Había escuchado a todos con el rostro serio que le había quedado tras las palabras de Durak. Una parte de ella había imaginado que el problema era bastante ajustado a lo que el enano les había explicado.
Asintió a Phineas -Hay que detener a Etelka- sentenció. Los goblins serían un problema, seguro que la mujer los habría dejado justo en el lugar preciso para no poder eludirlos, pero el objetivo real era ella, la bruja del caos.
Incluso es posible que sea un eslabón importante de lo que se cierne sobre el Imperio. Porque Gemme no olvidaba todo lo que habían vivido, y habían demasiadas casualidades que apuntaban a una gran guerra, una que les cogería por sorpresa, ya que nadie les estaba tomando en serio, y que pondría en jaque a los habitantes de bien del Imperio.
-Conocéis la montaña, conocéis las minas y Durak, seguramente puedes imaginar por dónde andarán esos goblins. Estaría bien tener un plan, algo que nos pueda ofrecer una mínima ventaja aunque sea-
No pudo evitar una mueca, apretando los labios, al oír a Liza tan decidida a entrar en combate y a mancharse las manos de sangre, esas habían sido sus palabras textuales. Desvió su mirada para buscar los ojos de Chester tras los cristales de sus gafas, la gran pregunta que se hacía era "¿Lo estamos haciendo tan mal?" pero la respuesta era bastante obvia, ¿Qué podían esperar de una pobre huérfana que se había visto llevada a huir de la ley y a luchar a muerte? Era demasiado joven, debería estar leyendo y jugando con muñecas, no con cuchillos y arcos.
Habría que mostrarle los valores correctos. Pero llegados a este punto no sé si estaría más segura en la superficie, sola, o en las minas con nosotros y esos engendros. Debería haberse quedado en el barco. Y cogió durante varios segundos aire por la nariz, llenando bien sus pulmones, para después dejarlo ir en un suspiro.
-Bien, centrémonos, no vale la pena dejarse llevar por la sed de sangre, comprendo la adrenalina de la batalla y la fuerza de la venganza, pero mantener la mente fría puede salvarnos la vida- Lo dijo en general, sabía que en grupo que conformaban algunos eran más viscerales que otros, pero allí dónde iban podían encontrarse fácilmente rodeados, sin vía de escape, eso temía, había que pensar cómo iban a hacer las cosas.
Renate resopló con los enanos épicos de pacotilla y se puso las manos en las huesudas caderas.
—¡Venga, coño! ¡Menos puñito alzado y menos putos "le cortaré el corazón con mi hacha"— imitó la cavernosa voz de Drogni — y más andar, que me aburro! ¡Os pasáis más tiempo arengándoos unos a otros que haciendo las cosas!
La vieja negó con la cabeza, como si estuviera cansada de tratar con niños especialmente idiotas, se subió el raído cinturón que mantenía malamente los harapos en su sitio y echó a andar hacia donde suponía que era. Y si no, ya le dirían algo.