Alder bajó del Lanza Carmesí con lentitud y con los ojos ya escudriñando los mástiles del puerto antes de que sus botas tocaran las tablas húmedas del muelle. Mientras Lassange daba órdenes, no se movió ni habló… pero cuando el capitán terminó y su mirada se clavó en él, Alder exhaló una sola palabra, apenas audible.
- Joseph no usaría el muelle principal. - Dijo en un murmullo. Se acercó un paso, sin prisa. - El Viento del Reik es rápido, sí, pero no es un barco de mercancías. Joseph atracaría en el muelle viejo, el de los contrabandistas, bajo los acantilados. Allí hay un saliente rocoso que oculta el casco desde la ciudad. Lo llaman La Boca del Silencio. Nadie lo registra… porque oficialmente, no existe.
Hizo una pausa, observando el perfil de los acantilados al sur del puerto.
- Si están a bordo, ya saben que venís. Y si Joseph sigue con vida, habrá preparado una salida por el río Stir. No vais a encontrarlos amarrados, Lassange. Los encontraréis… o los perderéis… en los próximos veinte minutos. - Entonces, sin esperar permiso, señaló con la barbilla hacia una grieta entre los almacenes, casi invisible entre las sombras. - Por allí empieza el camino al muelle viejo. Pero si vais con más de tres hombres, los oirán antes de verlos.
Lassange se detuvo en seco con la mano izquierda crispada sobre el pomo de su espada. Se volvió despacio hacia Alder.
- El templo de Ulric… - Repitió, con una voz baja y peligrosamente calmada. -
Dio un paso al frente, invadiendo el espacio de Alder sin piedad.
- Me hablaste de túneles, de drenaje, de acueductos… de un templo abandonado que ni figura en los mapas oficiales y ahora resulta que están están en el muelle viejo. - Sacudió la cabeza, una risa fría escapando de sus labios. - No, Alder. No me engañas con esa historia de “lugares que el Imperio no mira”. El Imperio mira todo. Y si en ese muelle viejo hubiera algo, mis informantes en Kemperbad ya me lo habrían dicho.
Se inclinó hacia él, la voz apenas un susurro letal.
- Quieres que mis hombres corran hacia un agujero en la tierra mientras tus compañeros escapan, ¿verdad? Que persigamos fantasmas mientras ellos zarpan. Pero no. Hoy no. Hoy ya no eres el guía. Hoy eres el señuelo. - Le dijo. - Enviaré tropas a ese templo, otras revisarán el muelle y si todo falla, veremos ese muelle viejo.
Se enderezó y alzó la voz, dirigiéndose a Eckhart, que observaba desde unos pasos atrás.
- ¡Eckhart! Que la mitad de los hombres registren el muelle. El resto a ese templo de Ulrich. Y tú... - Miró de nuevo a Alder. - Caminarás delante de ellos. Si es una trampa, serás el primero en caer en ella. Si es verdad… quizás te conceda el lujo de ver a tus antiguos amigos antes de que los cuelguen.
Alder no respondió. Solo asintió, los ojos fijos en el suelo por un instante…
Día 15 de labrario del año 2052 del calendario Imperial por la mañana. Muelles de Kemperbad.
Las horas siguientes fueron un desfile de frustración disfrazada de disciplina.
En el muelle viejo, los soldados registraron cada embarcación, cada almacén, cada rincón donde una rata pudiera esconderse. Pero el Viento del Reik no estaba. Ni amarrado, ni varado, ni oculto tras una red de pesca. Solo encontraron a un viejo pescador medio sordo que, tras varias monedas y una amenaza velada, masculló que el Viento del Reik había zarpado "hacia el sur" hacía dos días, con viento favorable y sin saludar a nadie.
Mientras, en el templo de Ulric, la situación no fue mejor. Los hombres de Lassange se abrieron paso entre ruinas carcomidas por el tiempo, con muros derrumbados, estatuas decapitadas y pasadizos sellados por derrumbes que olían a humedad y moho antiguo. No hallaron túneles secretos. No encontraron mensajes. No vieron rastro de conspiradores, armas, ni siquiera un mapa arrugado. Solo silencio, polvo y cuervos que graznaban desde los arcos rotos como si se burlaran de ellos.
Cuando los informes llegaron a Lassange, no estalló en cólera, ni maldijo. Simplemente se quedó en pie junto al río, con los guantes aún puestos, observando el agua correr como si en su fluir pudiera leer el futuro.
- Grissenwald... - Dijo al fin, con voz tan calmada que asustaba más que un grito.
Se giró hacia Eckhart, que esperaba con la cabeza baja.
- Hace dos días que zarparon. Con el viento del norte y la corriente a su favor, estarán allí en pocas horas. Grissenwald es una ratonera… pero también es un cruce. Si Joseph va allí, es porque tiene contactos, suministros o información que necesita. O todo eso. - Se ajustó la capa. - Prepara el barco. Nada de uniformes. Entraremos como mercaderes… y saldremos como verdugos.
Hizo una pausa, y añadió, casi para sí.
- Joseph cree que el río lo protege. Pero el río también me lleva a él. - Y sin mirar atrás, caminó hacia los muelles.
La cacería no había terminado. Solo había cambiado de escenario.
Día 17 de labrario del año 2052 del calendario Imperial al amanecer. Muelles de Grissenwald.
El acceso al puerto de Grissenwald era un entramado de muelles de madera podrida, toneles apilados y redes viejas que colgaban como estandartes de olvido. La niebla matutina, espesa y húmeda, se arrastraba desde el Reik como un fantasma callado, envolviendo los cascos de los barcos amarrados en una quietud sospechosa.
Allí, al final del muelle Este, casi escondido tras una vela rasgada y un montón de cestas vacías, estaba el Viento del Reik. Estaba amarrado a un poste, el casco limpio, las velas recogidas, sin bandera ni señal que lo delatara. No había rastro de movimiento. Ningún sonido de pasos, ni el crujido de una cubierta bajo el peso de un cuerpo. Solo el chapoteo del agua contra la madera y el goteo constante de una viga mojada.
- ¡Quietos! - Ordenó un sargento con un gesto. Señaló a dos hombres para que rodearan el barco por la popa, mientras él y otro subían con cautela por la pasarela de cuerda, las botas resbalando en la madera mojada.
Dentro, el aire era frío y denso. El camarote estaba en orden, camas hechas, lámparas apagadas, una taza de té sobre la mesa. En la bodega, encontraron las mercancías, cajas bien atadas y lana... mucha lana. Nadie había estado allí en horas.
El sargento bajó del barco con paso rápido. En la orilla, Eckhart lo esperaba, impasible, la mano descansando sobre la empuñadura de su sable.
- Está vacío. - Dijo el sargento. - Nada saqueado. Como si hubieran salido a dar un paseo… y no pensaran volver pronto.
Eckhart Caminó con paso firme hacia el puesto de mando improvisado junto a los almacenes del puerto, donde Lassange observaba la ciudad desde lo alto de una tarima de madera, los puños apretados, los ojos entrecerrados contra la luz matutina que se filtraba entre los tejados de pizarra de Grissenwald.
- Buen trabajo. - Dijo sin más, se dirigió a informar a Lassange. - Están jugando con nosotros. - Murmuró Lassange al oír el informe, sin siquiera mirar al sargento. - Dejan el barco como carnada… pero no para huir. Para que esperemos. Mientras tanto, Gemme y Chester ya podrían estar cruzando el Reik, o escondiéndose en alguna de esas callejuelas que ni los perros conocen.
Miró por encima del hombro, hacia donde Alder permanecía de pie, inmóvil, junto a un poste de amarre, con la cabeza baja y las manos atadas a la espalda.
- Quizá… solo quizá… no me estaba engañando. - Admitió, más para sí mismo. - Pero eso no significa que diga toda la verdad.
Se volvió hacia Eckhart, la voz ahora firme, resuelta, cortante como el filo de una hoja bien afilada.
- Mantén a tus hombres en el barco. Registren cada caja, cada camarote, cada rincón. Puede que haya algo escondido que no vieron a primera vista. - Le ordenó. - Yo iré con el resto a registrar el pueblo. Casa por casa. Taberna por taberna. Si están en Grissenwald, los encontraré antes de que el sol toque los acantilados. Y si no están… tomaré una decisión sobre Alder. Ya ha mentido demasiado...
Alder vio su oportunidad en el instante mismo en que Lassange giró la espalda para dar órdenes. Los dos guardias que lo custodiaban estaban tensos, pero distraídos, uno observaba a un perro callejero que olfateaba un charco, el otro ajustaba la correa de su trabuco, incómodo con el frío matutino.
Sin dudarlo, Alder se lanzó hacia un barril de pescado podrido apilado junto a la pared del callejón, se izó sobre el borde del barril y saltó hacia el balcón del segundo piso. Sus dedos rozaron el alféizar, se aferraron, y con un gruñido de esfuerzo, se alzó dentro.
- ¡Se va! - Gritó uno de los guardias.
Alder no se detuvo. Trepó por la pared, accediendo al tejado. El viento lo golpeó en la cara, húmedo y cortante. Los tejados de pizarra brillaban con la niebla, resbaladizos como hielo. El primer guardia, el más rápido alzando su trabuco, disparó.
¡PUM!
La bala lo alcanzó en el hombro izquierdo, arrojándolo hacia adelante. El dolor fue agudo, como si le hubieran clavado un cuchillo de fuego, pero Alder no cayó. Siguió corriendo, cojeando, con la sangre empapando su camisa.
El segundo guardia, ansioso, levantó su propia arma.
- ¡Detente, traidor! - Le gritó.
Apuntó… y apretó el gatillo. Pero el trabuco, viejo y mal mantenido, no lanzó la bala.
¡BOOM!
El cañón explotó. El estallido fue seco, brutal. La mano del guardia desapareció en una nube de humo y sangre. Gritó, cayendo de rodillas, agarrándose el muñón humeante.
Alder, ya al borde del último tejado, vio su destino, una trampilla que no estaba demasiado lejos.
Resbaló. Sus botas perdieron agarre en la pizarra mojada. Intentó aferrarse a una chimenea, pero el dolor del hombro lo traicionó. Cayó de espaldas, rodó por el alero y se estrelló contra el suelo del callejón con un golpe sordo. Quedó allí, boca arriba, com el hombro sangrando, sin armas y sin escape.
El primer guardia, el que aún tenía su trabuco intacto, se acercó lentamente. La bota del soldado se detuvo a centímetros de su cara. El cañón del arma apuntó a su frente.
- Fin del camino, desertor. - Le dijo.
Motivo: Saltar
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Motivo: Trepae
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Alder no se movió. No suplicó. No intentó levantarse. Solo parpadeó, lentamente, como si el cañón del trabuco no estuviera a un palmo de su frente, como si la sangre que le empapaba la camisa no fuera suya. Luego, con una calma que parecía arrancada de otro mundo, esbozó una sonrisa débil, torcida por el dolor… pero real.
- ¿Fin? - Murmuró, con la voz ronca, apenas audible. - Tú no sabes nada de finales, soldado.
Cerró los ojos un instante, como si rezara. O como si escuchara algo que el guardia no podía oír. Y entonces, con un esfuerzo que le arrancó un jadeo, giró la cabeza ligeramente hacia la pared junto a la que había caído…
Al abrir los ojos y con un gruñido sordo, activó el encanto de sus botas. Con un movimiento fluido, casi de baile, se puso en pie como si el suelo lo hubiera empujado, sin dar tiempo a que el guardia reaccionara.
El soldado abrió los ojos de par en par sorprendido. No supo que Alder ya había deslizado la mano derecha hacia la empuñadura de la espada corta escondida bajo su capa, desenvainándola al momento con un gesto rápido.
Motivo: Juego de manos
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Alder, con el hombro izquierdo sangrando y la vista nublada por el dolor, apenas logró mantenerse en pie. La espada corta temblaba en su mano derecha, pero no por miedo, por dolor y por agotamiento.
El guardia, enfurecido por la huida fallida de su presa, se agachó a recoger su alabarda, que había soltado al ver a Alder levantarse. Fue un error. Alder avanzó como una sombra rota y con un giro seco, descargó la espada en la espalda del soldado, justo entre las placas de la coraza. El filo abrió carne y músculo. El guardia soltó un grito ahogado, pero no soltó el arma.
Alder no se detuvo. Un segundo corte, diagonal, desde el hombro hasta las costillas.Un tercero, rápido, en los tendones de la pierna. El guardia cayó de rodillas, jadeando, pero con la alabarda aún en la mano y la sangre empapando sus botas. Giró la cabeza, los ojos llenos de rabia y confusión.
- ¿Por qué… no huiste…? - Le preguntó.
Alder no respondió. Solo alzó la espada para el golpe final. Pero fue entonces cuando el guardia, con un último aliento de furia, se giró y arremetió hacia adelante, empujando el asta de la alabarda con todas sus fuerzas. La punta metálica se clavó en el pecho de Alder, justo bajo la clavícula. El impacto lo levantó del suelo y lo arrojó contra la pared. La espada se le escapó de la mano y cayó con un tintineo sordo.
Alder cayó de bruces, el aliento cortado, los ojos desorbitados. La alabarda se retiró con un chasquido húmedo. No gritó. Solo tosió, una, dos veces y la sangre brotó de su boca, espesa y oscura. Su respiración se volvió lenta y entrecortada. Cada aliento era más débil que el anterior.
Y mientras el guardia, con el rostro empapado en sudor a corría a socorrer a su compañero, al que le faltaba la mano y aullaba como un animal herido, Alder se desangraba en silencio con los ojos fijos en el cielo gris de Grissenwald.
Nadie lo vio morir, no nadie lo lloró. El único testigo de su partida fue el viento, que arrastró su último aliento hacia el río… y más allá.
Día 17 de labrario del año 2052 del calendario Imperial al anochecer. Muelles de Grissenwald.
El sol se hundía tras los tejados de Grissenwald como una moneda de cobre arrojada al lodo caliente de los baños termales. Las calles empedradas, aún humeantes del vapor que subía desde las alcantarillas sulfurosas, estaban casi desiertas a esa hora. Adso y Joseph regresaban del mercado, con las capas polvorientas y el olor a hierbas medicinales y ajo pegado a la ropa, cuando el monje se detuvo en seco frente al umbral de una posada, cerca del amarre del Viento del Reik.
Joseph iba delante, contando monedas en la palma de la mano, cuando Adso lo detuvo con un gesto brusco.
- Silencio... - Murmuró, con la voz tensa como un alambre de acero.
Joseph frunció el ceño, pero obedeció.
Adso miraba hacia el interior Viento del Reik. Una sombra había pasado tras el cristal empañado de la cabina del capitán. Breve. Casi imperceptible. Pero él la había visto. Porque Adso no veía como los demás. Veía el temblor del alma antes que el movimiento del cuerpo.
- Alguien está dentro... - Dijo con los puños apretados. - Ese paso… vacila. Se esconde.
Hizo una pausa, los ojos inyectados en una mezcla de locura y devoción, escudriñando no solo el barco, sino el agua negra que lo rodeaba, las tablas del muelle, las redes colgadas, los toneles apilados.
- El mal huele distinto en Grissenwald. Huele a azufre y mentiras suaves. Pero sigue siendo mal. - Se volvió hacia Joseph, con una intensidad que rayaba en lo profético. - No entres. No aún. Déjame purificar el umbral.
Y entonces, en voz aún más baja, señaló con la barbilla hacia la proa, hacia la sombra bajo la toldilla, hacia el bote de remos medio hundido junto al casco.
- Mira. No es uno. Son muchos. Los soldados están dentro… pero también hay hombres escondidos en el embarcsdero. Otros, entre los toneles... - Se humedeció los labios, como si probara el aire. - Están esperándonos. Y no vinieron a negociar.
Se agachó ligeramente, los músculos tensos, los ojos fijos en la pasarela que conducía a la cubierta.
- Tu barco ya no es un refugio, Joseph. Es una trampa. - Y con un susurro que sonó como una oración concluyó. - Ahora… solo queda saber si somos la presa… o el verdugo.
Joseph no se inmutó. No sacó su espada. No miró con pánico las sombras que Adso señalaba. Solo apretó los labios, entrecerró los ojos y respiró hondo, como si con ese gesto pudiera arrastrar un poco de cordura al mundo desquiciado de su compañero.
- Escúchame, Adso... - Dijo, con voz baja pero firme, casi paternal. - Somos dos. Dos contra… quién sabe cuántos. Soldados, espías, mercenarios… da igual. Si Lassange ha movido ficha, ya no estamos defendiendo un barco. Estamos en el centro de su red.
Señaló con la barbilla hacia el casco, donde las luces parpadeaban en la oscuridad, donde las voces de los marineros sonaban demasiado tensas para ser normales. Joseph se giró por completo hacia Adso, mirándolo con los ojos claros, serenos, cargados de una calma que solo nace del conocimiento del peligro verdadero.
- Lo mejor que podemos hacer… es irnos. Ahora. Esta noche. - Le dijo con dolor en su corazon. - Sé que dejamos el barco, dejamos los suministros, lo dejamos todo atrás... - Con un gesto decidido hacia las Montañas.
Larguémosnos hacia las Montañas Negras. Allí nos encontraremos con los demás. - Le pidió. - No nos buscarán allí. Lassange no sabrá adónde hemos ido. - Se acercó un paso, bajando aún más la voz. - No somos héroes que defienden su fortaleza, Adso. Somos mensajeros. Y el mensaje…todavía no ha llegado a su destino.
Adso se quedó un largo momento en silencio, con los ojos fijos en la oscuridad del muelle, como si aún escuchara los pasos de los enemigos que se aproximaban. Sus dedos, que hasta entonces habían temblado se relajaron lentamente. El viento del río agitó los pliegues de su hábito y por un instante, su rostro, siempre contraído por la paranoia y la furia sagrada, se suavizó, como si la razón de Joseph hubiera logrado atravesar las murallas de su locura devota. Asintió, una sola vez, con la gravedad de quien sabe que el verdadero honor no siempre se gana en la batalla, sino en la retirada.
- Entonces caminaremos en la sombra. - Dijo al fin, tratando de sonar enigmñatico. - Porque incluso los locos saben cuándo el mundo ya no nos deja pelear… solo huir con dignidad.
Día 18 de labrario del año 2052 del calendario Imperial antes del amanecer. Partida hacia las Montañas Grises.
Las primeras horas de la noche los hallaron agazapados en un huerto a las afueras de Grissenwald, entre hileras de coles marchitas y un pequeño cobertizo de paja medio derrumbado. El aire olía a tierra mojada, humo lejano y el dulzón aroma de manzanas podridas. Adso no durmió. Se sentó con la espalda contra un poste de madera y con los ojos escudriñando la carretera cada vez que una rama crujía o un búho ululaba.
Joseph, en cambio, se permitió un breve descanso. Se recostó sobre su capa, la mano sobre la empuñadura de su daga. Tenía el sueño ligero como el de un hombre acosado desde hace demasiado tiempo. En silencio, compartieron un mendrugo de pan duro y un trago de agua del río, sin hablar, sin mirarse. No hacía falta. Ambos sabían que cada minuto en ese huerto era un regalo prestado.
Antes del alba, cuando el cielo aún era gris y las estrellas se apagaban una a una, se deslizaron como sombras hacia una granja en el límite oriental del pueblo. En el corral, cuatro caballos pastaban tranquilos, atados a una cerca de madera baja. Adso se encargó de las sogas; Joseph, de distraer al perro con un trozo de tocino que llevaba en el bolsillo. Ningún grito rompió el silencio. Ninguna alarma sonó. Montaron en la oscuridad, los estribos crujieron una sola vez, y sin mirar atrás, espolearon a los animales hacia el noreste, donde las cumbres dentadas de las Montañas Negras rasgaban el horizonte como dientes de un dragón dormido.
Detrás de ellos, Grissenwald seguía durmiendo. Delante, solo la ruta, el viento frío y la promesa de que, si sobrevivían, el mensaje llegaría.