14 de septiembre, tarde
Elías descendió de su montura con la agilidad de quien tiene prisa, pero al mismo tiempo con la cautela de quien sabe que está a punto de pisar un terreno que no debe contaminar. Su maletín de cuero negro colgaba pesado en su mano, un ancla de racionalidad científica en medio de lo que prometía ser una escena oscura.
Asintió brevemente a Turner, a Barnaby y a Stewart, un saludo que era más una validación de sus presencias que una bienvenida cordial. Cuando Judith tomó el mando, organizando el perímetro con esa eficiencia militar que la caracterizaba, Elías se sintió extrañamente aliviado. Significaba que él podía concentrarse en lo único que importaba ahora: los detalles.
Vio a Effie y a la señorita Bennet salir. Hubo un instante en que sus ojos se encontraron con los de Effie; una mirada breve, casi clínica, buscando signos de shock o histeria, pero la joven Briqueville parecía tener la situación bajo control, al menos superficialmente.
Luego, entró en el cobertizo.
El olor a encierro y a polvo era lo primero que golpeaba, pero debajo de eso, el inconfundible aroma metálico y rancio de la muerte aún no se había asentado del todo. Hacía frío allí dentro, o quizás era solo la impresión de ver a Gytha Stoddard reducida a una estatua de cera.
Se arrodilló junto al cuerpo, dejando el maletín abierto a su lado. Se puso los guantes con movimientos metódicos.
—Lo que veo... —respondió a la pregunta de Judith, su voz baja y concentrada, casi hablando para sí mismo mientras sus ojos escaneaban el cadáver sin tocarlo aún—. Veo una ausencia, señora. Ausencia de lucha. Ausencia de color. Y, lo más preocupante, ausencia de la causa evidente de la muerte.
Se inclinó más, observando el cuello, las muñecas, buscando esos dos puntos delatores que tanto temía encontrar, o quizás cardenales que indicaran asfixia.
—La manta movida sugiere que alguien la cubrió post-mortem, o que ella misma buscó calor antes del final —murmuró, señalando la tela en el suelo—. Pero la palidez... es extrema. Hipovolemia severa, a primera vista. Sin charco de sangre alrededor. Lo que significa que, o murió en otro lugar y fue traída aquí, o...
Dejó la frase en suspenso. O la sangre se fue a otro sitio.
Se puso en pie, quitándose los guantes con un chasquido.
—No puedo hacer un examen completo aquí. La luz es mala y el entorno está sucio. —Se giró hacia Judith y luego hacia Stewart, que esperaba fuera—. Señor Stewart, necesito que trasladen el cuerpo a mi consulta en Meryton. Tengo una mesa preparada en la trastienda que servirá. Háganlo con el mayor cuidado posible; no quiero que se altere ni una marca en su piel durante el trayecto.
Cierre de escena: Por mi parte, listo para cerrar aquí y abrir la siguiente escena en la consulta de Elías para la autopsia.
Ordena el traslado del cuerpo a su Consulta para realizar la autopsia en condiciones controladas.
15 de Septiembre, Noche - Casa del Doctor (Meryton)
El trayecto fue corto y silencioso. Las calles de Meryton dormían bajo un manto de neblina, y el sonido de los cascos del caballo resonaba demasiado fuerte en el empedrado.
Elías detuvo el animal frente a una casa de ladrillo oscuro, estrecha y de dos plantas, encajonada entre una panadería cerrada y un callejón sombrío. No había jardín delantero, solo una puerta de roble desgastada por la lluvia y un llamador de bronce que nadie había usado esa noche.
—Bienvenida a mi humilde monasterio, Marquesa —dijo él, desmontando con una mueca de dolor por el esfuerzo físico de la noche. Ayudó a Judith a bajar, sintiendo una vez más el peso y la calidez de su cuerpo, antes de atar el caballo en el poste.
Abrió la puerta con una llave de hierro y la invitó a pasar a la oscuridad.
El interior olía a papel viejo, tabaco de pipa frío, cera y soledad.
Elías encendió una lámpara de aceite en la entrada. La luz dorada reveló un pasillo estrecho con el suelo de madera desnuda, sin alfombras que amortiguaran los pasos.
—Cuidado con el escalón —advirtió, guiándola hacia la estancia principal.
La sala de estar era, en realidad, una extensión de su mente. No había adornos superfluos, ni jarrones con flores, ni tapetes de encaje. Las cuatro paredes estaban forradas de estanterías que gemían bajo el peso de cientos de libros: tratados de anatomía, filosofía natural, enciclopedias botánicas y volúmenes en latín con los lomos quebrados.
En el centro, dos sillones de cuero orejeros, desgastados por el uso, flanqueaban una chimenea de piedra negra que ahora estaba fría y oscura. Sobre una mesa baja, un microscopio de latón brillaba bajo la luz de la lámpara, rodeado de cuadernos con anotaciones en una letra apretada y nerviosa, y bocetos anatómicos que parecían hechos por un discípulo de Da Vinci obsesionado con los tendones.
Al fondo de la sala, en un rincón que hacía las veces de zona de aseo cerca del calor (cuando lo había), descansaba la bañera de zinc. Sencilla, metálica, con patas de garra, esperando ser llenada.
Elías dejó la lámpara sobre la mesa, apartando un cráneo humano (limpio y barnizado) que usaba como pisapapeles sin darle la mayor importancia.
—Como le advertí... no es un palacio. Es el refugio de un hombre que pasa demasiado tiempo pensando y muy poco viviendo. —Se quitó el abrigo pesado, dejándolo caer sobre una silla, y se arremangó la camisa sucia de tierra—. El brandy está en esa alacena de cristal, junto con dos vasos que espero estén limpios.
Se arrodilló frente a la chimenea, tomando un atizador y buscando leña seca en el cesto.
—Si usted sirve la bebida, yo haré que este lugar deje de parecer una cripta y empiece a parecer un hogar. —La miró desde el suelo, con el rostro manchado y los ojos brillando a la luz de la llama que empezaba a prender en la yesca—. El agua tardará un poco en calentarse en la cocina, pero podemos empezar con el fuego... y el alcohol.
15 de Septiembre, Noche - Casa del Doctor (Meryton)
Judith maldijo en silencio el eco excesivo de los cascos sobre el empedrado. A esas horas, cualquier sonido tenía la insolencia de un pregón. Aun así, se obligó a mantener el paso y la compostura. Sabía que iba irreconocible: el peto, la chaqueta prestada, el barro hasta los bajos. Para quien mirase desde una ventana entrecerrada, no sería más que un hombre de campo que regresaba tarde con el doctor. Y así debía ser. No estaba dispuesta a manchar la reputación de Elías por una noche de necesidad.
Ató su caballo al mismo poste y le siguió al interior sin decir palabra.
Nada más cruzar el umbral, se descalzó con cuidado. Las botas, pesadas de barro, las sostuvo en las manos como una ofrenda culpable antes de avanzar por el pasillo. Prefería dejar huellas en su propia conciencia que en el suelo de aquella casa. Con las botas en brazos, recorrió el corredor estrecho y entró en la estancia principal.
Observó el lugar con atención callada. No había en aquella sala rastro alguno de ornamento superfluo, ni encajes ni flores, ni el desorden amable que deja la presencia femenina. Todo era sobrio, estoico, exacto… como el hombre que la habitaba. Aquello, lejos de inquietarla, la tranquilizó.
Solo el cráneo humano, blanqueado y pulido, le provocó un leve gesto de desaprobación interior. Para ella, no era un objeto; había sido alguien. Un cuerpo merecía reposo, no función. Comprendía la desviación -propia del oficio, se dijo-, la objetivación del cuerpo como herramienta de estudio. Lo entendía. No lo compartía. Y aun así, guardó silencio por el momento Había noches para debatir principios y noches para aceptar realidades.
Dejó las botas junto a la chimenea, dispuestas a secarse cuando la lumbre prendiera, y se volvió hacia Elías con una inclinación ligera de cabeza.
-Me encargaré de la bebida -dijo, con ese tono suyo que mezclaba cortesía y promesa-. Nada encantado, se lo prometo… salvo que el brandy tenga virtudes ocultas.-
Avanzó un paso y entonces lo vio: él, ya arrodillado ante la chimenea, todavía calzado, marcando el suelo con barro reciente mientras buscaba la leña. Judith chasqueó la lengua con suavidad, más afecto que reproche.
-Docteur… -murmuró, divertida-. ¿De verdad piensa encender el fuego sin antes despojarse de esas armas de barro?-
Se agachó junto a él sin pedir permiso. Sus manos, firmes pero delicadas, desataron las correas con una familiaridad que no era servil ni invasiva. Le retiró una bota, luego la otra, con gestos cuidados, casi íntimos, y las colocó junto a las suyas, ordenadas al lado de la chimenea.
-Así -añadió, con una sonrisa breve-. Mucho mejor. El suelo se lo agradecerá.-
Se incorporó entonces y fue hacia la alacena. Sirvió el brandy con medida, dejando que el líquido ámbar golpeara el cristal con un sonido reconfortante. Al volver, sostuvo uno de los vasos y miró de nuevo la sala, esta vez con curiosidad franca.
-Dígame… -preguntó, señalando el cráneo con un leve gesto del mentón-, ¿tiene nombre? ¿Sabe a quién perteneció?-
Sus ojos se deslizaron después hacia los cuadernos abiertos y los bocetos minuciosos.
-¿Y estos dibujos… los ha hecho usted? -preguntó con interés sincero mientras esperaba que terminara de encender el hogar para tenderle el vaso-. Son precisos; una obra de arte.-
15 de Septiembre, Noche - Casa del Doctor (Meryton)
Elías se quedó inmóvil, observando desde arriba cómo la mujer más aristocrática del condado se arrodillaba en su suelo de madera sin barnizar. Sintió una sacudida en el pecho al ver sus manos, finas y fuertes, desatando el cuero sucio de sus botas.
Tuvo que apretar los puños sobre sus propios muslos para no ceder al impulso primario de levantarla de allí, de tirar de ella hacia sí y arrancarle esa ropa de jardinero que olía a tierra y sudor. Pero el frío en las manos de ella le recordó sus prioridades: primero la temperatura, luego la pasión.
—La hipotermia es una enemiga más rápida que la suciedad, Judith —murmuró, su voz ronca suavizándose mientras ella le retiraba la segunda bota—. Me preocupaba más que usted entrara en calor que la integridad de mi suelo.
Cuando ella se levantó y se alejó hacia la alacena, Elías aprovechó para terminar de avivar el fuego. Las llamas prendieron con un rugido reconfortante, bañando la habitación en una luz anaranjada que suavizaba las sombras de los rincones y hacía bailar las formas de los frascos.
Aceptó el vaso que ella le tendía, sus dedos rozando los de ella deliberadamente al tomar el cristal. Bebió un trago largo, sintiendo cómo el alcohol quemaba la garganta y se asentaba en el estómago, un fuego líquido que competía con el de la chimenea.
Ante la pregunta sobre el cráneo, Elías lo miró de reojo con una familiaridad cínica.
—No tiene nombre. O si lo tuvo, lo perdió en la horca de Newgate —respondió, girando el cráneo suavemente con el dedo índice para que "mirara" al fuego—. Era un carterista, o eso me dijo el resurreccionista que me vendió el cuerpo en Londres. Yo lo llamo simplemente "El Invitado". Es un excelente oyente; nunca interrumpe y siempre sonríe.
Pero cuando Judith señaló los dibujos, el aire en la habitación cambió sutilmente para Elías. Su cuerpo se tensó de forma imperceptible. Esos trazos delicados, esa sensibilidad para capturar la gracia de un músculo bajo la piel... no eran suyos. Eran de ella. De la mujer que había enterrado hace años, la única persona que había logrado ver belleza en su macabro oficio.
—Son... estudios antiguos —dijo, desviando la mirada hacia el fuego y tomando otro trago rápido para ocultar la mentira por omisión—. Pertenecen a una época en la que Londres parecía tener más luz. Digamos que la mano que los trazó tenía una paciencia y una fe en la humanidad que yo perdí hace mucho tiempo.
No quiso añadir más. No quería manchar el recuerdo de su esposa con la oscuridad de esa noche, ni quería poner una barrera de fantasmas entre él y Judith ahora que estaban tan cerca.
Dejó el vaso sobre la mesa y se acercó a ella, quedando iluminados solo por el resplandor de la chimenea. El calor empezaba a llenar la estancia, pero el verdadero calor emanaba de la mujer que tenía enfrente.
—El agua tardará en calentarse —dijo en voz baja, mirándola con una intensidad que ya no ocultaba nada—. Y el barro se seca y se cae. Pero nosotros... nosotros seguimos vivos, Judith. —Levantó una mano, dudando un segundo antes de atreverse a rozar la mejilla de ella, limpiando con el pulgar una mancha de tierra con una delicadeza infinita—. Y después de ver lo que hay en esa tumba, estar vivo y caliente me parece el único milagro que importa.
Sus ojos bajaron a los labios de ella, y la pregunta quedó flotando en el aire, pesada y eléctrica.
—¿Sigue necesitando ese baño con urgencia... o puede el fuego esperar?
15 de Septiembre, Noche - Casa del Doctor (Meryton)
El silencio que siguió a sus palabras no fue vacío, sino denso, cargado de algo que no se atrevía aún a tomar forma.
Había escuchado su explicación sobre el cráneo y los dibujos con atención, sin juzgarlo en voz alta, pero en sus ojos había pasado un destello de comprensión distinta: no era simple morbo ni frialdad científica lo que llenaba aquella casa, sino soledad. Una soledad cultivada como un muro, ladrillo a ladrillo, libro a libro, hueso a hueso.
Cuando él habló de la mano que había trazado aquellos bocetos, Judith inclinó apenas la cabeza, como si honrase una tumba invisible.
-Alors… -murmuró con suavidad- no es usted el único que convive con fantasmas, docteur. -Su voz no tenía reproche, solo una ternura inesperada-. Algunos nos persiguen; otros… nos sostienen. Aunque duelan.-
La yema de su pulgar aún descansaba en su mejilla, tibia. Judith no se apartó. Permaneció en ese filo invisible donde cada respiración parecía un juramento no pronunciado.
-No me escandaliza su casa -continuó, muy bajo-. Me entristece. Porque en cada objeto veo a un hombre que se ha negado el derecho a sentir… como si el mundo no mereciera ya su latido.-
Alzó lentamente la mano y, con un gesto casi reverente, apoyó dos dedos sobre el pecho de Elías, justo donde el corazón marcaba su presencia. -Pero aún late -susurró-. Y no es el de un espectro.-
Sus miradas se entrelazaron. La cercanía era tal que podía sentir el aliento de él rozarle la piel, como una promesa suspendida.
-En cuanto al baño… -dejó escapar una sonrisa leve, peligrosa-, sigue siendo una necesidad. Pero no por el barro, docteur. -Sus ojos se encendieron con una luz traviesa, contenida, que no necesitaba explicación.
Pese a que todo su cuerpo gritaba que debía acabar con la distancia que separaban sus labios, que la contención se estaba volviendo dolorosa... no se movió. Lo dejó elegir.
El fuego crepitó. Y la distancia entre ambos ardía con él.
15 de Septiembre, Noche - Casa del Doctor (Meryton)
La mano de Judith sobre su pecho no era un toque suave; era un hierro candente que marcaba la piel a través de la camisa sucia. Sentía su propio corazón golpeando contra las costillas, traicionando años de disciplina estoica, respondiendo a esa acusación de que se había negado a sentir.
«Tiene razón», pensó, y la verdad le golpeó más fuerte que el brandy. «He vivido como un muerto entre los vivos. Hasta esta noche.»
Cuando ella mencionó el baño y sus ojos brillaron con esa promesa traviesa y oscura, la última defensa de Elías se derrumbó. No hubo vacilación esta vez, ni análisis clínico, ni miedo a las consecuencias sociales o morales.
—Al diablo con el agua caliente —gruñó, su voz ronca y hambrienta.
Su mano, que había estado acariciando la mejilla de ella, se deslizó con firmeza hacia su nuca, enredándose en el cabello suelto, posesiva y urgente. No le dio tiempo a pensar, ni a respirar.
Elías inclinó la cabeza y capturó sus labios con una intensidad devoradora.
No fue un beso de cortesía, ni siquiera un beso romántico de novela. Fue un choque de necesidades desesperadas. La besó con la furia de quien ha sobrevivido a un naufragio y prueba el agua dulce por primera vez en años. Sus labios se movieron sobre los de ella con exigencia, buscando no solo contacto, sino fusión. Sabía a brandy, a peligro y a vida.
Su otra mano bajó por la espalda de Judith, presionándola contra su cuerpo hasta que no quedó aire entre ellos, sintiendo la curva de su cintura a través de la ropa tosca de jardinero. El contraste entre la rudeza de sus atuendos y el calor abrasador de sus pieles era embriagador.
Elías profundizó el beso, su lengua buscando la de ella, gimiendo bajo en la garganta, un sonido animal que nunca había permitido que nadie escuchara. La empujó suavemente hacia atrás hasta que la espalda de ella chocó contra una de las estanterías de libros, haciendo que algunos volúmenes temblaran, pero a él no le importó el conocimiento en ese momento; solo le importaba la mujer que tenía entre los brazos.
Se separó apenas unos milímetros, lo justo para respirar su mismo aire, con la frente apoyada en la de ella y los ojos oscuros clavados en los suyos, dilatados y febriles.
—Me acusó de negarme a sentir, Marquesa... —susurró contra sus labios hinchados, su voz vibrando con una sensualidad oscura—. Pues ahora va a tener que hacerse responsable de lo que ha despertado.
Sin esperar respuesta, volvió a besarla, esta vez bajando hacia la línea de su mandíbula, mordiendo suavemente la piel sensible del cuello, dejando que sus manos comenzaran a buscar los botones de esa chaqueta prestada con una impaciencia que no conocía límites.
Mientras lo hacía, con un movimiento casi inconsciente del pie, abrió el grifo de la bañera que estaba cerca. El agua comenzó a caer con un sonido rítmico, pero Elías sabía que el verdadero calor ya no vendría de la caldera, sino del incendio que acababan de prender en el centro de la habitación.
15 de Septiembre, Noche - Casa del Doctor (Meryton)
Durante un latido eterno creyó que aún podía apartarse si notaba duda en él. Que bastaría un paso atrás, una palabra dicha con firmeza, para volver a la seguridad tras el muro que llevaba años sosteniendo con sangre, renuncias y silencios.
Pero él no retrocedió.
El beso la envolvió como una ola cálida, profunda, imparable. No fue una rendición dulce: fue un choque de voluntades que se buscaban desde antes de saberse. Judith sintió cómo la piel se le encendía bajo sus manos, cómo aquel contacto la atravesaba hasta las entrañas, como si cada parte de su cuerpo hubiese estado aguardando ese instante desde siempre. Lo besó con la misma hambre con la que había aprendido a sobrevivir: sin reservas, sin tregua.
Y aun así, en algún rincón de su mente, se abrió paso la culpa.
Si te quedas… lo condenas.
Lo sabía. Siempre ocurría. Cada vínculo verdadero se convertía en un arma para sus enemigos, en una herida abierta por donde atacar. Ella era un faro para la oscuridad, y todo aquello que amaba acababa pagando el precio. Pensar en ello le apretó el pecho, como si el futuro ya se le hubiese clavado en las costillas.
Pero el cuerpo no entiende de augurios.
Sus dedos temblaban al recorrerlo; su boca buscaba la suya como quien intenta saciar una sed antigua y descubre que, cuanto más bebe, más la desea. El mundo giró cuando chocó contra la estantería, pero no le importó: los libros temblaron, el fuego crepitó, y ella solo sentía el pulso de Elías bajo sus manos, vivo, ardiente, real.
Cuando él se separó apenas para hablar, Judith sintió como si le hubieran quitado el aire; costaba más respirar sin que estuviera su boca.
Él hablaba de responsabilidad y, aunque no se refiriera precisamente a eso, ella sintió de nuevo esa carga de culpabilidad que siempre arrastraba consigo.
- Docteur - respondió con la voz entrecortada y la respiración agitada mientras él continuaba besándola el cuello -puede que mis manos no siempre sigan los caminos más rectos, pero jamás huyo de las sombras que creo: asumo cada falta, pago cada deuda y cargo con sus consecuencias... - Quizás había hablado con más gravedad de la que pretendía pero quería dejarle claro que ella no era una mujer de las que huyen. Si estaba con él, sería con todas las consecuencias.
Un escalofrió de placer la recorrió el cuerpo a medida que Elías exploraba su piel y esta vez fue ella quien acalló un gemido procedente de su garganta mordiéndose el labio. Sus dedos se entrelazaban con el cabello cobrizo del doctor y le acariciaban el cuero cabelludo, animándole a proseguir su camino. Judith iba entrando en un estado en el que la razón se abotargaba y los sentidos cobraban conciencia propia.
Sin embargo, el sonido del agua al caer en la bañera la devolvió cierta cordura.
Le apartó un instante, sin brusquedad pero con urgencia.
Respiraba con dificultad, el pecho subía y bajaba con una agitación que no intentaba ocultar, y sus ojos, aún encendidos, buscaron los de él. -Allons doucement, mon cher… -pidió, con una ternura nueva-. Déjame… compensarte. Por todo.-
Le empujó levemente de los hombros para poder salir del espacio reducido de la estantería y así poder maniobrar mejor.
Sus manos comenzaron a despojarle de la ropa con una paciencia deliberada, botón a botón, prenda a prenda, prolongando el instante como quien no quiere que la noche se acabe jamás. Admiró la línea de sus hombros, la firmeza de su torso, la vulnerabilidad que se escondía tras aquella fuerza contenida, acariciando cada línea de su cuerpo con auténtica devoción.
-Esta noche… -murmuró-, no eres un médico cansado, ni yo una cazadora marcada por la sombra. Esta noche, te trataré como a un príncipe… y al alba, que Dios nos perdone a ambos por todos nuestros pecados.-
Y, con esa promesa suspendida en el aire ya cálido que se había formado entre los dos, siguió su camino y comenzó con la complicada tarea de desprenderle de su pantalón.
15 de Septiembre, Noche - Casa del Doctor (Meryton)
Cuando Judith terminó su tarea, dejando caer la última prenda de Elías al suelo, el aire frío de la habitación golpeó su piel desnuda, pero él apenas lo notó. Su cuerpo ardía con una fiebre que nacía de la mirada de ella, de la devoción con la que sus manos habían recorrido cada cicatriz y cada músculo.
Se quedó allí un instante, expuesto ante ella en toda su virilidad, respirando con fuerza, dejando que ella viera el efecto innegable y poderoso que tenía sobre él. No había vergüenza, solo una afirmación primitiva de deseo.
—Al alba nos preocuparemos por el perdón de Dios —respondió él con voz ronca, atrapando las manos de Judith antes de que pudieran alejarse—. Pero esta noche, Él no está invitado a esta casa.
Con un movimiento fluido, tiró de ella suavemente para ponerla de pie frente a él. Ahora era su turno.
—Ya me has atendido suficiente, Judith. Ahora déjame descubrir a la mujer que se esconde bajo el disfraz de jardinero.
Sus manos, expertas y ágiles, atacaron los botones y correas de la ropa tosca que ella vestía. No hubo la paciencia que ella había mostrado; había urgencia en él. Despojó a la marquesa del peto sucio, de la camisa prestada, de las capas de tela que olían a tierra y muerte, hasta que ella quedó tan desnuda como él.
Elías se detuvo un segundo, recorriendo su cuerpo con la mirada, memorizando cada curva, cada sombra, cada rincón de su piel pálida iluminada por el fuego.
—Magnífica... —susurró, y la palabra sonó como una oración pagana.
Sin darle tiempo a sentir frío, se inclinó y pasó un brazo bajo sus rodillas y otro tras su espalda, levantándola en vilo como si no pesara más que una pluma. El contacto de piel contra piel, pecho contra pecho, vientre contra vientre, le arrancó un gruñido bajo.
Caminó los pocos pasos que los separaban de la bañera de zinc. El agua ya llenaba la mitad del recipiente, el vapor comenzaba a elevarse tímidamente.
—El agua nos limpiará el barro —dijo, mirándola a los ojos mientras pasaba una pierna por encima del borde metálico para entrar en la bañera con ella aún en brazos—, pero no quiero que borre nada más.
Se sentó despacio en el agua, que se desbordó ligeramente con el peso de ambos, y acomodó a Judith sobre él, horcajadas, rodeada por el calor líquido y por sus propios brazos. Elías echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el borde frío, y cerró los ojos un instante al sentir la exquisita tortura y el placer de tenerla allí, húmeda, cálida y completamente suya.
Abrió los ojos de nuevo, oscuros y líquidos, clavándolos en ella.
—Ahora, Marquesa... —murmuró, con las manos aferradas a las caderas de ella bajo el agua—. Ahora sí estamos a salvo.
15 de Septiembre, Noche - Casa del Doctor (Meryton)
El vapor ascendía en hilos lentos, como si la propia noche respirase con ellos. Judith apoyó una mano sobre el borde frío de la bañera, dejando que el agua y el fuego la envolvieran por igual. El mundo se había reducido a ese instante: el crujido de la leña, el murmullo líquido, el pulso que latía entre ambos.
Él no lo veía aún -la pasión le nublaba la mirada-, pero su piel contaba historias que no se atrevían a pronunciarse en voz alta. Viejas cicatrices, trazos de hierro y de lucha, señales de una vida vivida al filo. Ninguna restaba belleza; al contrario, la convertían en un mapa de supervivencia. Su cuerpo, fuerte y ágil, desmentía los cánones del salón, pero no a los de un anatomista: había en ella una armonía secreta, un equilibrio que hablaba de resistencia y experiencia.
Judith lo miró con una ternura que era casi reverencia.
-Mon cher… -susurró, rozándole el rostro con los dedos, mientras que se acomodaba a su regazo-. Esta noche me recuerdas que sigo viva. Que aún puedo sentir sin temer al mañana. Si esto es un pecado, entonces es el más dulce de los dones.-
Apoyó la frente en la suya, como si se permitirá un segundo más de cordura antes de abandonarse al placer y el deseo. El calor, el vapor, el latido compartido… todo parecía una bendición robada al tiempo y quería retenerlo en su memoria para siempre.
-Eres un regalo de Dieu -añadió en un murmullo-. Un instante de gracia en una vida de sombras.-
Entonces movió sus caderas buscando encajar con él como dos piezas de un mismo engranaje que solo funcionan al estar unidas, y por dios que era lo que parecía.
Cerró los ojos, dejándose llevar por la marea de sensaciones, no solo por el inmenso placer físico de sentirle en su interior sino también por el efecto que tenía en su corazón; por la certeza de no estar sola, por la promesa de un amanecer que, por una vez, no dolía imaginar.
Y cuando el mundo se disolvió en luz y aliento, al ritmo de un baile desenfrenado, Judith sonrió, agradecida, como si el universo entero hubiera conspirado para concederles ese instante de eternidad.
pues por mi lo cerramos, creo que nos ha quedado muy bonito ^^
A propósito... Qué te parece si hacemos que Elías le tenga que dejar algún vestido de su mujer (porque no tiene ropa para cambiarse). Si él no tiene nada de su mujer ahí, pues entonces nada, pero si no, podría ser un buen punto de inflexión para Elías, creo.
15 de Septiembre, Noche - Casa del Doctor (Meryton)
Cuando ella se movió, encajando sus cuerpos de aquella forma perfecta y devastadora, Elías perdió la capacidad de articular palabras. Su cabeza cayó hacia atrás contra el borde de metal, un gemido ronco escapando de su garganta, entregándose por completo a la sensación de plenitud.
Ya no había frío, ni muerte, ni cementerios. Solo estaba Judith.
La sujetó por las caderas con fuerza, marcando el ritmo de aquella danza acuática y febril, mirándola a través del vapor como si quisiera grabar ese instante en sus retinas para cuando la oscuridad volviera.
—Tú eres la única gracia, Judith —jadeó, buscándola, fundiéndose con ella—. Si esto es pecado, que el infierno nos encuentre ardiendo juntos.
Y se dejó ir. Se rompió y se recompuso dentro de ella, encontrando en el clímax no solo placer, sino una redención que no creía merecer.
Más tarde...
El fuego de la chimenea se había reducido a brasas resplandecientes. El agua de la bañera comenzaba a enfriarse, devolviéndoles a la realidad de la noche.
Elías salió primero, envolviéndose en una bata raída y secando a Judith con una toalla grande y áspera, pero con una delicadeza infinita. Fue entonces cuando la realidad práctica se impuso: la ropa de jardinero de la marquesa era un montón de barro y tela sucia en el suelo. No podía volver a Groombridge así.
Elías se quedó mirando el montón de ropa sucia y luego desvió la vista hacia un baúl de cedro al pie de la única cama que había en la planta baja (su "dormitorio" improvisado). Permaneció en silencio un largo minuto, una batalla librándose tras sus ojos.
Finalmente, caminó hacia el baúl.
El goznes chirriaron al abrirse, liberando un aroma a lavanda seca y tiempo detenido. Elías apartó un par de libros y sacó una prenda con manos temblorosas. Era un vestido de viaje, de lana fina en un tono azul oscuro, sencillo pero de buen corte, aunque claramente de una moda de hace una década.
Se acercó a Judith, que esperaba junto al fuego, y se lo tendió como quien entrega una reliquia sagrada.
—No puedes volver con esos harapos —dijo, su voz baja y cargada de una emoción frágil—. Pertenecía a... Elena.
Pronunció el nombre con dificultad, pero sin el dolor agudo de antes. Era una tristeza mansa.
—Era su favorito para los viajes largos. Siempre decía que era el único que la hacía sentir libre. —Miró a Judith a los ojos, y por primera vez, Elías sonrió con verdadera paz—. Ha estado encerrado en la oscuridad demasiado tiempo, igual que yo.
Acarició la tela en las manos de la marquesa.
Se apartó un paso, dándole espacio, pero su mirada le decía todo lo que callaba: que al dárselo, le estaba entregando la última llave de la fortaleza que había construido alrededor de su corazón.
15 de Septiembre, Noche - Casa del Doctor (Meryton)
El crepitar de las brasas era ahora un murmullo íntimo, como si la casa respirase con ellos. Judith permanecía sentada junto al fuego, envuelta en la toalla, con la copa aún tibia entre los dedos. Tenía la mirada perdida en las llamas, el rostro sereno, sin el peso del mundo en los hombros. Aquella calma -nueva, profunda- le pertenecía a él.
Cuando Elías habló de los harapos, sonrió de medio lado. -¿Volver esta noche? -murmuró, ladeando la cabeza con una picardía suave-. No estaba en mis planes, docteur. Si me lo permite, me quedo hasta el alba. -Había en su voz un tono de broma, de certeza compartida.
Pero entonces él regresó con el vestido. Y el aire cambió.
Judith se puso en pie, lenta, con cierta gravedad. Comprendió de inmediato lo que aquello significaba. La tela guardaba una memoria, un nombre- Elena-, una ausencia. Su alegría no se apagó, pero se volvió más honda, teñida de respeto.
Guardó un silencio sostenido. -Merci… -dijo al fin, con una inclinación mínima, reverente-. Es un honor que no tomaré a la ligera.-
Lo colocó con sumo cuidado sobre el respaldo de una silla, como si temiera perturbar el eco de quien lo había amado antes.
-Me lo pondré por la mañana -añadió, con una sonrisa que era promesa y despedida a la vez-, cuando no tenga más remedio que dejarle marchar a salvar más vidas, como hace cada día.-
Entonces dejó caer la toalla con la naturalidad pues no tenía ya nada que esconder a ese hombre -o quizás sí-. No había desafío en el gesto, solo confianza. Tomó la mano de Elías y lo condujo hacia la cama, despacio, como si el tiempo hubiese decidido caminar a su paso.
-Ahora no necesito más vestiduras -susurró-. Solo tu cercanía.-
Se acomodó entre las sábanas, buscándolo.
-Descansemos, mon cher… -dijo, con una ternura que nacía de lo más hondo-. Pero no lejos de tus brazos.-
Y así, envueltos en el calor que aún palpitaba en la estancia, dejaron que la noche hiciera lo que mejor sabía: guardar los secretos de los vivos.
Escena cerrada opino.
El día 17, recibís una carta del padre Obadiah, en la que os habla de la siguiente manera:
Mi estimado Padre Collins.
Importantes asuntos requieren de mi urgente partida a Londres por un pequeño periodo de tiempo, en compañía de la señorita Bingley. Son asuntos de profundo calado, que no son convenientes de eludir, pero mi responsabilidad con mi parroquia es de tal relevancia para mí, que me duele dejarla sin un consejero espiritual, incluso tratándose de dos o tres días a lo sumo.
En consecuencia, os agradecería accedieseis a encargaros de ella, atendiendo los asuntos que surjan, asegurando así la continuada presencia de un pastor que continúe guiando al rebaño.
Es bien sabido que los hombres de fé a veces no comparten métodos, pero sí la misma creencia en Dios nuestro Señor, así como en la salvación eterna de todas las almas, por lo que tengo plena confianza en vuestras habilidades para transmitir el mismo espíritu de ayuda a quienes lo necesiten, evitando así dejar sin atención a quienes lo requieran con urgencia.
Ni que decir tiene que os estaría profundamente agradecido por ello y a mi regreso, así os lo haré saber.
Vuestro, atentamente.
PADRE OBADIAH BARNABY
Lunes, 18 de septiembre de 1815 - Calles de Meryton (Mañana)
Vane llevaba casi una hora apoyado contra la pared de ladrillo de la taberna local, con el sombrero calado lo justo para protegerse del sol pálido de la mañana y observar la calle principal sin llamar demasiado la atención. El pueblo de Meryton había recuperado su irritante normalidad tras el caos del sábado, pero el investigador sabía que bajo esa fina capa de sonrisas y saludos cordiales, el lodo seguía fresco.
Su mirada se afiló cuando la vio salir de la botica.
La segunda hija de los Bennet. La había observado durante el baile. Mientras la mayoría de los invitados balaba como ovejas deslumbradas por los candelabros y los uniformes rojos, ella miraba a George Wickham con una tensión y una alerta que a Vane no le pasaron desapercibidas. Ella veía al lobo. Y ahora, viéndola caminar con ese gesto tenso y aferrando un pequeño paquete de medicinas, Vane intuyó que las consecuencias de la fiesta ya habían cruzado el umbral de su casa.
Se separó de la pared y dio unos pasos calculados para interceptar su trayectoria, deteniéndose a una distancia socialmente aceptable pero bloqueando sutilmente su paso de forma deliberada. Se tocó el ala del sombrero a modo de saludo, esbozando una media sonrisa seca y cínica.
—Señorita Bennet —dijo, con una voz rasposa que contrastaba con los modales refinados que solían escucharse en aquellas calles—. Una mañana demasiado gris para un paseo de placer, supongo.
La estudió un segundo de arriba abajo, sin ningún pudor, evaluando su nivel de cansancio o miedo.
—Jonathan Vane. Quizás me recuerde del baile de Netherfield, aunque admito que mi presencia allí era tan decorativa como una mancha de barro en una alfombra persa —añadió, encogiéndose de un hombro—. Le ruego me disculpe el atrevimiento de abordarla así en plena calle, pero no soy hombre de andarme por las ramas, y menos cuando hay asuntos urgentes sobre la mesa.
Dio un paso lateral, acercándose lo justo para bajar la voz e impedir que el barullo de los carruajes o los transeúntes curiosos pescaran la conversación.
—He oído hablar del inoportuno "accidente" de su hermana mayor en las antiguas minas. Una verdadera lástima. Casi tan lamentable como el repentino "desmayo" de su amiga, la señorita Briqueville, en mitad del salón. —Vane pronunció los términos con comillas audibles, destilando un sarcasmo pesado y evidente—. Parece que la salud de las damas de este condado se vuelve notablemente frágil cuando se exponen a ciertas compañías.
Vane clavó sus ojos oscuros en los de Elizabeth, abandonando cualquier rastro de cortesía burlona para dejar asomar al sabueso.
—Usted vio a George Wickham el sábado. Y por la forma en que lo miraba, diría que sabe exactamente qué clase de veneno es. Yo estoy en Meryton por él, señorita Bennet. Me pagan por encontrarle y, créame, la gente que firma mis cheques no lo quiere para tomar el té.
Metió las manos en los bolsillos de su abrigo gastado, manteniendo una postura relajada que contrastaba con la crudeza de sus palabras.
—La gente de Netherfield juega a un juego muy peligroso invitando a bestias a su mesa. Y los que están alrededor siempre acaban pagando los platos rotos. Solo quiero que me responda a una cosa, y le sugiero que sea sincera: ¿Ese bastardo de Wickham ha puesto ya los ojos en alguien de su casa? Porque si ese "accidente" lleva su firma, le aseguro que solo ha visto el principio del problema.
Lunes, 18 de septiembre de 1815 - Calles de Meryton (Mañana)
En las últimas noches las pesadillas habían desaparecido, mi tez había mejorado que incluso mi propia madre me hizo un comentario esa misma mañana de que estaba radiante. ¿Radiante?¿Yo?¿No se estaba equivocando de hija? La miré confundida pero acostumbrada ya a sus comentarios inesperados la sonreí y volví a mis quehaceres. Revisé que Jane estuviera cómoda en su habitación ya que seguía en reposo pero mucho menos dolorida y le faltaba poco para acabarse su medicina y la madre. Por lo que por primera vez en días decidí salir sola a hacer los recados cotidianos al pueblo.
Aún a pesar de las nubes pasajeras que solían cubrir el sol, el día era ligeramente más cálido con otros. Entré a la botica y pedí las medicinas como siempre, después del agradecimiento al boticario mantuve la sonrisa hasta que alguien decidió interrumpir mi espléndido paseo aquella mañana.
Me giré hacia la voz desconocida, que a pesar de no haber tenido la ocasión de tener una conversación ya había oído a hablar del detective que iba y venía de un lado para otro al pueblo.- Buenos días, Sr. Vane. ¿O debería llamarle detective? - acentué haciéndole referencia que sabía quien era. Me crucé de brazos con la cesta colgando de uno que cubría su interior con un ligero pañuelo a cuadros.
Me quedé tranquila esperando con una ceja alzada mientras escuchaba lo que tenía que decir. Puede que Vane lo supiera o no, pero solo habían dos cosas por las cuales me ponía en guardia con un desconocido, con mi familia y la gente que allegada a mí. Y el detective había tocado los dos en apenas dos frases. Por lo que fruncí el ceño y le miré intentando averiguar que era lo que quería saber realmente.- Por favor, detective, dígame que es lo que quiera saber y acabaremos antes.
Wickam... otra vez... parecía que esa pesadilla no iba a desparecer nunca, ni siquiera despierta.
- ¿Entonces a qué espera, detective? Sabe donde está...- no era una pregunta, si no una afirmación.- ...apareció en la fiesta aún a pesar de que era obvio de que nadie le quería allí y en cambio se le permitió permanecer y andar de aquí para allá esparciendo su veneno. ¿O es que no le importa poner vidas en riesgo detective? - no era mi intención acusarle pero necesitaba saber si había algún peligro más allá que Wickam y su calaña.
Esperé que fuera al grano y su pregunta sacó un ligero suspiro.- El accidente de mi hermana fue solo eso, detective Vane, un simple accidente nada mas.- ''o al menos que yo supiera'' aunque ese detalle no se lo iba a declarar al propio detective por lo que desvié el tema en cuanto me fue posible.- Mi consejo es que lo busque en la taberna por las noches, suele tontear y picar a algunas jóvenes y camareras del lugar esperando que alguna ciega por sus encantos caiga en sus redes, si no lo consigue, bueno... digamos que le encanta jugar con sus presas.- se notaba por la propia seguridad de mis palabras que lo que había dicho era por lo menos algo que había vivido en persona.
Lunes, 18 de septiembre de 1815 - Calles de Meryton (Mañana)
Vane no perdió la sonrisa irónica ante el rápido despliegue de agudeza de Elizabeth Bennet. Esperaba inteligencia, pero el desafío directo y la falta de coqueteo eran una rareza refrescante en una joven de su posición. Asintió levemente ante su primera respuesta, reconociendo que no iba a ser fácil, pero eso solo lo hacía más interesante.
—"Sr. Vane" bastará en la vía pública, señorita Bennet. Los títulos, como las armas, mejor mantenerlos ocultos hasta que sean necesarios —respondió con un tono de voz bajo y tranquilo, diseñado para no llamar la atención de los transeúntes.
Observó su lenguaje corporal: los brazos cruzados, la ceja alzada, la postura defensiva. Había tocado una fibra sensible al mencionar a Wickham y a su hermana en la misma frase, tal como había planeado.
—Valoro la franqueza por encima de la cortesía, así que se la devolveré —continuó Vane, dando un paso más cerca, invadiendo ligeramente su espacio personal, no para intimidar, sino para crear un círculo de privacidad en medio de la calle transitada—. Sé dónde está Wickham, sí. Y sé que Netherfield le abrió las puertas, aunque fuera a regañadientes. Pero un criminal no se define por dónde duerme, sino por lo que busca.
Cuando Elizabeth lanzó su acusación sobre el riesgo y el veneno de Wickham, Vane la miró a los ojos con una intensidad fría y profesional que no dejaba lugar a dudas sobre su seriedad.
—No me malinterprete, señorita Bennet. No estoy aquí para proteger la reputación de las anfitrionas de Netherfield, ni para vigilar los coqueteos de taberna de un estafador de poca monta. Estoy aquí porque George Wickham es un catalizador de desastres. Donde él va, la gente pierde dinero, reputación... y a veces, la vida.
Hizo una pausa deliberada, evaluando su reacción antes de soltar la siguiente frase con la precisión de un cirujano.
—Me alegra oír que el incidente de su hermana Jane fue solo un accidente desafortunado. De verdad. —Vane inclinó la cabeza ligeramente, y su voz bajó hasta convertirse casi en un susurro ronco—. Pero permítame compartir una coincidencia que me inquieta. El señor Wickham tiene un historial... peculiar. En el pasado, las personas que se han interpuesto en su camino, o que poseían algo que él deseaba con desesperación, han sufrido "accidentes" igualmente oportunos. Caídas, enfermedades repentinas, mala suerte...
Vane la miró fijamente, buscando cualquier grieta en su armadura.
—Usted lo conoce. Ha visto cómo "juega con sus presas", como bien dice. Dígame, señorita Bennet, con la mano en el corazón: ¿cree que es capaz de provocar un "accidente" si eso le beneficia? Y más importante aún... ¿qué podría beneficiarle de que Jane Bennet estuviera fuera de juego, o postrada en una cama, justo ahora que ciertos caballeros ricos han llegado al condado? Piense en ello. A veces, el veneno no se esparce con palabras, sino con acciones mucho más sutiles.