Cada principio es el momento ideal para cuidar que los equilibrios queden establecidos de la manera más exacta.
Año 10.191, reinado del Emperador Padishah, Shaddam IV

Planeta Umi Kabir
La Ciudad Flotante, nivel inferior del Sector Militar
El eco de las firmes pisadas de Jarek Akemi se mezclaba con el sonido ocasional de los grandes motores. Un globo de luz flotaba en el aire arrojando una luz amarillenta hacia las ventanas laterales que mostraban el mundo submarino azul y gris. El hombre se detuvo junto al cristal mientras esperaba junto a una nueva puerta. Por debajo del nivel del mar se hallaban las estancias más seguras de aquella megaconstrucción. Una maravilla construida por los ingenieros imperiales para la Casa de los Meiyokotte, y los colores negro y rojo de aquella Casa aparecían pintados en el suelo.
Por las ventanas se podía ver el constante movimiento de la ciudad, reflejado en constantes chorros de burbujas en los torbellinos de agua. Toneladas de kaitapu de fase I y II se habían ido pegando a la superficie metálica de la ciudad, y con el tiempo los largos hilos se habían unido hasta crear una cola semi-rígida que era arrastrada, o más bien les acompañaba, en su ruta por el planeta Umi Kabir. De nuevo sintió el ligero temblor de cuando los motores corregían ligeramente el rumbo, y la velocidad. De hecho, la Ciudad estaba frenando. Jarek se quedó pensando en las miles y miles de almas que nacían, vivían y morían a bordo, y en que había personas que habían vivido toda su vida allí, sin pisar nunca la tierra firme. Su mundo era éste. Y la única ley que conocían era la de los Manaina, la que él protegía. Bajó otro nivel, y era consciente de que aquí ya no funciona su sistema de comunicaciones sin hilos. Estaba llegando al búnker, el lugar más protegido. Pasó por otra puerta donde un último guardia se puso firme. Era el último control antes de entrar en la zona reservada.
Después de la larga caminata, la espera en el vestíbulo sin ventanas se le hizo larga. Sabía que no debía avisar de su llegada. Detrás de aquella puerta estaban las estancias médicas de Arata Manaina. Nada de lo que había al otro lado de esa puerta metálica trascendía, ni nada ni nadie podía molestar al ariki Kaito cuando visitaba a su padre. La única decoración era un cuadro de los tres lugartenientes de Arata Manaina: Stellard Hoeth, Katene Cabel y Turei Akemi, el padre de Jarek. Los tres parecían jóvenes, de cuando el ariki Arata les concedió sus tahonga.
Allí parecían tres amigos. Fieles y preparados para afrontar cualquier cosa, pensó con tristeza.
Su padre rara vez hablaba de aquello, pero el paso de los años no parecía cicatrizar aquella herida.
En el cuadro falta Alvar Brent... Con ellos comenzó la senda de los Manaina. Nuestro camino. Primero la Declaración de la Casa, y ahora, por fin, el momento definitivo.
La pesada puerta se abrió, y el ariki Kaito apareció. Jarek le hizo una silenciosa reverencia al hijo de Arata, y dijo:
-Ha llegado el Enviado, desde el Corredor. Ha entrado ya en la Ciudad. Ya está hecho, ariki.
Jarek Akemi permaneció con la cabeza agachada, esperando una respuesta del líder de la Casa Manaina que nunca llegó.
Es tan diferente a su padre...
En el camino de vuelta hacia la cubierta, Jarek reflexionó sobre el deber y la confianza. Y en la importancia de lo que estaba a punto de suceder. El Camino, el «Ara Manaina», lo había iniciado el padre del ariki Kaito, y lo iba a continuar su heredero an-ariki Anaru.
Y los Akemi estarán a su lado, cumpliendo con nuestro deber. Como siempre.
En la cubierta le recibió una fuerte ráfaga de viento, y el aire estaba cargado de humedad, de agua y de sal. Resultaba incómodo de respirar, y la cortina de lluvia fina dificultaba la visión. No obstante, a Jarek Akemi le gustaba salir fuera y contemplar desde aquella plataforma más elevada cómo la Ciudad Flotante se despertaba. El feudo de los Manaina. Su feudo.
Sus manos desnudas tocaron el frío metal de la barandilla. Las gotas de agua no tardaron en aparecer sobre su piel. Decían que cada gota contenía la información esencial del estado de un planeta. Alzó la vista, y creyó ver en el horizonte una mancha familiar. Ya podía ver en su cabeza la playa de arena de Tauranga Akemi, y sus recuerdos le llevaron hasta aquella batalla de unos años atrás. Las explosiones, el fuerte olor de los gases... Aquellos fueron los últimos combates contra los rebeldes, antes de cerrar aquella etapa. El Ara Manaina seguía. Su destino les aguardaba.
Las escenas iniciales:
1.1. Ara Manaina: Douglas, Ezio, Lady Kalesh, Layna
1.2. La Batalla de Akemi: Blaze, Galius, Grendal, Wiremu
1.3. El Astillero Rojo: Blaze, Grendal, Stephen, Zyra
RESERVA DE IMPULSO: 0
RESERVA DE AMENAZA: 27