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[DAI] Herederos de Dune

[EPÍLOGO] Herederos de Dune

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01/02/2026, 15:30
Ibn Qirta Iba

Año 10.192, reinado del Emperador Padishah, Shaddam IV Corrino
Planeta Kaitain, sede del Landsraad

La historia registra a las Casas por sus victorias y sus derrotas,
pero el Imperio observa la supervivencia.
Una Casa que sobrevive al desastre aprende a existir donde otros sucumben.
Quien domina la lealtad, la paciencia y la astucia,
aun desde la ruina, puede reclamar su lugar en la arena de los poderosos.

Crónicas del Landsraad, Archivo Imperial, Kaitain, Volumen CXII

 

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01/02/2026, 15:32
[CM] wahine Rika Cabel

La vista desde el balcón de la residencia de la Casa Meiyokotte imponía silencio incluso a los pensamientos. Kaitain se desplegaba en terrazas de mármol y geometrías de poder: cúpulas administrativas, jardines rituales, y, más allá, la inconfundible silueta de la Sala de la Oración del Landsraad, donde la fe y la política se observaban mutuamente como depredadores pacientes.

Rika Cabel inhaló despacio el aire del planeta imperial. Limpio. Seco. Sin la pesadez húmeda de Ubi Kamir, sin el abrazo constante del agua que todo lo impregnaba. Aquel aire era una declaración en sí mismo: aquí nada se daba gratuitamente.

Por un instante, su mente regresó al mundo oceánico, al siridar de su Casa y a la fuente del preciado kaitapu. Los Manaina habían seguido su senda —el Ara Manaina— durante generaciones, una sucesión de decisiones calculadas y sacrificios asumidos como inevitables. Su padre, Katene Cabel, había servido como lugarteniente de Arata Manaina en los primeros días, cuando el nombre aún no pesaba y la Declaración de la Casa era más aspiración que realidad. El siguiente paso había sido claro desde entonces: el reconocimiento del Landsraad, sellado mediante un acuerdo con la CHOAM. Ese había sido el propósito original de la visita a Kaitain. Un propósito que ahora parecía pertenecer a otra vida.

El universo, reflexionó Rika, no concedía tiempo para el duelo.

El atentado en la luna Marama. La muerte del ariki Kaito. El heredero, Anaru, suspendido entre la vida y la memoria. La dispersión de la familia de Arata, forzada al exilio político y al silencio estratégico. De aquel sueño cuidadosamente construido solo quedaba Kane Manaina, sosteniendo los restos con una determinación que rozaba lo temerario. Como hermano de Kaito, la carga de representar a la Casa ante los ojos del Imperio recaía ahora sobre él, y Rika sentía el peso de esa verdad incluso cuando no se pronunciaba.

Se permitió un atisbo de orgullo al pensarse su concubina. El orgullo, sin embargo, era una emoción peligrosa. Una unión formal habría sido impensable semanas atrás; ahora se perfilaba como una necesidad política. En tiempos de crisis, incluso el afecto debía someterse al cálculo.

El sonido frío y mecánico de la pesada puerta al abrirse interrumpió sus pensamientos. Kumi Rewa había llegado. Permaneció junto al umbral hasta que la puerta se cerró tras ella, como si necesitara ese límite físico para recomponerse. Su rigidez era evidente. Demasiado evidente.

Las concubinas no deben permitir que sus emociones las traicionen, pensó Rika.

Para ella, Kumi era una advertencia viviente: el recordatorio de lo rápido que una concubina podía deslizarse hacia la irrelevancia política. Cuando Arata Manaina se había casado con Chiasa, la posición de Kumi se había vuelto frágil, casi ornamental. Y ahora, precisamente en la hora más oscura de la Casa, había regresado al tablero con un propósito que pocos comprendían y menos aún se atrevían a cuestionar.

—¿Alguna novedad de Nina? —preguntó Rika sin girarse, prescindiendo de cualquier formalismo innecesario.

Nunca se habían entendido del todo, y no había razón para fingir lo contrario. Otra pregunta, más relevante e inmediata, murió antes de llegar a sus labios. No le iba a preguntar si su hija Kohia Rewa por los avances de la negociación con la CHOAM, de si la Casa Manaina había logrado evitar la temida auditoría imperial. A ella no. Ahora no. 

—¿O de ... Ezio? —añadió, acompañando la pregunta con un leve gesto de desaprobación, consciente de que, en Kaitain, incluso los silencios podían ser escuchados.

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01/02/2026, 15:35
Ibn Qirta Iba

Planeta Arrakis, «Dune»

Antes de que una Casa caiga, el Imperio ya ha decidido
si su ruina será recordada como traición, advertencia
o simple nota a pie de página.

Meditaciones sobre la Historia Imperial,
Biblioteca de Kaitain

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01/02/2026, 15:36
Blaze Akemi

Durante el vuelo de regreso, Blaze permaneció serio, atrapado en los recuerdos de lo vivido con Janis. Hay algo que se forja en el alma cuando dos personas combaten juntas, codo con codo, y arriesgan la vida por una causa que las trasciende. Ese lazo —esa unión— estaba ahora irremediablemente roto. No lamentaba su muerte; la muerte es inherente a la vida. Pero el recuerdo… el recuerdo permanece en los vivos, y el legado es algo que sobrevive a quien lo deja atrás.

No podía aceptar que su leal compañera, su subordinada, que tantas veces había puesto su vida al servicio de la Casa y del propio Blaze, hubiera sido capaz de algo así.

Su mente comprendía bien los riesgos, los peligros y el complejo juego de lealtades que se extendía desde el Landsraad y la Casa Corrino hasta el humilde Umi Kabir y la pequeña Casa Manaina. Su corazón había sido probado una y otra vez, templado por desafíos y afrentas, endurecido para soportar una existencia cada vez más peligrosa. Pero el alma… el alma era distinta. Arrancar a alguien de allí era algo monstruoso, aberrante, infinitamente doloroso.

Era lógico pensar que los Heitan estaban detrás de todo. Las palabras de Janis no habían hecho más que confirmar un secreto largamente asumido. No se detendrían hasta destruir a su Casa, y esta vez habían estado peligrosamente cerca de lograrlo. Blaze aún no estaba seguro de que no lo hubieran conseguido ya. Aun así, quedaba un heredero. Mientras eso fuera cierto, no todo estaba perdido.

Tendrían por delante un trabajo arduo: demostrar a la CHOAM y a los Meiyokotte que aún eran capaces de gobernar su planeta, de recolectar kaitapu y de sobrevivir a sus enemigos. Y también vigilar de cerca a aquellos aliados circunstanciales, pues Blaze albergaba serias dudas de que lo ocurrido en la luna hubiera sido perpetrado sin su conocimiento.

La Casa estaba en guerra, en múltiples frentes, pero no una guerra abierta como las campañas de unificación de Umi Kabir contra los Iwis —donde el imborrable recuerdo de la sargento Obregón lo acompañaría siempre—, sino un conflicto más lento, más inteligente y subrepticio. Un tipo de lucha que escapaba al ámbito puramente militar al que estaba acostumbrado. Sin embargo, un buen soldado se adapta a todos los campos de batalla y a todos los estilos de combate. Solo era cuestión de tiempo aprender a emplear sus habilidades en esta nueva guerra.

No desaparecería sin luchar. No aguardaría pasivamente a sentir el frío del acero abriéndose paso por su cuello mientras dormía.

Era el momento de actuar. Cuando el enemigo se cree victorioso, se confía y baja la guardia. Y mientras quedara una sola gota de sangre en el Akemi, tomaría la justa venganza que les correspondía.

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01/02/2026, 15:36
Layna

Desde los cielos de Arrakis, Layna cerró los ojos, un instante.

Había fracasado.

Otros había que podían ser más clementes con sus actuaciones pero, para Layna, la deuda que tenía con los Manaina era mucho más elevada que cualquier otra cosa. Y su obligación era evitar que pasaran estas cosas. Rememoró todo lo que había pasado desde que la caída de la casa empezara. Sintió el ramalazo de la culpa y la vergüenza. ¡Había estado tan satisfecha con su comportamiento en la regata! ¡Con todo lo que había descubierto de los manejos tórpidos y tramposos de los Heitan!

Pero lo cierto es que siempre habían ido un paso por delante. Layna acomodó su respiración al sonido sordo de los motores de su nave. Dejó su cuerpo destensarse. Se permitió  reducir la acritud de sus reproches, permitiéndose una percepción más neutra, más objetiva. Y es que, a pesar de todo, ella no podía cargar con toda la casa. Era una sierva. Una concubina. Y a pesar de todo lo ocurrido, su señor seguía bien. La casa seguía existiendo. Y sus propias actuaciones para conseguir todo eso no habían sido escasas. 

Como para reafirmar ese pensamiento se acarició los labios resecos y dejó que la necesidad de agua, de alimento, de descanso, se hiciera presente. Había pasado mucho. Habían sufrido mucho. 

Rememoró, entonces, recuerdos más antiguos. Menos agradables. Las palizas, los servicios en las habitaciones de los que fueron sus primeros amos, las humillaciones...

Sí, Layna sabía que tampoco los Manaina eran perfectos.Nadie lo era en el Imperio. Pero conocía, con una claridad dolorosa, la magnitud de lo que les debía.

Sí, era cierto. Ella lo sabía. Y otros, los Heitan, y todos los que habían tenido que ver con esto, también iban a saber lo que significaba la lealtad de una concubina.

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01/02/2026, 15:37
Douglas Ryback

El viento del desierto barría lo que quedaba de la Casa Manaina como si quisiera borrar los últimos vestigios de su grandeza. Douglas Ryback caminaba entre los muros quebrados y sombras derruidas, con la capa sobre el hombro y la espada al costado, brillante bajo el sol como una promesa. No había llegado a Arrakis por gloria, sino por deber. Por lealtad a un nombre que aún respiraba entre las cenizas y por un juramento: proteger al muchacho que llevaba en la sangre el linaje y la maldición del señor Manaina. Nunca se había propuesto ser padre, ni tío. No obstante sabía que los deberes te encuentran por el camino y un hombre decente debe asumirlos.

Arrakis era áspera y hermosa, cruel y necesaria.

En ella, Ryback había descubierto un mundo donde el acero hablaba un lenguaje distinto. Los Heitan acechaban en las sombras, esperando acabar con lo poco que quedaba de la Casa. Pero no todos los encuentros acababan en tragedia. habían conseguido una victoria pequeña, que aseguraba el futuro endeble de la casa. Era un comienzo. Un primer tajo en la dirección correcta.

Apenas poco tiempo atrás, Douglas había cruzado su espada con el maestro de armas de los Heitan, un hombre célebre por su ferocidad. El duelo duró lo que dura un soplo en el viento, aunque quienes lo presenciaron hablarían de él durante años. Ryback no lo mató. Lo desarmó con elegancia, lo humilló con precisión y lo dejó vivir. No por misericordia, sino por deseo: el deseo de volver a enfrentarlo algún día, cuando el destino lo exigiera, y crear una obra aún más perfecta.

Para Douglas, cada combate era arte. Cada golpe, un trazo. No buscaba la victoria, sino la armonía del movimiento. Era un espadachín, sí, pero más aún, un artista que pintaba con filo y respiración. No era un guerrero, se preciaba de ello. Su cara y su cuerpo estaban limpios de cicatrices. Su arte le permitía combatir sin ser herido. Sin embargo la guerra parecía acecharles a la vuelta de la esquina.

La Casa Manaina seguía viva, aunque apenas latiera. En su ruina había semilla, y en su sombra, un porvenir. Tal vez el joven heredero sería su chispa. O quizás el joven Ezio, bastardo inesperado con el que compartía sangre. Tal vez Arrakis le ofrecería una nueva forma a su arte.

Desde lo alto de una terraza, Ryback contempló Arrakeen: una ciudad de piedra y fuego, donde los hombres tramaban poder y las casas caían como hojas en el viento.

—Mientras mi brazo pueda alzar esta hoja —dijo en voz baja—, la Casa Manaina no morirá.

Envainó la espada. El sol nacía sobre el desierto, incendiando el horizonte con luz dorada. Douglas Ryback emprendió el camino hacia la ciudad. Donde otros buscaban poder, él buscaba perfección. Y en el filo de su espada, la Casa Manaina aún tenía futuro.

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01/02/2026, 15:38
Ibn Qirta Iba

Las Casas que creen ascender mediante tratados olvidan una verdad elemental del Imperio:
el poder no se hereda, se tolera… hasta que deja de ser útil.

Comentario al Declive de las Casas Menores,
Archivo del Landsraad, Kaitain

 

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01/02/2026, 15:39
Narrador

 

Así terminaba una era para la Casa Manaina, y comenzaba otra más peligrosa.

Habían perdido su mundo, su seguridad y sus certezas. Habían ganado algo más escaso: experiencia, cicatrices invisibles y la comprensión de cómo se sobrevive en el Imperio. Unos pocos observaban el juego de las Casas desde las alturas del poder, pero sin poder atravesar las barreras invisibles que se habían levantado. Layna aprendía que la lealtad de una concubina podía ser un arma silenciosa. Ryback afilaba su arte en un mundo donde cada error se pagaba con sangre. Blaze se preparaba para seguir combatiendo. Y en el centro de todo, un heredero de la Casa respiraba, aún frágil, aún disputado, pero vivo.

Arrakis no ofrecía refugio. Ofrecía pruebas.

En el desierto, los Manaina no serían grandes por derecho ni por memoria, sino por adaptación. Tendrían que aprender a negociar con la CHOAM, a soportar la mirada del Landsraad, a convivir con aliados que eran, al mismo tiempo, amenazas. Tendrían que aceptar que el Imperio no premia la justicia, sino la utilidad.

Y aun así, persistirían.

Porque mientras una Casa recuerde quién es, mientras conserve la voluntad de sobrevivir y el valor de pagar el precio, no está derrotada. Solo está siendo puesta a prueba.

Así nacían los Manaina de Arrakis.

No como Señores del Desierto.

Sino como sus Herederos.