CIRCA 101, MES DEL SOL MUERTO - DÍA 28.
HA CAÍDO LA NOCHE. - VILLA DE KRAVENHOLD, ZONA CENTRAL DE LA POBLACIÓN.
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Y la marea cambió, cambió de sentido a un alto precio, la vida de un poderoso guerrero, aliado de la aldea, a pesar de sus orígenes o tendencias. La espada del capitán de los no-muertos atravesó el pecho del gran semi-orco de nuevo, y el cuerpo cayó al suelo como una marioneta cae cuando le cortas los hilos, inerme y quieta, muerta.
Pero los convecinos de Kravenhold no iban a dejar tal afrenta impune, por lo que, de una forma metóda, casi se diría que coordinada a la perfección un golpe de la portadora de luz dejó al ser necrótico al alcance de la pequeña mediana, que con un ágil movimiento le destrozó el cráneo, tumbándolo para siempre. La alegría de la victoria las llevó a desear más, moviéndose para atacar a otro enemigo.
La niebla que les rodeaba, más densa en el norte gracias al conjuro de Yurian, impedía que el enano viera a los enemigos que venían por allí, así que no estaba seguro de si sus compañeros de batalla estaban bien o estaban siendo superados, pero a quien sí veía en peligro era a Kyras y Yurian, quien le había dicho, muy generosamente, que se olvidara de ellos y ayudara al resto con aquel macabro ser, pero ya no era necesario, así que de nuevo se movió raudo y veloz para acabar con la amenaza cercana, mientras durara el don de su Diosa en su arma y en él, que no sería mucho más. Poco a poco notaba como sus fuerzas volvían, sus heridas se cerraban y el dolor desaparecía, dispuesto a seguir mandando a la muerte verdadera a aquellos zotes.
Ya había caído Grundar, no caería Kyras.
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El cazador respiró hondo, la sangre oscura aún chorreando por sus dagas, empapándole los dedos. Su pecho subía y bajaba con fuerza, pero sus ojos seguían fríos, calculadores. A su lado, Gulfang aún se mantenía en pie, lanza en mano, y por un instante, el flanco este quedó en un extraño silencio… como si la muerte misma estuviera conteniendo el aliento.
Pero no duraría.
El ulular lejano de los cuervos le arrancó de ese instante, recordándole que no había victoria aún, sólo una pausa. Su mirada recorrió el pueblo entre jirones de niebla, entre súplicas de los vivos y renquear de los muertos, buscando. Allí, otro de los Muertos Furiosos se alzaba, tambaleante pero imparable, atraído por el calor de los vivos.
—Ese será el siguiente —murmuró para sí, y sin perder tiempo, giró sobre los talones y se lanzó hacia el nuevo enemigo.
No corrió. No rugió. No clamó venganza. Se deslizó como un asesino entre las sombras, con ambas dagas listas, buscando otra garganta que no debía seguir emitiendo sonido alguno. Cada paso que daba era una elección: matar por los vivos.
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El lado oeste del campo de batalla está cubierto de niebla y sangre, y se escucha el jadeo ronco de Yurian, que sigue combatiendo con una furia ciega. El último de los necróticos se le resiste, sus movimientos erráticos y rápidos como los de una alimaña alimentada por puro odio. Kyras, pálido y herido, intenta apartarse del combate, pero el esfuerzo le resulta insoportable. Da un paso, luego otros pocos más... y se desploma entre los charcos y la bruma, inconsciente. Un grito desgarrador, mezcla de rabia y lealtad, anuncia la carga de Gulfang. El alguacil enano atraviesa al muerto necrótico con su lanza con tal fuerza que ambos caen juntos al suelo. Solo uno se levanta. Alaric, empapado en sudor y sangre ajena, intenta derribar a otro de los sacos de huesos que tambalean hacia él. Su cuchillo de caza rebota contra el cráneo ennegrecido de la criatura, que se sacude con un crujido y sigue avanzando. No puede pararlos. No así.
Una piedra silba por el aire y revienta la cadera de otro de los muertos hechos de huesos. Daisy, desde la retaguardia, vuelve a tensar la honda mientras maniobra entre la niebla buscando su siguiente blanco. Su precisión sigue siendo mortal, su valor más grande aún. Cosette, aún débil, corre hacia el cuerpo caído de Kyras, con los dientes apretados y las lágrimas quemando sus mejillas. No perderá a otro. No esta noche. Crowley va tras ella, su cuchillo en guardia, dispuesto a interponerse entre ella y cualquier cosa que emerja de la niebla.
En el fragor del combate, Aurea, con las vestiduras rajadas y la mirada encendida, se enzarza con otro muerto. La clava de Grundar sigue golpeando en su puño como si el espíritu del semiorco aún luchara a su lado, pero en esta ocasión el muerto se prueba más rápido y no consigue derribarlo. Iraia, por su parte, se ve forzada a usar su cuchillo; los podridos están demasiado cerca. Entre los efluvios de carne en descomposición, logra clavar su hoja en la frente blanda de uno, que cae como un saco vacío y luego retrocede, fría, cautelosa.
Los cuervos graznan, un sonido que retumba como un tambor funerario sobre los tejados de Kravenhold, han presenciado la caída del Capitán Muerto, han visto a los muertos derrotados por héroes improvisados. Y ahora, como si fueran heraldos de algo más antiguo que misma Muerte, se reúnen sobre ellos.
La negra y neblinosa noche, se oscurece más aún bajo el peso de tantas alas negras.
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- "Disparo, disparo, disparo, disparo... Sí, sí, sí... ¡Que ya disparo! ¡Corcho, he fallado!" -
Lentaflecha lanzó una flecha que voló curva y alta, desviada hacia arriba. Probablemente habría acabado en lo alto de algún tejado del pueblo, puede que incluso asustando a algunos cuervos, que graznaron molestos.
Por suerte, la batalla parecía claramente más que decidida, con apenas tres muertos atacantes todavía activos, y no precisamente los más fuertes, que esos ya habían mordido el polvo.
Grundar, el semiorco minero, había pagado la defensa de Kravenhold con su vida, mientras que Kyras se encontraba herido de gravedad, moribundo incluso. De entre los demás, Alaric y Cosette eran los más heridos.
DM
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Los muertos caían poco a poco pero aún quedaban algunos que podían herir a sus vecinos. El disparo había sido lo suficientemente certero para derribar a uno de ellos pero sin tiempo a celebrarlo ya tenían a otro intentando atacarlas. Con la daga en la mano le sería imposible volver a cargar la honda así que simplemente la soltó, puso de nuevo munición en el arma y comenzó a girar y girar mientras apuntaba al nuevo peligro esperando poder derribarlo y librar al pueblo de otra de aquellas criaturas.
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Los sonidos de la lucha cada vez eran más espaciados, lo que indicaba la falta de combatientes de alguno de los dos bandos, y Gulfang tuvo por cierto, mirando a su alrededor, que parecía que la balanza por fin se había inclinado hacia su costado, pero aún había trabajo que hacer.
Levantándose con un gruñido de esfuerzo, encaró al no-muerto que aún "bailaba" con Alaric. Era un esqueleto que se sostenía únicamente por la magia necrótica que le alimentaba, y a pesar de estar en las últimas, seguía siendo un enemigo peligroso, el cuerpo desangrándose de Kyras a su lado lo atestiguaba así. Sin dudar ni un ápice, se acercó a la refriega intentando ser de ayuda al caído. - Si podéis, apartar a Kyras de su lado y taponar sus heridas, yo me encargo de él. - les dijo al resto de sus compañeros, sintiendo aún la fuerza de Pharasma en su interior y en su arma.
A lo lejos, entre la niebla, podía ver a la mediana y a Aurea peleando con otro esqueleto, e intuía un par de figuras a través de la niebla de Yurian, que seguía siendo densa e impenetrable por sus ojos. El frío arreciaba, pero ellos aún se mantenían calientes.
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Alaric gruñó cuando la hoja de su cuchillo rebotó inútilmente contra el cráneo del muerto, un chasquido seco resonando al contacto con el hueso ennegrecido. Dio un paso atrás, ladeando el cuerpo para evitar el zarpazo que siguió al golpe fallido. Tenía los músculos tensos, los pulmones ardiendo, y los sentidos al límite. Contra este enemigo no bastaba con solo punzar o cortar. Estos malditos engendros no morían fácil. Había que destruir. Que romper.
Con un giro rápido de muñeca, cambió la empuñadura de la daga en su mano izquierda y, aprovechando la cercanía del enemigo, descargó un brutal golpe directo al rostro del muerto, no con el filo, sino con el pomo de la hoja.
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Los cuervos iniciaron una danza macabra en los cielos, dando vueltas y convergiendo en lo que parecía el punto central del pueblo. Gulfang miró hacia arriba tras golpear al no-muerto que tenían cerca, siguiendo con la mirada el vuelo de uno de aquellos cuervos negros, uno especialmente gordo y con una cicatriz blanquecina en uno de sus ojos, que le daba a su mirada un aspecto particularmente malévola.
- ¡Iraia, parecen converger juntos en algún sitio....tu...tus habilidades....¿puedes usarlas? ¿Esa explosión los asustará o matará? ¡Pero espera a que se junten los máximos! - dijo en voz alta el alguacil, ahora ya olvidada toda precaución, al ver que los alrededores estaban prácticamente vacíos de esas abominaciones.
A pesar de todo, la fuerza de Pharasma no le había abandonado aún, eso quería decir que aquello aún no había acabado...y un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Qué nuevo mal se estaba pergeñando allí?
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Solo tres cuerpos muertos que se buscaban la perdición de los vivos quedaban en pie entre las sombras del horror que había sido la noche. Tres de los muertos tambaleantes, los últimos residuos de la horda que había desgarrado el alma de Kravenhold. Aurea, aún con la clava de Grundar en la mano, murmuró una última oración y la Luz Radiante respondió con un destello. El golpe que siguió fue como una sentencia celestial: la criatura se hizo polvo antes de tocar el suelo.
Gulfang, con la lanza ahora rodeada de una luz azulada y fría como el juicio mismo, embistió al siguiente con la precisión de quien ya no lucha por sí mismo, sino por los caídos. El poder de Pharasma vibró en la punta metálica y el esqueleto se desmoronó con un suspiro que parecía más de alivio que de muerte.
Iraia, sin pronunciar palabra, se deslizó por la bruma como una sombra viva. Su cuchillo encontró la base del cráneo del último de los podridos, lo hundió sin esfuerzo, y lo giró. El cuerpo se desplomó con un sonido húmedo y final. Hubo silencio. Un silencio que pesaba.
Los cuervos, que hasta entonces parecían presagios de muerte, comenzaron a revolotear sin rumbo fijo. La niebla se alzó un poco, lo justo para mostrar los cuerpos, de amigos y enemigos, esparcidos como muñecos rotos en el barro.
Y entonces, como si una cuerda invisible se hubiese roto dentro de él, Yurian gritó. Gritó como si gritara por todos los que no podían. Se lanzó contra una bandada de cuervos con las manos ensangrentadas, los ojos desorbitados, como si aún hubiera algo contra lo que luchar. Los cuervos, sorprendidos, se defendieron con una fiereza instintiva. Uno de ellos le picoteó la mejilla, otro casi alcanzó su ojo. Cayeron sobre él como una segunda oleada, pero esta vez era el joven carnicero el que buscaba la herida, no la huida.
Fue Kyras, tambaleante y apoyado en Cosette, quien murmuró desde la plazoleta cercana: - Yurian... ya está. Ya pasó... -
Como si esas palabras hubieran quebrado un hechizo, los cuervos comenzaron a dispersarse de nuevo. Uno tras otro, alzaron el vuelo, dejando en el aire el eco de su graznido. ¿Había acabado? El pueblo aún olía a muerte, a miedo, a carne chamuscada y tierra removida. Y sin embargo, en medio de aquella pesadilla, nadie más moría.
Kravenhold había resistido. A un precio. Pero resistido. La pesadilla no se había desvanecido. Solo había dado paso a un todavía lejano amanecer incierto.
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Alaric contempló el último cadáver desplomarse en el barro con una expresión que no era alivio, sino ausencia. La sangre empapaba sus ropas, no toda suya. Tenía la daga aún tensa en la mano, pero sus ojos se habían perdido en otra parte… hasta que escuchó el grito. El grito de Yurian.
Giró bruscamente. El joven estaba desquiciado, cubierto de heridas y plumas, abalanzándose contra los cuervos como un animal que no sabe que la persecución ya terminó. Alaric lo observó unos segundos —solo unos segundos— antes de maldecir entre dientes y buscar con la mirada algo, cualquier cosa que lo anclara.
Allí. El bastón de Yurian, caído cerca, aún manchado de barro y sangre. Sin pensarlo, Alaric lo recogió y, con un giro fluido, lo lanzó. El bastón voló girando sobre sí mismo hasta caer con un seco crack a unos pasos del joven. El sonido cortó el aire como un disparo.
—¡Yurian! —rugió—. ¡Vuelve al maldito mundo, muchacho! ¡Ya está!
Alaric no se quedó a ver si surtía efecto. Ya se movía. Se agachó, recogiendo su daga y envainándo ambas con dedos aún temblorosos. A pocos pasos de él, una niña —la que había estado escondida, temblorosa— sollozaba en silencio, con los ojos perdidos.
Sin decir palabra, se acercó, se inclinó y la levantó con cuidado. Era liviana como un junco, pero en sus brazos temblaba como un cervatillo asustado. La sujetó contra su pecho, con firmeza pero con una extraña ternura en los gestos.
—Ya está —susurró, aunque no sabía si era para ella, para Yurian… o para sí mismo—. Ya pasó.
Aún murmuraba palabras de consuelo mientras caminaba para recuperar su arco y se reagrupaba con el resto.
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Quizás había sido estúpido y apresurado el haberse alejado del muerto tras encajar aquel golpe. Pero había algo en el impacto desconcertante. La sensación de picazón y podredumbre que se adueñó de la zona alcanzada, la impresión de que heridas anteriores amenazaban con abrirse de nuevo y el súbito vértigo que le impidió apartarse con la firmeza y presteza que sus piernas deberían permitirle. Y por fin, el estrés de la situación le pasó factura: Kyras se desplomó como si las cuerdas de una marioneta fueran cortadas. Sin embargo, la oscuridad siguiente tenía algo reconfortante; no había dolor, ni preocupación por el futuro ni temor por la muerte.
Hasta que el frío le rodeó de nuevo una vez más. Sus ojos se abrieron bajo el influjo de un renovado vigor. Cerca de su mano, algo hizo reaccionar su tacto; era la sensación de madera trabajada, aun cálida. Lo recordó, el mango del cuchillo. Y un rostro femenino, enmarcado por una melena rubia, le observaba desde lo alto. ¿Un ángel, quizás, y estaba ya en un plano exterior paradisíaco? No encajaba mucho en lo que cabría esperarse de Daevin. La realidad se asentó con mayor rapidez de la que le hubiera gustado. El cielo nocturno, contra el que se recortaban siluetas más oscuras que graznaban a las estrellas, pero sobre todo el frío, le hicieron percatarse de que seguía vivo. Y en Kravenhold.
"Gracias."
Apenas acertó a susurrar aquellas palabras a Cosette, una garganta reseca tras la experiencia mortal más que por el uso de su particular magia. Se incorporó con lentitud, todavía dolorido por el golpe del muerto. "Menudo héroe estás hecho. Mejor dedícate a cantar las gestas de otros, necio." La devota le ayudó como soporte con el que dar sus primeros pasos mientras los sonidos a su alrededor indicaban que la amenaza de los muertos había sido conjurada. Por ahora. Puede que, después de todo, tuviera suerte y el telón de su particular escenario aun no debía caer.
"No me importaría remojar la boca un poco de vuelta en la taberna. Seguro que Garrick nos invita a una ronda al menos, después de nuestra hazaña."
Elevó la voz, aunque no más de lo que la situación exigía como seguro, mientras apuntaba hacia el lugar del que no debió salir. Pero, por alguna razón, el optimismo retornaba mientras examinaba el entorno. Dado el número de cadáveres andantes que les había atacado, habían salido mejor parados de lo esperado. Tal vez algo superior tenía planes para todos ellos. Ese pensamiento era aterrador y gratificante al mismo tiempo. Eso significaba que Kyras todavía tenía un papel que desempeñar en aquella obra. Y que el telón no caería para él necesariamente al final.
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Con un último golpe, todo pareció acabar. ¿Quién lo dio? No importaba, el trabajo estaba hecho, y al mirar alrededor, el joven enano malhumorado no vio ningún otro enemigo, a pesar de que consideraba a los cuervos como tales, pronto se dispersaron ante los gritos y aspavientos de sus congéneres. La tensión empezó a desaparecer de sus hombros.
- ¿Todos estáis bien? - preguntó seco, casi ordenando que contestaran, tono enfadado, mirada desafiante.
No, obviamente no estaban bien, aquel ataque dejaría heridas muy profundas en Kravenhold, heridas que tardarían mucho tiempo en sanar, si es que alguna vez lo hacían. Ahora la gente cambiaría su humor general, las noches ya no serían tranquilas y alegres, incluso con ese halo de suspense o de miedo que traían las leyendas y mitos en los meses más oscuros, lo habían sido hasta ahora, con honradas excepciones, pero ya no.
Ahora las miradas serían rápidas, huidizas, expectantes, temerosas... no queriendo detenerse en nada y a la vez, queriendo abarcarlo todo. La tensión sería máxima y las sorpresas, nada bienvenidas. El alma de aquel pueblo acababa de cambiar para siempre.
- Revisemos que no quede ninguno, Ala... - miró al cazador y se tragó sus palabras, mejor que acercara a la niña a buen recaudo - Iraia, Daisy, conmigo. No os separéis. Si vemos a alguien, lo recogemos y lo llevamos a la posada, junto al resto, por la mañana ya veremos. - les instruyó a sus compañeras, sin dejar que se relajaran, aún no. Habían criaturas, niños, por las calles, tenían que ayudarles. - ¿Cómo demonios los padres han dejado que salgan a estas horas? - pensó el enano, muy cabreado.
- Kyras, buen trabajo con esos ánimos, mi brazo parecía más fuerte gracias a ti. Coge a Yurian y llevarlo a la posada, y preparar una ronda para todos... nos la hemos ganado. - su mirada hacia el bardo fue de agradecimiento, como el asentimiento que le dirigió, pero rápidamente compuso su mueca de enfado, como siempre.
La niebla parecía dispersarse, pero el frío no, el frío parecía intensificarse, sobre todo en sus corazones, tras lo sucedido. Miró el cadáver del medio-orco, y sintió una punzada de culpabilidad por haber pensado mal de él apenas hacia un rato. Se sorprendió dándose cuenta que no había pasado ni siquiera un par de minutos desde que habían salido fuera de la posada, y sin embargo, a él le había parecido casi un mes.
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Los cuervos se dispersaban. La niebla comenzaba a ceder. Y el silencio que llegó tras el horror no trajo paz, sino un vacío insoportable.
Yurian respiraba con fuerza. Aún con el cuchillo en la mano, aún con los ojos desencajados. Cada latido era un golpe en la sien. El graznido de los cuervos aún retumbaba en sus oídos como si viniera de dentro. Estaba cubierto de sangre. De los muertos, de los suyos, de quién sabe quién.
Oyó la voz de Kyras. Blanda. Tranquila. Como si eso bastara.
—«Yurian... ya está. Ya pasó...» —
Se giró tan rápido que casi se tambaleó.
—¡¿Pasó?! ¡¿Te parece que pasó, Kyras?! —restalló, la voz rota entre el grito y el llanto—. ¡¿Te crees que puedes cantar unas rimas, caerte como una puta piedra y luego decirme que ya está?! ¡Tú no viste lo que yo vi!
Luego llegó Alaric. Siempre tan callado. Siempre tan correcto. Tirando su bastón como quien lanza una cuerda a un perro.
—Y tú, cazador de mierda —espetó, mirando con rabia contenida—. Deja de jugar al héroe taciturno y ahórrate tus poses de estatua dolida. No me digas qué hacer.
Yurian agarró su bastón del suelo con un tirón seco. Aún temblaba. Pero sus piernas lo sostenían. A duras penas.
—Nadie me lleva. Nadie me arrastra. Yo camino solo, joder.
Pero no caminó lejos. Se detuvo en seco. Porque la vio.
La niña. La que había salvado. A la que prometió proteger. Seguía allí, sentada junto a uno de los postes caídos, temblando, hecha un ovillo.
La furia se le fue deshinchando del cuerpo como el aire de un odre roto. Dio un par de pasos hacia ella, más lentos. Más reales.
—Shhh… tranquila —dijo, esta vez con voz baja, algo ronca—. No te voy a dejar. Nadie va a hacerte daño.
Se arrodilló con torpeza, apoyando el bastón, y le colocó una mano temblorosa en el hombro. No dijo nada más. No hacía falta. Solo la miró. Y respiró.
Entonces habló, casi en susurro, en ese idioma rugoso y antinatural que solo Zafran parecía entender:
—Zafran... vïekh ordal ethel’ar. Kharun nek visse.
El cuervo graznó y se alzó de nuevo al cielo.
Yurian permaneció allí, sin moverse, con la niña entre sus brazos.
La rabia no se había ido del todo, pero ya no quemaba. Solo dolía.
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Las palabras a Zafran fueron sencillas a medida que Yurian recobraba el control de sí mismo:
— Zafran, asegúrate de que no quedan enemigos. Enséñame si alguno aún acecha.
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Las palabras del alguacil enano, por muy imberbe que pudiera ser, llegaron a oídos de Kyras como una dulce llovizna primaveral que refresca el ambiente y limpia el aire. Por toda respuesta a la mirada y al asentimiento, el bardo se llevó dos dedos a su frente y la tocó en señal de reconocimiento al trabajo de Gulfang. Aunque el propio semielfo no era un admirador incondicional de la autoridad. Mas intuía que, si seguía respirando, era en parte por el espíritu combativo del enano, entre otros.
"Ten cuidado. Tened cuidado." Hizo un gesto con la cabeza en dirección al cielo. "Una bandada de cuervos puede ser mortal de necesidad si te atrapa en medio. Aunque esas aves normalmente no atacan a la gente; algo anómalo pasa con ellas."
Echó un último vistazo al cielo oscuro cual boca de lobo. Los graznidos de los cuervos se perdían en la distancia y la oscuridad, por lo que su advertencia podía ser del todo innecesaria. Tal vez fue por eso por lo que se concentró en la explosión de emociones contenida en las palabras de Yurian por respuesta a sus intentos por calmarle. Aquellas palabras aun resonaban en sus oídos.
"Deberías tranquilizarte; al fin y al cabo, lo mio ha sido más aparatoso que grave. Seguro que un vaso de cerveza en El Cuervo hace milagros con tus nervios mientras alguien atiende esos feos rasguños que te han hecho. Si hace falta, yo invito."
El bardo hizo una señal con la mano libre en dirección al local de Garrick, si bien no apartó la vista del carnicero mientras éste se aproximaba a la muchacha que habían tratado de ayudar y se inclinaba junto a ella.
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Alaric permaneció en silencio mientras Yurian desataba su furia como un látigo de carne viva contra todo lo que le quedaba cerca: Kyras, él, el mundo entero. No respondió de inmediato. Solo lo observó.
No se inmutó ni cuando lo llamó “cazador de mierda”. Tampoco cuando despreció el gesto del bastón. Solo cuando Yurian dijo “yo camino solo”, Alaric esbozó una sonrisa amarga, como si hubiera oído un eco familiar en esa frase.
—Eso es lo que todos decimos —murmuró, apenas audible. No con desprecio, sino con cansancio—. Justo antes de desplomarnos.
Lo observó caminar hasta la niña. El rugido se volvió susurro. El hombre que rugía por los muertos ahora se inclinaba para cuidar a una pequeña vida rota.
Luego se giró hacia Kyras y asintió, reconociendo con una mirada rápida que aún seguía en pie. El comentario sobre la cerveza arrancó una risa seca, como si un fantasma de humor cruzara brevemente el rostro del cazador.
—Una cerveza suena bien. —dijo, mirando al cielo, donde los últimos cuervos se alejaban con torpeza.
Hizo un gesto leve con la mano hacia Gulfang, una señal de reconocimiento y agradecimiento sin palabras. Luego, en voz más baja:
—No eran cuervos normales. No así. No tan cerca, no tan juntos, no con esa hambre. Se que a un adulto puede desangrarlo en menos de un minuto una bandada así. Perforan ojos, atacan en grupo... Rehúyen el fuego. Excepto si alguien los llama. O los enferma. —Volvió la mirada al cielo. Más oscuro de lo que debería. Demasiado silencio aún—. Alguien, o algo, los movía.
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Miró también al cielo, indeciso entre si escupir o maldecir, todo era posible para un señor caído en desgracia.
- "¿Que alguien los movía? Claro, sin duda. No podía ser otro que el Barón Cuervo, el Señor del Terror de este Dominio." -
DM

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TEMPERATURA: 6 GRADOS. - LAS BRUMAS EN LAS CALLES PARECEN ACLARARSE UN TANTO.
La noche aún era joven, y la oscuridad parecía estar muy presente en las neblinosas calles de Kravenhold. Los héroes, aún temblando por la fatiga y la adrenalina, batían el pueblo como podían. Gulfang cojeaba pesadamente de casa en casa, golpeando las puertas: - ¡Todo despejado! ¡Abrid solo si es el alguacil! - gritaba con voz áspera, mientras Alaric lo seguía con su cuchillo aún en mano, por si algún último podrido surgía de entre las sombras.
Iraia, con la ropa manchada de sangre seca y hollín, ayudaba a Daisy a buscar a los niños que habían corrido y se habían escondido. Los pequeños, al verla, salían con lágrimas en los ojos y se agarraban a la mediana, que sonreía pese a lo terrible de la situación mientras los llevaba hasta sus puertas. En el centro del pueblo, Yurian se había sentado finalmente en la escalera del Cuervo Borracho, con los puños aún cerrados como si esperara el siguiente ataque. Kyras, apoyado en Cosette, llegó tambaleante y le puso una mano en el hombro.
Finalmente, cuando comprobaron que no había más enemigos ni amenazas cerca, todos regresaron al punto de reunión natural: el Cuervo Borracho. Allí, bajo el porche, el cuerpo inmóvil de Grundar yacía cubierto con un simple manto, su gran pecho detenido para siempre. Aurea, de rodillas junto a él, susurraba plegarias en voz baja, los ojos húmedos. Crowley permanecía en silencio, un brazo sobre el hombro del viejo Padre Gregor, que apenas lograba sostenerse.
Salen de E.02 - Kravenhold Alaric Vostek, Daisy Greenhaven, Gulfang Herster, Iraia Pagadi, Kyras Cornocorvo y Yurian, que continúan en E.01 - El Cuervo Borracho.