Groombridge Place, 20 de septiembre de 1815, medio día
Me había despertado desde antes que saliera el sol. La habitación se había enfriado ligeramente pero aún persistía el vaho condensado en los cristalera de la habitación. Tenía la vieja costumbre de casa de despertarme temprano y no deseando molestar a mis anfitrionas aproveché para cambiarme con un vestido sencillo y sentarme en el taburete que había al lado de la ventana mientras abría uno de los libros que cogí prestados de la biblioteca.
Tenía demasiadas cosas en que pensar y no sabía por donde empezar pero era demasiado temprano para ello por lo que me centré en el libro que tenía en el regazo. Desconozco cuánto tiempo pasó cuando oí la voz de Effie después de tocar en mi puerta. Salí de mi ensoñación y levanté la vista del libro hacia la puerta.
- Pasa.- pronuncié en alto pero no me moví de mi sitio. Me quedé mirándola más de la cuenta ya que era la primera vez que veía a Effie tan nerviosa.- B-Buenos días.- que al parecer me había contagiado. Aferré el libro en mi regazo y supe que debía mantener mi confusión de lado. Nada cambiaría si mantenía una perfil bajo por lo que relajé mis hombros todo lo que pude.- Gracias, sí mejor así podremos desayunar tranquilas.- dije algo más tranquila con una pequeña sonrisa.
Dudaba si debía asistir a Londres junto con Effie pues temía que la incomodidad que parecía estar presente entre nosotros fastidiara el día por lo que en cuanto Emma se retiró con el desayuno hablé con libertad a Effie y le pregunté directamente.- ¿Está bien que yo vaya? No tengo problema en quedarme...- dejé un instante de silencio antes de poner una estúpida excusa.- ...tengo varios libros pendientes aún por leer...- aunque al mirar a Effie nuevamente cambié de opinión.
Si necesitaba arreglar nuestra relación era mejor hacerlo juntas que por separado.- Aunque la verdad me apetece mucho alejarme de la tranquilidad del campo, no diría que no a una visita a la gran ciudad.- sonreí intentando bromear.
Bajamos después de prepararnos y escuché su opinión sobre el padre Collins. La verdad es que no iba muy desencaminada.- No he tenido la ocasión de tratarle mucho pero debería decir que no nos llevamos muy bien, la última vez que tuvimos ocasión de conversar...- me calló de inmediato al ver que aparecieron Judith y el Padre Collins.
Hice el mismo gesto de Effie y saludé a ambos.- Espero que no les importe que me una a vuestra visita a la capital.- agradecí con una ligera sonrisa.
Londres, 20 de septiembre del 1815
En un primer momento había invitado solo a la marquesa a la ópera, porque no disponía de más entradas, pero también creía que hablando solo con ella tenía más opciones de entablar una conversación en profundidad que le ayudase a que ella tomase partida por él en caso de conflicto con el otro párroco por el control religioso de la parroquia.
No lo tenía claro y, debido a ello, no dudó en hacer uso de las demás entradas que le había hecho llegar su benefactora para que Judith invitara a quienes estuviesen en disposición de acudir a un evento como ese.
El recibimiento de la marquesa lo tomó como una precuela. Ella era una gran anfitriona y su saber estar resaltaba en cualquier lugar en el que estuviera presente. Pero esa forma de mirarlo, ese brillo en los ojos y el paseo que compartieron era una forma de decirle, entre líneas, que ella estaría en su bando. O quizás solo se trataba de lo que quería interpretar el reverendo.
La entrada en escena de Caroline Bingley le preocupaba, porque lo que decía era distinto a lo que hacía. El halago social de concederle el honor de bendecir el baile delante de todos, la reunión privada después de la desbandada o el asunto que ambos tenían que atender durante días en Londres, hacían que el párroco necesitase de todos los apoyos posibles, por si la señorita Bingley decidía tomar parte del bando contrarreformista.
- Señorita Brinqueville. - Hizo una reverencia cortés al saludarla. - Me alegra saber que os encontráis mejor. - Durante su desmayo en el baile había provocado tal revuelo entre los invitados que no parecía una cosa menor. Sobre todo con su madre, que entendía que era normal la preocupación, pero también con el doctor Elías, aunque entendía que los problemas de los casos médicos para los que no encontraba explicación durante las últimas semanas le carcomían la cabeza y era probable que quisiera ser más cauto de lo habitual.
- Lizzie, me alegra veros. - La saludó también con una reverencia. - Iré los próximos días a vuestra casa para ver a vuestra hermana. Creo que quedó bastante contenta con el baile. - La miró con una sonrisa. Ese viaje a Londres sería una buena oportunidad para mejorar su relación con la Bennet, pues sabía que para Mary era importante que su hermana viese el posible enlace con buenos ojos. - ¿Qué tal está vuestra hermana Jane? - No había acudido al baile por estar indispuesta; si se encontraba mejor, podría verla durante su visita al hogar de los Bennet.
- ¿Ponemos rumbo a Londres? - Preguntó con una sonrisa, dispuesto a dirigirse al carruaje.
- Quizás nos encontremos al Padre Barnaby y a la señorita Bingley, están por Londres y no sé yo si se querrán perder un evento como ese. - Dejó caer William. Ese viaje no era un secreto, no había motivos para ocultarlo, pero él no lo había dejado caer porque sí. Tenía motivos para hacerlo. - Aunque no tengo tan claro que quieran ser tan aperturistas con una ópera francesa. - Soltó una sonrisilla, como si fuera una broma.
No insistió en malmeter con más comentarios sobre el otro cura; no le parecía una buena idea ser insistente y las cosas mejorarían si se creaba un buen ambiente y la velada era divertida. Así lo pensaba Collins y trató de hacerlo durante el viaje, compartiendo anécdotas divertidas y tratando de que todas las personas que viajaban con él se sintiesen a gusto con las conversaciones.
- Hemos llegado. - Sonrió, emocionado, pues tenía muchas ganas de ver qué era lo que le deparaba ese gran teatro. Bajó del carruaje y les fue ofreciendo la mano a las mujeres para que pudiesen bajar con mayor comodidad y teniendo cuidado de que sus vestidos no se enrollasen o quedasen mal parados.
La calle enfrente del teatro estaba llena de carruajes, cocheros y personas engalanadas con vestidos largos y sombreros de copa. Las luces creaban sombras que dotaban de más personalidad las inmediaciones y que dejaban ver que ese sería un día grande para el movimiento cultural de la ciudad, y también lo sería para ellos.
Carteles por toda la calle y las adyacentes, algunos desgastados por el paso de los días, dejaban ver el énfasis que se ponía desde la organización para que algo tan importante como la llegada de una ópera francesa a la capital saliese tan bien como se merecía.
- Tenemos la suerte de ser la envidia de todos los que por aquí pasean. - Dijo dirigiéndose a Lizzie. - Cualquier momento es bueno para estar acompañados por las señoritas Judith y Effie, pero hoy, asistiendo a una ópera francesa, todavía más. - Las miró a ambas, con una sonrisa en la boca. Sospechaba que la pequeña no era muy amiga de grandes halagos, pero le costaba no hacerlo.
- Vamos. - Le hizo un gesto con la mano para que las damas pasasen primero y situarse él detrás, tal y como mandaban las normas de protocolo en la entrada a un evento social como ese.
Groombridge Place, 20 de septiembre de 1815, medio día - antes de ir a Londres
Cuando oí la voz de Lizzie, entré, sintiendo que estaba entrando en un lugar demasiado privado. No quería molestarla y a veces pensaba que era mejor incluso mantenerme a distancia.
Pero tampoco quería eso; ella era mi amiga, y deseaba que continuase siéndolo. Había intercedido para evitar males mayores en el baile, y estaba aquí para ser protegida.
Lizzie estaba en su cama, leyendo, y me miró con algo de inquietud. Le dije que había pedido el desayuno y terminé de entrar para cerrar la puerta, dirigiéndome hacia la cama.
Después, hablamos sobre el viaje a Londres, aunque nos quedamos calladas un rato hasta que Emma se hubo retirado.
-Claro que está bien. No se me ocurriría nadie mejor con quien ir a la ciudad -le dije, mirando de reojo el libro que se suponía estaba leyendo -. No todos los días se puede viajar a la metrópolis, así que hay que aprovechar.
Después de insistirle un poco, pareció ceder por fin a venir.
-Eso está mejor -le dije. Me hubiera gustado darle un abrazo, pero preferí no hacerlo, manteniendo las distancias. Lo importante ahora era seguir juntas.
Empecé a desayunar, sonriendo mientras tomaba el te, haciendo así también tiempo para relajarnos.
-¿Qué estás leyendo? -le pregunté, sintiendo verdadera curiosidad.
Londres, 20 de septiembre del 1815
Al subir al carruaje, el Padre Collins se mostró cortés, como se suponía debía ser. Suponía que para él, mi desmayo continuaba siendo motivo de, al menos, mostrar cierta preocupación.
-Muchas gracias, Padre Collins. Fue el cansancio. No estoy habituada a trasnochar tanto -le expliqué, subiendo al carruaje.
Una vez dentro, Lizzie se unió a mí, sentándose al lado.
El viaje prometía ser tan emocionante como la estancia en sí, aunque no esperaba que dijese que podíamos cruzarnos en Londres con la señorita Bingley. Miré de reojo a Judith, sin decir nada. Ver al padre Barnaby de nuevo era una pesadez, pero no tan peligroso como la Bingley, aunque el hecho de que ambos estuviesen juntos, daba qué pensar.
Finalmente, llegamos a la ciudad.
Era excitante ver tanta gente y tantos carruajes por todas partes. Y los vestidos, tan elegantes, nada que ver con lo que solíamos ver en Meryton. Aunque aquel esplendor, sabía que era ficticio. Debajo de todo aquel lujo, se escondían personas con secretos ocultos y vidas que quizás era mejor no conocer.
El brillo se perdía muy pronto, y para mí no duró demasiado, aunque ver la emoción en los ojos de Lizzie ayudó a conservarlo un poco más.
Cuando bajamos, me sentía extraña. Ya no recordaba cuando fue la última vez que había estado en una gran ciudad y casi me sentía más propia de vivir en carruajes que rodeada de lujos y, sobre todo, de gente.
Por su parte, el Padre Collins parecía estar verdaderamente emocionado por encontrarnos allí. Quizás para él sí que era algo verdaderamente nuevo. Ahogué una sonrisa mirando a Lizzie, que seguro que también lo había visto y a la que también le habría resultado, casi seguro, de lo más divertido.
Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
Dentro del carruaje, mientras los caballos marcaban un ritmo constante sobre el camino que los conducía a Londres, Judith mantuvo el porte sereno, las manos enguantadas reposando con elegancia sobre el regazo. Su expresión era amable; su mente, no tanto.
No era la primera vez que compartía viaje con el reverendo Collins.
Recordaba con nitidez aquel trayecto anterior: más íntimo, revelador. Aquel día ella había decidido probarle. Había dejado caer insinuaciones veladas, comentarios ambiguos, gestos estratégicos. Le había abierto una puerta -no del todo, apenas lo suficiente- y él, creyéndose seguro, había dado un paso hacia delante.
No olvidaba la sombra que había vislumbrado en sus alma.
Bajo la corrección, bajo el barniz eclesiástico y las palabras medidas, habitaba algo más denso. El deseo de poder y dominación, fuera de los límites establecidos por la decencia.
Vous êtes un homme dangereux, monsieur le révérend… reflexionó para sí misma.
No sabía aún hasta dónde llegaba ese peligro. Y precisamente por eso estaba allí.
Alzó la vista hacia él con una sonrisa delicada, sin ignorar a las dos chiquillas con las que también compartía el carruaje.
-Reverendo Collins -dijo con su suave cadencia francesa-, decidme… ¿cómo marchan los preparativos de vuestra boda con la señorita Mary Bennet? Imagino que una unión tan esperada requiere atención minuciosa.-
La pregunta cayó como una pluma. Ligera. Inofensiva en apariencia.
-¿Tenéis ya fecha fijada? ¿Y quién tendrá el honor de oficiarla? No todos los días se casa un párroco… -añadió con un leve matiz juguetón en la mirada.
A partir de ahí, la conversación derivó hacia cuestiones prácticas: la organización del enlace, la disposición de los invitados, los arreglos florales, las lecturas apropiadas para una ceremonia respetable. Judith escuchaba con atención, asentía, intervenía con comentarios de buen gusto sobre encajes, velos y banquetes, como si aquello fuese lo único que ocupase su interés.
El resto del trayecto transcurrió en una charla intrascendente y civilizada sobre bodas, parroquias y conveniencias sociales.

Cuando finalmente el carruaje se detuvo ante el Covent Garden Theatre, Judith dirigió la mirada al edificio con una atención sincera.
No era ostentoso. No pretendía deslumbrar con excesos barrocos ni con dorados desmedidos. Su fachada era sobria, equilibrada, casi contenida.
Y, sin embargo, poseía una dignidad indiscutible.
Durante un instante, recordó la magnificencia de la Ópera de París -la Académie Royale de Musique- que había visitado años atrás: más ornamentada, más teatral incluso en su arquitectura. El Covent Garden no tenía aquella exuberancia francesa, pero compensaba con una elegancia británica que parecía susurrar en vez de gritar. Plus discret… mais non moins ambitieux, pensó.
-Es un lugar verdaderamente impresionante -dijo con sinceridad-. Tiene una nobleza… contenida. Me agrada.- Se volvió hacia Collins con una inclinación agradecida de cabeza. -Os estamos profundamente agradecidas por la invitación, reverendo. No es un privilegio menor asistir a un estreno francés en Londres.-
Esperó entonces, como dictaba el protocolo, a que él descendiera primero del carruaje. Solo cuando el párroco estuvo en tierra firme y le ofreció la mano, apoyó con ligereza sus dedos enguantados en la suya para bajar con gracia medida, cuidando de que la seda de su vestido no rozara indebidamente el peldaño.
Mientras sus pies tocaban el suelo empedrado y el murmullo de la multitud la envolvía, una última reflexión cruzó su mente: Veamos, monsieur Collins… Los asientos hablarían.
Un palco distinguido revelaría ambición y recursos. Una ubicación discreta pero respetable, prudencia. Un lugar mediocre, límites. Y Judith estaba muy interesada en saber cuál de esas verdades era la auténtica.

Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
Seguí a Effie hasta le entrada donde nos esperaba el Padre Collins y Judith y el carruaje que ya estaba preparado. Seguí a Effie y me senté a su lado. Intenté relajarme en el asiento durante el camino, apenas me atrevía a ver al Padre Collins allí sentado. Después de nuestro último encuentro donde acabamos discutiendo aún a pesar de que me había ayudado esa misma noche me era algo incómodo mantener una conversación vanal con él, por lo que me limité a asentir, sonreir y aportar pequeñas frases a la conversación que se iba generando por el camino.
Aunque la pregunta de Judith me hizo tensarme en el asiento que intenté fingir todo lo posible excepto para Effie que sentada a mi lado tuvo que notar el cambio de tensión en mi cuerpo cuando salió el tema. Centré mi mirada en el exterior y obvié contestar cualquier tema al respecto.
No estaba de acuerdo con ese compromiso, aunque por deseos del destino, o más bien debería ser de la sociedad, tuviera que ser así. Mi único deseo era que mi familia fuera feliz y sobretodo mi hermana que estaba obligada a convertirse en la prometida de alguien a quien no amaba. Aunque aquellos últimos días casi no había pasado tiempo con mi familia y apenas sabía que era lo que realmente sentía y solo veía como en ocasiones sonreía en compañía del Padre Collins, la cuestión era si era por simpatía u obligación.
Ignoré el resto de conversación entre Judith y el padre Collins hasta que llegamos a la entrada del Teatro y solté un suspiro alegrándome por poder estirar las piernas. Me quedé mirando el teatro, era la primera vez que estaba allí y observar un edificio tan grande y elegantemente sobrio, me fascinó.
Esperé a que el Padre Collins accediera al recinto junto con Judith mientras detrás íbamos Effie y yo y me dirigí hacia ella viendo su actitud tranquila y calmada.- ¿Habéis estado alguna vez en este teatro? - pregunté cordialmente mientras nos hacíamos paso en el gentío e íbamos al palco designado.- Nunca me había llamado el teatro y es una pena admirar todo esto con tanta gente.
Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
Le dio un poco de reparo hablar sobre su compromiso con la señorita Mary delante de su hermana; todavía la iría a visitar al día siguiente para pedirle su beneplácito de hablar con el señor Bennet de la posibilidad de tomar su mano.
No era un secreto y todos en la contorna lo sabían. No quería que fuese tal, solo trataba de establecer unos cimientos sólidos para lo que, si Dios quería, sería su matrimonio.
- Todavía no estamos preparando nada, pero sin duda lo requerirá. La señorita Mary no se merece menos. - Una sonrisilla nerviosa salió por su boca, aunque la trató de disimular. - Seguro que hay muchos párrocos deseosos de oficiar la boda; yo mismo tengo algunos conocidos que estarían encantados. - No lo haría el Padre Barnaby, o esa era su intención. Si todo iba bien, él ya no sería el pastor de Heartfordshire en el momento en el que tuviese lugar.
Finalmente, llegaron después de algunas conversaciones triviales. El teatro tenía mucho que ofrecer y que admirar. Así lo sintió en todos los presentes que pasaban por la calle, estuviesen más o menos acostumbrados a eventos sociales de semejante calado.
- El agradecido soy yo por permitirme asistir acompañándoos. - Hizo una pequeña reverencia. - Effie, Lizzie. - La repitió con las muchachas. Si bien su objetivo era ganarse el favor de la marquesa para sus posibles conflictos eclesiásticos, las jóvenes ya no lo eran tanto y también podían llegar a jugar su papel en cualquier movimiento social que tuviese lugar en el condado.
Lo cierto era que ir acompañado de personas con tanto prestigio y saber estar, además de hacerlo en una ópera francesa, era una consideración nada desdeñable.
Llegaron a la entrada del teatro y Collins se aclaró la voz. - Nuestra entrada está por allí. - Señaló recordando las instrucciones que le había dado su benefactora para llegar al palco.
- He escuchado hablar maravillas de este teatro. - Dijo con una sonrisa al empleado que verificó sus entradas y les abrió la puerta, dejándoles paso a una escalera interior alfombrada e iluminada con lámparas de aceite.
William hizo un gesto dejándole entrar primero a la marquesa y luego a las chicas. La propia entrada al teatro era cerimonial en sí misma. Muchas de las personas ubicadas en los asientos ordinarios no quitaban ojo a lo que pasaba en los palcos antes de que empezase la ópera e incluso durante la misma. También era muy probable que los rasgos foráneos de Judith y Effie llamasen más la atención, siendo además una ópera francesa.
Subieron un par de niveles y accedieron a un palco, más o menos centrado. No estaba en los niveles superiores, pero su ubicación era decente. Incluso con el poder de Lady Catherine, no había podido obtener algo mejor debido al interés que despertaba ese evento, o ella misma no había querido esforzarse porque fuese mejor. No lo sabía, pero estaba muy agradecido por ofrecerle esas entradas, con las que poder invitar a Judith y a las chicas.
Un acomodador les abrió la puerta del palco. Una estructura semicircular, alumbrada por una lámpara en el centro del espacio y unas sillas tapizadas, y el terciopelo presente como decoración principal.
Dejó que ellas se sentasen si querían, manteniéndose de pie detrás en una posición más secundaria.
El murmullo del público era evidente y las miradas se centraban en los palcos, sobre todo en los de los niveles más altos, en los que entendía que estaban las personas con más poder social del lugar.
- Espero que todo esté a vuestro gusto.

Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
No me pasó desapercibida la tensión en Lizzie al oír a Judith preguntar sobre la fecha del enlace entre Mary y el padre Collins. Estaba claro que ella no lo aprobaba, y yo debía reconocer que tampoco, aunque no sabía por qué exactamente.
La miré de reojo, debatiéndome en si debía hacer algo o no, hasta que, finalmente, me dedicí y coloqué una mano sobre la suya, acompañando el gesto con una sonrisa. Solo pretendía calmarla, o al menos demostrar que no estaba sola. Aunque no terminaba de entender ciertas cosas, como la necesidad de aquel matrimonio que no parecía de su agrado, al menos podía ofrecerme a escucharla si necesitaba hablar.
El padreCollins, por supuesto, habló maravillosamente de Mary, pero aún así, me disgustaba tanto su extremada cortesía, que me parecía fingida, como sus sonrisas, que parecía emitir fuera de lugar.
Esperaba que todo aquello del teatro sirviese para relajar y distraer el ambiente, que de repente se había vuelto tenso.
Cuando llegamos, me preguntó si habíamos estado allí alguna vez. Yo negué con la cabeza.
-No, la verdad es que no hemos tenido mucho tiempo. Tampoco estoy habituada a estar rodeada de tanta gente asi que supongo que lo sufriremos las dos juntas.
Mientras entrábamos, el padre Collins se enorgullecía de saber lo que se hacía y también de que era un lugar magnífico. A mí me parecía que se sentía emocionadísimo por ir allí, como si fuese algo demasiado elegante para él.
En ese caso, ¿en dónde había estado que no le consideraban tan importante como para ello?
Por desgracia, era demasiado sencillo dejarse arrastrar por aquellos sentimientos de estar en un lugar de suma elegancia y exquisitez. Yo tampoco solía ir a cosas así así que debía reconocerlo.
Pero no quería caer en algo tan fácil como aquello. Deseaba estar pendiente de todo, sobre todo de las reacciones de Judith y cómo parecía examinar cada gesto de Collins.
Cuando me senté, sintiendo aquel terciopelo debajo del vestido, busqué automáticamente el contacto con Lizzie, o su cercanía al menos, porque ella compartía conmigo lo extraordinario de estar allí, y ahora, también la verdad que nos envolvía.
Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
El interior del palco ofrecía una perspectiva privilegiada de la sala, y Judith se detuvo un instante antes de tomar asiento, dejando que sus ojos recorrieran con calma el teatro.
El Covent Garden estaba lleno hasta los niveles superiores. Las lámparas de aceite proyectaban una luz cálida que hacía brillar los dorados y los terciopelos rojos de los palcos. Desde la platea ascendía un murmullo constante de conversaciones, risas y saludos que se cruzaban de un palco a otro como si toda la ciudad hubiese decidido reunirse allí aquella noche.
La orquesta afinaba en el foso. Violines, oboes y fagotes probaban notas dispersas mientras los músicos se acomodaban en sus sillas.
Y en el centro de todo, el escenario preparado para Les deux journées, ou Le porteur d’eau, la célebre ópera de Luigi Cherubini.

Judith no pudo evitar una pequeña sonrisa. -Ah… Cherubini -murmuró con un deje de satisfacción-. Voilà qui promet d’être intéressant.-
Se giró entonces hacia Collins con una inclinación elegante de la cabeza.
-Debo deciros, reverendo, que estoy verdaderamente maravillada.- Su mirada se desplazó por la sala, apreciando el equilibrio de las líneas del teatro y la disposición de los palcos. -Es un lugar magnífico. No tan exuberante como algunos teatros de Francia, quizás, pero posee una elegancia muy… cómo dirían ustedes… bien educada. Me agrada mucho.- Hizo un pequeño gesto con la mano hacia el palco. -Y debo agradeceros sinceramente la invitación.- Aunque en su mente la sorpresa persistía: Un palco.
No era un lugar cualquiera en la sala, y obtener uno para una representación tan concurrida no era cosa menor. Pero entonces recordó las constantes referencias del reverendo a su misteriosa benefactora. Aquella mujer de la que hablaba con tanta frecuencia. Lady Catherine de Bourgh. El nombre volvía una y otra vez en sus conversaciones como una sombra tutelar que parecía dirigir discretamente los movimientos del párroco. Une femme très influente, sans doute…
Judith entrecerró apenas los ojos mientras observaba la sala.
Si aquella dama tenía poder suficiente para proporcionar entradas de palco en una noche como aquella, no era simplemente una protectora generosa. Tenía recursos. Intereses. Y, probablemente, una razón para mantener tan de cerca a su protegido en Hertfordshire.
Très intéressant…
Mientras reflexionaba, su atención volvió hacia Effie.
La joven seguía visiblemente incómoda en presencia de Collins. Judith no necesitaba preguntar para percibirlo; bastaba con observar la tensión leve en sus hombros y la forma en que buscaba instintivamente la cercanía de Lizzie.
La marquesa sonrió con suavidad. -Mesdemoiselles…- Su voz tenía ese tono afectuoso que reservaba para ellas. -No os sintáis obligadas a permanecer aquí sentadas como estatuas. Este lugar no es una iglesia.- Su mirada recorrió la sala con gesto divertido. La ópera en Londres es casi un salón social. La gente habla, se mueve, visita otros palcos… algunos incluso escuchan la música de vez en cuando.
Sus labios se curvaron en una sonrisa ligera. -Podéis explorar el teatro si lo deseáis. Mirad los pasillos, los balcones, los otros niveles. Es parte del espectáculo.-
Se inclinó levemente hacia ellas. -Volved cuando la función esté a punto de comenzar. Entonces sí convendrá prestar atención a Monsieur Cherubini.-
Las dejó marchar si así lo deseaban y, cuando las jóvenes se hubieron alejado lo suficiente para concederles privacidad, Judith volvió su atención hacia Collins.
Se apoyó con elegancia en el respaldo de su silla, las manos entrelazadas sobre el regazo. -Debo confesaros algo, reverendo. -Su tono era cordial, casi curioso. -Habéis mencionado tantas veces a vuestra benefactora que empiezo a sentir una verdadera curiosidad por conocerla.- Alzó la mirada hacia él. -Lady Catherine de Bourgh, si no me equivoco.
Es una pena que no haya venido esta noche. Me habría encantado tener la oportunidad de agradecerle personalmente su generosidad. Después de todo, gracias a ella estamos disfrutando de este palco en una velada tan encantadora... Habladme de ella ¿Por qué tenéis la suerte de contar con su apoyo? ¿Es una devota de vuestra iglesia? Y, hablando de iglesia, ¿a qué parroquia estáis afiliado?-
Su mirada permaneció fija en él, tranquila… pero observadora. Esperando ver qué revelaría su respuesta.

Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
Collins había estado en bastantes eventos sociales, sobre todo desde su vuelta de África, pero no había dedicado su vida a moverse entre los extractos sociales más altos de la sociedad inglesa. Era por ello que, a pesar de no desentonar en sus formas, algunas de las situaciones más prestigiosas hacían que mostrase su falta de costumbre, rodeado de tanto saber estar y virtuosismo.
Era una auténtica gozada ver la pulcritud con la que estaban colocados todos y cada uno de los elementos decorativos, lo engalanados de los palcos y la forma en la que el encargado de la construcción había tenido en cuenta hasta el más mínimo detalle, para que eso no se tratase solo de ver una ópera, sino también de dejarse ver.
En eso parecía que ponían énfasis distinguidos señores y señoras londinenses, también algunos párrocos reformistas, dando el beneplácito a una obra proveniente del país de Napoleón poco después de la guerra. No todos eran tan aperturistas en 1815.
No pudo evitar fijarse en la marquesa. Parecía que también le entusiasmaba el lugar en el que se encontraban y perdía el lujo de ningún detalle. Entre el tipo de obra, claramente novedosa, la procedencia y el lugar que ocupaban, él estaba seguro de que Judith estaría satisfecha con haberse prestado a asistir con él.
Se fijó también en Effie y en Lizzie; si bien no mostraban tanto entusiasmo, tampoco tenían una actitud contraria al lugar en el que estaban. Eran ya unas mujeres y muy bien educadas, por lo que descartaba que fuesen a hacer de menos un evento social tan importante. También siendo ellas más jóvenes, podían no acabar de percibir la importancia de todo lo que las rodeaba.
- Lo mínimo que os merecéis, señoritas. - Hizo una pequeña reverencia, primero a la marquesa y luego a las chicas, dejando que se adentrasen en el palco y recorriesen con la mirada cada centímetro del teatro con la ventaja de estar sentadas en una zona privilegiada.
Collins también miró desde su posición secundaria y saludó a un par de reverendos conocidos suyos que se habían decidido a acudir. No conocía a gran parte de la sociedad británica de las clases más poderosas, pero sí que atisbó también a un par de familias de Kent y les devolvió el saludo con una sonrisa amplia.
Cada segundo que pasaba al lado de Judith, valoraba más su saber estar, sus decisiones y su forma de dirigirse a las personas. Si bien las chicas ya eran unas mujeres, todavía podía recorrer su cuerpo ese ímpetu de juventud y la curiosidad recorrer sus pensamientos, por lo que le parecía una genial idea dejar que ellas saliesen del palco que tenían asignado mientras no empezaba la obra.
Además, eso beneficiaba a sus intereses, pues una conversación más privada sobre lo que le incumbía sería más factible hablando a solas. O eso pensaba él.
Esperó a que las chicas se fuesen y se acercó un poco más a la silla de la marquesa, sin estar cerca de invadir su espacio personal, pero con la intención de dirigirse a ella con un tono de voz más suave y cauteloso. Pero fue ella la primera en aprovechar la oportunidad para hablarle.
Y dijo las palabras mágicas; un pinchazo de orgullo empezó a recorrer su cuerpo, sonrió ampliamente, con un brillo en los ojos, y miró a Judith a los ojos, encontrando los de ella. - Sí, Lady Catherine de Bourgh, sin su generosidad no podríamos estar en un lugar como este. - Repasó rápidamente, de nuevo, el palco con la mirada antes de volver a centrar su atención en la marquesa. - Estoy seguro de que la acabaréis conociendo; personas tan importantes en la sociedad tienen que estar en contacto de una forma u otra.
- Mi Iglesia está en el condado de Kent, por eso dispongo de tan poco tiempo entre idas y venidas. No sé si os lo he dicho ya, pero estoy viviendo en Meryton porque, por desgracia, la familia Bennet no ha tenido un heredero varón y eso hace que sea yo, cuando falte el señor Bennet, Dios quiera que sea dentro de muchos años. - Dejó que la frase se asentase durante un par de segundos. - Es por eso por lo que me dispongo a conocer a la señorita Mary, para, si a ella le agrado, pedirle el beneplácito de solicitarle su mano a su padre. - Agregó dejando ver lo considerada que era su propuesta ante sus propios ojos.
- Estar en Heartfordshire también me permite ver otra forma de llevar la Iglesia y los problemas que eso puede traer, en el presente y en el futuro. Como veis, los cambios políticos y sociales ya están aquí. - Le señaló el escenario con elegancia. - En la Iglesia anglicana hay dos fuertes corrientes. Los que están absortos en sus liturgias rimbombantes y los que cada vez estamos más decididos a llevar la palabra del Señor y hacer de las parroquias el motor social con el que tanto nos llenamos la boca. Y no ponerles trabas litúrgicas a los problemas que cada vez están más presentes en la parroquia. - La miró y se llevó las manos a la boca. - Pero perdonadme por ser tan explícito y hablaros de cosas que quizás no os interesen tanto. - Dejó caer, a pesar de que sí que era un tema de conversación que le interesaba sacar.
Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
Desde donde estábamos, la visión era única, aunque también nos convertíamos en el centro de todas las miradas, algo que no me apetecía en absoluto. Lizzie y yo nos sentamos algo más retrasadas respecto a Judith y el padre Collins, dejándoles a ellos que presidieran el palco, primero por protocolo, pero después por preferencia personal.
Desde donde estábamos, podíamos quedarnos o marcharnos sin alterar en nada todo lo que ocurriese, y algo me decía que nuestra presencia allí era un problema para Judith, que sin duda preferiría hablar con Collins a solas, en lugar de delante de dos crías como nosotras.
Judith no dejó de sonreír ni de mostrar lo halagada que estaba por hallarse allí, pero los motivos no eran de puro disfrute, eso era obvio. Además, ella se dio cuenta de que yo estaba incómoda, y no sabía si también de Lizzie, lo que empleó como excusa para darnos libertad de movimientos.
Y asentí y miré a Lizzie.
-Sí, creo que podemos ir a dar una vuelta mientras tanto. ¿Te parece, Lizzie?
Le pregunté, pero al mismo tiempo, me puse en pie para iniciar la salida del palco, y dejarlos solos.
Mientras salíamos, acerté a escuchar el nombre de Lady Catherine, que con total intención aparecía una y otra vez, pero a la cual todavía no conocíamos.
¿Cómo sería, nos preguntábamos?
Me interesaba conocer qué decía sobre ella, sobre todo porque después Judith no me contaría tanto como yo quería. La mayor parte de las confidencias se perdían en el secreto y resultaba mucho más difícil recuperarlas.
El padre Collins parecía tener muy claros sus objetivos, nombrando al padre de Lizzie. Eso me hizo volverme hacia ella con rapidez y sacarla antes de que dijese algo que generase algún disgusto, pues era conocedora de la incomodidad que había ante el tema del matrimonio con su hermana.
-Vamos, Lizzie. Salgamos a tomar el aire -le dije con suavidad, agarrando su mano y dejando el palco.
Fuera, el pasillo era un hervidero de damas y caballeros, de murmullos y sonrisas. Pero para nosotras dos, para Lizzie sobre todo, las cosas no estaban resultando tan divertidas, sino más bien, lo contrario.
Effie y Lizzie salen del palco.
Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
Con la salida de las muchachas, el palco pareció ganar una quietud distinta. El murmullo del teatro seguía llenando la sala -voces que se cruzaban de un palco a otro, el roce de las telas, el tintinear ocasional de una copa- pero dentro de aquel pequeño espacio semicircular el ambiente se volvió más íntimo.
Judith permaneció sentada unos segundos observando el escenario mientras los músicos de la orquesta continuaban afinando. En la sala se respiraba esa expectación ligera que precedía a toda representación importante. Algunas damas se inclinaban sobre las barandillas para saludar a conocidos en los palcos vecinos, caballeros atravesaban los corredores con naturalidad, y desde la platea se alzaban catalejos dirigidos hacia los niveles superiores.
La marquesa apoyó con elegancia la mano enguantada en el brazo de la silla y volvió lentamente la mirada hacia Collins.
-Sí… recuerdo perfectamente lo que me dijisteis en nuestro último viaje a Londres.- Su voz era suave, casi reflexiva. -Que veníais a Hertfordshire para reclamar una herencia… y que para ello era necesario casaros con una pariente de la familia Bennet.-
Una leve sonrisa apareció en sus labios, aunque en sus ojos no había humor. -No creáis que lo he olvidado.
Debo confesaros, reverendo, que es una costumbre inglesa que todavía me resulta… curieuse. -Su acento francés se volvió apenas más marcado.- Casarse con una pariente para asegurar una herencia… y además hacerlo con una joven cuya familia quedaría, de otro modo, desposeída.- Alzó ligeramente las cejas. -En Francia diríamos que es una solución… muy conveniente para el caballero.-
No levantó la voz ni un ápice, pero el doble sentido era evidente.
-Comprendo que las leyes y costumbres de este país tienen sus particularidades. Pero me sorprende que la familia Bennet recurra a una maniobra tan… rebuscada.- Sus dedos se entrelazaron con calma sobre el regazo. -Tengo entendido que la ley permite ya que las mujeres hereden. Así que resulta difícil para una extranjera como yo comprender por qué se fuerza a una de las hijas a aceptar un matrimonio para conservar algo que debería ser suyo de pleno derecho.-
La mirada de Judith permanecía serena, pero firme. -Permitidme un consejo, reverendo. Si deseáis presentaros ante el mundo como un predicador progresista… tal vez no convenga insistir demasiado en esta historia.
Aceptar un matrimonio dentro de la familia para cobrar una herencia no es exactamente la imagen más… reformista que uno podría ofrecer.- Sus labios dibujaron una sonrisa delicada, como si estuviera señalando algo meramente anecdótico.
Después, con una naturalidad impecable, añadió: -Por supuesto, todo esto pertenece a los asuntos de vuestra iglesia. Y como bien sabéis, yo soy católica. Las disputas internas de la iglesia anglicana no son algo que me incumba demasiado. Ni siquiera soy residente de este condado… ni de este país, en realidad. Solo una viajera de paso.-
Se produjo un breve silencio en el que el sonido de los violines afinando pareció hacerse más claro. Entonces Judith volvió a mirarle, esta vez con una expresión ligeramente más curiosa.
-A propósito…- Sus ojos brillaron con un matiz de interés distinto. -La última vez que estuvimos en Londres me llevasteis a aquella curiosa librería… ¿cómo se llamaba…? Ah, sí. Pembroke & Sons.
Comprasteis un libro allí que parecía despertaros bastante interés. -Inclinó suavemente la cabeza. -Decidme, reverendo… ¿habéis tenido ya ocasión de leerlo?-
Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
El teatro era un hervidero de personalidades que no dudaban en dejarse ver saludando desde los palcos con más rimbombancia de la necesaria, tratando de llamar la atención. Era el juego del prestigio, en el que todos estaban obligados a moverse. Y el párroco trataba de mejorar sus habilidades en él.
Las muchachas abandonaron el palco y sus músculos se tensaron. No tenía dudas de que Judith también quería ese encuentro a solas y tenía algo que decirle después del viaje que ambos habían compartido semanas atrás.
Ella era una marquesa y su experiencia gestionando relaciones, conversaciones y tratos parecía dilatada. Estaba más nervioso de lo que le gustaría reconocer, aunque trató de no mostrarlo. No era poco lo que se jugaba en esa conversación para sus ambiciones eclesiásticas.
Sus ojos se congelaron en los de Judith; la voz de la mujer era dulce, pero sus palabras duras. No ocultó su reacción, pero dejó que ella continuase con la reflexión que le quería hacer.
Poco a poco fue relajando sus músculos, recibiendo los golpes de la historia falsa que la marquesa le contaba. No recordaba si él había sido quien se lo había dicho, explicándose así de mal, si ella no lo había entendido o si el Padre Barnaby le había mentido con saña para rebajarlo.
- Me alegra que seáis así de sincera con vuestro parecer, pues si os lo hubierais guardado, no podría corregiros en datos que no se corresponden con la realidad. Entendedme bien, no os estoy culpando de nada; los malos entendidos existen, quizás yo mismo os lo he explicado como no debía. - Hizo un leve gesto con la cabeza en dirección a la dama.
No creía que fuese ella la instigadora de esa historia y lo más probable era que no fuese nada importante, pero tendría que tener ojo por si había alguien intentando que su nombre se viese dañado.
- En Inglaterra hay una ley que permite que las herencias sean solo masculinas, para que las propiedades heredadas no acaben en las familias de los maridos de herencias femeninas. Yo no debo casarme con nadie para heredar; es algo que pasará. Es algo que no se puede cambiar, al menos en este momento; entiendo que en Francia estéis acostumbrados a otras cosas. - Su tono era suave, no buscaba la confrontación, solo explicarle qué era lo que le llevaba a hacer lo que hacía.
- El señor Bennet es un pariente lejano mío; compartimos bisabuelos. Y ante la ausencia de hijos varones, yo heredaré sus propiedades. Les presenté la posibilidad de poder contraer un matrimonio con una de sus hijas para que siguiese siendo señora de la casa. Y durante el tiempo que pasamos conociéndonos, descubrí en Mary a una persona maravillosa, mucho más que los comentarios que recibe. - Puso sus ojos en ella, casi como si la estuviese juzgando, como si ella fuera la culpable de menospreciarla, pero rápidamente aflojó la mirada.
- Mi situación social es envidiable. - Hizo un gesto leve al lugar en el que estaban. - Gracias a mi benefactora puedo llevar adelante muchas actividades que de otra forma no podría. No os niego que esa herencia es beneficiosa para mí, pero no cambiará mi posición demasiado. Intento seguir el camino del Señor, el camino en el que creo, pero no os juzgaré si pensáis lo contrario. - Su tono de voz fue bajando un poco e hizo un leve asentimiento con la cabeza.
Intentó reconstruir la realidad en la cabeza. ¿Y si no era la única que pensaba algo parecido, pero sí la que se atrevió a decírselo? Tendría que pensar en ello.
Los violines hacían que el silencio se sintiese más lleno, más cálido. Y de repente, los ojos de la marquesa volvían a estar en los suyos, con un brillo diferente.
El párroco soltó una risilla nerviosa y se rascó la cabeza. - Señorita Briqueville. - Trató de respirar y de encontrar las palabras que le ayudasen a salir de una conversación que no le resultaba sencilla. - Debo agradeceros la ayuda que me prestasteis con vuestras indicaciones y consejos durante ese viaje. Qué descortesía por mi parte no habéroslo dicho. - Hizo una reverencia, un poco más tosca que las habituales.
- El libro, sí, el libro. - Se volvió a reír por lo bajo y se acercó un poco a ella para murmurarle. - Tal y como os había dicho, es un libro científico con explicaciones biológicas para conocer el cuerpo de la mujer y el día que contraigamos matrimonio, la señorita Mary se encuentre con un marido con más conocimientos. No es nada raro. - Su cara se coloreó ligeramente, se le veía nervioso; no era para menos, era mucho más explícito de lo que decía y solo de pensar en ello notaba que se le bajaban las defensas. Mucho más delante de una mujer que parecía experimentada tanto en los placeres carnales como en cualquier tipo de conversación.
Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
Judith escuchó la explicación del reverendo sin interrumpirle, con esa calma elegante que parecía envolver cada uno de sus gestos. Asentía de vez en cuando, como si valorase sus palabras con atención. En realidad, la marquesa veía con bastante claridad lo que estaba ocurriendo.
Collins intentaba vestir con retórica lo que, en esencia, era una simple cuestión de conveniencia. Pero Judith no era una joven impresionable ni una dama fácil de convencer con discursos bien construidos. Había conocido demasiados embaucadores como para dejarse engañar.
Y, sin embargo, lo cierto era que todo aquello le resultaba bastante indiferente.
-Comprendo vuestra explicación, reverendo -dijo con suavidad-. Pero permitidme ser franca… cela m’est égal.- Le sostuvo la mirada con serenidad. -No he venido a Hertfordshire para decidir quién debe quedarse con la herencia del señor Bennet, ni para intervenir en las disputas de vuestra iglesia.
Si vuestra intención al invitarme esta noche era obtener mi apoyo frente al padre Barnaby… temo que ha sido un pequeño error de cálculo. Yo no tomo partido.-
Luego añadió con naturalidad: -Como ya os dije desde el principio, mi objetivo aquí es encontrar un esposo adecuado y regresar con él a Francia para que me ayude a administrar mis tierras. Nada más.-
Cuando mencionó el libro de Pembroke & Sons, Judith notó el rubor del reverendo y se limitó a inclinar ligeramente la cabeza con una sonrisa traviesa.
-Me alegra haber podido ser de ayuda… al menos en ese asunto.-
Tras una breve pausa, volvió a mirarle. -Decidme, reverendo… vuestra benefactora, Lady Catherine de Bourgh.
¿Aprueba ella que abandonéis vuestra parroquia y busquéis un nuevo puesto en otro condado?-
Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
Collins la miró sereno en el momento en el que la dama le avisó que ella no estaba en la parroquia para juzgar ni intervenir en algo en lo que no tenía competencia. - Desde luego que no, madame. No es mi intención arrastraros a ninguna disputa; las cuestiones relativas a la Iglesia deben tratarse en el seno de la misma. Si lo habéis percibido así, debo disculparme, pues es evidente que no he sabido elegir las palabras correctas. - Bajó ligeramente la cabeza haciéndole un gesto.
- Mi único propósito es facilitaros vuestra integración en nuestra sociedad como huésped que sois. Y no os engañéis, el favor acudiendo a este evento me lo estáis haciendo vos a mí. - Puso su mirada en algunos palcos cercanos; suponía que en algunos de ellos la presencia de las francesas sería el centro de la conversación.
La música amenizó unos segundos de pausa en la conversación. El murmullo seguía siendo constante y la gente moviéndose de un lado a otro antes de que empezase la obra, aprovechando para saludar a unos y a otros.
- Si necesitáis ayuda, yo conozco algunos caballeros de buena posición y corazón por los alrededores, que sin duda se sentirían honrados de poder conoceros. De necesitarlo, mi consejo y mi conocimiento de la sociedad inglesa, como muestra de hospitalidad, estará siempre disponible para vos. - Las cuerdas intensificaron un poco las notas, haciendo resaltar un poco más la música por encima de la gente, preparándose para llamar la atención. Era síntoma de que no quedaba demasiado para que su charla finalizase, pero todavía quedaban cosas por tratar.
- Lady Catherine es una mujer tremendamente generosa. - Sus comisuras se levantaron, sus ojos brillaban un poco más y el tono de voz que utilizaba denotaba el orgullo que le producía hablar sobre ella. - Es consciente de cada cosa que hago y también cree que es justo proponerle matrimonio a Lady Mary con todo lo que eso conlleva. Le estaré siempre agradecido por todo lo que hace por mí y eso no cambiará cuando me instale en Loungborn.
Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
Judith escuchó sus palabras con una leve inclinación de cabeza, aceptando la cortesía con elegancia.
-Os agradezco vuestras buenas intenciones, reverendo. Son… muy consideradas. Pero debo deciros que, je crois, ya he encontrado al caballero adecuado. Ahora solo me resta convencerle de que abandonar Meryton es… la mejor de las decisiones. Y estoy en ello.- Una pequeña sonrisa, casi confidencial, se dibujó en sus labios. -Confío en que no tardará en ceder. No me agrada prolongar demasiado mi estancia en el extranjero.-
Sus ojos se desviaron un instante hacia la sala, observando el ir y venir de la gente.
-Debo reconocer que ciertas costumbres locales aún me resultan… difíciles de adoptar. Y el carácter inglés… un peu froid, si me lo permitís.-
La orquesta, en ese momento, dejó de afinar y la obertura comenzó a imponerse poco a poco sobre el murmullo del público. Las conversaciones no cesaron del todo, pero se atenuaron lo suficiente como para dejar espacio a la música de Cherubini.
Judith volvió su atención al escenario.
-Ah… comienza.- Sus ojos brillaron con interés genuino. -Es una lástima que las jóvenes se lo pierdan… Pero son jóvenes. Es natural que prefieran explorar antes que permanecer sentadas escuchando música.
Ya tendrán tiempo de descubrir el encanto de estas veladas- le sonrió a reverendo con calidez.
Teatro Convent Garden, 20 de septiembre del 1815
Aquella era una ocasión especial para Judith, pero a mí me parecía que en nuestro caso, todo era bien diferente. La presencia del padre Collins. Elizabeth permanecía callada, quizás preocupada por todo lo que se había dicho acerca de Mary... o a lo mejor por mí.
-Lizzie, no te preocupes, de verdad. Al final, es una decisión que atañe a tu padre y a Mary. ¿Le has preguntado a ella que le parece?
Quizás a Mary le gustaba, o veía aquel matrimonio con buenos ojos.
En mi caso, después de haberle dicho a ella cómo me sentía, todo había cambiado y sabía que jamás me encontraría en una situación como aquella. Por otro lado, Judith nunca me empujaría a un matrimonio de conveniencia.
Cuando la gente comenzó a entrar en los balcones, me di cuenta de que nos habíamos alejado más de lo que debíamos, así que me detuve, volviéndome hacia ella.
-Tranquila. Todo saldrá bien -le dije, intentando convencerme yo misma de que todo iba a ser así.
Pero era difícil, cuando el ambiente en Meryton estaba cada vez peor y el peligro se sentía más cerca conforme transcurrían los días. Dentro de poco, tendríamos que ponernos en marcha y entonces... entonces veríamos si éramos tan fuertes como pensábamos.
Terminamos regresando junto a Judith y el padre Collins, que se estaban preparando para escuchar el concierto.
-Ya estamos aquí -saludé alegremente, tomando asiento junto a Lizzie, pero pensando en que ojalá estuviésemos ya de regreso.
¿Cerramos escena?
¿Cerramos escena?
como quiere el padre Collins. No sé si tenía algo más en mente.