CIRCA 101, MES DEL SOL MUERTO - DÍA 29.
GUARDIA INTERMEDIA. CAMINO AL SUR DE LAS MONTAÑAS.
TEMPERATURA: 4 GRADOS. - BRUMA CRECIENTE.
Volvió a sonreírle, agradecida de que se prestara a escucharla. Se sentó frente a la hoguera, cerca de Yurian, y cogiendo una pequeña vara, movió los rescoldos que chispearon alegremente llenándolo todo con un fulgor rojizo que se diluyó rápidamente.
-No hay magia buena o mala, blanca o negra. La magia es un instrumento, como lo es una espada. Se podrá emplear con mayor o menor habilidad y destreza, tendremos o no una predisposición natural hacia ella, pero carece de una naturaleza positiva o negativa. Es más, la magia es absolutamente vasta, sin fronteras. Es magia tanto el hechizo que nos permite cerrar una puerta como el que alumbra una estancia o el que crea una bola de fuego. Incluso la que levanta a un muerto. Sin connotación intrínseca alguna. Tampoco hay magia oscura -añadió finalmente-. Somos nosotros, los usuarios, los que hemos compartimentado la magia en escuelas, tipos y demás, en nuestro afán por medirlo todo. Y también hemos decidido qué magia es aceptable y cuál reprobable.
Se inclinó para recoger un tronco y lo echó a la fogata. Recogió algo de nieve y la echó en la pequeña olla renegrida con la que contaban.
-De algún modo yo hago lo propio, pero no juzgando la magia, sino al usuario o a su finalidad. Tu hechizo de rastreo no me parece malo ni bueno y puedo entender tu deseo de usarlo. Y aún cuando me creáis una hipócrita o una ignorante, no me parece bien usar a un muerto. Lo considero una profanación. Es mi sistema de valores, es mi opinión. Por eso, cuando se nos pidió pronunciarnos al respecto, tan solo expuse el que era mi punto de vista. No pretendo sentar cátedra, no quiero convencer a nadie de nada, pero no respetar el merecido descanso de aquellos que pasearon entre nosotros mediante el uso de la magia es lo que me llevó a hablar de magia oscura -dijo Iraia sosegadamente-. Y no soy tan tonta como para no saber que es imposible mantener limpias las manos siempre. Pero en la medida que pueda hacerlo, lo haré, buscando las vías alternativas posibles. No pretendo que compartas mi punto de vista. Me basta con que lo entiendas.
El agua hervía, así que la sirvió en dos tazas a las que añadió un pellizco de algo que extrajo de su delantal y que luego removió suavemente. En medio de la noche invernal, el aire se llenó por un instante con el olor de la primavera.
-Ten. Creo que te gustará.
CIRCA 101, MES DEL SOL MUERTO - DÍA 29.
GUARDIA INTERMEDIA. CAMINO AL SUR DE LAS MONTAÑAS.
TEMPERATURA: 4 GRADOS. - BRUMA CRECIENTE.
Yurian se quedó en silencio.
No por incomodidad. Ni siquiera por sorpresa. Solo escuchaba. Con atención verdadera. Observaba cómo Iraia removía la nieve, cómo añadía aquellas hierbas que perfumaron el aire de una forma casi imposible. Nunca había olido algo así. Ni en invierno, ni en primavera. Ni en ningún libro.
Sostuvo la taza entre las manos como si temiera romperla. No bebió enseguida. Cuando habló, su voz fue más baja de lo habitual. Como si no quisiera interrumpir el momento.
—Lo entiendo.
Hizo una pausa.
—Y no tengo nada en contra. De hecho… creo que estoy de acuerdo.
Se encogió de hombros, incómodo consigo mismo por admitirlo tan fácil.
—Nunca pensé mucho en si la magia era buena o mala. La aprendí porque podía. Porque algo en mí necesitaba entenderla. Como un bicho raro que no sabe por qué canta, pero canta igual. —Bajó la vista, removiendo el líquido con el dedo—. Me alquilaba libros a los mercaderes que pasaban por el pueblo, copiaba lo que podía. Robaba retazos de conversación. A veces le preguntaba a Zafran... aunque no siempre entendía las respuestas.
Zafran graznó como para subrayar el comentario, posado ahora cerca del fuego, más relajado.
Yurian sonrió apenas.
—Para mí es una herramienta. Un arma. Pero también aire. Algo que necesitaba respirar entre las entrañas que suelen rodearme y los catetos de la aldea.
Alzó la taza por fin. Probó la infusión con cautela. Y al hacerlo, se le dibujó una expresión extraña. Algo entre sorpresa y calma.
—Esto no sabe a primavera. Sabe a... algo que no pensé que existía en invierno.
Le dirigió una mirada rápida, sin desafío. Sincera.
—Gracias. Por esto. Por lo de antes. Por... todo.
Y antes de que el momento se estirara demasiado:
—Pero si dices que me estoy ablandando, lo niego. Con firmeza.
CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 01.
A DOS JORNADAS Y MEDIA DE KRAVENHOLD. - CAMINO AL SUR DE LAS MONTAÑAS, ZONA RESGUARDADA.
TEMPERATURA: 10 GRADOS. - BRUMA LIGERA.
Un escalofrío le recorrió la espalda a Daisy Greenhaven, pero no era sólo por el frío. Algo en aquellas figuras, en sus movimientos, en la forma en que el plumífero albino hablaba sin hablar, le removió la memoria. Algo que había oído. Algo ridículo.
La imagen le vino de golpe: la noche en la taberna, hacía años ya, cuando el leñador loco, ese semiorco enorme, tatuado, con un parche grasiento y un alma rota, gastaba los pocos cobres que ganaba al mes como guía, contó entre gruñidos cómo los cuervos gigantes lo habían atacado cuando hacía de guía para una mujer madura. Todos se habían reído, claro, hasta que se quitó el parche y mostró la cuenca vacía.
Y entonces, entre murmullos, el Viejo Agorero, el saco de huesos que siempre olía a cebada fermentada y desesperanza, había mascullado algo desde su rincón. -"Podrían ser los Córvidos Terribles…”- Había sido una frase casual, como quien recuerda el nombre de un sueño olvidado. Un susurro más que una advertencia.
-“Criaturas que hace mucho tiempo el Barón Cuervo trajo del abismo, dicen. Hechas con pluma y carne. Hombres-cuervo de las cavernas... Magia oscura, eso fue. Oscura como su alma.”-
En ese momento, Daisy no le había dado importancia. Después de todo, el Viejo Agorero estaba al menos tan borracho como ella.
Pero ahora… Ahora, al ver esas siluetas extrañas y crueles moverse con precisión bajo la nieve, se preguntó si aquel viejo de voz rancia y dientes de menos no había estado diciendo una verdad enterrada en borracheras y polvo.
CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 03. NOCHE CERRADA; HAY BRUMA.
TEMPLO DE LA LUZ RADIANTE. RECIBIDOR DEL TEMPLO.
TEMPERATURA: 12 GRADOS. - UN BRASERO ILUMINA LA PEQUEÑA SALA.
El Padre Gregor abrió la estrecha puerta lateral con un respingo, la vela temblando en su mano y proyectando sombras largas en su camisón blanco y su gorro de dormir ligeramente ladeado. Con los ojos aún algo vidriosos por el sueño, reconoció al instante la figura del alguacil y enderezó la espalda con una mezcla de sorpresa y preocupación.
—"Alguacil Herster… a estas horas. ¿Qué puedo hacer por usted?"—preguntó en voz baja, cuidando de no despertar a quien aún pudiera dormir en las estancias superiores.

Se hizo a un lado de inmediato, empujando la puerta para abrirla lo suficiente. —"Vamos, pase, pase… no tiene sentido hablar ahí fuera con este frío que cala los huesos."—
El recibidor olía a cera derretida y a incienso antiguo; Gregor levantó un poco la vela para iluminar mejor el camino.
— "Dígame qué ocurre. Si el templo puede ayudarle en algo, lo hará."—
CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 03. NOCHE CERRADA; HAY BRUMA.
TEMPLO DE LA LUZ RADIANTE. RECIBIDOR DEL TEMPLO.
TEMPERATURA: 12 GRADOS. - UN BRASERO ILUMINA LA PEQUEÑA SALA.
Al ver al anciano de esa guisa, Gulfang se apresuró a entrar y cerrar la puerta a su espalda, pues no quería que el frío penetrara más aún en los huesos de aquel defensor de la fe, bastante tenía con el frío que trataba de pugnar por su alma, por la de todos los del pueblo, en realidad. - Padre, no quería molestaros en vuestro breve descanso, pensaba que estaríais trabajando en las pociones, perdonadme, pero ya que estoy aquí, intentaré ser breve. Tanto vos como Cosette habéis mencionado la terrible tragedia sucedida entre las religiones de esta región, los ataques, saqueos, y demás. Si hay objetos que creáis que nos pueden ser de utilidad, aunque pertenezcan a otras religiones, no es momento de guardarlos. Es factible pensar que, sus legítimos dueños, aprobarían su uso contra las fuerzas del mal antes de que caigan en manos de un nigromante o algo peor, un vampiro o similar. Por otra parte, habéis preguntado qué creemos necesitar. Es evidente que nos estamos enfrentando a un nigromante, y a criaturas de la noche, vampiros, puede que fantasmas, espectros o alguna otra criatura a las que Pharasma aborrece. Cualquier objeto que nos permita superar sus defensas o protegernos contra sus dones malditos, será bienvenido. Por mi parte, llevo tiempo entrenando, y una armadura más pesada podría protegerme contra golpes más duros, al igual que armas exclusivas de mi raza podrían darme una ligera ventaja en combate, pues soy ducho en ellas. Un hacha de guerra enana o un martillo de lucerna, por ejemplo, o cualquier arma más humilde, pero con magia contra no-muertos. Una varita de curación, pues no tenemos sanador oficial en el grupo, aunque varios dispongamos de algún conjuro, o cualquier cosa que vos penséis que podría ser útil, ya no sólo para mí, para cualquiera de mis compañeros. Y otra cosa, quizá si vos habláis con el consejo de sabios del pueblo y habléis de la urgencia en recuperar algunos objetos que puedan usarse contra estas criaturas, es posible que alguno de los vecinos del pueblo deje de ser un ingrato y nos traigan algo útil. Toda ayuda será bienvenida. Perdonadme de nuevo si soy obvio con las peticiones, pero me preocupa sobremanera lo que podamos encontrar mañana y sobre todo, quién está detrás de todo esto, pues todo apunta al Castillo y al Barón Cuervo. - incómodo por las horas y las molestias a aquel buen hombre, Gulfang esperó la respuesta, antes de retirarse.
CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 03. NOCHE CERRADA; HAY BRUMA.
TEMPLO DE LA LUZ RADIANTE. RECIBIDOR DEL TEMPLO.
TEMPERATURA: 12 GRADOS. - UN BRASERO ILUMINA LA PEQUEÑA SALA.
El Padre Gregor escuchó al Enano con la cabeza ligeramente ladeada, respirando con dificultad. Cuando quiso responder, una tos seca —dolorosa, casi arrancada del pecho— le obligó a apoyarse un instante en el marco interior de la puerta antes de recuperar el aliento.
—“Alguacil, vuestra prudencia os honra, también vuestra preocupación”— murmuró con voz áspera, casi un susurro fatigado. —“Haré cuanto pueda, pero necesito que el día amanezca para renovar mis rezos. Sólo entonces podré volver a bendecir agua en condiciones. Hasta ese momento debo descansar un poco o… temo que me derrumbaré antes de llegar al altar.”— Se pasó un tembloroso pañuelo por la frente perlada de sudor, respirando como quien sube una cuesta infinita.
—“Respecto a lo que pedís… ojalá… ojalá pudiera ofreceros armas, armaduras… o reliquias de antaño.” —Alzó una mano y señaló el amuleto que pendía del cuello de Gulfang. —“Pero todo lo que teníamos, todo lo que podía servir, ya está repartido entre los vecinos. Era lo justo. Muchos no volverán a casa esta noche sin algo que les proteja.”—
Una segunda tos le obligó a hacer una pausa, esta vez más larga, más débil. —“El templo no posee más que su fe y su deber. Y sobre lo otro que mencionáis… no, hijo mío. Nada queda que os pueda resultar de utilidad.”—
Le dedicó una leve inclinación de cabeza, mezcla de disculpa y gratitud. —“Marchad ahora. La Luz Radiante os acompaña… y que esta vieja casa no os dé más trabajo del que ya cargáis.”— Si bien la fe de Gulfang no era la de la Luz Radiante, podía intuir que ya se le había entregado un objeto que pertenecía a los escarceos de hacía décadas, el colgante que pendía de su cuello, uno de los símbolos de los Dioses Perdidos del Panteón Antiguo.
CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 03. NOCHE CERRADA; HAY BRUMA.
TEMPLO DE LA LUZ RADIANTE. RECIBIDOR DEL TEMPLO.
TEMPERATURA: 12 GRADOS. - UN BRASERO ILUMINA LA PEQUEÑA SALA.
Gulfang escuchó al Padre responderle lo esperado, pero al menos, lo había intentado, así que por esa parte ya podía descansar tranquilo. Era lógico que todo lo que era de utilidad ya se les hubiera entregado, pero el Inquisidor, viendo que las fuerzas malignas parecían cada vez más fuertes, no cejaba en su empeño de igualar en opciones al bando del bien. Dicho quedaba, y respuesta recibida, no quedaba más que dejar descansar a aquel anciano. - Si me necesitáis, Padre, enviad a Cosette o a quien sea a por mí, y acudiré a vos raudo. Descansad. Que la luz os guarde, y que Pharasma os alcance cuanto más tarde, mejor. - era una forma de desearle una larga vida, pese a la avanzada edad del anciano.
Contempló la sala donde estaba una última vez, aspiró profundamente los olores a incienso y vela derretida, un aroma que le traía recuerdos de sus primeros y tambaleantes pasos profundizando en la fe, su mano se alzo para tocar brevemente el símbolo entregado por el Padre Gregor, con el símbolo de su Diosa, un símbolo cargado de magia protectora y connotaciones religiosas, suspiró y tras abrir la puerta y salir, cerró con cuidado, adentrándose en el frío de la noche. Quedó quieto, escuchando los pasos del padre alejarse allí dentro, concentrado en el sonido. Momentos después, sus propios pasos y su respiración le acompañaron hasta el lecho, donde se permitió descansar unas horas, dejando al lado de su camastro todo listo para vestirse y prepararse raudo y veloz. A primera hora rezaría a su Diosa, solicitando su guía, protección y sabiduría para acometer la terrible tarea que tenían por delante.
CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 03. NOCHE CERRADA; HAY BRUMA.
TEMPLO DE LA LUZ RADIANTE. RECIBIDOR DEL TEMPLO.
TEMPERATURA: 12 GRADOS. - UN BRASERO ILUMINA LA PEQUEÑA SALA.
El Padre Gregor se quedó en el umbral mientras Gulfang se perdía entre las brumas heladas, una pequeña figura firme que avanzaba con la determinación de quien ya ha aceptado su destino. Cuando el Enano desapareció de su vista sintió un dolor agudo en el brazo izquierdo, un pinchazo persistente que le obligó a llevarse la mano al pecho. Se masajeó con gesto cansado hasta que el malestar remitió, aunque sabía bien que aquel aviso no debía ignorarlo durante mucho más tiempo.
Cerró la puerta con cuidado y apoyó la espalda en la madera. El templo estaba en silencio. Demasiado silencio, pensó, como si los muros contuvieran el aliento, temerosos de revelar los secretos que escondían desde hacía generaciones. Se permitió un instante de duda, preguntándose si habría sido correcto callar tanto, pero volvió a negar con la cabeza. Aquellos pecados no podían salir a la luz, no mientras aún quedara una mínima esperanza de redención.
Caminó hacia su escritorio y encendió otra vela. La llama tembló, proyectando sombras largas sobre las paredes. Era hora de enviar un mensaje al Obispo de Ravensburg y aguardar sus instrucciones, confiando en que su Ilustrísima tomara las decisiones que él, atado por juramentos antiguos, no podía tomar.
CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 03. LA NOCHE AVANZA; HAY UNA BRUMA LIGERA.
INTERIOR DE EL CUERVO BORRACHO. SALA PRINCIPAL.
TEMPERATURA: 18 GRADOS. - EL FUEGO ILUMINA LA SALA.
El Viejo Agorero sostuvo la mirada del semielfo apenas un segundo más de lo habitual. Un segundo demasiado largo. Uno en el que la sonrisa torcida de Kyras pareció atravesarle como una estaca fina y elegante. Algo se tensó en sus facciones: no miedo… sino reconocimiento. Como si, por un instante, hubiese visto en Kyras la sombra de alguien mucho más antiguo. Alguien que ya le había destronado una vez.
—“Ah… sois listos, ¿eh?”— murmuró, y por primera vez su voz perdió parte de aquella languidez teatral. —“Conviene cortar una sospecha antes de que eche raíces, sobre todo cuando es errónea.”— Aquello lo dijo demasiado rápido, demasiado a la defensiva. Y casi de inmediato continuó, lanzándose a hablar como quien arroja arena sobre sus propias huellas.
—“La piedra sin nombre…”— siseó. —“No es tumba de Edric ni escondrijo de nigromantes, por más que a alguno le guste imaginarlo. Fue allí donde, hace más de un siglo, invocaron a los que derrotaron al Barón Cuervo. No a él… a quienes lo enfrentaron.”— Su mirada se perdió brevemente, como si tanteara un recuerdo demasiado viejo para sostenerlo sin dolor. —“Sus cenizas reposan en un panteón bajo el cementerio. Y bajo ese panteón, las criptas. Selladas. Frías. Silenciosas. Solo pueden abrirse en luna nueva. A partir de mañana. Durante dos noches.”—
Daisy pudo ver cómo le temblaba la mano al decirlo.
—“Si el joven Barbaespuma quiere llamar a algo o a alguien… será allí abajo. Donde todo empezó y todo terminó.”—
Luego miró fijamente a Kyras, con una mezcla de cansancio, desafío y un destello de amarga complicidad. —“El mundo no es lo que parece, ¿eh, bardo?”— Marcó cada palabra con un tono herido, roto. —“Meteos esto en la cabeza: el momento en que creéis haberos dado cuenta de algo… es justo cuando estáis equivocados.”— Terminó con un susurro, tocándose la sien con dos dedos, repetidamente.
Se puso en pie con torpeza, pero no con prisa de borracho, sino con la rigidez de quien teme que cualquier palabra adicional pueda costarle algo que no está dispuesto a perder. Cubrió sus hombros con el manto, apuró el último trago y dejó la copa temblando sobre la mesa.
Su mirada hacia la puerta no era de huida. Era de resignación. Como si supiera que esa noche había hablado demasiado… y que el precio ya estaba echado.
CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 03. LA NOCHE AVANZA; HAY UNA BRUMA LIGERA.
INTERIOR DE EL CUERVO BORRACHO. SALA PRINCIPAL.
TEMPERATURA: 18 GRADOS. - EL FUEGO ILUMINA LA SALA.
Daisy escuchó con algo de escepticismo al viejo, no se fiaba mucho de lo que pudiera decir después de lo que había visto con sus compañeros, aunque si lo que decía era cierto quizás fuera una información útil.
-Entonces dices que esa piedra da acceso a la tumba de la gente que derrotó al Barón Cuervo... ¡Pero fueron héroes! ¿Cómo es que nadie lo sabe? ¿No debería haber una lápida o inscripción en su honor?
No le parecía que tuviera mucho sentido. Es como si a ella y sus amigos que habían salvado el pueblo ya dos veces los enterraran en una tumba olvidada y sin nombre, no quería que fuera ese el futuro que les aguardaba. Por otro lado la información sobre Barbaespuma si que podía resultar muy útil, si era cierta.
-¿Allí es donde encontraremos a Edric? Está bien saberlo porque tenemos que encontrarlo y acabar con todas las tonterías que está haciendo. No se quien es ese Nergal pero nadie lo va a llamar a nuestro pueblo. ¿Y solo se puede acceder a las criptas por la piedra? Parecía que en el sótano de antes había una red de cuevas, por donde huyó Edric. ¿No habrá otro camino por allí?
Quizás solo tuvieran que esperar frente a las piedras y cuando llegara Edric impedirle que entrara, pero si había otro camino entonces debían entrar ellos y buscarlo por allí dentro.
CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 03. LA NOCHE AVANZA; HAY UNA BRUMA LIGERA.
INTERIOR DE EL CUERVO BORRACHO. SALA PRINCIPAL.
TEMPERATURA: 18 GRADOS. - EL FUEGO ILUMINA LA SALA.
El Viejo Agorero entornó los ojos y se inclinó apenas hacia Daisy, como quien observa una chispa inquieta en una pequeña fogata. La sonrisa que le dibujó la boca era fina, ladeada… y peligrosamente condescendiente.
—“La piedra marca el lugar, muchacha” —musitó con aquella voz ronca que olía a vino viejo. —“Pero la entrada… ah, no, la entrada está en una cripta cercana. Una con dibujos de estrellas, runas y un ojo siniestro y una mano esquelética… la de un mago de hace décadas. Nadie la toca.”—
Chasqueó la lengua, divertido, antes de dejar escapar una risilla quebrada que parecía venir de muy lejos. —“Ya sabes: ‘temor a las maldiciones’, ‘respeto a los muertos’, tonterías de vivos. Aunque… quién sabe si alguna vez no cayeron maldiciones de verdad.”—
Luego sus ojos se ensombrecieron un instante, como si recordara algo que no pensaba compartir. —“Los héroes de unos son los tiranos de otros, pequeña Daisy. Y para derrotar a la oscuridad, a veces se combate con oscuridad. Algunos se pierden. Algunos… cambian de bando.”—
Sacudió la mano, como espantando un pensamiento desagradable. —“No sé si ese Edric tendrá allí su guarida. Pero si pretende invocar a ese tal Nergal… bajo esa roca se hizo una llamada hace mucho tiempo. Sería un buen lugar para repetir la hazaña, ¿no?”—
La Mediana preguntó por los otros túneles, y el Viejo Agorero soltó un bufido entre divertido y compasivo. —“Sí, sí, hay túneles bajo Kravenhold. Muchos. Pero hay algo… un poder antiguo… que impide que lo que allí duerme salga a pasearse. Entrar por ahí…” —chocó los dientes, como quien imagina un mal trago— “…mejor haced testamento. Y llevad fuerza. Muuuucha fuerza. Además, orientaros ahí os costaría días. Quizás semanas. Y no tenéis ese lujo.”—
Se ajustó el abrigo raído, tirando del cuello como quien ya siente el frío antes de abrir la puerta. Sus ojos, vidriosos pero extrañamente lúcidos, quedaron un instante fijos en la noche más allá de la ventana. Luego, sin decir más, se preparó para marcharse.
CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 04. MEDIA TARDE; HAY UNA BRUMA PALPABLE.
KRAVENHOLD. CAMINO DE EL CUERVO BORRACHO.
TEMPERATURA: 10 GRADOS. - EL SOL BRILLA A TRAVÉS DE UNA TENUE BRUMA.
Liandra ajustó la capucha de lana mientras salía del templo con la caja bien sujeta entre los brazos. El peso del Agua Bendita no era grande, pero sí lo bastante solemne como para obligarla a caminar con cuidado, como si transportara algo frágil no por su forma, sino por su significado. Aurea y Cosette habían sido claras y amables, aunque el cansancio en sus rostros hablaba de heridas que aún no cerraban del todo. Diez viales, bien sellados, suficientes —esperaban— para marcar la diferencia.
El aire de la mañana era frío y húmedo, con ese olor a piedra mojada que siempre parecía emanar de Kravenhold. Pensó en Crowley y en lo oportuno que sería encontrarlo en el Cuervo Borracho; no le gustaba la idea de internarse sola en el cementerio, ni siquiera de día. Aceleró el paso, y entonces lo vio.
El Viejo Agorero emergió de entre dos casas como una mala costumbre que se niega a desaparecer. Su abrigo colgaba torcido, y en sus manos nudosas sostenía una pequeña caja de madera negra, pulida hasta parecer casi aceitosa. Un cuervo grabado en la tapa, el sello del Barón Cuervo, destacaba como una herida antigua.
Le tendió la caja sin ceremonias, mirándola apenas a los ojos. Le pidió que se la entregara a los héroes, y que les dijera solo eso: que buscaran dónde encaja. Nada más. Nada menos. Sus palabras eran escasas, medidas, como si cada una tuviera un coste que no estaba dispuesto a pagar.
Luego añadió que se marchaba, que emprendería un viaje lejos de Kravenhold, al menos hasta que ciertos acontecimientos concluyeran. No explicó cuáles. No hizo falta. Su aliento, cargado de vino a primera hora, envolvió a Liandra un instante antes de que el anciano diera media vuelta.
Ella lo observó alejarse, con la caja negra ahora sumándose al peso que ya llevaba. No supo decir si aquel encuentro había sido una carga o una ayuda, pero sí tuvo claro algo: el Viejo Agorero hablaba como quien sabe que el tablero ya está dispuesto… y que pronto comenzará la partida.