Los días fueron pasando. Después las semanas. Y finalmente los meses.
Volviste a ver a Blas. Seguía haciendo chistes horribles, aunque ahora cojeaba visiblemente cada vez que caminaba. También volviste a encontrarte con Santiago, que llevaba una cicatriz cruzándole la sien derecha y fumaba todavía más que antes.
Redriver nunca hizo preguntas sobre lo ocurrido en Quito. La empresa se limitó a ofrecerte dos opciones: seguir trabajando para ellos o marcharte sin represalias. Carta blanca. Como si aquella operación jamás hubiese existido.
Y quizá, para ellos, realmente no existía.
Cuando casi había pasado un año desde el incidente, el teléfono sonó. Buenos días, señor Vocka. Reconociste la voz al instante. La periodista. Camila Paredes. ¿Podemos reunirnos? Solo será un momento.
Aceptaste.
***
Cuando llegó, tardaste unos segundos en reconocerla. Seguía siendo joven, pero ya no tenía aquel aire nervioso de estudiante que quería comerse el mundo. Ahora parecía una auténtica profesional. Traje oscuro, mirada firme y ojeras de alguien que dormía demasiado poco.
Sabías por las noticias lo que había ocurrido el el barrio de Chiriyacu. Su amigo se había desangrado entre sus brazos aquella mañana mientras esperaban una ambulancia que nunca llegó a tiempo, un fragmento de metralla le había seccionado la arteria femoral.
Camila tomó asiento frente a ti sin demasiados rodeos. Después abrió su bolso de cuero y sacó una carpeta gruesa. La dejó sobre la mesa. Quiero que seas uno de los primeros en leerlo.
La carpeta debía contener más de trescientos folios. En la portada aparecía un título escrito en letras negras: “Dragones luchando en Quito” Debajo, en caracteres más pequeños: “Investigación sobre la corrupción china en la República del Ecuador”
La periodista apoyó los codos sobre la mesa y te miró directamente a los ojos. No fue una pelea entre empresarios chinos. Era mucho más que eso, corrupción a gran escala.
Hizo una breve pausa antes de continuar. Una fuente anónima, alguien que firma como Yellowdress, rellenó todos los huecos que faltaban en la investigación. Pasó varias páginas hasta mostrar una serie de gráficos financieros y direcciones de criptocarteras.
La empresa minera llevaba años desviando dinero del gobierno chino y acumulando una fortuna en criptomonedas. La delegación pretendía blanquear ese dinero en Ecuador comprando minas, edificios, empresas locales, e incluso cargos en el gobierno.
Pero la codicia pudo con ellos. Señaló una fotografía de Chen Qiao. El joven dragón quiso matar al viejo magnate para quedarse con toda la fortuna.
Después pasó otra página donde aparecía la foto de Madame Wu Lian. Y la vieja dragona decidió hacer exactamente lo mismo.
Suspiró cansada. Los tres contrataron pandilleros distintos para eliminarse entre sí. El joven recurrió a los Tiguerones. Madame Wu Lian contrató a los Choneros. Y el viejo llevaba años comprando políticos y policías para protegerse.
Ninguno quería compartir el dinero robado, y ahora los tres están muertos. Sonrió.
Paso otra pagina donde estaba la foto del viejo dragón. Hace unos días Liang Zemin decidió pegarse un tiro en la cabeza antes de ser detenido por la policía china.
Solo queda una incógnita en toda esta historia. Te sostuvo la mirada. Nadie sabe dónde está la memoria con la fortuna en criptomonedas.
Un año ya, había mantenido el contacto con Blas y Santiago, y, por supuesto, había mantenido la relación con Redriver, aunque de una manera mucho más local, personas del país, pequeñas escoltas, lo que venía siendo una nómina mientras el cuerpo lo permitiese, de hecho, llevaba exáctamente un año sin disparar un rifle, casi como desintoxicarse.
Cuando el teléfono sonó, no pude más que alegrarme de que no hubiera sido ella la muerta, aunque, por otro lado estaba claro. Tampoco dudé en verla.
Esta vez hablé con un acento muy poco ruso, de hecho, aunque nadie parecía creerlo, ni siquiera era ruso, aunque todo el mundo seguía llamándome Vladimir, no solo eso, en este año de guardaespaldas en EEUU, era Vladimir.
Escuché aténtamente lo que me dijo. Yellowdress? Sonreí, era un buen nombre, significaba que también había sobrevivido en China, esperaba que el gobierno hubiera sido benevolente con ella.
Es un buen artículo, y que me hayas encontrado dice aún más de lo que podrás conseguir en el futuro. Celebremos en la noche con vodka. Rutina que no había desaparecido, la de beber. Todo el rato.
Me puedes dar el contacto de YellowDress, Sabes si sigue en china? Cuando me dijo que sí, no dudé en coger un vuelo para el siguiente día.
Celebré con mi periodista favorita su gran artículo, y por la mañana la dejé un mensaje,
Debo hacer un viaje, no se cuánto durará. La siguiente vez te encontraré yo. Te iré mandando noticias.
Al amanecer, cogí un vuelo a China, a buscar a Zhao Yulan, mis primeras vacaciones. Así me podría contar, y yo desconectar.
El camarero de la cafetería te miró con cara rara cuando le pediste dos chupitos de vodka a las cinco de la tarde, pero accedió. Un chupito dio lugar a otro. Y luego a otro más. Después vinieron varios cambios de bar, conversaciones que apenas recordabas y una noche que se volvió cada vez más difusa.
Cuando despertaste, estabas tumbado en la cama de un hotel. Sábanas blancas. Colchón cómodo. Nada que ver con las pensiones de mala muerte en las que solías terminar después de una juerga. A tu lado descansaba Camila, profundamente dormida.
Sobre la mesilla había una libreta abierta por una página concreta. Solo contenía unas pocas palabras:
Yellowdress, Y un código de acceso a un chat privado de Telegram.
@Ruso: Soy yo, Chupito de Vodka. ¿Dónde podemos vernos?
@Yellowdress: Zona internacional del aeropuerto de Beijing-Daxing (PKX), cafetería Juan Valdez. No entres al país del arroz.
@Ruso: ¿Por qué no puedo entrar?
@Yellowdress: Simplemente no entres.
El avión llegó a Pekín sin retrasos. Tal y como habíais acordado, te dirigiste al bar Juan Valdez, una cadena de cafeterías Colobiánas, de la terminal internacional. Como siempre, la Yulan no dejaba nada al azar.
Allí estaba esperándote. Sentada sola frente a una mesa. Llevaba una llamativa americana amarilla. Cuando te vio acercarte, se puso en pie, pero se llevo una mano al costado con dolor, aun así te tendió la mano. Perdona. Aún llevo un recuerdo de aquel hotel.
Tomaste asiento frente a ella. Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Finalmente fue ella quien rompió el silencio.
Te debo la vida. Por eso tengo la obligación de ser totalmente sincera contigo. Su expresión se volvió seria. Lo más probable es que el gobierno chino tenga a varias personas grabando esta conversación ahora mismo.
Miró alrededor con tranquilidad antes de continuar.
Ellos creen que tú sigues teniendo el terminal con la fortuna robada en criptomonedas. Hizo una pausa. Mientras permanezcas en la zona internacional no ocurrirá nada. No están dispuestos a provocar un incidente diplomático por una simple sospecha. Sus ojos se clavaron en los tuyos. Pero si cruzas inmigración y entras en China... ya no podré ayudarte.
-FIN-