El la expresión de Renate se había quedado congelada con una sonrisa de fría decepción. Claramente, la historia estaba muy lejos de lo que había imaginado y de las expectativas que había depositado en ella.
—¿Ya está? ¿Eso es todo? — se inclinó hacia atrás en el taburete. — ¿Un goblin tarado y un demonio Telele que te hizo el trabajo sucio? ¡Bah! Y yo aquí esperando una historia de pasiones prohibidas...
Dio un trago a la cerveza con cara de asco, como si estuviera saboreando la misma decepción. Negando con la cabeza.
—¡Lo que no sabía era lo de Bretonia! ¡Ja! Eso explica muchas cosas... — soltó una carcajada que culminó como un sonoro eructo — En fin, qué se le va a hacer... Habrá que seguir esperando a que la vida te dé una buena historia amorosa. O mejor aún, ¡que yo te consiga una!
Y con aquella promesa nada tranquilizadora, Renate se puso las manos detrás de la cabeza con una sonrisa de satisfacción, como la de quien acabara de encontrar una nueva diversión.
Liza entrecerró los ojos, observando a Renate con una expresión difícil de descifrar. Su ceño se frunció apenas, mientras sus labios se apretaban en una fina línea. ¿Acaso estaba insinuando que ella misma se proponía como candidata? ¿O peor aún, que traería a alguien más para apartar a Chester de su lado?
Su pequeña mente trabajaba a toda velocidad, tratando de descifrar la amenaza oculta en aquellas palabras. No le gustaba. No le gustaba nada. Y menos aún la sonrisa satisfecha de Renate, como si ya estuviera disfrutando de su plan.
Con un resoplido casi imperceptible, Liza apartó la mirada de la mujer y volvió a centrarse en Chester, como si con su mera presencia pudiera reafirmar su lugar a su lado. No pensaba perder terreno.
A Gemme no le habían pasado despaercibidas algunas de las reacciones de la niña, aunque no comprendía por qué le tenía aquella especie de rabia o rechazo. Por un lado ella no estaba para educar niños, por otro era una lástima, podría enseñarle tantas cosas... seguramente la huérfana podría encontrar un lugar bajo la protección de Sigmar. En cualquier caso esperaba que Liza tuviese un futuro en el que pudiese llevar una buena vida y ser autosuficiente.
-Pues yo voy un poco a donde nos lleve el viento- respondió a Ernst. No tenía ganas de dar muchos detalles sobre lo que hacían ni a dónde iban, no creía que fuese prudente. -Así que de la universidad. Creo que todo lo que se aprende en las aulas sirve para la vida fuera de ellas, parece una vida apasionante.- esta última frase esperaba que llamase la atención de Liza, estudiar podría servirle, aunque para las mujeres podría no ser tan fácil acceder a según que estudios, cosa un tanto injusta.
Sonrió levemente ante los comentarios de Renate, y no pudo evitar lanzar a Chester una mirada cómplice como diciendo "la que te viene encima".
Ernst se encogió de hombros con una sonrisa.
- Sí, bueno… hay quien dice que la vida académica es apasionante. - Respondió con una risa leve. - Otros dirían que no es más que un montón de viejos discutiendo sobre cosas que a nadie le importan. Pero supongo que todo depende de cómo se mire. - Se acomodó la capa y suspiró. - En fin, espero que hayáis disfrutado de la comida y la bebida, pero creo que ya es hora de abandonar la villa...
Con esas palabras, Ernst se dirigió a la barra donde estaba el posadero. Ernst sacó una bolsa de cuero bastante ligera, la abrió y contó lentamente unas cuantas coronas de oro.
- Aquí tienes, Gustav, creo que es suficiente... - Le comentó.
El posadero tomó el dinero con gesto neutral, lo contó con los dedos gruesos y asintió. El académico sonrió de lado y se giró hacia el grupo.
- Pues bien, caballero y damas… ¿nos vamos? - Les preguntó con cierta premura.
La villa de Grunberg estaba envuelta en la bruma cuando el grupo se dirigió al puerto fluvial. La humedad en el aire traía consigo el olor del río y del pescado recién descargado. Los barcos se mecían suavemente en el agua, algunos con sus velas recogidas y otros con marineros ocupados en los quehaceres de la mañana.
No obstante, no fueron directamente a la nave, pues Chester tenía unas compras que hacer en el puerto y Liza, evidentemente no ia a separarse de él. Gemme y Renate decidieron acompañarle y a Ernst, no le quedó más remedio que esperar a que acabaran de comerciar para descubrir cual podía ser su nuevo medio de transporte y conocer a su capitán.
Una hora depués y con una abundane cantidad de lana de Grunberg por valor de cien coronas de oro de oro, los cinco extraños compañeros se encaminaron al Veinto del Reik. Éste esperaba en su amarre, con su casco sólido y su velamen recogido, listo para zarpar en cuanto su capitán así lo decidiera.
Sobre la cubierta se encontraba Jospeh jutno a Adso, Eka y Phineas. Todos estaban preparados para zarpar en cuanto el resto de tripulantes estuviera listo.
Al acercarse, Ernst miró el barco con interés y asintió para sí mismo.
- No está nada mal. - Dijo satisfecho.
Cuando encontraron a Joseph a bordo, Ernst no perdió tiempo en hacer su petición.
- Señor Joseph, tengo entendido que sois el dueño de este barco. Me preguntaba si podríais llevarme a Kemperbad. Os pagaré, por supuesto. No os haré perder el tiempo. - Dicho esto, esperó la respuesta del marinero con los brazos cruzados, intentando parecer relajado, aunque se notaba cierto nerviosismo en su mirada.
- ¿Y usted es...? - Le preguntó.
No obstante, no espero a la respuesta. Simplemente sonrió y asintió a la petición de aquel hombre.
- Si conoce a mi segundo, será un placer llevarle. - Le dijo. - No le cobraré más que lo que es justo. - Le dio una palmada en la espalda. - No tenía pensado ir a Kemperbad, pero es una ruta como cualquier otra y quizás nos depare buenos negocios. O quizás no. Pero si no vamos, tampoco lo sabremos...
Joseph se llevó al pipa a los labios e hizo un gesto para encenderla, pero finalmente se contuvo al observar como Chester subía el cargamente de lana a la nave ayudado por las tres mujeres que iban con él.
- Veo que empiezas a entender como funciona... - Le dijo muy alegre. - ¡Buen trabajo!
Chester no era el único que se había animado a comerciar en Grunberg. Phineas había obtenido un fardo de tabaco y varias cajas con botellas de licor. Todo ello ya estaba cargado y asegurado en la bodega del Viento del Reik.
Adso chasqueó la lengua con disgusto y cruzó los brazos sobre el pecho, sin apartar la vista de Renate.
- Tsk… Lo que me faltaba. Como si no tuviéramos ya suficientes problemas. - Dejó caer Adso, aunque más allá de que seguían siendo fugitivos, habían tenido una visita bastante agradable en Grunberg.
Su tono era seco, pero cargado de esa amargura contenida que siempre tenía cuando algo no le gustaba. No mencionó a Ernts, aunque su mirada se desvió sutilmente hacia él con recelo antes de volver a centrarse en la recién llegada.
- Dime, ¿qué desgracia te ha traído de vuelta esta vez? ¿O simplemente te aburriste de estar lejos y viniste a ver cuánto tardas en meter a alguien en un lío? - Añadió con su habitual sarcasmo, sin molestarse en disimular su incomodidad.
Momento perfecto para que Eka, vuelva a postear.
Os dejo unos días y os saco de Grunberg.
A pesar de su aspecto mullido y esponjoso, cien coronas en lana de oveja suponen una carga muy superior a la que podría llevar yo solo y por eso doy gracias a poder contar con la ayuda de Renate, Liza, Gemme y hasta de Ernst para transportarla hasta el Viento del Reik.
Me siento un poco estúpido con semejante adquisición. No se trata de maderas nobles, ni de piedras preciosas, ni de tejidos exóticos, solo es lana cruda. Aunque tengo que confesar que la felicitación de Joseph me anima un poco y me hace ganar algo de confianza en mi decisión.
—Gracias, capitán. El señor Heidelmann, que a demás de ser un gran erudito nos ha invitado generosamente a comer, es quien me ha asesorado. Y a unas malas, si no consigo recuperar la inversión, al menos me aseguraré de que todos los camarotes cuenten con mantas gruesas y calentitas.
»A propósito, capitán, ¿dónde quieres que deje todo esto? No quiero que mi carga ande estorbando por ahí, pero me preocupa que se estropee si lo dejo en cubierta y en mi camarote no cabe.
Dinero descontado y mercancía añadida al inventario.
—¡Oh, Adso, cariño!— exclamó Renate dejando caer con un golpe sordo el enorme fardo de lana con el que cargaba — ¿Cómo podría yo permanecer lejos de ti, amor mío? Pero respira tranquilo, nene, que no traigo líos. Sólo la lana que me ha hecho cargar nuestro audaz contramaestre. ¡Así se hacen los negocios, Adso, así! ¡Ahorrando en gastos! — se dio unos golpecitos en la frente con el dedo recalcando que era lo más obvio del mundo— ¿O cuánto te crees que cuesta alquilar una carreta? ¡Demonios, eso es un lujo sólo al alcance de unos pocos afortunados! Por suerte, nuestro Chester tiene mente de verdadero mercader, a él no le engañan. ¡Es astuto como un zorro, despiadado como el mismísimo río!
Renate estalló en carcajadas, se apoyó en un tonel y metió la mano entre sus harapos. Miró a Adso significativamente, como si quisiera asustarle con algún gato que sacase de allí, pero lo que sacó simplemente fue una botella llena.
—¡Por los estibadores!— exclamó, y le llevó la botella a los labios entre risas.
Gemme subió a cubierta con sus compañeros y ayudó a acomodar el cargamento de lana donde indicasen. Realmente no había esperado que Ernst subirse a bordo con ellos, pero por un lado pensó que quizás sería bueno tener alguien nuevo por unos días. Por otro, y al volver a pincharse entre Adso y Renate, temió que el estudioso terminase saltando por la borda antes de llegar a nuevo puerto.
Desde luego ella no entraría al juego que se llevaban aquellos dos, en un tira y afloja constante, y temía que de poco serviría hablar con Adso para hacerle comprender que en su mano estaba terminar con aquella dinámica que no aportaba nada positivo al grupo.
El cargamento de licor posiblemente jamás bajase del río, no volvería a ver la luz del Sol, pues allí estaba Renate.
- Entonces,¿zarpamos ya?- poco o nada había podido averiguar allí, tal vez debió detener sus pasos en el mercado...
- En el mercado oí hablar a unos tipos, uno de ellos era mercader y aseguraba que las gentes decían que Lassagne se ocupaba ahora a organizar fiestas para los nobles... Me parece un despropósito, o tal vez una artimaña para que nos relajemos- comentaría a sus compañeros ya deslizándose por las aguas del río y asegurándose de que el nuevo pasajero no andase cerca para escucharle.
- ¿Qué dices, vieja bruja? - Respondió Adso, molesto con las maneras en las que Renate se dirgía a él. - ¿Por que no te vas a beber una de esas botellas de felicidad que tanto te gustan? - Le propuso. - Creo que aquí... - Miró a un lado y a otro buscando la complicidad del resto de la tripulación, aunque nadie pareció hacerle el menor caso. - ...nadie aprecia tu humor, ni tus tonterías. ¿Me equivoco? - Preguntó a nadie en concreto y a todo el mundo en particular.
Pero nadie respondió. Pasaron unos segundos y entonces Adso sonrió complacido. Ya nadie quedaba a su lado para escuchar sus desvarios, todos estaba a sus cosas. Todos salvo él, que parecía complacido ante la respuesta de la tripulación que únicamente había parecido escuchar él.
- Eso decía. - Asintió tres veces con la cabeza, mientras guardaba unos segundos de silencio para humillación de Renate, la cual... ya no estaba allí. - Nadie te traga, vieja bruja. ¡Nadie!
Y tras decir aquello, Adso se puso manos a la obra para seguir las indicaciones del capitán, pues ante todo, era un hombre que cumplía con su deber.
- En las bodegas hay sitio de sobra. - Le respondió Joseph a Chetser con una expresión de orgullo al ver como su contramaestre empezaba a tomar iniciativa y espabilaba de una vez. - No sé si se venderá bien esa lana, pero desde luego la iniciativa es buena, mi querido contramaestre. - Miró a Gemme. - Si, zarpamos de inmediato. - Le dijo con voz seria y determinación férrea. - Yo tampoco creo que Lassange se dedique a montar banquetes. - Sonrió entonces.
Mientras, Renate ayudada por Gemme y Phineas cargaba la mercancía en las bodegas, Joseph comenzó a dar instrucciones al resto para zarpar en dirección a Kemperbad, un destino inesperado, pero que no era del desagrado del capitán del Viento del Reik. Al fin y al cabo, los negocios podían estar en cualquier sitio y pese a que en aquella ciudad, los aranceles eran algo más elevados que en otros puertos fluviales del Imperio, siempre podía sacar algo de beneficio.
- ¡Vamos señores, un poco de brío! - Exclamó casi eufórico. - ¡Zarpamos hacia un nuevo destino, tan incierto como seguro! - Soltó una risotada.
Y el Viento del Reik se puso en marcha abandonando Grunberg sin que aparentemente ningno de sus tripulantes hubiera causado el caos o hubiera acumulado más cargos legales por los que ser perseguidos por las autoridades.