El Águila levantó la vista del cuaderno y se rascó la nariz aguileña con gesto pensativo. ¿Granadas, ah? Repitió, dejando escapar una risa seca. No me gusta vender cosas que hacen tanto ruido; llaman la atención de la policía y de los que no deberían enterarse. Pero… Alzó un dedo, como si estuviera negociando el precio de una gallina en el mercado. Puedo conseguir un par de fragmentación y unas de humo, las buenas, de instrucción militar, no esas que venden en la frontera que parecen petardos.
Pasó otra hoja en su cuaderno y anotó con su caligrafía temblona:
2 × granadas de fragmentación — 1.200 $
2 × granadas de humo (gris, baja visibilidad) — 800 $Total adicional: 2.000 $
Nuevo total: 24.980 $
Miró las dos mochilas, e hizo un gesto a uno de los hombres que bebían en otra mesa. Éste se levantó, pidió otra ronda y se acercó a entregar; al irse se llevó las mochilas hacia el lavabo. Pasaron diez minutos de tensión en los que nadie tocó las cervezas; El Águila tenía las manos bajo la mesa. Parecía la escena final de algún spaghetti western.
Al rato reapareció el hombre, paso otra vez por la barra, y esta vez regreso con una botella de puntas "pájaro azul" y unos vasos pequeños. El Águila se relajó, miró su reloj barato de correa rajada y repitió la instrucción:
A primera hora del día, cuando el sol toque la Virgen del Panecillo. Allí os estará esperando un amigo mío con la carga. No habléis mucho: haced el intercambio y desapareced.
Mientras cerraba el cuaderno con un chasquido, escuchó las palabras de Vladimir y le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Luego sonrió con un aire casi sincero.
En esta ciudad, lo íntegro se paga caro, hermano. Pero se agradece. Dijo estrechándole la mano. Recuerda, nuestro trato termina aquí. Yo no te debo nada, ni tú me debes nada. Pero si alguna vez vuelas tan alto que necesites un nido, pregunta por mí en “El Alivio”. Yo siempre estoy donde huele a fritanga y a humo barato. Pero será otro trato, y todo trato se paga. Aquí no se fía.
Tienes razón amigo, muchas gracias por todo, Dije cogiendo la mochila que tenía la otra parte del dinero y esperando a Santiago.
Una vez fuera, simplemente saqué el móvil y busqué la ruta hacia el hotel y hacia la supuesta Virgen del Panecillo. De camino hablé con Santiago y Blas.
Ya sabemos la ruta, el contacto con los chinos y tenemos armas, quizá deberíamos dormirnos. Tendremos el tiempo justo para recoger las armas e ir a por nuestros protegidos. Si no os importa mañana me adelantaré a los chinos y buscaré un lugar interesante para el origen y el destino, me moveré paralelo a vosotros. Solo necesito los prismáticos, la pistola, el rifle y el "walky".
Intentaré llegar antes que ellos para coger buen sitio mientras vosotros preparais todo vuestro equipo, se tarda más.
¿Os parece bien?
Si no me equivoco al día siguiente entraban los chinos en escena no?
Santiago permaneció atento al intercambio, procuarando mostrarse relajado a pesar de la tensión que lo invadía. Sabía que estaban en terreno completamente desconocido. Casi a merced de lo que pudiera ocurrir. Y no le gustaba.
Por fortuna, la transacción se desarrolló sin mayores novedades. Tal parecía que el contacto que había conseguido su compañero Vladirmir era efectivamente un sujeto de fiar. El argentino tomó nota de ello por si surgían complicaciones más adelante.
Tras ello, regresaron al hotel para terminar de prepararlo todo y descansar un rato.
- Ok, buena idea. - respondió ante la propuesta de su camarada de adelantarse para estudiar el terreno – Pero no pienso dejarte ir solo a buscar la mercadería que nos consiguió el “Águila”.
- Puede que nos haya perdonado la vida en ese bar. Pero prefiero evitarme sorpresas.
- Blas puede quedarse aquí por si nos buscan los chinos.
El Panecillo era un montículo en mitad de Quito, visible desde casi cualquier punto de la ciudad. Decían que el nombre venía de los tiempos de la conquista, cuando los españoles, exhaustos y hambrientos, divisaron la colina y uno de ellos exclamó que parecía un panecillo recién salido del horno. Desde entonces, el nombre se quedó.
Ahora era parte del casco urbano, pero la subida seguía siendo una calle estrecha y mal asfaltada, flanqueada por casas humildes que parecían colgarse unas sobre otras. Los coches debían turnarse para avanzar por ciertos tramos, y los autobuses turísticos rojos de dos plantas tenían que hacer auténticas maniobras de circo para alcanzar la cima.
En lo alto del montículo se alzaba la famosa estatua de aluminio de la Virgen de Quito, resplandeciente bajo el sol andino. A su alrededor, el aire olía a fritura, azúcar y canela. Los pequeños puestos de comida ofrecían empanadas, choclos asados y el tradicional canelazo, una bebida caliente de canela, clavo y hierbas, a la que los locales no dudaban en añadir un buen chorro de aguardiente para espantar el frío.
A esa hora temprana, el aire era cortante y la niebla aún se arremolinaba entre los puestos vacíos. Solo había otra furgoneta estacionada cerca del mirador. Del vehículo bajó un tipo joven, delgado y de mirada dura, con una cazadora vaquera y manos agrietadas por el frío. Sin presentarse, abrió la puerta trasera del vehículo y señaló tres grandes bolsas de deporte colocadas en el interior.

Esto es todo. Dijo con tono seco, sin molestarse en hacer contacto visual.
El trato con El Águila parecía cumplirse al pie de la letra… aunque la sensación de estar siendo observados era innegable. Entre la bruma y las sombras que proyectaba la estatua, algo en el ambiente hacía que el frío calara más hondo que de costumbre.
Santiago estaba tremendamente incómodo en aquella situación. Se sentía desprotegido. “Regalado”, como solían decir en su barrio. A merced de cualquiera que quisiera caer sobre ellos.
De todos modos, analizando desde un lado más razonable, lo cierto era que no tenían motivos para temer nada. El pago ya se había hecho. O sea, que no tenía ya sentido asaltarlos. A lo sumo, lo más probable era que no se presentara nadie. Y hubieran pagado unos buenos billetes por nada.
Claro que también estaba la posibilidad de que los estuvieran filmando. Y que terminaran implicados en algún caso más complejo. Pero de nuevo, ¿quién diablos iba a tomarse tantas molestias por dos salames como ellos?
En cualquier caso, al final parecía que ese tal “Aguila” sabía como llevar su negocio. El equipo estaba en su sitio, y el intercambio se hizo sin problemas. Santiago tomó las bolsas del auto del desconocido y las llevó hasta el vehículo en el que habían llegado.
No tenía sentido chequear que estuviera todo lo prometido. No parecían muy preocupados por tener un buen departamento de servicio al consumidor. Lo mejor era salir de allí lo antes posible.
Fin de escena. Pasamos al Capítulo 3: Los rollitos de primavera