La mujer parecía mayor, pasados los cincuenta, pero un delicado maquillaje y sus elegantes ropajes le hacían parecer algo más joven. Iba vestida enteramente de negro, con un largo vestido de chaqueta, sobre una blusa blanca. Su peinado iba impecablemente recogido. Un broche con el perfil de una mujer que parecía ella misma, cerrando el cuello de la blusa, era la única joya que llevaba.
-Acercáos. Bienvenidos. Gabriélle. Samantha. Ismael. Y Mikoto, hijo de Hisahito. ¿Verdad? Soy la Condesa O'Sullivan. No acostumbro a perder el tiempo en obviedades así que dejaré de perderme en ellas. Tendréis preguntas -miró a Ismael- Sobre la naturaleza, tanto de las Piedras, como la vuestra propia. -miró entonces a Sam-. Sobre el camino correcto, el que deberíais seguir ahora. Sobre vuestro papel en esta guerra -dijo mientras miraba a Dorian. Dirigió por último su mirada a Mikoto- Sobre las decisiones del pasado, y cómo tomar las decisiones futuras. Espero poder responderlas todas. Es crucial que colaboremos si no queremos que todo esfuerzo sea en vano, así que me sentiré decepcionada conmigo misma si os marcháis de aquí con dudas en vuestras mentes. Xanthus me ha mantenido informada, puntualmente, de vuestros encuentros, así que podemos ahorrarnos las puestas al día. Sé todo lo que os ha pasado en los últimos dos días. Preguntadme. Preguntadme y os responderé. Hay mucho de lo que hablar, aún más por hacer, y poco tiempo para ambas cosas.
Su voz era absolutamente autoritaria y enérgica. Casi se sintieron abrumados por el poderoso caracter de la Condesa. Su mirada era afilada, pero no agresiva. Sus labios estaban siempre ligeramente fruncidos, pero no en una mala mueca. Todo en ella expresaba lo mismo que sus palabras: no quería perder el tiempo.
3/3
Un pulsante dolor en las sienes acompañó a Mikoto gran parte del viaje. Mientras el tequila del día anterior se encargaba de recordarle el por qué debería medir siempre bien la cantidad de alcohol que bebía, Ninigi le habló en su cabeza.
-Menudo desorden tienes aquí esta mañana, chico. Tienes suerte de que a mí eso no me afecte, así siempre podré asegurarme de que no haces ninguna tontería. Al menos no ninguna demasiado tonta. En fin, vas a conocer a la Condesa. Como decía, creía que estaba muerta, pero coincidí con ella hace años, con tu padre. Ten cuidado con ella. Es decir... no me entiendas mal, no quiero ponerte desde el principio en su contra. Pero es poderosa, muy, muy poderosa. Su reino es la brujería y las sombras. Estate atento a las sombras cuando estés en su presencia. Y cuando dejes de estarlo, cuenta siempre cuántas sombras tienes. Esto es importante. Puede pegarse a alguien, tomar la forma de una sombra. No debería preocuparte si vuestro encuentro sale bien, pero si no... Cuenta siempre las sombras.
A Ismael no paraban de sorprenderle y preocuparle a partes iguales esos viajes y lugares tan extraños. Las vistas habían cambiado y él no estaba acostumbrado a paisajes tan repletos de verde, así que se dejó llevar y disfrutó de lo que le ofrecían, fantaseando mientras con la mujer que había dejado pasar la noche anterior y compadeciéndose de su compañero japonés... Con algo de envidia.
Cuando finalmente se plantaron en presencia de la Condesa se sintió forzado a reprimir una risita.
Sí que me muevo entre gente elegante... Si mi abuela me viera...- pensó dejando mostrar una sonrisa que aparentaba burlona y condescendiente.
- Por fin habla claro, "señora". El rubio nos dijo algo de salvar el mundo y reunir piedras. Entiendo que necesita de soldados... especiales - aún se le atragantaba el mencionar la palabra "dioses" -, así que vamos a empezar por quiénes sois - hizo un gesto de cabeza por dónde había salido el hombre con sombrero -, qué ganamos por pelear para vosotros y si me puedo quedar la piedra negra... - hizo una mueca burlona - Ya que el rubio dijo que no la queríais para vosotros.
Buscó con la mirada moviendo los ojos arriba y abajo, tratando de encontrar los guardaespaldas, entresijos de seguridad y demás de seguridad, y retomó la palabra.
- Ah, y si tanto sabéis, tengo dos condiciones: el nombre de la empresa que controlaba la piedra en Arizona - levantó un dedo - y un borrado completo de mi historial y el de mi familia - levantó el segundo dedo y relajó los hombros -. Ah, y una cosa más. Un par de esas pastillas nuevas del mercado para la cabeza. Los vuelos me están matando.
Se apoyó con aire poco cortés en una de las columnas y jugueteó con un abrelatas que había cogido del avión de Dorian.
Motivo: Percepción seguridad
Tirada: 2d6
Resultado: 6(+4)=10
A estas alturas, los cambios de escenario y los imposibles hechos realidad habían dejado de impresionar a Mikoto. Sin embargo, pasar de la agradable penumbra del granero al luminoso jardín envió un pulso de dolor a sus sienes. Cerró los ojos y frunció el ceño momentáneamente.
Agh... soy un irresponsable... — Pensó.
Su humor no era el más adecuado para la reunión a la que se disponía a hacer frente, pero trató de serenarse. Respirar hondo y pensar con la cabeza fría, a pesar del embotamiento que sentía.
Cuando vio dos figuras a lo lejos miró a Xanthus tenso. Dicha tensión se relajó ligeramente al ver al hombre del sombrero marcharse... sin embargo, ya había empezado a hacer cábalas.
¿Es él? No creo que tengan el mal gusto de hacerme verle pero solo en la lejanía... pero si no es él... ¿por qué se marcha? Tal vez es una persona de seguridad... En ese caso probablemente nos continue observando desde algún sitio... Voy a pensar que solo es otra persona que estaba tranquilamente hablando con ella y le ha pedido que se marche para recibirnos a nosotros... Si es la "líder" de esta gente, supongo que será una persona muy solicitada. Yo también tiendo a llenar el tiempo que tengo con el máximo numero de reuniones posibles, para ir adelantando trabajo. Si... eso debe ser...
No estaba nada convencido de que fuera cierto lo que quería creer... pero ya tendría tiempo de preguntarlo directamente. No era el momento de hacer asunciones precipitadas.
Cuando se acercaron, la condesa ejerció una gran impresión en Mikoto. Todo en ella transmitía autoridad. Su forma de hablar era concisa e incisiva.
Me gusta... En otras circunstancias habría sido una aliada política excelente... veamos si en estas puede ser igual de útil. — Pensó.
Ismael tomó rapidamente la palabra, pero ninguna de sus preguntas eran las que interesaban a Mikoto... aun, de modo que dio un paso al frente y carraspeó para aclararse la garganta.
— Supongo que sabe exactamente la información que vengo buscando. Usted y su gente quieren impedir que Héléne reúna las reliquias y destruya el mundo tal y como lo conocemos... — Hizo una pausa soltando aire por la nariz con cierta indignación. — Bonita manera de salvar a la gente la que demostrasteis en mi casa... — Miró a la Condesa directamente a los ojos, con dureza y gesto inquisitivo. — ¿Quiere que colabore con usted? ¿Qué está dispuesta a hacer por mí?
No se hasta que punto me la estoy jugando... pero no se quien es esta mujer ni si va a contestarme con sinceridad — Dijo a Ninigi — así que prefiero asegurarme de que la información que obtengo es de primera mano.
Cuando los ojos de la condesa encontraron los suyos, proyectó el espejo de Yata sobre ellos y conectó con su mente.
Motivo: Espejo espejito magico
Tirada: 2d6
Resultado: 8(+10)=18
mood pre tirada: me van a mataaaaaar jejejejeje C:
mood post tirada: eso esta mas o menos bien no? xDDDDD
La Condesa miró fijamente a Ismael cuándo este habló, y su ceja izquierda se alzó sin disimulo ante algunas de sus peticiones, pero rió suavemente ante la última. Les invitó a pasear con ella por el jardín.
-No me importa presentarme. No soy como esos mojigatos, siempre protegiendo su naturaleza, temerosos. "Conocimiento es poder". Tonterías. Poder es poder, punto. Soy Hécate. Los humanos me otorgaron el reino de las sombras, de la brujería, de la hechicería, de las encrucijadas. Estoy en las decisiones. Estoy en la duda y en la noche sin luna. Las hechiceras antiguas murmuraban mi nombre en sueños. ¡Pero tranquilos! Soy buena persona -y les guiñó un ojo risueñamente - ¿Que qué ganáis ayudándome? Bueno, aparte de salvar el mundo, proteger a la humanidad y ser héroes de leyenda... me temo que la mía es una causa un poco altruista. No tengo oro, riquezas ni mujeres... u hombres... que ofreceros. Gente en el mundo quiere destruirlo para reinar sobre las cenizas. Yo quiero impedirlo. No hay mucho más que decir. Esa "empresa", de "Arizona". Muchacho, no tengo ni idea y me importa poco. La Piedra se movió mucho de manos en los últimos años. Sus últimos propietarios fueron esos locos de Free America, los revolucionarios del sur, seguros de que a partir de su material, podrían crear super armaduras y drones que les llevaran a la victoria y bla bla bla. Humanos... Como darle a un niño la caja con las respuestas del Universo y que la use para guardar galletas.
Puedo ayudarte a proteger a los tuyos. Como habrás visto, se me da más o menos bien esconderme. No me costará hacer un apaño. Lo de quedarte con la Piedra... Queremos encontrarlas y ponerlas fuera del alcance de las manazas de Héléne. Si eso pasa por que te la quedes tú, dispuesto a vivir huyendo el resto de tu vida a fin de salvar la humanidad, me parece estupendo. Toda tuya. Pero déjanos un teléfono de contacto.
Entonces Mikoto, con gesto serio, se adelantó.
— Supongo que sabe exactamente la información que vengo buscando. Usted y su gente quieren impedir que Héléne reúna las reliquias y destruya el mundo tal y como lo conocemos... — Hizo una pausa soltando aire por la nariz con cierta indignación. — Bonita manera de salvar a la gente la que demostrasteis en mi casa... — Miró a la Condesa directamente a los ojos, con dureza y gesto inquisitivo. — ¿Quiere que colabore con usted? ¿Qué está dispuesta a hacer por mí?
La Condesa se detuvo y le devolvió la mirada. Por su rostro, siempre muy expresivo, vieron pasar una retahila de sentimientos. ¿Respeto? ¿Pena? ¿Empatía? Su tono al responder fue cauto, más calmado, sin tanta energía como antes, y aunque sus formas eran, como iban aprendiendo, directas y casi bruscas, sonaba educada y respetuosa.
-Mikoto... Tengo serias dudas de que aceptes luchar con nosotros. No soy estúpida. Soy aliada, compañera, amiga, de la asesina de tu padre. Y de su marido. Somos todos una buena pandilla. Eso no te pone en situación fácil. Tu padre era buen hombre. Hubo un tiempo en el que fuimos amigos. Todos. Estoy segura de que tengo por algún sitio una fotografía de todos nosotros, de esas que alguien encuentra años después y atribuye a quién sabe qué organización secreta. Pero Mikoto... llegó un momento en el que nuestros caminos se separaron. Decisiones, ¿recuerdas? Las encrucijadas. Es lo mío. No siempre tomamos las mismas. Nosotros nos pusimos en contra de Héléne. Él, tan honorable como siempre, decidió mantenerse fiel al final. Un camino. Otro distinto. Y de pronto, fuimos enemigos. ¿Por qué fuimos a por él? Porque fue el único estúpido que no se quedó en la madriguera de Atlantis. Porque tenía un pueblo al que cuidar. Y una familia. Su mayor tesoro, su peor debilidad. ¿Acabar con un amigo para evitar la destrucción de todo? Mañana volvería a hacerlo. ¿Me rompe el corazón? Su fantasma me perseguirá eternamente, y creéme, entiendo del tema. Puedo decirte lo siento, pero no te aliviará. Estás en una encrucijada, Mikoto. Bienvenido a mi hogar. No puedo más que mostrarte los caminos. Pero debes decidir tú. Recuerdo esa bonita espada de luz que tenía tu padre. Podrías matarme si quisieras aquí y ahora. O no. Podrías permanecer aquí, apretar los puños y rechinar los dientes, y rezar porque a la larga merezca la pena.
La tensión podía cortarse en el aire con un cuchillo, y Dorian y Sam, habían hecho intención de hablar en alguna ocasión, ahora estaban inmóviles, alternando la mirada entre Mikoto y la Condesa.
Mientras la Condesa habla, sus palabras son acompañadas por una serie de imágenes que se reflejan en el fondo de sus pupilas, y que Mikoto ve con total nitidez.
Es brutalmente sincera. Dolorosamente sincera. No hay ni un ápice de mentira en su voz. Realmente fue amiga de su padre. Realmente será atormentada para siempre por su fatal desenlace. Realmente volvería a hacerlo una y otra vez, si eso ayudase a proteger el mundo. Y realmente cree en la posibilidad de que Mikoto, en venganza, pudiese acabar con ella ahí y ahora.
Las venas de las sienes de Mikoto pulsaban dolorosamente con cada latido de su corazón, el cual, desbocado, reflejaba su agitado estado de ánimo. De todos los escenarios posibles, ese era el peor. Estaba preparado para encontrarse a una persona despreciable, una asesina de facto aunque no fueran sus manos las que hubieran ejecutado la acción... o para encontrarse a alguien que condenara el asesinato de su padre, alguien en quien habría podido confiar... incluso estaba preparado para encontrarse a una persona tan fría que su duelo y su odio le resultaran superfluos, insignificantes en la inmensidad de la batalla que estaba librando. Sin embargo aquello estaba por encima de lo que podía soportar.
Me entiende... sufre conmigo... y aun así lo justifica... ¿Por que tiene que ser así? — Pensó
Sintió el apoyo de Ninigi rozando su consciencia con levedad. Una presencia muda donde las palabras sobran. Un sentimiento reconfortante en el vasto océano de ira y desesperación. Pero no era suficiente. Una parte de él quería seguir el camino violento de los que le ofrecía la condesa...
Sería tan fácil atravesarla con la Kusanagi en este mismo momento...
Mikoto lo recreó en su mente. Visualizó su mano izquierda agarrando a la mujer por la pechera del vestido y atrayéndola hacia sí, mientras la mano derecha conectaba lo que pudiera parecer un puñetazo directo al corazón. Y después llegaba el rayo. Sentía su agradable mordedura en la piel y la hoja de luz salía, larga y majestuosa, por la espalda de la condesa. Y sus ojos... esos ojos serios y ese ceño fruncido ahora muy abiertos en una mueca de sorpresa... y dolor. Pero la idea no le otorgó la satisfacción que esperaba. Solo más rabia. Más desesperación. Más muerte. En sus manos y en el resto del mundo, en parte por su culpa. Por tomar la vida de una persona que hace el bien para saciar su propia sed de venganza.
No... — Pensó. — Yo no soy como ellos.
Extendió el brazo derecho y convocó su espada. Si el silencio había sido denso e incómodo, en ese instante la tensión se elevó hasta el límite de lo soportable. Cerró los ojos con fuerza y soltó un grito ahogado, desgarrado, sin vida. Mientras lo hacía descargó su filo de luz contra una de las columnas que sujetaban los soportales del jardín. La hoja entró y salió, como si atravesara aire, dejando un corte limpio y quemado en el mármol. La columna no se movió de su sitio, sus dos partes seccionadas se sujetaban mutuamente ancladas al suelo y al techo. Mikoto, jadeante, recogió la Kusanagi.
— ¿Matarte dices? — La voz de mikoto era ronca, desencajada, impropia de él. En parte por la resaca, pero fundamentalmente por su estado emocional. — ¿Matarte porque te odio, como vosotros matasteis a mi padre porque pensaba de forma diferente a la vuestra? ¿Porque creía en otra manera de hacer las cosas? No... lo siento pero yo no soy como tú. No creo en la pena de muerte ¿sabes? prefiero que sufras el resto de tu vida. Que cargue sobre tu conciencia lo que hiciste. Porque tú lo hiciste. Tú, que tenías la capacidad de haberlo evitado, eres tan culpable como la mano que derramó su sangre. — Hizo una pausa para respirar hondo y continuó a la carga. — Dices que volverías a hacerlo una y otra vez, te escudas en tu noble empresa, te engañas a tí misma y ni siquiera te das cuenta. ¡Él no era una amenaza! ¡Él era vuestro nexo con el enemigo! ¡Vuestro puerto seguro! Alguien que compartía vuestros objetivos. Alguien que no iba a luchar en vuestra contra... Dices que su muerte fue para evitar la destrucción de todo. Pero no es cierto. Solo fue una manera de saldar la rabia, la frustración de no haber sido capaces de matar a vuestro enemigo a traición, por la espalda, como los asesinos que sois. Haces bien en dudar de que vaya a luchar a tu lado. Ahora sé que no quiero hacerlo. Voy a regresar a Atlantis. Voy a encontrar una manera de frustrar los planes de Héléne desde dentro. Hay gente allí que me ayudará. Estoy seguro. Y voy a dejarte vivir, no solo para que sufras, sino para que un día me seas útil. Voy a apretar los puños y rechinar los dientes, y rezar porque a la larga merezca la pena.
Dicho esto, se dió la vuelta y echó a andar hacia el exterior.
— Sam, Ismael, Xanthus, creo que mejor os esperaré fuera. Podéis terminar de tratar lo que queráis con ella. Luego hablaremos, si es que queréis. — Dijo en el tono más educado que le fue posible.
Motivo: Hacerla sentir como una mierda
Tirada: 2d6
Resultado: 6(+4)=10
tiro manipulación para hacer sentir mal a la condesa xD
Las venas de las sienes de Mikoto pulsaban dolorosamente con cada latido de su corazón, el cual, desbocado, reflejaba su agitado estado de ánimo. De todos los escenarios posibles, ese era el peor. Estaba preparado para encontrarse a una persona despreciable, una asesina de facto aunque no fueran sus manos las que hubieran ejecutado la acción... o para encontrarse a alguien que condenara el asesinato de su padre, alguien en quien habría podido confiar... incluso estaba preparado para encontrarse a una persona tan fría que su duelo y su odio le resultaran superfluos, insignificantes en la inmensidad de la batalla que estaba librando. Sin embargo aquello estaba por encima de lo que podía soportar.
Me entiende... sufre conmigo... y aun así lo justifica... ¿Por que tiene que ser así? — Pensó
Sintió el apoyo de Ninigi rozando su consciencia con levedad. Una presencia muda donde las palabras sobran. Un sentimiento reconfortante en el vasto océano de ira y desesperación. Pero no era suficiente. Una parte de él quería seguir el camino violento de los que le ofrecía la condesa...
Sería tan fácil atravesarla con la Kusanagi en este mismo momento...
Mikoto lo recreó en su mente. Visualizó su mano izquierda agarrando a la mujer por la pechera del vestido y atrayéndola hacia sí, mientras la mano derecha conectaba lo que pudiera parecer un puñetazo directo al corazón. Y después llegaba el rayo. Sentía su agradable mordedura en la piel y la hoja de luz salía, larga y majestuosa, por la espalda de la condesa. Y sus ojos... esos ojos serios y ese ceño fruncido ahora muy abiertos en una mueca de sorpresa... y dolor. Pero la idea no le otorgó la satisfacción que esperaba. Solo más rabia. Más desesperación. Más muerte. En sus manos y en el resto del mundo, en parte por su culpa. Por tomar la vida de una persona que hace el bien para saciar su propia sed de venganza.
No... — Pensó. — Yo no soy como ellos.
Extendió el brazo derecho y convocó su espada. Si el silencio había sido denso e incómodo, en ese instante la tensión se elevó hasta el límite de lo soportable. Cerró los ojos con fuerza y soltó un grito ahogado, desgarrado, sin vida.
El disparo resonó en el patio y la bala se perdió en el aire.
- Apaga esa cosa, Mikoto - Ismael estaba tras el japonés, apuntando bajo con su Gruñona y con la mirada muy seria -. Aún necesito a la vieja viva - tenía la voz muy serena -; no me obligues.
Afirmó los pies en el suelo y esperó la reacción con el dedo en el gatillo.
El primer tiro ha sido claramente al aire.
El sonido del disparo sobresaltó a Mikoto que se giró lentamente para encarar el cañón de la pistola de Ismael. El filo de la espada Kusanagi restallaba y soltaba destellos en su mano derecha, deslumbrante. Miró al mexicano levantando una ceja y, de repente, soltó una carcajada.
— ¿De veras? — puso su mejor cara de sorpresa y alzó los brazos... — Pensé que me tenías en mayor consideración...
Comenzó a moverse lentamente y con los brazos en alto. Alejándose de la condesa pero sin recoger la espada. Llegó hasta una de las columnas que bordeaban el jardín y se apoyó en ella.
— Ese es "su" estilo, la carnicería. No el mío. — hizo una pausa más larga de lo habitual. Su corazón continuaba latiendo a toda velocidad. Respiró hondo y miró a Ismael. Mientras hablaba, la espada de luz se deslizaba de nuevo al interior de su brazo. — No voy a mentirte, Ismael... Estoy enfadado. Mucho... Pero verme empuñar mi espada no significa que vaya a haber derramamiento de sangre. Sin embargo sí tengo algo que decir. Y, por algún motivo, he sentido la necesidad de dejar mi... "marca".
Según dijo la última palabra, de su mano derecha, que estaba apoyada en el mármol de la columna surgió de nuevo la hoja de la espada, atravesando la piedra y desapareciendo inmediatamente para dejar un orificio chamuscado por los bordes. El sonido del fragmento de columna al desintegrarse tronó en sus oídos.
— Baja eso, anda. Solo tengo un par de cosas que decirle y me iré. — dijo mirando a Ismael e ignorando la pistola.
Después volvió a acercarse a la condesa.
— Sinceramente, me ofende que penséis que quiero matarte... — La voz de mikoto era ronca, desencajada, impropia de él. En parte por la resaca, pero fundamentalmente por su estado emocional. — ¿Matarte porque te odio, como vosotros matasteis a mi padre porque pensaba de forma diferente a la vuestra? ¿Porque creía en otra manera de hacer las cosas? No... lo siento pero yo no soy como tú. No creo en la pena de muerte ¿sabes? prefiero que sufras el resto de tu vida. Que cargue sobre tu conciencia lo que hiciste. Porque tú lo hiciste. Tú, que tenías la capacidad de haberlo evitado, eres tan culpable como la mano que derramó su sangre. — Hizo una pausa para respirar hondo y continuó a la carga. — Dices que volverías a hacerlo una y otra vez, te escudas en tu noble empresa, te engañas a ti misma y ni siquiera te das cuenta. ¡Él no era una amenaza! ¡Él era vuestro nexo con el enemigo! ¡Vuestro puerto seguro! Alguien que compartía vuestros objetivos. Alguien que no iba a luchar en vuestra contra... Dices que su muerte fue para evitar la destrucción de todo. Pero no es cierto. Solo fue una manera de saldar la rabia, la frustración de no haber sido capaces de matar a vuestro enemigo a traición, por la espalda, como los asesinos que sois. Haces bien en dudar de que vaya a luchar a tu lado. Ahora sé que no quiero hacerlo. Voy a regresar a Atlantis. Voy a encontrar una manera de frustrar los planes de Héléne desde dentro. Hay gente allí que me ayudará. Estoy seguro. Y voy a dejarte vivir, no solo para que sufras, sino para que un día me seas útil. Voy a apretar los puños y rechinar los dientes, y rezar porque a la larga merezca la pena.
Dicho esto, se dio la vuelta y echó a andar hacia el exterior.
— Sam, Ismael, Xanthus, creo que mejor os esperaré fuera. Podéis terminar de tratar lo que queráis con ella. Luego hablaremos, si es que queréis. — Dijo en el tono más educado que le fue posible.
Todos se relajaron ligeramente cuando Mikoto pareció dejar claro que no iba a derramar sangre, al menos no en aquel momento y lugar. El perpetuo desdén altivo de Dorian habia sido reemplazado por una mueca de sorpresa, alternando la mirada entre la espada de Mikoto, la pistola de Ismael y la Condesa. Xanthus también había sacado una pistola, de aspecto mucho más extraño que la de Ismael. Mikoto y Sam ya la habían visto antes, era la misma pistola con la que les disparó los rayos de luz en París hacía dos noches. Sin embargo, el rubio se relajó y se mantuvo inmóvil ante un discreto gesto de la Condesa.
-Tiene razón -dijo Sam, mientras Mikoto se marchaba -. No me apetece mucho trabajar con gente capaz de acabar sin pensárselo con un antiguo amigo. Y mis amigos están allí, engañados, creyendo que están haciendo algo bueno. Si Mikoto va a volver con ellos, yo me voy con él.
-¡Esperad! ¿De verdad creéis que Héléne os dejará volver así como así? -dijo Xanthus, mientras Sam corría para ponerse a la altura de Mikoto, que no se detenía, deshaciendo los pasos que les habían llevado hasta allí-. ¡Os matarán en cuanto os vean llegar!
La Condesa, por su parte, había permanecido inmóvil, los labios fruncidos y la mirada dura, sin inmutarse ni ante el arrebato de Mikoto, ni tan siquiera con el repentino disparo.
-Tal vez les dejen. Tal vez sea suficiente para desestabilizarles. Sólo necesitan contarles la verdad a uno de sus compañeros y será la primera pieza de dominó. Si pueden volver y detener a Héléne desde dentro, estará bien. Si no... Bueno, nosotros debemos encontrar las Piedras antes que ellos. En el peor de los casos, nos darán tiempo. Si quieren irse, déjales, Xanthus. ¿Y bien? ¿Vosotros?
Se volvió hacia Ismael y Dorian, ceja izquierda en alto, con mirada inquisitiva. Dorian, que sorprendentemente para ser ella, no había dicho nada aún, se encogió de hombros.
-Todavía no estoy segura de hasta qué punto todo eso de "salvar el mundo" es lo mío, pero si esa Héléne me ha fastidiado una buena noche y tú estás en su contra, de momento me vale. Pero... Condesa... Si tu carta de presentación ha sido "maté a uno de mis antiguos aliados porque ya no compartíamos objetivo y no me arrepiento"... No esperes que confíe en ti.
La Condesa espera la decisión de Ismael. Mikoto y Sam aún están tan cerca como para oír lo que se dice, pero después de la respuesta de Ismael, salvo que decidan quedarse, dejarán de estar presentes en la escena.
Ismael guardó el arma y escuchó entristecido. No era el primero al que escuchaba hablar del asesinato de un familiar, y nada en su mano podría cambiar la brutalidad del pasado, un determinismo extremo que se escondía en los recuerdos y arañaba el alma.
Primero se marchó Mikoto. ¿Era un cobarde? ¿Era un valiente? ¿Era un niño? ¿Era un adulto? Después se marchó la chica callada. Apenas la había conocido, pero si podía acompañar al japonés sería una buena noticia. Y finalmente Dorian, quien accedió a quedarse, dando una pizca de aliciente a la opción de permanecer junto a la Condesa.
Respiró hondo y caminó hacia ella.
- ¿Condesa? Necesito hablar algo aparte - estiró un brazo y con suavidad la tomó del hombro haciéndola caminar con él un par de pasos por el jardín - antes de tomar mi decisión - y esta vez Ismael había perdido toda la bravuconería natural en él.
Ismael caminó unos pasos con ella mirando hacia detrás mientras la acompañaba suavemente con la mano. A los pocos metros se giró de nuevo hacia ella y apoyo su mano en el dorso de la de la condesa, en un gesto de detenerse.
- Aquí será suficiente. Necesito saber dos cosas...- y la miró fijamente, algo impresionado de su aura tan de cerca.
Motivo: Juez
Tirada: 2d6
Resultado: 6(+10)=16
La Condesa accedió de buen grado a acompañar a Ismael para hablar en privado, con cara de educada curiosidad. En el momento en que su mano rozó la piel de Ismael, su mirada bajó como un rayo hacia las manos de ambos y la retiró rápidamente, mientras sus ojos se entrecerraban. Se alejó un paso de Ismael y le miró con la desconfianza reflejada en su mirada, ahora dura.
Pero había sido suficiente, un roce era todo lo que Ismael necesitaba.
Peones. Herramientas. Medios para alcanzar un fin. Eso eran todas las personas para la Condesa. Su mente era intrincada, calculadora, siempre sopesando los posibles resultados a cada movimiento, cada decisión, cada acción. Cada camino. Y siempre tomando aquel que aumentara las posibilidades de éxitos de sus planes.
Así fue su época con Héléne, la Presidenta, la que, según habían dicho, era la líder de aquellos otros Dioses que planeaban liberar los titanes. Todo era dispensable, no importaba cuántos cayeran, si el fin que perseguían era noble, como creían. Mandarían a sus hermanos a la muerte si era un sacrificio necesario.
Aunque...
Ismael notó que ese era su pasado. Ahora había cambiado. De algún modo, todo aquello se volvió demasiado.
-¡Quemarías el mundo para reinar sobre sus cenizas! ¡Aún podemos encontrar otro modo!
Vio, y oyó a la Condesa gritar, exaltada y furiosa, a otra mujer, de cabellos dorados. La reconoció por los periódicos, Héléne Fontaine, la Presidenta de la Unión Europea. La Condesa, y sus actuales aliados, habían decido que el mundo entero era un precio demasiado alto. Que deberían agotar todas las posibilidades antes de llegar a aquel extremo.
Su fin ahora era evitar que Héléne acabase con todo en busca de un nuevo renacimiento. Pero cualquier medio para evitarlo, seguía siendo válido. Así fue con la muerte de Hisahito, el padre de Mikoto, su antiguo amigo. El fin de la Condesa había cambiado. Ahora un medio para lograrlo pasaba por acabar con los que un día fueron sus aliados. Y era una pérdida asumible.
Los pecados de la Condesa eran numerosos, y pocas otras acciones los habían resarcido. Aunque Ismael notó algo más. Si realmente Héléne y los suyos querían acabar con gran parte del mundo, y la Condesa quería evitarlo... ¿sería aquella la forma de justificar todas sus anteriores acciones?
-Muchacho, no soy estúpida. Entre nosotros, un roce de la piel no puede ser casual. Pregunta lo que quieras saber y déjate de juegos. Si es que no lo sabes ya.
Su voz y su mirada eran gélidas, ambas taladrando a Ismael.
Mikoto, seguido por Sam, volvió sobre sus pasos y juntos, salieron de nuevo al exterior de aquel extraño jardín. Cruzaron la puerta por donde entraron y, al volverse, aquel sucio y sencillo granero volvía a alzarse frente a ellos. Sam abrió la puerta de nuevo tras cerrarla a sus espaldas. No había ni rastro de aquel luminoso lugar, sólo el oscuro interior con olor a cerrado del granero.
Volvió a cerrar la puerta y miró a Mikoto, preocupada.
-Mikoto... ¿De verdad piensas volver a Atlantis? Tienen razón, posiblemente nos liquiden en cuanto nos acerquemos. ¿Tienes algún plan? Porque yo... bueno, llevo estos días dándole vueltas a una idea. Si te soy sincera, he estado a punto de hacerlo varias veces, para marcharme, para olvidarme de todo esto, para volver a mi vida anterior.
Sam andó unos pasos, mirando hacia el lago que destellaba a cierta distancia de allí.
-Uno de mis... dones, o habilidades, o lo que sea esto que tenemos es... Bueno, desaparecer. Quiero decir. No me vuelvo invisible ni nada de eso. Simplemente... desaparezco, de la Historia. Todo el mundo deja de recordarme. Se borra cualquier rastro de mí. Vuelvo a empezar. Supongo que en realidad llevo haciéndolo toda mi vida, sin saberlo. Nunca me he quedado mucho tiempo en un mismo sitio, siempre viajando, siempre recomenzando, siempre... siempre dejando a todo el mundo atrás.
Entonces se volvió hacia él. Mikoto se dio cuenta de que en realidad no sabía nada de ella, de su vida anterior, de quién era esa chica callada que tenía delante.
-Podría hacerlo ahora. Todos me olvidarían, pero yo no olvidaría nada. Podría volver a Atlantis, como alguien nuevo, y conseguir que me creyeran, avisarles. Quizás sería más seguro. Aunque... Mikoto... tú me olvidarías también. Y olvidarías esta conversación. Y posiblemente, sin saber que yo nunca he existido, tratarías de volver con tus propios medios. Así que si hacemos esto, tenemos que encontrar una forma con la que podamos cuidar el uno del otro...
-No eres estúpida, pero has sido imprudente -aguantó la mirada y sonrió apenado-. Existen códigos. Y en nosotros están aún más enraizados, a veces somos el origen de ellos -sentía que era él y no era él, a la vez, el que hablaba-. No importa el por qué, hay líneas que jamás se cruzan. ¿O acaso no hemos sido nosotros exigentes con los humanos al pedirles sacrificios ignorando sus tribulaciones? -miró al fondo del patio y suspiró-. Compartimos un objetivo, pero no vuestra moral de conveniencia. Así que si de verdad quieres detener a Helene, demuestra que no eres una cobarde. Dime cómo. Y después de eso, cuando evitemos la pira del mundo... -miró a su corazón- Te mataré. A ti y a cada encarnación de ti que venga. Hasta que pagues por la cobardía que impregna tu alma.
Se acercó un paso y de su bolsillo extrajo una libreta.
- Si quieres que trabajemos juntos, anota cómo encontrar las piedras y a Helene. Pero lo haré a mi manera. Deja está lucha a gente dispuesta a ir a la guerra de verdad -casi como si escupiera esto último, sintió que algo primario e intenso gritaba ansiosamente dentro de él.
La guerra... El castigo y el premio de la raza de los necios, de los humanos...
Mientras andaba, Mikoto comenzó un ejercicio de respiración controlada. Inspirar... Espirar... Había desatado todo lo que bullía en su interior y ahora que había dejado todo claro y se dirigía camino de la salida, esperaba al menos sentirse aliviado. Pero no era así. Estaba nervioso. Incómodo. Inspirar... Espirar... Sabía que había hablado demasiado deprisa de volver a Atlantis, ya que no tenía un plan concreto, solo vagas ideas de como hacerlo. Sin embargo estaba seguro de que estaba tomando la decisión correcta. De que pasara lo que pasara, al menos su conciencia estaría limpia. Inspirar... Espirar... Oyó a Sam ponerse de su parte y echar a andar tras el. Redujo el paso casi imperceptiblemente para que no necesitara correr para alcanzarle. Inspirar... Espirar... Su pulso estaba regresando a valores normales. No estaba relajado, pero al menos la ansiedad se había diluido.
Si al menos este dolor de cabeza se fuera... — Pensó molesto.
Sam llegó a su altura y ambos continuaron andando sin intercambiar palabra hasta que estuvieron de nuevo en el campo, en el exterior del granero. Antes de nada, recordando la advertencia de Ninigi, se fijó en su sombra y suspiró aliviado al no ver nada fuera de lugar.
Aun así... tendré que andar con pies de plomo. No creo que esta señora sea mi mejor amiga ahora mismo. — Pensó.
Entonces Sam tomo la iniciativa y explicó a Mikoto su idea. Éste se sorprendió. No contaba con que Sam tuviera un as en la manga tan poderoso, era sin duda interesante... pero había que hacerlo bien. Sintió como su cerebro se ponía en marcha como una locomotora vieja y chirriante, en lugar del rápido y silencioso tren magnético al que estaba acostumbrado.
Si todos vamos a olvidar que ella existe, lo más importante es buscar la manera de conseguir que confíe en ella. — Se detuvo momentáneamente. — ¿Quiero confiar en ella? — Se quedó mirándola un instante y tomó una decisión. Tal vez no la más razonada de su vida, pero en momentos críticos, hay que tomar decisiones con la intuición. — De acuerdo, si... estamos en el mismo barco, tenemos los mismos objetivos y los mismos enemigos. Y además estamos solos. Si hay alguien en quien puedo confiar... esa sería Sam. — Sonrió y se dirigió a ella:
— Eso es... sencillamente perfecto... nunca sospecharán de ti porque no tendrán ni idea de quien eres. Solo necesitamos una manera de decirle a mi yo del futuro que, aunque no sepa quien eres, eres de fiar... Explícame un poco mejor como funciona. Por ejemplo, si yo escribo una nota para mi mismo y me la guardo en el bolsillo ¿Olvidaré haberla escrito pero seguirá ahí o simplemente desaparecerá con el resto de las cosas que puedan relacionarse contigo?
No tenía muchas esperanzas de que algo tan simple como una nota funcionara. De hecho sería un problema si Héléne llevaba algún tipo de registro de los dioses que había conocido... pero, en cualquier caso, una posible solución empezaba a perfilarse en su mente.
Motivo: cosas del master
Tirada: 2d6
Resultado: 5(+5)=10