Hertfordshire había quedado libre de vampiros.
Caroline y su séquito habían terminado por abandonar el lugar, viendo en la marquesa, su hermana y el doctor, una amenaza real a la cual, si bien podían enfrentarse, suponía un peligro para su propia existencia. La presencia de Wickam constituía también un elemento distorsionador al cual consideraba tendrían que enfrentarse antes o después, pero que resultaba mejor hacer en condiciones más ventajosas.
Pero aquel animal salvaje de Wickam, había abandonado la vida terrenal a causa de su propia arrogancia, la misma seguridad y certeza que le había hecho mantenerse con vida y disfrutar de cada segundo de su existencia. Su jugada, al convertir a Barnaby en su propio esclavo antes de que lo hiciera la condesa, había quedado en nada, por el exceso de seguridad que había mostrado en salir indemne de cualquier enfrentamiento, sobre todo, ante la marquesa.
Effie tardaría dos meses en recuperarse completamente. La sangre de Wickam, aún debilitada, aún tardaría en ser destruida completamente, dejando a su paso temblores, episodios de fiebre, y sobre todo, intensas pesadillas.
La pérdida de buena parte de su mano pareció no incomodar a la joven, que procedió a cubrir con un elegante guante de seda verde que jamás se quitaba.
Sería un recordatorio para toda la vida del sacrificio que había estado dispuesta a hacer, con tal de salvar la vida de su hermana e impedir algo que la habría arrastrado definitivamente al infierno: la pérdida de Judith.
Pero su vida iba a quedar marcado desde ese preciso momento, eso era algo que ella, y también Judith y Elías, sabían.
La caza de vampiros no había acabado. El doctor era un cazador incansable y todo un seguro cuando se trataba de atajar de forma importante los efectos del vampirismo, y junto con Judith, y la determinación de Effie, formaban un equipo único y temible.
Effie estaba satisfecha de ver como el doctor y Judith estaban cada día más cerca el uno del otro. Su hermana tenía una oportunidad de ser feliz, pensaba.
Además, ellos tres irían en busca de aquel grupo que se les había escapado de entre los dedos y eso le hacía sentir más segura respecto al futuro, al menos en lo que a los vampiros se refería.

* * *
Las gotas caían al suelo a una cadencia casi regular, creando la sensación de que el tiempo transcurría muy despacio. Para cualquiera, habría sido algo capaz de desesperar, pero para Obadiah Barnaby, suponía un estado de calma que le ayudaba a controlar su ansiedad.
Desde la muerte, o el exterminio, más bien, de su maestro, su naturaleza no solo no se había repuesto sino que había empezado el camino de la absoluta determinación.
Obadiah solamente pensaba en una sola cosa: venganza.
Aquel grupo había matado a su maestro y él estaba decidido a morir, si era necesario, para satisfacer el hambre de su alma, antes de perderla completamente.
Y para ello, había recorrido calles oscuras, soportado condiciones intolerables para cualquier ser humano, y se había alimentado de cualquier cosa que fuese animal, desde ratas hasta los insectos más nauseabundos. Pero no lo hacía porque sí, o a causa de una desviación de lo que le restaba de humanidad, sino porque había desarrollado un enorme desprecio por cualquier ser humano, evitando su contacto, mientras buscaba lo que necesitaba.
Nosferatu.
En sus viajes, había prestado oídos a los rumores y las leyendas, y después de varios años de viaje, había conseguido descubrir el origen de las mismas. Aquella criatura, a la que llamaban Nosferatu, podía ser el vampiro primigenio, el origen de aquella "infección". Poco a poco, rumor a rumor, pesadilla a pesadilla, fue avanzando y acercándose, hasta que una noche, logró su primer objetivo.
Aquella noche, entró en el lugar indicado, una vieja cueva abandonada, y su olor despertó a la bestia.
Pero Obadiah no tenía miedo. Llevaba con él una propuesta que esperaba fuese suficiente para ayudarle en su empeño. Había practicado aquel encuentro en su cabeza, cientos de veces, pero cuando la criatura se colocó delante de él, con aquellas extremidades extendidas, apenas fue capaz de articular palabra.
-Y-yo... soy...
-Ssssseeeee quién eresssssss.
Su voz siseaba como la de una serpiente, y su rostro era terriblemente inquietante. Pero Obadiah continuó avanzando. No entendía cómo era posible que lo supiera. Ignoraba la capacidad telepática que existía entre aquel ser primigenio y todos los que había convertido, sus hijos.
-Vengo a pedir... a suplicar, vuestra ayuda para acabar con aquellos que están combatiendo y matando a vuestra... especie.
-Lo ssseeeee. Tú ssserássss mi herramientaaaaaa. Veeeeen.

La mano de aquel ser se posó sobre la cabeza de Obadiah... y todo cobró sentido para él. Su camino nunca volvería a estar cubierto de sombras. Más bien, las sombras caerían sobre sus enemigos... hasta acabar con ellos y llevarlos a la oscuridad.
Podéis añadir lo que consideréis conveniente o dejarlo así. A vuestra elección ;)