Atrás quedó esa idílica, feliz, apacible y despreocupada vida que compartías con tu familia y tus amigos en Stellaris. Una vida ajena a las inimaginables y dantescas atrocidades que otras especies, en especial la humana, eran capaces de cometer.
Aún a día de hoy te persiguen y atormentan los recuerdos de aquellas espantosas y traumáticas vivencias. Desvelándote, empapada en sudores fríos, en medio de la noche a causa de las reiteradas y frecuentes pesadillas.
Todo comenzó una hermosa, fresca y soleada mañana de principios de verano cuando los vigilantes de la ciudad de Cheesecaketown, tu hogar, vieron cómo un objeto de grandes dimensiones caía del cielo envuelto en llamas rumbo a las cordilleras montañosas. La noticia se extendió en cuestión de escasas horas por todo el territorio. Siendo muy raro el habitante que no estuviese al tanto de la nueva.
Más pronto que tarde, el anciano Bittersweet; un "aventurero" de avanzada edad al que casi todo el mundo tildaba de loco y de borracho, aseguró; horrorizado, que se trataba de la gente del cielo. Y que todo el mundo debía marcharse de allí lo antes y más lejos posible.
Como era de esperar, nadie se tomó en serio las advertencias del anciano. Y es que este, rara vez sobrio, siempre andaba contando historias sobre "la gente del cielo" en la taberna local a cambio de una cerveza, un whisky o cualquier otra bebida alcohólica. En sus relatos describía a estas criaturas de ficción, entre otras tantas, con todo lujo de detalles. Asegurando que eran como colosales y distorsionadas versiones de los feyrie pero sin alas ni magia y que muchos de ellos se dedicaban a capturar y encerrar a cualquier especie exótica y/o mágica para venderlos, torturarlos, diseccionarlos o esclavizarlos. Todos aquellos relatos, dicho por muchos de los habitantes del lugar, no eran más que cuentos producto de la enfermiza, ebria y enajenada mente de un anciano para asustar a niños y supersticiosos y ganarse unas copas gratis en la taberna. Y claro. En un lugar donde el mayor y más aislado de los escándalos era ver a alguien borracho y sin pantalones, aunque con ropa interior, los exageradamente aciagos, fatalistas y pesadillescos augurios de Bittersweet no eran, ni de lejos, concebibles. Así pues, y viendo que no sólo no le tomaban en serio si no que, además, seguían mirándole con aquellas familiares expresiones rebosantes de mofa, empacó sus cosas y abandonó Cheescaketown a toda prisa entre amargas lágrimas de impotencia.
Algo de tiempo después de la partida de Bittersweet, llegó a Cheesecaketown un mensajero procedente de Candytown, la capital. Que informó a los vecinos de que la reina Sufflé de Chocolate II iba a enviar un destacamento de exploradores, compuesto por dos personas de cada ciudad, para ver qué era lo que había caído del cielo.
Era ya media tarde y seguíais sin tener noticias de los exploradores. Lo que ocasionó que algunas personas empezasen a sentir un cierto recelo y algo de nerviosismo ¿Y si Bittersweet estaba en lo cierto? ¿Y si en lugar de ser meras invenciones de un viejo senil era real que existían monstruos como los que había descrito tantísimas veces? La tensión podía sentirse cada vez más en el ambiente. Hasta que un único, seco, extraño y estruendoso sonido resonó en el bosque. Haciendo que, salvo el ruido ocasionado por la huída de una bandada cercana a la ciudad, todo quedase en absoluto silencio durante unos instantes. Como la calma que se produce antes de una violenta tormenta.
Procedente del sur, y de repente, aparecieron unos extraños gigantes de aspecto muy pesado, piel blancuzca y extraños artilugios que en ocasiones escupían una especie de luces blancas acompañadas de un característico chasquido muy similar al de un látigo. Dejando agujeros allí por donde pasaba esa luz.
Casi al mismo tiempo, pero desde el norte, surgían de la nada criaturas muy parecidas a las que se aproximaban desde el sur. Aunque estos tenían un aspecto mucho más sucio, intimidante, imponente e inquietante que los otros. Algunos de estos invasores portaban artefactos que hacían mucho ruido y escupían pequeños haces ígneos y otros que, directamente, escupían colosales lenguas de fuego.
Todo parecía indicar que se estaban atacando entre ellos y que ninguno, afortunadamente, se había percatado de la existencia de los feyrie. Por lo que, y al menos por el momento, podíais respirar con cierta tranquilidad.
Por desgracia algunos jóvenes, muy lejos de estar asustados, se vieron movidos por una excesiva e inusitada curiosidad. Acercándose a los gigantes más próximos, es decir, los que vinieron por el norte; con la intención de tener una mejor vista del inusitado y cruento espectáculo. Esa actitud tan temeraria hizo que uno de ellos les viese y que, de inmediato, alertase al resto de sus camaradas. Convirtiéndoos así en objetivos de esas criaturas.
De los nueve individuos venidos por el norte, dos dejaron de disparar al otro bando y se centraron en Cheesecaketown. Buscando, según parecía, haceros caer a los pies del árbol de cualquier forma. Razón por la que os lanzaron un objeto en forma de cilindro que cuando alcanzó cierta altura empezó a escupir una enorme cantidad de humo. Humo que, además de marear considerablemente a todo aquel que lo inhalaba, te hacía toser y que los ojos te ardiesen. Logrando que algunas hadas, mareadas y desorientadas, cayesen a los pies del nogal que hacía las veces de cimientos de la ciudad.
Viendo que el número de hadas no parecía ser de su agrado, uno de esos dos gigantes optó por algo más radical y dirigió uno de esos alargados tubos de metal que escupían fuego hacia la copa del árbol milenario. Fue entonces cuando presenciaste cómo tu hermana mayor, que andaba ayudando a otros a escapar, era consumida como una vela cuando aquel chorro ígneo cayó sobre ella. Incendiándose casi de inmediato todo lo que había estado en contacto con la lengua de fuego.
Momentos después, e intentando alejarte de las hambrientas llamas y de aquel pernicioso humo, también fuiste testigo de cómo el novio de tu hermana reventaba, literalmente, bajo la suela de uno de aquellos terroríficos y ruidosos monstruos. Esparciéndose sus entrañas contra el tronco del nogal.
Entre todo aquel caos, confusión y miedo, viste cómo tus padres, y al menos uno de tus hermanos pequeños, eran apresados y encerrados en una jaula junto a otros miembros de tu especie. Para, a continuación, caer algo sobre su imponente captor. Produciéndose seguidamente un ensordecedor sonido que levantó una colosal nube de humo, tierra y lo que parecía ser restos de carne y sangre. Aquel inesperado sonido, además de asustarte soberanamente, te obligó, muy molesta, a taparte los oídos producto de un agudo, intenso, profundo y afilado pitido que embotó tus oídos. Silenciando los sonidos más alejados de ti y amortiguando los más cercanos. Lo último que recuerdas de aquella terrorífica y agobiante situación fue cómo un intenso calambrazo recorría todo tu cuerpo. Volviéndose a continuación todo oscuro.
Cuando abriste los ojos de nuevo te encontrabas encerrada en una pequeña jaula. Una que no compartías con nadie pero que lindaba a izquierda, derecha y debajo con otras criaturas también enjauladas. Reconociste a algunos de estos seres casi de inmediato gracias a las historias del viejo Bittersweet. Que, después de todo, no parecían ser tan ficticias como muchos creían.
Confusa y atemorizada quisiste comunicarte con la criatura más cercana. Que, a juzgar por sus rasgos, parecía ser una ninfa acuática. Por lo general esos seres eran bastante cordiales, nobles, alegres y muy empáticos. Aunque dudabas de cuán cierto podía ser eso dadas las actuales circunstancias. En lugar de responderte, la ninfa te hizo un suave y dulce gesto para que guardases silencio y esperases ¿A qué? No lo sabías.
Luego de un rato, aparecieron por la bodega de carga August y Buddy. Acercándose con infinita curiosidad, y entre risas, para ver la nueva adquisición. Es decir, tú.
Si bien no entendías qué estaban diciendo, supusiste; a juzgar por sus continuas risotadas y los gestos cómplices que el uno le dedicaba al otro, que se estaban riendo de ti. Fue entonces cuando August, dibujándosele una maliciosa sonrisa en su turbio rostro, apoyó un tubo de color negro contra la jaula y recibiste una intensa descarga eléctrica. Ocasionando que ambos se echasen a reír a carcajadas, de nuevo, entre sí. Tras aquel gratuito incidente, y después de hacerle la misma “gracia” a alguno que otro de tus compañeros de cuarto, abandonaron el lugar.
Tras un tiempo prudencial, la ninfa, que se presentó como En' ïría, —Eni para los amigos— se dirigió a ti en voz baja. Te contó quiénes eran esos dos. Te habló del resto de la tripulación de la nave y te previno del trato que recibían de ellos. Donde les tiraban la comida como si fuesen despojos, les escupían, golpeaban y maltrataban. Y si, además, eras de los que molestabas demasiado las consecuencias eran inenarrablemente peores. Si bien no mencionó nada de los abusos sexuales que ella, u otras criaturas femeninas, podían sufrir. Más pronto que tarde fuiste testigo, puede que incluso víctima, de ello.
Desconoces cuánto duró realmente tu cautiverio en aquella destartalada, maloliente, húmeda y oscura especie de almacén que compartías con otras tantas especies distintas a la tuya. Pero sin lugar a duda te pareció una eternidad. En ese tiempo, Eni te enseñó el idioma de los humanos. Lo que te permitió librarte de muchos problemas. Forjaste un gran y profundo vínculo tanto con la ninfa como con el pequeño y sabio «Spoggy». Que amenizó muchísimo las jornadas con sus elocuentes, fantásticas y esperanzadoras historias.
Un día, y sin previo aviso, el mismísimo capitán bajó hasta la bodega de carga. Abrió tu jaula, te cogió con firmeza de la cintura y te introdujo en una especie de cilindro metálico con bastante rudeza.
No sabías adónde te llevaba. Pero minutos después de encerrarte en ese frío y estrecho lugar, los cuatro pequeños y rectangulares cristales anaranjados que había en la parte superior del contenedor se fueron iluminando progresivamente hasta adquirir, repentinamente, un brillo de lo más intenso y casi cegador. Asustada y confusa, pronto comenzaste a percibir murmullos de gente y olores procedentes del otro lado de tu prisión. Cambiando el temor por sorpresa ¡Estabais en el exterior!
Connor anduvo, fácilmente, durante más de diez minutos hasta entrar en algún bar, taberna o sitio del estilo. Siéndote bastante fácil averiguarlo dado el enorme ruido y el fuerte olor a cerveza que se colaba a través de los pequeños respiraderos de tu prisión. Si bien aquel olor no era en absoluto agradable, sí que te arrancó una tenue y nostálgica sonrisa al recordar la taberna que el Sr. Buttery regentaba en Stellaris.
El capitán tomó asiento, dejó tu jaula sobre la mesa sin cuidado alguno e instantes después comenzó a hablar. En todo momento pudiste escuchar, de manera nítida, la conversación que mantuvo con el otro interlocutor. Que a juzgar por su timbre de voz y el idioma que utilizaron se trataba de un varón humano de mediana edad. Aquel desconocido parecía realmente interesado en llevarte con él. Por lo que la negociación fue bastante breve. Y así es como te vendieron por ciento cincuenta mil créditos. En aquel momento desconocías si se trataba de mucho o poco dinero. Pero con el paso del tiempo aprenderías que esa cantidad era bastante elevada.
Tu nuevo dueño parecía, o esa pudo ser la primera impresión, infinitamente más cuidadoso que el capitán. Algo que pudiste comprobar por la delicadeza con la que te transportó hacia lo que, supusiste, sería tu siguiente prisión.
Nada más llegar a tu destino, el desconocido abrió el contenedor donde estabas presa. Esperando que salieses de él. Una vez lo hiciste, te dedicó una amable sonrisa a través de los barrotes de una amplia y “acogedora” jaula de varios pisos compuesta por una gran variedad de mobiliario de, aparentemente, alta calidad: un salón con sofá en forma de L, mesa de estudio y estanterías con libros. Una habitación con cama, televisión,varias estanterías, guardarropas y un humilde escritorio sobre el que descansaban hojas de papel, lápices, rotuladores y un pequeño portátil. Una cocina con horno, placa de inducción, frigorífico y microondas. Un gimnasio con máquinas de musculación, mancuernas, vestuario y baño turco, y un cuarto de baño con una bañera, un pie de ducha, lavabo, wc y espejo. Todo funcional y proporcional a tu tamaño.
Mientras admirabas; puede que sorprendida, tu nueva casa-prisión, te preguntó si entendías su idioma. Al contestarle que sí, su sonrisa se amplió algo más. Presentándose seguidamente con pasmosa educación. Thomas; Tom para ti, fue sumamente transparente y muy sincero desde el principio. Asegurándote que si hacías caso a todo cuanto te dijese, cooperabas y trabajabas para él, no habría problemas. Tendrías comida, un techo, comodidades, caprichos varios, etc. Viviendo como una verdadera reina. Pero que en caso de no querer cooperar con él, se vería en la obligación de hacerte daño. Algo que no quería que ocurriese pero que haría sin dudar si le obligabas.
Muy para sorpresa de tu captor, estabas más que dispuesta a cooperar con él a cambio de que buscase y cuidase de tu familia. Al menos la que todavía te quedase. Aquella atípica petición le resultó de lo más curiosa e interesante. Aceptando casi de inmediato el trato. Y es que no había “correa” más rígida y poderosa que los lazos afectivos. No obstante, y pese haber aceptado las condiciones del hada, añadió una condición previa al trato: antes de mover un solo dedo, debías demostrarle tu buena fe. Algo que se vería reflejado en tu trabajo. Si después de un año las cifras eran buenas, movería los hilos necesarios para buscar a tu familia, protegerla y asegurarse que no le faltaba de nada.
Un año después de aquel contrato verbal te habías convertido, y de lejos, en una de las estrellas más cotizadas, deseadas e importantes de la industria porno. Llegando a quintuplicar las expectativas económicas que Tom había previsto. Tal fue tu éxito y tu fama, que otros de tu misma especie —más chicas que chicos— se presentaron voluntariamente —que supieras— para trabajar para él. Aumentando su elenco. Eso sí. Tu hogar seguía siendo única y exclusivamente para ti.
Thomas te felicitó por todo lo que habías conseguido. Informándote que habías cumplido, y con creces, tu parte del trato. Y siempre de manera intachable. Por lo que ahora era el turno de que él hiciese lo mismo. Así pues, y delante tuya, envió un mensaje a uno de sus subordinados para que averiguase tanto las coordenadas de tu planeta como todo lo posible sobre tus orígenes. Una vez consiguiera esa información, el subordinado se ocuparía de contratar a un grupo de mercenarios para proteger y salvaguardar a su familia. A la que, además, ayudaría económicamente.
La tan ansiada contestación se produjo tres semanas después. Dónde el subordinado de Tom informó que se había topado con un anciano, de nombre Bitter algo más, que estaba conviviendo con una muchacha, Sunshine, y un niño pequeño; Robin. Ambos presuntos familiares de “Cookie”. Bittersweet intentó visitarte en más de una ocasión. Pero nunca accediste. Ya que la vergüenza y la culpa por tu trabajo te lo impedía. Hasta el mismo Tom te invitó a traer a tu familia aquí para tenerla más cerca. Negándote tajante a la idea. Algo que descolocó bastante al humano.
Los siguientes seis meses transcurrieron con absoluta normalidad. Habiéndote ganado el derecho, y la confianza, de hacer videollamada con tus hermanos y con Bittersweet cada vez que querías.
1ª parte.
Dos días después de tu última videollamada, Bittersweet te dejó un mensaje en el chat. Asegurando que tenía novedades de lo más esperanzadoras acerca de Zephir. Emocionada por la noticia, intentaste ponerte en contacto con él. Pero por alguna extraña razón no tenías conexión. Algo realmente extraño ya que Tom jamás había desconfiado de tí. También es cierto que nunca le diste motivos, vaya. Así pues, decidiste ir a hablar con él para ver qué había ocurrido.
De camino a su despacho, en el pasillo; a escasos metros de la puerta de este, te sorprendió una fuerte explosión que te precipitó contra la pared opuesta. Cayendo al suelo muy confundida, desorientada y con un agudo y sonoro pitido incrustado en tus oídos. En escasos minutos, el enorme caserón de Thomas se vio envuelto en una densa nube de asfixiante humo. Acompañando la falta de visión con gritos, siluetas corriendo de un lado para otro y, finalmente, disparos. Aquella escena, muy a tu pesar, se parecía peligrosamente a la vivida en Stellaris tiempo atrás. Dejándote congelada y aterrada en el sitio.
Algunas de tus compañeras lograron huir. Otras murieron. Y otras, como tú, fuisteis apresadas en jaulas y sacadas de allí. Observando a través de los fríos y oxidados barrotes de vuestras prisiones móviles, cómo lo más parecido que tuvisteis a un hogar estos últimos años se rendía y postraba ante las voraces e insaciables llamas.
Si el almacén húmedo, oscuro y mohoso de la nave que te raptó por primera vez te pareció vomitivo, el lugar al que os llevaron era aún peor. Y es que la guarida de vuestros nuevos captores se encontraba a las afueras de la ciudad. En una antigua zona residencial ya abandonada, repleta de chalets, dúplex y tríplex de aspecto tremendamente sucio y descuidado. Siendo además pasto de la maleza, la humedad, los insectos, las alimañas y los excrementos —algunos de ellos, dirías que humanos—.
Tu captor, al que le llamaban Pitt ó "El Gordo", parecía ser un tipo borde, tirano, vulgar, maleducado y extremadamente desagradable. O eso fue lo que te pareció a juzgar por la actitud que demostró durante el trayecto.
Aquel tipo se movía y respiraba con bastante dificultad. Extenuándose fácilmente incluso cuando andaba a paso tranquilo. Necesitando detenerse unos instantes, a respirar, cada varios metros.
Uno de los esbirros de Pitt cogió dos jaulas, una de ellas la tuya, otro otras dos y un tercero se hizo acopio de varias de las cosas aparentemente más valiosas de todo lo robado. Dejando lo demás para el resto de los presentes. Si bien la cara de los acompañantes de Pitt reflejaban una clara y evidente inconformidad, ninguno se atrevió a abrir la boca. Repartiéndose apresuradamente el resto del botín.
2ª parte.