- Yo también me alegro de verte Gemme. - Le dijo con una amplia sonrisa ante su nulo saludo y su cara de asombrio. - Sí, pasemos... - Respondió Joseph. - Estamos realmente agotados.
Miró a Adso de arriba abajo. Él no parecía ni cansado. Aquel joven era todo un portento físico. Si su mente no le jugara malas pasadas día sí y día también, muy posiblemente habría llegado a dirigir algún templo de Morr o quien sabe si hubiera llegado a hacer carrera militar como general de algún ejército imperial. No obstante, Adso tenía una visión muy particular del mundo y lo que le rodeaba, que hacía que aquel joven monje, no fuera del todo funcional.
Adso entró en la torre con paso lento y con los ojos fijos no en Gemme, sino en el aire que la rodeaba. Se detuvo a dos pasos de ella, inclinó la cabeza como si escuchara voces bajo el suelo y alzó una mano huesuda, señalando primero a un rincón vacío, luego a la pared y finalmente al techo.
- Saludos hermana. - Dijo, sin mirarla directamente. - Veo que ya has llegado… aunque no estás sola. - Hizo una pausa, parpadeó lentamente. - Hay personas aquí que no son quienes dicen ser. Y hay otras dos que estuvieron aquí, pero aún caminan por estos muros. - Señaló el suelo con la barbilla mientras caminaban hacia la estnacia donde descansaban los heridos. - Uno lleva el rostro de un clérigo y otra sonríe como amiga, pero guarda un cuchillo traicionero...
Gruda miró con extrañeza a Adso, aunque éste no le devolvió la mirada, ya que parecía muy interesado en seguir a aquellos que sólo él podía ver. La sanadora miró de reojo a Gemme con preocupación, pues el comportamiento de aquel joven, le empezaba a preocupar.
- ¿Tienes pan? El camino me dejó hambriento… y los muertos no comparten. - Exclamó finalmente como y como si acabara de recordar algo trivial, sonrió con dulzura.
Joseph miró a su alrededor con una mueca de asco. El suelo estaba cubierto de escombros. Manchas oscuras, de sangre, orina o algo peor se extendían por las paredes y los restos de muebles rotos y jaulas oxidadas se amontonaban en los rincones. Incluso el aire olía a podrido. Normal... pues estaba todo lleno de cadáveres de goblin, que dificultaban avanzar por el patio y las escaleras.
- ¡Por Sigmar… qué desastre! - Exclamó sacudiendo la cabeza. - Parece que nos perdimos una buena fiesta aquí...
Luego, por primera vez se fijó ena Gruda, que caminaba de regreso a la habitación que utilizaban como enfermería junto a Gemme, muy pegada a ella. Se acercó con paso firme pero respetuoso, se inclinó ligeramente y le tendió la mano.
- Soy Joseph Quartjin, de Altdorf. Capitán del Aurora, aunque ahora solo soy un hombre sin barco y con demasiados enemigos. - Se presentó por fin. - Él... - Suspiró y señaló con la mirada a su acompañante. - Él es Adso...
- Gruda Helsdottir. - Respondió, quizás algo seca. - No soy de aquí.
Mientras Joseph se volvía para tratar de que Adso avanzara y se moviera con un mínimo de normalidad. Gruda se acercó aún más a Gemme y en voz baja le susurró algo al oído.
- Ese chico… Adso, ¿no? - Hizo una pausa, observando cómo el joven monje seguía murmurando a las sombras en un rincón. -
¿Está loco o realmente ve cosas que no deberían verse?
Gruda esperó la respuesta, mientras mantenía la mirada fija en Adso, quien ahora sonreía a una grieta en la pared… como si alguien le hubiera contado un secreto.
Joseph entró en la habitación y al ver a Eka tendida en el camastro, pálida, con vendas manchadas de sangre seca y la respiración débil, todo el cansancio del viaje pareció caerle encima como una losa. Se acercó sin hacer ruido, se arrodilló junto a ella y con una ternura que pocos le conocían, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
Luego se sentó en la misma cama de Eka con delicadeza, para que la joven ahora inconsciente, casi ni lo notara.
- Alder murió en Grissenwald... - Dijo sin mirar a nadie en especial, pues manteía los ojos fijos en las manos de Eka. - Trató de escapar de Lassange en el muelle. Alder luchó… luchó como un maldito león. - Hizo una pausa y tragó saliva. No lo consiguió. - Suspiró con tristeza. - Nosotros estábamos en el otro lado del dique. Vimos todo. Pero no pudimos hacer nada. Los hombres de Lassange habían tomado el Aurora.
Calló un momento.
- Seguimos vuestro rastro desde entonces. - Miró a Gemme finalmente. - ¿Dónde están los demás? ¿Y Chester?
Gemme se sonrojó levemente, avergonzada, cuando Joseph le dijo "Yo también me alegro de verte", pues le hizo darse cuenta de que había tenido poco tacto al recibirles. Sin embargo, cuando entraron en la torre podrían ver lo que había allí y tal vez comprender mejor por qué ella había reaccionado así.
-Nos vimos atrapados en este lugar, tenemos dos heridos graves y hasta que no repongamos fuerzas no podré recurrir a Sigmar para que me conceda su favor- Le habría gustado poder ofrecerles una sopa caliente, ¿tal vez la cocinera tuviese a bien preparar algo? A fin de cuentas, no importa cuánto se cocine ni lo bien que se haga si nadie lo va a tomar.
Sonrió levemente a Gruda. -Tranquila, es inofensivo- o casi . Lo cierto es que Gemme no tenía ni idea de si desvariaba o realmente veía cosas, seguramente veía cosas por sus desvaríos, pero tratar de comprender el caso de Adso consumiría mucha energía y tiempo, un lujo que la sacerdotisa no podía, ni quería, permitirse.
Subieron, Quartjin vio a Eka, Gemme esperaba que resistiese hasta que ella estuviese lista, no les iba a dejar morir, tan solo necesitaba un poco de tiempo. La muerte de Alder le pilló por sorpresa, no pudo disimular que le afectaba. En su fuero interno había tratado de convencerse de que el pícaro habría logrado escapar de los guardias en algún momento, que algún día sus caminos volverían a encontrarse.
-Lo lamento Joseph, lamento todo, la muerte de Alder y que perdieses de nuevo tu navío- Aquel hombre les había dado más de lo que nadie le había pedido, le debían demasiado. - Chester y el resto han ido a las minas, querían tratar de rescatar a los enanos que quedasen allí cautivos, o, en su defecto, enterrar sus cadáveres para darles un descanso digno...- apretó un poco los labios, ella seguía pensando que había sido una partida inútil, nada les aguardaba ya en las minas -Aquí quedamos nosotros cuatro y Lyza, la niña está descansando, hemos tenido una noche movida- Con cuatro se refería a ella, Eka y los dos jóvenes: Gruda y Hansen.
-¿Cómo estáis vosotros?-
- Pues cansados. - Quartjin sonrió. - Hambrientos también, pero más cansados que otra cosa... - Repitió.
El aspecto de aquel hombre era un tanto diferente. Su barba, antes bien recortada, había crecido bastante. Por otra parte parecía haber perdido algo de peso y sus ropas... bueno, sus ropas estaban sucias y algo harapientas. Sin duda alguna el camino había sido largo y duro.
- Iría a esas minas que dices a ayudar, pero... - Resopló. - Estoy al límite de mis fuerzas...
- Habla por ti, Joseph... - Intervino el monje de Morr. - Yo estoy bien. Ha cultivado mi cuerpo y mi mente. Puedo controlar el cansancio y el hambre. No siento ni una cosa, ni la otra. - Afirmó con rotundidad.
Hizo una pausa. Sus ojos, oscuros y algo desenfocados, se fijaron en un punto del aire sobre el hombro izquierdo de Joseph.
- Además… - Añadió bajando la voz hasta casi un susurro. - ...el hambre no es mía. Es de los que aún comen. Los muertos ya han terminado su plato. Y los que están entre… bueno, ellos solo esperan que les sirvan.
Se acercó un paso más hacia Joseph.
- ¿No lo oyes? - Preguntó, pero nadie le respondió. Miró a Joseph directamente con una sonrisa casi infantil y algo inquietante. - Quizá por eso no tengo hambre.