
Todas las habitaciones destinadas al baile debían estar bien iluminadas. Antes de que se inventaran las lámparas de gas, se usaban velas. Pero no cualquier vela, sino velas de cera de abeja, que eran bastante caras, incluso más que la comida y bebida preparadas para la fiesta.
Cientos de velas generaban una iluminación similar a unas cuantas bombillas de 25 vatios. Por eso, los candelabros de pared se decoraban con colgantes de cristal y se colocaban espejos detrás de ellos para reflejar la luz. De lo contrario, las habitaciones lucían sombrías. Además, las llamas de las velas consumían mucho oxígeno, liberaban dióxido de carbono y, sin una buena ventilación, los invitados podían marearse.

Organizar un baile no era nada fácil. Generalmente, la anfitriona se encargaba de toda la preparación. Si la casa no contaba con una habitación adecuada, se podía alquilar un salón en otro edificio. No todas las mansiones disponían de salones de baile, así que los dueños elegían la habitación más grande y la despejaban de muebles innecesarios.
Las paredes se cubrían con telas y se decoraban con plantas y flores. Si las cortinas eran oscuras, se sustituían por unas claras. El color ideal para ambientar el salón de baile era el amarillo pálido. A veces, no había suficientes sillas para que los invitados descansaran entre baile y baile. En esos casos, se alquilaban muebles.

En los bailes victorianos, los anfitriones solían invitar a más personas de las que realmente cabían en el salón, contando con que algunos no asistirían.
Este truco hacía que la recepción pareciera un éxito, ya que las salas se llenaban. Un baile se consideraba grande si asistían unas cien personas. Si acudían menos de 50, se le llamaba modestamente “una reunión de danza”.

Además del salón principal, debía haber vestidores separados para hombres y mujeres, donde los invitados dejaban sus prendas de abrigo. En el vestidor femenino solía haber dos doncellas encargadas de coser vestidos rasgados, arreglar peinados y solucionar otros imprevistos. Este espacio normalmente se encontraba en la planta baja, para que las damas no tuvieran que subir y bajar escaleras.
También era necesario destinar una habitación para “necesidades delicadas”. A principios del siglo XIX, no todas las casas contaban con sistema de alcantarillado, así que se colocaban orinales y una doncella que ayudaba a las damas a no estropear sus vestidos durante el proceso.
También se colocaban orinales en otros puntos estratégicos de la casa, como detrás de biombos o en rincones oscuros. Si a alguien le urgía durante la cena, podía levantarse y esconderse tras unas cortinas. Algunas damas incluso llevaban su propio bourdaloue (orinal portátil) dentro del bolso.
Si no había un baño cerca, las mujeres contaban con bolsillos en sus vestidos, lo suficientemente profundos como para presionar discretamente el abdomen o la vejiga y aliviar la incomodidad. Existe la teoría de que, para evitar orinarse, algunas mujeres se aferraban a los pliegues interiores de sus vestidos, conteniéndose de esa forma.

Durante la época victoriana, una dama joven no podía rechazar a un caballero si la invitaba a bailar. Negarse no solo se consideraba una falta de respeto hacia él, sino también una ofensa hacia los anfitriones del evento. Daba la impresión de que la anfitriona había invitado a personas indignas de la compañía de damas decentes.
¿Pero qué hacer si no querías bailar con alguien insistente? Podías decir que ya tenías todos los turnos ocupados. Para eso, las damas llevaban tarjetas en las que anotaban los nombres de sus parejas de baile para toda la noche.

Aunque hoy en día no existen estereotipos sobre los bailes en la sociedad moderna, en la época victoriana se elegían con extremo cuidado. En aquellos tiempos, dominaban las normas morales estrictas, y los bailes debían reflejar modestia y decoro.
Todo estaba permitido, excepto el vals. Este se consideraba el colmo de la indecencia. Estaba estrictamente prohibido porque los bailarines se colocaban demasiado cerca. Había mucho contacto físico y giros en los que el caballero levantaba en brazos a una joven soltera, lo cual podía arruinar su reputación.

La anfitriona estaba obligada a recibir personalmente a todos los invitados del baile. Por eso, debía quedarse en la entrada hasta la hora de la cena o hasta que todos los invitados hubieran llegado. Normalmente, esto no representaba mayor dificultad.
El problema surgía cuando llegaba un caballero desconocido para ella, invitado por su esposo o uno de sus hijos. En ese caso, la anfitriona no podía dirigirse al invitado sin una presentación formal. Por eso, el esposo o el hijo que lo había invitado debía quedarse cerca. En cambio, las hijas tenían permiso para disfrutar del baile desde el principio.

El abanico era un accesorio indispensable en el atuendo de cualquier dama joven. Debido a la gran cantidad de velas y al gentío en el salón, el ambiente se volvía rápidamente caluroso y sofocante. Por eso, el abanico era más que necesario.
No solo ayudaba a evitar desmayos, sino que también servía para comunicarse con los admiradores. En el siglo XIX, las damas no podían expresar abiertamente sus sentimientos, especialmente frente a otros miembros de la sociedad, así que usaban un lenguaje secreto con el abanico.
Si una dama lo sostenía con la mano izquierda y lo agitaba suavemente, significaba que quería conocer al caballero al que lo dirigía. Si lo presionaba contra la frente, indicaba que alguien los estaba observando. Para expresar disgusto u odio, extendía el abanico a través de una mano cerrada. Y si lo agitaba lentamente, quería decir que era una mujer casada.

La etiqueta en los salones de baile era muy estricta. No solo afectaba a las damas, quienes no podían dar un paso sin ir acompañadas por otra mujer. En estas condiciones, incluso cruzar el salón o ir al vestidor era un verdadero reto.
Los hombres tampoco se salvaban de las reglas. Si un caballero se cansaba de bailar, no podía sentarse en una silla si había una dama junto a él que no conocía. Además, no debía quedarse demasiado tiempo en el baile. De lo contrario, se corría el rumor de que era impopular y rara vez era invitado.
Cuando el baile lo organizaban su madre, esposa o una pariente cercana, el caballero tenía aún más responsabilidades: debía asegurarse de que todas las damas tuvieran pareja para bailar. Si no había suficientes hombres, él debía bailar con todas, incluidas las señoras mayores.

Una de las figuras más importantes del evento era el Maestro de Baile. Él se encargaba de que se respetaran las normas durante el baile, anunciaba la cena y gestionaba distintos asuntos organizativos.
Antes de que comenzara el baile, el Maestro recibía a los invitados en la puerta del salón y entregaba tarjetas con números a todas las damas, excepto a las nobles. La tarjeta debía colocarse en un lugar visible, ya que indicaba la posición que debía ocupar la pareja durante cada danza.
Las damas debían llevar su número durante toda la noche. Si lo perdían, tenían que pedir un reemplazo al Maestro. Antes de comenzar una danza, las parejas ingresaban al centro una por una, según se anunciaban sus números. Si alguien no llegaba a tiempo, debía esperar hasta el final.

Las damas dedicaban mucho tiempo no solo a su vestido, sino también a su peinado. Para lograr más volumen, usaban “ratas”, que eran mechones recogidos del cepillo por las doncellas y enrollados en pequeños moños postizos. Estas “ratas” se hacían del mismo color del cabello para que no se notaran.
También se aplicaba polvo brillante, hecho con pan de oro o plata triturada. Solo las damas adineradas podían permitirse estos polvos. Existían versiones más económicas, pero dejaban el cabello con mal aspecto.
Se prestaba especial atención a los adornos. Las mujeres trenzaban flores naturales o artificiales, cintas y joyas en su cabello.
El estilo del peinado permitía distinguir fácilmente a una mujer casada de una soltera. Las casadas podían llevar diseños más elaborados, decorados con joyas y plumas. Las jóvenes debían ser modestas: solo podían usar flores.

En el siglo XIX, los guantes eran un elemento obligatorio en el atuendo de una dama. Se elegían deliberadamente una talla más pequeña para que se ajustaran bien y resaltaran la delicadeza de las manos. La longitud de los guantes variaba según la moda del momento.
Asistir a un baile con las manos descubiertas se consideraba extremadamente indecente. Los guantes debían ser exclusivamente blancos o de un rosa muy suave. Además, este accesorio era visto como algo muy íntimo. Se sabe que la reina Victoria se sintió muy avergonzada cuando tuvo que prestarle sus guantes a su hermana.
Los guantes también se usaban para enviar señales secretas. Por ejemplo, si una joven dejaba caer ambos guantes, estaba declarando su amor.

En realidad, asistir a un baile requería buena salud. Los eventos comenzaban alrededor de las 9 de la noche y se extendían hasta el amanecer. Además, la comida se servía bastante tarde. Quienes no alcanzaban a cenar antes, pasaban hambre hasta la 1 de la madrugada.
Los vestidos eran voluminosos y bailar en un salón lleno de gente no era precisamente cómodo. Por si fuera poco, muchas mujeres recurrían a métodos extremos para lucir bien, como colocarse sanguijuelas detrás de las orejas para lograr una piel pálida.
SOBRE EL MODO DE VESTIR
La época de Regencia estuvo fuertemente influenciada por la Revolución Francesa; para la nación inglesa, la mera idea del pueblo levantándose en contra de la familia real era, naturalmente, un trauma. No obstante, era de Francia de donde venían las modas, y a pesar de no querer imitar a sus vecinos galos en comportamiento, los ingleses no pudieron evitar que la moda cruzase el canal.
La principal razón de los franceses para cambiar el modo de vestir era sencillo, derivado del cambio social: nadie quería ya imitar a la nobleza. La afinidad por las clases altas se había convertido en algo mal visto y, como consecuencia, quedaron muy pronto atrás los intrincados diseños con los que identificamos hoy en día a la reina María Antonieta. Las mujeres se deshicieron de los aros de sujeción de las faldas; miriñaques, volantes, encajes y puntillas desaparecieron en favor de faldas más cómodas, algo más cortas (incluso tobilleras) como las de las mujeres de la clase trabajadora. (...) La época se caracteriza por un renovado gusto por lo clásico; estamos ante un periodo neoclásico en el que la gente se decantaba por la simpleza y naturalidad de las estatuas y arquitectura griegas. Los peinados se convierten en los recogidos rizados de la matrona griega, y los tejidos imitan las túnicas que las estatuas sugieren.
En el Espejo de las gracias; o el traje de la dama inglesa , publicado en Londres en 1811, la autora («una dama de distinción») aconseja:
“Por la mañana, los brazos y el pecho deben estar completamente cubiertos hasta la garganta y las muñecas. Desde la hora de la cena hasta la terminación del día, los brazos, a una altura elegante sobre el codo, pueden estar desnudos; y el cuello y los hombros se revelarán en la medida que la delicadeza lo permita.”
(...)
¿Qué había que ponerse?
En primer lugar, la blusa: una especie de camisón, más corto que el vestido, blanco y sin adornos. Esta prenda tenía la función de proteger la ropa del sudor y la suciedad de la piel (recordemos que nadie se duchaba o bañaba a menudo) . Los camisones estaban hechos de telas más resistentes, eran blancos al no estar teñidos y no tenían adornos porque tenían un destino absolutamente funcional. Eran la prenda que se lavaba más a menudo (quisiera decir a diario, pero por supuesto, dependía de la distinción de la dueña y la cantidad de criados disponibles), y se frotaba con brío con pastillas de jabón para luego ser lavado en agua hirviendo.
Sobre el camisón se llevaba el corsé. Al alejarse de las figuras rígidas de la nobleza francesa y apostar por una figura natural, los corsés pasaron a ser cortos, sólo centrándose en la sujeción del pecho para asegurar los escotes (muy bajos e imaginamos que susceptibles a embarazosos fallos de vestuario, si no se llevaba sujeción adecuada).

Se distinguía, entonces, entre short stay, o corsés cortos, y long stay, o corsés más largos, llevados por mujeres que desearan parecer más delgadas y estilizadas, pero menos frecuentes. (...)
Por último, la enagua: la función de la enagua era proteger la tela del vestido, no sólo del cuerpo, sino de la suciedad del suelo: era más larga que el vestido, y por tanto estaba pensada para ser vista, y que la mujer pudiera
tranquilamente levantar el vestido cuando quería evitar que tocase el suelo. La enagua también cumplía la crucial función de ejercer de forro: sin ella, los vestidos de muselina o seda se transparentarían demasiado.

Enagua y corsé
Por último, los vestidos: generalmente de seda, raso o muselina, cubrían en su totalidad la ropa interior y completaban el look.
Gracias a Mary por la información, que añado aquí ;)
SOBRE LA MODA MASCULINA
El término dandi o dandy se acuñó en la sociedad inglesa y sobre todo francesa de finales del siglo XVIII y se refería a una persona muy refinada con grandes conocimientos de moda, pero en ciertos ambientes era algo negativo. De hecho en «The Gentlemen’s Book of Etiquette» se dan una serie de pautas para evitar el exceso en el vestir. Se basa en la premisa «Deje que el vestido se adapte a la ocasión» que significa que la ropa debe ir acorde al momento, además, remarca que cualquier intento de ser conspicuo, es decir, de sobresalir, es malo. Si se era rico, debía demostrarse con la buena calidad de la ropa, no por el uso y abuso de joyas.
Vestimenta completa de caballero

Proclamaban que la simplicidad siempre debía presidir el guardarropa de un caballero victoriano. Eso sí, prestando atención a los detalles más minuciosos desde el cabello a las mangas, pero sin parecer realmente obsesionado con la perfección.
Un ejemplo, debían cambiar su ropa siempre que estuviera sucia (¡Qué detalle!). Para cambiar pañuelos (cravats), calcetines, pañuelos de bolsillo y ropa interior se guiaban por lo siguiente:
En el campo, el lino permanecía limpio más tiempo que en la ciudad.
En lugares húmedos, sucios o polvorientos, los calcetines se ensuciaban antes (imaginaos en ciudades industriales como Manchester). Ahí aconsejaban cambiar más de un pañuelo por día.
Y ahora os voy a explicar qué tipo de vestimenta lucían. Todo dependía de la ocasión, por supuesto. Tenían «moda de noche», «deportiva» (de caza o pesca) y «moda para caminar». Pero vamos por partes.
Primero se ponían la ropa interior consistía en pantalones de lino y camisa, aunque más adelante crearon piezas que cubrían todo el cuerpo, llamados union suits.

Además sujetaban los calcetines con ligas. Para dormir, gastaban camisas y podían usar bata y zapatillas.

Todas las vestimentas, tenían en común que llevaban una camisa que debía ser simple.

El cuello de la camisa nunca podía tener color y a veces se colocaban unas bandas rígidas (también en los puños) porque ahorraban tiempo ya que con tener estas piezas limpias y planchadas era suficiente, y así no tenían que tener limpia toda la camisa.

Luego, se ponían chalecos, que diferían según la ocasión, como los pantalones.

A continuación se colocaban los pañuelos o las corbatas.
Las corbatas (o pañuelos para el cuello) eran largas tiras de tela (seda, lino, algodón, etc.) que se envolvían alrededor del cuello, luego se ataban en cualquier nudo diferente, formando una especie de volante plano, y fueron el precursor de la corbata moderna.

Si iba a caminar, el traje sería de tweed, con botas normales, guantes no demasiado oscuros, una bufanda con alfiler en invierno y una pequeña corbata de color en verano, un sombrero y un bastón o paraguas. Siempre tenían en cuenta la armonía de colores.

Para un caballero victoriano, los accesorios o complementos eran muy importantes y nada desdeñables.
Y por supuesto, siempre llevaban guantes, porque era impensable tocar a una mujer con las manos desnudas debido a la doble moral imperante en la época.

Otro accesorio imprescindible eran los tirantes. Al principio estaban hechos de cuero marroquí, pero a partir de 1840, se usaron bordados hechos en dos blandas separadas, con pestañas y ojales. Eran de seda.

¿Y qué llevaban los caballeros si iban a pescar , a cazar, o a jugar al cricket?
Para pescar, nada mejor que un abrigo viejo con grandes bolsillos, polainas y botas gruesas.
Para el cricket, lucían pantalones de franela, bastante sencillos( a menos que su palo hubiera adoptado una franja de colores, lo que definiría el estilo del conjunto); una camisa de franela de color sin tonalidad intensa; el gorro de los mismos colores que el palo de cricket, zapatos con púas y un gran capa.
Para la caza, la ropa debía asegurar la comodidad y la seguridad. Por lo tanto, los cordones y algunos tipos de botas son indispensables. También lo eran las espuelas y un sombrero o una gorra redonda fuerte para evitar que el cráneo del caballero se agrietara si se le disparaba en la cabeza (Una gran recomendación, desde luego).

Como podemos intuir, los abrigos eran un complemento esencial para cualquier caballero. Tenían que poseer un chaqué, una levita y un frac, y un abrigo de cola (tail coat) y si hacía mal tiempo usaban capas.

Y no hay que olvidar que un caballero victoriano nunca salía de casa sin su sombrero.

Mención especial merecen los sombreros de copa. El primer sombrero de copa fue fabricado por John Hetherington en 1797; se hicieron muy populares en la década de 1820, fabricados con fieltro hecho de piel de castor y más adelante, de seda.
Lo que Hetherington diseñó fue un sombrero de montar modificado, ampliando el ala y alargando el área superior.
En 1823, Antoine Gibus lo modificó aún más como un gorro plegable de ópera; lo que hizo que viajar con él fuera mucho más fácil y durante la ópera podía hacerse plano y así lo guardaban debajo del asiento.
No fue sino hasta 1850 que el sombrero de copa realmente despegó cuando el Príncipe Alberto comenzó a usarlo en público (de seda lo llevaba él) y se convirtió en la máxima moda y todos los caballeros lo deseaban porque les volvía importantes y elegantes.

NOTA CURIOSA: La piel de castor se usaba para los sombreros y los abrigos y fue tal el furor que en 1900 casi se extinguieron los castores en América.
Y hasta aquí la entrada sobre la vestimenta masculina en la época victoriana. Hay que tener en cuenta que había variaciones según el año, porque la moda siempre ha sido cambiante e influenciable.
