19:14
Ophius,
Interior de la Ulisses: Zona de cuarentena
Por suerte o por desgracia, el EPI de la doctora no revelaba muchos detalles de su cuerpo más allá de una pequeña estatura; algo que saltaba a la vista, y un pecho bastante generoso: detalle que se pudo apreciar gracias a las curvas que se formaban en torno a su busto. Así mismo, sus facciones eran dulces, joviales y muy bonitas. Pudiendo ser catalogada como una chica bastante guapa, femenina y atractiva.
Era de conocimiento público que Isabelle apenas tenía vida social en la Lexine. O, al menos, eso era lo que se decía. Y ese mismo rumor es el que bien podría justificar el hecho de que la científica siempre vistiese con ropa más bien holgada. Como si no quisiese llamar la atención y su único interés fuese su trabajo.
La xenobióloga se mostraba moderadamente nerviosa, más aún a sabiendas de lo que tenía que hacer..., sintiendo en todo momento la atenta mirada de la ingeniera. Notando cómo esta la examinaba minuciosa, pausada y detenidamente.
—B-bueno... no te preocupes. —declaró en un tono de lo más conciliador y neutro, coloreándose un poco sus mejillas al tiempo que le dedicaba una comedida sonrisa a la mecánica— Le... le pondremos solución a eso. No te preocupes. —le aseguró, no dando más detalles sobre cómo iba a hacerlo.
Siguiendo el mismo procedimiento que el Dr. Sweigert llevó a cabo con el capitán Addams, la doctora usó una pistola médica para extraerle una muestra de sangre a la ingeniera. Recorriendo con los ojos el sinuoso y firme cuerpo de Maxine entre tanto. Una vez finalizó, sacó la cápsula, la etiquetó y la dejó junto a otra muestra —seguramente la de la Mayor West— sobre la mesita auxiliar.
Si bien no se mostró incómoda cuando la mecánica se acercó mucho a ella, sí que se puso notablemente más nerviosa. No obstante, ni dijo ni hizo nada al respecto.
—¿Hm? —la pregunta de Müller le sorprendió gratamente— ¿Cuántos me echas tú? —preguntó con una fugaz, y algo divertida, sonrisa. Esperó varios segundos antes de confesarle su edad, por si la chica se atrevía a decir una cifra.
—Tengo veintiséis. —reconoció después de unos segundos— Yo sí me sé la tuya. —afirmó divertida— Pero no tiene mérito, supongo. La leí en tu ficha justo antes de bajar a Ophius. Honestamente, te echaba menos de los que tienes... —dijo tras tomar la muestra de saliva y, seguidamente, guardar el bastoncillo en su envase estanco.
—Este... bueno. Ya hemos acabado con las pruebas más básicas. —le informó al tiempo que volvía a girarse hacia la mesita auxiliar, ordenando un poco las muestras de sangre y de saliva— Queda... tenemos pendiente la última prueba, sí. Este... ¿te han hecho alguna vez una citología en la Lexine? —preguntó, girándose de nuevo hacia la técnico— Ojo. No tiene porqué haber sido tampoco en la Lexine, ¿eh? Te la han podido hacer en otro lugar, vaya.
—Vaya, unos ¿veintisiete?— le digo fresca, sin duda es mayor que yo pero se ve joven así que no creo que sea por tanto, así que me la juego con ese número y al parecer casi le atino. Sonreí cuando mencionó saber mi edad, aclarando haberlo visto en el informa que Nate tuvo que haber entregado para mí reclutamiento en la expedicion. —¿Menos? ¿Tan niña me veo?— le digo coquetamente, por lo que le dedico una sonrisa y la observo alejarse mientras pone todo en su lugar. Levanté una ceja ante la pregunta, más llevada por la curiosidad que por otra cosa, es una pregunta muy curiosa dadas las circunstancias y que de momento no creo que sean del todo relevante.
—No— le dije tranquilamente. Me da algo de vergüenza admitir que la principal razón por la que no lo he hecho es... —Nunca he estado con un hombre— confieso de forma serena —Digamos que tengo otra clase de gustos... así que no creí que fuese necesario tal examen como ese— ahora no solo deje muy claros mis gustos solo me quedo atenta a lo que diga.
Camina por el lugar mientras yo sigo observando cada movimiento, imaginando cada curva que se esconde tras esa ropa holgada, podría meter mí cabeza bajo su blusa y saborear de ella sin tener que quitarla, sería hermoso poder colar mis manos por debajo de su roja y apretarla... apretarla fuertemente a mí. Vaya cosas estoy pensando.
—¡Uishh! ¡Casi! —dijo divertida, revelándole a continuación su auténtica edad.
—Oh. No es porque aparentes ser una niña. —afirmó, acompañando el comentario de una suave risa— Que no lo pareces en absoluto. —puntualizó— Pero tu piel se ve bastante firme, suave y muy cuidada. Y eso te hace tener un aire más joven. —le explicó a la ingeniera— Tienes una genética envidiable. —la piropeó— No obstante, tu mirada sí que te da edad. Tienes un reflejo tan... no sé. Responsable, fuerte, ¿duro, quizá? —enumeró al tiempo que organizaba la mesita auxiliar.
La respuesta que le dio la mecánica acerca de los motivos por los que nunca se había hecho una citología la sorprendieron enormemente, girándose hacia la chica con una mueca que reflejaba, de manera inequívoca, su sorpresa.
—P-pero... Max. Eso no es... no es así, ¿eh? —le informó extrañada y algo preocupada— Las citologías son para vigilar que todo esté bien ahí abajo. Independientemente de con quién, o con qué, tengas relaciones sexuales. —opinó, adquiriendo seguidamente un aire pensativo al tiempo que guardaba silencio durante unos instantes.
—Vale. No pasa nada. Pues... te cuento. —dijo como si nada, acompañando sus palabras de una tranquilizadora y tenue sonrisa— Cuando una chica tiene que someterse a una citología, se le proporciona un traje especial. Una vez vestida con él, se la tumba en una máquina y un escáner sube, baja y examina la zona sin llegar a tocar a la paciente en ningún momento... Bien. Así es como sería la citología si estuviésemos en la Lexine. Lamentablemente... —hizo otra pausa, esta vez sonrojándose un poco— no estamos en la Lexine. Y los métodos de los que dispongo para hacer una citología son... son más bien intrusivos. —le informó a la técnico con algo de apuro— E-es... es decir. Voy.... voy a necesitar que te... te tumbes, te relajes... te quites la parte inferior de tu... de tu ropa interior y... me abras un poco la piernas. —le pidió. Joder. Y es que no existía ni una sola manera de haberle pedido aquello sin que sonase tan mal.
Mientras le indicaba a la ingeniera lo que debía de hacer, Isabelle se giró de nuevo hacia la mesita auxiliar. Lo primero que hizo fue deshacerse de los guantes que llevaba y ponerse otros nuevos. Y después de eso, comenzó a manipular algo que descansaba sobre la bandeja de la mesita. Algo que, bien a sabiendas, bien casualmente, ocultaba con su cuerpo. Segundos más tarde, la xenobióloga se dio la vuelta hacia Maxine. Sosteniendo un objeto fálico de color gris, un tanto largo y medianamente grueso, en cuya punta podía verse algún tipo de líquido espeso incoloro.
—Antes de que vayas a preguntarme... sí. Estoy segura que esta es la herramienta que debo utilizar. —afirmó sonrojada, esta vez clavando sus ojos castaños en los de la mecánica.
El aspecto del objeto que dijo utilizar para el examen sin duda hizo que abriera mis ojos en una leve sorpresa, pero volví a relajar mi rostro cuando la vi algo sonrojada, no es para menos teniendo en cuenta todo lo que va a tener que hacer según sus explicaciones.
–Yo jamas dudaria de su profesionalismo, doctora– le digo en un tono cómplice –No podría pensar que usted sería capaz de hacerme algo malo– le dije mientras sostenía la mirada a esos preciosos ojos pardos que parecían querer tragarse todo a su alrededor –Especialmente algo… así de malo– le dije, dándole un par de golpecitos al… instrumento, con la yema de mi dedo índice.
Accedí y seguí sus indicaciones al pie de la letra. En ningún momento le quité la vista de encima mientras me bajaba de la mesa y al ella no retroceder quedamos nuevamente muy cerca, la miraba desde arriba mientras pasaba mis dedos por el contorno de mis pantalones para meterlos dentro y tirar de ellos muy lentamente. La tensión ascendía en el ambiente mientras yo me inclinaba cada vez más y más mientras mis pantalones cedían lentamente por mis caderas, mis nalgas, mis muslos, llegó un punto donde quede de su tamaño y seguí bajando, pasando mi nariz cerca a la suya y dejando soltar una pesada y caliente exhalación en ese instante, seguí bajando y en un momento quedé un poco más pequeña que ella, mirándola desde abajo y cada vez más deseosa de arrodillarme del todo ante ella y saborear su intimidad hasta saciar esta punzada de hambre que comienza a crecer en mis adentros.
Pero me contuve. Contuve mi deseo caníbal y volví a erguirme mientras la miraba con una calma hipócrita, pues era más que evidente en mi energía que cada fibra de mi cuerpo deseaba tenderse sobre el suyo y vulnerar cada parte suya, cada esquina y curva, hasta el más profundo rincón. Le sonreí.
–¿Dónde debería sentarme… doctora? – Mi voz era más baja que de costumbre, casi como un susurro que la obliga a prestar atención a cada detalle, mi sonrisa era una extraña mezcla entre la maldad que yacía dentro de mi y mi necesidad de seguir resultando “inofensiva” –¿Dónde desea que me abra de piernas para usted? –
El tono que Max utilizó para decirle que confiaba en ella le produjo un intenso escalofrío por todo el cuerpo, siendo la sanitaria más que consciente que si la ingeniera, por lo que fuese, decidiese... hacerle algo, estaría a su total merced. Y que si eso pasaba no podría culparla de nada. Ya que los informes indicarían de manera inequívoca que estaría bajo los efectos de aquellas esporas alienígenas.
Bastante obediente y tranquila pese a la amenaza velada que parecían ocultar sus anteriores palabras, la mecánica se bajó de la camilla y comenzó a desnudarse muy, muy lentamente con la mirada fija en Isabelle. Que, fruto de la enorme tensión que parecía respirarse en aquel pequeño cubículo, volvió a ruborizarse considerablemente. Rehuyendo de la depredadora mirada de su paciente siempre que pudo. Mientras la ingeniera se desnudaba, su rostro pasó a escasos centímetros del de la doctora; casi rozando su nariz al tiempo que exhalaba una pesada y caliente bocanada de aire. Algo que puso aún más nerviosa a Isabelle.
—T-toma asiento en la camilla, por favor... —dijo tras un sonoro carraspeo, invitándola con un ademán a que se tumbase— Ponte... ponte cóm... —fue a decir, callándose de golpe ante la última pregunta, ¿o podría catalogarse como una proposición?, que la ingeniera le hizo.
—co... cómoda. —repitió muy nerviosa— E-este... —afirmó tragando saliva— Con que te tumbes y me abras las piernas unos... t-treinta grados, será suficiente. —le pidió a la chica.
Con la mano que aún tenía libre, Isabelle movió ambas piernas de Maxine: primero una y luego la otra, abriéndolas lo suficiente para poder empezar con el procedimiento. Apoyó entonces la mano libre en el pubis de la teutónica muchacha, casi rozando el clítoris de esta con el pulgar de forma muy, muy suave y superficial, llevando al mismo tiempo la herramienta con forma de duldo a las puertas del sexo de la ingeniera.
—Una vez te introduzca el sensor, comenzará a vibrar y se volverá más grueso hasta adaptarse por completo a tu cavidad vaginal. A partir de ese momento, tendrás que aguantar dos minutos con... con el sensor dentro, ¿de acuerdo? —le recordó, posando su vista en la sugerente entrepierna de la paciente.
Una vez con la herramienta encarada entre las piernas de la mecánica, la Dra. Ratzger comenzó a introducirla en el interior de su sexo. Lenta, pausada y casi que, dirías, deleitándose con su lentitud. Una vez introducido hasta el fondo, aquel dispositivo comenzó a vibrar y a ensancharse de manera más que deliciosa...
Por motivos personales de la jugadora, se hace fundido en negro y se continúa con la escena: Acto I
Entre tanto le explicaba a la terapeuta que el procedimiento de la citología no sería igual al de la Lexine, la científica se giró hacia la mesita auxiliar. Comenzando a manipular algo que descansaba sobre la bandeja de la mesita. Algo que, bien a sabiendas, bien casualmente, ocultaba con su cuerpo.
—Amanda. Voy.... voy a necesitar que te... tumbes. Te tumbes, te relajes, te... deshagas de la parte inferior de tu... ropa y me abras un poco las piernas. —le pidió. Ya era la tercera vez en menos de dos horas que hacía esto mismo. Y seguía pareciéndole de lo más difícil.
Tras la explicación, la xenobióloga se dio la vuelta hacia la psicóloga sosteniendo un objeto fálico de color gris —un tanto largo y medianamente grueso— en cuya punta podía verse algún tipo de líquido espeso incoloro.
—Antes de que preguntes... sí. Estoy plenamente convencida que esta es la herramienta adecuada para la citología. —afirmó sonrojada— Y no. No es ninguna escusa para meterte mano. —aclaró con la vista fija en los ojos de la terapeuta.
Miré a mi amiga, alternando la mirada entre la "herramienta" y ella.
Me senté sobre la camilla.
Isa, sabes que soy sexóloga. Conozco muy bien ciertas herramientas de mi profesión y esta es una de ellas -la miré a los ojos, sin dejar de sonreirla continué- por que crees que esta es la herramienta adecuada para esta inspección y, en nombre de dios, de donde la has sacado?
—No es... la misma herramienta. —se quejó, ruborizándose todavía más— Si bien podría usarse como... eso, no es su auténtica función. —resumió un tanto avergonzada— En el siglo XXI usaban unas herramientas que ocasionaban bastante incomodidad y dolor. Pero una científica francesa, cansada de esto, ideó otro método. Uno en el que paliar, en la medida de lo posible, aquellas desagradables sensaciones. —explicó— Y, bueno, encontró la forma de hacerlo. D-de... de hecho, y a raíz de ese cambio, las citologías crecieron en un 838%. Creo... creo que puedes hacerte una idea del porqué... —insinuó— El caso. Dentro de este aparato hay cientos de sensores que tomarán muestras de tu cavidad vaginal. Una vez dentro, empezará a vibrar y notarás cómo crece hasta adaptarse a tu cavidad. Ejerciendo, incluso, un poquito de presión. —le adelantó— Aguanta dos minutos así, más o menos, y habremos acabado.
Observé a mi amiga y no pude evitar reirme.
Joder con la francesita -la miré mientras me volvía a tumbar y me posicionaba adecuadamente para la inspeccion- me creo entonces lo de el aumento de pacientes.
Me relajé y esperé que Isa introdujera el vibrador en mi vagina.
herramienta de citología -me corregí divertida.
Eres consciente de que en el actual estado en el que nos encontramos, los efectos secundarios inherentes a esta practica, verdad? -Aunque ella no estaba tan excitada como el resto de miembros de la expedición, no podía evitar sentir que en cualquier momento podría sucumbir al deseo. Al fin y al cabo había intimidad entre las dos.
—No te rías, boba. —dijo en un tono claramente cómplice y bromista, ruborizándose al tiempo que, contagiada por la risa de su amiga, se echaba a reír ella también— Demasiada necesidad es lo que había... —opinó mientras la psicóloga tomaba posición en la camilla.
Isabelle entonces se colocó a un lado de la pelirroja. La ayudó a deshacerse de sus braguitas y, con delicadeza, le abrió un poco las piernas. Le abrió los labios vaginales con los dedos de una mano y con la otra encaró aquella herramienta sobre su sexo. Dedicándole una última mirada a la Dra. Doyle.
—Sí... soy plenamente consciente de lo puede desatar esta prueba. —afirmó con cierto pesar— Maxine casi me viola, ¿sabes? Suerte que conseguí que se corriese antes de ponerme la mano encima. Que si no... —compartió con su amiga.
—¿Lista? —preguntó. Pese a la duda, la xenobiológa no esperó por la respuesta. Introduciendo a continuación, lenta y pausadamente, aquella herramienta en el interior de Amanda. Una vez dentro, la herramienta comenzó a vibrar. Al principio produjo un leve cosquilleo. Pero pronto se volvió una sensación de lo más excitante y agradable. Al cabo de unos segundos, el dispositivo empezó a crecer en el interior de la terapeuta hasta provocarle una ligera y agradable presión. Empujando sutilmente por todo el conducto vaginal de la mujer.
—¿Vas bien? Recuerda. Tres minutos...