Aquella mirada le heló la sangre. Justo estaba a punto de tomar un sorbo ligero para tratar de buscar destensarse, pero no puso. Tan solo volvió a posar la cuchara con delicadeza en el borde del plato, tratando de no derramar su contenido y aguardó mientras sentía como Judith lo ¿apuñalaba? con la mirada.
Lo cierto es que seguía estando en tensión, pero haber verbalizado aquello lo había tranquilizado. Se sentía tenso pero más ligero.
Asintió ante el comentario, pues sentía que desde que había conocido a las hermanas Briqueville todo lo sucedido era incómodo. Una incomodidad agradable, lo tildaría... o quizás dulce, por lo que Judith había despertado en él. Sin embargo, este cambio de rumbo, esta transgresión a la ciencia, todo lo descubierto - y lo que quedaba por descubrir - le producía una sensación que Judith había descrito con una precisión quirúrgica... INCÓMODA.
Volvió a tomar la cuchara mientras guardó, en un fallo de etiqueta aberrante, la mano restante sobre su muslo fuera de la vista del resto de comensales. Jugaba dando vueltas a esta como si buscase enfriarla mientras escuchaba el encuentro futuro con Catherine. Un nombre que para él significaba poco o nada.
Su mirada se elevó del plato para mirar directamente al rostro de Judith al mencionar el otro asunto: El Panteón Dashwood. Tenía la sensación que hacía meses que fueron allí, un leve ardor se elevó en su interior y, casi por primera vez en la noche, su rostro parecía algo más relajado, menos tenso, más feliz.
Si bien ese gesto se aligeró al ver como la mirada de Judith solo era un soslayo entre ellos. ¿Desconfiaba de él? ¿Habría reconsiderado sus sentimientos? Algo empezó a hacerle dudar, si bien se mantuvo impasible y con los modales que exigían la situación.
- Tomaremos la noche para descansar y preparar la visita. - Aceptó esta vez con palabras.- Les daremos una noche más de ventaja, pero un cuerpo.- Humano. - tiene un máximo que se le puede exigir, y de nada nos valdría enfrentar lo que nos depare ese Panteón si nos encontramos exhaustos.- Su fatiga era mental, y algo le decía que finalizar la cena no iba a dejarle de inmediato descansar mentalmente.
Mantuvo el resto de la velada en un tono algo más propio de su carácter. Se mostraba cercano a sus convivientes pero con esa formalidad que tanto destacaba en él. Se propuso tratar de amenizar el tiempo hasta que se retiraron hablando sobre aves, sobre algunas dolencias extrañas que había visto en su consulta y que al observar con detenimiento tenían una causa más común de lo que la evidencia dictaba en un primer momento. Buscó crear el tipo de ambiente que lo tranquilizaba.
- La cena ha sido exquisita.- Dijo finalmente tomando la servilleta de su regazo y limpiándose ligeramente - en un gesto medido - sus labios.
Bebió un último sorbo de su copa, como si necesitase esa dosis para encarar la conversación que llegaría.- Os felicito por el buen servicio, Judith... empiezo a acostumbrarme a los buenos hábitos. Espero no convertirme en alguien demasiado consentido por tanta gentileza. - Trataba de salvaguardar su relación ante los ojos de Effie, aunque seguramente ella ya estuviera al tanto.
El resto lo dijo la mirada. Una llamada a reunirse en privado para tratar asuntos que no concernían a Effie, o al menos debía estar en la voluntad de Judith decidir si lo hacía.
- Me retiraré a conciliar sueño con alguna lectura previa. - Indicó donde estaría y se acercó a ambas para despedirse. Primero a la joven Effie, de quien tomó la mano e hizo el gesto de besarla sin llegar a rozar su dorso con los labios. Luego a Judith, a quien simuló el gesto pero en esta ocasión en la mejilla, sintiendo su calidez y añorando rozarla. - Descansen.
Me despido y acudiré al salón/biblioteca de la mansión a esperar que alguien venga a verme (guiño guiño).
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Judith y yo no estábamos habituadas a trabajar con gente ajena a nosotras, pero habíamos hallado en el doctor un alma afín, alguien en quien confiar para luchar contra aquel infierno. Era un socio en nuestra guerra personal.
Sin embargo, me parecía que Judith había visto en él más cosas, un hombre con quien compartir el corazón, en quien depositar algo como mujer, y eso sí que me preocupaba, porque no veía al doctor dispuesto a ello.
Al hablar de Mary, el doctor evidenció una preocupación que me parecía iba más allá de lo profesional y de la mera amistad. Observé a Judith... y me pareció que ella también había percibido lo mismo.
Después de responderle, se dirigió a mí para sugerirme incluir a Mary en el pequeño grupo de Lizzie. Lo sopesé un instante, antes de responder.
-No creo que sea posible, Judith. Lizzie conoció a Wickam, tuvo una experiencia personal que la hizo mucho más susceptible a aceptar la realidad. Pero Mary no lo hará; cualquier cosa que le digamos, la rechazará por impensable, y el padre Collins tampoco le ha dado motivos para pensar mal de él.
Me hubiera gustado responder otra cosa, pero simplemente no lo veía.
Quizás Lizzie pudiera hablar con ella directamente, eso sí, pero era un juego en el cual era mejor que yo no participase. Como poco, seguro que decía que yo era una mala influencia.
Después, habló sobre su conversación con Caroline. Lady Catherine era un enigma para las dos, lo que resultaba interesante ya de por sí.
Y por supuesto, el panteón Dashwood, a donde les había llevado el rastro que siguieron.
-¿Y si vamos de noche, para evitar así a Stewart? Siendo tres, no deberíamos temer a lo que encontremos allí -sugerí, en respuesta a la sugerencia de Judith.
Miré al doctor, que pareció acceder a esperar una noche, notando en su voz el cansancio más fruto de la tensión que del agotamiento físico.
La cena acabó con ideas poco claras y muchos sentimientos ocultos por parte de todos. Yo no podía decir lo que suponía que ocurría, porque no era asunto mío. Debía resolverlo Judith por su cuenta.
Cuando me levanté para retirarme, miré a ambos, sintiéndome como si estuviese de más en aquel lugar. Ellos necesitaban resolver sus diferencias o aclararlas definitivamente.
-Si no os importa, me retiraré ahora. Estoy cansada. Buenas noches, doctor; Judith.
Saludé a ambos y me di la vuelta para subir a mi habitación, recibiendo el beso del doctor con elegancia, mientras éste parecía ir a retirarse hacia la biblioteca.
Estaba segura de que Judith iría a hablar con él a continuación. Tenía que hacerlo.
Effie se retira a su habitación.
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Judith no necesitó más que unos instantes para comprender que algo no estaba en su lugar.
Las palabras de Elías habían sido correctas, incluso amables… pero había en él una tensión que no lograba ocultar del todo. La manera en que se retiró, casi precipitadamente, no hizo sino confirmarlo.
Cuando Effie y ella quedaron a solas, Judith apoyó con suavidad la mano sobre el respaldo de la silla, manteniendo la compostura.
-Prefiero ir de día. Me inquieta menos el enterrador que lo que pueda aguardarnos dentro de la cripta.
Y, además, tenemos una justificación razonable. La plaga de muertes en la zona… Con el doctor a nuestro lado, estaremos en nuestro derecho de investigar, si ese… monsieur Stewart decide interponerse.-
No añadió más, no hacía falta. Como ella era la mayor, era la que mandaba.
Effie no tardó en retirarse, y Judith permaneció unos minutos más en el comedor, en silencio, mientras el servicio recogía la mesa. Sus pensamientos no estaban ya en el panteón… ni en Caroline… ni siquiera en Collins. Estaban en él.
Cuando finalmente se levantó, lo hizo con de forma serena.
Sabía dónde encontrarlo: La biblioteca. No el dormitorio. Aquello, por sí solo, decía más que cualquier palabra.
Cruzó los pasillos de Groombridge con paso firme y silencioso hasta llegar a la estancia. Al entrar, no habló de inmediato. Cerró la puerta tras de sí con suavidad y se dirigió primero al aparador. Sirvió una copa de licor. Luego otra.
El cristal tintineó suavemente en la quietud de la sala.
Se acercó a él y le ofreció una de las copas sin decir nada, permitiendo que sus dedos rozaran apenas los suyos en el gesto. Después, tomó asiento frente a él, en el sillón, con la elegancia natural que la caracterizaba.
Le observó unos segundos, sin prisa, sin dureza.
-Bien… -dijo finalmente, con voz baja, envolvente, su acento francés marcando suavemente cada palabra-. Dime, mon cher… ¿Qué es eso que intentas sacarte del pecho… y que te está costando tanto?-
Viernes, 22 de septiembre de 1815 - Medianoche - Groombridge (Residencia de la Marquesa)
Recorrí el camino hacia la mansión con la mente en blanco, concentrado únicamente en llegar. Tras la caída en el almacén de la iglesia, mi aspecto era lamentable: la ropa, rasgada en varios puntos y cubierta de lodo y tierra. Prefería no pensar en cómo tendría el pelo o la cara; seguramente aún quedarían marcadas las líneas de las lágrimas que había derramado hacía rato.
Al cruzar la portezuela, tuve la suerte de que quien me abrió fue el mayordomo. Le dediqué una leve sonrisa pese a su ceño fruncido.
—Buenas noches, Sr. Stoddard. Siento la hora, pero ¿podría pedir que me suban algo de agua caliente a mi habitación? Como ve, he tenido un pequeño accidente…
Miré alrededor, consciente de las miradas de los demás sirvientes, a quienes respondí con otra discreta sonrisa.
—Sé que quizás es mucho pedir, pero ¿podría mantener este incidente en secreto de la familia? No me gustaría preocuparles innecesariamente…
Apenas terminé de mencionar a la “familia”, Effie apareció en lo alto de la escalera. Tal vez me había visto llegar o alguna sirvienta se había adelantado a avisarla, fuera como fuese, allí estaba, hermosa como siempre.
Sonreí al ver su expresión. Si no montaba una escena allí mismo, lo haría en cuanto estuviéramos en la habitación. Así que me quedé esperando la inevitable regañina… aún con una sonrisa en el rostro.
Perdón la demora ^^
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Elias se encontraba sentado en uno de los cómodos sillones de la biblioteca. Con una pierna cruzada sobre la otra que emitía un leve balanceo, devoraba con gran concentración el libro que tenía ante sus manos: "A Treatise of the Spleen and Vapours" de Sir Richard Blackmore.
Alzó la vista sobre las gafas con la entrada de Judith, dedicándola una mirada llena de ternura mientras en su rostro se dibujaba una tenue sonrisa.
Posó el libro con temple sobre el reposabrazos del sillón y se quitó sin precipitación las gafas para colocarlas con una precisión quirúrgica haciendo equilibrios sobre el libro.
- Sin duda, el momento más anhelado del día. - Dijo en un murmullo esbozado los suficientemente alto y claro para que Judith lo escuchase mientras dedicaba sus primeras atenciones al aparador.
Se incorporó y esperó pacientemente a que la Marquesa desanduviese el camino para ofrecer el merecido trago que ayudaría a calmar sus nervios.
Estuvo tentado de rodearla por la cintura, de besarla con la fiereza de quien marcha un largo tiempo y vuelve triunfal de una batalla desgarradora. Pero contuvo ese instinto tan primario de la esencia humana en un ejercicio de hercúlea contención, acogiendo las agradables sensaciones de aquel roce al recibir la copa.- Merci... - Había estado practicando conceptos básicos de francés en un intento de mostrar su predisposición a que la unión que parecía hacerlos más íntimos tuviera una duración infinita.
Retornó a su postura original en el sillón siendo cuidadoso de no tirar, en alguno de sus movimientos de brazos, gafas y libros en el gesto.
- Una gran colección... - Buscó dar cierta trivialidad al inicio de la conversación. Sin embargo, Judith era como un cuchillo afilado. No había especulaciones con ella, se clavaba directa a los asuntos atravesando cualquier material que se cruzara en su camino.
Un leve suspiro indicativo.- Llegó el momento.- mientras su mano libre se masajeó el puente de los ojos.
- Quizás no haya sido. - ¿Sincero? - claro en ciertos asuntos. - El leve masaje finalizó y alzó la vista para clavarla en los ojos de su amada. - Es cierto que mi corazón nunca fue ocupado desde que mi esposa me abandonó. Y que la fisura que permite que empiece a llenarse se debe enteramente a ti... Me gustaría que no dudases de ello.
Una leve pausa medida buscando ver primeras reacciones según su cuerpo comenzaba a tensarse como si fuera a lanzar una losa que podría destruir todo lo construido. - Pero si bien no se ha mantenido ocupado en este tiempo, no siempre se ha mantenido frío. Sería mala praxis decir que Lady María no ha sido un abrigo de calidez agradable. - Un trago mal situado en aquella representación, pues podría dar a entender cosas erróneas, pero necesitaba humedecer sus labios.- Pero nunca ha sido nada amoroso. El cariño surgido viene de su entusiasmo, de esa luz que busca absorber todo el conocimiento posible con la alegría de quien no recolecta las preocupaciones de un mundo oscuro. - La mirada no se desviaba un milímetro del rostro de Judith y si bien mostraba cierta tensión, no había duda ni nervios en sus palabras ni gestos. - Y ver que el Señor Collins la está eclipsando o apagando... me produce un terrible pesar.
En sus palabras había siempre pausas, momentos donde Judith se podía colar para interrumpir. Con gusto trataría de resolver cualquier duda que pueda surgir de ella, pues eso buscaba con esta conversación, el tipo de sinceridad que reforzara la confianza entre ellos, que la mostrara que era un libro abierto para ella, y ese libro no guardaba secretos oscuros ni estaba escrito con la mentira como tema principal.
- Intenté en un par de ocasiones, siendo esta tarde la última, tratar de iluminarla en el error que sería que tomase una senda que no está escrita en su sino... pero el deber y "lo que se espera de ella" parece cegarla... Se tomó con gran ofensa mis consejos y no desea volver a verme.- Un gesto de pena contenido fue percibido por parte de Judith mientras la mirada era apartada. - Me encuentro confuso, porque es algo que me aflige pero siendo haberme liberado de una carga que era demasiado pesada para mantener sobre mis hombros.
El gesto de pena se volvió una sonrisa al volver la vista a la Marquesa. Una sonrisa abierta, una leve que muestra el agrado de poder compartir aquello, y que busca - o desea - comprensión.
Sin embargo, si el silencio se prolongaba generaría una cierta incomodidad que sería complicado de gestionar por el doctor, asique decidió romperlo de manera activa adelantándose al momento.
- Ahora es cuando se agradece las observaciones del oyente. - Llevó la copa, que había mantenido agitada en pequeños círculos a golpe de muñeca, a su boca y bebió un prolongado sorbo mientras se mantenía a la espera.
Lo mismo se me ha ido la mano con el post. Sorry!
*Sir Richard Blackmore (1725): Publicó A Treatise of the Spleen and Vapours (Tratado del bazo y los vapores), que abordaba las enfermedades nerviosas o "hipocondríacas" comunes en la sociedad londinense de la época.
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Sostuvo su mirada sin apartarla. Sus ojos castaños -profundos, oscuros a la luz tenue de la biblioteca- permanecieron fijos en los de él, no tanto escuchando sus palabras… sino leyéndolo. Analizando cada pausa, cada leve tensión en su gesto, cada inflexión de su voz.
Sabía que Elías hablaba bien. Demasiado bien. Pero también sabía que, en aquel instante, no estaba ocultando nada. Lo que veía en él no era engaño… sino temor. El temor de perder algo que, para ambos, había llegado de forma inesperada. Y eso la tranquilizó.
No dijo nada mientras él hablaba. No cambió su expresión, no intervino, no le facilitó ninguna pista sobre lo que pensaba. Le dejó exponerse por completo, sin interferencias. Y solo cuando terminó, Judith dejó su copa con suavidad sobre la mesilla y se levantó.
Se acercó a él sin prisa… y, con una naturalidad que desarmaba cualquier tensión, se sentó sobre su regazo, cuidando de no desplazar ni el libro ni las gafas que descansaban peligrosamente en el reposabrazos.
Sus manos encontraron su rostro y, sin más palabras, lo besó. Un beso cálido, íntimo. No largo… pero sí lo bastante intenso como para decir todo aquello que no necesitaba más explicación.
Cuando se separó, su frente permaneció cerca de la de él, y una leve sonrisa -cansada, pero sincera- suavizó sus facciones.
-Mon amour… -murmuró -. Los dos tenemos ya una edad...- Su pulgar trazó una caricia lenta sobre su mejilla mientras se relamía el sabor de sus labios. -Hemos vivido… hemos amado… y, quizás, hemos deseado más de lo que deberíamos en ocasiones.
Es natural que un hombre como tú se sienta atraído por una joven con ingenio y curiosidad… del mismo modo que yo podría fijarme en el encanto de un cochero… o en los músculos de un jardinero trabajando bajo el sol- insinuó con una sonrisa pícara, dejando entrever que ella también se había fijado en otros hombres, desde que llegó a Hertfordshire. No estaba ciega.
-Estamos hechos de carne. -Sus ojos se suavizaron, pero no perdieron firmeza. -Lo importante… es lo que elegimos. Y cómo nos comportamos frente a esas tentaciones.-
Se apartó apenas un instante, lo justo para retirar con cuidado el libro y las gafas, dejándolos sobre la mesilla cercana, evitando que cayeran en un descuido. Luego regresó a él, acomodándose con más comodidad sobre su regazo, pasando un brazo por detrás de su cuello, acercándose sin reservas.
-Te agradezco que hayas sido sincero conmigo -continuó, ahora con un tono más bajo, más íntimo-. No deseo secretos entre nosotros.- Sus dedos se deslizaron suavemente por su cabello. -Y lo que sientes por Mary… no lo veo como una amenaza. Al contrario. Es… noble.
Tu necesidad de ayudar es una de las cosas que más admiro de ti.-
Entonces, su expresión se volvió un poco más seria, aunque sin dureza. -Solo te pido una cosa… -susurró-. Si alguna vez sientes que vas a cruzar esa línea, o la cruzas… en cualquier sentido… dímelo.- Sostuvo su mirada. -Antes de que tenga que enterarme por otros.
Yo haré lo mismo… si así lo deseas. Aunque comprendo que no todo el mundo quiere conocer ciertos… detalles. Pero yo sí. Yo necesito saber la verdad. Los pecados se expían solo cuando son confesados.-
Viernes, 22 de septiembre de 1815 - Medianoche - Groombridge (Residencia de la Marquesa)
No había escuchado llegar a Lizzie así que estaba algo inquieta. La idea de que se quedase en Groombridge era para su propia protección, por lo que no podía sentirme ansiosa cuando simplemente no sabía nada de ella.
Aunque para ser sincera conmigo misma, también lo hacía por otro motivo, por lo que sentía por ella.
Con el paso de los días, desde que me hubiese abierto a ella, había experimentado nervios como jamás había sentido. Era mucho peor que el miedo que podía notar cuando mi vida había corrido peligro, o la de Judith. Era más que eso, e infinitamente más doloroso, porque nada conseguía hacerla desaparecer.
Había pasado noches en vela y últimamente, comía poco y mal.
Y por supuesto, casi prefería no verla, aunque a la vez estuviera pensando nada más en poder estar a su lado.
Era todo confuso, doloroso y me impedía pensar con claridad.
Estaba dando vueltas en mi habitación pero decidí salir para comprobar, por enésima vez, que no había llegado todavía. Entonces, oí que llamaban a la puerta. Me apresuré a dirigirme hacia las escaleras y estaba arriba cuando vi que Stoddard le abría la puerta a Lizzie... que tenía un aspecto horrible.
-¡LIZZIE! -exclamé, angustiada.
Sin pensármelo, bajé las escaleras lo más deprisa que pude, temiéndome lo peor, un ataque de Wickam, una huída desesperada, un acto repulsivo que hubiera amenazado su propia integridad física y moral...
Como los sirvientes estaban por allí, terminando de recoger las cosas de la cena y ayudando a dejarlo todo listo, no me pasó inadvertida la mirada de Lizzie acompañando sus palabras. No deseaba llamar la atención. Aunque me pregunté si sería sobre todo por mí, más que por Judith.
Sin embargo, cuando llegué a su lado, noté su sonrisa. Era ella, amable y hermosa como siempre; no parecía preocupada de que yo la hubiese descubierto y no daba la sensación de que le hubieran hecho nada.
-Anda, vamos a la habitación y podrás explicarme dónde has estado. Stoddard, que preparen el baño en la habitación de la señorita Bennet. Avíseme cuando esté listo -le dije.
La cogí de la mano y tiré de ella para alejarnos de allí y la llevé a mi cuarto, esperando allí a que su baño estuviese listo. Su aspecto era malo, pero dentro de todo lo que me había pasado por la cabeza, no tanto como cabría esperar.
Cuando entramos, cerré la puerta me volví hacia ella.
-¡Estaba muy preocupada por ti! Tú mejor que nadie sabe que caminar a estas horas es peligroso? ¿Cómo se te ha ocurrido hacerlo? -le regañé, abrazándola. Fue mas tiempo del que quizás debí hacerlo, pero lo necesitaba. Después, me separé de ella, algo sonrojada -. Anda, cuéntame que te ha pasado, mientras te ayudo a quitártelo todo.
Estaba tan preocupada, que en ese momento no se me pasó por la cabeza dejarme llevar por la vergüenza de volver a abrazarla y estar tan cerca de ella. Era obvio que algo importante había sucedido y necesitaba conocerlo todo. Necesitaba que me lo contase.
Lentamente, la conduje a la cama y comencé ayudarla a quitarse ropa. Tenía el pelo enmarañado y el rostro lleno de barro. El baño ayudaría con todo ello, aunque necesitaría que la ayudase para lavarse la cabeza.
Tranquila ;)
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
El manejo de los tiempos de Judith era paz para el doctor.
Era como una directora de orquesta que generaba armonía con total naturalidad fuera de artificios, sin necesidad de ensayos. Al igual que él, ella era pragmática, sabía leer sus sentimientos de manera analítica, removiendo la paja para quedarse con el grano... lo entendía de una manera pura, sin atrezos, y aquello era algo que le provocaba verdadera adoración por aquella mujer de una fortaleza exquisita.
Recolocó su postura abrazando el gesto de acogerla sobre su regazo. Posó el brazo sobre sus muslos hechizado por el olor de su esencia mezclado con una fragancia que le había invadido por completo.
En cuestión de segundos toda tensión se había desvanecido y solo quedaba su yo más puro. Un hombre que disfrutaba cada segundo que Judith le regalaba entre sus labios.
Tomó aquel beso como quien se agarra a la vida. Como quien lo necesita para vivir.
Observó su rostro mientras con un gesto tímido acercaba la mano a su mejilla. Hizo un par de amagos de querer rozarla, como si fuera una ilusión que se desvanecería en cualquier momento al contacto. Finalmente, llegó el contacto y su sonrisa se alargó hasta casi invadir todo su rostro. Pasó con lentitud buscando explorar su tacto con delicadeza. - Es real.- Pensaba mientras mantenía atención a lo que la Marquesa le decía.
- El atrezo de la tentación de nada vale cuando uno conoce la pureza del amor. - Susurró aun ensimismado en sus caricias. El brillo de sus ojos denotaban que creía en lo que decía. Solo al darse cuenta de que quizás había dejado demasiada cuerda a sus sentimientos, decidió recoger un poco de ella.- Y uno ha vivido y sufrido demasiado por él, como para saber diferenciarlo de la fascinación ante alguien brillante.
Hizo un gesto de queja cuando se apartó aunque fuera cuestión de segundos. - Te elijo a ti, por supuesto...
Un cosquilleo recorrió toda su espina dorsal en modo de pequeño escalofrío al sentir como aquellos finos dedos se enredaban entre su melena y le rozaban. - No habrá secretos entre nosotros. - Respondió y algo se quedó en su mente que posiblemente tras pasar aquel romántico momento le generaría cierta duda.- Yo haré lo mismo… si así lo deseas. Aunque comprendo que no todo el mundo quiere conocer ciertos… detalles.
¿Acaso la mente de la Marquesa era ocupada por otros hombres? Decidió no esgrimir sus dudas en este momento, por miedo a romper el momento. En su lugar inclinó su rostro buscando un nuevo beso, uno que alcanzó a escasos milímetros y que tomó con el deseo de quien quería ahogar en pasión un día que había sido más estresante de lo deseado.
- Sé que deberíamos descansar, nos espera un largo día por delante.- Susurró sobre el oído de la Marquesa cuando sus labios se separaron tras un beso algo más prolongado que el anterior.- Pero necesito fervientemente de tu cercanía. - No hubo más palabras, ¿pero acaso eran necesarias?
Una sucesión de besos comenzaron cerca de ese oído. Recorrieron el cuello en pequeños pasos descendiendo hacia la clavícula y luego un ascenso por la barbilla hasta llegar a sus labios. Había firmeza y deseo en su forma de besar, ninguna duda de aquella era la persona a la que quería amar. Su lengua buscó abrirse paso para internarse en la boca de Judith.
La mano que se había mantenido firme sobre el regazo de la marquesa empezó a descender para internarse entre flecos y dobleces. Buscaba el contacto de su pierna, pugnar con la ropa para llegar al suave tacto de los muslos de su amada, pero de una manera decorosa y sin excederse en su avance.
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Cuando Elias susurró que la elegía, Judith se detuvo un momento. Apoyó un dedo sobre sus labios, silenciándolo, y negó muy levemente, sus ojos castaños clavándose en los de él con intensidad.
-Non… -murmuró, apenas un suspiro-. Eso no se dice, mon cher.- Su dedo descendió lentamente desde sus labios hasta su pecho. -Eso… se demuestra.-
Retomó entonces las caricias y besos, dejando que el calor volviera a envolverlos.
Judith se dejaba llevar por esa cercanía como quien, tras una jornada larga y cargada de sombras, por fin encuentra un remanso de paz. Había en ella cansancio, sí… pero también una necesidad profunda de sentir, de anclarse a algo real, cálido… humano.
Sus labios respondieron a los de él con una pasión serena, menos impetuosa que la suya, pero no por ello menos intensa. Sus manos comenzaron a moverse con delicadeza, despojándole poco a poco de las capas que aún le separaban de ella, como si cada gesto fuese una forma de borrar la tensión del día.
Terminó de liberarle de la camisa mientras dejaba que acariciara su pierna tonificada por el ejercicio - cosa bastante poco común en una dama de su alcurnia-. Pero es que nada en Judith era convencional.
Ni ella ni su hermana eran dos nobles a la usanza. Porque en espíritu no lo eran, aunque su título fuera real.
Lo que sí era sin lugar a dudas era una mujer, y como mujer, su cuerpo respondía al contacto con el objeto de su deseo. El fuego crecía en ella a medida que esa mano iba subiendo por su pierna. Lo contuvo hasta que no pudo aguantar más. Le gustaba que el doctor fuera precavido y la tratara con decoro, pero ahora necesitaba dar rienda suelta a su pasión.
Se levantó de improviso y, tomando la mano de su amado, le condujo hasta el sofá, para tener más espacio.
Ella se sentó, con la falda levantada hasta dejar visible sus paños menores, y a él le colocó de pie, justo en frente, entre sus piernas.
Entonces, volvió a hablar.
Su voz se volvió más baja. Más… íntima y curiosa. Excitada.
-Dime… -susurró, con una leve sonrisa apenas perceptible-. Ahora que hablamos de verdades…- Sus dedos se deslizaron despacio hacia la abertura del pantalón.
-¿Guardas algún secreto de alcoba? -preguntó con un tono casi juguetón, aunque medido-. ¿Alguna fantasía… que nunca te hayas atrevido a proponer?-
Levantó el rostro lo justo para mirarle, mientras sus manos seguían trabajando en el cierre de la prenda. Si iban a ser compañeros, debía conocer todo sobre él.
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Siempre había abrazado el decoro en todos los aspectos de su vida. Era un hombre tradicional, sencillo en gustos. Amaba los buenos modales y las insinuaciones veladas... odiaba la ordinariez.
Bajo ese pretexto había establecido un matrimonio satisfactorio hasta que la muerte le arrancó a su esposa, pero no podía negar que era un matrimonio exento de chispa. Demasiado establecido, demasiado aparente.
Judith se le presentaba como un soplo de aire fresco. Cumplía los estándares que el doctor nunca rebajaría mientras aportaba energía, picardía... esa emoción en la relación que distaba de la decorosa forma de convivir que él tenía en mente.
Con ella y su doble vida había aprendido que las apariencias estaban bien, pero en privado saltarse las normas del recato evitaba caer en la rutina. Un mal que mataba relaciones casi al mismo ritmo que la peste bucólica arrasó poblaciones siglos atrás.
- En mi vida no ha habido tiempo para fantasías.- Era la vergüenza quien hablaba mientras una erección empezaba a ser prominente en la zona tanteada por la marquesa. - Lamento si ello te decepciona, pero me temo que siempre he sido un tanto... tradicional, en costumbres.
Aquella situación, con Judith sentada frente a él en pose juguetona mientras su parte pudientes se dejaban entrever. Provocando un roce tan poco involuntario como agradable sobre su miembro al maniobrar con su bragueta. Sin saber que podría inundar la mente de aquella mujer que buscaba explorar sus fantasías... lo tenía altamente excitado.
- Pero no diré que soy un hombre solo abierto a la ciencia, si es lo que deseas.- ¿Y que era el sexo sino una expresión de la ciencia? Reacciones hormonales, fluidos, reacciones sensoriales... todo aquello era ciencia.
Se inclinó completamente, como si de una dogeza se tratase y tomó el rostro por la barbilla de Judith para alzar su mirada. La besó con la intensidad de un oleaje enfurecido por la tempestad. Adaptó su postura acuclillándose poco a poco hasta encontrarse rendido a sus pies. Arrodillado en el suelo había tomado esa mano juguetona y trasladado de su bragueta hacia su torso desnudo mientras la sucesión de besos parecía ser infinita.
Separó sus labios escasos milímetros y la sonrió mostrando que posiblemente se sentía el hombre más feliz de la faz de la tierra. Recorrió su cuello como un un sendero que desciende de manera inexorable de la cima al valle. La mano mantenida en su mentón la indicó que se acomodase sobre el sofá y solo disfrutase.
No era demasiado hábil en aquellas proezas apartadas del convencionalismo procreativo, pero se había informado sobre ello en su reciente curiosidad por encontrar modos de satisfacer a la marquesa.
Su rostro se estancó entre los senos de Judith, sin hacer esfuerzo en desprenderse de las prendas que los aprisionaban y, tras varios besos en el nacimiento de estos, levantó la cabeza y observó el rostro de su amada mientras se posicionaba para buscar un nuevo punto de partida.
Acarició uno de los pies con ambas manos, imprimiendo una presión digna de alguien que llevaba media vida analizando cada músculo, cada tendón, cada recoveco del cuerpo humano. Luego se introdujo el pulgar entre sus labios como si lo saborease. Lamió el empeine como prólogo de un ascenso que fue desviando su ruta para adentrarse en la cara interna de su muslo una vez superada la rodilla.
Buscó con delicadeza apartar los paños menores de su camino antes de acomodar su cabeza entre ambas piernas, rozando con la punta de la nariz aquella zona tan íntima que ahora se mostraba expuesta ante los ojos del doctor. Se tomó una fracción de segundo en tomar aire, concienciando a su cabeza que todo iría bien, no debía mostrar indecisión. Y en un gesto decidido alargó la lengua para repasar cada rincón de aquella anatomía.
Al principio eran roces algo torpes mientras memorizaba cada parte que recorría: pubis, labios mayores y menores... ascendió un poco más: clítoris... mantuvo los lametazos en esa zona mientras iba ganando confianza. En escasos segundos aquella inseguridad tan inusual en sí mismo había desaparecido.
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Judith y Elias aún se estaban conociendo. Y si bien la marquesa de Colombières ya tenía una idea hecha del doctor -quizás le tuviera demasiado idealizado- sabía que hasta las almas que parecían más puras y sinceras guardaban alguna que otra doblez. Su intención, con ese juego un tanto picante, era, por tanto, no simplemente provocación sino sacar a relucir los secretos más oscuros del hombre, si los tuviera.
No quería que, su inesperado fervor por él la cegase de lo que realmente era importante; proteger a Euphemia.
Dios no lo quisiera, pero no podía permitir dejar a otro hombre que abusara de ellas como lo hizo el marqués. Si iba a aceptar a Elias, tenía que ser sabiendo que no se volvería en contra de ellas. Que no se deslizaría por la noche a la habitación de Effie porque le gustaran más las jovencitas o algo así. No es que no confiase en que su hermana no se pudiera proteger sola, pero no quería que tuviera que hacerlo. Demasiado había sufrido ya.
Saber que él tenía atracción por Mary, había sido una señal de alarma que la costaba ignorar.
Y sin embargo, Elías seguía comportándose como esperaba de él; era cuidadoso y atento. No desviaba la mirada. No evadía las preguntas. Admitía sus fallos y debilidades. Parecía sincero.
Aún no había conseguido desprenderle de su pantalón cuando él decidió tomar las riendas. Judith le dejó, necesitaba saber a dónde quería llegar.
Él beso sus labios, luego su escote, mientras ella echaba la cabeza atrás, disfrutando del contacto de sus labios sobre su piel y sintiendo el aliento que, sin pretenderlo, se introducía por el corpiño y la excitaba tanto o más como los besos. Ese mismo pecho subía y bajaba visiblemente cuando su respiración empezó a acelerarse.
- Me decepcionaría lo contrario, mon cher - respondió con aliento entrecortado.
Se dejó caer sobre el respaldo del sofá cuando Elias se agachó a sostener su pie. Ella le miraba entre curiosa y excitada, preguntándose qué rondaría su privilegiada mente ¿Emplearía los tratados de anatomía para buscar zonas de placer? ¿Sería capaz de mantener el pensamiento científico mientras estaba excitado?
- Aaahh... -
Un inesperado gemido de placer se escapó de sus labios cuando él la masajeó el pie. Aquello daba más gusto del que se atrevería a reconocer. Había notado como, cuando él hundió sus dedos, le había recorrido un flujo electrificante por toda la pierna hasta su vientre.
El contacto con sus labios en el dedo, sin embargo, la hizo cosquillas y no pudo evitar reírse y dar un ligero aspaviento por reflejo: muchas sensaciones en zonas del cuerpo que nunca fueron tratadas con ese mimo y dedicación.
Pero él no se detuvo ahí. Siguió subiendo. Trazando un camino claro hacia su sexo.
Judith se tensó. No tenía buenos recuerdos de la última vez que un hombre se acercó de aquella forma a ella.
Aunque llamarlo hombre era ser demasiado piadosa con él, porque se había tratado de un monstruo más bien.
Henri, el vampiro de Colombières, gustaba de torturar y de alimentarse de sus víctimas de las zonas en las que se sintieran más vulnerables. Él no se preocupaba de dar placer o evitar el sufrimiento de sus recipientes sino más bien lo contrario. Disfrutaba con los gritos, con el dolor y con la angustia. Las veces que él se había metido entre sus piernas había sido para hacerla daño.
De forma instintiva, Judith agarró del cabello a Elias, aunque no le apartó. Él había estado tan concentrado en buscar su camino entre los pliegues de su sexo que se le había pasado por alto las marcas de incisiones en la ingle, cosa que agradeció la marquesa porque no quería que él se viera afectado por su pasado. El resto de marcas que había por su cuerpo, tampoco habían llamado su atención, pero porque seguramente pensaba que eran a causa de luchas pasadas. Y la mayoría lo eran, pero otras no.
Sin embargo esta era la más explicita y no sabía si estaba preparada para que él entendiera el alcance del infierno que había sufrido en manos del vampiro.
A pesar de todo ello...
- Aaaaaahhh... - un nuevo gemido, esta vez mucho más largo y profundo mientras su cuerpo dibujaba un arco suave, rendido a la agradable sensación de la húmeda lengua explorando aquella parte tan sensible. Desde luego que no se podía comparar al dolor de unos colmillos penetrando la piel.
Judith entonces soltó su agarre sobre el pelo del hombre y le dejó maniobrar mientras ella intentaba controlar el movimiento de sus propias caderas, que parecían haber cobrado vida propia: - Oh mon Dieu… me estás haciendo voir le ciel… comme ça… no pares…- estaba tan excitada que no encontraba las palabras adecuadas en inglés.
Siempre era agradable comprobar cómo el cuerpo humano trasladaba el estímulo, cómo un roce en un punto preciso despertaba sensaciones en lugares inesperados. Y allí, bajo el húmedo y áspero tacto de su lengua, esa teoría volvía a confirmarse con una precisión casi elegante.
Al ascender por la pierna, sus dedos habían percibido las cicatrices que rompían la suavidad del conjunto. Estaban ahí, integradas en la piel como trazos antiguos sobre un lienzo cuidado. Se detuvo apenas un instante en una más profunda, lo suficiente como para reconocer su forma, para intuir su origen probable... había visto algo similar recientemente. No indagó más, se centró en continuar dando el placer que la Marquesa merecía, guardando sus deducciones en su memoria para una conversación futura.
Su lengua siguió trabajando de manera incansable. Se movía en movimientos circulares, haciendo la presión exacta en aquel pequeño bulto que arrancaba un francés suplicante de la boca de su amante, y un contoneo de caderas que auguraba que la experiencia estaba siendo satisfactoria.
Sus manos separaron ambas piernas para dar un ángulo de noventa grados, y se filtraron bajo la corva de las rodillas para tomarla por la parte baja de la espalda requiriendo de Judith que alzara las caderas. Empezó un masaje firme con las manos, sabiendo que puntos presionar para provocar que las zonas erógenas de la vulva se sensibilizaran y se ensalivó la lengua apartándose escasos milímetros para descender hacia la apertura de la vagina. Introdujo la lengua como si de una exploración se tratase, buscando esas zonas sensibilizadas.
Acatando la orden de "no pares" se mantuvo varios minutos saboreando el néctar de su sensualidad, manteniendo el libido alto mientras sentía como su pantalón quería desbordarse por la magnitud que su miembro comenzaba a tomar. Evaluaba el apetito sexual por el flujo constante del fluido, demostrando que el deseo era grande.
En ningún momento pensó en su propio deseo. Era complaciente, y quería proporcionar a la Marquesa una experiencia compartida pero focalizada en ella. Fue por eso, que no buscó recibir ningún preliminar que pudiera cortar aquel torrente de sensaciones que andaba brindándola. Había leído de mujeres que disfrutaban con la manipulación del miembro masculino, pero habría tiempo para ello en un segundo asalto... ahora estaba decidido a penetrarla del modo más estimulador posible.
Con delicadeza quitó sus manos permitiéndola que amoldara sus posaderas al borde del sofá. El sonido de la cremallera bajada fue sutil pero dio consciencia a Judith de la intención del doctor. La cabeza emergió de entre sus piernas y se alzó para brindar una mirada no exenta de lujuria. Mirada penetrante y profunda mientras se levantaba dejando las piernas de Judith sobre sus hombros elevándola hasta que solo la mitad de su espalda estaba en contacto con la textura de aquel sofá.
Calculó el ángulo que permitía la penetración más directa, y por tanto más sensitiva. En lo que iba alzándola para llegar a ese punto su trasero fue resbalando por el torso del doctor y descendiendo hasta hacer tope con su pene. Este arrastró una caricia entre las nalgas, pasando por ano y perineo, hasta colocarse en la apertura a aquel pedazo de cielo que le ofrecía la marquesa.
Con suavidad presionó arrastrando su prepucio hasta que el glande quedó completamente expuesto y se adentró.
- Mmmm.- Un leve gemido esgrimido ante tan deliciosa sensación mientras con sus manos tomaba ambos lados de la cadera con el objetivo de presionar con sendos pulgares el monte de venus, algo que añadiría placer extra a los pequeñas estocadas que empezó a propinar.
En aquel ángulo, cada penetración ofrecía una profundidad imposible de alcanzar en cualquier otra posición. Al principio, las penetraciones eran entrecortadas: un golpe seco que producía un sonido similar al de una palmada; y un arrastre de vuelta lento que iba rozando como si de una caricia se tratase sobre las paredes internas de su vagina hasta casi asomar la punta de su miembro al exterior para volver a impulsarse en un movimiento decidido y profundo.
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Después del marqués había habido otros. No muchos pero sí que había tenido encuentros fugaces con otros varones, ya humanos, que mostraron a la francesa que yacer con hombre no era sinónimo de dolor y tortura, y era por eso que había perdido el miedo y recuperado el deseo. Aun así ninguno había mostrado la dedicación que le acaba de demostrar Elias.
Se preguntó por un momento si era debido a su profesión, si conocía secretos del cuerpo de la mujer que los otros hombres desconocían, o si se debía a su incansable necesidad de aliviar el sufrimiento de los demás, de sanar curar heridas y sanar sus dolencias. Quizás fuera una mezcla de ambas.
Judith nunca había sentido un placer tan inmenso. La lengua del doctor era mucho más hábil empleándose a fondo en sus partes íntimas que manejándose en sociedad. No sabía que se podía sentir tanto gusto en tantos puntos distintos dentro de su sexo.
La marquesa se agarraba a los pliegues del sofá, en un gesto de contención para obligarse a no gemir y embestirle con las caderas. Aun así, espasmos de placer recorrían su desde su vulva al resto del cuerpo haciendo imposible que se pudiera mantener completamente quieta.
Estaba tan cerca de alcanzar el séptimo cielo que, cuando vio que él se quitaba, soltó un quejido ahogado y abrió los ojos que se le habían cerrados solos de puro placer, para fulminar con ellos a su amante.
- ¿Mais que fais... pourquoi vous arrêtez-vous ?- musitó fuera de sí en un francés rápido.
Todavía estaba intentado reponerse y entender qué estaba pasando cuando la respuesta llegó de forma inesperada.
Su sobre estimulada vagina, sintió el miembro de Elias con una intensidad tan profunda que la activo un fuerte orgasmo.
La pilló tan de sorpresa que ni pudo soltar el aire que contenían sus pulmones. Y menos mal que no lo hizo porque sino iba a despertar a toda la mansión.
La espalda se la arqueó según él la penetraba hasta el fondo y ella alzó las manos por detrás de su cabeza para agarrarse al respaldo del sofá. Los pechos se le salieron el corpiño y la tela de las mangas se rasgó. Pero no le importaba en aquel momento porque estaba en pleno éxtasis.
Usando como apoyo el respaldo al que se había agarrado y la fuerza de sus muslos, acompasó las embestidas del doctor hasta que ambos cuerpos adoptaron un ritmo constante. Se movían con tal compás y entendimiento que habrían pasado por una pareja de bailarines consumados en el más distinguido salón.
Aunque la marquesa ya había alcanzado lo más alto y había vuelto a recobrar el sentido, no dejó de moverse, esta vez mirando fijamente a Elias con lujuria, esperando que él también culminara su propia obra.
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Ignoró la mirada acusadora - casi asesina - recibida cuando separó la lengua de sus puntos más pudientes, redoblando esfuerzos en compensar ese pequeño lapso de espera con la penetración posterior. El aumento del flujo vaginal le indicó que el uso práctico de sus conocimientos eran correctos. El riesgo había merecido la pena.
Se encontraba en conflicto interno entre el instinto y la razón.
Deseaba empujar y empujar dejando emerger sus impulsos más primitivos, buscar el inexorable alarido del placer, el emerger de la lujuria. Y sin embargo, su esencia prevalecía siendo estricto en el acto. Firme pero respetuoso en el trato. Cauto en proveer la comodidad de su amada con un acto tan desbocado como medido.
Conocía las señales, estaba próxima al orgasmo. Aumento la cadencia e intensidad de las penetraciones para que esa reacción química tan similar a la electricidad recorriese cada recoveco de su cuerpo a través del sistema nervioso. Lo disfrutaba por partida doble: sensitiva y científicamente.
Había roto a sudar, y observaba cada espasmo del cuerpo que poseía con gran detenimiento. Sonrió gratamente al ver liberarse aquel pecho tan bien delineado, quizás no era el busto mas sinuoso, pero poseía una curvatura que se antojaba tan perfecta como deliciosa. Lo habría tomado de inmediato pero su forma física sólo era aceptable, asique se abstuvo de salirse de la pauta. En esta ocasión, la recompensa no compensaba el riesgo.
La vitalidad esbozada era envidiable. Aún podía sentir los estertores de su respiración tras el orgasmo y sin embargo, no cesaba en su empeño de mantenerse viva... móvil... para proveerle un final adecuado. - Sois más de lo que un hombre pudiera desear. - Habló mostrando en su respiración agitada que estaba próximo a la eyaculación.
Acallaba el deseo apretando los dientes mientras trataba de no degustarse demasiado de la estampa tendida, brazos en alto tomando el respaldo, la presión de los muslos, las muecas del rostro, el constante vaivén de sus pechos.
- ¡Oh, marquesa! - Se le escapó y rápidamente buscó contener sus palabras para evitar poner en alerta a toda la mansión.
Aceleró el ritmo. Incidió más en cada punzada dada en forma de estocada. Empezó a bajar la cadencia compensando con instantes de retener el miembro todo lo profundo que sus cuerpos permitían dentro de las leyes de la física. Su cuerpo se tensó. Sus brazos se agitaban temblorosos por el esfuerzo acumulado. Una vena del cuello empezó a coger presencia mientras su mandíbula se tensaba y su rostro imploraba al techo de la estancia. - ¡Ah!¡Ah!¡Ahhhhhh! - Fue un gemido sutil. Discreto.
Su simiente comenzó a regar el interior de la marquesa sin pensar en las consecuencias que esto traería. El siempre racional doctor acababa de perder la sensatez, o quizás el descuido había sido algo inusualmente racional.
Con cuidado, apartando las piernas de la marquesa, se tendió sobre el sofá y se dedicó unos instantes en recobrar el aliento.
- Se nota la tensión acumulada... - Dijo finalmente sin ser demasiado claro a que tensión hacía referencia. - Por el bien del sofá en particular, y la estancia en generar, deberíamos trasladar nuestro encuentro a la alcoba.
Entre arrumacos y abrazos se sintió en paz. Estaba ampliamente satisfecho.
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Otra de las diferencias que hacían tan placentera la experiencia con respecto al frio no-muerto que había sido su esposo, era precisamente su calor. Es explosión de vida con la que llenó su vientre, enviaba señales, a veces engañosas, a su cerebro de plenitud. Y como si no fuera ella quien hablase sino la mujer que llevaba dentro, la que se movía por instintos, pronunció unas palabras que no habría dicho de poder pensarlo fríamente. - Mon amour, me haces tan feliz... -
Se abrazó a su amante hasta que ambos consiguieron controlar su agitada respiración. Entonces lo colmó de besos, agradecida por lo que había hecho.
Él entonces se apartó y propuso seguir aquello en la alcoba, cosa que la pareció una buena idea, más porque también estaba preocupada por la tapicería del sofá que porque la incomodara ser descubierta por algún empleado.
Se recolocó las vestiduras para ir por los pasillos todo lo decente que pudiera, aunque ya se la notaba demasiado despeinada como para simular que ahí no había pasado nada. Tampoco contaba con la esencia que le había dejado Elias en su interior y que, cuando se puso de pie, empezó a salirse y a manchar la braga de algodón.
- Sí, retirémonos a nuestros aposentos, mon cher. Prefiero la comodidad de nuestra alcoba y la desnudez completa para estos asuntos que tratamos...- sonrió hacia él, traviesa. En sus ojos la promesa de que aquella noche no había acabado.
Se suben a la habitación.
Tengo pendiente que me responda Caroline una cosilla sobre las fechas, y cuando lo sepa, os abriré la escena para ir al pantenón.
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
El encuentro se trasladó a la alcoba.
Elias había ofrecido su brazo en un gesto caballeroso y recorrió los pasillos de Groombridge con la paciencia de quien parece tener todo el tiempo del mundo. Una sensación bastante precisa puesto que cuando pasaba tiempo con la marquesa - a solas - sentía que el tiempo se detenía para darle la oportunidad de distraerse en cada uno de los magníficos detalles que su compañía le ofrecía.
- Nunca me saciaré de vuestra colección de tapices y cuadros. - Iba comentando cuando traspasaron el umbral del pasillo a la habitación. - ¿Son Flamencos? - En referencia al periodo de esplendor del arte de Flandes que comprendían los siglos XV y XVI.
Cerró la puerta con delicadeza evitando el portazo en cuanto se adentró Judith. Observó desde allí como la mujer avanzaba por la estancia con la sensualidad de una mujer de maneras. Un gesto solo permitido a la nobleza, con una gracia casi divina.
Si bien no rechazaría un nueva ronda de caricias y placer, había algo percibido en la biblioteca que su corazón indicaba debía tratarse antes, a riesgo de romper todo el embrujo creado por la sensualidad.
- Me siento afortunado, más allá de la inmensa felicidad que provocas en mí... - Replicó en respuesta a una frase esgrimida en pleno coito y que en su momento no obtuvo respuesta.
Acortó la distancia entre ambos, buscando rodear el somier del inmenso lecho que compartían con el objetivo de tomar asiento en el lateral de este. Ni siquiera hizo el amago previo de quitarse parte del atuendo, el cual mostraba unas maneras precipitadas y algo caóticas al no haber puesto demasiado empeño en vestirse antes de salir de la biblioteca.
Un par de golpes sobre el colchón indicó que le acompañase en este gesto.
- Hay algo que quiero comentarte... si te incomoda cesaré en cuanto me indiques. - La preocupación en su tono, el como se humedeció los labios con la lengua tras sus palabras, podía intuir que había algo que había ocultado... pero no se trataba de eso. - He notado la doble punción en la parte alta de tu muslo, justo donde la aorta pasa con mayor riesgo sanguíneo. - En cuanto Judith tomase asiento, ladearía su posición para ofrecer cobijar sus manos entre las propias. - Y no es la primera vez que veo esas marcas... - Tenía aquella imagen demasiado fresca para obviar los motivos de una marca así y lo que significaba. - No negaré la inquietud que ello me ha provocado... ¿debería preocuparme?
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Judith había comenzado a soltarse los cierres del vestido mientras cruzaban la habitación, pero sonrió apenas cuando él elogió la decoración de Groombridge.
-No nos atribuyas demasiado mérito, mon cher -respondió con una suavidad cansada, aunque cálida-. Effie y yo únicamente añadimos los espejos… y alguna medida de protección más.- Sus dedos señalaron brevemente uno de los espejos colocados en un ángulo poco natural de la estancia. -El resto ya estaba aquí. Groombridge Place no nos pertenece. Es solo una residencia alquilada… un lugar de paso.- Los sirvientes tampoco era de ellas, sino de la casa.
La frase tuvo un matiz extraño al salir de sus labios. Casi melancólico. Como si, pese a todo, hubiera empezado a sentirse hogar.
Cuando él tomó asiento y la llamó a su lado, Judith dejó de desvestirse sin protestar. La tela volvió a caer sobre sus hombros y, obediente a la gravedad de su tono, caminó hasta la cama y se sentó junto a él. Le escuchó en silencio, sin apartar la mirada. Y cuando comprendió a qué se refería, sus facciones no mostraron sorpresa, solo una especie de resignación tranquila.
Sus ojos descendieron un instante hacia sus propias manos antes de volver a él. -Ya te advertí… -murmuró finalmente, con voz baja- que algunas sombras dejan marcas incluso después de morir.- La tensión en su cuerpo era sutil, pero evidente para alguien que ya la conocía bien.
-Durante la autopsia de Gytha… vimos esas mismas heridas, sí. -Sus dedos se entrelazaron lentamente sobre su regazo-. Un vampiro que se alimenta de esa manera. Cerca de la arteria… jugando con su víctima.
Henri Briqueville… mi esposo… también era así. Le gustaba jugar con la comida. -El asco apenas contenido endureció ligeramente su voz afrancesada-. Alargar la tortura hasta extremos… inhumanos.-
El silencio que siguió fue pesado, no porque ella ocultara algo, sino porque había demasiado detrás de esas palabras. Demasiado dolor. Demasiada humillación. Y Judith, orgullosa hasta en sus heridas, no soportaba mostrarse vulnerable de aquella manera.
Se volvió apenas hacia él, esta vez evitando su mirada por primera vez en toda la conversación.
-No preguntes por los detalles, s’il te plaît… -pidió en voz baja, cansada de verdad ahora-. No esta noche.- Sus hombros descendieron ligeramente, como si todo el peso del día hubiera regresado de golpe. -Estoy cansada, mon amour. Vámonos a dormir.-
24 de Septiembre de 1815 (Noche)
Le había dado una respuestas, pero no una que respondiese a su pregunta.
La gravedad de la herida la volvía casi letal, y en lo que había aprendido desde que conoció a la marquesa y su hermana, solo había dos salidas en el caso de no morir ante tal suceso. Gytha había muerto, pero Judith - afortunadamente - seguía viva.
No insistió más en el asunto. Lo dejó como un enigma que se mantiene perenne con el paso de las décadas hasta caer en el olvido. En su lugar, tomó la barbilla de su amada y la alzó. Trató de contrarrestar aquella tristeza que había ensombrecido la estancia con una mirada cálida que buscaba alcanzar aquellos escurridizos ojos.
No hubo palabras cuando mostró su deseo de dormir, no eran necesarias. La abrazó en aquella posición ladeada. Lo hizo con fuerza, con una intensidad que decía: "estoy aquí, estás a salvo". Demoró separarse todo lo que pudo, aguantó hasta que Judith diese el paso de zafarse.
- Reposa. - Hizo un gesto médico de tomarla con cuidado la espalda con la zurda y con la diestra el pecho para ayudarla a tumbarse sobre el colchón a pesar de que aún no había cambiado su atuendo por el de cama.
Aún sentado en el borde, recorrió su frente con el dorso de la mano solo para extenderla de modo que el índice la apartara en un gesto grácil un mechón rebelde de pelo. La miraba al detalle cada facción de ese rostro cansado. Luego posó la palma sobre sus ojos indicándola que los cerrase.
Un sin fin de caricias no visualizadas llegaron. Eran muy focalizadas en puntos muy concretos que buscaban una reacción en ella. El lateral de su cuello, la clavícula, el nacimiento de su pecho, su vientre... movía su ropa sin removerla para poder alcanzar los puntos deseados... un objetivo claro: darla paz.
Las caricias cesaron. El colchón ahuecado por el peso del doctor se recuperó a la par que un par de muelles crepitaban de alivio al dejar de sentir la presión del peso sobre ellos.
El doctor rodeó el colchón una vez más. Se quitó los zapatos dejando sus ropas intactas como estaban, desaliñadas, mientras se tumbaba y arrastraba para alcanzar el cuerpo de la marquesa por el extremo contrario a donde habían llegado las caricias.
- Ven aquí. - Dijo mientras abría el brazo para acoger el cuerpo de su amada junto al suyo. - Permíteme esta noche ser el remedio de todas tus pesadillas. El calor que espante el frío de un matrimonio invernal. - La besó en la frente en el caso de que se acurrucase a su vera. - Descansa sin temor... yo velaré por ti.

escena cerrada que ha quedado mu bonito ^^