Me encantaba ganar.
Era lo que estaba habituado a que sucediese, pero no por ello me cansaba o me aburría, sobre todo cuando el competidor era difícil, como ocurría en aquel caso.
Sabía que estaba en una situación inmejorable, que tenía todos los triunfos y que mis enemigos sufrían, como quedó perfectamente claro con aquella propuesta de la mayor de las hermanas.
-Adelante, hacedme una oferta -le había dicho.
Y no me había defraudado.
-La marquesa, el marquesado, y los Bingley, aunque algo me decía que atraparlos iba a resultar especialmente difícil, por no decir que me gustaba mucho más pincharles que acabar con ellos.
Ya sabía lo que deseaba hacer Caroline, pero también que aquello no duraría. No tenía la capacidad para permanecer tanto tiempo en el mismo lugar.
-Vuestra oferta es... ciertamente atractiva. Me gusta cuando se ofrecen voluntariamente, como es vuestro caso. Dadme un momento para...
Y entonces, la chiquilla hizo algo que no esperaba.
Se mordió a sí misma, y en lugar de despertar en mí una sonrisa burlona, hizo que mi cuerpo se tensara automáticamente y que aquella sangre fuese lo único que podía oler y ver, y también concentrarme.
En esos instantes, la chiquilla había anulado durante unos breves segundos, toda mi voluntad. Mis colmillos parecieron alargarse, mi boca, abrirse, y mi rostro inclinarse hacia su mano.
Judith dio un paso lento hacia delante. Sin temblar. Aunque el miedo de perder a sus seres queridos le desgarraba el pecho.
El mundo pareció ralentizarse. Judith no vio primero a Wickham, si no la sangre.
La pequeña gota carmesí brotando de la mano de Effie como una flor maldita abriéndose en mitad de la noche. El gesto desesperado de su hermana, el temblor contenido, las lágrimas… y el cambio inmediato en el rostro del monstruo...Ah. Ahí estaba. La bestia.
La máscara encantadora de George Wickam se había resquebrajado durante apenas un instante, lo suficiente para mostrar aquello que realmente era: hambre. Un hambre obscena, voraz, incapaz de gobernarse ante la promesa de carne tibia y sangre reciente.
Judith sintió cómo el miedo le subía por la espalda como hielo, pero no dejó que se reflejara más allá de un leve tensarse de mandíbula. Sus ojos oscuros no abandonaron a Effie ni un segundo.
-Effie… -su voz salió baja, pero firme-. Ma chérie… mírame. No hagas movimientos bruscos.- Su hermana había sido la única razón hasta el momento para seguir adelante. Hacía lo que hacía para lograr un mundo mejor donde ella pudiera vivir. Si la perdía ahora...
Dio otro paso hacia delante. Medido. Deliberado. La lámpara proyectó sombras largas sobre el cementerio mientras la marquesa mantenía una postura impecable, aunque por dentro el terror la estuviera desgarrando. Porque sí. Por primera vez aquella noche, Judith creyó realmente posible perderla, y su alma no podía soportarlo.
Sus dedos se cerraron alrededor de la estaca oculta bajo el abrigo, como si se aferrase al último resquicio de esperanza que la quedaba. Debía empalar a esa criatura... pero todavía no.
No mientras los colmillos de Wickam siguieran tan cerca de la garganta de Effie.
Su mirada pasó un instante por Barnaby. Un traidor miserable. Débil. Mucho más débil que el vampiro. Le dolía ver como un hombre de fe se doblegaba a un siervo del mal, pero no la sorprendía.
Decidió ignorarle por el momento y confiar en que Elias se pudiera hacer cargo de él.
Luego regresó a Wickham. -Monsieur Wickam… -dijo con una calma que rozaba lo sobrenatural-. Veo que mi hermana acaba de recordarnos algo importante sobre votre condition. Hasta el depredador más refinado tiene dificultades para ignorar ciertos impulsos.-
Su tono seguía siendo cortés. Incluso elegante.
-Le ruego que piense bien el siguiente movimiento. Porque ahora mismo no tiene una rehén… tiene una distracción sangrante entre las manos. Y si pierde el control un solo instante, le aseguro que todos aquí actuaremos antes de que termine de alimentarse.- Dio otro paso. Pequeño. Lento. Medido. -Así que propongo que retomemos la conversación entre adultos civilizados… y que suelte a mi hermana.-
Por dentro, Judith ya estaba calculando exactamente cuánto tardaría en atravesarle el pecho con una estaca si Effie conseguía apartarse medio segundo.
Effie podría conseguirlo, si se acordaba de la poción que habían comprado a la zíngara: La esencia de Flor del Cadaver.
Solo tenía que echársela y salir de sus garras. Entonces Judith tendría el camino libre.
El doctor debería asegurarse de que Barnaby no interrumpía, pero ¿Sabían ellos lo que Judith esperaban que hiciera? ¿Hasta que punto se compenetraban como equipo?
A la que Effie se mueva se la intento clavar a Wickam hasta el fondo :D
Quizás los actores de aquella tétrica tragedia estaban acostumbrados a estas situaciones. Éste no era el caso de Elías.
Tardó en darse cuenta de las pretensiones de Effie, y solo cuando observó a Judith avanzar hacia Wickham surgió ese impulso que le indicaba que tenía que ponerse en movimiento. Medio segundo de margen en reaccionar podría ser tiempo suficiente para que una victoria se convirtiese en una derrota.
No se veía capaz de combatir al vampiro, como mucho servir de soporte a las acciones de la marquesa. Avanzó en pequeños pasos y su mente empezó a barajar opciones. - Si al menos dejo fuera de escena al Padre Barnaby. - Judith debía haber tenido el mismo pensamiento pues percibió la mirada que hecho al hombre de fe antes de ignorarle para mantener la conversación con Wickham viva.
Un par de golpes sutiles con la palanca a su mano abierta era una declaración de intenciones según se acotaba la distancia entre ambos hombres.- Mantente en tu sitio o te moleré a golpes. - Usualmente no era un hombre agresivo, pero el amor le había despertado un instinto por el que sería capaz hasta de matar para proteger a su amada y sus seres queridos.
He de decir, me creáis o no, que cuando leí que Judith se acercaba sobre el vampiro pensé: soy un inútil en este escenario, solo me puedo ocupar de Barnaby (y llegado el momento habrá que ver si puedo).
Judith se dirigió rápidamente hacia mí.
No hagas movimientos bruscos.
¿Acaso pensaba de verdad, que todavía podía ser salvada?
No me atreví a responder, pero al ver como se aproximaba, lentamente, mi cuerpo tembló, no por mí, sino por ella. Wickam podía morderme en cualquier momento, pero también atacarla a ella, y ahora que tenía a alguien a su lado, ¿cómo iba a permitir que se ofreciese?
A pesar de todo, sabía que Judith era capaz de eso y mucho más, que tenía una oportunidad real de vencer a aquella criatura salvaje. Pero mi temor era que también podía terminar por condenarse a sí misma.
Vi como sus ojos también se desviaban hacia Barnaby, como si lo vigilase, y entonces, volvió a centrar su atención en Wickam y le amenazó de muerte. Si me mordía, si se dejaba llevar por el hambre atroz que mi sangre le generaba, mi vida seguramente terminaría, pero también la de Wickam, y alguien como él debía tener una voluntad de supervivencia superior a la de cualquiera de nosotros.
¿Pero y si la bestia superaba a la razón?
No me atrevía a mirar, ni tampoco a respirar, pero también deseaba acabar con aquella pesadilla que era Wickam y la vida que Judith y yo habíamos llevado durante tanto tiempo. Yo había nacido al amparo de un diablo; ella no había conocido la paz. ¿Acaso no merecíamos encontrar la paz, aunque fuese de forma diferente?
Y yo, no podía condenarla.
No me atrevía a hacerlo.
Mis lágrimas empezaron a brotar como un torrente, y era porque había tomado mi decisión. Igual que Judith estaba dispuesta a dar su vida por mí, yo lo estaba a entregarla por ella; y después del rechazo de Elizabeth, me quedaba poco a lo que agarrarme, tan solo una vida extrañamente insulsa, carente del amor que buscaba.
Noté el pequeño frasco que tenía en mi bolso, el que nos había dado la zíngara, pero no iba a llegar a tiempo; no con Wickam tan cerca de mí.
Mis labios se movieron imperceptiblemente, en un mensaje silencioso que iba dirigido hacia Judith.
Perdóname.
Sin esperar más, me moví con brusquedad para girarme y meterle mi propia mano en la boca, o acercarle la garganta, si es que me sujetaba demasiado fuerte como para que no pudiera moverme.
Mi maestro estaba jugando con aquellos pobres humanos, que tan mal lo habían juzgado. Sus habilidades superan con creces aquellos fatuos intentos por acabar con algo que no acertaban a comprender.
Y sin embargo, me sentía inquieto.
Sabía que había determinación en la marquesa y el doctor, y el convencimiento de que el bien mayor justificaba sus acciones, lo que podía llevarles a cometer imprudencias, incluso arriesgando la vida de la joven.
Pero mi maestro se movía perfectamente en aquellas situaciones, era inteligente y valoraba estratégicamente sus opciones. Por aquel motivo, me había permitido ir con la Condesa y fingir convertirme en su sirviente, cuando mi alma ya había sido atrapada por él, previamente.
Mi maestro lo sabía todo, de todos.
Pero no contaba con aquella acción que liberó sangre y amenazó a despertar la criatura que anidaba en el cuerpo de mi maestro. Eso me hizo moverme para intervenir, aunque me detuve, finalmente, al comprobar que había logrado detenerse a tiempo.
Pero la amenaza estaba allí, esperando.
Observé como el doctor no apartaba la vista de mí y también como la marquesa me lanzaba una mirada de advertencia. Pero estaba preparado para ofrecer mi vida, si era necesario, por él, y actuar ayudándole en lo que pudiese.
Cuando observé, con horror, el movimiento de la joven, ahogué un chillido y me lancé hacia el doctor para detenerlo y que no actuase en superioridad. No lo pensé; simplemente, salté con todas mis fuerzas hacia él, como si se tratase de un enfrentamiento entre la razón y la fé.
La sangre era mi alimento, la fuente de mi energía, pero también mi debilidad. Al ver la sangre en aquella mano pálida, tuve que hacer acopio de toda mi voluntad para resistirme ante el delicioso aroma que ascendió repentinamente por mis fosas nasales.
Su sangre olía a un dulzor poco habitual, mezcla de miedo, pero también de valentía.
El rojo fluido transmitía mucho más de lo que los humanos eran capaces de percibir, historias que no habían sido contadas y también deseos ocultos. Aquella niña tenía de todo; amor, frustración, miedo, valentía, sueños hermosos y pesadillas terribles, que se combinaban como un manjar exquisito, de esos que pocas veces encuentras disponible.
Era apetitosa en grado extremo.
Me contuve, pero solamente para observar como la situación se ponía cada vez más complicada. Mi rapidez contra la de cualquiera de los que estaban allí, mientras aquel despojo de Barnaby me defendía, era muy superior. Pero para eso, debía resistir la dulce tentación.
Las palabras de Judith me llegaron amortiguadas, hasta que logré recomponerme lo suficiente para comprenderlas. Sabía que intentaría algo, pero también que yo podía escoger muchas opciones antes de lanzarme a por una rápida y sencilla.
Por eso no esperaba la reacción de la joven, que se revolvió con fuerza, obligándome a retenerla apretando mis manos, hasta que ella misma logró deslizar su mano para acercarla a mi boca.
En esa situación, no pude impedirlo.
Mi boca se cerró alrededor de aquella suave piel y el denso líquido entró en mi boca, provocándome un delicioso estado de placer durante unos momentos que me hizo olvidarme de todo, incluso del lugar en el que me encontraba y también, del peligro en el cual podía hallarme.
Sin posibilidad de reaccionar, hice lo único que mi instinto me permitía hacer.
Mordí con fuerza mientras agarraba con más fuerza todavía a la joven, delante de mí.
Judith vio el mundo quebrarse en un instante.
El sonido fue pequeño. Húmedo. Un chasquido obsceno de carne perforada. Y luego… sangre.
Los ojos oscuros de la marquesa se abrieron apenas un ápice al ver cómo los colmillos de Wickam se hundían en la mano de su Effie con una violencia hambrienta, impropia incluso de un depredador que pretendía aparentar refinamiento. Aquello ya no era un hombre, era una bestia.
La lámpara osciló levemente en su mano cuando el miedo -ese miedo antiguo y brutal que solo una hermana conoce- le desgarró el pecho con tal fuerza que durante un segundo sintió el impulso de gritar el nombre de Effie. Pero no había tiempo para dejarse guiar por el pánico.
Sus ojos descendieron apenas una fracción de segundo hacia la tensión del cuerpo de Wickham. La forma en que se había entregado al mordisco. La mandíbula cerrada. La guardia baja. La atención rota.
Seguro que Effie lo había hecho para ofrecerla a ella la posibilidad de un ataque más certero, pero ¿a qué precio?
Antes de que su cerebro procesara el después, antes de que sus lágrimas le nublaran por completo la visión, sacó la estaca de debajo del abrigo con una velocidad impropia de una dama de su porte y busco la retaguardia desprotegida del monstruo.
Había muchas formas de que una estaca llegara al corazón, y, una de ellas, quizás la más eficiente, era por la espalda.
-Éloignez-vous d’elle, monstre! -la voz, por primera vez, perdió toda cortesía.
Con toda la fuerza de una mujer que había sobrevivido demasiado tiempo al infierno, Judith clavó la estaca directamente hacia la espalda expuesta de Wickam, buscando el corazón con precisión brutal.
Al mismo tiempo, alzó la voz, clara y firme, sabiendo exactamente qué aún la batalla no estaba ganada. El sirviente del monstruo podría interferir en su ataque evitando que lograra profundizar hasta el corazón.
-¡Elias, ahora!... ¡Barnaby!-
Ya no había vuelta atrás. Judith tiró la lámpara de aceite al suelo para liberar su otra mano, creando un fuego que empezó a expandirse por la cripta: si Dios había decidido que aquella fuera la noche de morir, Judith pensaba arrastrar al monstruo con ella.
Estaba preparado, mi brazo elevado en modo desafiante como indicando al hombre santo que no cometiese ninguna estupidez.
Trataba de mantener sus sentidos en esa labor, aunque era inevitable desviar pequeños vistazos a la escena principal.
Lo inevitable sucedió. El mordisco hizo perder el foco un segundo a Elias, su mente clínica — una ventaja en muchas ocasiones — se convirtió en un problema. Calculó las posibilidades reales de poder aplicar algún método contra la hemorragia que surgiría de aquella mordida. Midió el alcance que sus acciones podrían tener para salvar a la hermana de su amada. Sin embargo, esto le desvió de mantener a Barnaby controlado.
Casi relajó su brazo al ver a Judith cargar contra el vampiro. Una mueca de orgullo ante la mujer que tenía a su lado. Pero fue el segundo grito el que le despertó de su trance.
Al volverse contra ese repugnante hombre este se encontraba abalanzándose contra él. El golpe no llegó. El instinto fue cubrirse ante el impacto, y ambos rodaron por el suelo llenándose de polvo y barro. La palanca voló un par de metros más allá de su alcance mientras forcejeaba por no quedar apresado. Hizo por quitárselo de encima, por ganar la ventaja situacional que le permitiría golpear — a puñetazos — de manera más efectiva.
El dolor fue más intenso de lo que hubiera imaginado. Sus colmillos me atravesaron con tal fuerza, que sentí como si me rompiese por dentro. Quería gritar y al mismo tiempo, retirar mi mano, apartarle y lanzarlo lejos, pero de repente me hallé sin fuerzas, incapaz de moverme y dejar a un lado todo aquel dolor y que se detuviese.
Pero poco a poco sentí como si me quedase sin energías y con cada poderosa succión de sangre, mi corazón latiese con más fuerza… pero también mucho más despacio.
Todo ocurrió casi en un suspiro.
Mi sangre llenando su cuerpo, mi cuerpo desvaneciéndose y cayendo al suelo, inerte, y una sombra que pasaba con velocidad a mi lado, Judith, para aprovechar la distracción acabar con Wickam.
Al mismo tiempo que el mundo a mi alrededor desaparecía y mis piernas flaqueaban, la poderosa energía de mi hermana, a quien quería más que a nadie en el mundo, iba a serle de utilidad para salvar su vida, y también la de Elías. Lanzando una sonrisa envuelta en un gemido silencioso de dolor, finalmente me abandoné a la muerte, que sabía me esperaba para acogerme, si no inmediatamente, en cuestión de horas.
Pero era mi decisión, mi sacrificio.
Era mi última obra; una vida, por otra vida.
El fuego se extendió por todas partes antes de que pudiera proferir un grito de horror por la seguridad de mi maestro. Mi primera intención fue correr hacia él, al tiempo que mordía a la joven, pero me detuve al ver de soslayo un movimiento a mi lado, el del doctor, que se abalanzaba sobre mí.
Tuve que girarme para detenerle y bloquearle, y choqué con él, forzándole a salir, empujándole todo lo que pude.
-¡No lo hará, doctor! ¡No podrá con él! ¡Es un dios inmortal! –gritó Barnaby, cegado por la fascinación que la sangre de Wickam había creado en él.
El choque entre los dos fue como el encuentro entre dos titanes, pues ambos seres humanos parecían tener idéntica determinación y fortaleza, aunque por motivos bien contrapuestos.
Ambos forcejearon entre el fuego, un instante, pero no demasiado, pues Judith se había lanzado contra Wickam para aprovechar su distracción y clavarle una estaca en el corazón, desde la espalda.
El movimiento de Judith, aunque torpe, llevada por la duda y el miedo, más que por ella misma, por Effie, tardó en recorrer aquellos escasos metros que había entre la espalda de Wickam y ella misma.
Pero lo hizo.
A trompicones, casi cayendo al suelo, logró avanzar, apoyándose en todo cuanto halló a su paso, hasta situarse justo a la espalda del demonio. Este, dándose cuenta de la estratagema, abrió la boca para dejar caer a Effie y volverse hacia ella, pero el vampiro no estaba concentrado, tal y como las dos hermanas habían esperado, y su giro fue lento, demasiado lento.
La estaca atravesó la carne muerta con la facilidad de un cuchillo en un filete, alcanzando el órgano central de Wickam, que abrió la boca en un gesto mudo de sorpresa y dolor.
El mundo pareció detenerse en ese mismo instante, y Obadiah lanzó otro grito sin igual, que llenó todo el lugar, el cual poco a poco iba llenándose de llamas que amenazaban con mataros a todos.
En ese instante, Effie cayó al suelo, demasiado cerca del fuego, Obadiah se deshizo del doctor para ir en busca de su maestro y Wickam se derrumbó como un castillo de naipes, sin brillo en sus ojos, mientras la piel de su cuerpo se pegaba a sus huesos y estos se pudrían a una velocidad vertiginosa.
Cuando terminó de caer, Wickam era básicamente un esqueleto que en nada se parecía a lo que había sido y Obadíah lo sostenía entre sus brazos. El fuego estaba a punto de consumirlos, y también a vosotros, si no salíais de allí.
Effie respiraba, pero a duras penas, y su vestido empezaba a prender.
No había tiempo que perder.
El doctor había subestimado a Barnaby. Tras varios forcejeos, sintió como un puñetazo lo golpeaba en la sien dándole tiempo para zafarse. Al menos lo había retenido lo suficiente para que Judith pudiese ejecutar su apuñalamiento.
Hizo un esfuerzo de extender el brazo para hacer trastabillar al encolerizado hombre de dios agarrándolo del pie, pero fue muy lento.
Se levantó como pudo y caminó hacia él agachándose para tomar la palanca. Sin embargo, fuera de ver a un hombre combativo, pudo ver un hombre destrozado por la muerte de su amo.
- Effie. - Dijo al ver a la muchacha cerca del fuego, en un estado casi letárgico.
Corrió levantando una estela de polvo hacia ella para tomarle las constantes vitales. Con dificultades, de manera superflua, pero respiraba.
Cargó con ella entre sus brazos para alejarla del fuego. Su mente clínica le hizo centrarse en aquello, sin pensar un segundo en su amada — la cual en un simple vistazo parecía afligida pero sana —.
- Mi material, necesito mi maletín.- Lo había dejado tirado por las mediaciones cuando la cosa se había puesto "seria". Allí llevaba vendas, viales con diferentes sustancias, instrumental quirúrgico desinfectado, una bolsa que había procurado mantener fría con sangre. Posó a la menor de las Briqueville en el suelo lejos del peligro de las llamas.
Se arremangó tomando serenidad en aquel ritual que siempre iniciaba a modo de concentrarse, y empezó a sacar cosas del maletín que reposaba ahora a uno de sus costados, mientras iba haciendo comprobaciones mínimas sobre el cuerpo de Effie: tomar temperatura, el pulso, analizando la hemorragia, hematomas que se fueran formando alrededor del lugar donde se había producido la mordedura.
Judith no sintió victoria. La estaca había entrado. Dios era testigo de ello. Había atravesado el corazón de aquella abominación con la precisión que daban años de miedo, rabia y costumbre. Y, aun así, cuando el cuerpo de Wickham se desmoronó sobre sí mismo como un castillo de huesos podridos, lo único que sintió fue horror.Porque Effie cayó.
-¡EFFIE!- El nombre salió de sus labios sin nobleza ni compostura, roto, humano, aterrorizado.
El incendio ya rugía alrededor, alimentándose del aceite derramado y de las telas antiguas del panteón, pero Judith apenas veía las llamas. Solo veía a su hermana desplomada cerca del fuego, tan quieta… demasiado quieta.
El alivio de ver a Elías reaccionar fue instantáneo. Por supuesto que él se había movido primero hacia Effie. Mon Dieu, claro que sí. Era exactamente el hombre que ella sabía que era.
Mientras el doctor cargaba con la joven lejos de las llamas, Judith reaccionó al fin. Se abalanzó sobre el vestido de Effie para apagar cualquier rescoldo que hubiera prendido en la tela, aplastándolo con las manos enguantadas sin preocuparse del calor ni de chamuscarse.
Luego, se giró hacia Barnaby. Por un instante, sus ojos oscuros quedaron clavados sobre el párroco derrumbado junto al cadáver de su monstruo. Había rabia allí. Mucha. Rabia por Gytha. Por las muertes. Por la traición. Por haber puesto a Effie en aquella situación. Y aun así… algo de misericordia permanecía.
- No me obligue a matarle también, père Barnaby -dijo con una calma glacial, su inglés afrancesado endurecido por el agotamiento y el dolor-. Su dios acaba de morir y el infierno ya arde bastante esta noche. Salga… o quédese aquí llorando sobre sus huesos, pero no se acerque a nosotros.-
No esperó respuesta. Se arrodilló inmediatamente junto a Elías y Effie, con el vestido manchado de ceniza y barro, temblando.
Sus ojos fueron directos a la mordida. Aquello no era una herida cualquiera. Ella conocía demasiado bien esa clase de marcas y lo que significaban.
- Mon Dieu… -susurró, llevando una mano al rostro de Effie-. Ma petite… non, non…-
Le apartó con delicadeza mechones húmedos de sudor de la frente, intentando mantener la compostura. Pero cuando habló con Elías, su voz reveló el miedo real.
- Dime qué necesitas y lo tendrás -dijo rápidamente, arrodillándose junto a él para ayudarle con el maletín-. ¿La flor de cadáver? ¿El natrrovium? ¿Vendajes? Dis-moi seulement quoi faire…- No intentó ocultarlo: estaba aterrada. Porque aquella herida tenía el mismo lenguaje que había visto demasiadas veces en el cuerpo de otras víctimas… y también el mismo origen que las cicatrices invisibles que aún cargaba ella.
Y por primera vez desde que conocía a Elías, Judith parecía estar rogando silenciosamente a alguien más que a Dios. A él.
Barnaby no era el problema.
Ni tampoco el fuego.
Lo era aquel despreciable de Wickam, que antes de ser atravesado por la estaba de Judith, había dejado su impronta en Effie, lo que significaba que su vida, y la salvación de su alma, corrían serio peligro.
La joven yacía en el suelo, sin moverse, casi inconsciente pero mostrando inquietud en su rostro, con los ojos moviéndose bajo sus párpados y unos temblores que habían empezado en su mano, pero que parecían estar extendiéndose al resto de su cuerpo.
El doctor pidió su botiquín, con la idea de empezar a tratar aquella primera herida, la fuente de todo el mal que ahora la aquejaba. Después, la llevó lejos del fuego y se dedicó a analizar el estado de inquietud en el que se hallaba Effie.
La pregunta era clave. ¿Qué podía hacer para impedir que la podredumbre se extendiera por su cuerpo?
A su lado, Judith la observaba con miedo en sus ojos, aunque también un atisbo de esperanza mientras el doctor se encargaba de ella. ¿Podría hacer algo? Desconocían cuanto tardaba aquel mal en extenderse y si sería mortal, aunque las mordeduras de los vampiros no solían ocasionar la muerte con inmediatez, sino solamente tras un desangramiento continuado.
Mientras Elías se encargaba de ella, Judith se volvió hacia Barnaby. El hombre estaba en esos instantes confundido, lleno de incertidumbre, pues la sangre de Wickam aún recorría su cuerpo y se sentía como un niño al que hubiesen abandonado.
Barnaby no se lo pensó cuando Judith le advirtió. Se dio la vuelta y echó a correr, desapareciendo en la oscuridad de la noche. Pero sus pasos eran inseguros y su camino, el que le esperaba delante, estaba lleno de incógnitas.
A la larga, terminaría odiándose a sí mismo, pero la sangre un vampiro como Wickam dejaba una huella para toda la vida. No había hecho su última acción terrible y no regresaría de nuevo a la senda del bien.
A pesar de todo, a Judith eso no le importaba. Solo quería salvar la vida de su pequeña hermana, y evitarle en todo caso, una condena eterna.
Cuando el doctor se separó de ella, pudo certificar que los latidos de Effie eran irregulares y que su cuerpo parecía estar combatiendo contra aquel terrible mal. Pero era ya tarde para hacer algo. No se podía hacer otra cosa más que esperar.
- Deja distancia para que no respire un aire cargado. - Hablaba con tono neutro, mostrando que era el doctor al que tenía en esos momentos frente a ella y no al amante gentil que vivía para satisfacerla.
Había leído de unos ensayos de William Harvey que habían supuesto un gran avance en la medicina hacía un siglo. Aún se seguía investigando, y su aplicación práctica no eran más que maniobras experimentales que se utilizaban de manera desesperada, pero ¿acaso aquella no era? - El flujo del sistema circulatorio.- Iba palpando ciertas zonas de sus muñecas, el anverso del codo, el cuello...
Las palabras de Judith eran un eco en su espalda mientras buscaba la conclusión correcta. Había transportado un par de viales con sangre animal que correspondía al grupo sanguíneo de las hermanas, aquello sería el modo de probar si las teorías eran ciertas. Estaba por pedir una de ellas mientras analizaba como introducirla de la manera menos intrusiva en el flujo sanguíneo cuando en su mente rebotó una palabra como si hubiera sido lanzada hacía tiempo y tras chocar con uno de los laterales del cerebro hubiera vuelto a su consciencia. - Natrovium.
Fue una verbalización de su pensamiento, pero en Judith sonó como si fuera lo que solicitaba.
Casi podía recordar las indicaciones exactas de la gitana:
-Este es... natrrovium. Se trrata de una rreceta muy prrivada, y puede usarrse para contrarrestarr efectos de maldiciones. Cuando un humano es atacado, con grran dolorr puede contrarrestar su efecto. Perro debe ser empleado inmediatamente parra que tenga efecto y el humano quedarrá maldito toda su vida, perro no llegarra a converrtirse del todo.
En su momento recordó que le había parecido una sarta de sandeces para incultos que buscaban en lo paranormal dar respuestas a lo que su mente no podía explicar. Ahora — y tras haber conocido un mundo que se escapaba de las leyes de la ciencia — se veía como uno de esos incultos que se iba a encomendar a profecías y misticismos.
- Aguanta un poco más. - Rogó a la pequeña de las Briqueville mientras tomaba el frasco de las manos de Judith y empezaba a aplicar el denso brebaje sobre la herida abierta. Era una masilla pringosa, una especie de costra artificial recubierta de una salvia que debía servir de neutralizador contra la infección.
Examinó un par de veces la aplicación para asegurarse que lo había extendido de manera correcta. Luego le tomó el pulso en la muñeca con una mano mientras posada el dorso de la otra sobre su frente tratando de ver si había alguna señal clínica de que su estado mejoraba, o al menos se mantenía estable.
- Solo queda encomendarnos al Señor... o a lo que crea que existe en el más allá. - Alzó la vista en aquella posición arrodillada para observar a su amada. - Creo que el calor fraternal será más útil ahora.- Cedió su puesto para que fuera Judith quien la arropara entre sus brazos. Aquello podía ser una tontería, pero había alusiones no oficiales sobre la reacción de los cuerpos en base al olor percibido, era una asociación bastante racional pero no demostrada científicamente.
No se alejó mucho del lugar. Se dedicó a recoger el material quirúrgico y devolverlo con extrema delicadeza a su maletín mientras dedicaba miradas furtivas a la enferma, como si de un vistazo pudiera ver su evolución.
Judith obedeció de inmediato. En aquel instante, Elías ya no era únicamente el hombre al que amaba; era el médico, él debía entender mejor que ella qué estaba ocurriendo dentro del cuerpo de Effie. Y si aún existía esperanza, por pequeña que fuese, vendría de él.
Se apartó apenas un poco del humo y del calor abrasador que empezaba a volver irrespirable el interior del panteón, arrastrándose de rodillas junto al cuerpo de su hermana mientras el terror le comprimía el pecho como una mano invisible.
- Ma chérie… reste avec moi… -murmuró con voz quebrada, apartándole mechones pegados por el sudor y la sangre de la frente.
Los temblores de Effie le atravesaban el alma. Había visto aquello antes. No exactamente igual, non… pero sí suficientemente parecido como para reconocer el eco del horror. El cuerpo luchando contra algo antinatural. Algo que no debía existir bajo el amparo de Dios.
Cuando Elías pronunció aquella palabra -Natrovium- Judith reaccionó de inmediato. Con dedos temblorosos, rebuscó dentro del bolso de cuero donde habían guardado los frascos de la señora Pembroke, encontrándolo casi por milagro entre vendas, estacas y pequeños útiles de viaje y se lo tendió al doctor sin decir nada, solo mirándolo.
Observó cómo él aplicaba el preparado sobre la herida mientras ella sostenía la mano fría de Effie entre las suyas. Cada respiración irregular de la muchacha parecía arrancarle un trozo del alma. Y cuando Elías, finalmente, habló de encomendarse al Señor… Judith cerró los ojos un instante.
- Le Seigneur nous voit encore… Il doit nous voir… -susurró, aunque aquella certeza sonaba menos firme de lo habitual.
La sugerencia del doctor la sacó del trance. Asintió sin discutir, no acostumbrada a acatar ordenes pero aliviada de no tener que darlas ella y, con infinita delicadeza, se acomodó en el suelo para recoger a Effie entre sus brazos, elevando ligeramente su cabeza sobre su regazo como cuando era niña y despertaba llorando de pesadillas.
La envolvió con su chal, ignorando la suciedad, el barro y el olor acre del humo.
- Je suis là… ma petite… Je suis là… -repetía en un murmullo suave, acariciándole el cabello con movimientos lentos, maternales-. No te marches… no me hagas esto… pas encore…- Su frente terminó apoyándose unos instantes sobre la sien de Effie. Por primera vez en mucho tiempo, Judith no parecía una cazadora, solo una hermana aterrorizada.
El doctor repasó en su cabeza todos los tratamientos que podía llevar a cabo sobre Effie, incluso aquellos que aún no se habían probado pero que formaban parte de las múltiples hipótesis que la gente de ciencia manejaban.
Todo era arriesgado, pero permitir que la sangre del vampiro continuase fluyendo libremente, no era una opción.
Entonces, el natrovium apareció milagrosamente en boca de Judith y a raíz de ello, en su recuerdo. Era la mejor opción; la única, realmente, y debía ser administrada con premura si se deseaba tener alguna posibilidad de éxito.
Elías cogió el frasco y comenzó a aplicar la sustancia sobre la masilla. Lo extendió lo mejor que pudo, introduciendo ligeramente una parte del mismo en aquel mordisco que parecía haber destrozado toda la dermis y los vasos sanguíneos que discurrían por ella.
A continuación, se separó de ella, más que nada para darle espacio a Judith y que ésta pudiera aportar su incondicional amor a su hermana, como ingrediente final a la curación.
Effie no podía escuchar a Judith; tampoco se daba cuentea del dolor que atravesaba el corazón de su hermana, ni como Elías se esforzaba por aplicar la posible curación de la mejor manera posible.
Pero su cuerpo no tardó en reaccionar a la sustancia.
Un temblor intenso apareció entonces en su mano, extendiéndose por todo su brazo y recorriendo a continuación el resto de su cuerpo, haciendo que pocos segundos más tarde, Effie lanzase un grito capaz de helar la sangre de cualquiera que lo oyese.
Era puro dolor, pues en su cuerpo, combatían dos fuerzas diametralmente opuestas por el control del alma de la joven, y aunque no era consciente de ello, su esencia sí que se daba cuenta de que debía soportarlo o sucumbir, que necesitaba superar aquella prueba para lograr sobrevivir.
Después de aquel grito, vinieron otros, igual de desgarradores, que hicieron que saltaran lágrimas en Effie, mientras se hallaba en aquel estado de semi-inconsciencia. El natrovium no era cualquier sustancia; era capaz de acabar con aquella podredumbre, aunque sin discriminar tejido humano y no humano. Por ello, la mano de Effie empezó a adquirir una tonalidad diferente, grisácea, muerta… Era como si aquel tejido hubiera sido dejado atrás, como daño colateral, dado que era allí en donde la mayor cantidad de mal se había concentrado.
La hermosa mano de Effie, suave, delicada, capaz de acariciar y de buscar ayuda, se contrajo para quedar como los restos de un cadáver, con la piel pegada a sus huesos y completamente inmóvil.
Muerta.
Al levantar la manga, Judith pudo observar como aquella reacción se extendía brazo arriba, despacio, dejándolo como una hoja de papel que estuviera siendo quemado.
Pero el avance progresó cada vez con mayor lentitud, hasta que finalmente, se detuvo completamente a la altura del codo. Justamente antes de la articulación, el cambio se detuvo, como si hubiese logrado acabar con aquello que necesitaba.
¿Significaría eso que Effie estaba a salvo, aunque hubiera quedado inválida para siempre?
Durante todo el proceso, el cuerpo de Effie se había estremecido con violencia, respirando agitadamente, tensando la espalda y todos sus miembros, pero en cuanto se detuvo el avance de aquella “muerte provocada”, volvió a relajarse, cayendo de nuevo bajo el estado de inconsciencia. Su pecho comenzó a subir y a bajar más lentamente, casi como si estuviese dormida.
Parecía como si finalmente, hubiera eliminado la amenaza y estuviera a salvo.
Elías tomó sus gafas con el pulgar e índice y se las recolocó mientras agachaba su torso — aún de pie — para examinar el efecto del remedio aplicado. Su frente brillaba perlada de sudor. Su cuerpo temblaba ligeramente por la tensión del momento.
Los gritos, las convulsiones, aquello podía entrar dentro de lo normal en el proceso... pero cuando empezó a ver como aquella mano tratada empezó a perder vida se preocupó. Tomó sus pantalones por la altura de los muslos con ambas manos y alzó la tela para facilitar el gesto de acuclillarse. Con un gesto suave — y pidiendo permiso en un cruce de miradas — arrebató aquel brazo sin vida a Judith con el objetivo de analizarlo. No había flujo sanguíneo, la piel se agarraba al hueso perdiendo todo rastro de musculatura. Giró el brazo sin vida buscando seguir el flujo sanguíneo. La mano libre presionó el arco de las gafas para provocar un pequeño ascenso por su nariz y se secó con el dorso de esta el sudor de su frente justo antes de empezar a recorrer el antebrazo de Effie desde la muñeca, donde las pulsaciones debían ser más notorias, hasta el anverso del codo... nada.
Su gesto fue de preocupación mientras dedicaba una mirada lastimera a la marquesa. - No hay pulso. - Sin embargo, más allá del codo el brazo no parecía estar pudriéndose. Arrugó el entrecejo como seña de confusión mientras continuó ascendiendo el camino que distaba del codo al hombro con la palma de su mano. Notó el cambio de temperatura, el frío inerte del antebrazo se volvía calidez más allá. Introdujo la mano en el arco que se daba entre el fin del brazo e inicio del torso y lo mantuvo unos segundo palpando la arteria axilar. Ahí el flujo llegaba débil, pero llegaba. - Aún lucha.- Cambió su gesto preocupado por una sonrisa que dedicó a Judith como indicando.- Aún hay esperanza.
- Arropémosla, que no pierda el calor corporal.- Indicó pensando que seguramente habría alguna manta en el carruaje que les había traído hasta la Iglesia. Corroboró que tenía un pulso estable presionando la yugular y la acomodó en el suelo mientras esperaba que Judith marchase a cumplir la petición.- Y algún cojín para elevar su cabeza. - Por su parte, el doctor sacó un par de viales y vendas limpias de su maletín con el objetivo de trabajar en frenar el avance del estado de putrefacción que el antebrazo y la mano de Effie sufría.
Judith no lloró, no todavía, pero el alma se le había roto en algún lugar entre el primer grito de Effie y aquel silencio posterior, demasiado parecido al de la muerte.
Había visto cuerpos desgarrarse. Había visto hombres pudrirse por dentro tras las mordeduras de criaturas malditas. Había sobrevivido al infierno demasiadas veces como para quebrarse con facilidad. Y aun así, cuando vio aquella mano -la hermosa mano de Effie, tan pequeña, tan viva siempre- convertida en algo gris, consumido, ajeno a la vida, tuvo que apretar la mandíbula hasta hacerse daño para no derrumbarse allí mismo.
El Natrovium había funcionado. Mon Dieu… había funcionado. La podredumbre se había detenido. Pero el precio... La señora Pembroke había hablado de maldiciones, de supervivencias incompletas. De vidas que seguían… pero nunca regresaban intactas.
Judith bajó la mirada hacia Effie y le apartó el cabello húmedo de la frente con dedos temblorosos.
- Ma pauvre petite… -susurró.
La sonrisa del doctor fue lo único que consiguió arrancarla del precipicio.
Aún lucha.
Aquellas palabras se clavaron en ella como una bendición. Judith cerró los ojos un instante, inclinando la cabeza agradeciendo a dios en su infinita misericordia el haber puesto en su camino a las personas que tenía ahora a su lado. Porque sin Elías, y sin la zíngara, Effie ya estaría muerta. No olvidaría jamás aquello.
El olor a humo la devolvió bruscamente a la realidad. Las llamas seguían creciendo. Pronto aparecería Cedric y los aldeanos. Haciendo preguntas, señalando culpables y crímenes que no habían cometido. Podría haber represalias, e incluso acabar los tres en la hoguera. No debían quedarse más tiempo allí.
Judith se puso de pie, limpiándose rápidamente el barro y la ceniza de la falda con un movimiento mecánico.
- Debemos partir... -La voz salió cansada, pero firme.
Entre ambos levantaron con infinita delicadeza el cuerpo debilitado de Effie, procurando no mover demasiado el brazo dañado. Judith sostuvo la cabeza de su hermana pegada a su pecho durante el trayecto hasta el carruaje, como si temiera que incluso el aire pudiera arrebatársela.
El cementerio quedó atrás envuelto en llamas. Wickham había muerto. El monstruo que había asesinado y perseguido a las chicas jóvenes de la zona ya no sería un problema. Y, sin embargo, no había sensación de triunfo. Solo agotamiento y miedo.
Una vez dentro del carruaje, Judith acomodó cuidadosamente a Effie sobre las mantas, ayudando a Elías a cubrirla todo cuanto pudieron. Sus dedos dudaron un instante sobre el brazo ennegrecido. No dijo nada, pero lo estaba pensando. Habría que amputar.
La idea se le clavó como un hierro ardiendo. Pero no era el momento de expresarla. Tenían primero qeu lelgar a un lugar seguro.
Cerró la portezuela dejando al doctor para que vigilase a Effie.
Ella tomó las riendas y el carruaje comenzó a avanzar entre la noche. Judith permitió que el silencio llenara el trayecto, mientras, con la visa fija en el camino, pensaba en lo que les esperaba.
Habían terminado en Hertfordshire de momento. Wickam muerto. Barnaby roto (una presa fácil para Collins) Y, si Caroline había cumplido su palabra, su nido de monstruos habría abandonado el condado. Solo quedaba Collins y su extraña conexión con leyendas antiguas.
Pero no ahora. Effie necesitaba sanar. Debían desaparecer una temporada. Curar heridas. Comprender qué significaba realmente aquella "maldición" que la zíngara había anunciado.
Y solo entonces… regresarían si fuera necesario. Porque el mal, Judith lo sabía demasiado bien, nunca descansaba demasiado tiempo.
Así era la vida que llevaban pero ¿Elias querría unirse a ellas o se quedaría cuidando de los ciudadanos de Hertforshire?