Buenos días! Saludó con una voz aguda, casi afeminada. Soy Alan Smith, jefe del departamento de Recursos Humanos de Redriver Security Solutions. Les acompañaré durante la primera parte de su visita.
Primero, Alan os condujo a un salón de actos donde soltó un discurso soporífero sobre la compañía, su misión, sus valores. Palabrería corporativa.
Después vino la verdadera criba: el resto del día fue una carrera sin respiro. Divididos en grupos, pasasteis pruebas médicas, tests psicológicos, entrevistas personales, pruebas físicas en el gimnasio, tests de resistencia, tiro... y más.
Al final del día, Alan se despidió de cada uno en la puerta del minibús.
Mañana por la mañana se comunicarán los resultados. Dijo con una sonrisa automática.
impaciente para saber la decisión de la empresa, pero se han visto algunos que no daban la talla ni para vigilar un vertedero. Bueno Paco, Ernesto espero que seamos parte de los elegidos
Todos estabamos ahí, escuchando No pude más que acercarme al grupo improvisado del autobus para esperar al día siguiente.
Resulta que esto es una entrevista de verdad, no lo vi venir. Aunque bueno si pagan, ¿No crees generalísimo? Dije comentando al aire. Creo que es un buen mote, si vamos a formar parte de algo está bien que tengamos nombres en clave.
Tras ello pregunté donde estaba mi habitación, para esperar al día siguiente.
Santiago había terminado completamente molido. Hacía años que no soportaba un castigo semejante. No eran solo las pruebas de fuerza y de resistencia (que también bastante mal lo habían dejado). Era los continuos test y las entrevistas. Esa incertidumbre insoportable, donde nunca sabías bien que decir, y siempre estabas justo al borde de cagarla en grande.
Además, todo el asunto era tremendamente extraño. Y se ponía peor a cada momento. ¿Para qué tantas pruebas? Se suponía que ellos los habían contactado. Y se habían tomado un gran trabajo para eso. Entonces, ¿no sabían bien a quiénes habían convocado?
Y además, ¿qué diablos buscaban? Ya había pasado varios días desde que tomara aquel avión. Y todavía seguía sin tener la más puta idea del perfil de trabajo que ofrecían aquellos tipos. Por supuesto, todo ese discurso insoportable y prefabricado de moralina corporativa tampoco le había explicado demasiado. Podía aplicarse también, y casi sin cambiarle una coma, a una empresa que buscaba vendedores por teléfono. O distribuidores de esas pastillas que supuestamente te hacían adelgazar.
Sobre todo, lo que más intrigaba a Santiago eran las instalaciones. ¿Para qué carajos habían montado una maldita fortaleza en medio del desierto? ¿Qué putas custodiaban? ¿Acaso no prestaban servicios de seguridad para empresas? ¿Y no se suponía que ello implicaba “ir” hasta donde fuera que estuviera dicha empresa para protegerla? ¿A qué cuentos venía entonces montar semejante ejército lejos de todo?
Todo eso mascullaba Santiago en silencio, mientras volvía a acomodarse en su asiento del bus. Tenía sueño. Y hambre. Pero por sobre todo, tenía muchas preguntas.
Ernesto estaba doblado y respirando con dificultad. Tenía toda la camiseta empapada de sudor. Estoy bien, esto no es nada… He estado en sitios peores… Me acuerdo… joder, sí me acuerdo… Esa vez que tuve que correr los 101 km de Ronda… Eso sí…
¡joder! Putos yankis y sus entrenamientos de marine.
El Generalísimo está bien… pero no le llego ni a la altura de las botas al… En ese momento, Ernesto tuvo un ataque de tos y dejó de hablar, mientras le metía un trago a una petaca.
Cuando llegaste a la habitación del hotel La Quita, ya tenías un nuevo mensaje en la bandeja de entrada del portátil.
Asunto: Confirmación de Contratación
Buenos días:
Tras revisar tu desempeño en las pruebas y el análisis de tu expediente, se ha determinado que cumples con los requisitos mínimos para formar parte del equipo.
Mañana a las 09:30, una furgoneta recogerá al personal seleccionado en la entrada del hotel. Presenta tus pertenencias listas. No volverás a pernoctar en La Quita.
No se admitirán retrasos.
Adjunto a este mensaje encontrarás el contrato provisional de incorporación. Léelo con atención. La firma se realizará a tu llegada.
Alan Smith
Jefe del Departamento de Recursos Humanos
Redriver Security Solutions
El minibús estaba esperando a la hora indicada. Esta vez, solo cinco personas aguardaban en la entrada del hotel. No estaba Ernesto, pero sí el “gavioto”, con sus gafas de aviador, y un joven de aspecto latinoamericano que no había abierto la boca en todo el día anterior. El conductor, con la misma mecánica profesionalidad del día anterior, pasó lista sin decir una palabra.

desayuno tranquilamente, leo un poco el periódico, noticias internacionales, 10 minutos antes de la hora, estoy en la puerta esperando al bus, vaya el lejía o ha superado la prueba, lo siento por él, pero sí el bocas de las gafas,bien el boxeador ha pasado la prueba, felicidades chaval me alegro que tambien hayas pasado las pruebas. hay otros 2 nuevos miembros que han pasado las pruebas en total somos 5 los afortunados , ahora cogeremos el bus y nos llevaran a la empresa para que os digan cual es el empleo y cual es nuestro cometido, me subo al autobús y me siento tranquilamente hasta llevar al objetivo
Aún con agujetas, mayores que a mí entrada en los no pocos ejércitos por los que había pasado, al final había llegado el mensaje.
Suponía que ellos eran conscientes de mi pasado, habrían mirado documentos y les había dado igual. Algo que me producía admiración, respeto y sorpresa a partes iguales.
A mí llegada a recepción, solo pedí mi mochila y las partes de mi fusil. Está viejo pero hasta que me ofrezcan uno esto es lo que hay. Sonreí al recepcionista.
Comprobé mi mochila, ropa vieja, alguna pequeña botella de algún hotel en idiomas y alfabetos extraños y las pocas medallas de mi tiempo en el servicio.
Tapé la infinitud de tatuajes con ropa y fui al minibus. Todo apunta a que formaremos parte del mismo grupo. Me alegro.
¿Alguien sabe si aquí empieza la primera misión o es otro entrenamiento? Tenía la sensación de que esto ya sería el equipo formado.
¡Espero que sí, vos! Dijo el joven de aspecto latino con un acento marcad. Porque si de verdad quisiera seguirme rifando el pellejo por cuatro coras y un equipo hecho leña, mejor me hubiera quedado en mi tierra, va.
Mucho gusto, me llamo Erik Sebastián Jiménez, del Salvador. Añadió, alzando un poco la barbilla con orgullo. El joven apenas medía metro sesenta, pero era macizo, todo músculo, y con cierto aspecto de fiera enjaulada, como alguien que hubiera sobrevivido a más de una situación peligrosa. ¿Y ustedes, de dónde son, pues?
Claramente no vamos a entrar en combate a las primeras de cambio. Dijo el tipo de las gafas, con voz firme y segura. Los malditos yankis son demasiado profesionales en el arte de la guerra... y tienen el mejor equipo, top-notch, eso te lo aseguro.
El hombre de las gafas de aviador tendió una mano a Erik con gesto contenido, sin perder la compostura.
Mucho gusto. Añadió con tono cortés. Me llamo Xavier Montagud Montante. Soy un hombre de mundo. He estado aquí y allá, pero nunca me quedo demasiado tiempo en ninguna parte.
Santiago no había podido evitar cierta sorpresa con los resultados de las pruebas. Principalmente, por la celeridad con que habían decidido todo. Y a otro nivel, quizás más inconsciente, por el mero hecho de haber sido aceptado entre los candidatos. No había podido presenciar el desempeño completo del resto. Pero había visto a unos cuantos sujetos muy entrenados. Y tenía plena consciencia de que él estaba lejos de su mejor forma. Pues llevaba ya varios años fuera del ritmo que había sabido mantener cuando todavía pertenecía a la fuerza.
Con todo, tampoco se preocupó demasiado. Aquellas corporaciones tan inmensas tenían tantos intereses, que resultaban imposibles de descifrar. De modo que nunca se sabía bien qué diablos buscaban. Hasta los perfiles más extraños podían encajar para algo.
Con aquello en mente, procuró descansar lo mejor posible. Y tratar de recuperarse cuanto antes de las corridas de aquel día. Volvió a comer liviano, y se fue a dormir muy temprano. Más por puro agotamiento que por verdadera disciplina. Para cuando llegó la hora de presentarse en el punto de reunión, llevaba ya un buen rato despierto.
- Santiago Alarcón. - dijo con tono calmado, mientras dedicaba un leve asentimiento de cabeza a los presentes a modo de saludo – De Argentina.
El sujeto no parecía particularmente impresionante. Más bien, todo lo contrario. Llevaba un jean bastante gastado y unas botas que debían de tener mil años. Medía poco más del metro ochenta, y aunque era relativamente delgado y bien formado, no parecía mantener ningún régimen especial de entrenamiento. Quizás hacía ejercicio de tanto en tanto, pero nada demasiado estricto, cuanto menos. De hecho, lo único en toda su persona que podía asociarse con el ámbito militar, era la campera verde musgo que llevaba puesta. Por supuesto, también gastada y llena de rotos por todas partes.
No tenía tatuajes visibles. Y los únicos rasgos destacables eran las numerosas cicatrices en sus manos. Principalmente, en las zonas de los nudillos.
creo que nos llevaran a la base de la empresa, nos darán una charla, las normas, lo que esperan de nosotros, nos darán alguna acreditación y esas cosas de empresa AHH por cierto me llamo BLAS DE LEZO marino español- suena a una voz acostumbrada a mandar dar ordenes-
¿parece que la mayoría somos hispanos, mirando al hombre que parece boxeador, compadre como se llama tienes nombre?? Eres el hombre misterioso, tienes cara de bladimir (refiriendose a ruso)sin ofender
Ryan, nombre que había tomado en algún momento, y que había mantenido para la entrevista a la hora de presentar aquella candidatura, que contra todo pronóstico, había salido bien.
En algún momento me llamaron Vladimir, o eso creo, en Rusia hay mucho vodka, Contesté al ya presentado Blas, escuchando también a Santiago y el resto de los integrantes del grupo.
Me llamo Ryan, Francotirador hasta el incidente de oriente próximo. Contesté como último en ser presentado.
Era un hombre no demasiado alto, ni demasiado fuerte, algunos tatuajes se podían ver por las partes que permitía la ropa, dando a entender que tenía todo el cuerpo tatuado, no parecían con estilo, ni seguir un orden, ni estar hechos en absolutamente ningún lugar legal ni higiénico.
Por otro lado, yo no tengo patria u origen, aunque tampoco creo que importe, solo puedo decir que llegado el momento, ahora este es el equipo. Acabé la presentación, dando a entender un sentido del grupo muy superior al espírito de soldado que parecía haber desaparecido, quedando solo en un resquicio que daba a entender que lo fui en algún momento muy lejano.
No ofendes, los rusos son gente curiosa, no me importaría volver a ser uno. Dije contestando a su última frase. Como una especie de broma que no acababa de entenderse.
Las presentaciones se habían hecho con la mayor cautela del mundo. Nadie pretendía ofender a nadie, ni quería quedar por encima del resto. Era un momento de tensión contenida, como si se tratara de un duelo mexicano, donde los contrincantes se observan y analizan sus posibilidades. Pero, a diferencia de un duelo, en esta empresa los mercenarios tendrían que trabajar hombro con hombro.
El minibus volvió a llegar a la puerta del rancho, pero esta vez, no estaba Alan. En su lugar, os esperaba un hombre de espalda ancha, tez morena curtida por el sol y una expresión difícil de leer. Vestía un uniforme militar verde oscuro, sin distintivos, sin patrón de camuflaje, sin bandera. Ni siquiera el logo de Redriver.
Buenos días, equipo. Dijo con voz firme, sin alzar el tono ni una décima. Soy Antonio Olivares, jefe de grupo.
Hizo una pausa breve, midiendo a cada uno con la mirada.
A partir de ahora, nosotros formamos el equipo AZTECA. Nuestro trabajo consiste en ser expertos en seguridad. Oficialmente, venimos a “asesorar”. Solo eso. Vamos a “asesorar” a fuerzas de seguridad de otros países: ejército, policía, grupos de escoltas. Nada más. Nuestra área de influencia será Latinoamérica, por ello todos habláis castellano con fluidez y a partir de ahora todas las comunicaciones que harán en este idioma.
La palabra “asesorar” sonó con comillas invisibles, pero muy claras.
Dicho esto, Lema os condujo hasta una pickup aparcada cerca. Tras unos minutos de trayecto por caminos de grava, llegasteis a un cobertizo de una sola planta. El interior estaba dividido en varias estancias: pequeñas habitaciones, jaulas metálicas para guardar equipo bajo llave, una cocina básica y una sala de operaciones con mesa central, paneles y conexiones.
Esta será nuestra oficina. Dijo sin darle mayor importancia. El ritmo de trabajo es sencillo: una semana aquí en el rancho, una semana de descanso en vuestra casa.
Sin más ceremonia, Lema abrió el frigorífico, sacó unas cervezas y las fue repartiendo. Luego se sentó y comenzó a hablar, ya en tono más distendido, sobre temas operativos: rutinas de entrenamiento, normas internas, tipos de equipo y protocolos de intervención.
Fin de escena. Pasamos al capítulo 1: El CEO de RedRiver