Crispín dejó escapar un suspiro largo, profundo y liberador, de esos que salen del alma cuando el cuerpo por fin suelta algo que llevaba dentro desde antes de tener nombre. Se quedó un segundo quieto, pálido de gusto, con la mirada perdida y una paz casi mística dibujada en la cara.
-Ahhh...
Murmuró, con voz de quien ha sobrevivido a sí mismo.
Entonces vio a Criss, que acababa de reaparecer, y su expresión se tornó profesional, tristemente profesional.
-Me temo que los efectos de la poción de elfitud no eran permanentes -explicó, con una serenidad decepcionada-. No como deberían. Revisaré la composición. Seguro que la baba estaba contaminada... probablemente por expectativas o por contacto con la realidad, ambas muy reactivas.
Mientras hablaba, su pie empezó a moverse. Primero apenas un tic. Luego otro.
Y sin darse cuenta -porque realmente no se dio cuenta- Crispín comenzó a bailar claqué. Pequeños golpecitos rítmicos contra el suelo del mercado negro, perfectamente coordinados, casi elegantes. Parecía contento. Satisfecho. Lúcido. El tipo de lucidez que solo aparece cuando algo ha salido terriblemente mal y, aun así, ha funcionado.
-Como bien dice el axioma alquimista -añadió, marcando el ritmo con los talones-: si no explota, todavía no has terminado; y si explota, anótalo. Es ciencia básica.
Se detuvo de golpe, como si el universo hubiera pulsado pausa. Metió la mano en algún sitio que no estaba allí un segundo antes y sacó una zanahoria. Empezó a comérsela sin hacer preguntas, masticando con satisfacción reflexiva.
-¿Y ahora dónde vamos?
Preguntó, con la boca medio llena.
Tragó.
-Beeeeee.
-...Me refería a porqué llevas al Príncipe puesto.-Dijo Criss, señalando al pie del gnomo.