Mmm, creo que esos "reclutas" somos nosotros, compañeros.
Dijo susurrando al resto.
Theren se decidió a interpelar a la voz fantasmal. Subió su tono de voz y esta retumbó en los ecos de la estancia.
Lord Comandante de la Guardia, que ordenes hemos recibido y de parte de quien decís?
Hemos visto que el sacerdote de Ilmater salió de la Ciudad, pero también la Señora de Pietorcido parece que marchó con mucho de lo suyo...
Debemos estar alerta contra algún tipo de enemigo, mi Señor?
El elfo jugó a la estrategia de hacerse pasar como parte de la tropa que algún día en el pasado, estuvo encargado de custodiar la puerta... Si conseguía que el responsable y superior de la guardia les comentara algo más, quizás entonces podrían desentrañar el misterio que se cernía en aquel lugar.
Mientras la voz del espectro aún flotaba en el aire, reverberando entre las vigas astilladas y las paredes gastadas de la torre, Tom Trepper se movió con lentitud hacia la base de la escalera. No era miedo lo que guiaba sus pasos, sino la resignada convicción de que toda estructura —sea torre, argumento o destino— acaba por colapsar si uno se queda demasiado tiempo debajo.
La luz azulada del bastón de EldUneg le arrancaba brillos improbables al abrigo que llevaba puesto, como si el pelaje hubiera conservado el recuerdo de un lobo más elegante que feroz. Bajo su Gorro del Pensador Estancado, los ojos del mediano repasaban la estatua con atención quirúrgica, sin confiar ni un ápice en el mármol de rostro severo.
Cuando estuvo a un paso del primer peldaño, ladeó un poco la cabeza y murmuró, más para sí que para los demás:
- La vida tiene ese talento para empujarte escaleras arriba justo cuando empezabas a acostumbrarte al frío del suelo. Así que... mejor subir antes de que nos caiga el techo encima. Sería una muerte bastante literal para un pensamiento inacabado. -
No tocó aún el pasamanos. Observaba y escuchaba. A veces, el primer peldaño era una trampa, y a Tom no le gustaban las sorpresas si no venían envueltas en tela de picnic.
Ralfcon había estado alerta desde que llegaron a esa nueva estancia, había seguido al que consideraba su nuevo amigo Tom,había demostrado ser todo un miembro de la manada, no luchaba mal y ayudaba a los demás en la manada,y no estaba gritando o discutiendo todo el rato ,A Ralfcon le agradaba todo eso y por eso el pequeño se había ganado su respeto y amistad, razón por la que el protector Ralfcon se mantenía mas cerca de el , sin dejar de estar pendiente de ElDuneg.
Ralfcon también examino las ropas de abrigo, aunque estaba acostumbrado al frio del invierno, aquel frio no era Natural,y le pareció buena idea abrigarse también, aunque con algunos problemas por el tamaño de sus brazos, finalmente se abrigo algo mas, y pese a que algunas costuras se rompieron, se sentía mas abrigado.
Un segundo después escucho la voz de aquel ser sin cuerpo al que golpear, lo que hizo que se pusiera en alerta llevando su mano a su Hacha, y dando un par de pasos para estar mas cerca de todos sus compañeros.
EldUneg agarró con fuerza su bastón mientras se dirigía a la base de la escalera. Al oír la voz espectral se tensó esperando que algo horrible surgiera de entre las sombras para enfrentarlos, viniera lo viniese estarían preparados.
Tirada oculta
Motivo: Theren engaña
Tirada: 1d20
Dificultad: 10+
Resultado: 11 (Exito) [11]
Tirada oculta
Motivo: Tom percepción
Tirada: 1d20
Dificultad: 12+
Resultado: 15(+2)=17 (Exito) [15]
Haciendo de tripas corazón, Theren asume el papel de uno de esos soldados humanos que tan bien tiene estudiados.
Endereza la espalda, toma aire y deja que su voz se deslice entre firme y temblorosa: la perfecta imitación de un recluta que se cree valiente… y sabe que no lo es. Entre descarado y cagado de miedo, su interpretación resulta, por un instante, extrañamente convincente.
Delante de él, la silueta invisible de Sir Elric se insinúa en el aire: una distorsión, como gas que se arremolina. Quizás una ilusión. Quizás no. Luego se esfuma y su voz, mitad mando de hierro, mitad susurro astillado, quiebra el silencio:
-La guardia… obedece órdenes. Las órdenes… son claras.
NADIE entra más en la Torre. El paso debe permanecer cerrado… para siempre…
Un aullido reverbera por las vigas, y la chispa que mantenía a Sir Elric unido se apaga, tragada por la negrura rugiente del espíritu primitivo, que a veces lo posee.
Theren traga saliva, intentando que el leve temblor de su mano no delate su farsa. Mira de reojo a Ulrika, tan blanca que parece que la vida se le escapa por la frente. Se arriesga:
-¿Y… el capellán? Levy Gryshart…
Un gruñido gutural retumba. La sombra de la capa espectral ondea como tinta vertida en un lago.
-Levi… prometía consuelo… -la voz se enrosca, retorcida de odio y vergüenza - …Preguntaba demasiado.
-La guardia no debe mentir… pero tampoco puede permitir traición. -
Su mueca retorcida, es de quien traga fuego.
-El silencio llegó con su marcha. Su voz ahora está… lejos.
Pero antes de desvanecerse del todo, la voz surge, rota, para escupir otro nombre, a Theren:
-Barzov… el herrero. Se encierra en su taller… abajo… en la torre este… como un yunque de hierro… Demasiado cobarde para pertenecer a la guardia, y demasiado pesado para marcharse. - Un tic casi humano sacude su semblante espectral. -
-Su fuego no se apaga. Ni su deslealtad. Atrapado para siempre con nosotros… sin ser uno de nosotros…
Adelantándose a Theren, Tom, enfundado en su gorro raído, piensa que igual, ese tal Barzov, podría hacer algo con las vigas del lugar, que ya están demasiado carcomidas…
El mediano avanza con pasitos ridículamente cuidadosos, probando cada tabla como si pisara huevos. Las vibraciones suben por sus dedos agarrados al posamanos. De arriba, un crujido seco contesta… algo pesado arrastra lo que podrían ser pies. O algo peor.
Ralfcon, siempre alerta, se adelanta para cubrir a Tom, enfundado en su nuevo abrigo a juego. Elduneg, a su lado, observa hacia la escalera. El escalofrío que recorre su espalda trae un murmullo lejano: el eco del aullido de Barov retumba en su cráneo. Sabe, sin entender por qué, que Elric no pudo soportar el peso de su alma. Ni de la culpa. Su espíritu es demasiado débil.
Un golpazo sordo desde arriba os recuerda a todos que no estáis solos.
Desde los barracones superiores, el arrastre de pies sin vida se hace cada vez más claro. Lentamente, con un retumbar de maderas viejas, algo empieza a avanzar hacia vosotros.
El frío se filtra por las rendijas.
Chicos, larguémonos de aquí... Todo un batallón dela guardia, a saber si como más muertos vivientes creo que se acercan...
NADIE ENTRA Y SUBE A LA TORRE!!!!, la guardia cumple ordenes!!!, con no contradecir esas ordenes creo que podremos deambular más libremente, pero un paso en falso y morderemos el polvo!!!
Voto por ir hacia la Torre Este, donde supuestamente hemos de encontrar al "herrero", aunque no se muy bien que hallaremos allí...
Al parecer la guardia de no muertos, estaba atada de algún modo a la protección de ésta Torre. Posiblemente escondían algo, pero lo más lógico era buscar respuestas previas por otros lares. Ya habría tiempo de volver aquí para encarar el destino de este lugar.
Tom no respondió enseguida. Al crujido de la escalera contestó con el lento y calculado alzamiento de una ceja. Los pasos arrastrados del piso superior hablaban por sí solos: arriba aguardaba algo sin prisa pero con propósito. Y él, por puro instinto, ya estaba deseando estar en cualquier otro sitio.
Volvió sobre sus pasos con la calma medida de quien no tiene ninguna prisa por morir devorado por un batallón de cadáveres en uniforme. - Supongo que a veces lo más sensato es no subir - comentó, sin levantar la voz, mientras pasaba junto a la estatua con el rabillo del ojo clavado en su perfil pétreo. - Pero claro, eso lo piensa uno justo antes de que le caiga media escalera encima. -
Junto a Ralfcon y EldUneg, su mirada bajó lentamente hacia la base de la torre. - Pues si ese tal Barzov sigue con fuego en el taller, me interesa. Uno: igual calienta. Dos: igual habla. Y tres… - miró de nuevo hacia arriba, donde el arrastre de pies era ya una música siniestra - ...tres: no es eso. -
Tom se ajustó el abrigo. No por comodidad, sino como quien se pone la capa antes de salir a caminar por el viento de la fatalidad. - Vamos. Mejor no estirar la cuerda. Los muertos tienen memoria corta, pero hambre larga. -
La druida no no dijo palabra, ya tenía un pie levantado en dirección a la escalera y estaba pensando en si sería capaz de llegar arriba antes que el bárbaro para que su ola atronadora no le afectase cuando sus compañeros declararon sus intenciones de no subir al piso de arriba.
No estaba de acuerdo pero no quería abrir brecha en el grupo.Si bien al único al que tenía especial consideración era a Ralfcon, no quería que la muerte de estos nuevos compañeros pesase sobre su conciencia. Tenía claro que debían restaurar el equilibrio que faltaba en aquellos lares, pero tal vez sus compañeros tuviesen razón y podían tratar de llegar al enfrentamiento ( que lo habría) con algo más de información y posibilidades.
Respiró con profundidad tratando de equilibrar su carácter a veces demasiado impulsivo, no podía equilibrar nada si ella misma no se encontraba en un status quo consigo misma.
-Pues buscamos al herrero sentencio Ralfcon. igual puede contarnos que pasa, y como dice Tom el fuego puede calentarnos, Trebano sigue fuera.- Ralfcon nunca olvidaba a nadie de la manada, y aunque Trebano tuviera un montón de trastos con el, seria mejor si podían llevarlo a un lugar mas caliente.
Luego cogió las diferentes prendas de abrigo con uno de sus grandes brazos y se las ofreció a los demás, si el acostumbrado al frio, lo estaba notando sus compañeros también, por supuesto mantuvo una mano cerca de una de sus hachas, por si tenia que pelear ci algo bajaba. primero le ofreció un abrigo a EldUneg, pues las cosas en las manada se repartían por Rango, y para Ralfcon, EldUneg tenia mas rango en la manada que sus otros camaradas que todavía no habían cogido abrigo.
Con el crujir de maderas arañando el piso superior, el grupo decide volver sobre sus pasos hasta el recibidor principal, sorteando los cadáveres de los zombis despedazados, y desde ahí descender al sótano excavado en la montaña, dándose tiempo para reunir más piezas de este acertijo maldito que encierra la fortaleza. O quizás fuera la presencia latente de aquello que se arrastra por arriba lo que empujó la voluntad del grupo, postergando un encuentro inevitable y dejando el aire helado, como si la propia torre contuviera la respiración, impaciente.
Ralfcon, siempre atento a su manada, reparte la ropa de abrigo a cada uno, bastante orgulloso de su talento para escoger el tamaño perfecto para todos, como si se tratara de un juego infantil de piezas que encajan. No importa si pican: el frío húmedo que se cuela por cada grieta de piedra muerde peor.
Theren, aún rumiando sus últimas palabras con el espectro de Sir Elric, recuerda de pronto sus pertenencias perdidas. Se adelanta unos pasos, a la luz que mana del bastón de EldUneg, y deja que su mirada se pierda entre montones de ruina, buscando con insistencia su canica favorita, ese pequeño orbe que podría devolverle una chispa de control sobre este lugar devorador. Entre tablones rotos, patas de sillas y polvo congelado, no parece verla… pero sigue buscando, como si el simple hecho de buscar pudiera distraerlo de la negrura que amenaza con engullirlo.
Abajo, en el nivel inferior, el hedor a podredumbre golpea como un muro húmedo y rancio. Una cosa muy asquerosa. Restos de sangre seca, madera astillada y un tufillo dulzón se mezclan con la humedad que supura la piedra. El eco de los zombis que antes infestaban este suelo parece aún arrastrarse entre las mesas volcadas y las sillas cojas, aunque ya no queda ni uno en pie. El silencio solo lo rompe el goteo lejano de algo que filtra agua o sangre… es difícil estar seguro.
Frente a la escalera, la vieja mesa de la cantina, volcada y agrietada, aún sirve de obstáculo para cualquiera que no sepa dónde pisar. Cucharas torcidas, una jarra rota y un dado de hueso mordisqueado por ratas reposan entre manchas pardas. A los pies de una chimenea apagada, destaca una pequeña figura tallada en madera: un caballero montado en lo que parece una cabra de guerra, trabajado con un detalle casi tierno, difícil de imaginar de un guardia aburrido en mitad de la nada. Cerca de una silla caída, un laúd polvoriento descansa con sus cuerdas intactas, como si hubiera escapado de la garra de los no-muertos por puro capricho del destino. ¿Milagro? Quizás. ¿Prueba de que algo o alguien aún cuida de este lugar? Difícil saberlo.
Del lado oeste, una puerta de madera desvencijada conduce a lo que a todas luces parece una cocina. Desde la rendija se cuela un olor agrio, mezcla de grasa rancia y vegetales podridos. Es imposible ver más allá de una tinaja volcada y la esquina astillada de una tabla de cortar. Ningún ruido, salvo el goteo intermitente de algo húmedo, invisible.
Al otro extremo, una puerta de hierro reforzada, con sus pestillos aún firmemente encajados, da acceso a la garita exterior bajo la muralla. Allí debería encontrarse el sistema de poleas gemelas para izar o bajar el rastrillo principal.
En definitiva: todo lo necesario para darse un festín de ratas podridas… y un laúd para amenizarlo.
Theren, sin dejar de recorrer con la mirada cada rincón, palpa el bolsillo interior de su abrigo, como si pudiera sentir el suave peso de su pequeña canica rodando allí, cerca del corazón.
Mientras tanto, una corriente gélida se cuela por la escalera, haciendo crujir una silla medio carcomida. Como si la torre, expectante, soltara un leve suspiro.
Theren, medio distraído por el hecho de encontrar algunas de sus canicas esparcidas, comenta una vez están abajo:
Mmm, si no estoy errado, ahí deben estar las poleas que suben el rastrillo, y que si accionamos podrá permitir a Trebano entrar.
Entre frase y frase, las arcadas se le multiplican. El olor es nauseabundo y el elfo no lo soporta demasiado bien.
Con eso ya habríamos cumplido con nuestro trato. Luego que él haga lo que considere oportuno, aunque yo no me quedaría por aquí mucho tiempo... Dudo que los zombis tengan a bien comprarle algunas de sus baratijas y artefactos...
Naturalmente si se une a nosotros se le tratará como a uno más, pero por favor, que las condiciones no las ponga él.
Igual Trebano llevaba algo de perfume de flores silvestres o similar que pudiera mejorar la calidad del olor que les impregnaba.
Y por cierto, tengo una duda... supuestamente por aquí no debería de haber un herrero, o una herrería?
La druida se acercó a una de las sillas que estaba en el suelo y la apiló en la boca de la chimenea junto con los restos de algunos muebles que por allí se encontraban y con una palabras en la lengua de los druidas encendió una hoguera.Esperaba que poco o mucho ayudase a sacarle a aquel lugar ese frío inhumano que se adhería a las superficies y las personas. Además ayudaría a arrojar más luz a la estancia.
-Levantemos el rastrillo, si es que se puede y después buscamos al herrero.
Tom descendió los últimos peldaños con cara de quien ya huele el fracaso antes de verlo. La peste le golpeó como un trapo húmedo en la cara, y entrecerró los ojos. - Si esto no es la antesala del infierno, es su retrete - murmuró, y se tapó la nariz con la manga como si eso pudiera salvarle el alma. Revisó la sala con lentitud. El dado mordisqueado, el caballero en cabra, el laúd... Lo cogió con delicadeza, le rasgó una cuerda con el pulgar y dejó que el sonido desafinado muriera solo. - Bonito. Probablemente de alguien que ya no tiene dedos. -
Se acercó a la chimenea, agradeciendo la iniciativa de EldUneg sin decir nada. Sus ojos se clavaron un momento en las llamas. - Por un segundo casi parece hogar. Lástima que el eco de los chillidos suba mejor por la chimenea que el calor. -
Después, su mirada tropezó con Theren, que rebuscaba entre libros y tablones como si aún quedara tiempo para el estudio. -Theren, si me permites el consejo… después de haber regado esas canicas con el desayuno, igual conviene no agacharse a buscarlas. No vaya a ser que el suelo también quiera devolverte algo. -
Y entonces se dirigió a la puerta de hierro. - Yo me encargo de la polea. No por Trebano, que también, sino por no quedarme aquí oliendo penas fermentadas. Si no se alza el rastrillo, al menos me quedaré más tranquilo sabiendo que lo intenté antes de morir congelado o despedazado. -
Se detuvo, la mano ya cerca del pestillo. - Y si el herrero no tiene respuestas, al menos tendrá brasas. O una llave. O una maldición más interesante que esta. Vamos viendo. -
Ralfcon no había podido decir una sola palabra desde que empezaron a descender, tenía que lidiar con unas ganas de vomitar terribles. Su entrenado y sensible olfato era una desventaja en aquel lugar nauseabundo. Ralfcon se tapaba la nariz con una mano mientras con la otra mantenía fuertemente agarrada su hacha. Sin duda si pudiera mataría aquel hedor con su hacha, pero no podía y eso le estaba poniendo de mal humor.
Ante la perspectiva de respirar algo de aire puro del exterior Ralfcon acompaño a Tom, si su objetivo era abrir el porton, le ayudaría com gustó.