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Orgullo y prejuicio... y vampiros

LOCALIZACIONES: Finca Netherfield

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01/04/2026, 19:41
Judith Briqueville

24 de septiembre de 1815 - Al anochecer


-Vuestra lectura de la situación es… admirablemente precisa -concedió con suavidad una vez que Caroline hubo terminado su exposición-. Sospecho que el padre Collins podría ser, un cazador. Aunque uno… extraordinariamente torpe.-

Una leve curva apareció en sus labios, sin llegar a convertirse en sonrisa.

-Habla de vampiros con una ligereza que resultaría casi entrañable, de no ser potencialmente peligrosa.

Y no fui la única destinataria de su celo divulgativo. Al doctor Thorne, en una conversación que, según tengo entendido, estuvo generosamente regada de alcohol… le relató ciertas historias. Bastante… pintorescas.- Sus dedos se entrelazaron con calma. -Habló de tribus en África. De cultos. De una criatura a la que rendían veneración… un vampiro, según sus palabras, llamado Impundulu.

Decidme, mademoiselle… -añadió con un tono más bajo, más inquisitivo- ¿os resulta familiar tal denominación? ¿Debo considerar esto otra fantasía exótica de un clérigo con demasiado tiempo libre… o hay en ello algún poso de verdad que deba preocuparnos?-

Se recostó apenas, sin romper el contacto visual.

-En cuanto al tratado… lo conozco, pero no es algo que nos competa tratar. El problema era porqué lo sacó a colación... A mí, precisamente ¿Es que sabe más de nosotros que nosotros de él? Y si lo sabe... ¿Por qué no decirlo abiertamente?-

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04/04/2026, 20:24
Caroline Bingley

23 de septiembre de 1815 - Al anochecer

Caroline escuchó las palabras del Padre Collins con una atención imperturbable, manteniendo esa elegancia gélida y contenida que la caracterizaba. La mención a la "corriente reformista irrenunciable" no le pasó inadvertida; para Caroline, las cuestiones de fe siempre eran, en última instancia, cuestiones de orden y jerarquía. Observó al clérigo con una mirada serena, apreciando su disposición a acercarse, pero manteniendo ella una distancia física que subrayaba su autonomía.

— Me complace que aceptéis la presencia de mi hermano Charles como testigo — comenzó Caroline, con una voz modulada y carente de cualquier afectación. — Su participación no solo dignifica el enlace, sino que asienta una base de concordia necesaria entre Netherfield y Longbourn. Sin embargo, me inquieta vuestra franqueza respecto a la inevitabilidad del conflicto.

Caroline dejó su taza de té sobre la mesa con un movimiento preciso, sin que el porcelana emitiera el más mínimo tintineo. Se enderezó levemente, adoptando una postura de una sensatez casi arquitectónica.

— Debéis comprender, Padre Collins, que me resultaría sumamente molesto que el condado se viera envuelto en una disputa religiosa. La historia nos enseña que las controversias más feroces suelen nacer de desacuerdos aparentemente nimios, para luego escalar hasta generar fracturas que tardan generaciones en sanar. No desearía ver movimientos convulsos en esta zona; la estabilidad de nuestras tierras y de nuestra gente depende de una autoridad que se perciba como unánime, no dividida.

Su mirada se volvió un poco más inquisitiva, aunque mantuvo el tono educado y profesional que requería la situación.

— Mencionáis al Padre Barnaby. Es un hombre de una tolerancia probada y un carácter que, bien gestionado, tiende a la benevolencia. Por ello, me pregunto si no sería más beneficioso para todos buscar una vía de colaboración en lugar de una sustitución drástica. Los cambios bruscos suelen ser interpretados por el vulgo como agresiones, y eso nunca favorece a quienes ostentan el poder.

Caroline se inclinó apenas unos milímetros hacia delante, fijando sus ojos en los de Collins con una claridad meridiana.

— ¿Creéis que podríais entablar una conversación directa con el Padre Barnaby para llegar a un acuerdo pacífico? Si es una cuestión de traslados o de misiones alternativas en el camino del Señor, quizás una mediación discreta resuelva el asunto sin necesidad de que la "transmisión dulce" que mencionáis se torne amarga. ¿Os sentís capaz de colaborar con él, o vuestra postura reformista excluye por completo la coexistencia con el antiguo orden? Una fractura en la comunidad es un precio muy alto por una victoria administrativa, Padre.

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08/04/2026, 11:37
Padre William Collins

23 de septiembre de 1815 - Al anochecer


Sus ojos se fijaron en la forma en la que Caroline dejó su taza en la mesa, la manera que tenía de erguirse, que la dotaba de una presencia que eclipsaba a cualquier otra cosa que hubiese en la estancia y la resaltaba como protagonista.

Recibió la consigna de la mandamás de Netherfield con serenidad. La postura de la mujer estaba clara, pero el párroco creía que tenía menos que hacer de lo que ella pudiese pensar; al menos no sentía que fuese la persona con más peso en los acontecimientos futuros y, en cierta medida, ya estaba intentando recabar los mayores apoyos posibles, cosa que sería clave para el devenir del conflicto latente tal y como él lo veía.

Dejó que ella se expresase y notó un atisbo de exigencia en sus gestos, pero William se mantuvo tranquilo, sin moverse, mirándola a los ojos.

- Lady Caroline. - Sus ojos estaban clavados en los de ella, dejando que el silencio se asentase entre ambos. - No tengáis dudas de que mi intención es que haya los menos disturbios posibles y que las vías diplomáticas hagan que la transición sea dulce, como os digo.

Tragó saliva y dejó salir el aire acumulado por su nariz, respirando de nuevo y dejando que su declaración se adueñase de la estancia sin que sus miradas se separasen. - En algunos puntos del país ya hay párrocos pasándose a la doctrina protestante; no los culpo, se sienten cómodos con lo que tienen. - No sería él quien desprestigiase a alguien por aceptar los cambios solo para mantener su estatus. Su postura no era tan distinta, solo que había sabido elegir el bando ganador antes de que la retórica y las discusiones inundasen todo el estamento eclesiástico.

- Hasta donde yo sé, el Padre Barnaby es un hombre comprensivo, aunque también creo que muy arraigado a sus ideas. La suya es una causa perdida, sea de una forma o de otra. No tengo intención de que queme los campos de trigo antes de lo que él pueda ver como una invasión, pero, bajo mi punto de vista, se sentirá menos legitimado cuanto menos apoyo note que tiene. - Inclinó su espalda, acercándose un poco más, pero sin invadir el espacio vital de la dama.

- No tengo intención alguna de avivar una fractura social, es por eso por lo que me estoy esforzando por buscar el favor de las distintas familias, pero no puedo moverme de espaldas a la realidad del país y el antiguo orden no coexistirá con el nuevo. - Sonrió. - No porque yo quiera, sino porque pretendo asentarme en el puesto y no sufrir más injerencias de otro párrocos más próximos a la postura ganadora. - Respiró durante un par de segundos, todavía mirándola. - Desde luego que hablaré con el Padre, en el momento en el que vea una clara superioridad en el ámbito religioso y social.

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16/04/2026, 12:13
Caroline Bingley

24 de septiembre de 1815 - Al anochecer

Caroline sostuvo la mirada de la marquesa con la fijeza de un depredador que acaba de detectar un movimiento inusual en la maleza. La mención del nombre Impundulu no provocó en ella un estremecimiento, sino una contracción casi imperceptible en sus pupilas. Para una mujer que valoraba la heráldica y el linaje por encima de cualquier otra virtud, la intrusión de mitos atávicos y criaturas de "culto" en el refinado aire de Hertfordshire le resultaba una ordinariez insoportable, una mancha de barro en una alfombra de seda.

Impundulu… — repitió Caroline, saboreando la palabra con un desdén que bordeaba el asco. — El "pájaro del trueno". Un mito de las tierras del sur, una entidad que supuestamente sirve a brujas y se alimenta de la esencia vital a través del rayo. Es una denominación que pertenece al folklore de las tribus de El Cabo, marquesa; algo que debería estar confinado a las chozas de barro y no a las bibliotecas de un clérigo de la Iglesia de Inglaterra.

Caroline se levantó con la elegancia de una sombra y caminó hacia el ventanal, contemplando la negrura que devoraba los jardines de Netherfield. Su mente, sin embargo, trabajaba a una velocidad febril. Collins había estado en misiones en África, un detalle que hasta ahora ella había considerado una nota a pie de página en su tedioso currículum.

— Me resulta ofensivo que ese hombre haya traído semejante… equipaje exótico a nuestras costas. Investigaré ese periodo de su vida con el rigor que merece. Debo discernir si ese tratado y sus historias son el producto de una mente febril por el sol de África, o si Collins es el anfitrión involuntario de algo que ha decidido desplazarse a Inglaterra. Si esa criatura o el conocimiento para invocarla ha cruzado el océano bajo la sotana de un clérigo, la estabilidad que tanto ansío se verá comprometida por una variable salvaje que no responde a nuestras leyes de etiqueta.

Se giró de nuevo hacia Judith, sus manos entrelazadas con una tensión calculada tras su espalda. La sospecha sobre las verdaderas ambiciones de Collins comenzó a cobrar una forma más oscura y definida.

— Decidme, Judith, ¿creéis de veras que un hombre que ha rozado ese tipo de poder se contentará con las rentas de una parroquia y la mano de una Bennet? La parroquia es un bastión de influencia social, el púlpito es un podio desde el cual sembrar ideas. Me pregunto si Collins aspira a hacerse fuerte aquí, no como un simple pastor de almas, sino constituyendo un foco de resistencia… o un santuario para aquello que conoció en el extranjero. Un hombre que sabe lo que él parece saber y calla, no es un necio; es un estratega que espera su momento. Y en mi casa, marquesa, solo hay espacio para una estrategia: la mía.

Caroline volvió a sentarse, su expresión ahora imbuida de una resolución gélida. La posibilidad de que Collins fuera un cazador "torpe" no la relajaba; un cazador inepto es aquel que dispara a ciegas y provoca una estampida. Y ella no permitiría que el caos arruinara la temporada.

— Si Collins sabe quiénes somos y ha decidido jugar al gato y al ratón con nosotros, se dará cuenta de que las garras de Netherfield son mucho más largas que las de su mitología africana. No descansaré hasta saber si el buen padre es un erudito del mal o simplemente un hombre que ha traído consigo una plaga que no sabe controlar. En ambos casos, marquesa, el orden será restaurado. Con o sin el consentimiento de la Iglesia.

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16/04/2026, 12:33
Caroline Bingley

23 de septiembre de 1815 - Al anochecer

Caroline sostuvo la mirada de Collins con una impasibilidad que rozaba lo escultórico. La verborrea del clérigo, teñida de un pragmatismo que él intentaba disfrazar de providencia, no hacía más que confirmar sus sospechas: William Collins era un hombre que confundía la ambición con el destino. Sin embargo, en el tablero de Caroline, los peones que creen ser reyes son los más fáciles de manejar si se les apela a su propia supervivencia y a sus ambiciones más mundanas.

— Vuestra fe en la "causa perdida" del Padre Barnaby es, cuanto menos, arriesgada, William — comenzó Caroline, permitiendo que un tono de sutil advertencia se filtrara en su voz. — Olvidáis que en condados como este, el arraigo no es una cuestión de doctrina, sino de memoria. El pueblo no venera la teología; venera la mano que los ha bautizado y la voz que los ha consolado durante décadas. Si pretendéis asentaros sobre una fractura, descubriréis que los cimientos de una parroquia son sumamente inestables cuando el suelo que la sostiene os percibe como a un invasor, por muy "dulce" que sea vuestra retórica.

Caroline se reclinó apenas un centímetro, cruzando las manos sobre su regazo con una calma que contrastaba con la agitación que adivinaba tras la tras la sonrisa del párroco.

— Os propongo una vía más inteligente que la espera de una "superioridad clara". Deseo que mantengáis una reunión cordial con el Padre Barnaby. No como rivales que miden sus fuerzas, sino como caballeros que concretan los puntos exactos de fricción. Buscad un arreglo, una transición técnica que evite el escándalo. Si el condado está con Barnaby, forzar un cambio de tendencia no será beneficioso para nadie, y mucho menos para vuestra reputación. Un pastor que llega dispersando al rebaño rara vez logra esquilarlo con éxito.

Hizo una pausa significativa, dejando que el peso de su siguiente argumento cayera con la precisión de una guillotina de seda.

— Y no olvidéis vuestro compromiso con la señorita Elizabeth Bennet. Los Bennet, a pesar de sus... pintorescas particularidades, son una familia regida por la tradición. Sospecho que sus vínculos afectivos con el Padre Barnaby pesan mucho más que vuestras afinidades ideológicas con la corriente reformista. Una cosa son las ideas que se discuten en los salones de Londres, William, y otra muy distinta son las personas que se sientan a vuestra mesa. Si vuestro matrimonio nace de una afrenta al orden espiritual que ellos respetan, estaréis durmiendo con el enemigo antes incluso de pronunciar vuestros votos.

Finalmente, Caroline se levantó, dando por concluida la audiencia con una elegancia que no admitía réplica, pero antes de permitir que el clérigo se retirara, añadió un detalle que sabía que encendería la vanidad del hombre.

— Por cierto, Padre, tengo la intención de organizar próximamente una reunión de damas aquí, en Netherfield. Será un encuentro de gran distinción y he decidido extender una invitación formal a vuestra ilustre patrocinadora, Lady Catherine de Bourgh. Deseo conocerla personalmente y presentarle mis respetos; una mujer de su alcurnia y principios es el tipo de guía que este condado necesita para transitar estos tiempos de cambio. Aseguraos de que vuestra conducta con el Padre Barnaby sea impecable; no querría tener que informarle a su Excelencia de que su protegido es incapaz de gestionar una transición parroquial con la finura que se espera de alguien de su entorno.

Caroline le dedicó una última sonrisa gélida, despidiéndolo con un gesto de la mano.

— Hablad con él. Encontrad el punto de equilibrio donde el antiguo orden se retire con dignidad y el nuevo entre sin necesidad de romper las puertas. El poder que se ejerce por consenso es infinitamente más duradero que el que se impone por cansancio. No me hagáis lamentar mi apoyo, Padre; en Netherfield preferimos las soluciones elegantes a las victorias ruidosas.

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16/04/2026, 16:10
Judith Briqueville

24 de septiembre de 1815 - Al anochecer


-Ah… le oiseau du tonnerre… -murmuró con un deje casi pensativo-. Qué curioso que lo grotesco siempre encuentre la manera de infiltrarse en lo refinado.

Coincido con vos, mademoiselle. Entre un cazador torpe… y un devoto de alguna entidad antigua y caprichosa… prefiero, sin duda, al primero. La incompetencia es, al menos, predecible. El fanatismo… jamás lo es.- Sus dedos descansaron con ligereza sobre el brazo del diván, trazando un ritmo casi imperceptible. -Y si ese hombre ha traído consigo algo más que historias… si ha importado no solo el nombre, sino la idea… entonces Hertfordshire podría encontrarse al borde de una… contaminación muy poco deseable.

Ahora que lo mencionáis… su empeño en desbancar a Barnaby adquiere un matiz distinto. La iglesia no sería solo un símbolo de respetabilidad, sino un… núcleo. Un lugar desde el cual reunir, influir… quizás incluso venerar. Un santuario, como vos decíais. Pero no para proteger… sino para sembrar.

Y en ese caso… poco importaría que tenga o no vínculo con vuestro… señor Wickam. Estaríamos ante un peligro de naturaleza distinta, pero no menor. Tal vez incluso más difícil de anticipar.-

Entonces, muy sutilmente, cambió el peso de la conversación.

-Sin embargo… hay un detalle que no podemos pasar por alto: Esa benefactora de la que tanto habla. Catherine ¿Tendrá algo que ver o Collins la tiene engañada?

Se me ocurre que podríamos invitar a esta misteriosa Catherine a alguno de vuestros… eventos sociales. Un entorno adecuado, controlado… donde podamos estudiar a la mujer. -Sus ojos brillaron por un momento, ante la espectativa de una cacería. -Si existe algún vínculo entre ella y ese… Impundulu… no pasará desapercibido. Las verdaderas devociones, al fin y al cabo… siempre dejan rastro.

Y, en el peor de los casos… solo habremos añadido una invitada más a vuestra impecable velada ¿Qué os parece?-

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22/04/2026, 00:28
Caroline Bingley

24 de septiembre de 1815 - Al anochecer


Caroline Bingley sostuvo la mirada de la Marquesa con una fijeza gélida, permitiendo que una sonrisa de porcelana, perfectamente calculada, se dibujara en sus labios. La mención de lo "grotesco" infiltrándose en lo "refinado" había tocado una fibra sensible en su naturaleza aristocrática; para ella, la sola idea de que un culto de naturaleza tan bárbara pudiera echar raíces en el suelo de Hertfordshire era una afrenta personal a la hegemonía que su estirpe pretendía consolidar.

— Tenéis una agudeza envidiable, Marquesa. Un santuario en manos de un fanático no es más que una herida abierta en la estructura de nuestra sociedad — respondió Caroline con voz aterciopelada, mientras jugueteaba con el encaje de su abanico. — Si el Padre Collins busca convertir la parroquia en un núcleo para sus... devociones exóticas, entonces la respetabilidad que tanto ansía no es más que el disfraz de un lobo especialmente desagradable.

La propuesta de Judith sobre la benefactora, la esquiva Catherine, encendió en Caroline una chispa de interés depredador. En el tablero social de Meryton, una figura que financiaba ambiciones sin mostrar el rostro era una anomalía que no podía ser tolerada.

— Vuestra propuesta es tan práctica como deliciosa. Consideradlo hecho. Prepararé una invitación formal para la próxima velada en Netherfield; será un evento lo suficientemente exclusivo como para que una mujer de su supuesta posición se sienta halagada, pero lo suficientemente concurrido como para que vuestro escrutinio y el mío pasen por una mera cortesía de anfitrionas.

Caroline se puso en pie con una gracia líquida, alisando los pliegues de su vestido de seda. En su mente, ya estaba redactando las líneas que obligarían a esa mujer a salir de las sombras. Si Catherine era una víctima del engaño de Collins o, por el contrario, la mano que alimentaba al "pájaro del trueno" en suelo inglés, era algo que pensaba descubrir antes de que el primer carruaje llegara a la entrada.

— Si esa mujer tiene alguna vinculación con el Impundulu o con cualquier otra superstición de sangre, os aseguro que bajo las luces de mis salones y la presión de nuestra conversación, ese rastro que mencionáis brillará como una mancha de vino sobre lino blanco. Me intriga sobremanera ver si su devoción es hacia el hombre, hacia el mito... o hacia algo mucho más antiguo y peligroso que él mismo no alcanza a comprender.

Hizo una breve inclinación de cabeza, sellando el pacto silencioso con la Marquesa.

— Hertfordshire es un jardín que hemos cultivado con demasiado esmero como para permitir que crezcan malas hierbas importadas, por muy místicas que pretendan ser. Averiguaremos quién es esta Catherine y, si es necesario, nos encargaremos de que su "generosidad" encuentre un final tan abrupto como su entrada en nuestros asuntos. ¿Acaso no es ese el propósito de una verdadera anfitriona? Mantener la casa limpia de... contaminaciones indeseables.

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22/04/2026, 16:25
Judith Briqueville

24 de septiembre de 1815 - Al anochecer


Sostuvo aquella última inclinación de cabeza con la serenidad de quien sella un acuerdo… y, al mismo tiempo, es plenamente consciente del precio que conlleva.

Durante un instante, el silencio entre ambas no fue vacío, sino denso. Cargado de una comprensión incómoda.

Curioso, no obstante, era el hecho de que dos naturalezas… tan opuestas… encontrasen una armonía tan precisa en sus conclusiones, era reconfortante y, al mismo tiempo, profundamente inquietante. Porque cuando el juicio coincide entre… depredador y cazador… suele significar que la presa es, digna de preocupación.

- Hemos convenido, pues, el siguiente paso- continuó hablando-. Catherine será la clave para desentrañar la verdadera naturaleza de Collins.-

Y entonces, con una transición suave pero deliberada, Judith dejó reposar ese asunto. Había otros… igualmente urgentes.

-Sin embargo… no es el único frente que requiere nuestra atención.

Decidme… ¿qué hay de vuestro hermano? De monsieur Charles… y de su estimado amigo, monsieur Fitzwilliam ¿Habéis hablado con ellos? ¿Sospechan algo de… esta alianza que hemos establecido… o del asunto de Wickam?

Porque, si hemos de ser honestas… ambos son variables que no podemos permitirnos ignorar. No por falta de inteligencia… sino, quizá, por exceso de… integridad.- Sus labios se curvaron apenas, con una elegancia casi irónica. -Decidme, mademoiselle… ¿qué pensáis hacer con ellos?

¿Protegerlos… mantenerlos en la ignorancia… o integrarlos, de algún modo, en el juego que se está desplegando a su alrededor?-

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22/04/2026, 17:41
Caroline Bingley

24 de septiembre de 1815 - Al anochecer

Caroline dejó reposar su taza de porcelana sobre el platillo con una delicadeza que evitó cualquier sonido metálico, un gesto que subrayaba su control absoluto sobre la situación. La mención de Charles y Darcy por parte de la marquesa no la tomó por sorpresa; era la pieza que faltaba en el tablero de seda y sombras que ambas estaban tejiendo.

— Como anfitriona de Netherfield, Judith, mi deber no es solo ofrecer un entorno impecable, sino asegurar que el orden sea la única ley que rija bajo este techo — comenzó Caroline, suavizando su tono con una cadencia aristocrática que dulcificaba la firmeza de sus palabras. — Esas variables que mencionáis, mi hermano y el señor Darcy, son en efecto elementos de una integridad… a veces poco práctica. Al igual que el resto de los habitantes de este condado, se mueven en un plano de apariencias que prefiero no perturbar por el momento.

Hizo una pausa breve, dejando que el vapor del té se elevara entre ambas como un velo. En el fondo de su mente, Caroline sabía que la naturaleza de su propia especie era el mayor obstáculo.

— Confieso que prefiero mantenerlos al margen de nuestra firme alianza hasta que esta alcance una solidez indiscutible. Charles y Fitzwilliam no poseen esa visión de fondo que vos y yo compartimos; son seres que, ante una propuesta de colaboración con mortales, podrían reaccionar con una altivez contraproducente. Ver a los humanos como instrumentos es una cosa, Judith, pero aceptarlos como aliados iguales, con sus propias exigencias y limitaciones… es una píldora que su orgullo aún no está preparado para tragar. Temo que, de conocer el pacto ahora, se perderían en la superficie de la etiqueta y no verían la genialidad de la estrategia.

Caroline ladeó ligeramente la cabeza, observando a la marquesa con una mirada que era a la vez protectora y fría. No deseaba poner a los suyos en la diana, pero tampoco era ciega a su insuficiencia.

— No creo que sean capaces de resolver la afrenta de Wickam por sí solos, y mucho menos de comprender la ponzoña que el Padre Collins y su culto africano están sembrando. Por ello, espero que el tiempo y la gravedad de los acontecimientos los obliguen a entrar en razón. Poco a poco, cuando vean que el suelo que pisan se desmorona, se verán vinculados a nuestro pacto, aunque sea por la fuerza de los hechos. Y si al final — añadió con una sombra de dureza en su voz — decidieran no ajustarse al orden que hemos establecido… bueno, vos mejor que nadie sabéis que el orden siempre encuentra la forma de restablecerse, por dolorosa que sea la medida.

Antes de dar por concluida la sesión, Caroline se inclinó sutilmente hacia adelante, rompiendo esa distancia de cortesía para entrar en un terreno mucho más técnico y vital. Sus ojos brillaron con una curiosidad que no era morbosa, sino puramente estratégica.

— Pero antes de que partáis, Judith, hay algo que necesito comprender con absoluta precisión. Me habéis hablado de vuestro marido… y de cómo encontrasteis vuestra libertad. Describidme, os lo ruego, la forma exacta en que terminó su existencia. No busco el relato del drama, sino la mecánica del éxito. ¿Qué hizo él para defenderse? ¿Cómo pudieron dos mujeres humanas doblegar y extinguir la vida de un ser de su fuerza y naturaleza inmortal? Sed detallista, marquesa. En este juego que desplegamos, identificar cada acierto vuestro y cada error de él podría ser la diferencia entre nuestra propia permanencia o nuestra ruina. Necesito saber qué falla en nosotros cuando nos creemos invulnerables.

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25/04/2026, 14:09
Judith Briqueville

24 de septiembre de 1815 - Al anochecer


Judith asintió levemente cuando la vampira expuso su intención de mantener a Charles y a Fitzwilliam al margen, como si aquella decisión, aunque incompleta, fuera por ahora… suficiente.

-Comprendo… -murmuró con suavidad-. Y coincido en que precipitarles dentro de este… entramado… podría resultar más perjudicial que útil.- Sus ojos se entrecerraron apenas, con una calma que escondía un filo muy real. -Pero permitidme una pequeña precisión, mademoiselle… nuestro acuerdo no contempla víctimas inocentes. Si alguno de los vuestros… por ignorancia o por costumbre… decidiera actuar al margen de ese principio…- Dejó la frase suspendida, sin necesidad de terminarla.

-Confío en que no será necesario explorar ese escenario. Al menos… no todavía.- La marquesa se reclinó ligeramente, como si con ese gesto diera por cerrado, de momento, aquel asunto.

Entonces, la conversación viró.

La petición de Caroline no la sorprendió… pero sí provocó un cambio casi imperceptible en su expresión. Una leve sonrisa apareció en sus labios.

-Ah… voilà… -susurró con una elegancia casi juguetona-. Llegamos, por fin, a los asuntos verdaderamente delicados.- Sus dedos se entrelazaron con parsimonia. -Debo reconocer, mademoiselle, que vuestra pregunta es… legítima. Y, sin duda, útil para vuestra causa.

Pero también comprenderéis que no sería… particularmente prudente por mi parte compartir con vos los detalles de cómo una criatura como vos puede ser… reducida… sin obtener, a cambio, algo de valor equivalente.- Su mirada se mantuvo firme, sin desafío abierto, pero tampoco con sumisión. -No es desconfianza… -añadió con suavidad-. Es simple equilibrio.

Estoy dispuesta a responderos. Con precisión. Sin adornos. Tal como deseáis. Pero antes… permitidme satisfacer una curiosidad que, me temo, es igualmente… relevante para nuestra empresa.- Sus ojos se fijaron en los de Caroline con una intensidad serena. -Decidme, je vous prie… ¿cómo fue vuestra transformación?

¿Quién erais… antes de convertiros en lo que sois ahora? ¿Cómo era vuestra vida… cuando aún pertenecíais al mundo de los vivos?- Un instante de silencio. -Y, sobre todo… ¿qué circunstancias os condujeron a ese umbral?-

Su voz descendió apenas, más íntima, más analítica.

-Un intercambio justo, ¿no os parece? Vos me habláis de vuestro comienzo… y yo os revelaré el final de otro como vos.-

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27/04/2026, 12:24
Padre William Collins

23 de septiembre de 1815 - Al anochecer


El terreno pantanoso en el que empezaban a moverse ambos era cada vez más evidente en los gestos y en los comentarios. Lady Caroline parecía una mujer con las ideas claras, que era sabedora del poder que tenía y que no se dejaba amedrentar por las circunstancias o por posibles problemas.

Una sonrisa torcida se dibujó en el rostro del párroco con la advertencia de la mujer. El ego y el orgullo empezaban a llenar su ser, como si esas palabras de la sabedora reina del tablero hicieran que su rabia pudiese entrar en juego.

Se recolocó en el asiento, abrió la boca para replicar, pero no habló. Respiró hondo, tenía unos objetivos claros, estaba haciendo lo posible para cumplirlos y dejarse enrabietar a las primeras de cambio le llevaría al desastre absoluto.

- No os preocupéis, todos recuerdan los consuelos y también los desplantes. - La conversación con el doctor sobre las muertes de jóvenes durante los últimos meses recorrió su mente como punto de partida a una fricción que se acrecentaba. - La inestabilidad es la que nos rige en estos momentos; quizás no se vea desde todos los salones, pero el cambio es necesario e irrenunciable, pero me repito, no tengo intención de que esto sea un conflicto si es lo que os preocupa. - La miró a los ojos durante un par de segundos.

Le molestaba un poco que ella tratase de posicionarse por encima del bien y del mal, de todo y de todos. Principalmente porque creía que tenía poca información, pero no le importaba demasiado. Tenía claro que ella estaba jugando a dos bandas y su relación se empezaba a fracturar; a pesar de que muchas de las cosas que decía tenían sentido, verla actuar le resultaba un poco distinto porque notaba cómo cambiaba de parecer con facilidad. Seguía siendo una aliada, pero tendría que ir con más ojos de los que ya tenía.

Una reunión con el Padre Barnaby también era inevitable, pero sería bajo sus propias premisas, porque lo que resultase de ella marcaría a todo el condado y a ellos dos en particular.

Se levantó en cuanto la dama lo hizo, dejando la conversación con lo que sentía más dudas que certezas, a pesar de que, en teoría, las propuestas y los "acuerdos" ya estaban desde el punto de partida.

Escuchó la propuesta que le había trasladado a su benefactora y la recibió con la más amplia de las sonrisas. - Ojalá tengáis la oportunidad de contar con la presencia de mi benefactora en vuestro evento; sin duda le daría otra categoría. - Amplió su sonrisa con la amenaza de la mujer. - Todo lo contrario, podéis comentarle a ella todo lo que os inquiete sobre cualquier tema. - Clavó sus ojos en los de la anfitriona. - Mi confianza y mi transparencia con ella es total; su apoyo durante tantos años no viene de la nada.

Hizo una reverencia ante ella. - Lady Caroline, os agradezco la recepción. - Y se fue en dirección al coche, sin borrar una sonrisa más fría y circunstancial que de costumbre.

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05/05/2026, 11:39
Caroline Bingley

24 de septiembre de 1815 - Al anochecer

Caroline Bingley sostuvo la mirada de la Marquesa con una quietud gélida, casi mineral. No había rastro de ofensa en sus facciones ante la mención de su propia vulnerabilidad; al contrario, una chispa de respeto intelectual cruzó sus ojos. Judith comprendía el lenguaje de Caroline: el lenguaje del intercambio. En este mundo, nada que merezca la pena tener se entrega por cortesía.

— Un trueque de orígenes por finales — murmuró Caroline, con una sonrisa mínima que no llegó a sus ojos. — Un trato justo, Marquesa. Aunque debo advertiros que la memoria de una criatura como yo es como un tapiz antiguo: los colores se mantienen, pero la textura cambia con el peso de los siglos.

Caroline dejó que su mente retrocediera, sorteando las capas de seda, los bailes de Mayfair y las intrigas palaciegas, hasta llegar a una Europa que ya no existía, una tierra de fronteras móviles y valles cerrados en lo que hoy nuestra geografía llama los Balcanes.

— Han pasado unos doscientos años, quizá algo menos — comenzó Caroline, su voz adoptando un matiz más bajo, más denso. — Antes de ser esta figura que veis, mi mundo eran las telas, el arte y la palabra. Mi familia era una estirpe de comerciantes; nos movíamos entre los hilos de la seda y los hilos de la información. Teníamos tiendas de confección textil y arte, lugares donde la burguesía y la nobleza coincidían. El comercio es una máscara perfecta, Judith. Mientras vendíamos un brocado italiano o un lienzo flamenco, intercambiábamos secretos. Éramos el nexo entre estratos sociales que, de otro modo, jamás se habrían hablado.

Se reclinó en su asiento, entrelazando sus dedos pálidos sobre el regazo.

— Todavía me pregunto si aquel noble vino a por mí por puro azar o si mi familia ya estaba enredada en sus redes de antemano. Quizá nos utilizaba como tapadera, como una fuente de información segura entre los vivos. Él era un hombre de costumbres extrañas, de una discreción que yo, en mi ingenuidad de entonces, atribuía a la excentricidad de su rango y a sus constantes viajes nocturnos. Trabajé para él durante años. Me fascinaba su agudeza, su frialdad... su falta de prisa.

Caroline hizo una pausa, sus ojos parecieron perderse en la penumbra de la estancia.

— Mi hermano Charles y yo somos sangre de la misma sangre mortal, pero no compartimos el mismo origen en esta noche. Él fue convertido por otra criatura, en otras circunstancias. De ahí que nuestra praxis, nuestra forma de ver esta existencia, sea tan dispar. Charles se deleita en una suerte de... arrogancia neófita, convencido de que nuestra condición nos sitúa por encima de todo orden mortal; mientras tanto, yo prefiero la cautela de quien sabe que, aunque somos depredadores, nuestra naturaleza nos ha vuelto tan superiores en fuerza como vulnerables en nuestras nuevas limitaciones. La imprudencia es el lujo de los que se creen dioses; la prudencia es la herramienta de los que pretendemos perdurar.

— Una noche, el noble me convocó. No fue una reunión de negocios habitual. Alabó mi servicio, mi discreción y mi astucia, y entonces me habló de... una vacante. Había perdido a alguien de su absoluta confianza, un aliado necesario, y me eligió a mí como su reemplazo. No fue una transición amistosa en el sentido romántico del término, pero fue honesta. Me reveló la existencia de este mundo de sombras, de este submundo que convive con el vuestro de forma parasitaria y necesaria.

Caroline humedeció sus labios, recordando el sabor del terror que sintió entonces, un terror que pronto se transformó en algo más útil.

— Sentí miedo, por supuesto. El abismo asusta a cualquiera que lo mire de frente por primera vez. Pero también vi oportunidades. Entendí que este mundo oculto albergaba peligros, sí, pero también una riqueza que trascendía el oro o las joyas. Hablo de la inmortalidad como herramienta, de la sabiduría que solo el tiempo absoluto puede otorgar. No huí. No me resistí. Había algo en esa oscuridad que apelaba a mi propia ambición.

— El paso de la vida a la no-vida... no fue delicioso. Fue un desgarro. Un despertar extraño donde cada fibra de mi ser tuvo que aprender a procesar la existencia desde el hambre y el silencio. Pero no fue traumático. Fue, simplemente, el pago de una deuda para acceder a una nueva escala de poder.

Volvió a fijar su mirada en Judith, recuperando su máscara de cortesía afilada.

— No penséis, Judith, que vivimos al margen de lo que llamáis "humanidad". Estamos entretejidos. El mundo de las sombras tiene sus propios submundos, estratos de criaturas que no siempre se ven de forma pacífica, pero que están ahí, observando. Ahora que conocéis mi umbral, Marquesa... — Caroline se inclinó hacia delante, con una intensidad depredadora — ...deseo que cumpláis vuestra parte. Habladme del final. Habladme de cómo se detiene el corazón de alguien que, como yo, ha dejado de pertenecer al tiempo.

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07/05/2026, 14:50
Judith Briqueville

24 de septiembre de 1815 - Al anochecer


Judith escuchó el relato de Caroline sin apartar la mirada de ella ni una sola vez. Lo hizo con atención genuina, aunque bajo aquella expresión serena sus pensamientos se movían con una cautela mucho más fría.

Qué extraña desgracia debía perseguir a aquella familia para que dos criaturas de la noche hubieran fijado sus ojos en los mismos hermanos… y además por caminos distintos.

No dijo aquello en voz alta. Pero la idea permaneció.

La historia de Caroline la había encontrado… interesante. Elegante incluso. Muy propia de ella. Aunque también notablemente incompleta. Había demasiados vacíos entre aquellas sedas, demasiadas sombras cuidadosamente colocadas donde deberían existir nombres, fechas y rostros.

Sin embargo, Judith valoró el gesto. Los monstruos rara vez hablaban de su origen salvo que hubiera un propósito detrás. Y aquello, al menos, era un principio.

Cuando Caroline reclamó su parte del acuerdo, la marquesa permaneció unos instantes en silencio, como si meditara cuánto embellecimiento merecía la verdad. La conclusión fue sencilla: ninguno.

Sus ojos se mantuvieron sobre los de la vampira mientras hablaba con una calma tan refinada como brutal.

-La manera en que acabamos con mi marido… y con otros como él después… fue extraordinariamente simple, mademoiselle.- Una pausa leve. -Les cortábamos la cabeza.- No hubo dramatismo. Ni satisfacción. Solo precisión.

-Separar la cabeza del tronco. Voilà.- Sus dedos hicieron un gesto mínimo en el aire, limpio, horizontal. -Eficaz. Directo. Difícil de discutir una vez ejecutado.- La serenidad con la que pronunció aquello resultaba, quizá, más inquietante que la violencia del propio método.

-No descubrimos el procedimiento mediante antiguos grimorios ni revelaciones divinas. Lo aprendimos… observando. Experimentando. Sobreviviendo.- Sus labios se curvaron apenas, con un matiz sombrío. -Las criaturas como vos sois más resistentes que los hombres, sí… pero seguís dependiendo de ciertas estructuras físicas. El cuerpo puede tolerar daños extraordinarios. La separación completa… no.- Su mirada descendió un instante hacia el cuello impecable de Caroline antes de regresar a sus ojos.

-Mi esposo era arrogante. Como muchos depredadores antiguos. Creía que el miedo bastaba para impedir que alguien se acercara lo suficiente como para intentarlo.

Se equivocó.- El tono no contenía orgullo. Solo constatación.

-Claro está… lograrlo no es tan sencillo como decirlo. Hace falta inmovilizarles, sorprenderles… o esperar el momento exacto en que crean tener el control absoluto.- Entonces sí apareció una sonrisa muy leve. -La vanidad masculina sigue siendo, incluso en la inmortalidad… una debilidad extraordinariamente útil.-

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14/05/2026, 11:31
Caroline Bingley

Un domingo de 1815 al atardecer

El atardecer en Netherfield ya no posee la elegancia bucólica de las semanas anteriores. El aire, denso por el polvo que levantan las alfombras sacudidas, vibra con un ajetreo mecánico y desprovisto de alma. Judith de Briqueville llega a la propiedad esperando el habitual silencio aristocrático, pero se encuentra con un escenario de desmantelamiento: carros de transporte bloquean el camino de entrada, cajas de madera reforzada se apilan bajo el pórtico y los sirvientes, con los rostros hundidos en la fatiga, cargan muebles envueltos en arpillera. La casa, que Caroline pretendía convertir en un bastión de orden, parece ahora una herida abierta que se apresuran a coser antes de que llegue la noche definitiva.

Tras la confusión inicial y las respuestas evasivas de un mayordomo que alude a "urgencias familiares" y "lutos repentinos", un sirviente de librea oscura se aproxima a la Marquesa. Con una inclinación de cabeza que denota un respeto casi póstumo, le entrega un sobre de papel grueso, sellado con cera carmesí y el escudo de los Bingley perfectamente grabado.

Mi querida Judith,

Espero que perdonéis la brusquedad de esta partida y el desorden que, sin duda, habrá recibido vuestro carruaje al llegar a estas puertas. Los acontecimientos que nos rodean fluyen con una rapidez que ni siquiera la eternidad puede permitirnos ignorar. Debo confesaros, antes que cualquier otra cosa, que vuestras visitas han sido para mí mucho más que simples tertulias. En un mundo de sombras y apetitos voraces, vuestra presencia fue una experiencia de primera mano para recuperar fragmentos de una humanidad que creía sepultada. Me habéis permitido reconocer las debilidades de mi propia especie, aquellas que el orgullo de un depredador suele omitir, y por ello os guardo un agradecimiento que trasciende nuestras naturalezas opuestas.

Sin embargo, debo ser pragmática. He sopesado con la frialdad que me caracteriza la viabilidad de nuestro asentamiento en este condado. Netherfield no es el lugar propicio, Judith. Los obstáculos son multitud y los apoyos, inexistentes. Me he visto obligada a reconocer que aquellos con quienes comparto mi techo y mi sangre —mi hermano Charles y Mr. Darcy— carecen de la visión necesaria para sumarse al pacto que vos y yo esbozamos. No cuentan con la voluntad de someterse a las restricciones que el orden exige, y yo no cuento aún con la fuerza necesaria para imponer mi ley de la noche a la mañana sobre voluntades tan arraigadas.

Nuestro pacto, querida amiga, aun logrando la eliminación de amenazas como Wickam o esa influencia perniciosa sobre el Padre Collins, nacía bajo la sombra de una utopía. He comprendido que la naturaleza de un depredador no puede ser sometida indefinidamente por las condiciones de su presa. Existe un conflicto ético insalvable: la supervivencia exige romper las promesas cuando el hambre arrecia, y la volatilidad del espíritu humano —vuestra pasión, vuestro miedo— acabaría por quebrar cualquier acuerdo. Somos dos fuerzas destinadas a colisionar si no existe una estructura mayor que nos contenga.

Mi plan de control, ese orden que anhelo establecer para que nuestras sombras no sigan manchando vuestro mundo, es todavía un fruto inmaduro. Requiere refuerzos entre mis propias filas; requiere un pacto que no sea entre el lobo y el cordero, sino entre los propios lobos para proteger el rebaño por puro interés de supervivencia. He comprendido que para crear una Mascarada efectiva, necesito una legión que comparta mi visión de respeto y ley, algo que en este condado no he logrado sembrar.

Me retiro, por tanto, no por miedo, sino para fortalecer mis filas y mis ideas. Siento por vos un respeto profundo, casi doloroso por lo imposible de nuestra cercanía. Deseo de todo corazón que vos y vuestra familia halléis la paz y la buenaventura que perseguís. Que vuestra vida sea feliz, próspera y, sobre todo, que transcurra alejada de las criaturas que nos movemos en el crepúsculo. No os veo como una enemiga, Judith, aunque sé que vuestro acero no dudaría si yo flaqueara; echaré de menos nuestras charlas, pues supondrán una pérdida irreparable en mi nueva andadura.

Si en el futuro los vientos del destino os pusieran en una encrucijada donde mi consejo o mi intervención pudieran serviros, haced llegar vuestra misiva a la dirección que adjunto al pie de esta nota. No es mi hogar, pero vuestras palabras encontrarán el camino hacia mí.

Quedo vuestra, con el afecto de quien aprendió a respetaros en la distancia de dos mundos que no pueden tocarse sin quemarse.

Caroline Bingley.

Notas de juego

esta escena ocurre antes de tu encuentro con Wickam

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14/05/2026, 16:09
Judith Briqueville

Judith permaneció inmóvil frente a la entrada de Netherfield mientras el bullicio del desmantelamiento continuaba a su alrededor como el eco lejano de una derrota silenciosa.

El crujido de las ruedas sobre la grava. Las voces apagadas de los criados. El arrastre de los muebles envueltos en tela basta. Todo aquello tenía algo profundamente funerario.

Sus dedos, cubiertos por el fino guante oscuro, sostuvieron la carta de Caroline unos instantes más antes de doblarla cuidadosamente, con cuidado, como si se tratara de algo frágil.

Sus ojos recorrieron una última vez la mansión. Aquel refugio elegante y peligroso que, durante unos pocos días absurdos e imposibles, había parecido el escenario de una tregua entre dos mundos destinados a odiarse. Y, quizás por ello mismo, condenados a entenderse demasiado bien.

Un suspiro escapó lentamente de sus labios. -Quelle folie… -murmuró apenas para sí.

Qué locura había sido siquiera contemplar la posibilidad de una alianza con un ser así. Y, sin embargo, no podía evitar sentir aquella extraña punzada de pérdida.

Caroline tenía razón en algo esencial: su alianza jamás habría sobrevivido intacta al hambre, al miedo y al tiempo. Tarde o temprano una de las dos habría tenido que elegir entre sus principios… o la otra. Pero aun así…

Judith cerró un instante los ojos. Esperaba sinceramente que aquella criatura orgullosa y terrible encontrara lo que buscaba. Que lograra imponer algún tipo de orden entre monstruos que parecían incapaces de dominar siquiera su propia naturaleza. Que sobreviviera y que no terminara convirtiéndose en aquello mismo que decía combatir. Porque, de todas las criaturas de la noche que había conocido… Caroline Bingley era quizá la única que había mirado el abismo sin fingir que era un paraíso.

La marquesa abrió los ojos lentamente y guardó la carta entre sus pertenencias. Luego dirigió una última mirada hacia Netherfield, hacia sus ventanas ya vacías y sus jardines cubiertos por el crepúsculo.

-Bonne chance, Caroline… -susurró en francés, tan bajo que ni el viento pudo llevárselo del todo-. J’espère que vous réussirez là où tant d’autres ont échoué.- 'Buena suerte.'

Deseaba, de corazón, que tuviera éxito en aquella cruzada imposible. Y quizá, algún día, en otro lugar, bajo circunstancias menos crueles, pudieran volver a encontrarse sin que una tuviera que empuñar el acero… y la otra esconder los colmillos.

Después de eso, Judith se giró con una elegancia serena, sabedora que cerraba una puerta aunque no deseara hacerlo.

Y abandonó Netherfield mientras la noche comenzaba a caer sobre Hertfordshire. Aún tenía trabajo que hacer y una criatura a la que expulsar.