Meryton, 22 de Septiembre 1815, tarde
Elías vio salir a Caroline Bingley y escuchó el clic definitivo de la puerta principal cerrándose tras ella. El silencio que inundó el recibidor no trajo alivio, sino el peso de una atmósfera que acababa de ser alterada químicamente.
Hombres lobo.
La mente analítica de Elías, entrenada para rechazar la superstición, se estrelló contra la realidad de lo que acababa de suceder. Hacía media hora, habría clasificado la licantropía como un delirio folclórico, un diagnóstico erróneo de rabia o porfiria. Pero, por supuesto, hacía media hora tampoco había negociado los términos de supervivencia del condado con una mujer que carecía de reflejo y pulso.
Se quedó mirando la tapicería intacta del sillón de roble, exhalando un suspiro largo y controlado. Luego, se giró lentamente hacia Judith.
Elías ya conocía la verdad sobre el difunto Marqués de Briqueville y la verdadera identidad de la joven Effie. Aquel horror era un secreto que ella le había confiado con anterioridad, uniendo sus caminos y forjando la confianza que ahora compartían. Sin embargo, escucharla pronunciar aquellas palabras frente a Caroline Bingley —utilizar su trauma más profundo como un arma táctica, como una advertencia letal envuelta en "buena voluntad"— le había inspirado un respeto reverencial. Comprendía el inmenso esfuerzo que le había supuesto exponer esa herida ante una criatura de la misma especie que su verdugo.
Se acercó a ella, deteniéndose a una distancia que respetaba su espacio, pero con una expresión que había abandonado toda barrera clínica para mostrar un apoyo incondicional.
—Ha jugado usted una carta muy peligrosa al revelarle su pasado, madame —dijo Elías, su voz grave y teñida de una suave y sincera admiración—. Pero ha sido el movimiento correcto. Le ha dejado claro que no es usted una simple aficionada asustada por los cuentos de cuna, sino alguien que ya ha manchado sus manos con las cenizas de su estirpe. La señora Bingley la respetará mucho más ahora. Y la temerá en igual medida.
Elías se frotó el puente de la nariz, dejando escapar una risa seca, desprovista de humor, mientras la última y venenosa revelación de la vampira volvía al primer plano.
—Y en respuesta, ella nos ha arrojado su propio monstruo a la cara —murmuró—. Hombres lobo. Confieso que mi formación en Edimburgo no incluyó seminarios sobre metamorfosis contagiosa. Parece que tendremos que actualizar nuestra biblioteca médica de forma drástica, Judith.
Se volvió hacia ella, con el instinto del cazador y del médico finalmente alineados.
—La señora Bingley cree que nos ha dejado paralizados con el miedo a lo desconocido, asegurándose su posición como la indispensable "arquitecta" de este caos. Pero se equivoca. Nos ha dado un diagnóstico diferencial. Si estas criaturas existen en Hertfordshire, dejarán un rastro fisiológico. Mordeduras atípicas, ciclos de agresividad vinculados a factores ambientales, cadáveres de ganado desmembrados de forma inusual...
Apoyó una mano en el respaldo de la silla, mirándola fijamente a los ojos.
—No vamos a esperar a que ella decida cuándo y cómo darnos la información en su próxima visita. Si Wickham es el faro que los ha atraído, entonces debemos vigilar a Wickham más de cerca que nunca. Empezaremos a buscar esos rastros en el condado por nuestra cuenta. ¿Está usted de acuerdo?
Meryton, 22 de Septiembre 1815, tarde
Judith permaneció unos instantes en silencio después de que la puerta se cerrara y el eco de la voz de Caroline desapareciera por completo de la consulta. Sus ojos castaños no estaban fijos en nada concreto; parecían mirar más allá de las paredes de la habitación.
Había visto lo suficiente en su vida como para no dudar de que existían criaturas que no eran obra de Dios. Lo difícil no era creer en ellas. Lo difícil era distinguir dónde terminaba la leyenda y dónde comenzaba la realidad.
Ella había dedicado años a estudiar y combatir a un tipo concreto de monstruo. En su experiencia, los vampiros parecían ocupar la cúspide de aquella jerarquía sombría. Allí donde se establecían, rara vez aparecían otros depredadores. Era lógico. Los cazadores más eficientes no toleraban competencia en su territorio.
Pero si Wickham había establecido algún tipo de alianza con otras criaturas… si había convocado a algo distinto para contrarrestar a Caroline y a su nido… Entonces aquello era preocupante. Porque Judith no sabía cómo combatirlos.
Cuando Elias habló, ella volvió lentamente a la realidad y lo escuchó con atención. La admiración en su voz al mencionar su confesión sobre el marqués la hizo bajar la mirada un instante.
-No creo que la señora Bingley me respete más por ello -respondió finalmente, con una calma reflexiva y su leve acento francés suavizando las palabras-. Pero espero que, al menos, ahora dude.- Alzó la vista hacia él. -A veces basta con eso. Que no estén seguros de si eres prescindible… o útil.
No te dejes engañar por su apariencia humana, mon amour. En el fondo… no comprenden realmente conceptos como el respeto, el amor, la conciencia o la misericordia. Pueden imitarlos… pero no los sienten como nosotros.- Luego inclinó ligeramente la cabeza. -Y tampoco dejes que te amilane con ese desprecio que muestra hacia la ciencia.- Una leve sonrisa apareció, casi irónica. -He de reconocer que yo misma no siempre la trato con la justicia que merece.- Se acercó un poco más a la mesa donde descansaban los instrumentos del doctor, observándolos con interés. -La ciencia es simplemente otra forma de mirar el problema. Mi fe ofrece una brújula moral… pero tu raciocinio empírico nos permite comprender cómo funcionan estas criaturas.-
Sus ojos brillaron con un matiz de convicción. -En otros tiempos lo habrían llamado alquimia. O experimentación. Probar qué funciona… y qué no.- Rozó con los dedos uno de los frascos del escritorio. -Hoy lo llamamos ciencia.-
Volvió a mirarlo, y su expresión se suavizó apenas. -Precisamente por eso necesitamos ambas cosas. Fe… y razón.
No abandones esa línea de estudio, te lo ruego. Al contrario. Continúa explorándola.
Quizá, cuando la señora Bingley se confíe más con nosotros… podamos pedirle que permita que tomes muestras. O incluso realizar algunos experimentos. -Le sostuvo la mirada y se perdió por un momento en sus profundos ojos claros, que la devolvían una calma y seguridad que aliviaba la carga de su corazón. -No descartes esa posibilidad.-
Luego su expresión volvió a ensombrecerse al recordar las últimas palabras de Caroline.
-En cuanto a los licántropos…- Sacudió suavemente la cabeza. -Nunca me he encontrado con uno. -Guardó silencio un momento, pensando.
De pronto, algo se encendió en su memoria.
-Pero quizá conozca a alguien que pueda ayudarnos.- Alzó la vista hacia él con una chispa de determinación. -Hace poco más de una semana, cuando visité Londres con el padre Collins… me llevó a una tienda muy peculiar.
La regentaba una mujer zíngara. Tenía la impresión de que poseía conocimientos… poco comunes. Libros que no se encontraban en ninguna biblioteca respetable. Si alguien conserva información sobre criaturas como esas… sospecho que podría ser ella.-
Miró a Elias con decisión, aunque su voz recuperó un matiz más cercano. -Deberíamos ir a Londres cuanto antes. Mañana mismo, si es posible. Aunque sea sábado… quizá tenga la tienda abierta...-
Meryton, 22 de Septiembre 1815, tarde
Elías sintió que la opresiva atmósfera de la habitación se desvanecía de golpe ante aquellas dos simples palabras. Mon amour. Pronunciadas con esa inconfundible suavidad francesa, lograron lo que ninguna amenaza ni ultimátum de la señora Bingley había conseguido, desarmar por completo sus defensas. Su mirada, endurecida por la tensión de la negociación y la amenaza de los hombres lobo, se ablandó irremediablemente al encontrarse con los ojos de Judith.
—No me dejaré engañar, se lo prometo —respondió en voz baja. Acortó la escasa distancia que los separaba y cubrió con delicadeza la mano de Judith, que aún descansaba sobre el escritorio junto al frasco de cristal—. Tiene usted toda la razón. La señora Bingley es un depredador imitando los modales de sus presas.
Escuchó con profunda devoción la forma en que ella reconciliaba sus dos mundos. Que una mujer de una fe tan inquebrantable y probada en el fuego validara su ciencia empirista, considerándola la herramienta necesaria para complementar su brújula moral, era el mayor honor que Elías había recibido, tanto en su vida profesional como personal.
—Fe y razón —repitió Elías, acariciando suavemente el dorso de la mano de la marquesa con el pulgar—. Es una alianza infinitamente más formidable que la que acabamos de firmar con la oscuridad. Le doy mi palabra de que no abandonaré mis investigaciones. De hecho, la idea de extraer muestras de nuestra nueva "vecina" es un riesgo que mi curiosidad médica está más que dispuesta a correr cuando la situación sea propicia.
Cuando Judith mencionó su desconocimiento sobre los licántropos y la extraña tienda en Londres, Elías asintió lentamente, su mente cambiando de inmediato al modo analítico y trazando la logística del viaje. Que el estricto padre Collins la hubiera llevado a un lugar de dudosa ortodoxia añadía una capa de intriga al asunto, pero si había conocimiento empírico u oculto que la ciencia tradicional ignoraba, él estaba dispuesto a buscarlo en los rincones más oscuros de la capital.
—Una tienda de rarezas regentada por una mujer zíngara en los callejones de Londres... —Elías esbozó una sonrisa que, por primera vez en toda la tarde, alcanzó sus ojos; una mezcla de determinación y genuina fascinación—. Suena exactamente como el tipo de biblioteca clandestina que necesitamos ahora mismo. Si Wickham está reuniendo una colección de pesadillas, nosotros debemos hacernos con el bestiario adecuado para diseccionarlas.
Con un suave apretón a la mano de Judith, se apartó ligeramente, recuperando su pragmatismo pero sin perder la calidez de aquel momento de intimidad.
—Saldremos mañana a primera hora. Prepararé todo lo necesario y llevaré fondos suficientes; el conocimiento prohibido rara vez es barato, y no sabemos qué clase de textos o artefactos podríamos necesitar adquirir con urgencia. Además... —añadió, mirándola con una suavidad protectora— nos vendrá bien alejarnos de Meryton unas horas para respirar un aire que no esté contaminado por la sombra de Netherfield. Vamos a descansar. Mañana será un día largo.
Yo daría por cerrada la escena
Pues cerrada queda.