INFORMACIÓN PARA LA PARTIDA SOBRE LOS VAMPIROS

Los vampiros son criaturas malditas, cuya alma ha sido sustituida o invadida por la de un demonio. Es cierto que muchos vampiros mantienen cierto grado de humanidad, pero en su mayor parte la han perdido al darse cuenta de que deben alimentarse de humanos y ver a estos, cada vez más, como simple "ganado".
No se trata solamente de "muertos viviventes", sino de criaturas demoníacas que retienen en cierto grado una parte de su humanidad, pero que con el tiempo, acaban por perder completamente.
En cuanto a sus características más clásicas, veamos con cuáles trabajaremos en esta partida.

UNO
Los vampiros son criaturas que pocas veces viven en compañía y SUELEN SER NÓMADAS. No obstante, en este caso es una familia al completo la que migra de un lugar a otro. Los cazadores de vampiros, que no son muchos, los llaman "nidos". Los vampiros los consideran "familias".
En cualquier caso, se trata de vínculos de sangre, que aseguran que un líder tiene varios seguidores, incluyendo habitualmente humanos "goulizados".

Sin embargo, no pueden ser muy numerosos o de lo contrario, llamarían la atención, por lo que no superan la media docena.
DOS
Su alimentación NO REQUIERE MATAR HUMANOS. Basta con morder para desangrar ligeramente al humano, haciendo que este muestre debilidad por anemia, durante los siguientes días.
Los humanos que han sido mordidos un vampiro carecen de voluntad para resistirse a él, de forma que se ofrecen con facilidad, e incluso desean ser mordidos.
Para recuperarse, un humano necesita al menos una semana. De no esperar, dos o tres mordeduras pueden ocasionar la muerte del humano.
Pueden alimentarse de animales, pero requieren mucha mayor cantidad y no sacia tanto como la sangre humana, que es mucho más apetecible. Es considerada como una acción denigrante para la mayoría de los vampiros.
NO PUEDEN TOMAR ALIMENTOS. No los digieren, por lo que en realidad, los regurgitarían a continuación.
TRES
Los vampiros son seres cuya alma inmortal ha sido capturada por un demonio, por lo que NO TIENEN REFLEJO. La mayoría de los vampiros suelen retirar o evitar todos los espejos a su alrededor, o cualquier elemento que pueda crear reflejos, como la superficie del agua o las cristaleras. Es una de las pruebas más sencillas que hay para localizar e identificar a un vampiro, y diferenciarlo de los humanos normales.
Obviamente, eso significa que un vampiro no puede conocer su aspecto más que a través de otros. Su físico no cambia, así que vivirá a través del recuerdo que tenga de él.
CUATRO
Los vampiros PUEDEN SALIR DE DÍA, pero el Sol le produce quemaduras y dolor, por lo que suelen estar a la sombra y cubiertos. Además, su piel blanquecina suele llamar la atención. Si el sol les diese de manera muy directa y durante mucho tiempo, las quemaduras que les provocarían podrían llegar a hacer que comenzaran a arder.
Es por eso que suelen evitar las horas centrales de luz y de ahí que la cultura popular considere que solamente salen de noche, y también el motivo por el cual se dice que el Sol acaba con ellos, aunque no sea así realmente.
CINCO
Solo pueden entrar en casas que se consideren hogares como tales cuando han sido previamente INVITADOS. Los hogares tienen una de las protecciones más antiguas que se conocen y no hay otra manera de romperlas salvo mediante la invitación directa de uno de sus inquilinos.
Pero una vez retirada, la invitación no puede revocarse, por lo que el vampiro podrá entrar siempre que quiera.
SEIS
Los vampiros no descansan en ataúdes, aunque durante mucho tiempo, constituyeron la mejor manera de protegerse del sol, casi tanto como de miradas de extraños. Pueden dormir perfectamente en camas. Eso sí, completamente a oscuras, para evitar las quemaduras del Sol.
Pero en realidad, NO DUERMEN. Sus cuerpos se regeneran continuamente, o más bien, no sufren daño físico que les debilite, así que no necesitan recuperarse.
SIETE
Los vampiros son PRÁCTICAMENTE INDESTRUCTIBLES. Pueden sufrir amputaciones y heridas, pero todo se regenera con sangre y tiempo. Las heridas físicas no les frenan.
La plata y los símbolos sagrados sí que son armas contra ellos, aunque de manera diferente:
1) Un símbolo sagrado les provoca tal rechazo que deben hacer una tirada de fuerza de voluntad para sobreponerse a él y no pueden tocarlo, o de lo contrario sufrirían importantes y permanentes quemaduras.
2) La plata les resta un punto de sangre con cada impacto.
Una estaca en el corazón (un arma en el corazón), acabaría con ellos pero no de manera definitiva, aunque les dejaría completamente fuera de combate, mientras no se retirara la estaca y no se pudieran regenerar.
Lo único que puede destruirles son el fuego y la decapitación.
OCHO
Cuando un vampiro comparte sangre con un humano, este queda esclavizado, convirtiéndose en un GOUL, mientras tome continuamente sangre de manera habitual, lo que significa que tendrá una obsesión con defender al vampiro y hacer cuanto le diga, llegando a dar sus vidas sin obtener nada a cambio.
Para un goul, no habrá nada más importante que atender a las necesidades de su señor o señora.
NUEVE
Dos vampiros PUEDEN COMPARTIR SANGRE, pero el efecto será diferente al que se daría si uno fuese humano. En este caso, se crea un vínculo inquebrantable, que obliga a ambos vampiros a permanecer juntos, dentro de cierta distancia, no especificada, pasando a depender uno del otro como si fuesen adictos. Al separarse, se vuelven irrascibles y nerviosos, pudiendo llegar a perder el control.
Cuando la toma de sangre se repite tres veces, el vínculo se hace eterno.
DIEZ
Un vampiro debe tomar sangre todos los días. Cuando no lo hace, cada día se incrementa más su nerviosismo, pero si la situación se mantiene, el vampiro entraría en FRENESÍ y atacaría a quien estuviese más cerca hasta desangrarlo completamente.
Los vampiros en frenesí no reconocen a nadie hasta que su sed no es saciada totalmente.
ONCE
Los vampiros NO PUEDEN CONVERTIRSE EN ANIMALES. Aunque existe esa creencia en esta época, no son capaces de transformarse en murciélagos ni en otras criaturas, nocturnas o diurnas.
De hecho, su forma, apariencia y constitución, no varían nunca.
SOBRE EL ORIGEN DEL VAMPIRO
Extraido de "EL VAMPIRO: DE CONDE MISTERIOSO A ESTRELLA DEL ROCK Y VUELTA AL ATAÚD"
The Vampire: From Mysterious Count to Rock Star and Back to the Coffin
Sara Segovia Esteban
El salto del vampiro como ser legendario a la literatura se produjo en el siglo xix de la mano de John William Polidori y su relato «El vampiro» (1819), Sheridan Le Fanu y su Carmilla (1872) y, sobre todo, Bram Stoker y la publicación de Drácula (1897).
Estas obras supusieron la recreación (re-creación) de un mito y el asentamiento de los cimientos de un arquetipo en el que se basarían todas las creaciones vampíricas occidentales posteriores sobre la poderosa influencia de la literatura anterior, de la historia y del folclore centroeuropeos.

El vampiro que nos retrata Polidori en su relato es un noble «más notable por sus peculiaridades que por su rango». Impasible, de ojos grises y fríos, pálido su rostro y poseedor de la capacidad de provocar angustia incluso en las criaturas más frívolas, Lord Ruthven es portador de la muerte y la perdición allá por donde pasa.
La labor que lleva a cabo el autor es la de descripción de su aspecto y de su carácter, de la esencia que mana del varón misterioso. Conocemos sus actos, su inteligencia y su crueldad, y las consecuencias para quienes lo rodean. Un retrato perfecto de Lord Ruthven que permite al lector alcanzar el horror al que aspiraba el literato, pero que se limita al aspecto físico del personaje.
También Carmilla se nos muestra dotada de ese halo de belleza y misterio que atrae irremediablemente a la joven Laura en su castillo de Estiria. En el relato de Le Fanu los hechos se suceden sin que la protagonista pueda hacer mucho para escapar a la fascinación que sobre ella ejerce la figura de esa vampiresa que amenaza su existencia.
El secretismo que la caracteriza va acompañado por la sospecha de que Carmilla puede haberse transformado en gato durante la noche para robar la sangre de Laura, pero se trata de una visión del mundo de los sueños, por lo que ese rasgo queda en la neblinosa categorización de ‘lo soñado’. Una vez más, encontramos una caracterización externa del vampiro, con menciones a sus actos y a sus ‘poderes’, pero no de forma sistemática.
Estas dos figuras vampíricas comparten el misterio, los secretos, la belleza y la fatalidad, pero es Stoker quien, en 1897, elabora una cuidadosa radiografía del vampiro y sienta definitivamente las bases de su naturaleza. La clave para ello será el Profesor Abraham van Helsing. La creación de una ciencia, la vampirología, cuyo objetivo es la adquisición del saber necesario sobre los vampiros, su existencia, la prevención ante ellos y, sobre todo, su destrucción, dota al relato de verosimilitud y, al mismo tiempo, convierte al vampiro en un ser objeto de estudio y de descripción por parte del Profesor, como si de un Lineo o un Darwin se tratase. A partir de entonces, el vampiro ya tiene un mito fundador de reconocido prestigio, unas características establecidas, una speciei descriptio.
Según el Profesor Van Helsing, el vampiro es inmortal; se fortalece –¡e incluso rejuvenece!– al beber sangre de los vivos; no come; no arroja sombra ni se refleja en los espejos; posee la fuerza de muchos; puede transformarse en lobo, en murciélago y en niebla (aunque a una distancia limitada y solo en torno a sí mismo), y también en polvo en los rayos de luna; puede volverse muy pequeño y entrar en cualquier lugar; y ve en la oscuridad. Sin embargo, no es libre: no puede entrar donde desee si antes no se lo ha invitado a pasar; su poder acaba al amanecer y, si no está donde debe, puede cambiar solo a mediodía o exactamente al amanecer o anochecer; solo puede atravesar el agua corriente con marea alta o baja; y hay ciertos elementos que lo afectan hasta llegar, incluso, a matarlo: el ajo, los objetos consagrados (como un crucifijo o la hostia), una rama de rosal silvestre, una bala consagrada disparada al ataúd, una estaca en el cuerpo o separarle la cabeza del tronco.
Los autores que catapultaron a la fama al vampiro en el siglo xix se apoyaron en una tradición oral y escrita muy antigua, que entremezclaba leyendas, mitos, folclore e incluso documentos de mayor o menor rigurosidad científica, que a lo largo de ese mismo siglo habían visto la luz debido al pánico ante posibles ataques de vampiros en la región centroeuropea . Sin embargo, cuanto más atrás nos remontamos en el pasado, tanto más difícil es encontrar seres o criaturas que se asemejen a este vampiro literario.
El primer testimonio que podemos relacionar con los vampiros, una alusión asiria a un espíritu maligno denominado ekimmou en torno al 4000 a. C., tiene como rasgo común con el arquetipo europeo occidental el ataque a los humanos y su deseo de vida, pero no coincide en su forma de actuación: este ser del lejano oriente poseía el cuerpo de su víctima o elegía atacarlo hasta la muerte.
Por supuesto, en este mito no aparece ninguna de las restricciones que encontramos en Stoker (obviamente, ninguna de las relacionadas con la religión), ni tampoco ninguno de los rasgos que caracterizan al conde Drácula.
Si nos acercamos un poco más en tiempo y espacio a nuestros antepasados culturales, Grecia y Roma, tampoco encontramos una coincidencia exacta. Hay noticias entre los poetas e historiadores de seres similares, de especial relevancia para la construcción posterior del mito del vampiro hembra, como las larvas o las estriges, pero también de personajes concretos como Lamia. Sin embargo, tampoco sus rasgos coinciden: no contagian, algunas de estas criaturas ni siquiera beben sangre. En el fondo, son solamente elementos del imaginario grecorromano que reflejan los miedos del hombre, poseedores de ciertos rasgos que permiten relacionarlos con el vampiro moderno, un pequeño eslabón al comienzo de la larga cadena del mito del vampiro.
Para encontrar una base folclórica más similar a nuestro vampiro, hemos de avanzar hasta el imaginario centroeuropeo medieval, en especial el folclore y las leyendas de la región de Rumanía, Bulgaria y otros países limítrofes.
De entre los numerosos seres que se pueden vincular al mito moderno del vampiro, quizás el strigoi rumano sea uno de los más conocidos. Aunque variable en cuanto a su tipología –streghoi, strigoii morti, strigoiu, stregoiul muronul, strigol, strigon, destaca en todos los strigol su condición de ‘revividos’, revenants, así como el hecho de que beben sangre humana. El strigoi, además, es capaz de transformarse en animales o insectos. Las formas de eliminarlos incluyen desde clavarlos al ataúd y quemarlos hasta atravesarlos con una estaca, haciendo uso del ajo como elemento destructor.
Al comienzo de la novela Drácula, Jonathan Harker capta una conversación entre los pasajeros de la diligencia que lo llevará hasta el Conde, donde escucha «muchas palabras que se repetían con frecuencia, palabras extrañas»: ordog (Satanás), pokol (infierno), stregoica (bruja), vrolok y vlkoslak (que, la primera en eslovaco y la segunda en serbio, designan ambas al hombre lobo o al vampiro). Es, además, sabiduría popular, que en su lecho de muerte Bram Stoker señaló una esquina de la habitación mientras susurraba: «Strigoi, strigoi, strigoi». Estos breves datos son una pequeña muestra de las deudas que Stoker, el creador del mito moderno del vampiro, contrajo con el pasado mítico y legendario de Centroeuropa. A partir de entonces, elementos del folklore pasaron a la literatura y se convirtieron en arquetípicos del vampiro, y términos como strigoi llegarían a ser incluso, en algunas de las modernas ‘mitologías vampíricas’, sinónimos de ‘vampiro’.
EL NUEVO MODELO
El éxito que la novela de Stoker cosechó en Europa y en el resto del mundo se manifestó en su pronta irrupción en la escena teatral del momento y, tan pronto se extendió el novísimo invento del cinematógrafo, en la gran pantalla. Efectivamente, con el desarrollo del cine, el vampiro resultó ser un personaje muy lucrativo para el séptimo arte, y pronto comenzaron a rodarse películas en torno a Drácula u otros como él. Por poner un significativo ejemplo, entre 1930 y 1940 se rodaron no menos de siete películas sobre el vampiro, lo cual supone casi una al año. Esto no tendría nada de particular, si no fuera porque ha sido precisamente la gran pantalla la que se ha encargado de trazar el sendero de la evolución del vampiro como arquetipo literario a lo largo de la mayor parte del siglo xx. Literatura y cine han ido de la mano en este progresar, modificando, añadiendo, quitando, y en definitiva reelaborando la figura del vampiro hasta llegar a nuestros días.
En 1976 se publicó el que sería el primer volumen de una amplia saga de novelas que mostraban como protagonistas a los vampiros, Entrevista con el vampiro. Por primera vez en la historia de la literatura de Occidente, el vampiro no era solo el protagonista de la historia, sino la víctima de todos los hechos. Las confesiones de Louis, un vampiro melancólico y nihilista, arrancan desde el momento de su conversión en 1791 hasta el presente, y sientan las bases de un universo vampírico renovado y adaptado a los nuevos tiempos.

La particularidad de Anne Rice, y lo que le granjeó un éxito sin precedentes (acentuado aún más desde la proyección de la película Entrevista con el vampiro en 1993) fue la adaptación del mito del vampiro al mundo moderno. Los vampiros que habían aparecido hasta entonces, tanto en cine como en literatura, eran seres mitológicos, alejados de la humanidad en cuerpo y alma, y sometidos a unas restricciones que ya nada tenían que ver con la sociedad en la que Anne Rice se movía. En una cultura no tan cercana a la religión como lo estaba la del siglo xix, no tenía demasiado sentido que los vampiros sufrieran bajo la contemplación de los signos religiosos, ni tampoco que estuvieran oprimidos por tabúes como el del nombre propio (como Carmilla, en el relato de Le Fanu), o la debilidad que les provocan las corrientes de agua (como en Drácula de Stoker).
Frente a esto, Anne Rice creó un mito modificado en lo accesorio, pero que mantenía lo esencial: aspecto distinto del de los humanos, victoria ante la muerte y sed de sangre. El vampiro en sus novelas vive en sociedad, aunque sin revelar su verdadera naturaleza, y es un ser mucho más poderoso que sus predecesores. La sangre ya no es lo que los mantiene con vida, sino lo que les da fuerza (los vampiros de Anne Rice, de hecho, cuando se tornan lo suficientemente ancianos, pueden sobrevivir sin sangre), y los signos religiosos que antes los constreñían ya no tienen sobre ellos efecto alguno (Lestat llega a afirmar que, de todos los seres que ha creado Dios, los vampiros son los más cercanos a Él, tema que explora Anne Rice en la novela de la serie Memnoch el Diablo, junto con otras cuestiones de cariz religioso).
Pero sin duda el cambio que más afectó a la posteridad de los introducidos por Anne Rice fue la forma de conversión en vampiro. Hasta entonces, sobre cómo convertirse en vampiro había muchas y muy diversas teorías: unos pensaban que se tenía predisposición natural, o que la muerte prematura o violenta hacía levantarse de su tumba al fallecido como vampiro; o que, si se era mordido por uno, cuando la víctima falleciera, se alzaría como no muerto. En las Crónicas vampíricas, y a partir de ellas en todas las demás obras sobre vampiros, la conversión supone que el vampiro ha de desangrar a su víctima hasta casi la muerte y entonces hacerle beber su sangre, con cuyo poder la víctima se convertirá en vampiro tras morir la humanidad de su cuerpo. Esta es una de las primeras cosas que Louis cuenta en sus memorias, cómo Lestat lo vampirizó, y así se produjo la modificación más sustancial en aquellos rasgos que el vampirólogo Van Helsing consideraba normativos de esta criatura.
Muy relacionado con esto está otra de sus grandes aportaciones: la forma de alimentación del vampiro. En fases anteriores del mito, el que el vampiro se alimentase de un humano suponía que este estaba casi con seguridad condenado a ser vampiro tras su muerte. A partir de aquí, y según la forma de conversión que propone Anne Rice, la mordedura de un vampiro debilita por la pérdida de sangre, pero nada más. Y otorga, además, a los vampiros la capacidad de aprender a tomar ‘un sorbo’ de sus víctimas, lo necesario para ellos sin tener que arrancar una vida.
Con sus obras, Anne Rice logró normativizar el universo ficcional del vampiro y crear un mundo propio que, en cuestiones estructurales, se convirtió en casi normativo para los posteriores vampiros. Sin embargo, quizá lo más influyente de esta obra
esté relacionado con una tríada de conceptos: el vampiro, el mal y el miedo. Hasta el momento, la historia vampírica había mantenido su presentación de ‘la criatura’ como un ser malvado, una amenaza para el hombre, un ser cuya naturaleza misma era una condena. Todo aquel con quien se cruzaba el vampiro se apartaba horrorizado ante su propia existencia. Como habíamos visto ya antes, la quintaesencia de estos seres era el miedo, tanto el que portaban dentro de sí como el que generaban a su alrededor. El vampiro era el señor de las pesadillas.
En el mundo vampírico de Anne Rice, por el contrario, se produce una novedosa alteración en la moral natural y se acepta como premisa la posibilidad de la existencia de ‘vampiros buenos’. Esta aparente contradictio in terminis en un ser que se alimenta de la vida humana se hace posible gracias a esas dos modificaciones del mito introducidas por la autora y comentadas ya: el ‘pequeño sorbo’ y la forma de conversión en vampiro.
En este universo existe, pues, una clara dicotomía entre bien y mal en cuanto a sus integrantes. Por un lado, están aquellos vampiros reflexivos, como Louis, atormentados por su naturaleza, que procuran dañar lo menos posible a la raza humana, por cuanto la consideran digna de aprecio y respeto. Por otro, aquellos que, como Lestat, consideran que la humanidad es un rebaño del que alimentarse y ellos, seres de las tinieblas para los que hacer el Mal es un placer. Lo que para nuestros antepasados del siglo xix no hubiese representado duda alguna (¡que le corten la cabeza!), para nosotros, ¡oh, humanidad descarriada y perdida!, se torna en perturbadora atracción, y así el vampiro penetra en
la categoría narratológica de ‘héroe’
De los dos protagonistas, quien triunfa y se convierte en ídolo de masas, es Lestat, el vampiro cruel, sádico y dandi, con tendencia a ser y a creerse un superhombre, que se coloca por encima de la moral. Y esta elección, que marca la gran transformación del vampiro y de su relación con la realidad humana de nuestra época, será el comienzo del fin del reinado de terror del vampiro como representante supremo del Mal en la literatura.
La obra de Anne Rice supone un hito en la evolución del vampiro como arquetipo literario por todas estas cuestiones de construcción del personaje, por la nueva mitología e historia que se le atribuye y por la renovada naturaleza de la que se le dota, pero, además, sentará la base en torno a la que girarán los conflictos en todas las sagas posteriores: la revelación de la existencia del vampiro.
EL MONSTRUO DE MODA
En 1997 nuestros vampiros dieron el salto a la pequeña pantalla con la serie americana Buffy cazavampiros (de J. Whedon, 1997-2003), fundamental para nuestro paseo por la evolución vampírica debido al gran éxito de la ficción televisiva y a que esta serie supuso la orientación del tema de los vampiros hacia un público adolescente, tratando el mito de un modo más suave y devolviendo a los vampiros el rol de ‘los malos’ frente a los cazadores de vampiros que son ‘los buenos’.

En esta estela juvenil hay que situar el triunfo aplastante, unos años después, de la saga Crepúsculo de Stephenie Meyer, tanto en literatura (Crepúsculo, 2005; Luna nueva, 2006; Eclipse, 2007 y Amanecer, 2008) como en cine (Crepúsculo, de C. Hardwicke, 2008; La saga Crepúsculo: Luna Nueva, de C. Weitz, 2009; La saga Crepúsculo: Eclipse, de D. Slade, 2010; La saga Crepúsculo: Amanecer Parte 1, de B. Condon, 2011; La saga Crepúsculo: Amanecer Parte 2, de B. Condon, 2012) 20 . A pesar, precisamente, de ese éxito cosechado, la aportación de Stephenie Meyer al arquetipo del vampiro es muy escasa, por no decir nula. Sus vampiros beben de las fuentes del mito (son criaturas que se alimentan de sangre, pálidos, muy fuertes e inmortales), pero se apartan también de este en algunos de sus elementos más importantes, como, por ejemplo, en su reacción ante la luz del sol. Mientras los vampiros antiguos son fotosensibles y la luz solar los destruye, y los de Anne Rice pueden tolerar solo al astro rey cuando su edad supera, con mucho, la centena, la única reacción que arrancan los rayos solares de la piel de los vampiros de Crepúsculo es un brillo cristalino que revela su naturaleza sobrenatural.

Un rasgo definitorio fundamental de los vampiros de Crepúsculo, concretamente de la familia protagonista, los Cullen, es su renuencia a alimentarse de sangre humana, prefiriendo la de animales, lo que los convierte en vampiros ‘vegetarianos’. Esto, que podría tomarse como novedad introducida por la autora, se encontraba ya en las Crónicas de Rice en la figura de Louis, aunque la solución que finalmente adoptan las criaturas de Rice es alimentarse únicamente de seres humanos malvados, abundando en la idea del ‘saneamiento moral’ de estos pobladores de la noche.
Quizás sea, en parte, por su orientación a un público claramente adolescente, pero los vampiros de Crepúsculo y las peculiaridades de su construcción como arquetipo del miedo, a pesar de su éxito a nivel mundial, no han supuesto influencia alguna en las creaciones posteriores, por lo que vamos a dejarlos de lado en favor del siguiente gran hito en la evolución de los bebedores de sangre: los vampiros de True Blood.
En mayo de 2001 se publicó la primera entrega de una saga que revolucionaría el mundo de los vampiros como no había sucedido desde el éxito de Louis y Lestat. Charlaine Harris comenzaba la narración de las aventuras de Sookie Stackhouse, una camarera de un pequeño pueblo de Luisiana con poderes telepáticos, desde el momento en que se enamora del primer vampiro que llega al pueblo, Bill Compton.

Siguiendo muy de cerca el paradigma vampírico que Anne Rice había establecido (esta cita del comienzo mismo de la primera novela reconoce dicha deuda literaria), Charlaine Harris retoma la idea de Rice de revelar la existencia de los vampiros en nues- tros días, con un nuevo matiz que redimirá a la figura del vampiro del Mal que la rodea por tener que matar humanos para sobrevivir. Como cuenta Sookie Stackhouse, dos años antes del comienzo de la saga los japoneses habían desarrollado una sangre artificial que satisfacía las necesidades ‘vitales’ de los vampiros, por lo que ya no necesitaban alimentarse de los humanos para sobrevivir. Esto había facilitado la Gran Revelación, en la que los vampiros anunciaban su existencia al mundo y, lo más particular de estas novelas, exigían sus derechos como ciudadanos, igual que los demás. De este modo, los vampiros se convertían en otra más de las minorías rechazadas de nuestros días, junto con gays, travestis, y otros colectivos.
Sin embargo, su presentación en sociedad se lleva a cabo según un cuidado discurso político para calmar el miedo hacia este nuevo grupo que vive entre los hombres. Tomando la explicación científica de que el vampirismo estaba causado por algún tipo de enfermedad (en la Antigüedad, una hipótesis similar era la de la porfiria), los dirigentes vampiros –por supuesto, un grupo organizado, con un complicadísimo sistema jerárquico de reyes, sheriffs y otros títulos, ajenos por completo al mundo humano– justifican su aspecto físico y su necesidad de beber sangre por una enfermedad en proceso de diagnosticar.
En cualquier caso, los vampiros se mueven en estas novelas y desde el principio a un doble nivel. Por un lado, lo que podríamos llamar el nivel ‘oficial’, según el que no se alimentan de humanos, los respetan y quieren vivir como cualquier ciudadano hono- rable según las normas de cada estado, país o nación. Por otro, estaría el nivel ‘real’, que abarcaría el complejo submundo de seres sobrenaturales, que viven siempre según sus propias normas. Según avanza la saga, se va revelando que existen otros seres aparte de los vampiros, aunque estos son quienes más protagonismo tienen por su relación con Sookie.
En este nivel, los vampiros se muestran tal y como son, y encontramos de nuevo la misma diferencia que hacía Anne Rice: aquellos vampiros que de verdad aprecian a los humanos, o que al menos no los consideran inferiores, y que están dispuestos a intentar vivir a base de sangre artificial para no dañar a nadie (y que son los menos); y aquellos que viven según sus normas, ajenos a cualquier directriz moral, y que únicamente buscan su propio beneficio.
El vampiro en esta manifestación artística ya no es un agente del Mal ni representa las fuerzas contrarias a la naturaleza. Se trata, simplemente, de una forma de vida más que habita entre nosotros, que quiere ser reconocido y no apartado, y que promete plegarse a las normas de la sociedad humana. Y en la línea que veníamos apreciando anteriormente, iniciada por todo lo alto con Louis y, sobre todo, con Lestat, el vampiro ya no es un ser de pesadilla, sino un objeto de deseo; su condición no es ya la maldición del ser caído en desgracia, sino una naturaleza que se ansía poseer, un don, un regalo. Y el ser humano, sometido al desgraciado proceso de envejecimiento y muerte absoluta, aspira a ‘convertirse’ como objetivo último y más elevado de su existencia.
STRIGOI
El 13 de julio de 2014 veía la luz el primer episodio de The Strain, serie televisiva que retrata al vampiro ante nuestra mirada, de la mano de Guillermo del Toro y Chuck Hogan y basada en sus novelas de la Trilogía de la oscuridad. Ante la cuestión de qué podía aportar de nuevo una serie de vampiros a un género que ya parecía agotado y sobrecargado.
Traer de vuelta esa noche. Terror extremo. Regreso a las raíces de los vampiros como escalofriantes criaturas parásitas. Esa es la clave de The Strain y su re-creación del mito del vampiro. El ser de la noche que se había revestido de sensualidad, atractivo y de un fuerte reclamo para todos los humanos, retorna a sus raíces para convertirse en el monstruo del folklore, en la sombra que trae consigo la muerte, en la reencarnación más absoluta del ‘miedo’.
El mito del vampiro en The Strain, esta vez, vuelve a las restricciones folclórico-legendarias de donde partió el arquetipo en primera instancia. Estos seres se alimentan de sangre para sobrevivir, no soportan la luz solar, dependen del flujo de las mareas e incluso son vulnerables a la plata y, por supuesto, el remedio definitivo contra ellos es la decapitación. Aun a pesar de los cambios que Del Toro y Hogan introducen en la serie, e incluso en la biología y naturaleza del vampiro –la intención de los autores era crear una serie basada en la ciencia, perfectamente ambientada en este mundo moderno del siglo xxi donde todo pasa por un filtro racional que busque explicaciones incluso para una epidemia que surge de entre las nieblas del pasado–, lo esencial del mito pervive y el espectador puede reconocerlo.
Esta recreación es una desmodernización de las criaturas, pero al mismo tiempo un avance hacia la modernidad futura, incluso dentro del mito (lo cual se revela en los últimos capítulos de la temporada con la compleja sociedad vampírica que se deja entrever con los ‘exterminadores’), a la manera que ya anticipaba Blade con su sistema social y de castas. Pero tan pronto aparece en escena el primero de los vampiros, uno se da cuenta perfectamente de que "this vampire is not going to take you to dinner and romance you".
En un momento en que el folclore original del vampiro, ese vampiric lore procedente de la mitología eslava y centroeuropea, se había perdido, cuando los vampiros habían comenzado a brillar bajo el sol, a poder caminar durante el día por beber sangre de hada, sin causar miedo, sin sufrir bajo el peso de la religión y sin casi restricción alguna que los domeñara, The Strain parece volver a ese mundo antiguo de leyenda donde la caída del sol significaba el comienzo del reino de la noche y el dominio de sus criaturas.
Del Toro trae de nuevo a escena al strigoi, recuperando la esencia primera de los vampiros, el miedo. Y ese miedo nos retrotrae como especie a un mundo ya desaparecido, donde el hombre caminaba apoyándose en el báculo de la religión y donde poseía, al menos, algunas certezas.
Fecha actual: del 1 al 7 de Septiembre de 1815
| Fecha | Momento | Lugar | PC/NPC implicados | Puntos importantes | Link | |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1-09 | Mediodía | Casa de los Bennet | Mary Bennet Doctor Thorne |
|||
| 2-09 | Mañana | Camino | Mary Bennet Padre Collins |
|||
| 2-09 | Mediodía | Groombridge | Judith Braqueville Doctor Thorne Effie Braqueville Varios PNjs |
Intento de suicidio de Gytha | L | |
| 2-09 | Noche | Taberna | Padre Collins Doctor Thorne |
Conociéndose | L | |
| 3-09 | Mañana | Iglesia | Padre Collins Judith Braqueville Effie Braqueville Obadiah Barnaby |
Conociendo al padre | L | |
| 3-09 | Mediodía | Camino | Hermanas Bennet | |||
| 3-09 | Mediodía | Casa de los Bennet | Jane, Lizzie, Mary Bennet Padre Collins Mr. y Mrs. Collins |
|||
| 3-09 | Noche | Taberna | Effie Briqueville Lizzie Bennet George Wickam |
Conociéndose | L | |
| 4-09 | Media tarde | Netherfield | Charles Bingley Caroline Bingley Fitzwilly Darcy Judith Braqueville Obadiah Barnaby Varios PNJs |
Conociendo a los Bingleys | L | |
| 4-09 | Noche |
|
Lizzie Bennet Charles Bingley |
|||
| 5-09 | Tarde | Groombridge | Judith Braqueville Doctor Thorne |
Confesión | L | |
| 6-09 | Tarde-Noche | Netherfield | Judith Braqueville Caroline Bingley |
Paseo | L |