Partida Rol por web

El amor en los tiempos del Sida

Acto segundo: Incubación

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14/02/2013, 23:26
Narración

11 de noviembre de 1984 - 19:31

Era un hombre triste, dejado de su propia mano. Solía ser melancólico, solitario. No le gustaba deambular de bar en bar bebiendo ni tomando drogas. Sus padres le habían dicho que aquello sólo le empobrecería la mente y de niño y de adolescente le agradaba agradar. Cumplir con las normas. Respetar la autoridad. Todo eso.

Sólo se había alejado del camino una vez, ¿y para qué? Ahora se notaba podrido, roto por dentro. Como si le faltaran las entrañas y en lugar de sangre tuviese líquido anticongelante. ¿Había ocurrido? ¿Aquella mujer lo había matado en su Talbot Horizon de segunda mano, cuando dijo que iba a hacerle vivir? No podía recordarlo con claridad. La bebida... Aquel polvo blanco. Sí, aquella mujer lo había matado. El corazón le palpitaba, pero ya no funcionaba como antes.

-Deja de autocompadecerte -dijo la mujer. Pero no era la misma de antes. Ésta era otra, más mayor. Había entrado en la estrechez de su salón con los aires de una reina. Una reina de verdad, no la princesa consentida que era la otra-. Tenemos trabajo que hacer.

-¿Va a ser tan aburrido como la última vez? -inquirió él con voz ahogada.

La mujer le cogió la muñeca y le puso en la palma un pequeño cuchillo de aspecto quebradizo y tono oscuro.

-No.

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03/03/2013, 20:53
Eddie Castle
Sólo para el director

11 de noviembre de 1984 – 19:23

Eddie apagó el tercer cigarrillo en la última hora y se recostó en el sillón de Van Doren. Olía a cuero y a ella, pero ése no era su único encanto. Sentaba bien volver a ser el jefe de algo que había perdido aunque fuese efímero. Envidiaba un poco a la pooka, que a estas horas debía de estar atravesando un paisaje hermoso e inolvidable mientras que él tenía que vigilarle el negocio y al personal.

El redcap había tenido que contenerse para no despedir ipso facto a la otra dominatrix, Lady Magnum o como se hiciera llamar. En menos de un día había conseguido llevarlo al límite y que acabase a gritos con ella. Le costaba entender cómo Van Doren se las arreglaba con ella o con todos los demás. Maldita araña con dotes persuasivas capaces de hacerte comulgar con tu peor enemigo…

Aún no había tenido ocasión de encontrarse con la kinain. Al parecer ese era su día libre. Quería mirarla bien otra vez y buscar los parecidos entre ella y su madre. Desde el primer momento había sospechado que algo le resultaba extraño en ella, pero ahora que tenía la confirmación quería poder… hablar con ella, saber cómo le iba, conocerla. Sí, conocerla. Al fin y al cabo no dejaba de ser hija de su madre, lo que le convertía en algo así como un padrino. O padrastro. O ex padrastro. Joder, qué difícil era todo.

El travesti llamó a la puerta y le dijo que había una mujer que preguntaba por él. Eddie le indicó que la hiciera pasar. Le sorprendió de verdad que fuese Pandora. Pensaba que esa zorra no se atrevería a buscarle de nuevo después de la última vez, pero no debía de haberle dejado claro que prefería lamer ceniceros antes que volver a verla.

-¿Buscas una sesión gratis, Pandora? –preguntó Eddie sin moverse-. Puede que no sea profesional, pero no me sería difícil hacerte llorar si me das un par de minutos.

-No te tengo miedo –contestó ella en un tono que dejaba ver lo contrario-. Vengo a decirte una cosa. –El redcap se cruzó de brazos, a la espera-. Acabo de ver a Rose, la kinain.

Eddie se levantó. Pandora dio un paso atrás.

-¿Qué quiere decir eso? Si le has hecho daño...

-Sé que es hija vuestra. –Pandora sonrió ante la confusión de Eddie, pero metió la mano en el bolso al ver que no se detenía-. No des un paso más. –El redcap obedeció. Algo le decía que lo que sujetaba no eran buenas noticias-. ¿No te lo dijo tu amante? Rose es tu hija.

Eddie enarcó una ceja y se echó a reír.

-¿Qué Rose qué?

-Es hija de Van Doren –contestó Pandora-. Y tuya.

El redcap puso los brazos en jarras, sinceramente divertido.

-Las drogas te han dejado el cerebro licuado, chica. Eso no tiene sentido. Ya sabía que era hija de Van Doren, pero… ¿has hecho las cuentas? –Eddie dio un paso adelante. Oh, cómo se iba a divertir partiéndole la cara a aquella estúpida-. Trabajando aquí, esa chica tiene al menos dieciocho años. Yo no me metí en la cama de Van Doren hasta hace bastante menos. –Pandora se mordió el labio y dio un paso atrás-. Bonita flor, no lo niego, pero las semillas no son mías.

-No te acerques más.

-Has ido a decírselo, ¿no? –Eddie la miró, sombrío-. Te juro que en tu vida no te han pegado como te voy a pegar yo. ¿Te acuerdas lo que te dije sobre tu cara? ¿Recuerdas que…?

Eddie no pudo acabar la frase. Pandora le roció un chorro de spray de pimienta en la cara. El dolor ardiente no se hizo esperar. Gimiendo y aullando, el redcap perdió la capacidad de sostenerse en pie y cayó al suelo intentando no arrancarse los ojos para paliar el horror. Pandora salió de allí a la carrera, pero todo el mundo en el Terciopelo pudo oír la amenaza de Eddie:

-¡ESTÁS MUERTA! –tosió-. ¡CUANDO TE COJA VAS A SUPLICARME –tosió otra vez, casi ahogándose- QUE TE MATE!