Partida Rol por web

La Maldición de los Cuervos.

E.06 - El Cementerio de Kravenhold.

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30/03/2026, 18:36
Daisy Greenhaven.

CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 05. RECIÉN REBASADA LA MEDIANOCHE.

ZONA NO ACONDICIONADA DEL CEMENTERIO. BAJO LA PIEDRA SIN NOMBRE; LUZ TENUE, BRASEROS.

TEMPERATURA: 12 GRADOS. - LA GRUTA PARECE ALGO DE FUERA DE ESTE MUNDO.

Daisy se paró en seco y miró al enano.

-¿Aquí? -Se quedó pensativa y dedujo que lo que decía Gulfang tenía mucho sentido.- Creo que tienes razón, quizás es mejor aquí. ¿Crees que tendrá alguna trampa? Si es así debería abrirlo Thaddeus, para algo es el legítimo heredero jijijiji. -Se rió con la broma y después hizo un arco con los brazos indicando que le dejaran espacio y se apartaran por lo que pudiera pasar.- Alejaos un poco, no creo que pase nada, pero por si acaso...

Se agachó junto a cofre y lo observó con detenimiento a ver si podía detectar algún tipo de trampa a simple vista, después se puso manos a la obra con sus herramientas para abrir cerraduras, así podría probar también el guante que había pertenecido a Edric.

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30/03/2026, 19:02
Kravenhold: Thaddeus.

CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 05. RECIÉN REBASADA LA MEDIANOCHE.

ZONA NO ACONDICIONADA DEL CEMENTERIO. BAJO LA PIEDRA SIN NOMBRE; LUZ TENUE, BRASEROS.

TEMPERATURA: 12 GRADOS. - LA GRUTA PARECE ALGO DE FUERA DE ESTE MUNDO.

Thaddeus miró angustiado, apesadumbrado, asustado, y con no poco resquemor, e incluso resentimiento herido y dolido, a Yurian por unos largos momentos, mientras boqueaba como si no pudiera apenas respirar. Sus ojos se humedecieron, al borde del llanto más desconsolado por la crueldad, e irresoluble e irredimible maldad, de aquel joven muchacho. El infierno a veces tenía forma de persona, y algunos de los horrores más cruentos eran los más mundanos, y no los muertos que, torpemente, emergían a trompicones de sus tumbas, chocando con todo y con todos hasta alcanzar por fin, su segundo e inmerecido descanso eterno, o sempiterno.

- "No... no se me ocurriría tocar vuestras cosas sin permiso, claro está. ¡Sois los Héroes de Kravenhold! ¡Los salvadores del pueblo! Es sólo que ese vino, me sería tan preciado como mi propia vida, así os lo aseguro. Y, sí, si deseáis que yo sea el primero en abrir el cofre y afrontar así un probable destino aciago, con gusto lo haré. Tal vez los hados me sean benévolos y dentro encuentre el suculento vino funerario que tanto ansío. Siento, arrebatado, que la vida sin dicha ambrosía a duras penas tiene sentido." -

DM

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30/03/2026, 22:03
"Señores de las Brumas".

CIRCA 101, MES DEL RENACER - DÍA 05. PASADA LA MEDIANOCHE; BRUMA CASI INEXISTENTE.

ZONA NO ACONDICIONADA DEL CEMENTERIO. PASADO EL MURETE.

TEMPERATURA: 10 GRADOS. - LA QUIETUD DE LA NOCHE OS RODEA.

El momento, que por un instante había parecido casi ligero —con bromas, reproches y el eco de una normalidad que se resistía a morir incluso en un lugar como aquel—, volvió a tensarse cuando Daisy se arrodilló frente al cofre funerario. La madera, oscurecida por el tiempo, presentaba vetas hinchadas y resquebrajadas; los herrajes, ennegrecidos, parecían haber olvidado hacía décadas el significado de la palabra “movimiento”. La mediana, con la destreza que la caracterizaba, dejó a un lado la ligereza de sus gestos y afinó la mirada, pasando de la curiosidad al análisis con una rapidez casi profesional. No tardó en encontrar lo primero: una resistencia que no correspondía únicamente al desgaste. Algo en el mecanismo no encajaba, una ligera presión donde no debía, una tensión apenas perceptible, suficiente para que su instinto le gritara que aquello no era un simple cofre olvidado. Aguja, quizá; un pequeño depósito oculto listo para liberar algún gas nocivo; o peor aún… porque al inclinar ligeramente el ángulo de visión, entre las sombras del metal y la madera, creyó distinguir un trazo, una línea demasiado precisa para ser fruto del azar: un glifo. Antiguo. Sutil. Malicioso. No sabía interpretarlo, pero su mera presencia convertía el contenido del cofre en una incógnita peligrosa, algo que no debía abrirse a la ligera ni, desde luego, sin preparación.

Y entonces llegó el segundo descubrimiento, más mundano pero no por ello menos definitivo: la cerradura estaba muerta. No deteriorada, no simplemente oxidada, muerta. Los diminutos engranajes internos, si es que aún conservaban su forma, estaban agarrotados por años —décadas— de abandono. Daisy probó con cuidado, apenas un susurro de presión con sus herramientas, y el resultado fue concluyente: forzar aquello no solo activaría cualquier trampa que ocultase, sino que probablemente rompería el mecanismo de forma irreversible. Necesitaba aceite. Tiempo. Paciencia. Al menos medio día de cuidados antes siquiera de plantearse abrirlo con garantías. Aquella certeza cayó como un jarro de agua fría sobre las ansias de Thaddeus, cuyo rostro pasó de la expectación febril a una especie de tragedia etílica digna de un escenario; el vino —si es que existía— quedaba fuera de su alcance, suspendido en un futuro incierto que, para él, bien podría equivaler a la eternidad.

No hubo discusión real tras eso. La tensión se disipó en un suspiro colectivo, uno cargado de cansancio, de heridas recientes y de la certeza de que ya habían forzado suficiente su suerte por una noche. El cofre fue recogido con cuidado, casi con respeto, como si todos intuyeran que contenía algo más que simples pertenencias; las armas volvieron a sus fundas, las correas fueron ajustadas, y los últimos restos de dolor fueron mitigados por las atenciones de Cosette y el apoyo de las tonadas curativas de Kyras. El mausoleo de Cavend Lor, con su inscripción enigmática y su aire denso, quedó atrás poco a poco, como si el propio lugar no opusiera resistencia a su partida… o quizá como si simplemente no le importara.

Fue entonces cuando emprendieron el camino de regreso. La música de Kyras, suave pero firme, comenzó a llenar el silencio, una melodía que no solo guiaba sus pasos, sino que parecía mantener a raya los ecos de lo vivido; las notas flotaban en el aire frío de la noche como pequeñas brasas, iluminando el sendero con algo más que luz. Atrás quedaban las tumbas olvidadas, las lápidas torcidas y las sombras demasiado largas; aunque Gulfang, con el ceño fruncido, no pudo evitar reparar en ciertos grabados en piedra, marcas antiguas que reconoció con un escalofrío silencioso: los mismos trazos, los mismos símbolos que había visto recientemente en los pertrechos de los esqueletos acorazados. Una conexión. Un hilo que no alcanzaba a comprender del todo. Pero no era el momento. No allí. No ahora.

Y entonces, casi sin darse cuenta, lo notaron todos. La niebla… había desaparecido. O casi. Apenas un velo tenue, tímido, nada que ver con la opresiva presencia que había dominado Kravenhold en los últimos tiempos. Y los cuervos… ningún graznido, ninguna silueta negra recortando el cielo. El silencio, por primera vez en mucho tiempo, no era amenazante. Era… vacío. Extrañamente limpio.

Ese descubrimiento, tan sutil como profundo, acompañó sus pasos hasta que, finalmente, la visión de una luz cálida rompió la oscuridad: la posada del Cuervo Borracho. La luz se filtraba bajo la puerta como una promesa tangible, y cuando esta se abrió, el mundo pareció cambiar de golpe. El calor, el olor a comida, el murmullo de voces, vida. Simple, mundana, maravillosa vida. Tras la noche, tras la sangre, tras la muerte… el hogar.

Notas de juego

Salen de Escena, Alaric, Cosette, Daisy, Gulfang, Iraia, Kyras y Yurian. Continúan en  E.01 - El Cuervo Borracho.