Partida Rol por web

The Beguiled

◇ Días 8 y 9 ~ [La Escuela] ◇

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13/05/2018, 10:50
Jared Vanhorn

No tarde mucho en volver de buscar el arma. La escopeta parecia forma parte de mi arsenal personal desde hacia unos dias, puesto que mi falta de movilidad, me convertia en el mas idoneo como vigia que no como cazador, en estos momentos, y aunque la recuperacion de la pierna iba bastante mejor de lo esperado gracias a los cuidados que me prodigaban, era mejor no forzar, ahora casi podia caminar sin el baston, aunque era mejor no hacerlo. Mas que nada porque sino cierta enfermera, acabaria arrancandome la piel a tiras por no saber cuidarme y aunque eso tenia su gracia, preferia no hacerla enfadar.

Con el arma colocada a traves de mi pecho, con el brazo casi acunandola, asome de nuevo en el salon. No me paso desapercibido que Iso se habia fijado en que algo ocurria. Era una joven despierta, atenta a los detalles y que le gustaba tenerlo o aparentar tenerlo todo bajo control y con esos ojos azules poco podia decirse mas. Nuestras miradas se cruzaron, el salvaje seguia ahi dentro aunque ligeramente dulcificado al centrar mi mirada en ella. Sonrei sutilmente mientras asentia, indicandole que no se preocupase. Tras eso mire todo lo que ocurria alli, fijandome en todos los implicados, a sabiendas de que las formas del cabo, de arrastrarnos aparte de esa forma tan poco sutil, sin duda habrian levantado las alarmas de las mas avispadas. Pero a lo hecho, pecho.

Estaba a punto de darme la vuelta cuando Iso decidio hacer un chiste, o al menos, intentar ser graciosa... lo cual me dejo aprcialmente descolocado, sobretodo por como metio en medio a Kizzy, sin ser excesivamente agresiva con ella, a excepcion de los toques finales. Aun asi, para los mas raudos, habia un cierto cambio en los tonos... ¿En que estaria pensando? El juego de palabras siguio, obligandome a centrar mi mriada en Tristan por un momento y luego en los demas del salon, hasta que sin decir palabra me fije en el cabo.

Las bromas sobre duendes de Jerry le habian hecho gracia y el hombre siempre aprecia llevar un peso enorme sobre los hombros, mas entonces ocurrio. Como si su final ya estuviera dictaminado, el hombre se desplomo en medio del salon, con sangre saliendo de su nariz. Raudos varios compañeros acudieron a su lado, mientras las causas eran mas que obvias, no eran del todo seguras, o bien habia muerto a causa de las heridas que no podiamos ver, o bien alguien se habia encargado de llevarlo al otro barrio. La mayor ausente, era por contra, la mas culpable o sospechosa. Esto no iba a ayudar en nada a la convivencia... ni por asomo.

Di un par de pasos dentro del salon, volviendo, pero antes de que pudiera hablar, se llevaron al oficial en direccion a su dormitorio. Mi cuerpo se tenso ligeramente, mis ojos fueron mas alla de las ventanas y luego se suavizaron antes de mirar a Isobella. Un sutil gesto, de que me iba fuera, por si queria venir... salir... de un lugar que ahora tmabien era un reducto de muerte en cierta forma.

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13/05/2018, 12:45
Ophelia Edevane

Mientras recogía los cristales del suelo con calma, nadie pareció alertarse, o si se habían dado cuenta de que el marco se había caído, provocando un ruido estrepitoso, habían decidido obviarlo.

La voz de Tristán me sacó de mi ensimismamiento, y agachada en el suelo, me ruboricé por su halago. Levanté la mirada y le sonreí, aunque un tanto temblorosa. Todos estaban ocupados, incluida Kizzy, de cualquier forma no me importaba ocuparme del estropicio, pero mi cuerpo ahora se encontraba tenso por lo sucedido. Yo sabía de qué se trataba, mientras el resto de asistentes quizá había pensado que había sido culpa mía. Miré a Isobella, y luego pasé la mirada por el resto de señoritas que se movían por la sala, además de los soldados que iban y venían.

La voz de Gearalt cantaba un tema de su tierra y atrajo de inmediato mi mirada, encontrando cierta ternura que aliviaba las tensiones de mis nervios, pero una leve sensación de dolor me hizo reaccionar. Me había cortado la yema de uno de mis dedos recogiendo uno de los cristales, así que apreté suavemente para ver como salía la sangre, y luego la llevé a mis labios para succionarla, frunciendo el ceño me iba levantando con el delantal recogido, con todos los cristales rotos y la fotografía. Mis manos temblaban ligeramente y mis ojos se movían por la habitación en busca de una explicación, una que solo yo sé.

Hablaron de una cuna, hablaron de movimientos extraños y Gearalt mencionó a los duendes. Pero aquí no hay duendes escoceses, aquí hay seres con mas energía, con unas historias que los arraigaban, podría decirse. Con el dedo entre mis labios miré a Gearalt alzando las cejas, diciéndole todo lo que no quería decir en voz alta, aunque él tratara de mantener el buen ambiente y no inculcar el miedo entre todos nosotros. Eso era algo admirable.

Lentamente fui reaccionando, y colocando el delantal en una de las mesitas, soltando todos los cristales sobre ella y recogiendo la fotografía con cuidado. Desde que se había caído el marco no había sido capaz de hablar, ni de comentar nada, y así lo prefería hasta que mi cuerpo dejara de temblar. Sacudí con cuidado el delantal y entonces John robó mi atención. Mi gesto volvió a torcerse, mostrándose preocupado y en cierto modo, aterrorizado. En esta habitación, donde íbamos a realizar una tarea sencilla de tapiar ventanas, comienzan a suceder cosas demasiado extrañas. Me giré un poco hacia ellos, queriendo hacer algo, pero sin saber muy bien qué hacer, viendo como todos se movían y reaccionaban.

Una sensación extraña me invadió, me invitaba a dejar de mirar al cabo y como se desplomaba ante nuestros ojos, y mi cabeza se giraba sin yo quererlo, hacia la ventana más próxima a mi. El sonido se disipa, e ignoro toda clase de sonido pues mis sentidos están centrados únicamente en mi visión. Busqué, busqué algo, no sabía el qué, hasta que entonces la vi. Seguramente la culpable de la rotura del marco, era una mujer y quería decirme algo. El brillo del sol dibujaba un vestido amarillo y la silueta de los árboles una piel de ébano. La figura de una mujer de color se prestaba ante mis ojos que se habían quedado hipnóticos, hacia la ventana, dando la espalda a la habitación, dando la espalda a los seres vivos que se movían por la sala.

Mi respiración se volvió agitada, mis manos se tensaron agarrando el borde de la mesa, mientras veía como esa mujer levantaba un brazo y señalaba el cementerio.

Mis ojos se movieron hacia donde ella señalaba y luego los abrí aún más debido a la sorpresa. Cuando quise volver a verla, su imagen había desaparecido. Cogí aire profundamente y me fui echando hacia delante, hacia la ventana, buscándola, tratando de saber a donde se había ido.

Si antes mis manos temblaban, ahora convulsionaban y mi respiración era mas agitada, la tez de mi rostro literalmente blanca. Como si hubiera visto un fantasma.

Mi cuerpo se va doblando, mis rodillas se recogieron y terminé sentándome en el suelo. Del bolsillo de mi vestido, saqué una libreta, una que siempre llevo encima junto al carboncillo, y casi como poseída por un intenso impulso descontrolado, mis dedos se movieron en círculos, bocetando el rostro de la mensajera del mas allá.

Los rasgos era claramente de una mujer de color. Ojos oscuros, labios gruesos, y facciones redondeadas y definidas. Al terminar miré mi propio dibujo con los labios entreabiertos, respirando con fuerza, sentada en el suelo, era incapaz de moverme ni de hacer nada más que mirarla.

Notas de juego

Por cierto, el dibu es mío XP bocetillo rápido "real".

Nota máster: nadie más excepto Ophelia ve al espíritu de esa mujer.

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13/05/2018, 12:45
Isobella Davis

Se llevó una mano a la boca tapándose la risa cuando Tristan le preguntó por el duende de la casa. - No, no soy yo. - negó con la cabeza. De algún modo era divertido estar hablando sobre duendes pequeñitos y maléficos pero a pesar de ello, Iso se sentía nerviosa.

Jerry parecía conocerlos bien, hablaba de ellos con mucha seguridad realmente como si existiesen y por un momento le hizo dudar sobre la naturaleza real de esas criaturas. Más porque la señorita era de las que salía a pasear por el bosque. - Os encontré a vosotros en el bosque... - dijo con una amplia sonrisa siguiendo la broma. No les hacía falta duendes teniendo a los soldados, que ya eran bastante traviesos.

- Está bien Kizzy - añadió calmada. - Solo preguntaba para asegurarme y que todos sepan que tu no has sido. - Mollie quizás no pensase lo mismo.

Las sonrisas agradables no duraron mucho. El cabo se puso a reír y de la nada empezó a sentirse mal. No había creído al hombre cuando explicó la mentira de la vigilancia rutinaria, tampoco le tenía mucha estima debido a su actitud irrespetuosa con Edwina. Por si esto fuera poco había permitido que Silas le encañonase en la puerta de entrada, obligando al resto a permanecer quietos. Iso no perdonaba.

Pero no perdonar no significa desear el mal. Lo que ocurrió le dejó en shock. Podría haber pensado que Dios estaba dándole su merecido, pero no tenía cabeza para pensar algo así.

El desplome del cabo le hizo ponerse tensa y alerta. Miró por instinto primero a Mollie y luego a cada una de las chicas. Todas estaban asustadas y tenían el corazón en un puño, se podía leer el horror en sus miradas, en la suya también.

- Doctor Robinson... - se acercó a él nerviosa y temblando. De reojo miró el cuerpo lánguido del cabo, sin vida, su cara pálida como un cirio. - Tenga, la necesita más que yo. Es suya, es su cruz, la que le dio su padre. - Daniel tenía las manos ocupadas sujetando al cabo, así que la joven le puso ella misma la cadenita y la cruz en el cuello. Le temblaban las manos. Finalmente le dio un golpecito suave en el pecho reafirmándose en su pensamiento. - Aquí es donde tiene que estar, cerca de su corazón. - susurró en voz baja.

Las emociones fuertes e intensas siguieron sacudiéndoles a todos de forma precipitada. No entendía que le había sucedido a su amiga para apartarse a un lado y ponerse a dibujar frenéticamente. ¿Era por el cabo? ¿Necesitaba dibujar algo con tal de calmarse? Fuera como fuese ella necesitaba salir a tomar el aire, la muerte planeaba en el salón. Se sentía demasiado ahogada por todo lo experimentado y uno de los culpables era este hombre, el que ahora sangraba por la nariz, el cómplice de Silas. - Lo siento... Espero que se recupere señor Robinson... -  de corazón. Desear la muerte a alguien es muy feo.

Después de eso, buscó el apoyo del único hombre en quien confiaba para escapar de la escuela. Antes de salir tomó dos vasos de limonada, afuera hacía calor, su corazón latía muy deprisa y les vendría bien a los dos.

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14/05/2018, 22:46
Jerry O'Neil

Hay una frase que se suele usar como maldición “Ojalá vivas tiempos interesantes…” La escuché de unos marineros en mi viaje al nuevo mundo, ellos quien sabe de donde la habían sacado. La cuestión es que no la entendí hasta este momento.

La tranquilidad, lo previsible, lo pacífico, cosas como arreglar unas ventanas rotas generaban en mi una paz que me recordaba a mi tierra natal, a tiempos en los cuales la mayor aventura era llevar un caballo a herrar. Tiempos poco interesantes, tiempos felices.

El destino quiso que esa sensación de paz desapareciera de golpe.

El cabo se derrumbó y como una exhalación fui a ayudar dejando tablones a medio clavar temiéndome lo peor, no soy una persona que pueda ser clasificada como erudita pero lo que sucedía ahí estaba lejos de parecerme natural, en un momento reía de mis historias de duendes en otro estaba balbuceando con un hilo de sangre saliendo de su nariz. Sabía por mi madre que había plantas que podían hacer ese efecto, plantas que los animales instintivamente evitaban.

Tal vez era todo natural, pero para alguien tan supersticioso como yo, estar hablando de duendes y que alguien caiga fulminado era un mal augurio.

Intenté recordar si había escuchado el lamento de alguna banshee ayer noche entre la tormenta, pero solo recuerdo el viento, un sonido que auguraba probablemente muerte. Casi sugestionado por las historias y mi pasado, me pareció identificar ese lamento en el viento mientras dormitaba en la cama.

Sí, estaba seguro que lo había escuchado, tal vez eran los sueños de un escoces loco productos de la fiebre y las heridas, tal vez demasiadas historias en mi juventud o simplemente la necesidad de explicar con folklore todas las cosas terribles que suceden en nuestro mundo.

Puede que esta casa estubiese maldita o nosotros mismos habíamos sido malditos por los espíritus protectores, los fae protectores seguramente estarían furiosos.

Mi nerviosismo iba en aumento mientras aferraba el martillo y guardaba un clavo de hierro de los que estábamos usando para las ventanas en el bolsillo. Los duendes odian el hierro frio… eso lo sabe todo el mundo.

El doctor se llevó al cabo a la habitación, dejándonos en un estado de conmoción. Que demonios había pasado realmente?

Fue entonces cuando me fijé en Ophelia, seguramente estaba afectada por lo sucedido pensé. Su expresion era como la que habia visto en la cara de mi madre hacia años. Su tez más palida que de costumbre y la miré hipnotizado mientras parecía estar dibujando algo. Mi atención pasaba de un lado a otro de los asistentes sin saber claramente como reaccionar.

-Deberíais llevar esto siempre encima, por si los duendes están enfadados con nosotros.- susurré tendiéndole uno de los clavos de hierro torcidos a la señorita Edevane.

Tenía que hablar con ella, esto era un mal augurio claramente y debía hacer algo, todo el mundo sabe que si esta noche se volvía a escuchar lamentarse a la banshee más gente dentro de la casa iba a morir pronto…

La ayudé a incorporarse susurrandole al oido nuevamente.

-Tal vez podemos ver esa pequeña herida en la mano... usted ya me ha curado una vez yo puedo hacer lo mismo con ese corte, me permite?- dije guiandola suavemente fuera de la habitación. Recordaba que los enseres para mis curas estaban aun en la habitación, ese seria un buen sitio para hablar.

Sentí entonces como los nervios y el esfuerzo acumulado sacaban de mi una mueca de dolor, era nuevamente el costado de mi herida. Respirando con algo de dificultad intenté aparentar normalidad.

El doctor esta ocupado con el cabo y lo mío es solo una herida.

Nuevamente el fantasma de la guerra había vuelto a caminar cerca de nosotros, un fantasma que parecía quererse cobrar todas nuestras almas lo antes posible.

Era esta la maldición de los cobardes? Era esto lo que les esperaba a los desertores?

Notas de juego

*Editado para reaccionar ante el post de Ophelia consultado con la narradora*

*Si nadie nos lo impide y Ophelia me acompaña salimos de la habitación*

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15/05/2018, 23:36
Daniel Robinson

Entré el el salón tras la marcha por el jardín.

No habíamos encontrado nada sospechoso. Ni a nadie. Por un momento me calmé y así lo indicó mi mirada dirigida hacia el cabo para indicarle que no había de qué preocuparse. Un suspiro de alivio salio silencioso al ver que todo estaba en calma, pese la presencia de Jared en la puerta, con el arma apunto por si divisaba algo extraño que los demás no pudiéramos ver.

Las risas de algunos hicieron que bajara la guardia cambiando mi semblante a algo un poco mas alegre. Estaba mas acostumbrado a oir el dolor de los enfermos que las risas de unos soldados, junto a las mujeres. Casi era como cuando era pequeño y jugaba cerca del rio con mi hermana y mis padres.

Eve seguía colocando cosas y hablando con sus compañeras. Me acerqué a ella y con una amplia sonrisa... no se porque... la distraje llamando su atención.

- Senoritas...- Me disculpe ante el resto - ... Si necesita que le ayuda con las cortinas ahora tengo toda su atención señorita Eckhart. Supongo que la señorita Ewina volverá en...

Mis palabras quedaron inconclusas al ver como McBurney cambiaba su risa por algo mas agónico. ¿Que demonios? Sus balbuceos me preocuparon pero menos aun que lo siguiente. Sus espasmos provocaron un escorzo en su rostro, torciendo el gesto con la mandíbula, como alguien que se ahoga y no puede respirar, hasta que finalmente su cabeza colgó lánguida sobre su pecho dejando caer un leve hilillo de sangre.

Mis ojos se abrieron en la misma proporción que lo suyos se cerraban.

Jerry corrió en su auxilio al igual que yo, dejando mi conversación con la muchacha inerte y carente ahora de sentido. Una vez a su lado por mucho que lo zarandeara, su cuerpo no reaccionaba a ningún estímulo y temí lo peor. - John...?- Susurré levemente -¡¿McBurney?!- terminé por alzar al voz.

Daba igual quien estuviera allí. Mis ojos se fijaron en su cuerpo y tan solo se retiraron para mirar a Jerry. Un leve gesto con mi cabeza indicó que estaba muerto. Cerré los puños hasta que dolieron. Incluso la mano que tenía vendad hizo su gesto propio.

- Avisa al resto.- Susurré a Jerry mientras recogía en brazos al cabo como quien coge a un hijo grande y lo lleva a su habitación.

La mano no dolía, pero dolía. El cuerpo del cabo no pesaba, pero pesaba. Y mi rostro apretaba los dientes mostrando una mueca seria y difícil de interpretar para quien me vieran. Estaba demasiado preocupado para hacer o decir nada mas. Tanto que cuando llegué a la habitación y dejé el cuerpo de McBurney en la cama, cerré la puerta y eché el pestillo.

No entraría nadie.

No hasta que confirmara realmente mis sospechas: McByrney no había muerto, lo habían asesinado. Con veneno. Un veneno de mujeres.

Y estábamos rodeadas de ellas.

 

 

Notas de juego

Lo siento si ha sonado machista lo último. Sorry^^

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16/05/2018, 00:52
Silas Barton

La reacción exaltada de la rubia cuando tomó la fotografía le hizo fruncir el ceño y mirar el retrato en cuestión. ¿No era ese el mismo cabrón que les había robado la medicina luego de que lo dejaran ir con vida? Sí, estaba seguro de que ese era. Tensó ligeramente la mandíbula ante aquella confirmación, aunque ya le bastaba con ver a la dueña de casa para ver que alguna relación sin duda había, pero la reacción posterior de Edwina le hizo preocuparse un poco. Parecía haber visto un fantasma, y eso jamás era buena señal. 

Al escuchar al doctor llamarlo para revisar el estado de la mujer asintió sin decir nada, pero en ese momento llegó el Cabo y Silas solo se limitó a seguir y escuchar al resto, solo prestando atención por un momento a la significativa pero clara mirada de su hermano. Por supuesto, entendía el peso de las palabras de McBurney, y sin rechístar salió a inspeccionar los alrededores. Nadie estaba más ansioso que él por ver si el hijo de puta que casi le había costado al vida a su mejor amigo seguía ahí afuera, sin embargo, tras quince minutos buscando en dirección contraria a Robinson, no fue capaz de encontrar señal alguna de su presencia. 

Al llegar de vuelta, escuchó de pasada la conversación entre Tristán y Kizzy. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente por no fruncir el ceño o mostrar lo mal que aquello le sonaba, y mientras pasaba al lado de la pareja solo sonrió con la comisura de los labios deteniendo su mirada por un segundo en su amigo, dejando claro que estaba al tanto de la situación. 

Caminó directo a Mollie mientras Jerry hablaba de brownies y sus travesuras, historias por las que en otro momento se hubiese fascinado ante la firme creencia del pelirrojo en aquellos temas sobrenaturales. Aunque la risa del Cabo pasó a tos asfixiada Silas no interrumpió su andar, pensando que sería solo se habría atorado, hasta que escuchó los nombres de los hijos del Cabo. Luego de lo que les había contado a él y al doctor, sabía que no los pronunciaría en vano. Deteniéndose en seco, miró al hombre estupefacto, palideciendo ante una amenaza a la que no había forma de enfrentarse. No era un hombre religioso, pero más de alguna vez había escuchado de penitencias y maldiciones, y en ese preciso momento en que su corazón golpeaba su pecho con violencia ante el temor a lo desconocido y el Cabo caía fulminado con apenas un hilillo de sangre, esa fue la única explicación que llegó a su mente. 

Sus ojos instintivamente volvieron a Tristán, asegurándose de que no hubiera sufrido la misma suerte que McBurney, y respiró aliviado al ver que no era así. Por su mirada se cruzó la imagen del doctor cargando al Cabo fuera de la habitación, y cuando logró racionalizar que su miedo sobrenatural era injustificado y más probabilidades había de un arma como el veneno que de la primera demostración de acción divina, apretó los labios tensando la mandíbula.

Mollie... - estiró la mano hacia ella sin perder el contacto visual con Tristan, necesitando la cercanía de la rubia para asegurarse de que estaba bien pero esperando aún algún tipo de señal sobre como se suponía que actuaran ahora. 

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16/05/2018, 03:19
John McBurney

 

Aquella imagen feliz junto a su familia fue lo último que vio. Recuerdos de un tiempo pasado que poco a poco se difuminaron entre una espesa niebla de pesadillas de guerra.

Abrió los ojos y se hizo la luz. Miró confundido sus botas por unos segundos, y tras un primer análisis, subió la vista por sus propias piernas comprobando como ya no le dolía nada. Se echó hacia atrás reclinando su espalda y no escuchó crujir la mecedora. No podía escuchar ningún sonido más allá de su voz, tampoco escuchaba el sonido de los grillos en verano, ni los pájaros. No sentía la caricia del viento nocturno soplando sobre su piel. No sentía nada.

 

 

- ¿Es un sueño?

- No. - replicó el hombre vestido de negro, sentado a su lado.

- Reconozco este lugar... - sus ojos observaron con rapidez el entorno, el mobiliario decorativo y la valla blanca que flanqueaba la parte delantera de la casa. Sin duda le era familiar, aunque su recuerdo lejano, borroso. - Es el porche de la plantación Farnsworth.

- Así es. - asintió el desconocido.

- ¿Quien eres?

El desconocido sonrió sin mirarle.

- Me conoces muy bien...

McBurney entreabrió los labios queriendo decir algo, pero no pudo hacerlo hasta que su mente no lo comprendió. La guerra... los caídos... ella, siempre había estado ahí esperando.

- Eres tú...

- Si.

Un silencio estremecedor.

- ¿Por qué ahora y no antes?

- Porque no era tu momento, John.

El cabo asintió acariciando el anillo de su mano izquierda.

- ¿Estoy en manos de Dios?

El hombre de negro se giró por primera vez y miró sus ojos con aflicción.

- No.

- ¿Dónde estoy realmente?

- En el lugar donde debes estar. Ninguna parte.

Una pausa larga.

- ¿Cómo lo hiciste?

 

 

- Alguien me llamó... - sonrió encogiéndose de hombros. - y no lo pude evitar. Lo llaman justicia divina, aunque tu caso es especial. Los chicos que reuniste para huir contigo... Les has salvado John. Les has salvado. O al menos, lo has intentado.

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16/05/2018, 04:24
Marius Farnsworth

 Plantación Farnsworth

Esa misma mañana

 

 

Mary Westwood se sentía angustiada debido a la creciente tristeza que embargaba a su prometido Marius desde que su casa viviese otro episodio fatídico, uno que el joven caballero había ocultado a su hermana con tal de no causarle más daño del que ya había sufrido.

El problema en si era más delicado, pues el tiempo pasaba y después de casi un año de compromiso oficial la señorita se sentía cada vez peor, comenzó a desesperarse por su situación, no era adecuado alargar mucho más la espera.

El retraso de su boda y las habladurías de las familias cercanas y círculo social respecto a ello, causaba una profunda ansiedad a la joven. Minaba su confianza y apagaba poco a poco sus esperanzas. ¿Acaso Marius no le amaba? ¿Por qué posponer su boda tanto tiempo? Esos pensamientos negativos la sumían aún más si cabe en la característica nostalgia que los ojos de Mary proyectaban a conjunto con la austeridad de sus ropas oscuras, puritanas hasta decir basta.

El ejército de la unión avanzaba por el sud en dirección a Richmond. El peligro de ver sus propiedades amenazadas por la guerra era prácticamente una realidad que les obligaría a tomar medidas estrictas y sacrificadas a ambas familias, los Westwood y Farnsworth. Huir. Ponerse a salvo, trasladar sus esclavos a otro lugar. ¿Pero a dónde?

Los soldados de la unión no permitirían la esclavitud en dichas plantaciones. Llegando a sus tierras liberarían a los hombres, mujeres y niños allí apresados desde hacía generaciones. De no hacerlo y querer salvar sus vidas no tendrían más remedio que ceder y abandonar su posición privilegiada, inmerecida por la crueldad con la que trataban a los esclavos de color.

Con dificultad y poco aliento, la figura oscura y delgada de Mary se dirigió hacia la majestuosa puerta de entrada que daba la bienvenida a la casa blanca. Contuvo la respiración, y en ese gesto nervioso involuntario apretó sus labios y pronunció las líneas de expresión que rodeaban su boca. Era una joven sufrida. Se tensó cuando la criada negra de la plantación la recibió haciéndole pasar al lujoso salón de té donde muchas tardes había pasado buenos momentos junto a la familia Farnsworth, cuando todavía el padre de Mollie vivía y la niña tan solo era una pequeña de cabellos rubios, cariñosa y amable.

- Espere aquí señorita Westwood. - dijo la esclava que le atendió, apresurándose a buscar al señor y heredero de la casa. El único Farnsworth que quedaba con vida.

Mary asintió a la muchacha y volteó la vista hacia una de las ventanas del porche. Lo que vió en aquel instante le heló el alma y la sangre completamente. Una de las mecedoras de afuera se movía sin que nadie estuviese sentado en ella. Abrió los ojos de forma vertiginosa, asustada y sin poder acompasar bien su respiración. Se acercó por si alguno de los perros de la familia se había sentado allí o estaba jugando con las patas de la mecedora, pero la realidad es que no había nadie, o al menos sus ojos no lo detectaban. Quien hubiese sentado en la mecedora ya no pertenecía al mundo físico en el que se relacionan los vivos.

 

 

- Mary, mi amor. - la voz de Marius sonó por detrás de su espalda sobresaltándole de manera refleja. La joven dió un respingo alarmando a su prometido.

- ¿Qué ocurre? - preguntó el caballero temiendo que su prometida hubiese presenciado alguna desgracia por el camino o trajese malas noticias. Los esclavos de su plantación no eran tan maltratados como lo eran con su padre, sin embargo, Marius no olvidaba cual era su lugar y como debía hacerse respetar, igual que su futuro cuñado, Theodore.

- La mecedora... - comentó nerviosa. - Se mueve, se mueve sola. - su cara de horror ante algo que no tenía explicación lógica hizo fruncir el ceño del joven aproximándose él mismo hacia la ventana donde Mary señalaba con un dedo índice la visión que tanto miedo le había producido.

 

 

- Solo es el viento. - dijo él intentando convencerse de lo que veía era un sencillo producto del aire, un efecto atmosférico.

- ¿Qué viento, Marius? Es verano y el sol brilla afuera con la intensidad de un astro cálido y furioso. - se acercó a su prometido con los ojos centelleantes debido al miedo y lo que ella creía que estaba pasando... - ¿Hasta cuándo le ocultarás a Mollie que Francis ha muerto?

Marius perdió la compostura. Su semblante se descolocó desfigurando sus facciones alegres y calmadas. - No puedo decírselo, ha sufrido mucho ya. Es mejor que no sepa nada hasta que la guerra termine o tenga que ir a buscarla para irnos de este lugar.

Esa respuesta no era la que Mary quería escuchar. - Por favor... - suplicó desesperada. - Tu hermana pequeña debe de estar con nosotros, solo hasta que encuentres un buen partido que la merezca.

El joven heredero tensó la mandíbula. - No lo permitiré, es muy joven para casarse. - dijo elevando su disconformidad ante su petición. - Con mi tía Martha está a salvo, al menos por ahora. No quiero volver a hablar sobre ese tema Mary, no mentes a mi hermano. Está muerto, Dios lo acogió en su seno. - agarró de los hombros a su prometida. - Es el viento Mary. - aseguró con severidad. - Los fantasmas no existen.

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16/05/2018, 14:49
Kizzy

Kizzy no estaba cómoda en ese lugar, pero era capaz de guardar sus pensamientos para ella. Prefería vivir como un espíritu que observaba todo desde la lejanía, contemplando las relaciones, los comentarios y las actitudes de los presentes. Optó por no intercambiar más miradas para evitar disputas innecesarias: a fin de cuentas todo estaba dicho por su parte. De vez en cuando, no obstante, alzaba ligeramente la cabeza para comprobar que las dos señoritas a las que tenía en alta estima continuaban desarrollando sus tareas con una sonrisa. Eso era lo que le importaba.

El sonido de una tos que fue agravándose hasta convertirse en un principio de asfixia la alteró. Notó que su cuerpo se ponía en tensión y dio varios pasos en dirección a la jarra de agua con la intención de hacerle llegar al cabo líquido para cuando se encontrase bien. Ese momento nunca llegaría. Los ojos de Kizzy se abrieron producto del asombro y del miedo ante lo que estaba sucediendo: un hombre caía ante ellos sin vida. ¿Qué acababa de ocurrir? La jarra de agua que tenía en sus manos resbaló, rompiéndose contra el suelo en pequeños fragmentos. No… no… no… Kizzy había visto varios cadáveres hasta la fecha, pero nunca había estado presente cuando la vida de alguien se apagaba sin que nadie pudiese hacer nada. ¿Tan graves habían sido las heridas del cabo? ¿Por qué ahora, y no durante su descanso? Algo olía demasiado mal en todo ese asunto, y Kizzy tenía la sensación de que las vidas de todos ellos acababan de complicarse. 

La escasa sangre que el cuerpo inerte del cabo emanó por la nariz le provocó un nudo en el estómago. No sabía dónde meterse o a quién acudir, así que instintivamente movió la cabeza buscando las reacciones de Eve y Ophelia. Encontró a la segunda agazapada mientras parecía dibujar algo, ensimismada. ¿Qué está pasando…?- esa no era una reacción normal en su amiga. No podía creer que ante la muerte se parase a pintar, mucho menos delante de tantas personas. La sirvienta avanzó hacia ella y comprobó que lo que estaba pintando le resultaba familiar, quizá demasiado.

Tengo que salir de aquí. Debo irme. Esto no está bien- su cabeza no dejaba de dar vueltas mientras a su alrededor sucedían demasiadas cosas. Retrocedió torpemente sin perder la vista del dibujo que Ophelia estaba acabando. A su lado apareció Jerry, quien le susurró algo que Kizzy no llegó a oír porque su alrededor le parecía demasiado lejano y distante.

Para cuando Kizzy se giró, los varones marchaban con el cuerpo del fallecido, pero no sabía hacia dónde se lo llevaban aunque tampoco le importaba. Necesitaba algo de tiempo para comprender lo que estaba sucediendo, y necesitaba hablar con Ophelia. Se le ocurrió hacer el ademán de acercarse a la pareja que ahora pretendía abandonar el salón, pero no pudo decirles nada puesto que las palabras no querían abandonar sus labios. No lo entiendo… yo… ella… ¿por qué ha dibujado algo así? ¿Dónde la ha visto? ¿Era ella realmente? Intentó tragar saliva pero tenía la boca demasiado seca. Agua…- de nuevo una sensación punzante martilleó sus sienes. El agua se había convertido en uno de sus miedos con el paso de los años.

Pálida y estremecida como se encontraba, Kizzy se dispuso a abandonar el salón en dirección a la cocina. Demasiadas cosas habían ocurrido en un lapso tan corto de tiempo, y lo único que podía hacer era pensar sobre ellas en silencio. Al menos, hasta que pudiera hablarlo con ella.

Notas de juego

*Kizzy marcha hacia la cocina. 

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18/05/2018, 13:06
Tristan Durand

El muchacho escuchó con atención cómo Kizzy e Isobella terminaban la conversación que él había empezado y, por un momento, sintió el impulso de volver a intervenir, quizás asegurando que acababa de recordar que él mismo se había tropezado con la dichosa cuna, sólo porque no quedase la más mínima posibilidad de que la criada tuviese problemas por aquello. 

Pero, por suerte, las bromas e historias de Jerry sobre los duendes parecían suficiente para desviar la conversación, así que no añadió más y tan sólo escuchó a su compañero mientras iba soltando las tablas de aquel mueble. Sus labios se curvaban en una sonrisa y el tema de la cuna fue quedando en el olvido. 

Cuando el cabo empezó a toser, lo miró de reojo, pero no le hizo demasiado caso hasta que empezó a murmurar nombres con la voz entrecortada. Entonces frunció el ceño y dio un paso hacia él, con la misma idea de ofrecerle agua que ya había tenido Kizzy. Lo vio sangrar y lo vio caer y de pronto fue consciente de que aquello era más grave de lo que parecía. 

Vio al doctor cargar con él y salir del salón, pero los ojos del moreno ya estaban buscando los de Silas con una alarma evidente. Se le ocurrían dos o tres posibilidades para explicar lo que acababa de pasar, pero ninguna de ellas le resultaba agradable. Y, fuese como fuese, acababan de perder a su líder. Un líder de mierda, de eso estaba seguro, pero también uno que era capaz de mantener unido al grupo de soldados. No era poco. 

Sus ojos siguieron a los que iban abandonando el salón, pero su mente estaba lejos de allí. De repente se sentía incómodo en aquel lugar y sus pies empezaron a dirigirse hacia el exterior. En aquellas tierras sureñas hacía demasiado calor, pero en ese instante prefería estar al aire libre que encerrado en la mansión.

Hizo un gesto con la mano para Silas antes de marcharse, con el que parecía querer indicarle que estaría bien, que podía quedarse con Mollie. 

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18/05/2018, 13:07
The Beguiled

Notas de juego

Reservado para Eve, Tristan y Mollie.

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18/05/2018, 13:07
The Beguiled

Notas de juego

Reservado para Eve, Tristan y Mollie.

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20/05/2018, 16:22
Edwina Morrow

Lunes 1 de Agosto de 1864

 

Día 9.

Mansión Farnsworth (Jardín).

Hora: 9 h. de la mañana.

 

 

Edwina llevaba un día entero sin salir encerrada en su habitación y en completo aislamiento. Desde que la imagen de Adrien se cruzase por sus ojos y la sorprendiese como un milagro en el jardín, se había vuelto loca intentando encontrar una explicación racional a su aspecto, no verlo envejecido, demacrado y con barba, ya que había estado atendiendo como médico a otros soldados en la guerra y la falta de alimentos y el sufrimiento desgastaba a cualquier persona, sino más bien al hecho de no saludarle ni entrar en la casa, desaparecer de aquella manera tan misteriosa y sobre todo la mirada perdida de sus ojos. ¿Había perdido la memoria? ¿Había ido a buscar refuerzos a casa de Theodore? ¿Estaba muerto y había visto su espíritu?

No había dormido, no se había cambiado de ropa ni tampoco aseado. Tenía un aspecto penoso, pero la vida en la casa continuaba, o más bien el curso de la muerte. Porque Edwina vió a través de la ventana como el doctor Robinson y otros soldados cavaban una tumba en el cementerio de la plantación. Martha se había acercado a su puerta la noche anterior a decirle que el cabo estaba fatal, casi muerto. Edwina ni siquiera le abrió y mucho menos contestó a su chisme. No es que no le importase la vida del hombre, es que tenia sus propias preocupaciones, y muy graves.

La institutriz perdió la poca cordura y serenidad que con mucho esfuerzo había mantenido durante tres años. No tenía fuerzas para más, había soportado demasiadas cosas, y saber que Adrien estaba fuera, vivo, en problemas o peor aún, muerto le rompía el corazón. Tenía que encontrarlo, tenía que salir de la plantación y seguir su propio instinto. Meterse en las aguas, ir al pantano y nadar ella misma en las aguas profundas y oscuras sin importarle nada más. Estaba segura de que el señor le había mandado una señal a través de su sueño.

Aguantó en la escuela por sus alumnas, el único salvavidas que tenía frente a la ausencia de su prometido, sin embargo ese refugio psicológico se había ido al traste. Edwina entró en un estado de turbación en el que nadie tenía poder para hacerle entrar en razón. Lo que quería hacer era una locura. Pensaba meterse hasta lo más hondo del pantano, ella sola sin ayuda de nadie y buscar a Adrien.

Estaba decidida. Abrió el armario y sacó de dentro su vestido de boda. Lo había comprado con toda la ilusión del mundo para casarse con el médico. Si había muerto, su sueño y su vida moría con él también, y daba todo igual. Se vistió meticulosamente colocándose el velo y los pendientes que su madre le había regalado para el ajuar de novia.

Mataré a todo el que se interponga en mi camino. Y en verdad podía hacerlo, pues Edwina tenía en su poder las armas de los soldados y acceso a todas las que Martha usaba para cazar y defenderse.

 

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20/05/2018, 16:22
Martha Farnsworth

Con su cuñada atrincherada en la habitación, las decisiones de Martha eran aún más fuertes y dictatoriales. No había mujer sensata y con suficiente poder que pusiese en tela de juicio sus opiniones, ninguna voz superior o igual a la suya.

Supo de la situación delicada del cabo y no pudo sino alegrarse. Como la noche y el día, Martha en contraposición a Edwina estaba satisfecha del fallecimiento de McBurney. El cabecilla de los soldados había caído y el resto no tardaría en hacerlo. Pensaba vengarse de todos.

 

 

- ¿Qué hace? - preguntó indignada al ver la escena que se desarrollaba, el predicador fabricando un ataúd improvisado para el cadáver. Pensaba enterrar al asqueroso yanqui en su casa, en sus tierras, no podía consentirlo.

- ¿Usted que cree señorita Farnsworth? - replicó Daniel limpiándose el sudor de la frente.

- Lléveselo. No quiero que lo entierre en mi finca.

- Recuerde nuestro pacto. - le refrescó la memoria.

Martha calló. - Lo sacaré de mi propiedad en cuanto se vayan de aquí y lo lanzaré al pantano con los putos caimanes. - se dió la vuelta furiosa dejando a Robinson trabajar.

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20/05/2018, 16:22
Daniel Robinson

 

/Despedida al Cabo McBurney/

 

-Debería decir unas palabras bonitas de despedida, supongo... Dios así lo querría.

Podría decir algo así como... que Dios lo acoja en su gloria. Del polvo venimos y en polvo nos convertiremos... Puede que... que la vida eterna lo acoja y su alma inmortal viva para siempre en los campos del señor. Que solo partimos para reencontrarnos otra vez...

Puede... Pero el señor McBurney me mataría si lo hiciera.-

Vacilé un poco antes de seguir. Coger fuerzas para lo que venía.

-McBurney era un cabrón.- Dije secamente y mirando al frente.

-Ha matado a cientos de soldados en el frente y nunca lo he visto dudar. Era un tipo duro. Demasiado, a veces. Todavía recuerdo aquella vez que me delegaron a su cargo.

En cierta ocasión, un soldado novato cayó herido. McBurney se acercó hasta él y le susurró algo. Cuando lo trajeron a la enfermería, le preguntaron al soldado sobre aquellas palabras. ¿Sabéis que dijo?

"Aun me debes diez pavos, hijo."- Miré a los allí presentes con una sonrisa queda en mi rostro, como si fuera algo normal.

-Ese cabrón le impediría morirse hasta que pagara su deuda. Y el soldado no murió. ¡Tenía mas miedo del cabo que de que se lo llevara Dios a la gloria eterna! El soldado se recuperó y cuando estuvo de pie, fue a ver a McBurney con los diez pavos en la mano.

John le dio un puñetazo y le dijo que dónde coño se los iba a gastar. Estábamos en una batalla! Que se los devolviera mas adelante!- Me encogí de hombros como si esa respuesta fuera también lógica para mi.

-Al principio no lo entendí. ¿Qué se proponía ese estúpido? Pero luego me di cuenta de que... intentaba salvar a la gente. Puede que los métodos no fueran los correctos pero, lo intentaba. Él a su manera y yo a la mía, claro.

No voy a decir que fuera un buen hombre. No era el ejemplo que ningún padre quiere que se siga para su hijo. Pero a fin de cuentas era un hombre, y como todos, no era ni mucho menos perfecto. Nadie lo es.-

Suspiré, triste, mientras bajaba mi vista a mis manos, buscando en ellas la respuesta. Como si tras aquel vendaje fuera a descubrir unas palabras escritas que me dijeran cómo debería seguir mi vida ahora, qué decir... cual era  el puto sentido de la vida misma, si cabe.

- Lo que si voy a decir es que, pese a todo, era mi amigo. Dicen que los amigos se eligen, no como los padres que vienen impuestos. Salvo el padre celestial. Eso no dice mucho a mi favor, es cierto. ¿Por qué elegiría yo a McBurney como amigo?

No lo sé. Todavía me hago esa pregunta yo mismo.

Puede que fuera él el que me necesitara. O puede que sea yo el que lo necesitara. Quien sabe. Solo Dios sabe el porqué. Yo solo se que, con su muerte, un trozo de mi alma lo acompañará allá donde vaya. Aunque solo sea para que no haga ninguna locura mas.-

Metí la mano en mi bolsillo y saqué un billete de 10 dólares bastante arrugado y manoseado. Los miré como si no quisiera perderlos y después, los dejé caer sobre la tumba de McBurney.

- Le devuelvo los diez pavos que le debía, señor. Ahora estamos en Paz.- Susurré dejando caer, sin querer, un par de lágrimas, que presurosas corrían por mi rostro hasta perderse por la barbilla.

Me agaché para tocar con la mano la tierra que tapaba a mi amigo, por última vez.

-"No más palabras. Las conocemos todas, todas las palabras que no deben ser dichas. Pero has hecho mi mundo más perfecto, amigo. Lo has hecho".