresó junto a ella y, con una delicadeza que contrastaba brutalmente con sus cicatrices, comenzó a enderezar y recomponer la postura de la mujer bajo la tela, usando la madera como soporte para devolverle una dignidad que la violencia le había arrebatado.

Boru no sabía si al día siguiente habría alguien más capacitado para hacerlo, pero tampoco importaba. Boru era de los que pensaba que si algo debía hacerse, se hacía. 

Ajustó la mortaja con meticulosidad, asegurándose de que cada pliegue fuera lo más preciso posible, ocultando las huellas del horror que los lobisomes habían causado aquella noche. Cuando hubo terminado, acomodó el cuerpo de Nisiya junto al de Greta, velando por que descansaran en una posición lo más sosegada posible. Se puso en pie, recuperó su capa y la cubrió sobre sus hombros con un movimiento seco.

Se ajustó el cinturón, se aseguró de que la maza siguiera bien firme a su costado y se marchó sin mirar atrás, a través de la oscuridad del pueblo, hacia el hogar de su familia.

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10/06/2026, 18:31
Alcalde Dagu.

El Árbol del Mundo: Segundo sueño, "la Copa"

Está subido a los hombros de su padre.

Recuerda esa tarde, cuando apenas contaba con cinco primaveras, y Dynnu le llevó a aprender a leer el color de las nubes. Allí, desde tan imponente altura para un niño de su edad, el mundo parecía más grande, más inabarcable, pero también más seguro. Sabía que su padre estaba con él. Que le protegía.

Dynnu parece meditar algo, hace un rato que no habla. Dagu apoya los brazos en su cabeza, y deja reposar su propio rostro sobre ellos, abandonándose al sentimiento de paz que hace mucho tiempo que no siente. Uno no vuelve a sentir ciertas cosas cuando deja atrás la niñez.

A lo lejos, percibe un inmenso roble, que se alza para ocupar todo el horizonte. Sus ramas se pierden entre las nubes, su tronco parece una motaña. En su copa se encuentra el Prav, el reino de los dioses. Dagu se pregunta cómo les verán a ellos desde allí arriba. Quizás como dos diminutas hormigas.

- No tardarán mucho en llegar. Tenemos que acabar con la lección.

Su tono es tan serio como lo recordaba. Dynnu nunca fue un hombre dado a bromas ni a sentimentalismos; solía hablar de manera directa. El tío de Dagu, con el que nunca había llegado a compartir sangre, siempre había afirmado que era una persona admirable, pero tremendamente aburrida. Como adulto, había podido entender a qué se refería; pero era algo que nunca le había molestado cuando Dynnu vivía. En su severidad, Dagu siempre encontró cierta paz, a pesar de lo mucho que le intimidaba. Como si tuviera todo controlado, como si hubiera alguien llevando las riendas. Su padre, la figura inalcanzable.

Le responde que está listo para recibir la sabiduría que quiere impartirle.

Una mano se alza, curtida por el sol y el trabajo duro. Señala el horizonte, en donde las nubes se arremolinan. Una bandada de cuervos avanza en su dirección, como una oscura premonición. El niño pregunta por su significado.

- Un vuelo rasante y errático. El Viejo afila su hacha.

El niño nota que el aire se vuelve más pesado, y siente la electricidad en el ambiente. Ahora comprende; no, ahora recuerda. Recuerda las señales que le había enseñado a leer ese día; ve la misma nube negra, con un tono cobrizo, que se asoma entre las demás, contaminando el cielo. Una herida gangrenada.

Cree ver un extraño fulgor verde en su insondable profundidad. Eso no lo recuerda, pero no le da mayor importancia. Uno no percibe esas incoherencias cuando sueña.

- Viajan desde remotos lugares, para constituir su parlamento -explica Dynnu-. Saben que viene el granizo. La furia que destruye. Que aplasta todo.

El yunque de Perún. Sí, recuerda ese nombre. Los rayos fulgurantes, lanzando destellos en el horizonte, tronando en sus oídos. Aquellas noches en las que se agazapaba en su lecho, esperando que pasara. Esperando que la voz de su madre le consolara. Su padre nunca se acercaría a calmar sus miedos; "uno debe mirar a la tormenta a los ojos, hijo mío", decía. ¿Qué pensaría si viera a Dagu ahora?

No quiere saber la respuesta. Mientras dure esa visión, prefiere seguir siendo un niño. No le parece extraña la idea de que tenga esa elección.

- Esperan a los desechos. A los que no aguantan el chaparrón.

Dagu nota como su corazón se acelera. Las aves negras ya les rodean, y en la lejanía puede escuchar, como tantas otras noches, como los aullidos empiezan a acercarse.

Le pide a su padre que salgan de allí. Que corra, con él en brazos, hacia un lugar seguro. Mira hacia el inmenso roble, buscando algún nudo por el que ambos puedan escalar. Allí arriba, las bestias no pueden alcanzarles.

Dynnu le baja de sus hombros y le mira con una expresión extraña en el rostro. Un rostro que Dagu puede percibir en todo detalle, a pesar de tantos años desde que él murió... ¿Cómo es posible? Cuando hace memoria, el alcalde no es capaz ya de pintar con detalle las facciones de su padre: el tiempo las ha ido borrando. Solo las sensaciones, el tono de su voz, la forma en la que le palmeaba la espalda para espabilarle. Cosas así. Pero no un rostro tan detallado como aquel que está viendo en ese momento.

Excepto sus ojos, claro. Sus ojos, no los reconoce. Brillan con un extraño fulgor verdoso, que ya ha visto en otra parte, hace no mucho tiempo.

- No mires al árbol, hijo.

El niño admira su valor. El mismo valor que no le hace saltar cuando los gruñidos de los lobisomes empiezan a sonar más cerca, ya casi rodeándolos. Dagu sí que da un respingo: él no es como su padre. No es tan valiente, ni tampoco tan terco. ¿Se habría negado él a abandonar su hogar, ante la invasión magyar, como hizo Dynnu?

Le pide que vaya con él. No quiere perderlo, otra vez.

- No hay nada allí para ti.

Responde, y su mirada emite un extraño resplandor. Pero el niño no quiere hacerle caso. Un nuevo aullido le impulsa a correr, a darle la espalda. A buscar salvarse.

Llega al pie del roble antes de lo que habría sido posible. Este se encontraba en el horizonte, pero apenas le bastan diez zancadas para poder tocar su tronco. Mira hacia arriba, y ve figuras subidas en las ramas, allí en el cielo.

Una de ellas es Durius Tremere.

También están las damas, y los caballeros. Y Carcelero, que le dirige una sonrisa dentada, como el día en que le destrozó la mano.

Les grita, les pide que le ayuden a subir. Pero las ramas son sordas a sus súplicas.

Empieza a llover, pero no es granizo lo que cae. Son pájaros muertos. Estallan contra el suelo en una explosión de plumas y sangre, y se quedan allí, espachurrados. Desesperado, busca un asidero, cualquier cosa con la que trepar.

La voz de Dynnu suena tras él, y suena como la madera astillándose por el frío del Invierno.

- No mires arriba, Dagu. El trueno no te salvará.

La pesadilla se deshilacha, quebrándose en mil pedazos como si alguien la hubiera golpeado con una roca afilada. La oscuridad de la noche reclama a Dagu, arrancándole de su sueño con brusquedad, haciendo que este abra los ojos de golpe, jadeando. Intenta distinguir la silueta de las vigas, en la penumbra.

Las últimas palabras de Dynnu todvía retumban en su cabeza.

"Baja la mirada, hijo. La tierra es sólida."