Partida Rol por web

Orgullo y prejuicio... y vampiros

FLASHBACKS

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09/12/2025, 23:51
Audrey Jones

La tenue luz de la callejuela parpadeó un momento. Fue como si la llegada de aquel hombre le causara a la vela más escalofríos que la propia niebla que empezaba a cernirse. Producto no solo de la nocturnidad, sino de los humos y el mal olor de las alcantarillas -¿Disculpe?- frenando sus pasos con un ligero resorte en los mismos, Audrey se detuvo en mitad de la acera. Su redondita cara mostraba cierta perplejidad y tensión. La forma en la que agarraba el ramo lo ratificaba -¿Qué le hace suponer que no soy de esta parte de la ciudad? ¿Y por qué no me cree capaz de caminar sola?- apenas una rápida mirada de arriba abajo servía para fijarse en detalles como los bordados del vestido. Esos filos, ahora manchados por la reciente suciedad, no portaban manchas ni barro por debajo de la misma. La indumentaria de la joven olía a impoluto, y su recogido se notaba que había sido peinado. Tampoco tenía marañas como el de otras muchachas que debían trabajar de sol a sol.

Carraspeando la garganta, Audrey por su parte se fijó en que a la indumentaria de aquel hombre no se le apreciaban roturas ni agujeros. Sus manos se veían limpias. Tal vez fuera uno de los tantos “buenos esposos” que mostraban una vomitiva vida perfecta en familia, y luego acudía a los barrios bajos en busca de un local donde encontrar un poco de compañía –Mire, no sé con quién se piensa que está hablando, pero no será necesario que me guie.

-Gracias.

El retintín del “gracias” y la sonrisa falsa que le dedicó después de mirarlo de arriba abajo con un descaro casi lapidándole, demostraron que su oferta había sido declinada con éxito. Audrey no contó con que la pararían, por muy probable que fuera en realidad. Así que no pretendía que un desconocido de, váyase usted a saber dónde, le asaltara por la calle y se fueran juntos cantando.

Dándose la vuelta con aires de “a por otra cosa mariposa”, la joven Jones ni realizó una reverencia, ni se despidió, ni nada. Cogida al ramo que seguía apretando contra sí, estiró hacia debajo de la capucha para que la tela le cubriese y generara más sombras en el rostro.

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10/12/2025, 11:35
Fitzwilliam Darcy

Darcy parecía absorto y ausente mientras leía uno de sus libros recostado en uno de los sillones pero en realidad prestaba atención a cada palabra que Caroline pronunciaba y a las replicas de Charles.  El paso silencioso de las hojas parecía sosegado de alguien que sin duda pensaba cada uno de sus movimientos algo a lo que se había acostumbrado mucho antes de convertirse en vampiro y tener una eternidad por delante.

- Meryton es un lugar bastante tranquilo, apenas un par o tres de familias destacan de las demás y están lejos de la alta sociedad, Los Philips y los Lucas son las dos familias quizá más respetadas, los Bennet también son una familia acomodada pero ninguna de ellas es realmente pudiente.

Fitzwilliam ni siquiera había levantado la mirada de su libro el cual seguía leyendo, sin duda Darcy había hecho los deberes y había investigado por su cuenta la localidad.

Parece un lugar lo suficienemente tranquilo para pasar desapercibidos, pero igualmente tranquilo para no pasar por alto cualquier anomalía - fue en ese momento cuando levantó su mirada para mirarles a ambos con una mirada directa - será mejor que andemos con cuidado en la ciudad, es una localidad pequeña donde prácticamente todos se conocen por lo que nuestra presencia debería ser cuidadosa.  Sabéis que respecto a los humanos pero en esta ocasión os imploró mayor prudencia que nunca.

Fitzwilliam no veía a los humanos como simple comida o siervos sino que quería seguir siniéndolos como iguales quizá por el sentimiento de culpa que nunca le abandonaría.

- Creo que podremos ayudar a la localidad facilmente lo cual nos pondrá rápidamente en una posición ventajosa, podemos cerrar algunos buenos negocios aquí lejos de las miradas de las grandes ciudades un buen lugar para ocultarnos cuando las cosas se compliquen en otros lugares.

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13/12/2025, 18:05
George Wickam

Un par de años antes de llegar a Merynton


Las fiestas eran acontecimientos sociales que, para sus asistentes, eran mucho más que simples acontecimientos en donde se produjesen encuentros fortuitos, sino que constituía un momento de auténtica revelación para toda la vida social que se desarrollaría en los meses siguientes.

Resultaba divertido contemplar los fatuos esfuerzos por llamar la atención de los hombres, buscando matrimonios que mejorasen sus situaciones económicas, ya fuese ofreciendo a sus hijas como sacrificios rituales, o vendiéndose ellas mismas al mejor postor.

Magnífico ejemplo de rituales primitivos, en tiempos modernos.

Me paseaba entre hombres y mujeres, aspirando el aroma de la necesidad y la mezquindad, combinadas con precisas dosis de hipocresía y lujuria contenida, con una sonrisa en los labios y una copa llena de vino hasta la mitad, simulando así estar disfrutando de los exquisitos manjares que ofrecían los anfitriones, algo que no distaba demasiado de la realidad, aunque eran otras las delicias que me hacían disfrutar... y que esperaba lo hiciesen más adelante.

Cuando los ojos de alguna dama se fijaban en mí, por supuesto me detenía para contemplarlos y permitir que mi sonrisa llenase los espacios vacíos, siguiendo los comentarios insulsos con respuestas que acariciaban las sonrosadas mejillas y tímidas miradas. 

Y cuando mis ojos lograban el objetivo de desvanecer su resistencia, me aseguraba de que nada malo les ocurriese. Estaba tan confiado en mi habitual conducta, que tardé en percibir su presencia a mi alrededor. Lentamente, me fui deteniendo, sin volverme, esperando que diese el primer paso.

-Señor Davenant -respondí, volviéndome con suavidad hacia él. 

Sus facciones apenas reaccionaron al verme directamente, pero percibí la tensión en su cuerpo, tanto como en el mío, pues pocas veces dos depredadores que se encontraban tan cerca no preparaban instintivamente sus cuerpos para una posible confrontación.

-Ese es el tipo de pensamiento que debería aplicar en usted mismo, señor Davenant. Después de todo, es cuando estamos más acompañados, que pasamos más desapercibidos, ¿no lo piensa así?

Coloqué mis manos a la espalda y me mantuve inmóvil, mientras Ambrose parecía decidir qué hacer a continuación. Por cortesía, siempre cedía las blancas en las partidas de ajedrez, aunque mucho me temía que hacer trampas formaba también parte de mi idiosincrasia, por lo que no solía aguardar los turnos.

-Ah, sí. Londres siempre inunda nuestros pulmones con aire contaminado y nuestro vestuario con el hollín de las fábricas, pero precisamente por eso es mejor mantenerse a cubierto, que es donde se encuentra además la mejor compañía -le dije, mirando alrededor y relajando la postura, girándome también para contemplar el río -. Siempre me ha divertido ver como los humanos suelen combinar la elegancia de los vestuarios más exquisitos con la pobreza más cruel. Hace que resulte todo tan... insignificante.

La música continuaba sonando de fondo, como si quisiera recordarnos que nos encontrábamos en una fiesta, pero había poco de fiesta entre nosotros, y más de una exploración de intenciones.

-¿Es que ya quiere que me marche, Ambrose? -le pregunté, tuteándole para disminuir la posible sensación de superioridad que pudiera albergar, chasqueando la boca como si estuviese regañándole, sin permitir que la sonrisa me abandonase -. No es indiscreción alguna, Ambrose, pero verá, no podría darle una respuesta. Soy un hombre que se deja llevar por donde le lleva el viento y no sabría decirle en dónde estaré mañana. Además, mi presencia es siempre un soplo de aire fresco para las damas de Londres y un caballero nunca decepciona a una dama.

Pero en aquella pregunta, había mucho más.

Lo percibía.

-Oh, no debe temer por mi presencia, Ambrose. Dígame que es lo que tanto le interesa, y procuraré buscar en otro lugar. Ya sabe que siempre que puedo, intento evitar confrontaciones... a no ser que me sienta presionado. En esos casos... en fin, me temo que suelo perder el control.

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18/12/2025, 16:05
Ambrose Davenant

La ropa de Davenant no sólo era de una calidad casi exquisita, sino que se veía entallada a la perfección y en tonos de moda, con cortes impropios de Inglaterra y más cercanos al gusto francés. La tela estaba tratada y cuidada, las costuras discretamente ocultas, y el sombrero recordaba más a la elaboración característica alemana que a la londinense.

De fondo, el olor de fábricas, los establos y algunos humos se mezclaba con el perfume cítrico de Ambrose: bergamota y almizcle cuidadosamente medidos para no resultar ni demasiado agresivos. Para su nariz destacaba el matiz inequívoco de la limpieza y del jabón de alta calidad que pocos en aquellos barrios podrían permitirse. Y lo mismo ocurría con ella.

Las palabras cortantes de la señorita le habrían bastado a cualquier otro caballero para dejarla marchar con una inclinación de cabeza y un pensamiento resignado. Ambrose, en cambio, decidió acortar un poco más la distancia.

Cuando Audrey se dio la vuelta, apurada por retomar su camino, él ajustó el paso para colocarse de nuevo cerca pero sin llegar a invadir el margen de cortesía. Sus botas sonaron firmemente sobre el empedrado. Le sonrió de lado, aunque la capucha impidiera que ella alcanzase a verlo, y dejó que su voz cálida y afable tejiera de nuevo el contacto.

Oh, por favor, no era mi intención ser grosero — concedió sin deje de ira o enfado — Es evidente que es una muchacha decidida e impetuosa, capaz de manejarse en lugares tan… particulares como estos. Sería imprudente por mi parte subestimarla.

Hubo en sus palabras un leve matiz de ironía amable, casi un guiño a su carácter, antes de que suavizara el tono.

Pero me temo que lo que podría encontrarse por estas calles es mucho menos delicado que usted: pendencieros, gente sin escrúpulos… criaturas bastante menos educadas que un desconocido mal elegido — añadió con una ligera inclinación de cabeza apropiándose sin esfuerzo del papel de ese desconocido — Yo, por mi parte, estaría encantado de acompañarla, aunque sólo fuera unos cuantos pasos.

No había duda en su voz, pero sí una insistencia discreta tejida con la naturalidad de quien está acostumbrado a que le concedan lo que pide. La observó un instante más, permitiendo que la propia calle le ayudase en su objetivo: el farol tembloroso, la humedad empezando a calar y el eco lejano del mercado marcando la obvia distancia.

Su vestido y su forma de caminar hablan por sí solos, señorita. No necesito conocer su nombre para saber que no es habitual verla aquí a estas horas — continuó, sin interponerse en su camino — Permítame, al menos, presentarme: soy Ambrose Davenant, recién llegado a la zona — hizo una brevísima pausa antes de añadir con un tono más suave — Si insiste en que no la acompañe, no voy a contradecirla… pero espero que no le moleste que mantenga una cierta distancia tras usted. Considerémoslo una mera coincidencia de trayecto hasta la plaza. Créame, será más fácil convencer a Hertford de que la trate con la cortesía que merece si hay alguien para recordárselo.

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08/01/2026, 17:53
Audrey Jones

Ni haberse escondido bajo la capucha, ni la frialdad con la que había dado por finalizada la conversación, parecieron ser suficientes para que Ambrose dejase de insistir en su afán por protegerla o, tal vez conocer algún tipo de información sobre quién era ella y qué hacía por esas calles.

-Para no pretender ser grosero, tiene habilidades innatas a la hora de invadir el espacio personal de la gente, señor- habiendo tenido que parar otra vez sus pasos (y a pesar de ocultar en un noventa por ciento su rostro tras las sombras), en Audrey se apreciaba una molestia avivada por la presión de encontrarse con Daisy –Agobiar a una joven no es de lo más galán. Como tampoco lo es la ironía –la joven Jones se sentía casi atacada, y eso que cualquier otra dama en su situación, posiblemente pensaría que tener a una figura masculina que velara por ella era casi lo mejor que podía pasarle dados los múltiples ladronzuelos de la zona.

Cruzándose de brazos se le cayeron un par de pétalos. Audrey no era una dama “normal”, y no contempló que su indignación no estuviera bien fundada, pues si el tintineo de la luz ya provocaba de por sí una especie de aviso, ver a un posible extranjero restándole con una suave sonrisa la potestad para ser independiente, su respuesta corporal y verbal solo barajaría el “no” -Permítame a mí insistir en la declinación de su oferta. Lo mismo hay otras muchachas ansiando que las velen hasta el final de la calle –ahora la ironía se hizo evidente en su cortante respuesta. Audrey disponía de tacto cero –Tenga suerte en su búsqueda.

Ante la despedida inminente, una ligera brizna de aire le removió la capa y echó algo atrás la capucha en la que pretendía seguir camuflando su estatus, cara y hasta el apellido Jones. Si Davenant era nuevo en Hertford cabía la posibilidad de que se cruzasen otra vez, y ella no quería que la reconociese por el flequillo u otra cosa, así que Audrey cogió rápido el filo de la misma y salió apresurada hacia la iluminada calle comercial tratando de recolocarlo sin que se le cayesen las flores que, con cada tirón, iban perdiendo más pétalos.

Notas de juego

Escena finalizada

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05/03/2026, 00:45
Ambrose Davenant

Ambrose escuchó sin interrumpir. Dejó que el señor Wickam se entretuviese en su diagnóstico de la humanidad y sostuvo la media sonrisa sin darle el gusto de una réplica inmediata. En un salón así cualquier reacción era un regalo. Y los regalos, por costumbre, se entregaban cuando uno quería — Tiene usted un talento particular para llamar “primitivo” a todo lo que, en el fondo, le resulta útil — dijo con suavidad — Estos rituales, como usted los llama, tienen una virtud incuestionable: hacen que la multitud mire donde se le indica… y no donde no debe — No apartó la vista del río — Y en eso coincido con usted: cuando estamos acompañados, pasamos más desapercibidos. Siempre que sepamos acompañarnos bien — 

La música seguía filtrándose desde el salón, constante, casi obstinada en recordarle a todos cuál era el papel correcto que interpretar. Ambrose tenía claro que no era un peón como la gran mayoría de los presentes.

Respecto a su pregunta… no, no deseo que se marche. Le sería más fácil a Londres si usted lo hiciera, pero no es mi intención facilitarle nada a la ciudad esta noche — Giró al fin hacia él midiendo la distancia como había hecho desde el principio. Era el delicado protocolo que se debía respetar — Sin embargo, permítame una observación práctica. Aquí no hace falta un crimen para que nazca un escándalo. Basta con una galería, una señorita sin compañía y un caballero con demasiada libertad en los gestos. Ya sabe cómo funciona: la etiqueta no castiga el pecado; castiga lo que parece pecado — Su mirada se desvió un segundo, lo justo para incluir a la muchacha y cualquier posible curiosidad al otro extremo del pasillo. No añadió nada más. En los bailes un abanico podía ser un aviso.

Cuando volvió con la mirada a Wickam, el gesto seguía siendo igual de amable — Me ha dicho que mañana podría estar en otra parte. Lo comprendo. Pero hay vientos que no soplan solos: una invitación concreta, una presentación concreta… alguien que responde por uno cuando la anfitriona no puede hacerlo. Y, si me permite, aquí esa clase de detalles importan mucho más que las proclamas sobre hipocresía — Bajó la voz apenas un leve tono — Así que dígame lo justo: ¿A quién debo agradecer su presencia esta noche? No por curiosidad… sino porque Londres es una ciudad con buena memoria para las deudas y pésima para las excusas — 

Decidió continuar de corrido aunque cambiara de tema — Usted habla de presión, señor Wickam. Yo no he venido a presionarle. He venido a entenderle. Son cosas distintas. Y si le soy franco… no me inquieta que disfrute. Me inquieta que, en su manera de disfrutar, alguien le obligue a perder el control justo cuando más ojos están deseando tener algo que contar mañana — Su sonrisa apenas cambió, pero la intención sí se volvió más nítida — Si lo que busca es pasar desapercibido, yo puedo ayudarle a que lo parezca sin esfuerzo: cobertura, presentaciones, silencios oportunos. Y, de ser menester, esa clase de conversación que hace que una mesa entera crea que ha decidido algo por sí misma — La media sonrisa se suavizó — A cambio, sólo le pido una cortesía: que me diga qué papel desea interpretar en esta tragicomedia grecorromana. Para que, cuando la anfitriona mire su salón y crea que todo está bajo control, no sea una mentira… sino una decisión — Intentaba llevar a Wickman a su juego, a la gran obra de teatro de la sociedad donde Davenant era mas fuerte.

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07/03/2026, 12:06
George Wickam

Siempre que sepamos acompañarnos bien.

Aquella frase resonó en mi mente como el llanto de un bebé. ¿Desde cuando necesitaban estar bien acompañados? Eran seres inmortales y no se debía a nadie, ni tampoco a nada. Lo que vampiros como Devenant no comprendían era que ellos estaban por encima de las normas y que no necesitaban compañía. Eran seres solitarios, porque la vida eterna no podía venir en parejas, sino solamente en frascos individuales.

Le observé, como había hecho con tantos otros antes que él, sintiendo lástima porque no abrazaran sus habilidades y se ocultase entre las multitudes. 

Cuando me dijo que no deseaba que se marchase, fingí sentir un alivio increíble, entre falsas sonrisas.

-Me alegro, la verdad, porque no me hubiera gustado... tener que negarme -dije, poniéndome extraordinariamente serio al pronunciar aquella última palabra. Sin embargo, aquel frágil individuo no había terminado. Por lo visto, le recordaba la etiqueta.

-Ah, sí, sí, las dichosas normas de cortesía. No creo que deba preocuparse por ello. Soy extremadamente discreto en mis aventuras y escojo muy bien a mis víctimas. De lo contrario, ya habría oído hablar de mí por las calles de la ciudad.

Y le guiñé un ojo al oírlo.

-Pero si se siente inquieto por ello, no me importaría compartir con usted unos momentos de calma y saciar nuestra ansia. Incluso estoy abierto a nuevas ideas -le dije, mirándole seductoramente. No me importaba absolutamente nada probar cosas nuevas, o simplemente cosas viejas con gente nueva.

Al oír como me preguntaba a quién debía mi invitación, me eché a reír.

-Mi querido Ambrose, eres la ingenuidad en persona. Yo no necesito invitación. Mi nombre circula por todas partes y tenerme como invitado es un honor porque eleva la categoría del evento. Ellos no ven nada que esté fuera de lugar, sino a damas encantadas con mi presencia y unas maneras educadas.

Pero Davenant continuaba hablando de pasar desapercibido. 

No comprendía que eso no era necesario y que yo no necesitaba ayuda alguna, y que por supuesto, no iba a formar parte de un grupo, o lo que considerase, como si existiese alguna clase de acuerdo entre ambos.

-Todo está bajo control, Ambrose, pero no el suyo, sino el mío. Soy lo que debo ser en cada momento, y muestro lo que esperan que muestren. No creo que necesite clase de modales. Usted, por el contrario, parece demasiado rígido, demasiado atado por las normas. Me gustaría verle perder el control alguna que otra vez, por puro placer. ¿Es capaz? ¿O está demasiado socializado como para recordarlo?

Mis ojos debían estar brillando mientras lo observaba, a la espera de una respuesta, lógica o emocional.